Friedrich Engels  
La campaña de Crimea  

New-York Daily Tribune.  
N.º 4246, 27 de noviembre de 1854  

La campaña de Crimea.  

Nuestros lectores no pueden menos de sorprenderse ante el nuevo espíritu que respiran las noticias llegadas del teatro de la guerra en Crimea, recibidas ayer por el Baltic y publicadas en nuestras columnas esta mañana. Hasta ahora, una confianza desmedida y arrogante había distinguido los comentarios de la prensa británica y los informes de los corresponsales británicos y franceses sobre los movimientos y las perspectivas de la guerra. Pero ahora esto ha dado paso a un sentimiento de ansiedad e incluso de alarma. Se confiesa por todas partes que no existe la superioridad que se había atribuido a los ejércitos aliados sobre sus adversarios. Que Sebastopol es más fuerte, Menchikoff un general más hábil y su ejército mucho más formidable de lo que se suponía; y que, en lugar de una victoria segura y decisiva, franceses e ingleses se hallan ahora expuestos a un posible fracaso y deshonra. Tal es el sentimiento que expresa nuestro corresponsal en Liverpool, él mismo inglés, sensible a todos los impulsos y prejuicios patrióticos de su país; y este sentimiento se manifiesta igualmente en la enérgica acción de los gobiernos francés e inglés. Se hacen esfuerzos desesperados para enviar refuerzos a Sebastopol; el Reino Unido drena sus últimos soldados; se fletan numerosos vapores como transportes; y 50.000 soldados franceses son enviados adelante, todo con la esperanza de llegar al escenario de la acción antes de que sea demasiado tarde para tomar parte en la lucha final y decisiva.  

El sábado publicamos una copiosa cantidad de documentos, relativos principalmente a las primeras etapas del sitio y a la cooperación parcialmente efectiva, pero ya desastrosa, de las flotas; y ahora añadimos los informes oficiales sobre el mortífero ataque de Liprandi contra los aliados cerca de Balaklava, junto con otros relatos del progreso posterior de las operaciones, todos ellos, hay que decirlo, bastante desfavorables para los aliados. De un examen cuidadoso de estos documentos concluimos que, aunque la posición es, como hemos señalado a menudo, difícil e incluso precaria, no es ni de lejos tan mala como da a entender nuestro corresponsal de Liverpool. No creemos que estén en peligro de un desastre peor que una retirada y un embarco forzosos. Y, por otra parte, existe todavía la posibilidad de que tomen la ciudad mediante un asalto desesperado y sangriento. Pero sea de esto lo que fuere, pensamos que debe decidirse mucho antes de que los refuerzos que salen de Francia e Inglaterra puedan llegar a Crimea. La campaña se halla evidentemente cerca de su punto de inflexión; los movimientos, los errores y las omisiones que han plasmado su carácter y generado sus resultados, están consumados; nos hallamos en posesión de información auténtica e indiscutible sobre los hechos principales; y, en consecuencia, nos proponemos reseñar sucinta y brevemente el curso de la contienda.  

