Friedrich Engels

Ante Sebastopol

New-York Daily Tribune.  
Núm. 4371, 23 de abril de 1855

Ante Sebastopol.

La situación de los aliados ante Sebastopol no ha mejorado durante la última semana. Un tiempo más benigno ha reducido, ciertamente, buena parte de las enfermedades y ha devuelto un carácter más alegre al campamento. Pero éstas son ventajas de las que los rusos participan por igual; y cuanto más se hallan ambos ejércitos en condiciones de reanudar sus deberes militares, tanto mayor es la importancia de los acontecimientos puramente militares.

Nuestros lectores saben que hacia el 20 de febrero los rusos, conscientes de su superioridad, ocuparon una colina conocida como monte Sapun, al este de la bahía de Carena, y a pesar de los aliados lograron erigir en ella un reducto llamado Selenghinsk. Fueron atacados en la mañana del 24 por columnas francesas, pero mantuvieron su posición, y muy pronto dicho reducto estuvo artillado con cañones. El 11 de marzo dieron un paso aún más audaz. Ocuparon otra colina un poco al sudeste del Malakoff, o colina de la Torre Redonda, la cual constituye el rasgo principal de las líneas rusas al sudoeste de la bahía de Carena; levantaron una trinchera u otra obra sobre este punto, con lo que la colina del Malakoff quedó cubierta por dos nuevas obras avanzadas, una al frente y otra en su flanco izquierdo. Siendo el Malakoff considerado por los generales aliados, debido a su posición dominante, como la clave de las líneas rusas, quedó así eficazmente protegido y las defensas reforzadas de un modo que, incluso de haber estado defendidas por una guarnición menos tenaz y hábilmente dirigida, sólo habrían podido ser superadas con una semana o diez días de trabajo adicional. Será una eterna ignominia para los hombres que dirigían el asedio el haber permitido que los sitiados construyeran estas obras bajo los mismos parapetos de sus baterías.

Entre tanto, los rusos no sólo armaron este segundo reducto, más avanzado, con dieciséis cañones, sino que excavaron también una línea de hoyos de tirador delante de él. Estos hoyos de tirador, seis en total, son pequeñas trincheras, con la tierra extraída formando un parapeto, cubierto por sacos de arena. Estaban ocupados por unos sesenta de los mejores tiradores, que disparaban a través de aspilleras, molestando muy gravemente a los guardias de las trincheras y baterías opuestas. Contra estos hoyos de tirador, los franceses dirigieron en vano tres ataques nocturnos, emprendidos bajo la protección de sus baterías y con fuerzas considerables. Pero en todas las ocasiones se vieron obligados, al final, a abandonar el intento, y los hoyos, dejados por ellos, eran pronto reocupados por los fusileros rusos, en cuya posesión han permanecido desde el 17 de marzo. Las pérdidas totales sufridas por los franceses en estos combates deben de haber sido graves, pues tuvieron que combatir al descubierto bajo el nutrido fuego cruzado de las baterías rusas.

En la noche del 22, otro ataque parecía estar en preparación, cuando los rusos se anticiparon mediante una salida. El combate de esa noche se libró de nuevo con gran obstinación por ambas partes, y debe de haber causado grandes pérdidas. En los breves informes telegráficos al respecto, ambas partes reclaman la victoria, y Canrobert añade incluso que los aliados perdieron 600 hombres y los rusos 2.000. Pero, evidentemente, un relato mucho más veraz del asunto lo ofrece el corresponsal de The London Morning Herald, cuya narración publicamos, y que es confirmado en todos los puntos por el parte oficial de Lord Raglan. Parece ser que el ataque ruso se extendió a lo largo de toda la línea aliada en el lado oriental de la ciudad, con el intento de ocupar y destruir las obras avanzadas francesas e inglesas. La lucha comenzó poco después de las diez de la noche, al amparo de un intenso cañoneo desde la plaza. La línea inglesa estaba defendida por una guardia de unos 1.500 hombres, que lucharon con ese clásico valor y obstinación tenaz que el soldado inglés ha mostrado en cada encuentro cuerpo a cuerpo desde que la expedición desembarcó por primera vez en Crimea. La arremetida rusa fue resistida desesperadamente, y no se causó ningún daño a las obras inglesas. Pero los franceses no tuvieron tanta suerte. Fueron arrojados de sus trincheras, las cuales quedaron ocupadas por los rusos durante media hora larga. Durante ese tiempo, una parte considerable de las obras fue destruida; y como dice el escritor inglés, si las columnas que atacaban la línea inglesa no hubieran sido repelidas con prontitud y de manera señalada, las consecuencias para los aliados habrían sido muy graves. Se describe el combate en las trincheras como terrible, disparándose los combatientes descargas cerradas a una distancia de no más de veinte yardas. Lord Raglan cifra las pérdidas inglesas en 68 oficiales y soldados, entre muertos, heridos y desaparecidos; las pérdidas francesas se estiman en 500 muertos y heridos, mientras que los rusos sufrieron aún con más severidad, aunque sus bajas no pueden haberse acercado a la cifra ofrecida en el despacho de Canrobert. El corresponsal de The Times las calcula en 600 o 700. Se hicieron algunos prisioneros por ambas partes.

