Friedrich Engels

Progreso de la guerra

New-York Daily Tribune.  
Nr. 4366, 17 de abril de 1855

Progreso de la guerra.

Mientras los diplomáticos reunidos en Viena discuten la suerte de Sebastopol y los aliados intentan concertar la paz en los mejores términos posibles, los rusos en Crimea, aprovechando las torpezas de sus adversarios, así como su propia posición central en el país, vuelven a tomar la ofensiva en todos los puntos. Es un estado de cosas curioso, si se consideran las jactancias con que los aliados iniciaron su invasión, y parece una vasta sátira de la presunción y la insensatez humanas. Pero aunque así tenga su lado cómico, el drama es, a fin de cuentas, profundamente trágico; e invitamos una vez más a nuestros lectores a un examen serio de los hechos, tal como los revelan nuestras últimas noticias, recibidas aquí el domingo por la mañana por el correo de América.

En Eupatoria, Omer Pachá se halla ahora efectivamente cercado por el lado de tierra. Su superioridad en caballería permite a los rusos colocar sus piquetes y descubiertas a poca distancia de la ciudad, batir el campo con patrullas, interceptar los suministros y, en caso de una salida seria, replegarse sobre su infantería. Así están haciendo lo que predijimos que harían: mantener a raya a la fuerza superior de los turcos con un cuerpo que quizá no pase de la cuarta o la tercera parte de su número. En consecuencia, Omer Pachá espera que le llegue más caballería, y entre tanto se ha trasladado al campamento anglo-francés para informar a sus aliados de que por el momento no puede hacer nada y de que un refuerzo de unos 10.000 hombres de tropas francesas sería muy deseable. Sin duda lo sería; pero no menos deseable para el propio Canrobert, quien, a estas alturas, debe de haber descubierto que tiene a la vez demasiadas tropas y demasiado pocas: demasiadas para la mera prosecución del sitio, tal como es, y para la defensa del Chernaya; pero no las suficientes para desembocar desde el Chernaya, arrojar a los rusos hacia el interior y sitiar el Fuerte Norte. Enviar 10.000 hombres a Eupatoria no permitiría a los turcos entrar en campaña con éxito, mientras que su ausencia paralizaría al ejército francés en el momento en que, con los refuerzos que llegan en primavera, se espera que entre en campaña.

El sitio se está convirtiendo en un asunto muy lamentable, en verdad. El ataque nocturno de los zuavos del 24 de febrero fue aún más desastroso en sus resultados de lo que expusimos hace una semana. Del propio parte de Canrobert se desprende que no sabía lo que se hacía cuando ordenó este ataque. Dice: «Habiéndose alcanzado ya el objetivo del ataque, nuestras tropas se retiraron, ya que a nadie podría ocurrírsele establecernos en un punto tan completamente dominado por el fuego enemigo». Pero ¿cuál era ese objetivo alcanzado? ¿Qué se podía hacer si el punto no podía mantenerse? Nada en absoluto. La destrucción del reducto no se llevó a cabo, ni pudo haberse llevado a cabo bajo el fuego enemigo, aun cuando los zuavos, como fingía el primer parte, hubieran tenido por un momento la posesión exclusiva de la obra. Pero nunca la tuvieron; el parte ruso lo niega de la manera más terminante, y Canrobert no pretende nada semejante. ¿Qué significó, entonces, ese ataque? Pues, sencillamente esto: que Canrobert, viendo que los rusos se establecían en una posición muy embarazosa e igualmente humillante para los sitiadores, sin reflexión alguna, sin tomarse la molestia de examinar el probable desenlace del asunto, envió sus tropas a la carga. Fue una carnicería pura y simple, inútil, y dejará una grave mancha en la reputación militar de Canrobert. Si alguna disculpa puede encontrarse, es sólo en la suposición de que, habiéndose impacientado las tropas francesas por el asalto, el general pretendió darles un ligero anticipo de lo que sería el asalto. Pero esta disculpa es tan deshonrosa para Canrobert como la propia carga.