Está ya establecido que cuando los aliados desembarcaron en Old Fort, Menchikoff tenía bajo su mando en campaña sólo cuarenta y dos batallones y dos regimientos de caballería, además de algunos cosacos, mientras que Sebastopol estaba guarnecido por los infantes de marina y marineros de la flota. Estos cuarenta y dos batallones pertenecían a las 12.ª, 16.ª y 17.ª divisiones de infantería; y suponiendo que cada batallón tuviera su dotación completa de 700 hombres, había en total 29.400 hombres de infantería; con 2.000 húsares, los cosacos, artillería, zapadores y minadores; en total, unos 32.000 hombres en campaña. Con ellos no podía oponerse al desembarco de los aliados, pues al hacerlo habría expuesto sus tropas, sin reserva suficiente, al fuego de las flotas aliadas. Un ejército poderoso, que hubiera podido permitirse sacrificar una parte de sus fuerzas, podría haber destacado un cuerpo para librar una pequeña guerra de sorpresas y ataques nocturnos contra los invasores durante el desembarco; los rusos, en este caso, necesitaban hasta el último hombre para la gran batalla venidera; además, el soldado de infantería ruso es el individuo más torpe del mundo para las operaciones de pequeña guerra; su fuerte es la acción en columna en orden cerrado. En cuanto a los cosacos, por otro lado, su modo de guerrear es demasiado pequeño y sólo resulta eficaz en la medida en que aumentan las probabilidades de botín. Además, la campaña de Crimea parece demostrar que la regularización de los cosacos, que se ha llevado a cabo gradualmente durante los últimos treinta años, ha quebrantado su espíritu individual de empresa y los ha reducido a una condición subyugada, en la que ya no sirven para el servicio irregular y aún no están aptos para el servicio regular. Ahora parecen incapaces tanto de cumplir con los deberes de avanzada y destacamento como de cargar contra un enemigo en línea. Los rusos, pues, hicieron muy bien en reservar cada sable y cada bayoneta para la batalla del Alma.  

A orillas de este río, los 32.000 rusos fueron atacados por 55.000 aliados. La proporción era casi de uno a dos. Cuando unos 30.000 aliados habían entrado en combate, Menchikoff ordenó la retirada. De los rusos, hasta entonces, no más de 20.000 estaban empeñados; un intento ulterior de mantener la posición habría convertido la retirada rusa en una completa derrota, pues habría exigido el empeño de toda la reserva rusa en la batalla. Una vez establecido fuera de toda duda el éxito de los aliados, con su tremenda superioridad numérica, Menchikoff interrumpió la batalla, cubrió su retirada con sus reservas y, después de superar el primer desorden creado en su ala izquierda por el movimiento de flanco de Bosquet, se retiró sin ser perseguido ni molestado, «en orgulloso orden», del campo. Los aliados dicen que carecían de caballería para la persecución; pero como sabemos que los rusos sólo tenían dos regimientos de húsares —menos, en todo caso, que los aliados—, esta excusa se viene abajo. Como en Zorndorf, en Eylau, en Borodino, la infantería rusa, aunque derrotada, se comportó a la altura del carácter que le atribuyó el general Cathcart, quien mandó una división contra ellos y los declaró «¡incapaces de pánico!».  

Pero si la infantería rusa se mantuvo serena e impávida, Menchikoff mismo fue presa del pánico. La gran fuerza numérica de los aliados, unida a su inesperada decisión e ímpetu en el ataque, desbarató, por un momento, sus planes. Abandonó la idea de retirarse al interior de Crimea y marchó al sur de Sebastopol, a fin de mantener la línea del Chernaya. Fue este un error grande e imperdonable. Dominando, desde las alturas del Alma, toda la posición aliada, debió de poder calcular la fuerza de sus adversarios con un margen de 5.000 hombres. Debió de saber que, cualquiera que fuera su superioridad relativa sobre sus propias fuerzas, no eran lo bastante fuertes como para dejar un ejército observando Sebastopol mientras lo perseguían hacia el interior. Debió de saber que, si los aliados le doblaban en número a orillas del mar, él podría llevar el doble de fuerzas sobre ellos en Simferópol. Y sin embargo, marchó, como él mismo confiesa, al lado sur de Sebastopol. Pero, una vez efectuada esta retirada, sin ninguna molestia por parte de los aliados, y después de que sus tropas hubieron descansado uno o dos días en las colinas detrás del Chernaya, Menchikoff se decidió a reparar su error. Lo hizo mediante un peligroso movimiento de flanco desde el Chernaya hasta Bakshi-Serai. Era contrario a una de las primeras reglas de la estrategia; sin embargo, prometía grandes resultados. Cuando se ha cometido un disparate estratégico, rara vez pueden superarse sus consecuencias. La cuestión entonces es, sencillamente, si es menos desventajoso atenerse a ellas o superarlas mediante un segundo movimiento erróneo, aunque intencionado. En este caso creemos que Menchikoff tenía toda la razón al arriesgar una marcha de flanco al alcance del enemigo, para salir de su posición absurdamente «concentrada» en torno a Sebastopol.  

