Karl Marx  
Die Administrativreform-Assoziation  

Neue Oder-Zeitung.  
Nr. 261, 8. Juni 1855. A  
Mittagblatt  

X. Londres, 5 de junio. La Administrativreformassociation ha obtenido una victoria en Bath. Su candidato, el señor Tite, ha sido elegido miembro del Parlamento con una gran mayoría frente al candidato tory. Esta victoria, conseguida en el terreno del país «legal», es celebrada hoy por los periódicos liberales como un gran acontecimiento. Los boletines sobre el «poll» se publican con no menor ostentación que los boletines sobre los éxitos incruentos en el mar de Azov. ¡Bath y Kerch! es la consigna del día. Lo que la prensa silencia –periódicos reformistas lo mismo que antirreformistas, ministeriales y de oposición, tories, whigs y radicales– son las derrotas y los desengaños que la Administrativreformassociation ha experimentado en los últimos días en Londres, en Birmingham y en Worcester. Ciertamente, la lucha no se libró esta vez en el terreno acotado de un cuerpo electoral privilegiado. Sus resultados eran, además, apropiados para provocar un grito de triunfo de parte de los adversarios de los reformadores de la City. El primer meeting realmente público (es decir, meeting sin tarjetas de entrada) que la Reformassociation celebró en Londres tuvo lugar el pasado miércoles en Marylebone. Contra las resoluciones de los reformadores de la City, un cartista presentó la enmienda: «que la aristocracia del dinero representada por los hombres de la City es tan mala como la aristocracia de la tierra; que, bajo el pretexto de reformas, sólo aspira a trepar a Downing Street a lomos del pueblo, para repartirse allí cargos, salarios y dignidades con los oligarcas; que la Carta con sus cinco puntos es el único programa del movimiento popular». El presidente del meeting, uno de los iluminados de la City, adujo una serie de escrúpulos; primero, si debía someter la enmienda a votación en absoluto; luego, si debía votar primero la resolución o la enmienda; y finalmente, cómo debía hacer votar. El auditorio, cansado de sus indecisiones, de sus elucubraciones tácticas y de sus maniobras impopulares, lo declaró incapaz de continuar presidiendo, llamó a la presidencia a Ernest Jones en su lugar, y votó entonces con una mayoría abrumadora contra la resolución y a favor de la enmienda. En Birmingham, la Cityassociation había organizado un meeting público en el ayuntamiento bajo la presidencia del mayor. Contra su resolución se presentó una enmienda similar a la de Londres. El mayor, sin embargo, se negó terminantemente a someter la enmienda a votación, a menos que la palabra «Carta» fuera sustituida por otra menos ofensiva. De lo contrario, abandonaría la silla presidencial. En lugar de la palabra «Carta» se sustituyó, por lo tanto: «Sufragio universal y votación por ballot». En esta formulación modificada, la enmienda fue aprobada con una mayoría de 10 votos. En Worcester, donde los reformadores de la City organizaron un meeting público, la victoria de los cartistas y la derrota de los administrativos fue aún más completa. La «Carta» fue proclamada aquí sin más. El altamente desagradable resultado de estos grandes meetings en Londres, Birmingham y Worcester ha decidido a los administrativos, en todas las ciudades más grandes y populosas, a hacer circular peticiones para ser firmadas por los afines a su modo de pensar, en lugar de las apelaciones públicas a la vox populi. La múltiple conexión de los notables de la City con los señores del comercio en el Reino Unido, y la influencia de estos señores sobre los empleados, almacenistas y «pequeños» amigos del comercio, los capacitará sin duda para llenar estas peticiones con nombres en el más completo silencio, a espaldas del mundo, y enviarlas luego a la «Honorable Cámara» con la etiqueta: Voz del pueblo de Inglaterra. Su error consiste únicamente en creer que pueden intimidar al gobierno con firmas así de mendigadas, intrigadas, escamoteadas. El gobierno ha visto con irónica autosatisfacción cómo los administrativos eran silbados y expulsados del theatrum mundi. Sus órganos guardan silencio por ahora, en parte porque de lo contrario tendrían que registrar los éxitos del cartismo, en parte porque la clase gobernante ya acaricia la idea de ponerse al frente de los «administrativos», si el movimiento popular llegara a ser apremiante. Se reservan un «malentendido» para el momento de tal peligro: el malentendido de considerar en el futuro a los administrativos como los portavoces de las masas. Tales malentendidos constituyen el gracejo principal del desarrollo «histórico» de Inglaterra, y nadie está más familiarizado con su manejo que los liberales whigs.

