Friedrich Engels  
Desde Sebastopol. 28 de junio de 1855  

Desde Sebastopol.  

Contrariamente a la expectación general, el correo del Pacífico, llegado ayer por la mañana, no trae ningún relato detallado del rechazo sufrido por los aliados en Sebastopol el 18 de junio. Es cierto que tenemos algunas escuetas noticias sobre el número de muertos y heridos en aquel lance, que más abajo comentamos brevemente. Pero en lugar de los esperados despachos, tenemos por fin el relato pormenorizado del general Pélissier sobre la toma del Mamelon y las Canteras. Sin embargo, ni siquiera éste es de índole tal que permita vislumbrar con claridad el rumbo de la política militar del hombre que en este momento manda de hecho a los 200.000 soldados aliados en Crimea. Si queremos llegar a alguna conclusión al respecto, hemos de atenernos a indicios negativos más que positivos. Para adivinar lo que Pélissier se propone hacer, hemos de fijarnos no tanto en lo que hace como en lo que se abstiene de hacer. Pero examinemos de nuevo la toma del Mamelon; presenta algunos rasgos que merecen ser examinados.  

Los días 6 y 7 de junio estuvieron consagrados a un cañoneo en toda la línea de las baterías aliadas. Pero mientras que en el ataque de la izquierda (desde el Bastión de la Bandera hasta el de la Cuarentena) este cañoneo fue una mera demostración, en el ataque de la derecha (desde el Redan hasta el monte Sapun) se llevó a fondo. Aquí las obras exteriores rusas estuvieron sometidas a un fuego particularmente intenso. Cuando su fuego pareció suficientemente acallado y sus defensores suficientemente debilitados, en la tarde del día 7 se ordenó el asalto. Los franceses tenían que conquistar dos posiciones distintas, formando dos mesetas separadas entre sí por un barranco; los ingleses, una sola meseta, con un barranco a cada lado. El modo en que ambos ejércitos se prepararon para el asalto fue característico de sus cualidades y tradiciones peculiares. Los franceses destinaron cuatro divisiones, dos para cada ataque por separado. Así, contra el Mamelon Vert (reducto de Kamtschatka) se concentraron dos divisiones, y otras dos contra el monte Sapun; cada ataque contaba con dos brigadas, en columnas distintas, al frente para la carga, y dos brigadas en reserva. De este modo, dieciocho batallones iban a cargar y dieciocho a apoyar: en total, por lo menos de 28.000 a 30.000 hombres. Esta disposición se ajustaba perfectamente a los reglamentos y tradiciones del ejército francés, que en las grandes cargas ataca siempre en columnas, y a veces en columnas un tanto demasiado pesadas. Los ingleses, de haberse formado del mismo modo, habrían necesitado dos divisiones para su parte del cometido; dos brigadas para el ataque y dos para la reserva. Fieles a su propio sistema, sin embargo, designaron para la carga a unos 1.000 hombres, o sea, unos dos batallones, apenas equivalentes a media brigada francesa. Tenían, sin duda, fuertes reservas; pero, no obstante, allí donde los franceses habrían empleado tres hombres, ellos emplearon sólo uno. Esto es consecuencia, en parte, del sistema británico de atacar en línea en vez de en columna, y en parte de la gran tenacidad del soldado británico en posiciones defensivas. Estos 1.000 soldados británicos ni siquiera fueron lanzados todos a la vez; primero cargaron 200 y tomaron las obras rusas; después se enviaron otros 200 como refuerzo; el resto siguió del mismo modo; y luego, una vez establecidos en la posición rusa, 1.000 soldados británicos la mantuvieron contra seis ataques sucesivos, y bajo el incesante fuego frontal y de enfilada de las obras rusas. Al despuntar la mañana, más de la mitad de ellos estaban muertos o heridos; pero el lugar era suyo, y algunos incluso habían seguido de cuando en cuando a los rusos hasta el interior del Redan. Fue ésta una hazaña que ni 1.000 franceses habrían podido realizar. Pero la resistencia pasiva del soldado británico bajo el fuego apenas conoce límites; y cuando, como en aquella noche, el combate cuerpo a cuerpo adopta la forma de su diversión favorita, la riña callejera, entonces se encuentra en su elemento y lucha seis contra uno con todo el gozo temerario del mundo.  

En cuanto al ataque francés, el general Pélissier nos ofrece una larga relación de las brigadas y regimientos empeñados, y tiene una palabra elogiosa para cada uno de ellos; pero sus indicaciones sobre las respectivas posiciones y líneas de ataque de cada columna son muy confusas, mientras que su narración del desarrollo de la acción es casi incomprensible, y falta por completo una indicación de las pérdidas. Comparando este boletín oficial con otros relatos, podemos deducir que los franceses tomaron el Mamelon en el primer embate, siguieron a los rusos en retirada hasta el bastión de Malakoff, penetraron en él aquí y allá, fueron rechazados por los rusos, volvieron a perder el Mamelon, se formaron en semicírculo detrás de él y, mediante otro avance, terminaron por apoderarse del mismo. Al otro lado del barranco de la bahía de Carena, el reducto de Volhynsk fue tomado con pocas pérdidas; la lucha en el reducto de Selinghinsk, situado a retaguardia del anterior, fue más encarnizada, pero nada comparable a la del Mamelon. Debido al número exagerado de tropas que Pélissier lanzó contra los puntos atacados, y a las pesadas columnas que debieron de formar, las pérdidas francesas han de haber sido muy cuantiosas. El hecho de que no se haya dado ninguna cifra oficial lo prueba suficientemente. No sería exagerado calcularlas entre 1.500 y 2.000.  