Pero en esta contienda entre medianías estratégicas y generales rutinarios, los movimientos de los ejércitos hostiles cobraron formas hasta entonces desconocidas en la guerra. La afición a las marchas de flanco, como el cólera, era epidémica en ambos campamentos. Al mismo tiempo que Menchikoff se decidía por una marcha de flanco de Sebastopol a Bakshi-Serai, a Saint-Arnaud y a Raglan se les metió en la cabeza moverse del río Katcha a Balaklava. La retaguardia de los rusos y la vanguardia de los británicos se encontraron en la granja de Mackenzie (llamada así por un escocés, más tarde almirante al servicio de Rusia), y, como era de esperar, la vanguardia derrotó a la retaguardia. Habiendo sido ya criticada en The Tribune la índole estratégica general de la marcha de flanco de los aliados, no es necesario que volvamos ahora sobre ella.  

El 2 o 3 de octubre, Sebastopol fue investida, y los aliados ocuparon precisamente la posición de la que Menchikoff acababa de librarse. Desde ese momento comenzó el memorable sitio de Sebastopol, y al mismo tiempo una nueva era en la campaña. Hasta entonces los aliados, por su superioridad incontestada, se habían salido siempre con la suya. Sus flotas, dueñas del mar, aseguraban su desembarco. Una vez en tierra, su superioridad numérica, y ciertamente también sus superiores cualidades para el asalto, aseguraron la victoria en el Alma. Pero ahora el equilibrio de fuerzas, que tarde o temprano ha de producirse en las operaciones alejadas de la base y en país enemigo, empezó a manifestarse. El ejército de Menchikoff, es cierto, aún no se mostraba; pero hacía necesario situar una reserva en el Chernaya, de frente al este. De este modo, el ejército sitiador propiamente dicho quedó seriamente debilitado, reducido a un número no muy superior al de la guarnición.  

La falta de energía, la falta de sistema, sobre todo en la cooperación de los diferentes departamentos de las fuerzas terrestres y navales británicas, las dificultades del terreno y, por encima de todo, un invencible espíritu de rutina, inherente, según parece, a los departamentos administrativos y científicos británicos, retrasaron el comienzo de las operaciones reales de sitio hasta el 9 de octubre. Al fin, ese día se abrieron las trincheras, a la enorme distancia de 1.500 a 2.500 yardas de las obras rusas. Jamás se había visto ni oído cosa semejante en sitio alguno anterior. Ello demuestra que los rusos eran todavía capaces de disputar el terreno en torno a la fortaleza hasta una distancia de por lo menos una milla; y, de hecho, lo mantuvieron hasta el día 17. En la mañana de ese día, los trabajos de sitio estaban lo bastante adelantados como para permitir a los aliados abrir fuego. Probablemente esto se habría demorado unos cuantos días más, ya que los aliados no se hallaban en modo alguno en posición de hacerlo con éxito aquel día, si no hubiera sido por la llegada de la gloriosa noticia de que toda Inglaterra y Francia se regocijaban por la toma de Sebastopol el 25 de octubre. Esta noticia, como es natural, exasperó a los ejércitos, y, para tranquilizarlos, hubo que abrir fuego. Pero resulta que los aliados emplazaron 126 cañones contra 200 o 250. Ahora bien, el gran axioma de Vauban, que los anglo-franceses han utilizado una y otra vez para mantener tranquila a la opinión pública, a saber: «que un sitio es una operación de certeza y éxito matemáticos, una simple cuestión de tiempo, a menos que sea interrumpido desde fuera». Este gran axioma se basa en aquel otro axioma del mismo ingeniero, de que «en un sitio, el fuego del ataque puede hacerse superior al de la defensa». Ahora bien, aquí, en Sebastopol, tenemos exactamente lo contrario; el fuego del ataque, cuando se abrió, era decididamente inferior al