La Carta es un documento muy lacónico que, fuera de la exigencia del sufragio universal, contiene solamente los siguientes 5 puntos, otras tantas condiciones de su ejercicio: 1) Votación por ballot (escrutinio); 2) Ninguna exigencia de propiedad para los miembros del Parlamento; 3) Remuneración de los miembros del Parlamento; 4) Parlamentos anuales; 5) Circunscripciones electorales iguales. Después de los experimentos que socavaron el sufragio universal en Francia en 1848, los continentales se inclinan fácilmente a subestimar la importancia y el significado de la Carta inglesa. Pasan por alto que la sociedad en Francia se compone de 2/3 de campesinos y más de 1/3 de habitantes de las ciudades, mientras que en Inglaterra más de 2/3 vive en las ciudades y menos de 1/3 en el campo. En Inglaterra, los resultados del sufragio universal han de estar, pues, en la misma relación inversa con sus resultados en Francia que la ciudad y el campo en ambos reinos. De aquí se explica el carácter diametralmente opuesto que la reivindicación del sufragio universal ha adoptado en Francia y en Inglaterra. Allí era la reivindicación de los ideólogos políticos, en la que todo «hombre culto» podía participar más o menos, según sus convicciones. Aquí constituye la amplia línea divisoria entre la aristocracia y la burguesía por un lado, y las clases populares por el otro. Allí vale como una cuestión política; aquí vale como una cuestión social. En Inglaterra, la agitación por el sufragio universal ha recorrido un desarrollo histórico antes de convertirse en el shibboleth de la masa. En Francia fue primeramente introducido y luego comenzó su curso histórico. En Francia fracasó la práctica del sufragio universal; en Inglaterra, su ideología. En las primeras décadas de este siglo, con Sir Francis Burdett, con el mayor Cartwright, con Cobbett, el sufragio universal tenía aún el carácter idealista indeterminado que lo convertía en el piadoso deseo de todas las partes de la población que no pertenecían directamente a las clases gobernantes. Para la burguesía era, de hecho, sólo una expresión excéntrica y generalizadora de aquello que obtuvo en la reforma parlamentaria de 1831. Sólo después de 1838 adoptó la reivindicación del sufragio universal en Inglaterra su carácter real y específico. Prueba de ello: Hume y O'Connell fueron cofirmantes de la Carta. En 1842 se desvanecieron las últimas ilusiones. Lovett hizo entonces un último, pero vano intento de formular el sufragio universal como reivindicación común de los llamados radicales y de las masas populares. Desde ese momento no existe duda alguna sobre el sentido del sufragio universal. Ni tampoco sobre su nombre. Es la Carta de las clases populares y significa apropiación del poder político como medio para la realización de sus necesidades sociales. El sufragio universal, en Francia en 1848, como consigna de confraternización general, es, por lo tanto, entendido en Inglaterra como consigna de guerra. Allí, el contenido inmediato de la revolución era el sufragio universal; aquí, el contenido inmediato del sufragio universal es la revolución. Si se recorre la historia del sufragio universal en Inglaterra, se encontrará que éste se despoja de su carácter idealista en la misma medida en que aquí se desarrolla la sociedad moderna con sus infinitos antagonismos, antagonismos como los que genera el progreso de la industria.

Junto a los partidos enteramente oficiales y semioficiales, así como junto a los cartistas, se hace notar en Inglaterra una camarilla de «sabios», tan descontenta con el gobierno y las clases dominantes como con los cartistas. ¿Qué quieren los cartistas?, exclaman. Acrecentar y ampliar la omnipotencia parlamentaria, elevándola a poder popular. No rompen el parlamentarismo, lo elevan a una potencia superior. ¡Lo verdadero es romper el sistema representativo! Un sabio de Oriente, David Urquhart, está a la cabeza de esta camarilla. David quiere retornar a la Common Law (derecho común) de Inglaterra. Quiere remitir el Statute Law (la ley escrita) a sus límites. Quiere localizar en lugar de centralizar. Quiere desenterrar de los escombros «las viejas y auténticas fuentes del derecho de la época anglosajona». Entonces manarán por sí solas y regarán y fecundarán la tierra circundante. Pero David es, al menos, consecuente. David quiere también retrotraer la moderna división del trabajo y la concentración del capital al antiguo estadio anglosajón, o mejor aún, al oriental. Escocés de las tierras altas de nacimiento, circasiano y turco adoptado por libre elección, es capaz de condenar la civilización con todas sus úlceras y, de vez en cuando, también de enjuiciarla. Pero no es insulso, como los sublimes, que separan las formas estatales modernas de la sociedad moderna, que fabulan sobre la independencia local junto con la concentración de capitales, sobre la unicidad individual junto con la división del trabajo anti-individualizadora. David es un profeta vuelto hacia atrás, extasiado como anticuario ante la contemplación de la Vieja Inglaterra. Por eso debe encontrar en el orden que la Nueva Inglaterra pase de largo y lo deje plantado, por muy acuciosamente convencido que grite: «¡David Urquhart es el único hombre que puede salvaros!». Así lo hizo todavía hace unos días en un meeting en Stafford.