Karl Marx  
Lord John Russell  

New-York Daily Tribune.  
Nr. 4479, 28. August 1855  

Lord John Russell.

Hace poco tuvimos ocasión de ocuparnos de las exequias fúnebres de este estadista políticamente difunto y de pronunciar unas palabras de despedida sobre su tumba. El papel que su cuna y su posición como único miembro presentable de la gran familia revolucionaria y de la vieja casa whig de Bedford le permitieron desempeñar en el drama de los asuntos europeos, y la vinculación de su nombre con algunas de las grandes medidas progresistas de la época, nos parecen darle derecho a una necrología algo más extensa y analítica.

«Si yo fuera pintor —decía el viejo Cobbett—, pondría aquí el viejo roble (la Constitución británica), corroído en la raíz, muerta la copa, hueco el tronco, suelto en la base, bamboleándose con cada ráfaga, y allí colocaría a lord John Russell, en la persona de un herrerillo, empeñado en arreglarlo todo picoteando un nido de animálculos alojados en la corteza medio podrida de una de las ramas más insignificantes. Algunos piensan incluso que está comiéndose los brotes mientras aparenta limpiar el árbol de insectos dañinos.» Tan minuciosos fueron los esfuerzos reformistas de lord John Russell durante su carrera antediluviana, de 1813 a 1830; pero, por minuciosos que fuesen, no eran sinceros, y no vacilaba en retirarlos cada vez que chocaban con la obtención o la retención de un cargo.

Desde 1807 los whigs habían suspirado en vano por hincarle el diente a la rica cereza del salario y el botín oficiales, cuando en 1827 la formación del gabinete de Canning, con quien fingían estar de acuerdo en materia de comercio y de política exterior, pareció brindarles la oportunidad tanto tiempo buscada. Russell, a la sazón, había anunciado uno de sus diminutos proyectos de reforma parlamentaria. Pero ante la tajante declaración de Canning de que se opondría a la reforma parlamentaria hasta el fin de su vida, lord John se levantó a toda prisa y retiró su moción, declarando que «la reforma parlamentaria era una cuestión sobre la cual existía gran diversidad de opinión entre quienes la propugnaban, y respecto de la cual los dirigentes whigs siempre se habían resistido a comprometerse como si fuese una cuestión de partido. Era la última vez que presentaba esta cuestión. El pueblo ya no deseaba la reforma».

Mientras permanecía a la sombra de Canning, él, que había hecho mérito de su ruidosa oposición a las seis leyes de mordaza de Castlereagh, se abstuvo de votar la moción del señor Hume en pro de la derogación de una de esas seis leyes que hacían a un hombre pasible de destierro perpetuo por publicar cualquier cosa que tuviera siquiera una «tendencia» a menospreciar a cualquiera de las dos Cámaras del Parlamento. Así, al concluir el primer período de su vida parlamentaria, lo encontramos plenamente identificado con la opinión de aquel prototipo whig, Horace Walpole, de que «los proyectos de ley populares nunca se proponen realmente sino como instrumento de partido, y no como prenda para la realización de ideas tan extravagantes». No fue, pues, en modo alguno culpa de lord John Russell que la moción de reforma parlamentaria, en lugar de presentarse por «última» vez en 1827, volviera a aparecer cuatro años después, el 1 de marzo de 1831, en forma del famoso proyecto de ley. De este proyecto, que él todavía exhibe como su gran título a la admiración del mundo en general y al agradecimiento de la nación inglesa en particular, ni siquiera tuvo el mérito de ser autor. En sus rasgos principales —la supresión de los burgos de nominación, el aumento de los diputados de condado, la concesión del derecho de sufragio a los copyholders, a los arrendatarios y a algunas de las principales ciudades comerciales— fue copiado del proyecto de reforma que lord Grey (jefe del Ministerio de la Reforma en 1831) había presentado en la Cámara de los Comunes ya en el año 1797, y que él mismo se había apresurado a abandonar cuando fue miembro del gabinete de Fox en 1806. Era el mismo proyecto, ligeramente modificado.

