Friedrich Engels

Perspectivas de guerra

New-York Daily Tribune.  
Nr. 4459, 4 de agosto de 1855

Perspectivas de guerra.

Según nuestras últimas noticias, había una pausa en las operaciones bélicas en Crimea. No se habían producido nuevos asaltos; los cañones callaban casi por completo; y si no fuera por el fuego de fusilería que se mantenía constantemente entre las dos líneas de trincheras, por los trabajos de zapa y minas con que los aliados avanzaban hacia la colina de Malakoff, y por alguna que otra salida de los rusos, podría suponerse que las hostilidades se habían suspendido. Pero esto no puede ser sino la calma que precede a la tormenta; y a estas horas, esa tormenta ha debido estallar. Es casi seguro que en Sebastopol ya se ha consumado una lucha más encarnizada que la de Inkerman, el Mamelón Verde o el asalto del 18 de junio.

En realidad, el mes de agosto ha de decidir, hasta cierto punto, el resultado de la campaña. A estas fechas, la mayor parte, si no todos, los refuerzos rusos deben haber llegado, mientras que las filas de los aliados no pueden menos que verse diezmadas por las enfermedades. Si logran mantenerse en la meseta del Quersoneso, será cuanto puedan hacer. Que este año no tomarán el lado sur de Sebastopol es una idea ya abandonada incluso por la prensa británica. Se ven reducidos a la esperanza de demoler la plaza poco a poco, y si se las arreglan para avanzar a la velocidad mostrada hasta ahora, el asedio durará tanto como el de Troya. No hay razón para esperar que realicen su labor con mayor rapidez, pues se nos informa, casi de manera oficial, que se continuará obstinadamente con el vicioso sistema seguido hasta aquí. El corresponsal en Crimea del *Constitutionnel* de París, hombre de alto rango en el ejército francés, y que se cree es el general Regnault de Saint-Jean-d'Angély, comandante de la Guardia, ha anunciado el hecho de que el público puede ahorrarse la molestia de hacer especulaciones acerca de una campaña en campo abierto y el eventual cerco del lado norte de Sebastopol. En las actuales circunstancias, dice, esto no podría hacerse sin levantar el sitio y abandonar a los rusos toda la meseta; y por lo tanto, se ha decidido batir lo más intensamente posible la posición ya atacada, hasta destruirla por completo. Ahora bien, los anuncios de esta carta merecen crédito, ya que hay sobradas razones para creer que el Emperador francés no sólo aprueba, sino que incluso revisa cada carta procedente de esa fuente antes de su publicación, y Regnault es uno de sus favoritos especiales.

Fácilmente podemos colegir cuáles serán las consecuencias de todo esto. El ejército ruso en Sebastopol y sus alrededores se compone ahora del tercer y cuarto cuerpos de ejército, dos divisiones del quinto y una del sexto, además de infantería de marina, marineros, tropas locales, cosacos y caballería, presentando una fuerza en armas de 180 batallones, o 90.000 infantes, con 30.000 hombres de artillería y caballería, aparte de unos 40.000 enfermos y heridos. Incluso el *Moniteur* francés estima sus efectivos en armas en 110.000 hombres. Ahora, todo el segundo cuerpo de ejército (50 batallones, 32 escuadrones, 96 cañones) y dos divisiones de granaderos con una división de caballería (24 batallones, 32 escuadrones, 72 cañones) están en marcha o ya en Sebastopol, representando una fuerza adicional de 55.000 infantes, 10.000 jinetes y cosacos, y 5.000 artilleros. Los rusos, por tanto, pronto habrán concentrado una fuerza de por lo menos 175.000 hombres, o bastante más de los que los aliados pueden tener después de sus recientes pérdidas en combates y por enfermedad. Que con ellos puedan los rusos, al menos, mantenerse firmes —sobre todo porque pueden relevar constantemente a la guarnición con tropas frescas después de que las anteriores estén agotadas por la fatiga— es ciertamente lo mínimo que cabe esperar de ellos.

