1852          1853          1854  
£               £               £  
6.033.030      7.628.760      5.771.772  
Disminución en 1854       261.258        1.856.988  

No puede sorprendernos que los librecambistas profesionales de la Gran Bretaña se esfuercen por demostrar que esta crisis actual, en lugar de derivarse del funcionamiento natural del moderno sistema inglés y corresponder en un todo a la crisis experimentada a intervalos periódicos casi desde finales del siglo XVIII, proceda, por el contrario, de circunstancias accidentales y excepcionales. Según los principios de su escuela, las crisis comerciales estaban fuera de cuestión desde que las leyes de cereales fueron abolidas y los principios del librecambio aceptados por la legislatura de su país. Ahora se encuentran no sólo con altos precios del trigo a pesar de una cosecha abundante, sino también con una crisis comercial, con California y una Australia agregadas a los mercados del mundo y vertiendo sus corrientes de oro. Si su panacea iba a ser puesta a prueba, no cabía esperar que ello ocurriera bajo circunstancias más favorables que las que señalarán para siempre el período de 1849-1854 en la historia del comercio. La guerra ha de servir ahora de chivo expiatorio del librecambio, como en 1848 lo fue la revolución.

No pueden negar que, en cierta medida, la guerra oriental ha retrasado la revulsión al actuar como un freno al espíritu de empresa temeraria y al desviar parte del capital excedente hacia los empréstitos extranjeros contratados por la mayoría de las potencias europeas; que algunos ramos, como el comercio del hierro, el del cuero, el de la lana, etc., recibieron cierto apoyo de la extraordinaria demanda que la guerra creó para ellos, y, por último, que en lo tocante a la navegación, el comercio de pastel, etc., donde las exageradas nociones sobre los efectos de la guerra fomentaron la sobreespeculación en ambos lados del Atlántico, se dio una salida particular a la ya imperante y universal tendencia al exceso de tráfico. Su argumento principal se reduce a que la guerra ha producido altos precios para toda suerte de granos y que los altos precios de las provisiones han engendrado la crisis. Ahora bien, debe recordarse que los precios medios del trigo rigieron más altos en 1853 que en 1854. Si, pues, los altos precios del trigo no pueden explicar la prosperidad sin precedentes de 1853, tampoco pueden explicar la revulsión de 1854. 1836 fue un año de revulsión comercial a pesar de sus bajos precios de trigo. 1824, al igual que 1853, fueron años de prosperidad excepcional, a pesar de sus altos precios para toda suerte de provisiones. La verdad es que, aunque los altos precios del trigo puedan mermar la prosperidad comercial e industrial al contraer el mercado interior, éste, en un país como la Gran Bretaña, nunca inclinará la balanza a menos que todos los mercados extranjeros estén ya irremediablemente abarrotados. Por consiguiente, en un país así, los altos precios del trigo han de agravar y prolongar la revulsión, aunque no sean capaces de crearla. Además, no puede olvidarse que, de conformidad con la verdadera doctrina de la escuela de Manchester, los altos precios del trigo, si son producidos, en vez de por el curso regular de la naturaleza, por la acción de la protección, las leyes prohibitivas y las escalas móviles, pierden por completo su influencia funesta y pueden incluso obrar ventajosamente beneficiando a los agricultores. Como las dos cosechas muy deficientes de 1852 y 1853 fueron fenómenos naturales, los librecambistas se revuelven contra el año 1854 y afirman que la guerra oriental, actuando como un derecho protector, produjo altos precios del trigo a pesar de una cosecha abundante.

Dejando entonces a un lado la influencia general de los precios del trigo sobre la industria, se plantea la cuestión de la influencia de la guerra actual sobre dichos precios.

La importación rusa de trigo y harina constituye alrededor del 14% de toda la importación del Reino Unido, y formando las importaciones totales tan sólo alrededor del 20% de su consumo global, Rusia suministra apenas poco más del 2½% del total. Según los últimos informes oficiales, que no abarcan sino los primeros 9 meses de 1853, las importaciones totales de trigo fueron de 3.770.921 quarters, de los cuales 773.507 quarters procedían de Rusia y 209.000 quarters de Valaquia y Moldavia. En cuanto a la harina, las importaciones totales fueron 3.800.746 quintales, de los cuales 64 quintales procedían de Rusia y ninguno de Valaquia y Moldavia. Durante los meses correspondientes de 1854, la importación de trigo procedente directamente de puertos rusos fue de 505.000 quarters, frente a 773.507 en 1853, y la procedente de los principados danubianos fue de 118.000 quarters frente a 209.000 del año anterior, lo que arroja un déficit de 359.507 quarters. Si se considera que la cosecha de 1854 fue superior y la de 1853 muy mala, nadie afirmará que semejante déficit pudiera ejercer gran influencia sobre los precios. Vemos, por el contrario, por las relaciones de la Gazette de las cifras semanales de trigo de producción nacional en los mercados ingleses —relaciones que representan tan sólo una pequeña porción del total de las ventas de todo el país— que en los meses de octubre y noviembre de 1854 se vendieron 1.109.148 quarters frente a 758.061 en los meses correspondientes de 1853, compensando con creces todo el déficit causado por la guerra rusa. Señalemos de pasada que si el gabinete inglés no hubiera hecho que se pudrieran grandes existencias de trigo en los graneros de los principados al bloquear estúpidamente la desembocadura de Sulina del Danubio, la guerra con Rusia no habría restringido la importación de trigo siquiera en la pequeña medida en que lo ha hecho. De las importaciones de harina extranjera en Londres, correspondiendo a los Estados Unidos el porcentaje entregado, hay que reconocer que los suministros de los Estados Unidos en el último trimestre de 1854 influyeron más extensamente sobre los precios que la guerra rusa.