La expulsión de Wellington del cargo, por haberse declarado contra la reforma; la Revolución francesa de Julio; las amenazadoras uniones políticas formadas por las clases medias y trabajadoras en Birmingham, Manchester, Londres y otros lugares; la guerra rural; las «hogueras» por todos los condados más fértiles de Inglaterra —«De las hogueras salió la Reforma», dice un célebre escritor—: todas estas circunstancias obligaron de manera absoluta a los whigs a proponer alguna medida de reforma. Era su único recurso para precipitarse al poder. Cederon a regañadientes, lentamente y después de reiterados y vanos intentos, ora de escabullirse de las únicas cláusulas liberales de su propio proyecto, ora de abandonarlo por completo y conservar sus puestos mediante un compromiso con los tories. Se lo impidieron la actitud formidable del pueblo y la intransigente oposición de los tories. Sin embargo, apenas se había convertido en ley el proyecto de reforma y comenzado a funcionar, cuando, citando las palabras del señor Bright, «el pueblo empezó a sentir que había sido engañado». Nunca, tal vez, un movimiento popular pujante y, en apariencia, triunfante, se había tornado en un resultado tan irrisorio. No solo las clases trabajadoras quedaron excluidas por completo de toda influencia política, sino que las propias clases medias descubrieron que lord Althorp, alma del gabinete reformista, no había empleado una figura retórica al declarar a sus adversarios tories que «el proyecto de reforma era la medida más aristocrática que jamás se haya ofrecido a la nación».

La nueva representación de los condados seguía preponderando enormemente sobre la de las ciudades. El derecho de sufragio de los tenant-at-will que ocupaban viviendas por un valor anual de 50 libras convirtió a los condados, con mayor eficacia aún que antes, en instrumentos de la aristocracia. La sustitución de los pagadores de scot and lot por los cabezas de familia de 10 libras desposeyó de hecho del voto a un gran número de antiguos electores urbanos. Las nuevas disposiciones estaban calculadas, en conjunto, no para aumentar la influencia de la clase media, sino para excluir el patronazgo tory y promover el whig. Mediante una serie de los más extraordinarios ardides, fraudes y prestidigitaciones, se mantuvo la desigualdad de los distritos electorales y se reconstruyó la monstruosa desproporción entre representación y electorado. Si se extinguían unos cincuenta y seis burgos podridos, cada uno con un puñado de habitantes, condados enteros y ciudades populosas quedaban transformados en burgos podridos. El propio lord John Russell confiesa, en su carta a los electores de Stroud sobre los principios del Acta de Reforma, que «el derecho de sufragio de las 10 libras estaba trabado por reglamentos, y la inscripción anual se había convertido en fuente de vejaciones y gastos». La intimidación y el patronazgo, allí donde no podían perpetuarse, fueron reemplazados por el soborno, que, a partir de la aprobación del proyecto de reforma, se convirtió en el principal puntal de la Constitución británica. Tal fue la Reforma de la cual lord John fue el portavoz, pero no el autor. Las únicas cláusulas de las que se ha demostrado que se deben a su inventiva son la que obliga a todos los freeholders, excepto a los clérigos, a haber disfrutado un año de posesión, y la otra que preserva Tavistock, el burgo podrido familiar de los Russell. Russell era solo un miembro subordinado del Ministerio de la Reforma, sin voto en el gabinete, a saber: Pagador de las Fuerzas, desde noviembre de 1830 hasta noviembre de 1834. Acaso era el hombre más insignificante entre ellos. Pero por ser hijo del poderoso duque de Bedford fue señalado para el honor de presentar el proyecto de ley en la Cámara de los Comunes.