La ventaja en este lance estuvo evidentemente del lado de los rusos. Penetraron las líneas enemigas, derribaron parte de las obras y clavaron tres de las baterías; y esto era lo que se proponían, como lo prueba el hecho de que no tuvieron empeñados más de 15.000 hombres. Ello se desprende de la afirmación del escritor inglés de que las columnas que atacaban a los ingleses sumaban unos 6.000, lo cual probablemente sea exagerado. Se retiraron, como es natural, puesto que toda salida termina en retirada, y sus pérdidas fueron más cuantiosas que las de los aliados; pero lograron su propósito de anticiparse a un ataque contra sus propias obras y dañar las del enemigo. Una victoria, en el sentido reclamado por Canrobert, ciertamente no lo fue. Ni tampoco tuvo el carácter de éxito tal que pudiera satisfacer y sofocar el espíritu rebelde y díscolo de las tropas francesas.

A este espíritu ya hemos aludido antes, pero quizá no con el suficiente detalle como para grabar los hechos en la mente de nuestros lectores. En efecto, el estado del ejército francés, en lo que a la disciplina concierne, es realmente alarmante. La inactividad continuada, o lo que es peor, la actividad infructuosa, terminará por disolver los vínculos de orden y obediencia en cualquier ejército, pero de forma más particular, y muy pronto, en un ejército francés. Por otra parte, el éxito y la presencia inequívoca de una mano directora enérgica e inteligente restaurarán la disciplina entre los franceses más pronto que entre cualesquiera otras tropas. Ahora bien, desde 1849, el ejército francés ha atravesado muchas etapas, todas ellas tendentes a la debilitación de la disciplina militar. El ejército fue halagado primero por la clase media, luego por Luis Bonaparte, como el salvador del orden, como la élite del país. Fue proclamado abiertamente como el árbitro de los destinos de Francia. Su masa fue sobornada con las salchichas y el brandy, las aves y el champán de Luis Bonaparte. Para atarlo aún más a la causa del bonapartismo, se relajó la disciplina, se emitieron repetidas amnistías para los delincuentes militares; sólo en un punto se introdujo gran severidad, y ese fue la política. El bonapartismo, con sus concomitantes —gloria, botín y oportunidades de ascenso— perfilándose en lontananza, se convirtió en la religión normal del ejército; el republicanismo y el socialismo fueron proscritos, y sus partidarios, deportados a África, donde llenaron las compañías y batallones de castigo destinados a los trabajos más duros y los puestos más peligrosos. La masa del ejército apenas se vio afectada por este proceder. ¡Para qué hablar de libertad mientras el soldado tuviera la libertad de emborracharse cuantas veces quisiera, e incluso pudiera regresar al cuartel después del toque de retreta sin ser castigado! De libertad, para el soldado, había más que nunca antes. Proclamado el Imperio, se intentó poner freno a ese desenfreno; pero, ¿qué influencia podían ejercer sobre los soldados hombres como Saint-Arnaud y Magnan, cuyas apropiaciones de fondos públicos andaban en boca de todos, o como Espinasse, que se ganó las charreteras de general mediante un acto de pura traición militar? El respeto por los oficiales iba en declive, y los paladines del Bajo Imperio eran precisamente los hombres indicados para destruir el último vestigio del mismo. En este estado deplorable se hallaba el ejército francés cuando estalló la guerra. El primer revés —un revés sin haber visto al enemigo—, la estúpida expedición a la Dobrudja, bastó para provocar casi una insurrección abierta en toda una división. Los zuavos, compuestos casi en su totalidad de sustitutos, hombres de dudoso pasado, sin principio alguno, de espíritus aventureros e indómitos, pero de gran fortaleza física y valor —los zuavos, en ésta como en todas las ocasiones, tomaron la delantera en la expresión ruidosa de su descontento y en la representación de escenas que, en otras circunstancias, habrían acabado en la disolución forzosa y el castigo sumario del cuerpo, pero que, tal como estaban las cosas, hubieron de pasar desapercibidas. Alma e Inkermann calmaron por un tiempo a las tropas rebeldes, pero la larga inactividad y los sufrimientos del invierno, el duro trabajo sin ningún resultado, hicieron surgir de nuevo muy pronto el espíritu de insubordinación. Se recurrió a enormes diputaciones que exigían el asalto, y a otras suertes de votos de desconfianza hacia los generales, y en una ocasión los zuavos llegaron incluso a amenazar al Comandante en Jefe. Los recientes reveses han llevado este estado de insubordinación al más alto grado, y a menos que se obtenga una ventaja decisiva o se dé a las tropas alguna otra ocupación exitosa, no se sabe cuál pueda ser el resultado.