En cuanto a los rusos, se hallaban en unas circunstancias peculiares. No podían guarnecer estas obras exteriores con gran número de hombres, pues ello habría significado exponerlos a una destrucción segura por la artillería enemiga incluso antes de que se intentase el asalto. De modo que sólo podían mantener un mínimo de defensores en estos reductos, y tenían que confiar en el fuego dominante de su artillería en el Malakoff y el Redan, así como en la actuación de sus reservas en el lugar. Tenían dos batallones* —unos 800 hombres— en el Mamelon. Pero una vez tomados los reductos, ya no volvieron a entrar en ellos como para establecerse en debida forma. Descubrieron que un ejército sitiado puede perder muy deprisa una posición, pero no puede recuperarla fácilmente. Aparte de esto, el reducto del Mamelon era de construcción tan complicada, con traveses y blindajes que formaban una especie de casamatas improvisadas, que, aunque estaba sumamente bien cubierto contra la artillería, su guarnición se hallaba casi inerme frente a un asalto, ya que cada compartimento apenas tenía espacio para un cañón y los hombres que lo servían. Tan pronto, pues, como los cañones fueron desmontados, la infantería encargada de defender la obra contra un asalto carecía de espacio para ocupar una posición desde la cual pudiera actuar contra las columnas de asalto con fuego simultáneo en masa. Fraccionados en pequeños destacamentos, sucumbieron al ímpetu de los asaltantes, demostrando una vez más que, cuando no puede combatir en grandes masas, la infantería rusa no iguala ni en inteligencia y rapidez de mirada al francés, ni en el desesperado valor de bulldog al inglés.  

Al combate del día 7 siguió una tregua de diez días, durante los cuales se terminaron y enlazaron trincheras, se trazaron baterías y se llevaron al frente cañones y municiones. Al mismo tiempo se efectuaron dos reconocimientos hacia el interior del país. El primero, hacia Baidar, a 12 millas de Balaklava, en el camino que baja hacia la costa sur, fue meramente preliminar; el segundo, hacia Aitodor, seis millas más allá de Chorgun, sobre el Chernaya, se realizó en la dirección correcta. Aitodor se halla situado en el terreno elevado que conduce hacia el valle del Alto Belbek, único medio, como ya señalamos hace tiempo, de flanquear con eficacia la posición rusa de Inkermann. Pero entonces, enviar una columna de reconocimiento hacia allí sin ocupar a continuación el terreno con fuerzas e iniciar las operaciones de inmediato, no es sino poner sobre aviso al enemigo, señalándole el lado por donde está amenazado. Ahora bien, puede que el terreno en torno a Aitodor resultase impracticable, pero lo dudamos; y aun en ese caso, la intención de una marcha de flanco para envolver al enemigo queda demasiado claramente indicada en esta maniobra. Si esta marcha de flanco pudiera utilizarse como mera finta, bien está; pero estamos convencidos de que tiene que convertirse en el movimiento principal y, por tanto, no debería dejarse entrever antes de que los aliados se propongan realmente emprenderlo.  

Sin embargo, en lugar de proseguir estas débiles demostraciones en el campo, el general Pélissier intentó algo muy distinto. El 18 de junio, día de Waterloo, vio marchar codo con codo a las tropas inglesas y francesas para asaltar las líneas rusas en el ataque de la derecha. Los ingleses atacaron el Redan; los franceses, el Malakoff. Waterloo iba a ser así vengada; mas, por desgracia, el lance salió mal. Ambos fueron rechazados con espantosa carnicería. Las listas oficiales cifran sus pérdidas en unos 5.000, pero la conocida falta de veracidad de los relatos franceses nos induce a calcularlas alrededor de un 50 por 100 más altas. Puesto que no se han recibido pormenores, los rasgos tácticos de esta batalla han de quedar a un lado por el momento. Lo que ahora podemos tomar en consideración es su índole estratégica y política.  