Aparte del debate sobre el proyecto de reforma, lord John se distinguió por la acrimonia y la virulencia con que se opuso a toda investigación sobre la lista de pensiones. Algunos años más tarde, cuando todos los miembros prominentes del primitivo gabinete reformista, tras haber pasado a la Cámara de los Lores, habían muerto o se habían separado de los whigs, lord John no solo entró en posesión de su herencia, sino que pronto pasó, a los ojos del país, por el padre natural del proyecto de ley del cual no había sido sino el padrino por cortesía. Al presentar el proyecto de reforma, dijo: «No cabe duda de que el voto secreto tiene mucho que lo recomienda; los argumentos que he oído aducir en su favor son tan ingeniosos como los que haya oído jamás sobre cualquier otro tema». En cuanto a los Parlamentos cortos, «era una cuestión de la mayor importancia, que él dejaba para que algún otro miembro la plantease en la Cámara en un momento futuro, a fin de no embarazar el gran tema con detalles». El 7 de junio de 1833 fingió haberse «abstenido de presentar esas dos medidas para evitar un choque con los Lores, aunque las convicciones estuvieran profundamente arraigadas en su corazón. Estaba convencido de que eran de la mayor esencialidad para la felicidad, la prosperidad y el bienestar de este país». Fuera o no consecuencia de esta convicción profundamente arraigada, durante toda su carrera ministerial fue el constante y enconado adversario del voto secreto y de los Parlamentos cortos. Pero cuando se hicieron estas declaraciones sirvieron de expedientes, en primer lugar, para tranquilizar a los recelosos demócratas de la Cámara de los Comunes y, en segundo, para asustar a los discolos aristócratas de la Cámara de los Lores. Mas tan pronto como se hubo apoderado de la nueva Corte de la Reina Victoria y se imaginó un titular perpetuo del cargo, salió con su declaración de noviembre de 1837, en la que justificaba el «extremo» al que «había llegado el proyecto de reforma» con el pretexto de cerrar la posibilidad de ir más lejos jamás. Declaró con serenidad que «el objeto del proyecto de reforma era aumentar el predominio del interés terrateniente, y se concibió como un arreglo permanente de una gran cuestión constitucional». De esta declaración de carácter definitivo se ganó el apodo de Juan Finalidad. Pero esta finalidad era un pretexto tan falso como su propia reforma. Es cierto que se opuso a la moción de Hume en pro de una reforma parlamentaria en 1848. Con las fuerzas combinadas de whigs, tories y peelitas, volvió a derrotar a Hume en una moción similar en 1849. Envalentonado por su ejército conservador de reserva, habló entonces con la mayor altanería en el sentido de que «al concebir y proponer el proyecto de reforma, lo que deseábamos era adaptar la representación de esta Cámara a los demás poderes del Estado y mantenerla en armonía con la Constitución. El señor Bright y quienes coinciden con él son tan excesivamente estrechos de miras, tienen el intelecto y la comprensión encerrados en un círculo tan angosto, que resulta de todo punto imposible hacerles entender los grandes principios sobre los que nuestros antepasados fundaron la Constitución del país, y que nosotros, sus sucesores, humildemente admiramos y procuramos seguir. El sistema existente, aunque algo anómalo, funcionaba bien: tanto mejor cuanto más anómalo».

Sin embargo, tras ser derrotado en 1851 en su oposición al proyecto de Locke King para extender el derecho de sufragio en los condados a los ocupantes de predios de 10 libras, e incluso obligado a dimitir por unos días, lord John tomó de repente la gran decisión de que era necesaria una nueva ley de reforma. No dijo en qué consistiría su medida, pero extendió un pagaré para la próxima sesión del Parlamento. Cómo juzgaron este movimiento sus propios correligionarios puede verse en The Westminster Review: «La pretensión del actual Ministerio de aferrarse al cargo se había convertido en sinónimo de escarnio y oprobio; y al fin, cuando su exclusión y la aniquilación del partido parecían inminentes, he aquí que sale lord John con la promesa de un nuevo proyecto de reforma para 1852. Mantenedme en el puesto —dice— hasta entonces, y satisfaré vuestros anhelos con una amplia y liberal medida de reforma. Los reformistas de la Cámara de los Comunes cedieron a ese razonamiento». En 1852 propuso efectivamente un proyecto de reforma, esta vez de invención propia, pero de rasgos tan liliputienses que ninguno de los partidos quiso aceptarlo.

