Karl Marx 

Napoléon und Barbes - Zeitungsstempel 

Neue Oder-Zeitung. 
Nr. 151, 30. Marz 1855. 
Mittagblatt 

X. Londres, 27 de marzo. (Napoleón y Barbes. Sello del periódico.) Sabemos de la mejor fuente que la visita de Bonaparte a St. James Palace 
—esperada para el 16 de abril— dará motivo a una gran manifestación de protesta. Los cartistas, en efecto, han invitado al refugiado francés, 
Armand Barbès, a visitar Londres igualmente el 16 de abril, 
donde será recibido con procesión pública y un gran mitin. Queda en duda, empero, si su estado de salud le permite un viaje por mar.

El proyecto de ley para la abolición del sello del periódico fue aprobado ayer en segunda lectura en la Cámara de los Comunes. Las principales disposiciones 
de este proyecto son las siguientes: 1) Queda abolido el sello obligatorio del periódico; 
2) Las publicaciones periódicas impresas en papel sellado seguirán gozando del privilegio de envío gratuito por correo. Una tercera cláusula se refiere al volumen de los impresos 
expedidos por correo, y otra dispone que los periódicos sellados 
tengan que depositar fianzas por posibles demandas por calumnia. 
Para caracterizar el viejo sistema del impuesto del sello sobre los periódicos bastan dos hechos. La edición de un diario en Londres exige un 
capital de 50 000 a 60 000 libras esterlinas por lo menos. Toda la prensa inglesa, 
con muy pocas excepciones, alza contra el nuevo proyecto una oposición desvergonzada y sin decoro. ¿Se necesitan otras pruebas de que el viejo 
sistema era un sistema de aranceles proteccionistas para la prensa existente y un sistema 
prohibitivo contra la libre producción intelectual? Hasta ahora, la libertad de prensa era en 
Inglaterra el privilegio exclusivo del capital. Los pocos semanarios 
que defienden los intereses de la clase obrera —de diarios, naturalmente, no se podía hablar— van subsistiendo 
de los subsidios semanales de los obreros, que en Inglaterra saben hacer sacrificios para fines públicos completamente distintos 
que en el continente. La tragicómica pasión poltronera con que el Leviatán de la prensa inglesa 
—el Times— lucha pro aris et focis, es decir, por el monopolio periodístico

—tan pronto se compara modestamente con el templo del oráculo de 
Delfos, tan pronto asegura que Inglaterra no posee más que una sola institución digna de ser conservada, 
a saber, el Times; tan pronto reclama la autocracia del 
periodismo mundial y, sin mediar tratado alguno de Kudschuck Kainardji, 
el protectorado de todos los escritores de periódicos europeos.

Todo el «Cant» del Times fue despachado como merecía en la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes 
por el estrafalario Drummond: «La prensa actual es una especulación mercantil y nada más. ... Los señores 
Walter (accionistas principales del Times) tendrían, naturalmente, el mismo derecho a 
establecer una fábrica de charlatanería política que el señor Bright 
una fábrica de tejidos de algodón. ... El Times entiende el negocio mejor que sus 
rivales. La familia Walter siempre ha tenido a mano hombres astutos, 
abogados con siete años de práctica o algo por el estilo, gente que 
estaba siempre dispuesta a salir fiadora de todo y de lo contrario. Ahí están, por ejemplo, los 
señores Barnes, Alsager, Sterling, Delane, Morris, Lowe y Dasent. 
Todos estos gentlemen son de opiniones distintas; los periódicos tontos, 
que no entienden el negocio como es debido, como el Morning Chronicle, por ejemplo, se adhieren a un partido particular. El uno es peelista, 
el otro derbyista, etc. Si el partido de los peelistas florece, florece también 
su periódico; si decae, decae también el periódico. 
Esos, evidentemente, no son hombres de negocios. El verdadero arte —en el que 
el Times es maestro— consiste en alquilar una banda de gentlemen de opiniones 
distintas y ponerlos a escribir. Naturalmente, 
a ninguno de estos señores se le puede acusar de inconsecuencia; puede que cada 
hombre se mantenga siempre fiel a la misma opinión, y estos escritores 
serán, de modo individual, muy consecuentes, mientras que, colectivamente tomados, nada 
en el mundo podría ser más inconsecuente. El verdadero perfeccionamiento del periodismo 
le parece consistir en eso —honorabilidad individual, falta de escrúpulos colectiva, 
tanto en política como en literatura. Esto es muy penetrante, y el 
Times le recuerda siempre a uno de sus arrendatarios, al que le propuso desecar 
un pedazo de tierra pantanosa. —¡Ni por asomo! —dijo el arrendatario—. ¡No la deseque! En tiempo húmedo se encuentra ahí algo 
para la vaca, y cuando no hay nada para la vaca, se encuentra algo 
para el cerdo, y cuando no hay nada para el cerdo, siempre queda algo para 
la oca.

En cuanto a la venalidad de los periódicos —prosiguió—, hay pruebas positivas 
respecto del Times, del que Napoleón dijo: “Me habéis enviado 
el Times, el infame Times, el periódico de los Borbones”. Está 
comprobado en una obra de O’Meara que aquél recibía de estos últimos, mensualmente, 
600 francos. O’Meara se hallaba en posesión del recibo del dinero 
recibido, firmado por el director del periódico.

O’Meara ha comprobado también que Napoleón, antes de su destierro a Elba, 
recibió proposiciones de distintos periódicos, particularmente del Times, 
para escribir a su favor. Él las rechazó, pero más tarde tuvo motivos para 
lamentar su decisión.» A esto solo añadimos que el Times 
de 1815 insistía en que Napoleón, al que presentaba como centro de la demagogia 
europea, fuera fusilado por un consejo de guerra. El mismo 
periódico —en 1816— quería que los Estados Unidos de Norteamérica, «ese 
funesto ejemplo de insurrección exitosa», fueran de nuevo sometidos a la dominación forzosa 
inglesa.