Karl Marx

Palmerston

Neue Oder-Zeitung.  
Nr. 105, 3 de marzo de 1855.  
Mittagblatt

X. Londres, 27 de febrero. (Palmerston.) Al clamor contra la aristocracia ha respondido Palmerston irónicamente con un ministerio de 10 lores y 4 baronets — además, 10 lores, de los cuales 8 tienen asiento en la Cámara de los Pares. A la impaciencia por el compromiso entre las diversas fracciones de la oligarquía replica con un compromiso entre las diversas familias dentro de la fracción whig. En su ministerio, se ha dado satisfacción al clan de los Grey, a la familia del duque de Sutherland y, por último, a la familia Clarendon. El ministro del Interior, sir George Grey, es primo del conde Grey, cuyo cuñado es sir Charles Wood; el primer lord del Almirantazgo, el conde Granville, y el duque de Argyll representan a la familia Sutherland. Sir G. C. Lewis, canciller del Exchequer, es cuñado del conde de Clarendon, ministro de Asuntos Exteriores. Sólo la India ha ido a parar a un hombre sin título, aunque emparentado por matrimonio con las familias whig, Vernon Smith. ¡Un reino por un caballo!, exclamó Ricardo III. ¡Un caballo por un reino!, exclama Palmerston, imitando a Calígula, y convierte a Vernon Smith en Gran Mogol de la India. «Lord Palmerston —se lamenta el Morning Advertiser— no sólo nos ha dado la administración más aristocrática de todas de las que nuestra historia ofrece ejemplo, sino que ha compuesto su gobierno con el material aristocrático más miserable que podía encontrarse.» Pero —se consuela el cándido Advertiser— pero «Palmerston no es todavía un agente libre; sigue aún encadenado y atado, etc.»

Como predijimos, lord Palmerston ha formado un gabinete de ceros, en el que él mismo es la única cifra. A lord John Russell, que en 1851 lo echó del gabinete whig de manera nada diplomática, lo ha enviado él diplomáticamente de viaje. A los peelitas los ha utilizado para asumir la herencia de Aberdeen. Una vez asegurada la presidencia del gobierno, ha dejado caer a los aberdeenitas y, como dice Disraeli, a Russell no sólo le ha robado el guardarropa whig, sino a los whigs mismos. [163] A pesar de la gran semejanza, casi identidad, del actual gobierno con la administración whig de Russell de 1846-1852, nada sería más erróneo que confundirlos. Esta vez no se trata en absoluto de un gabinete, sino de lord Palmerston en lugar de un gabinete. Aunque el personal es en gran parte el mismo, los puestos están distribuidos de tal modo entre ellos, su séquito en la Cámara de los Comunes es tan diferente y reaparece bajo circunstancias tan completamente cambiadas que, si antes era un débil ministerio whig, ahora constituye la fuerte dictadura de un solo hombre, siempre que Palmerston no sea un falso Pitt, Bonaparte un falso Napoleón y lord John Russell siga de viaje. Por enojoso que le resulte al burgués inglés el inesperado giro de los acontecimientos, de momento le divierte la destreza sin escrúpulos con que Palmerston ha embaucado y timado a amigos y enemigos. Palmerston, dice el comerciante de la City, ha demostrado una vez más que es «clever». Pero «clever» es un predicado intraducible, equívoco y lleno de sentidos. Abarca todas las cualidades de un hombre que sabe llegar a la gente y que entiende tanto de su propio provecho como del daño ajeno. Por moral que sea el burgués inglés, por respetable que sea, admira sobre todo al hombre que es «clever», a quien la moral no incomoda, a quien el respeto no extravía, que considera los principios como lazos para hacer caer a su prójimo. Si Palmerston es tan «clever», ¿no burlará a los rusos tan bien como ha burlado a Russell? Así piensa el político de la alta clase media inglesa. En cuanto a los tories, creen que ha vuelto a restaurarse el buen tiempo viejo, que se ha roto el malvado maleficio de la coalición y que se ha reanudado la tradicional alternancia en el gobierno entre whigs y tories. Un cambio real, que no se limite a una mera disolución pasiva, podría en verdad producirse únicamente bajo un gobierno tory. Sólo cuando los tories están en el timón comienza la enorme presión desde fuera —the pressure from without— y se ponen en obra las transformaciones inevitables. Así ocurrió con la emancipación de los católicos bajo el ministerio de Wellington; así con la revocación de las leyes de cereales bajo el ministerio Peel; así, si no la ley de reforma, al menos la agitación por la reforma, que fue más importante que su resultado.

