Friedrich Engels  
Perspectivas de Crimea. 22 de enero de 1855  

Perspectivas de Crimea.  

Cuando la expedición aliada —avanzada la estación y con fuerzas demasiado numerosas para un golpe de mano, demasiado escasas para una campaña o incluso un asedio— se hizo a la mar rumbo a Crimea, y cuando la prensa británica y francesa se recreaba en el presentimiento de las victorias que este ejército iba a conquistar, nosotros señalamos la desastrosa expedición británica a Walcheren en 1809. Mostramos que en las expediciones basadas en la presencia de una flota, tan pronto como degeneran en una campaña prolongada, la enfermedad es más de temer que la espada del enemigo, y que, con la ya evidente mala administración del ejército británico, era ahora probable un desenlace similar al de Walcheren. Las noticias que nos han llegado desde hace algún tiempo han puesto de manifiesto que el destino de la expedición de Walcheren se estaba acercando de manera constante, aunque no inevitable, al ejército británico en Crimea. Pero ahora, por nuestra correspondencia y los periódicos recibidos ayer por el *Atlantic*, tenemos casi la certeza de que Walcheren se está repitiendo una vez más, e incluso superando, ante Sebastopol.  

*The Times* de Londres del 20 de enero, en un artículo de fondo del que la semana pasada recibimos un extracto por telégrafo desde Halifax, y que esta mañana reproducimos íntegro, declara que, ante la creciente desorganización en Crimea y la impotencia del gobierno en la metrópoli, sería criminal ocultar por más tiempo la verdad completa al público británico. Y luego sobresalta a John Bull con la información de que, de los 50.000 o 60.000 hombres que fueron al Oriente, no más de 14.000 hombres de infantería, y tal vez 1.500 de artillería, zapadores y minadores, se hallan en condiciones de servicio; el resto está muerto, enfermo o herido, mientras que la caballería, como fuerza, está deshecha, y los caballos han sido entregados al servicio de pertrechos para transportar cañones y provisiones a las trincheras. E incluso de estos 15.000 hombres, la gran mayoría sólo por cortesía se consideran aptos para el servicio; están débiles y agotados, albergando los gérmenes de la enfermedad; quedan incapacitados por las enfermedades a razón de mil por semana, y las muertes suman de 300 a 400 semanales; no hay posibilidad de que esta mortalidad disminuya, porque el trabajo que ha de realizar una fuerza que cada día se debilita más sigue siendo el mismo, y el exceso de fatiga es una causa de enfermedad entre estos soldados tan grande como cualquiera otra; y de los menos de dos mil hombres que, según los informes, gozaban realmente de buena salud el 1 de enero, muchísimos habrán sido reducidos ya a fiebre y disentería incapacitantes. Otro artículo del mismo periódico del 25 de enero, que también reproducimos, resume los hechos espantosos del caso diciendo que, al ritmo actual de disminución, lord Raglan y su estado mayor serían, para mediados de marzo, los únicos supervivientes de la expedición; y lord John Russell, en su discurso en el Parlamento para explicar su dimisión, declaró que las noticias de Sebastopol eran «no solo dolorosas, sino horribles y desgarradoras». El número de muertes en el campamento lo cifra lord John entre 90 y 100 diarias. Es, por tanto, imposible suponer que las afirmaciones de los periódicos londinenses sobre el particular sean meras exageraciones partidistas, como se ha pretendido en algunos sectores.  

Es evidente, pues, que si no fuera por los franceses, el miserable remanente del ejército británico habría sido aniquilado y destruido hace tiempo. Pero la admirable administración del ejército francés ha conseguido, en todo caso, mantenerlo intacto. Esta administración no es mérito de ningún gobierno en particular: es consecuencia del espíritu guerrero de los franceses, de esa otra cualidad en la que sobresalen, la de organizar los detalles del modo más armonioso y práctico, y, por último, de veinticinco años de experiencia en la guerra de Argelia. Este sistema no fue creado por Luis Felipe, la República ni Luis Bonaparte; es el resultado de las circunstancias, de una serie continua de necesidades y del trabajo de muchos generales de división, de brigada y de sus subordinados.  

