Friedrich Engels

La guerra

New-York Daily Tribune.
Nr. 4483, 1 de septiembre de 1855

La guerra.

Parece que el asalto al Malakoff, que se esperaba tuviera lugar el día 15, tuvo que ser aplazado, y que el bombardeo preliminar no comenzó hasta el 17. Hay, en efecto, motivos para sospechar que los trabajos de sitio no se hallan tan adelantados como han informado los periódicos de París y Londres. Aunque los aliados trabajaron con ahínco en ellos durante el mes de julio, y aunque se nos decía constantemente que por fin estaban muy cerca de los rusos, tenemos la mejor autoridad para afirmar que el 4 de agosto la cabeza de la zapa se hallaba todavía a 115 metros, o 460 yardas, del foso principal ruso. Ciertamente resulta satisfactorio ver a Hotspur Pélissier reducido a reconocer que este sistema de asalto ha fracasado y que trabajos regulares de sitio han de allanar el camino a sus columnas; pero, a pesar de todo, dejar a 200.000 hombres quietos en sus tiendas esperando la terminación de esas trincheras, y que mientras tanto mueran de cólera y fiebre, es un modo singular de proceder. Hay que confesar que, de principio a fin, esta ha sido una guerra de incapacidades por ambas partes. Todtleben es el único hombre en uno u otro campo que ha mostrado un destello de genio.

En cuanto al ataque sobre Sweaborg, seguimos también sin informes oficiales completos ni correspondencia periodística. Los hechos, sin embargo, tras un cuidadoso examen de toda la información disponible, parecen ser los siguientes:

Las flotas aliadas, compuestas de seis navíos de línea, cuatro o cinco grandes fragatas y alrededor de treinta bombardas y cañoneros, cruzaron desde Revel a Sweaborg el 7 de agosto. El día 8 ocuparon sus posiciones. Los buques de poco calado pasaron a través de los bajíos y rocas al oeste de la fortaleza, por donde ningún barco grande puede pasar, y se situaron a gran distancia de las islas sobre las que se asienta Sweaborg. Los grandes buques permanecieron fuera y, hasta donde podemos juzgar, fuera del alcance de los fuertes. Luego, los cañoneros y las bombardas abrieron fuego. No parece haberse intentado un fuego directo. Todo fue bombardeo con granadas desde morteros o cañones de granadas a la máxima elevación posible. El bombardeo duró cuarenta y cinco horas. En cuanto a la magnitud de los daños causados, no es posible calcularla sin informes detallados de ambas partes. El arsenal y varios depósitos de pólvora (al parecer pequeños) fueron destruidos. La ciudad de Sweaborg (que sepamos, solo unas cuantas casas habitadas por personas vinculadas a la flota o a las obras) quedó incendiada. En cuanto a las fortificaciones mismas, los daños sufridos por ellas no pueden sino ser insignificantes, pues las flotas, según declaran ambos almirantes, no tuvieron ni un solo muerto, solo unos pocos heridos y ninguna pérdida en material. No podía darse prueba mejor de que se mantuvieron fuera de peligro. En ese caso podían bombardear, pero no actuar mediante fuego directo, que es la única manera de destruir fortificaciones. Dundas, que es mucho más honesto y sereno en su informe que el almirante francés (al menos tal como su despacho aparece en la publicación oficial), afirma que los daños causados se limitaron a las tres islas (de las siete que constituyen Sweaborg) situadas al oeste de la entrada principal de la bahía de Helsingfors. Ni siquiera parece haberse intentado forzar esa entrada. Los grandes buques apenas pueden haber actuado en absoluto, y el acto decisivo en todo ataque de este género —el desembarco de tropas para apoderarse de las obras y destruirlas— quedaba enteramente fuera de cuestión. Así, los daños causados recaen exclusivamente sobre almacenes y depósitos —es decir, sobre elementos fácilmente reemplazables—; y si los rusos aprovechan el tiempo y los medios, Sweaborg puede estar en tres semanas en tan buenas condiciones como siempre. Militarmente hablando, no ha sufrido en absoluto; los resultados materiales de todo el asunto apenas merecen su coste; y parece haberse emprendido únicamente porque la flota del Báltico tiene que hacer algo antes de volver a casa al final de la campaña.