Friedrich Engels

New-York Daily Tribune.
Nr. 4340, 17 de marzo de 1855

El asedio de Sebastopol.

Aún no hay noticias decisivas de Crimea. La posición de los aliados ha
“mejorado algo”. Se ha dado por fin el paso, muy desagradable pero
inevitable; la infantería británica se ha retirado de las trincheras y se la
ha enviado a Balaklava “para su reorganización”, tras lo cual tomará
posición en las alturas que rodean ese puerto, para defenderlo. De las
seis divisiones enviadas, más los regimientos de refuerzo que suman en
total otra división, quedan sobre las armas 10.500 bayonetas, y la mitad
de éstas, ante todo, necesitan una completa reorganización física antes de
poder hacer algo de provecho en campaña. Debió de ser un día duro para
la infantería británica aquel en que, tras haber perdido cuatro quintas
partes de sus efectivos por la pura desidia del gobierno metropolitano
y por la incapacidad y negligencia de sus propios mandos, tuvieron que
marchar colina abajo desde las trincheras, abandonando todo el asedio y
el eventual asalto a los franceses; abandonando incluso su propia artillería
y la brigada naval en las baterías, para quedar virtualmente bajo las
órdenes del general francés. Pero no había otro medio de salvar el resto
del ejército británico. Se dice que los franceses cuentan ahora con unos
75.000 hombres, aunque diríamos que 60.000 se acercan más a la cifra
real; pues también ellos han sufrido graves pérdidas. Así, incluyendo
la artillería británica y la brigada naval, puede haber concentrados en
el Quersoneso Heracleótico entre 70.000 y 75.000 hombres; pero ésa
es la cifra máxima. De éstos, 40.000 hombres son necesarios para la
conducción del asedio, como muy poco; pues la gran proximidad de las
trincheras a las obras rusas obliga ahora a los sitiadores a mantener una
fuerza considerable siempre concentrada en las paralelas para rechazar
salidas, y esta fuerza ha de ser relevada a diario. De lo contrario, pronto
compartiría la suerte del ejército británico, a quien agotó especialmente
el constante servicio de trinchera y la falta de descanso. Quedan de
30.000 a 35.000 hombres para guardar

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la línea de circunvalación desde Balaklava hasta el curso bajo del
Chernaya y para realizar en campo abierto los avances que le resulten
factibles a una fuerza de esa magnitud. Pero es evidente que mientras los
rusos dispongan de fuerzas superiores a mano, esos 35.000 hombres no
pueden aventurarse mucho más allá de su posición atrincherada. Ni siquiera
ahora son capaces de completar el cerco del lado sur de Sebastopol, como
confiesa el propio Lord Raglan en su último parte, al admitir que grandes
convoyes de carros, cargados de municiones y otros pertrechos, entraron
en Sebastopol a comienzos de febrero. Si no se puede impedirles que
entren en la plaza, ¿cómo será posible obstaculizar la entrada repentina de
refuerzos que permitan a los rusos salir con fuerza suficiente para hacer
retroceder al menos a los franceses de las dos primeras paralelas, mientras
un ataque simultáneo sobre Balaklava y las alturas del Chernaya mantiene
ocupado al ejército de cobertura?

Hasta ahora hemos sido parcos en nuestra crítica sobre la conducción
científica del asedio; las líneas de trinchera no se han incluido, por
supuesto, en los mapas publicados, y los mapas que pretendían mostrar
esas líneas y los emplazamientos de las baterías no merecían crédito
alguno. En tales circunstancias, era imposible emitir un juicio sobre la
parte ingenieril de las operaciones, hasta que los acontecimientos dieran
alguna pista que pudiera, en cierta medida, suplir un conocimiento de
detalle imposible de obtener. Ahora, sin embargo, podemos decir que,
aun teniendo en cuenta todas las dificultades que han obstaculizado o
pueden haber obstaculizado el avance de los ingenieros, la conducción
del asedio parece haberse caracterizado hasta el último momento por
la más absoluta mediocridad. Sebastopol está situada en el punto más
bajo de una pendiente larga y suave, interrumpida por barrancos y
elevaciones parciales del terreno; en consecuencia, se encuentra en la peor
posición posible para una fortaleza sometida a un ataque terrestre, porque
está dominada. En términos militares, una fortificación está dominada
cuando hay puntos del terreno circundante, dentro del alcance del tiro,
desde los cuales se puede ver su interior, y sobre todo cuando se divisa
el interior o la retaguardia de algunas de sus líneas. Un terreno más
elevado en el exterior, dentro del alcance del tiro, determina por lo
general el dominio. Ahora bien, por el carácter quebrado del terreno,
tanto dentro como fuera de Sebastopol, es evidente que apenas hay un
punto en el interior de la plaza que no esté dominado y, por consiguiente,
expuesto al fuego horizontal directo del enemigo, si éste sabe colocar sus
baterías. Esto supone el mayor mérito para los ingenieros rusos, que en
estas circunstancias sumamente desfavorables hayan logrado levantar
fortificaciones capaces de semejante resistencia. Las desventajas de una
situación dominada desde fuera sólo pueden evitarse mediante la defilada
(defilement) o elevando los parapetos hasta una altura tal que ningún
punto del terreno circundante, dentro del alcance del tiro, esté lo bastante
elevado como para