Los aliados, por su parte, no tienen ninguna probabilidad de recibir refuerzos semejantes. Suman ahora 21 divisiones de infantería (12 francesas, 4 inglesas, 3 turcas, 2 piamontesas), es decir, unos 190 batallones; 3 divisiones de caballería (1 francesa, 1 inglesa, 1 turca), o sea unos 60 escuadrones; y un número correspondiente de cañones. Pero como sus batallones, y especialmente sus escuadrones, están muy reducidos por las pérdidas de la campaña, la fuerza total no excederá de 110.000 infantes, 7.500 jinetes y de 20.000 a 25.000 artilleros, tren y no combatientes aptos para el servicio. Ahora bien, si las fuerzas de las dos partes contendientes estaban tan equilibradas antes de la llegada de los refuerzos rusos, la balanza ha de inclinarse evidentemente en contra de los aliados en cuanto aquéllos lleguen. Todos los refuerzos aliados llegados y los que ahora se envían no son más que destacamentos procedentes de los depósitos para mantener en pie los batallones y escuadrones empeñados; y no son muy numerosos, si hemos de creer las informaciones de la prensa. Sin embargo, se dice que tres divisiones están en marcha hacia Marsella y Tolón, donde se están concentrando barcos de vapor; mientras que, en Inglaterra, se ha ordenado que los regimientos destinados a Crimea estén listos para embarcar de inmediato. Esos regimientos formarán quizás otra división de infantería y una de caballería. De este modo, unos 33.000 infantes, con quizás 2.500 jinetes y artilleros, podrían ir llegando gradualmente a Crimea durante agosto y septiembre; pero todo esto depende en gran medida de la celeridad con que se les despache. En cualquier caso, los aliados se encontrarán una vez más en inferioridad numérica y probablemente quedarán de nuevo encerrados en la meseta donde pasaron el triste invierno anterior. No nos aventuraremos a decir si los rusos podrán ahora expulsarlos de esa plaza fuerte. Pero evidentemente lo único que los aliados pueden esperar es mantenerse firmes, hasta que reciban refuerzos en escala gigantesca. Así, la guerra promete reducirse a una serie de encuentros sangrientos y sin resultado, en los que cada parte enviará día tras día nuevos cuerpos de tropas al encuentro del enemigo en luchas cuerpo a cuerpo, ya sea en las murallas de la ciudad, en los parapetos de las trincheras o en las escarpadas alturas que rodean Inkerman y Balaclava. No cabe imaginar posición alguna de ejércitos hostiles en que el derramamiento de más sangre pueda conducir a resultados menos importantes que los que debemos esperar de semejantes combates.

Sin embargo, existe una probabilidad de que ocurra algo decisivo. Si los rusos, además de las tropas que han enviado, pudieran enviar otros 50.000 hombres, para asegurar a su ejército una superioridad incontestable, los aliados podrían sufrir graves derrotas que les obligaran a reembarcar. Para juzgar esta posibilidad, debemos examinar la fuerza que los rusos tienen en armas en toda la extensión de su frontera. El ejército de Crimea, incluyendo los refuerzos arriba mencionados, lo ciframos en unos 175.000 hombres. En el Cáucaso, donde, además de las tropas locales y cosacos, están empeñadas las divisiones 16.ª y 17.ª, pueden tener unos 60.000 hombres. En Besarabia, se dice que tienen 60.000 hombres al mando de Lüders —en su mayoría batallones agregados y reservas, como diríamos nosotros, ya que allí sólo se halla una división de infantería del quinto cuerpo, y nunca se ha dicho que hayan marchado en esa dirección tropas del primero o segundo cuerpos. En Polonia y Volinia quedarían dos divisiones de la guardia, una de granaderos, tres del primer cuerpo de ejército y diversas reservas, lo que asciende a unos 160.000 hombres. La mayor parte de las reservas y parte de la guardia están concentradas en el Báltico de la siguiente manera: 50.000 hombres al mando de Sievers en las provincias bálticas alemanas, 30.000 en Finlandia a las órdenes de Berg, y 50.000 en San Petersburgo y sus alrededores como ejército de reserva bajo el mando de Rüdiger; en total, alrededor de 585.000 hombres. El resto de las fuerzas rusas, unos 65.000 hombres, se halla en el interior; de modo que la fuerza armada total sumaría 650.000 hombres. Teniendo en cuenta las enormes levas realizadas por Rusia, esta cifra no parece en absoluto exagerada.

Ahora bien, es evidente que en esta avanzada estación del año no hay que temer peligro serio de un desembarco en la costa del Báltico, y podría efectuarse un desplazamiento general hacia el sur de los diversos destacamentos allí situados, de manera que se liberaran, pongamos por caso, 30.000 hombres, que serían reemplazados por la milicia u otras tropas del interior. Esos 30.000 hombres, marchando hacia Polonia, liberarían en ese país un número igual, y para cuando los austríacos hayan reducido su ejército en la frontera a la inofensiva cifra de 70.000 u 80.000 hombres, lo que pronto deberá ocurrir, se podrían destacar otros 30.000 a 40.000 hombres del ejército de Polonia. De este modo podrían encontrarse las tropas para un refuerzo tal que impidiera toda posibilidad de que los aliados llegaran a dominar Crimea por sí solos, y podrían ser llevadas al teatro de la guerra para mediados de octubre. Pero surge la cuestión de si al Gobierno le será posible alimentar a un número tan grande de tropas durante el invierno, sobre todo habiendo sido despejado de buques rusos el mar de Azov. Sobre esto no tenemos datos suficientes para aventurar una opinión; pero si puede hacerse, y se adopta la medida, los aliados podrían batir igualmente las rocas que rodean el puerto de Balaclava que las murallas de Sebastopol, defendidas directa e indirectamente por una fuerza de 250.000 hombres.

Hasta ahora, Rusia ha sido mantenida en jaque por 300.000 austríacos en el flanco de su línea de comunicación con Crimea. Una vez que se libere de esa traba, los aliados verán pronto con qué potencia tienen que habérselas. Han dejado escapar el momento en que, ayudados indirectamente por Austria, hubieran podido tomar Sebastopol. Ahora que Rusia empieza a estar segura en ese flanco y sólo tiene que tratar con los aliados, ya es demasiado tarde.