Los franceses, aunque apostados en el extremo del Quersoneso, donde dependen por completo de su flota, mientras que con habilidad y valor los británicos podrían haber forrajeado en el fértil valle de Baidar, los franceses tienen abundancia de todo; porque en el servicio francés nueve de cada diez hombres conocen su oficio —lo que en el servicio británico ocurre, tal vez, con uno de cada cien—, y este individuo excepcional suele estar colocado en tal posición que parecería presuntuoso y falto de disciplina si ofreciera su consejo. Si los británicos se ven libres de la vergüenza de un reembarque sin haber tomado Sebastopol, o sin poder llevar consigo sus cañones, se lo deberán agradecer a los franceses. Apenas cabe ahora duda de que pronto oiremos que una parte de las líneas británicas ha sido entregada a los franceses, y el ejército británico reducido a una exigua división, compuesta por unos pocos miles de hombres indómitamente valerosos, pero enfermizos e impotentes, que se aferrarán al puesto de honor, aunque incapaces de mantenerlo sin el apoyo constante de sus más fuertes y hábiles aliados.  

Quien haya visto algo de la guerra real sabe que el valor individual del soldado es una gran cosa; pero, sin embargo, relativamente insignificante donde faltan organización, buenos oficiales y, sobre todo, buenos jefes, un buen comisariato y un buen cuerpo médico. Pero jamás hubo una ilustración tan sorprendente de este hecho como la expedición británica a Crimea. La admirable audacia de los soldados resulta peor que inútil por la incapacidad y la indolencia del comandante, por la ignorancia de los oficiales, por la impotencia de todos y cada uno de los hombres del ejército y por la falta total de toda organización, más allá de la necesaria para la plaza de armas. Es esta combinación de valor individual y destreza individual en los soldados, de ciencia militar y experiencia práctica en los oficiales, de una división del trabajo bien definida y comprehensiva entre todos los departamentos, de sencillez y eficiencia en la administración, lo que hace del ejército francés, en conjunto, el mejor sobre la tierra, y permite a los franceses mantener la reputación de nación militar por excelencia.  

No obstante, no debe imaginarse que los franceses se encuentren en una situación envidiable ante Sebastopol. El mero hecho de que se hayan enviado nueve divisiones completas, de las cuales ocho y media (17 brigadas) se hallan en Crimea, ocupando un espacio de terreno muy reducido, basta para demostrar que también ellos han debido sufrir severamente. Una brigada francesa de infantería suele contar con dos regimientos de dos batallones de campaña cada uno y un batallón de cazadores, en total cinco batallones. El batallón francés, en pie de guerra, cuenta por término medio con 1.100 hombres. Así, cada brigada suma 5.500, y cada división, por lo menos 11.000 hombres, sin contar caballería y artillería, zapadores y minadores. Toda la infantería francesa enviada a Crimea debería, por tanto, reunir alrededor de 94.000 hombres, y la fuerza total, con artillería, caballería y tropas de ingenieros, al menos 110.000 hombres. Ahora bien, es materialmente imposible que en este momento haya más de 65.000 franceses en el Quersoneso Heracleótico. No podrían vivaquear en este pequeño pedazo de terreno, en lo que respecta a la parte de ocupación que corresponde a los franceses. De modo que sobre los franceses ha recaído una pérdida de 45.000 hombres entre muertos, heridos y enfermos, y si consideramos que las pérdidas en Varna y durante la expedición a la Dobruja ascendieron a unos 10.000 hombres —que el Alma, Balaklava, Inkermann les costaron alrededor de 4.500—, que las pérdidas en las trincheras deben de ser alrededor de 1.500—, quedarán unos 29.000 que contar como víctimas de la enfermedad. Esta pérdida, aunque cuantiosa, no es en absoluto desproporcionada en una campaña de cuatro meses, acompañada de las penalidades y sufrimientos como los de Crimea en la estación actual. Un diez por ciento mensual es una deducción muy comúnmente aceptada de los efectivos de un ejército en campaña, y los franceses apenas han superado esta proporción; pero, aun así, 110.000 hombres enviados desde Francia equivalen sólo a 65.000 aptos para el servicio en Crimea; y un ejército tal, aun cuando disposiciones juiciosas le hayan permitido conservar una salud bastante buena, no hacer más servicio del que los hombres pueden soportar, evacuar a sus enfermos a hospitales y mantener caminos, trincheras y baterías en buen estado —un ejército tal no es de ningún modo lo bastante fuerte para tomar Sebastopol, siquiera la parte sur, y al mismo tiempo mantener a raya al ejército ruso en campaña.  