Cuando los ingleses hicieron venir ex profeso a un holandés de allende el mar para hacerlo rey, lo hicieron para inaugurar con la nueva dinastía una nueva época: la época del maridaje entre la aristocracia terrateniente y la aristocracia financiera. Desde entonces, encontramos el privilegio de la sangre y el privilegio del oro en equilibrio constitucional hasta el día de hoy. La sangre, por ejemplo, predomina en una parte de los puestos del ejército mediante la conexión familiar, el nepotismo, el favoritismo; pero el principio del oro se resarce de su derecho, ya que [164] todos los empleos de oficial son vendibles y comprables por dinero contante y sonante. Se calcula que los oficiales que actualmente sirven en los regimientos tienen inmovilizado en sus puestos un capital de 6 millones de libras esterlinas. El oficial más pobre, para no perder el derecho adquirido en el servicio y no ser desplazado por un jovenzuelo con dinero, toma prestado capital para asegurar su ascenso, convirtiéndose así en un ser hipotecado. Lo mismo que en el ejército sucede en la Iglesia: junto al principio de familia, rige el principio del dinero contante. Si una parte de la Iglesia queda reservada a los hijos jóvenes de la aristocracia, la otra pertenece al mejor postor. El comercio con las «almas» del pueblo inglés —en la medida en que pertenecen a la Iglesia estatal— no es menos regular que el comercio de negros en Virginia. En este comercio no sólo hay compradores y vendedores, sino también corredores. Uno de estos corredores «clericales», de nombre Simpson, compareció ayer ante el Court of Queen's Bench y reclamó sus honorarios a un tal Lamb, quien, según él, se había comprometido por contrato a procurarle la presentación a la parroquia de West Hackney para el rector Josiah Rodwell; Simpson se había reservado el 5 % del comprador y del vendedor, además de algunas gabelas accesorias. Lamb no había cumplido su obligación. El asunto era como sigue: Lamb es hijo del rector septuagenario de dos prebendas en Sussex, cuyo precio de mercado se calcula en 16.000 libras esterlinas. El precio está, naturalmente, en relación directa con los ingresos de la parroquia y en relación inversa con la edad del titular de la prebenda. El joven Lamb es el patrono de las parroquias poseídas por el viejo Lamb y, al mismo tiempo, hermano de un Lamb aún más joven, titular de la prebenda y párroco de West Hackney. Como el rector de West Hackney es todavía muy joven, el precio de mercado de la próxima presentación a su sinecura es relativamente bajo. Aunque sus ingresos ascienden a 550 libras anuales, además de la casa parroquial, su propietario vende la próxima presentación por sólo 1.000 libras esterlinas. Su hermano le promete las parroquias de Sussex a la muerte del padre, pero vende a través de Simpson la vacante así producida en West Hackney a Josiah Rodwell por 3.000 libras esterlinas, con lo que se embolsa un beneficio neto de 2.000 libras esterlinas, su hermano obtiene una prebenda mejor y el corredor habría hecho un negocio de 300 libras esterlinas con una comisión del 5 %. No se supo cómo se deshizo el contrato. El tribunal concedió al corredor Simpson, «por el trabajo realizado», una indemnización de 50 libras esterlinas.

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