La traducción fiel es:

Ni los conservadores pensaron que valía la pena atacarlo, ni los liberales apoyarlo. Sin embargo, le proporcionó al hombrecillo un pretexto, al dimitir su ministerio, para lanzar en su huida un dardo escita a Lord Derby, profiriendo la pomposa amenaza de que «insistiría en la ampliación del sufragio». Apenas fuera del cargo, este hijo de la conveniencia, a quien sus propios seguidores llaman ahora enfáticamente Jack el del Mal Tiempo, convocó en su residencia privada de Chesham-place a las distintas secciones del partido liberal para hacer solemnes protestas de su propia amplitud de miras y entregarles otra letra de cambio promisoria de una mayor cantidad de reforma. Cuando era miembro del gabinete de coalición, divirtió a la Cámara con un proyecto de reforma que él sabía que resultaría ser otra Ifigenia, a sacrificar por él mismo, otro Agamenón, en beneficio de otra guerra de Troya. Realizó el sacrificio, en efecto, al más puro estilo melodramático, con los ojos llenos de lágrimas, pero estas pronto desaparecieron.

Otro de los falsos pretextos con los que buscó un nicho en el templo de la fama fueron sus esfuerzos en favor de Irlanda. Desde la guerra antijacobina, los whigs, sintiéndose en un punto extremadamente bajo en Inglaterra, se esforzaron por fortificar su posición mediante una alianza ofensiva y defensiva con Irlanda. Al asumir el cargo en 1806, presentaron y llevaron hasta la segunda lectura un pequeño proyecto de emancipación irlandesa, que luego retiraron para halagar la idiotez fanática de Jorge III. Antes y durante la agitación por la Reforma, adularon a O'Connell, y las esperanzas suscitadas en Irlanda les sirvieron como poderosas palancas de partido. Sin embargo, su primer acto en la primera reunión del Parlamento reformado fue una declaración de guerra civil contra Irlanda, una «medida brutal y sangrienta», el «proyecto del Tribunal de Casacas Rojas» de coerción irlandesa, según el cual los hombres debían ser juzgados en Irlanda por oficiales militares, en lugar de por jueces y jurados. O'Connell fue procesado por sedición. Los whigs cumplieron sus antiguas promesas con «fuego, prisión, transporte e incluso con la muerte». Sin embargo, no sacaron adelante el proyecto de coerción sino con la condición expresa de que presentarían y aprobarían un proyecto de ley sobre la Iglesia irlandesa, con una cláusula que estipulaba que una cierta porción de las rentas de la Iglesia establecida en Irlanda se pusiera a disposición del Parlamento, con vistas a emplearla en beneficio de Irlanda. Esta cláusula era importante porque reconocía el principio de que el Parlamento tenía el poder de expropiar a la Iglesia establecida, un principio del que John Russell debería estar convencido, ya que toda la inmensa propiedad de su familia estaba formada por despojos eclesiásticos. Habiéndose comprometido a triunfar o caer con ese proyecto, se apresuraron, so pretexto de evitar un choque con los Lores, a eliminar precisamente esa cláusula, la única parte del proyecto que tenía algún valor. Luego votaron en contra y derrotaron su propia medida. Pero cuando Peel llegó al poder, a fines de 1834, sus simpatizantes irlandeses se despertaron de nuevo como por una descarga eléctrica. John Russell fue el principal agente en lograr, en 1835, el pacto de Lichfield House, mediante el cual los whigs entregaron a O'Connell el patronazgo irlandés, y O'Connell les aseguró los votos irlandeses. Pero faltaba un pretexto para expulsar a los tories. John, con característica desvergüenza, eligió como campo de batalla las Rentas Eclesiásticas de Irlanda. Atacó e hizo caer a Sir Robert Peel por su resistencia a aquella misma cláusula, ahora llamada cláusula de apropiación, que el propio ministerio reformista había abandonado. Se formó el gabinete Melbourne, y Lord John se convirtió en líder de la Cámara de los Comunes. Comenzó entonces a jactarse, por un lado, de su firmeza mental, porque aunque ahora estaba en el cargo, seguía adhiriéndose a sus opiniones sobre la cláusula de apropiación; y por otro lado, de su moderación moral al no actuar conforme a esas mismas opiniones. Nunca actuó conforme a ellas. En 1846, siendo primer ministro, se las arregló para deshacerse también de las opiniones. Declaró que no podía concebir una medida más funesta que la desestabilización de la Iglesia, y rehusó prestar más atención al proyecto de 1835.