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permitir una vista del interior. Pero no sólo existe un límite para esta
defilada; la construcción de tales obras exige tal cantidad de trabajo que
la aplicación del principio a gran escala se vuelve imposible. De hecho,
los informes desde el campamento muestran que hay puntos dentro del
alcance desde los que se puede abarcar con la vista gran parte del interior
de la plaza; y los informes, mapas y vistas coinciden en una cosa: que
apenas hay un punto de asedio en Sebastopol que no esté dominado
por, y por tanto expuesto al, fuego horizontal directo desde algún punto
exterior. Siendo esto así, ¿qué diremos de los ingenieros anglo-franceses
que ni siquiera han sido capaces de sacar provecho de esta circunstancia
extraordinariamente favorable? Todo sargento de ingenieros de cualquier
ejército sabe lo suficiente como para considerar en un asedio un punto
dominante como un regalo divino inesperado; y sin embargo, estos
generales lo ignoran. Se recordará que hace uno o dos meses informes
del campamento aliado afirmaban que era cosa fácil tomar una fortaleza
regular, porque en ese caso todo lo que había que hacer estaba debidamente
prescrito y establecido de antemano, ¡pero una fortificación irregular como
este Sebastopol era un enigma para todos los ingenieros! No puede haber
mejor prueba del espíritu de rutina que impera en el Cuerpo de Ingenieros
de los sitiadores. ¡Una plaza como Sebastopol, dominada por todas partes,
defendida por obras levantadas sin seguir ningún plan general, sino
construidas una tras otra a medida que surgían las emergencias y se
ganaba tiempo; una plaza así, más difícil de tomar que una fortaleza
regular, donde toda eventualidad posible ha sido prevista, cada obra
singular puesta en armonía y estrecha conexión con todas las restantes!
Sin hablar de los soñolientos ingenieros británicos, la máxima es bastante
digna de los ingenieros del Bajo Imperio francés. Dadles un frente regular
a la Vauban para atacar, y quizá logren tomarlo; pero cualquier cosa
fuera de lo común, aunque ofrezca puntos de debilidad flagrante, no les
sirve. No es que el Cuerpo de Ingenieros francés no cuente con muchos
oficiales de primer orden; al contrario, es, tal vez, el primero del mundo.
Pero el mérito profesional nada tiene que ver con la designación para
el mando en la era de un Luis Bonaparte, Saint Arnaud, Magnan,
Persigny, Fould y Cía.

Se dirá que las dificultades presentadas por el suelo rocoso eran tan
grandes que impidieron a los aliados erigir baterías en los puntos más
dominantes. Pero el terreno dentro de la ciudad es tan rocoso como
fuera, y sin embargo los rusos se las han ingeniado en un espacio mucho
más reducido, y con la necesidad de muchas obras de defilada y traveses,
para erigir baterías que arrancan la admiración de los propios sitiadores.
Además, ¿han olvidado ya los franceses cómo los prusianos, en un par de
días, y sobre un terreno al menos igual de rocoso, les tomaron Mézières
mediante baterías de sacos de arena? ¿Y no es el ferrocarril que ahora
se construye una flagrante contradicción con todas esas afirmaciones?

