Friedrich Engels

El fatal asedio

New-York Daily Tribune.
Nr. 4413, 11. Juni 1855

El fatal asedio.

Mediante una más bien laboriosa criba de los periódicos británicos, franceses, belgas y alemanes recibidos por el último vapor, podemos informar a nuestros lectores con cierta precisión acerca del estado de las operaciones de sitio en Sebastopol hasta la fecha del último parte. En verdad, desde nuestro último examen de los hechos del caso, apenas se ha registrado ningún avance. El progreso de los sitiadores es sumamente lento, y parece llevarse a cabo más a trompicones que mediante pasos regulares y constantes. Así, se mostró una actividad comparativamente grande en el ataque al bastión del Flagstaff, desde que la contraguardia rusa fue tomada a principios de mayo, con lo que las obras de los franceses avanzaron de un solo salto 150 yardas. El foso principal quedó casi alcanzado por esta exitosa operación, y el volver los parapetos contra los rusos, el aseguramiento de las nuevas posiciones contra el fuego de enfilada y de revés, y su enlace con las trincheras de la retaguardia, todo ello llevado a cabo bajo un fuego cercano y nutrido desde el frente y los flancos, y en parte incluso desde la retaguardia, hace gran honor a la valentía y pericia de los ingenieros y zapadores franceses empeñados en esta labor. Como ya hemos dicho antes, el bastión del Flagstaff puede ser tomado en cualquier momento en que los franceses decidan asaltarlo. Incluso el tono rebajado del parte ruso lo admite así, y parece preparar al público para semejante acontecimiento; pero es muy dudoso que las pérdidas inevitables en tal asalto sean compensadas por las ventajas que reportaría. En cualquier caso, el Flagstaff, aunque conectado al recinto principal, puede considerarse, dada la posición dominante en su retaguardia y su propia ubicación saliente, como una mera obra exterior, cuya toma permitiría atacar la muralla principal por este punto concreto. Un reducto situado un poco al oeste del Flagstaff, frente a la cortina retirada que conecta este último con el bastión Central (el número 3 de los rusos, siendo el Flagstaff su número 4, el Redán su número 5, el Malakoff su número 6), se halla todavía en manos de los rusos, según afirma claramente el parte de Gorchakoff hasta el seis de mayo.

De las operaciones en el ataque de la derecha aliada —contra el Redán, el Malakoff y sus respectivas obras exteriores— tenemos informes aún menos precisos, ya que los corresponsales de los periódicos británicos se abstienen de dar detalles —por razones militares. Que las trincheras se hallan bastante cerca de las obras rusas es evidente por las grandes pérdidas que han sufrido los ingenieros británicos desde la reanudación del sitio activo. De 60 oficiales, 31 han muerto o quedado inutilizados, o han fallecido por enfermedad, y la mayoría de ellos se perdieron en las trincheras. Se están construyendo nuevas baterías, y se esperaba que el fuego pudiera reanudarse hacia fines de mayo, desde posiciones mucho más cercanas y, por consiguiente, mucho más peligrosas para los rusos que la vez anterior. Sin embargo, hasta que el Mamelon sea tomado y fortificado por los aliados, y los rusos expulsados del monte Sapun, nada decisivo podrá emprenderse contra el recinto principal por ese lado.

Los rusos afirman que las defensas interiores de Sebastopol han sido llevadas a un alto grado de eficacia. No sólo los diversos bastiones del recinto principal están provistos de cortaduras o segundas líneas de defensa hacia la retaguardia, de modo que si el enemigo se apodera de uno de ellos, se encontrará aislado del resto de la ciudad e incluso de las partes adyacentes del recinto principal, sino que se ha completado una segunda línea general y continua, que discurre por el arrabal de Karabelnaya (al este del puerto interior), a unas 150 a 200 yardas detrás del recinto principal y paralela a él, mientras que en el interior de la plaza separa la ciudad interior de construcción compacta de los edificios dispersos que descienden hacia las murallas principales, y que han sido casi derribados por el fuego francés. Por último, los grandes y sólidos edificios de piedra sillar de la ciudad interior y del arsenal y demás establecimientos navales de Karabelnaya, que según se dice han quedado completamente indemnes por el bombardeo, han sido unidos por un laberinto de barricadas de mampostería que forman otras tantas baterías, en tanto que las propias casas han sido aspilleradas para fusilería y, donde era factible, también para artillería. De este modo se ha preparado una segunda Zaragoza, pero sobre principios científicos y con todas las ventajas que ofrece una consumada pericia en ingeniería; y si este último reducto llegase a ser atacado por los aliados, sin duda será defendido con el mismo valor que Zaragoza, pero con infinitamente más método y habilidad. No hace falta decir a qué conduciría un asalto en estas circunstancias.

Entretanto, el retorno del tiempo cálido y húmedo ha reavivado las formas de enfermedad propias de la primavera y el verano en aquel clima. El cólera y la peste han reaparecido en el campamento aliado —hasta ahora sin gran violencia, pero con la suficiente gravedad como para servir de advertencia de lo que aguarda al ejército. El miasma procedente de la ingente masa de materia animal en descomposición, enterrada a solo unas pulgadas bajo el suelo por todo el Quersoneso, ha empezado a hacerse perceptible. El corresponsal del London Times ofrece una descripción de ciertos sectores del campamento situados entre las tumbas, y de las exhalaciones que se elevan cuando el sol brilla sobre ellas, descripción calculada para despertar los peores temores por la salud del ejército tan pronto como el tiempo caluroso se instale de lleno. Todo el mundo conoce el terrible efecto que produce en la salud, en climas cálidos, la presencia de materia animal en descomposición. Donde la masa de esa materia es tan enorme, donde los vivos están tan apretadamente hacinados sobre las tumbas de los muertos como en el Quersoneso, ese efecto tiene que ser espantoso. Además, las tumbas son sumamente someras, los cadáveres apenas cubiertos por unas pulgadas de tierra. De desinfectantes, también, hay un suministro escaso —no lo suficiente, en verdad, para ser de la menor utilidad perceptible en un cementerio tan enorme. Cómo pueden pretender los aliados mantener el sitio en semejantes circunstancias es algo imposible de imaginar. Y bien puede dudarse de que la conservación de sus obras durante la próxima campaña en campo abierto pueda valer la grave destrucción de vidas que necesariamente ha de ocasionar.