Pero ¡los turcos están desembarcando al norte del Alma! Así es, y bien les irá si consiguen regresar sin un daño material. Los turcos, que se espera desembarquen en el curso de enero en número de unos 60.000 (parte de los cuales, sin embargo, aún no están concentrados), ya no son los hombres de la última campaña del Danubio. Éstos han seguido el camino de toda carne, igual que los guardias británicos. Las fuerzas turcas actuales son en su mayoría un hatajo de reclutas bisoños o de reservistas (*redifs*), los primeros demasiado novatos, los segundos demasiado estropeados por la vida familiar para hacer buenos soldados. La desorganización y el desbarajuste de la administración del ejército turco son peores aún que los del británico; y si los rusos no aniquilan a los turcos en una batalla, su propia mala administración y su negligencia fatalista harán el trabajo con igual eficacia. Además, la estrategia defectuosa de los aliados, que, como hemos dicho antes, les hace operar con dos cuerpos distintos, incapaces de apoyarse mutuamente frente a un enemigo activo e inteligente, invita a los rusos a caer sobre los turcos por separado y empujarlos de nuevo al mar antes de que los franceses puedan salir de su ratonera en el Quersoneso.  

Entretanto, los rusos están lejos de permanecer inactivos. El sexto cuerpo y parte del quinto formaban la guarnición original de Crimea; el cuarto cuerpo llegó pocos días antes de la batalla de Balaklava; ahora el tercer cuerpo se halla en la península; la octava división entró en Baktchisarai el 28 del mes pasado, fecha en que las divisiones séptima y novena, junto con la primera división de dragones, unas 140 piezas de artillería y cuatro regimientos de cosacos, habían tomado posición en el cuello de la península, en Perekop. La división de caballería ligera (la tercera) perteneciente a este cuerpo, ha avanzado hacia Eupatoria, a la que observa. De este modo, cerca de la mitad del ejército activo ruso (sin contar las reservas) está ahora empeñado en Crimea, o guarneciendo Odessa, Cherson y Nicolaief, y se dice que partes del segundo cuerpo, al mando de Paniutin, marchan en su apoyo. ¿Qué

Qué cifras efectivas representan realmente estas doce divisiones de infantería y seis de caballería, después de las pérdidas de una campaña desafortunada y de inmensas marchas, es, desde luego, imposible decirlo, pues no podemos saber si se ha cubierto alguna de esas pérdidas. Pero, en todo caso, deben representar al menos 100.000 hombres disponibles en campaña, sin contar los soldados que pueda haber en Sebastopol, aparte de los marineros e infantes de marina. Ahora bien, con los dos cuerpos del enemigo divididos e incapaces de apoyarse mutuamente, con los hombres de Inkermann pudriéndose por la enfermedad, con Sebastopol fortificada más sólidamente que nunca, esta fuerza difícilmente puede dejar de arrojar a los aliados al mar, a menos que los rusos sean conducidos con un desprecio de la estrategia sin parangón hasta ahora.

Y ahora véase la curiosa manera en que Inglaterra va a compensar sus pasadas deficiencias. Se envía una expedición para construir un ferrocarril —sí, un ferrocarril, doble vía, máquinas estacionarias y todo— desde Balaklava a Sebastopol —¡un ferrocarril!—, ¡mientras que nadie parece haber pensado en el plan más sencillo y práctico de construir un buen camino! No satisfechos con esto, un telégrafo submarino está realmente en camino para ser tendido desde Varna a Balaklava, mientras que el telégrafo de Bucarest a Varna no está todavía en vías de terminarse. Después de poner la carreta delante del caballo, y de haber cerrado la cuadra después de robado el caballo, John Bull se ha exaltado con tal celo que, en su ajetreo, ya no sabe en absoluto lo que hace. Ha permitido que sus soldados pasaran hambre, pero está construyendo un ferrocarril para llevarse los cadáveres. Ha administrado mal el departamento médico y ha enviado hombres incompetentes en cada rama del servicio; pero, dentro de dos meses, el médico jefe podrá informar por telégrafo directamente. Su comandante general es imbécil, y sus oficiales —según el reconocimiento de su propio Secretario de Guerra— completamente ineptos para sus funciones. Pero ¿quién sabe si, en este momento, un destino infinitamente más miserable que la muerte en batalla, no los ha sustraído para siempre a la culpa y retribución humanas? Es un espectáculo melancólico, terrible, que casi entristece a la crítica y casi silencia la voz de la verdad misma.