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Pero el departamento de ingenieros no es el único al que culpar. La
conducción general de las operaciones no ha sido en nada mejor, y en
adelante tendremos que anotar a Canrobert, lo mismo que a Raglan, como
mera medianía en el generalato. Es ya innegable que quienes, a la primera
aparición de los aliados en las alturas sobre Sebastopol, el 28 de septiembre,
se pronunciaron por un asalto inmediato a las obras incompletas y mal
artilladas, han quedado plenamente justificados por los acontecimientos.
En aquel momento, los aliados podían haber llevado al asalto unos 35.000
infantes; se hallaban en el primer ímpetu de la victoria; encontraron a los
rusos sorprendidos, sacudidos, desprevenidos; apenas más de 15.000
infantes podían oponer los sitiados y, lo que es más, una sola carga
exitosa habría tomado la plaza. En tales circunstancias, también nosotros
opinamos que se debía haber intentado el asalto, incluso si las
probabilidades de éxito fuesen, frente a las de derrota, sólo de cuarenta
contra sesenta. Pero los generales dejaron pasar esta oportunidad y se
decidieron por el asedio; aunque, si eran demasiado débiles para un
asalto inmediato, lo eran en una proporción mucho mayor para un
asedio. Sin embargo, no iba a ser un asedio regular; debía ser un
procedimiento acelerado, sumario; unos días de trabajo de ingeniería,
unos días de cañoneo y luego el asalto. Este procedimiento fracasó
por completo; las obras rusas avanzaron mucho más deprisa, mucho más
sistemáticamente que las de los aliados; transcurrieron tres semanas antes
de que pudiera abrirse el fuego, y cuando llegó el día de desenmascarar las
baterías, los rusos podían desenmascarar dos cañones por cada uno de los
aliados. Con todo, se abrió el fuego; el fuego francés fue silenciado en
media jornada; los cañones ingleses acallaron unas pocas baterías rusas,
pero no lograron domeñar en modo alguno el fuego procedente de la
ciudad. En un par de días los aliados habían quemado todas sus
municiones sin resultado alguno; quedaron reducidos a unos pocos
disparos por día, hechos sin ningún propósito salvo como pretexto para
los comunicados oficiales de que las baterías seguían activas. Este
despilfarro inútil de municiones, cuyo reemplazo llevó meses, fue otra
mayúscula torpeza; el aspecto de las obras rusas, el número de sus
cañones y la distancia de las baterías aliadas (de 1.200 a 2.500 yardas)
tenían que haber mostrado de inmediato a cualquier oficial sensato que
no había posibilidad alguna de que un fuego tan lejano y efímero surtiera
efecto sobre los parapetos, ni de que fuera capaz de proteger el avance de
las columnas de asalto. Pero los generales aliados actuaron como Tarquino
cuando le ofrecieron los libros sibilinos. Dejaron quemar la primera serie
al decidir no asaltar Sebastopol el 28 de septiembre; hicieron quemar la
segunda cuando destruyeron todo su acopio de municiones en una
cañoneo, cuya inutilidad debía ser evidente para cualquier artillero; y,
menos afortunados que Tarquino, no sólo no obtendrán la tercera serie al
precio original pedido por el lote completo, sino que no la obtendrán en
absoluto.

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El asedio de Sebastopol

El hecho es, no podemos dudarlo, que los generales aliados están a estas
alturas perfectamente convencidos de la impracticabilidad de cualquier
asalto con sus actuales medios tanto de artillería como de infantería. Tres,
y en algunos casos cuatro líneas sucesivas de fortificaciones no pueden
tomarse en un solo embate; nada hay más claro que eso. Exigen otros
tantos asedios sucesivos, que pueden hacerse más cortos con cada línea
sucesivamente tomada; pero exigen tiempo, trincheras renovadas,
cañoneos renovados, asaltos renovados, y, por supuesto, refuerzos
renovados. Todo ello bajo el supuesto de que el ejército de cobertura
se mantenga en posesión de su terreno y de que los fuertes sobre