Da la casualidad de que esta vez la mayor autoridad literaria del librecambio inglés, el London Economist, muy infiel a sus tradiciones y en abierta contradicción con la escuela de Manchester, no sólo confiesa que “la guerra ha tenido poca o ninguna conexión con el alto precio del grano”, sino también que “la prosperidad de 1853” fue “convulsiva”; que “en 1853 hubo una fiebre que ha dejado a 1854 parte de la debilidad subsiguiente a la enfermedad”, y que “hubiera venido la guerra o no, se avecinaba una revulsión comercial”.

Si se pregunta cómo explicar los altos precios del trigo en la Gran Bretaña en presencia de una cosecha abundante, se recordará que más de una vez, durante el transcurso de 1853, se señaló en el Tribune el hecho de que los delirios librecambistas provocaron las mayores irregularidades y errores posibles en las operaciones del comercio británico de trigo, deprimiendo los precios en los meses de verano por debajo de su nivel natural, cuando sólo su avance habría asegurado las provisiones necesarias y los pedidos suficientes para futuras compras. Así sucedió que las importaciones en los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1854 alcanzaron tan sólo 750.000 quarters, frente a 2.132.000 quarters en los mismos meses de 1853. Además, apenas cabe dudar de que, a consecuencia de la derogación de las leyes de cereales, tan grandes extensiones de tierra cultivable se han transformado en pastos, que incluso una cosecha abundante bajo el nuevo régimen resulta relativamente deficitaria. “Por consiguiente”, para citar la circular de la Cámara de Comercio de Hull, “el Reino Unido comienza el año 1855 con existencias muy pequeñas de trigo extranjero y con precios casi tan altos como al comienzo de 1854, dependiendo casi por entero de las provisiones de sus propios agricultores hasta la primavera”.

La razón de la revulsión comercial inglesa de 1854, que probablemente no asumirá sus verdaderas dimensiones hasta la primavera de 1855, está contenida en los pocos caracteres aritméticos siguientes: Las exportaciones de productos y manufacturas británicas alcanzaron en 1853 alrededor de 98.000.000 de libras esterlinas, mientras que en 1846 el valor de los productos británicos exportados fue sólo de 57.786.000 libras. De esos 98.000.000 de libras de 1853, Australia, que en 1842 había absorbido menos de 1.000.000 y en 1850 alrededor de 3.000.000, absorbió casi 15.000.000 de libras, mientras que los Estados Unidos consumieron en 1842 sólo 3.582.000 libras y en 1850 todavía no 15.000.000 de libras de exportaciones británicas. La necesaria reacción, pues, sobre el comercio inglés, de la crisis americana y de los mercados australianos irremediablemente abarrotados no requiere más explicación. En 1837 la crisis americana siguió los pasos a la crisis inglesa de 1836, mientras que esta vez la crisis inglesa sucede a la americana; pero en ambos casos la crisis puede remontarse a la misma fuente: el funesto funcionamiento del sistema industrial inglés, que conduce a la sobreproducción en la Gran Bretaña y a la sobreespeculación en todos los demás países. Los mercados de Australia y de los Estados Unidos, lejos de constituir excepciones al actual estado del mercado mundial, no son sino la expresión más alta de su condición general. “Nos enfrentamos al hecho evidente de mercados extranjeros abarrotados e ingresos no rentables, con pocas excepciones”, exclama una circular de Manchester relativa al comercio del algodón. “La mayoría de los mercados extranjeros”, dice una circular relativa al comercio de la seda, “desagües habituales de nuestro excedente manufacturero, han estado gimiendo bajo los efectos del comercio excesivo.” “La producción aumentó enormemente”, se nos dice en un informe sobre el comercio de estambre de Bradford, “y las mercancías encontraron durante un tiempo salida en los mercados extranjeros. ... se ha hecho mucho negocio irregular mediante consignaciones temerarias de géneros al extranjero, y apenas es necesario señalar que los resultados han sido en general del carácter más insatisfactorio.” Y así sucesivamente en casi todas las circulares comerciales. El mercado de Levante, a consecuencia de los temores surgidos de la guerra oriental, fue el único que no había sido sobreexplotado. Por lo tanto, hace dos meses, Lancashire se puso a recuperar lo que se había desatendido en esa zona, y en este mismo momento Constantinopla también está “gimiendo” bajo las abrumadoras masas de productos británicos. Así se utilizó la revolución en España y la consiguiente preponderancia del contrabando para abastecer de algodón a la Península.

China es el único país en que puede pretenderse que los sucesos políticos hayan ejercido una influencia perceptible en el desarrollo de la revulsión comercial. “Las esperanzas abrigadas acerca de un aumento gradual de nuestro comercio de exportación a China”, dicen los Sres. Kayzer y Cía. de Manchester, “han quedado casi por completo disipadas, y la rebelión que actualmente se extiende en aquel país, considerada al principio como favorable al intercambio con el extranjero, parece ahora organizada para la depredación del país y la ruina total del comercio. El comercio de exportación a China, que en otro tiempo se [esperaba que aumentara] grandemente, ha cesado casi por completo.” Nuestros lectores recordarán que cuando la revolución china empezó a cobrar algo parecido a dimensiones serias, nosotros predijimos los desastrosos efectos que el comercio de exportación inglés ha sufrido hoy, de hecho, derivados de ella.

Mientras negamos toda conexión entre la guerra y una crisis comercial cuyos síntomas se habían hecho ya patentes antes de que se pensara en la guerra, somos, desde luego, conscientes de que la guerra puede agravar peligrosamente la dura ordalía por la que Gran Bretaña tendrá que pasar ahora. La continuación de la guerra equivale a un aumento de los impuestos, y unos impuestos acrecentados no son ciertamente ningún remedio para las rentas mermadas. Por el otro lado |