En febrero de 1833, John Russell, miembro del ministerio reformista, denunció la derogación de la Unión irlandesa y declaró que el verdadero objeto de la agitación era «derribar de una vez el Parlamento Unido y establecer, en lugar de Rey, Lores y Comunes del Reino Unido, algún parlamento del que el Sr. O'Connell habría de ser líder y jefe». En febrero de 1834, la agitación por la derogación fue nuevamente denunciada en el discurso del Rey, y el ministerio reformista propuso una alocución para «dejar constancia, de la manera más solemne, de la determinación fija del Parlamento de mantener íntegra e inalterada la unión legislativa». Inmediatamente después de pasar a los bancos de la oposición, el mismo John Russell declaró que, «en cuanto a la derogación de la unión, el tema estaba abierto a enmienda o cuestionamiento, como cualquier otro acto de la legislatura».

En marzo de 1846, Lord J. Russell, en extraña alianza con los tories, que ardían entonces en la pasión de castigar a Peel por la derogación de las Leyes de Cereales, rompió la administración de Peel mediante una oposición incondicional a su proyecto de ley de armas para Irlanda. Se convirtió en primer ministro, y el primer acto de su gobierno fue un intento de renovar ese mismo proyecto. En 1844 había denunciado a Peel por «haber llenado Irlanda de tropas, y no gobernar ese país sino ocuparlo militarmente». En 1848 ocupó Irlanda militarmente, aprobó las leyes de felonía, proclamó la suspensión del habeas corpus y se enorgulleció de las enérgicas medidas del reinado de Clarendon.

Examinemos ahora sus pretensiones librecambistas. Las Leyes de Cereales habían sido promulgadas en 1815, con la concurrencia de tories y whigs. En las elecciones parlamentarias de 1835 y 1837, John Russell estigmatizó la reforma de las Leyes de Cereales como «perjudicial, absurda, impracticable e innecesaria». Desde que llegó al poder, había resistido todas esas demandas, «al principio con desprecio, y luego con vehemencia». Era un defensor más acérrimo de los altos derechos sobre el cereal que Sir Robert Peel. Ante la perspectiva de escasez (1838-39), él y Melbourne no contemplaron ninguna alteración en los derechos existentes. Sin embargo, el déficit en el erario whig, que ascendía a 7.500.000 libras, y la política exterior de Palmerston, que amenazaba con envolver a Inglaterra en una guerra con Francia, indujeron a la Cámara de los Comunes a aprobar, el 3 de junio de 1841, a moción de Sir Robert Peel, un voto de desconfianza al gabinete Melbourne. Los whigs, siempre tan ávidos de aferrarse a los cargos como incapaces de desempeñarlos y reacios a abandonarlos, intentaron, aunque en vano, escapar a su suerte mediante una disolución del Parlamento. Entonces, en el alma profunda de Lord John despertó la idea de ridiculizar la agitación contra las Leyes de Cereales, tal como había esperado ridiculizar el movimiento reformista. Se declaró de pronto partidario de un derecho fijo moderado, amigo como es de la moderada castidad política y de las reformas moderadas. Tuvo incluso la desvergüenza de pasearse por las calles de Londres en una procesión de los candidatos del gobierno llevando pancartas en las que se exhibían, en contraste, dos hogazas: una hogaza del tamaño de dos peniques con la inscripción «Hogaza Peel», y una hogaza de un chelín con la inscripción «Hogaza Russell». Sin embargo, la nación sabía por experiencia que los whigs solían prometer pan y dar piedras y, a pesar de las ridículas teatralidades callejeras de Russell, la nueva elección dejó al gabinete whig en minoría de 76, y al fin se vieron forzados a largarse.