de la defensa. Las consecuencias se hicieron patentes muy pronto. En un par de horas, los rusos silenciaron el fuego de las baterías francesas y mantuvieron un combate casi igualado, durante todo el día, con los ingleses. Para crear una distracción, se efectuó un ataque naval. Pero no estuvo mejor dirigido ni tuvo más éxito. Los barcos franceses, atacando el Fuerte de la Cuarentena y el Fuerte Alejandro, apoyaron el ataque terrestre sobre estos fuertes; y de no haber sido por su auxilio, no cabe duda de que los franceses habrían sido tratados con mucha mayor rudeza. Los barcos ingleses atacaron el lado norte del puerto, incluidos el Fuerte Constantino y la batería del Telégrafo, así como una batería temporal construida al nordeste de Constantino. Ese hombre cauteloso, el almirante Dundas, había ordenado a sus barcos fondear a 1.200 yardas de los fuertes —evidentemente, es un amigo del sistema de largo alcance. Ahora bien, es un hecho antiguo y establecido que, en un combate entre barcos y baterías en tierra, los barcos son derrotados a menos que puedan acercarse a 200 yardas o menos de las baterías, de modo que su disparo sea seguro de dar en el blanco, y con el mayor efecto. En consecuencia, Dundas hizo que sus barcos fueran terriblemente maltratados y habría sufrido una gloriosa derrota de no haber sido por Sir Edmund Lyons, quien, al parecer, casi en abierto desafío a las órdenes, acercó tres navíos de línea tanto como pudo al Fuerte Constantino y le causó algunos daños a cambio de los que recibió. Sin embargo, como los informes de los almirantes británico y francés no han dicho aún una sola palabra sobre el daño real infligido a los fuertes, debemos concluir que aquí, al igual que [en] Bomarsund, los fuertes costeros y las baterías acasamatadas —Montalembert— demostraron ser contendientes a la altura del doble de su número de cañones a bordo de barcos. Esto es tanto más notable cuanto que ahora es bastante seguro que la mampostería expuesta de estos fuertes, como ya se demostró parcialmente en Bomarsund, no puede resistir el fuego de brecha de los pesados cañones navales, establecidos en tierra, durante más de veinticuatro horas.

Los franceses guardaron casi silencio durante un par de días después. Los ingleses, habiendo establecido sus baterías a mayor distancia de las líneas rusas, y montando calibres más pesados que sus aliados, pudieron mantener su fuego y silenciar la hilera superior de cañones en un reducto de mampostería. El ataque naval no se renovó: la mejor prueba del respeto inspirado por los fuertes acasamatados. Los rusos hicieron una defensa que desengañó mucho a los conquistadores del Alma. Por cada cañón desmontado se traía uno nuevo. Toda tronera destruida durante el día por el fuego enemigo era restaurada durante la noche. Obras de tierra contra obras de tierra, el combate fue casi igualado, hasta que se tomaron medidas para dar la superioridad a los aliados. La ridícula orden de Lord Raglan de «perdonar la ciudad» fue revocada, y se abrió un bombardeo que, por su efecto concéntrico sobre masas apiñadas de tropas, y por su naturaleza hostigante, debe de haber causado gran daño a la guarnición. Se enviaron además tiradores por delante de las baterías,