Toda la prensa de Europa presenta a Pélissier como un hombre que no se dejará dar órdenes por telégrafo desde París, sino que actúa inflexiblemente según su propio juicio. Hemos tenido razones para dudar de esta peculiar especie de obstinación, y el hecho de que intentara vengar Waterloo “noblemente”, es decir, mediante una victoria común de franceses e ingleses, confirma plenamente nuestra duda. La idea de semejante hazaña sólo pudo provenir de Su Majestad el Emperador de los Franceses, el gran creyente en los aniversarios, el hombre que no puede dejar pasar un año el 2 de diciembre sin intentar alguna treta extraordinaria; el hombre que, ante la Cámara de los Pares, dijo que su vocación especial era vengar Waterloo. De que Pélissier tenía las más estrictas órdenes de celebrar la Batalla de Waterloo con un espléndido aniversario, no cabe duda alguna. La manera en que lo hizo es la única parte del asunto de la que él es responsable.  

El asalto a las líneas del reducto de Karábelnaia debe ser considerado, como estamos más que nunca convencidos, un error. Pero hasta que conozcamos a fondo al hombre, seguiremos concediendo a Pélissier el beneficio de toda circunstancia que, a esta distancia del lugar, pueda parecer dudosa. Ahora bien, puede que el estado sanitario del Quersoneso Heracleótico —tema sobre el que ya hace tiempo llamamos la atención— sea tal, que una rápida conclusión de las operaciones en ese reducido espacio de terreno resulte muy deseable. Las emanaciones de los cuerpos en descomposición de 25.000 hombres y 10.000 caballos afectan gravemente a la salud del ejército durante el verano. De las demás abominaciones allí acumuladas no hablaremos. Puede que Pélissier piense que es posible en poco tiempo expulsar a los rusos de la parte sur, destruir la plaza por completo, dejar sólo unos pocos hombres para vigilarla y luego salir a campaña con un ejército fuerte. Hacemos esta suposición porque preferimos ver al menos algún motivo racional en los actos de un viejo soldado. Pero si tal es el caso, se equivocó en cuanto a la fuerza de la plaza. Dijimos en su momento que toda tentativa de prolongar los éxitos del día 7 contra la ciudad misma sería derrotada; nuestra opinión viene confirmada por los acontecimientos. Dijimos que la llave de Sebastopol se hallaba al norte de Inkermann; el combate del 18 parece probarlo.

Así pues, estamos dispuestos a admitir que el general Pélissier se dejó guiar por consideraciones perfectamente lógicas al preferir un asalto a Karabelnaya a un avance en campo abierto; pero, al mismo tiempo, hemos de admitir igualmente que las personas que se hallan sobre el terreno son muy propensas a tomar hechos secundarios como premisas de sus conclusiones, y que Pélissier, con el rechazo del día 18, parece convicto de haber cedido a esta debilidad; pues si revela fuerza de carácter empecinarse tenazmente en la empresa emprendida, revela asimismo debilidad de entendimiento proseguir esa empresa por un camino tortuoso, por el mero hecho de haberse comprometido en ella. Pélissier tendría razón al intentar tomar Sevastopol a toda costa; pero se equivoca evidentemente al no ver que el camino más corto hacia Sevastopol pasa por Inkermann y por el ejército ruso que defiende esa posición.

A menos que los ejércitos aliados se apresuren a sacar provecho sin demora de su superioridad, no tardarán en encontrarse en una situación muy embarazosa. Hace tiempo que Rusia ha reconocido la necesidad de reforzar sus fuerzas en Crimea. La terminación de los batallones de reserva del ejército regular, así como la leva y organización de la milicia en 200 batallones, pero sobre todo la reducción del ejército de observación austriaco a 180 000 hombres —quedando el resto licenciado con permiso o acantonado en el interior del imperio— ofrecen ahora la oportunidad de hacerlo. En consecuencia, se ha formado un ejército de reserva en Odessa, del cual se dice que unos 25 000 hombres se hallan estacionados en Nicolaiéff, a unas doce o quince jornadas de marcha de Sevastopol. Se dice también que dos divisiones de granaderos se hallan en marcha desde Volhynia. Por tanto, para mediados de julio, y tal vez antes, los rusos pueden haber recobrado de nuevo la superioridad numérica, a menos que entretanto se produzcan derrotas decisivas de las tropas que ahora se oponen a los aliados. Se nos informa, en efecto, de que 50 000 franceses más marchan hacia Tolón y Marsella para embarcarse; pero llegarán con toda certeza demasiado tarde, y apenas podrán hacer otra cosa que cubrir los claros que el combate y las enfermedades (que ahora reaparecen en el campamento aliado) han abierto en las filas.

Las operaciones en el mar de Azoff han destruido una fuente de abastecimiento para los rusos; pero, como el Dnieper es, con mucho, más que el Don la salida natural de los distritos cerealistas rusos, no cabe duda de que en Cherson se hallan grandes cantidades de grano —más de las que los rusos en Crimea necesitan para alimentarse. Desde allí, el transporte a Simferopol no es, por tanto, muy difícil. Quien espere de la expedición de Azoff un efecto serio e inmediato sobre el aprovisionamiento de Sevastopol, incurre en un grave error.

La balanza, aunque desde hace algún tiempo se haya inclinado en favor de los aliados, puede aún volver a equilibrarse, o incluso inclinarse contra ellos. La campaña de Crimea dista mucho de estar decidida, si los rusos actúan con prontitud.