Con el asunto de Malakoff, los rusos comprobaron su superioridad en el terreno inmediatamente frente a sus defensas. La obra situada en la cresta de la colina, y vanamente atacada por los zuavos, es llamada por ellos el reducto Selenghinsk, por el regimiento que lo defendió. De inmediato procedieron a explotar su ventaja y a actuar sobre la certidumbre así obtenida. Selenghinsk fue ampliado y reforzado, se subieron cañones a él, aunque debieron pasar bajo el fuego más nutrido de los sitiadores, y desde él se realizaron contraaproches, probablemente con vistas a levantar una o dos obras menores en su frente. En otro punto también, frente al bastión Kornileff, se levantó asimismo una serie de nuevos reductos a 300 yardas por delante de las antiguas obras rusas. Por los anteriores informes británicos, la posibilidad de semejante paso parece asombrosa, pues siempre se nos decía que los aliados habían levantado sus propias trincheras a menos de esa distancia de las líneas rusas. Pero, como pudimos afirmar, basándonos en una autoridad profesional de primer orden hace aproximadamente un mes, las líneas francesas estaban aún a unas 400 yardas de las obras exteriores rusas, y las británicas incluso al doble de esa distancia. Ahora, por fin, la carta del corresponsal de The Times del 16 de marzo confiesa que incluso hasta esa fecha las trincheras británicas estaban todavía a 600 u 800 yardas, y que, de hecho, las baterías a punto de abrir fuego sobre el enemigo no eran sino las mismas que abrieron fuego el 17 de octubre pasado. ¡Este es, pues, ese gran progreso en los sitios, ese avance de las trincheras que costó la vida a dos tercios del ejército británico!

En tales circunstancias, había espacio de sobra para levantar estas nuevas obras rusas en el espacio intermedio entre las dos líneas de baterías; pero no por ello deja de ser un acto sin parangón, lo más audaz y lo más hábil que jamás haya emprendido una guarnición sitiada. Equivale nada menos que a abrir una nueva paralela contra los aliados, a una distancia de 300 a 400 yardas de sus obras; a un contraaproche en la escala más grandiosa contra los sitiadores, quienes de inmediato se ven arrojados a un estado defensivo, mientras que la primera condición esencial de un sitio es que los sitiadores mantengan a los sitiados a la defensiva. Así se han invertido completamente los papeles, y los rusos están en franca ascendencia.

Cualesquiera que hayan sido las torpezas y los experimentos fantásticos que los ingenieros rusos hayan podido hacer a las órdenes de Schilder, en Silistria, los aliados tienen aquí, en Sebastopol, evidentemente que habérselas con un conjunto de hombres distinto. La justeza y rapidez de mirada —la prontitud, el arrojo y la impecabilidad de ejecución que los ingenieros rusos han demostrado al levantar sus líneas alrededor de Sebastopol—, la infatigable atención con que todo punto débil era protegido tan pronto como lo descubría el enemigo, la excelente disposición de la línea de fuego, a fin de concentrar una fuerza superior a la de los sitiadores sobre cualquier punto dado del terreno del frente, la preparación de una segunda, tercera y cuarta línea de fortificaciones a retaguardia de la primera —en suma, toda la conducción de esta defensa ha sido clásica. Los recientes avances ofensivos en la colina de Malakoff y al frente del bastión Kornileff no tienen paralelo en la historia de los sitios, y sellan a sus autores como hombres de primera fila en su especialidad. Es justo añadir que el ingeniero jefe en Sebastopol es el coronel Todtleben, un hombre comparativamente oscuro en el servicio ruso. Pero no debemos tomar la defensa de Sebastopol como una muestra fiel de la ingeniería rusa. El término medio entre Silistria y Sebastopol se acerca más a la realidad.

La gente en Crimea, así como en Inglaterra y Francia, empieza ahora a descubrir, aunque muy gradualmente, que no hay posibilidad de que Sebastopol sea tomada por asalto. En esta perplejidad, The London Times ha recurrido a una «alta autoridad profesional», y se le ha informado de que lo adecuado es actuar a la ofensiva, ya sea cruzando el Chernaya y efectuando una unión con los turcos de Omer Pachá, antes o después de una batalla contra el ejército ruso de observación, o mediante una distracción contra Kaffa, que obligaría a los rusos a dividirse. Como se supone que el ejército aliado cuenta ahora con entre 110.000 y 120.000 hombres, tales movimientos deberían estar a su alcance. Ahora bien, nadie sabe mejor que Canrobert y Raglan que un avance más allá del Chernaya y una unión con el ejército de Omer Pachá serían de lo más deseable; pero, desgraciadamente, como hemos demostrado una y otra vez, los 110.000 a 120.000 aliados en las alturas frente a Sebastopol no existen, y nunca han existido. El 1 de marzo no pasaban de 90.000 hombres en condiciones de servicio. En cuanto a una expedición a Kaffa, ¡los rusos no podrían desear nada mejor que ver a las tropas aliadas dispersas en tres puntos distintos, de 60 a 150 millas de distancia del central, mientras que en ninguno de los dos puntos que ahora ocupan tienen fuerza suficiente para cumplir la tarea que tienen por delante! ¡Sin duda, la «alta autoridad profesional» debe de haber estado gastando una broma a The Times al aconsejarle seriamente que propugne una repetición de la expedición de Eupatoria!