New-York Daily Tribune.
Nr. 4236, 15 de noviembre de 1854

El sitio de Sebastopol.

Después de la batalla del Almá, la principal hazaña de los aliados en Crimea ha sido la famosa marcha de flanco de lord Raglan desde el Almá hasta Balaklava, mediante la cual cambió el objetivo aparente de la campaña, de la toma y ocupación de Sebastopol a un golpe de mano contra una parte —y, por cierto, la parte más débil— de las fortificaciones, lo que implicaba, desde luego, la destrucción de la flota rusa, los astilleros y los arsenales, pero también la retirada de las fuerzas aliadas tan pronto como se hubiera alcanzado ese objetivo. Que tal habría de ser el caso, estaba claro desde el movimiento en cuestión en su conjunto. Fue un abandono de la idea de atacar el frente norte de la fortaleza, que es el frente dominante, aquel en el que únicamente un ataque podía ser realmente decisivo; y, por tanto, fue una confesión patente de la incompetencia de la expedición para cumplir lo establecido en su programa: la toma y ocupación completas de la plaza. Sin embargo, como ya dijimos, esta misma marcha ha sido glorificada como un golpe de genio militar de lo más brillante, a base de columnas y columnas de frases altisonantes y jerigonza retórica; e incluso los grandes diarios de Londres, con sus corresponsales sobre el terreno, no descubrieron la verdad hasta un mes después, cuando el Gobierno parece haberles dado una indicación al respecto. Así, The London Times del 28 de octubre, abriendo por primera vez los ojos al verdadero estado de la cuestión, indica con suavidad que el objetivo menor de la campaña puede ser el único que se cumpla, y que los fuertes del lado norte de la bahía, si no se rinden voluntariamente, difícilmente podrán ser tomados. Pero el Times espera que se comporten respetablemente y se rindan, puesto que todas las fortificaciones dependientes deben entregarse cuando el cuerpo principal de la plaza ha sido tomado. Pero la verdad es que no es el Fuerte del Norte el que depende de la ciudad de Sebastopol, sino la ciudad de Sebastopol la que depende del Fuerte del Norte, y nos tememos que el argumento de nuestro coetáneo difícilmente bastará para tomar una fortaleza tan fuerte.

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Es verdad que desde la «gloriosa marcha» en cuestión los aliados no han hecho nada de lo que nadie pudiera jactarse mucho, y que, por tanto, a nuestros coetáneos transatlánticos no se les puede culpar por sacarle el mayor partido posible. En cuanto al sitio mismo, hasta donde ha avanzado, es una de esas cosas de las que bien pueden pensar que cuanto menos se diga, mejor. Pero como nosotros no estamos obligados más que a la imparcialidad en las premisas, no seremos tan delicados. La verdad es que, siendo la guerra en general una guerra sumamente curiosa, este sitio es uno de sus puntos más curiosos. El gran rasgo de la guerra parece ser la creencia de que las obras de campaña son inexpugnables. Primero en Olteniţa, se empleó el viejo método de cañonear durante un par de horas y luego se asaltaron las obras, pero sin éxito. En Kalafat, los rusos ni siquiera se atrevieron a lanzar un ataque. En Silistria, una mera obra de tierra soportó lo más recio de la batalla y resistió, incluso estando casi arrasada, el embate frenético del enemigo. Ahora, en Sebastopol, una simple línea de obras de campaña recibe el honor de baterías de brecha más extensas y de artillería mucho más pesada de la que jamás se ha empleado contra la más regular de las fortalezas. Este sitio es una prueba palmaria del hecho de que, en la misma proporción en que el material bélico ha avanzado, gracias al progreso industrial, durante la larga paz, en esa misma proporción ha degenerado el arte de la guerra. Un Napoleón, al ver las baterías ante Sebastopol, erizadas de cañones de ocho y diez pulgadas, prorrumpiría en un ataque de risa irresistible. Pero esto no es ni mucho menos toda la historia.

Hacia el 1 de octubre, los aliados estaban en posición, pero no fue hasta el 8 o el 9 cuando se rompió por primera vez el terreno, y no se abrió fuego hasta el 17. La razón de esta demora fue que los cañones no pudieron ser transportados antes. Solo había cuatro o cinco millas de terreno que recorrer —todo él un suelo bueno y duro, con pocas ondulaciones, y parte de él un camino transitable—. Pero no tenían ganado de tiro. ¡Sin ganado de tiro en Crimea, el país más rico en ganado del mundo entero! Pues había más bueyes en el valle de Baidar, a la vista desde las alturas del Chernaya, de los que se habrían necesitado para arrastrar a toda la flota unida a través de las colinas. Pero el valle de Baidar estaba abierto a los cosacos, y la caballería aliada, al proteger una razia, podía quedar expuesta a estos formidables adversarios. Además, los aliados deben mantenerse en buenos términos con los habitantes y no apoderarse de su propiedad. Con tales excusas, nuestros coetáneos ingleses tratan de ocultar la verdad de que Raglan y Canrobert, mientras bloquean Sebastopol por el sur, están ellos mismos bloqueados por los puestos avanzados de Ménshikov en el Chernaya. Y, sin embargo, que así es, lo prueba el simple hecho de que los soldados aliados, hasta los últimos informes, se han visto obligados a vivir de carne salada, sin disponer de carne fresca.