Durante los años 1841 a 1845, la Liga contra las Leyes de Cereales se volvió formidable. En el otoño de 1845 encontró nuevos y terribles aliados en la hambruna de Irlanda, la escasez de trigo en Inglaterra y la pérdida de las cosechas en toda Europa. Por consiguiente, Sir Robert Peel, a fines de octubre y entre el 1 y el 6 de noviembre, celebró una serie de consejos de gabinete en los que propuso la suspensión de las Leyes de Cereales e incluso insinuó la necesidad de derogarlas por completo. Una demora en las resoluciones del gabinete fue causada por la resistencia inesperada de Lord Stanley, colega de Sir Robert Peel. John Russell, que se hallaba entonces en un viaje de placer en Edimburgo, olió lo que pasaba en el consejo de gabinete de Peel. Decidió de inmediato aprovechar la demora causada por la oposición de Stanley, arrebatar a Peel una posición popular anticipándosele, darse la apariencia de haber forzado el librecambio sobre Peel y despojar así los actos de su rival de todo su peso moral. En consecuencia, el 22 de noviembre de 1845 dirigió desde Edimburgo una carta a los electores de su ciudad, llena de imputaciones maliciosas contra Sir Robert Peel, bajo el pretexto de que el gabinete estaba aplazando su acción en relación con la miseria irlandesa. Las hambrunas periódicas de Irlanda de 1831, 1835, 1837 y 1839 nunca habían inducido a Lord John y sus colegas a reconsiderar siquiera las Leyes de Cereales. Pero ahora estaba todo ardiendo. Una catástrofe tan terrible como la hambruna de dos naciones no conjuraba ante los ojos de aquel hombrecillo nada más que visiones de artimañas efectistas contra su rival en el cargo. En su carta trató de ocultar el verdadero motivo de su súbita conversión al librecambio bajo una confesión mezquina, de la que toda Inglaterra se burló: «Confieso que, en lo que respecta al tema general, mis opiniones han sufrido, en el curso de veinte años, una gran modificación. Solía opinar que el trigo constituía una excepción a las reglas generales de la economía política; pero la observación y la experiencia me han convencido de que debemos abstenernos de toda interferencia en el suministro de alimentos». En la misma carta, el hombrecillo instaba a que era deber de Sir Robert Peel interferir en el suministro de alimentos para Irlanda.