La parte norte del puerto no hará que el lugar sea demasiado caliente para los Aliados dentro de doce horas después de ser finalmente tomada. En cuanto al ejército de cobertura, volveremos a él en seguida; en cuanto a los fuertes del norte, su acción empezará a hacerse sentir terriblemente en el momento en que el lado sur esté en posesión de los Aliados. Pero con los medios limitados de que disponen, con las dificultades de la tarea, con el enorme sacrificio de hombres necesariamente ligado a cada asalto, con la muy escasa probabilidad de que lleguen grandes refuerzos, con el extraordinario desgaste que el clima causa a los sitiadores, hay al menos diez probabilidades contra una de que el lado sur de Sebastopol no sea jamás tomado por los Aliados. Los generales deben saberlo; sin embargo, para preservar a sus tropas de una desmoralización completa, el asalto debe ser anunciado permanentemente como inminente. Esto no puede durar eternamente; por lo tanto, hay que emprender otros movimientos; y deben intentar salir, de algún modo, del fatal callejón sin salida en que su «célebre marcha de flanco» los ha encerrado. Con este fin se inventó la desesperada idea de enviar a Omer Pachá a Eupatoria.

Más de una vez hemos señalado el gran error en la formación de la base del plan ofensivo de los Aliados —un error que, sin embargo, no podía evitarse, por ser la consecuencia de errores anteriores. Operar desde dos bases, y sobre dos líneas distintas, con dos cuerpos separados, contra un enemigo superior a la suma de ambos cuerpos, es ciertamente el colmo del desprecio por todas las reglas del arte de la guerra. Y, sin embargo, se hace: es la única posibilidad de obtener un éxito en campo abierto sobre los rusos, rechazarlos hacia el interior de la península y sitiar también el lado norte de Sebastopol. Pero ¿cuáles deben ser las consecuencias de semejante proceder? Los turcos, una vez concentrados en Eupatoria, se ven empujados por pura necesidad a operaciones ofensivas inmediatas, pues la plaza no podrá contenerlos. Tienen que avanzar, con unos 25.000 hombres, o 30.000 a lo sumo, por un terreno en el que no disponen de posiciones fuertes para operaciones defensivas. Tienen que actuar en campo completamente abierto, donde las maniobras deciden cada batalla —y en eso, incluso los rusos les superan con mucho—, o bien tienen que desalojar a los rusos de la posición del Alma o del Katsha; y tales hazañas no son precisamente su fuerte. Por consiguiente, es muy probable que sean derrotados y aniquilados, a menos que los rusos les permitan extinguirse lentamente por los efectos del clima y la mala administración. En cuanto al ejército aliado en el Chernaya, no puede avanzar con una fuerza superior a unos 25.000 hombres a distancia mayor que una corta marcha desde su posición actual. Los destacamentos para asegurar las comunicaciones y los flancos, los exploradores, etc., lo reducirían, al segundo día de marcha, a 20.000; y eso en un terreno donde no existen posiciones como las de Torres Vedras, como las que se encuentran en el cuello del Quersoneso. También ellos tendrían que maniobrar; y todo soldado sabe que en campo abierto toda posición puede ser envuelta —estratégicamente, mediante las maniobras del enemigo antes de la batalla, de modo que amenace las comunicaciones del ejército, o tácticamente, lanzando un cuerpo sobre su flanco y retaguardia durante la batalla. Así, un ejército superior puede siempre obligar a un enemigo más débil a retirarse, con o sin combate, en cuanto hay espacio para maniobrar; y en el momento en que los Aliados pretendan avanzar más allá del Chernaya, se les hará sentir esto muy pronto. Pero el mero hecho de que los turcos avancen desde Eupatoria les obligará a un movimiento correspondiente, y entonces habrá llegado la crisis de la campaña de Crimea. El combate librado en aquel lugar, que las noticias de nuestros corresponsales del Pacific y del Africa presentan como una victoria sobre los rusos, es claramente una escaramuza sin importancia.

Los rusos parecen estar a la espera de su tercer cuerpo procedente de Perekop y de una mejora del tiempo que les permita vivaquear al aire libre, para comenzar entonces, por su parte, las operaciones ofensivas. Ni una ni otra circunstancia pueden demorarse mucho ya, de modo que hacia mediados o fines de marzo, si no se ha concertado un armisticio a consecuencia de la muerte de Nicolás y si la estación es algo favorable, podemos esperar ver esta lucha por la posesión de Sebastopol llevada a una decisión final. Cuál esperamos que sea esta decisión lo hemos dicho con frecuencia y con suficiente claridad.