El 3 de octubre, cinco batallones rusos cruzaron el Chernaya cerca de Inkerman, y se les permitió entrar en la fortaleza desde el sur, ya que «esto no podía ser sino favorable para los aliados». ¡Una manera original de hacer la guerra! El

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enemigo, representado como derrotado, desmoralizado, abatido, envía 3.000 hombres a Sebastopol en las mismas narices de los aliados. Alguna razón debió de tener para hacerlo. Pero si él tiene razones para enviarlos, Raglan tiene sus razones para recibirlos con una reverencia. Supone que la plaza está superpoblada, aunque no está claro en qué se basa. Sea como fuere, además de las cuatro millas cuadradas encerradas dentro de las líneas rusas, está toda la orilla norte y todo el país que se extiende detrás de ella, adonde cualquier exceso de tropas puede ser enviado en diez minutos. Presentar una plaza como superpoblada cuando está bloqueada por un solo lado es, ciertamente, el colmo del absurdo.

Cuando se informó por primera vez del desembarco, dijimos que la enfermedad sería el peor enemigo de los aliados si la campaña se prolongaba. La enfermedad está allí en sus peores formas, unida, al menos en lo que concierne a los británicos, a la peor de las asistencias. En efecto, hasta tal punto se ha descuidado a los enfermos por esta causa, que lord Raglan se ha visto obligado a dirigir una reprimenda muy perentoria al personal médico. Pero esto no es todo. Los médicos están en Constantinopla, los suministros médicos en Varna y los enfermos en Balaklava. ¿No es esta una espléndida ilustración de la nueva doctrina militar que hace poco expuso Luis Bonaparte en Boulogne, de que todo ejército, para tener una buena posición, debe estar dispuesto en un triángulo? La enfermedad aumenta con

la crudeza de la estación, los regimientos menguan —un regimiento británico, enviado con 1.000 efectivos, hoy no puede contar con más de 600 hombres en armas—, y la lentitud de las operaciones sigue su curso parejo. La rutina de la Guardia Montada, fruto de cuarenta años de instrucción pacífica, no va a ser trastocada por naderías de esa índole. ¡Que perezca el ejército, pero que se tome Sebastopol según el reglamento de Su Majestad!

En los sitios corrientes, los sitiadores suelen tratar de colocar sus primeras baterías tan cerca como sea posible de las obras enemigas, y seiscientas o setecientas yardas se consideran una gran distancia. Pero en un gran sitio como este, en particular si es contra meras obras de campaña, debería hacerse justo lo contrario, según Raglan. El enemigo nos permite acercarnos a setecientas yardas, pero nosotros nunca debemos hacer lo que el enemigo quiere que hagamos. Así lo dice Raglan, y abre sus baterías a 2.500 y 3.000 yardas de distancia —un hecho que no podríamos creer si los informes dejaran lugar a la duda—. Luego se acerca a 1.500 y 1.200 yardas, y entonces declara, como razón para no abrir fuego, que las baterías de brecha, para ser efectivas, ¡deben estar a trescientas o cuatrocientas yardas de las obras que se han de batir! Las baterías distantes han de tener cañones Lancaster y de diez pulgadas de largo alcance, ya que parece que los artilleros británicos opinan que estos cañones son como los telescopios: solo sirven a gran distancia. En verdad, esta cuestión del largo alcance, que está perfectamente en su lugar en los armamentos navales, ha causado más confusión y patraña que verdadero bien cuando se ha aplicado a la artillería terrestre; tenemos un ejemplo de ello en estas ridículas baterías.

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Las fortificaciones terrestres de Sebastopol, que han provocado todos estos arranques de genio y perspicacia, son las siguientes: En el lado occidental (atacado por los franceses), uno o dos frentes del Fuerte de la Cuarentena quedan expuestos. Detrás de este hay un muro aspillerado que asciende hacia la cabecera de la bahía de la Cuarentena y termina en una colina, en una torre circular que forma un reducto para una obra de tierra construida a su alrededor. Desde allí, un muro de tres pies de espesor medio se prolonga hasta el extremo superior del puerto, encerrando así Sebastopol por el suroeste. Se dice que este muro es incapaz de ofrecer defensa alguna, aunque fácilmente podría haberse hecho de otro modo; por tanto, está protegido por pequeñas obras de tierra situadas delante de él. Desde el extremo del puerto hacia el este hasta la bahía de Careening (el frente de ataque británico) no hay defensas regulares de ningún tipo, salvo dos torres rodeadas y protegidas por medias lunas, de modo similar a la descrita más arriba. Hay además algunas obras de tierra de forma irregular, formando el conjunto un campo atrincherado de no grandes pretensiones, si hemos de creer los planos publicados por el capitán Biddulph, esbozados sobre el terreno. En todo caso, muestran una sola línea de defensas, compuesta de obras abiertas por la retaguardia; no hay reductos cerrados, de los que, por lo general, los rusos son tan sumamente aficionados. Pero no podemos creer que este sea el caso; si esta fuera la única línea que tomar, los británicos deberían haberla tomado hace tiempo a la bayoneta. Detrás tiene que haber una segunda línea de reductos.

Todas las obras rusas han sido artilladas con cañones pesados de la flota: el mejor uso que los rusos podían hacer de ellos. Sin embargo, su puntería con ellos es despreciable. Disparan días y noches enteros contra el enemigo, y aciertan un disparo de cada cien. Quizá fue esta pésima puntería lo que indujo a lord Raglan a abrir sus trincheras a la segura distancia de 3.000 yardas. Después de tres días de bombardeo por las flotas y ejércitos aliados, se afirma que los británicos, por su lado, habían abierto una brecha, mientras que los franceses aún no habían completado la suya. Tan pronto como esta estuviera terminada, tendría lugar el asalto. Que 200 cañones de inmenso calibre necesitaran tres o cuatro días para batir en brecha semejantes defensas sería increíble si no tuviéramos muy buena autoridad para la respetuosa distancia a la que se habían construido las baterías aliadas. Esto por lo que toca a los resultados ya alcanzados; pero, sea cual fuere el acontecimiento que corone las operaciones, es seguro que el sitio de Sebastopol quedará sin parangón en la historia militar.