Se supone que Lord John Russell abrió su carrera con esfuerzos en favor de la tolerancia religiosa y la cerró con el grito antipapista. Es cierto que en 1828 presentó una moción para la derogación de las leyes de prueba y de corporaciones; pero, como nos cuenta un autor contemporáneo, «para asombro del propio proponente, la moción fue aprobada por una mayoría de 44». Las leyes se habían convertido, de hecho, en letra muerta, y el ministerio tory que al año siguiente aprobó el proyecto de emancipación católica se alegró de deshacerse de las incapacidades de los disidentes. Russell defendió su medida sobre la base de que «estaba plenamente convencido de que tendería a la seguridad de la Iglesia de Inglaterra tal como estaba establecida por ley». Cuando ocupaba el cargo, siempre se opuso a la separación de la Iglesia y el Estado, la gran cosa que los disidentes pedían. Incluso se opuso a la pequeña concesión de abolir los impuestos eclesiásticos. Su grito antipapista es aún más característico de la superficialidad del hombre y la pequeñez de sus motivos. Hemos visto que en 1848 y 1849 frustró las mociones de reforma de sus propios aliados con el apoyo de los tories. Su permanencia en el cargo, por tanto, se había vuelto muy precaria, pues dependía del sufrimiento de sus adversarios. Tal era su posición en 1850, en el momento en que la bula del Papa para el establecimiento de una jerarquía católica romana en Inglaterra y la nominación del cardenal Wiseman para el arzobispado de Westminster creaban una excitación artificial entre la parte superficial, estúpida e hipócrita del pueblo inglés. En cuanto a John en persona, el Papa no lo tomó por sorpresa. Su suegro, Lord Minto, se encontraba aún en Roma cuando la Gaceta Romana, en enero de 1848, publicó la nominación de Wiseman al arzobispado. Sabemos además, por la carta de Wiseman al pueblo inglés, que el mismo Lord Minto había sido mostrado por el Papa en el mismo año la bula para el establecimiento de la

Así como su celo antipapista era un falso pretexto, también lo era su celo por la emancipación judía. Su proyecto de ley de Incapacidades Judías ha adquirido reputación como una farsa anual representada para asegurar a Lord John los votos de la City a disposición del barón austriaco Rothschild. Sus reformas coloniales, esquemas educativos, medidas antiesclavistas, todo eran falsos pretextos. «Su oposición —le escribe el barón Brougham en 1839— a todas las mociones en favor de los negros, y su resistencia incluso a los intentos de detener el recién establecido tráfico de esclavos, ampliaron la brecha entre usted y el país. La idea de que ustedes, los opositores a todas las mociones sobre la trata de esclavos en 1838, los enemigos de toda interferencia con las Asambleas, se hayan enamorado de repente de la causa de los negros hasta el punto de arriesgar casi su permanencia en el cargo por un proyecto de ley para su fomento en 1839, supondría una extraña aptitud para dejarse engañar.» ¡Sus intentos de reforma legal... falsos pretextos! Cuando la expulsión del gabinete de Melbourne se había vuelto inminente, tras el voto de censura aprobado contra ellos el 4 de junio de 1841, John Russell se apresuró a tramitar en la Cámara un proyecto de ley de Cancillería, con el fin de «remediar uno de los males más urgentes de nuestro sistema legal, las demoras en los Tribunales de Equidad, mediante la creación de dos nuevos jueces de Equidad». Anunció este proyecto como «una gran entrega de reforma legal». Su verdadera intención era nombrar a dos de sus seguidores para cargos en un tribunal aún no creado antes de que los tories entraran. Sir Edward Sugden, para apartarlo, presentó una moción para que el proyecto no entrara en vigor antes del 10 de octubre. Aunque no se hizo cambio alguno en la sustancia de su grande y urgentísima entrega de Reforma Legal, John Russell, sin excusa alguna, abandonó por completo el proyecto de inmediato. Su ternura por la libertad del súbdito, su fe en la prensa pública y, como hemos visto y mostrado últimamente, su entusiasmo bélico y su moderación amante de la paz, ¡todo falsos pretextos!

Todo el hombre es un falso pretexto, toda su vida una gran mentira, toda su actividad una cadena de intrigas menudas con fines mezquinos, la deglución del dinero público y la usurpación de la mera apariencia del poder. Ningún otro hombre ha verificado en tal grado la verdad del axioma bíblico de que ningún hombre puede añadir un codo a su estatura natural. Colocado por nacimiento, conexiones y accidentes sociales sobre un pedestal colosal, siempre permaneció el mismo homúnculo: un enano maligno y deforme en la cima de una pirámide. La historia del mundo no exhibe, quizás, ningún otro hombre tan grande en su pequeñez.