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para abatir, desde cualquier posición cubierta que pudieran encontrar, a los artilleros rusos. Como en Bomarsund, el fusil Minié hizo bien su trabajo. En pocos días, entre los cañones pesados y los fusiles Minié, los artilleros rusos fueron puestos en su mayoría hors de combat. Lo mismo ocurrió con los marineros de la flota, la porción de la guarnición mejor instruida en el uso de cañones pesados. Hubo que recurrir entonces al recurso habitual de las guarniciones sitiadas: se ordenó a la infantería servir los cañones, bajo la supervisión de los artilleros restantes. Pero su fuego, como cabe imaginar, fue casi sin efecto, y así los sitiadores pudieron empujar sus trincheras cada vez más cerca de la plaza. Se afirma que han abierto su tercera paralela a 300 yardas de las obras exteriores. Aún no sabemos qué baterías han erigido en esta tercera paralela; solo podemos decir que una tercera paralela, en los sitios regulares, se hace siempre al pie del glacis de las obras atacadas, es decir, a unas 50 o 60 yardas del foso. Si esta distancia ha sido excedida ante Sebastopol, no podemos sino ver en este hecho una confirmación de un informe contenido en varios periódicos británicos, de que la irregularidad de las líneas de defensa, en lugar de dar a los ingenieros británicos nuevo campo para sus capacidades inventivas, solo ha desconcertado a estos caballeros que pueden demoler, según el principio más aprobado, un frente abaluartado regular, pero que parecen estar en apuros tan pronto como el enemigo se desvía de la regla prescrita por las mejores autoridades en la materia.

Una vez decidido el ataque por el sur, la paralela y sus baterías debieron haber sido dirigidas contra uno, o a lo sumo dos, frentes bien definidos de las defensas. Dos de los fuertes exteriores contiguos —o, a lo sumo, tres— debieron haber sido atacados con fuerzas concentradas; y, una vez demolidos, todas las demás obras exteriores habrían sido inútiles. De este modo, los aliados, haciendo jugar toda su artillería sobre un solo punto, habrían podido establecer fácilmente y de inmediato una gran superioridad de fuego, y acortar el sitio considerablemente. Por lo que puede juzgarse a partir de planos y mapas, el frente desde el Fuerte de la Cuarentena hasta el extremo superior del puerto interior, o el frente contra el cual los franceses dirigen ahora sus esfuerzos, habría sido el mejor para atacar, pues su demolición dejaría la ciudad misma completamente al descubierto. Los ciento treinta cañones de los aliados les habrían asegurado de inmediato una superioridad de fuego en este frente limitado. En lugar de esto, el deseo de dejar que cada ejército actuara independientemente del otro, produjo este modo sin precedentes de sitio, en el cual la totalidad de las murallas, que se extienden a lo largo de tres millas, es cañoneada simultáneamente en toda su extensión. Jamás se ha visto cosa semejante. ¿Quién oyó hablar jamás de un ataque que permitiera a la defensa poner en juego de una vez, desde simples obras abaluartadas y lunetas, la enorme masa de doscientos cincuenta cañones? Un solo frente abaluartado apenas puede montar veinte cañones; y en un sitio ordinario, no más de

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tres o cuatro frentes pueden contribuir a la defensa. A menos que los ingenieros aliados puedan mostrar, en el futuro, razones muy sustanciales para sus curiosos procedimientos, debemos concluir que fueron incapaces de encontrar los puntos más débiles de las defensas y, por lo tanto, para no errarlos, dispararon contra cada porción de la línea.

Mientras tanto, llegan refuerzos a ambas partes. Los ataques hostigantes y parcialmente exitosos de Liprandi contra los puestos avanzados aliados han mostrado la presencia de una fuerza rusa más fuerte de lo que Ménshikov había conducido a Bajchisarái. Sin embargo, por ahora no parece lo bastante fuerte para una batalla de relevo. Considerando el progreso hecho por los sitiadores, considerando que el daño causado a la defensa aumenta en progresión geométrica a medida que los sitiadores se acercan a las murallas, considerando que las obras exteriores aún resisten, pero que la muralla interior parece ser débil, podemos esperar que algo decisivo haya ocurrido del 9 al 15 de noviembre; que o bien el lado sur de la torre haya caído, o que los aliados hayan sufrido una derrota decisiva y se hayan visto obligados a levantar el sitio. Pero debe recordarse que todas estas predicciones dependen de circunstancias que no pueden conocerse plenamente de antemano a tal distancia del lugar.

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