Karl Marx

Central junta (Borrador)

(enero de 1809 Florida Blanca +)
A) Central junta.

26 de septiembre de 1808 (Aranjuez)-29 de enero de 1810.

Habiendo sido evacuada Madrid por los franceses, era de esperar que Napoleón volviera a aparecer pronto al frente de un ejército más poderoso.

Las medidas de defensa común se convirtieron entonces en inevitables y se consideró en general que la poliarquía de las Juntas Provinciales, cuyas disensiones se hicieron aún más clamorosas tras el triunfo de Baylen, debía ceder el paso a algún tipo de Gobierno Central. Sin embargo, las juntas, ansiosas por conservar su dominio del poder, resolvieron, a propuesta de la Junta de Sevilla, elegir cada una de entre sus propios miembros dos diputados, cuya reunión constituiría el Gobierno Central, mientras que las Juntas Provinciales quedaban investidas del gobierno interior de sus respectivos gobiernos. Así, una Junta Central, compuesta de 34 diputados de las Juntas Provinciales, se reunió el 26 de septiembre de 1808 en Aranjuez y permaneció al frente de los asuntos hasta el 29 de enero de 1810. Esta Junta Central fue expulsada por el invasor de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Cádiz. Mientras libraban una guerra de decretos desde el Palacio Real de Aranjuez, el paso de Somosierra fue forzado por los franceses, y mientras entretenían al pueblo con vigorosas proclamas desde Sevilla, los pasos de Sierra Morena se perdían y el ejército de Soult inundaba Andalucía.

Cuando «Su Majestad» —tal era el título que la Junta había adoptado— huyó de Sevilla, Cádiz ofrecía el único asilo, y si el duque de Alburquerque, en lugar de marchar con su cuerpo sobre Cádiz, hubiera, en obediencia a sus órdenes, seguido hacia Córdoba, su propio ejército habría quedado cortado, Cádiz tendría que haberse rendido a los franceses y habría llegado el fin de todo poder central en España. Durante el reinado de la Junta Central, los ejércitos españoles desaparecieron del suelo, las derrotas ignominiosas se sucedieron unas a otras, y la desastrosa batalla de Ocaña (19 de noviembre de 1809) fue la última batalla campal

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que libraron los españoles, quienes a partir de entonces se limitaron a una guerra de guerrillas. Cuando se encuentra excepcionalmente una resistencia heroica, no es por parte de los ejércitos regulares, en campo abierto, sino sólo por parte de ciudades sitiadas, como Zaragoza y Gerona.

Estos pocos recuerdos de la guerra de la Independencia española bastan para caracterizar a la Junta Central. La expulsión del ejército francés del suelo español era el gran objetivo de su instauración, y en ese objetivo fracasaron de manera señalada. En circunstancias revolucionarias, más aún que en las ordinarias, los éxitos de los ejércitos reflejan el carácter del Gobierno Central. El mero hecho del abandono de la guerra regular por las operaciones de guerrilla demuestra la desaparición del centro nacional ante los centros locales de resistencia. ¿De dónde procede, pues, este fracaso del gobierno nacional?

La composición misma de la Junta Central no se adecuaba ciertamente a la tarea que se le había impuesto. Siendo demasiados para un poder dictatorial y estando mezclados de manera demasiado fortuita, eran demasiado pocos para pretender la autoridad de una Convención Nacional. El mero hecho de que su poder les fuera delegado por las Juntas Provinciales los incapacitaba para vencer las tendencias autogobernantes, la mala voluntad y el caprichoso egoísmo de estas Juntas. Los dos miembros más conspicuos de la Junta Central —Florida Blanca, el octogenario ministro del despotismo ilustrado de Carlos III, y Jovellanos, un reformador bienintencionado que, por escrúpulos excesivos en cuanto a los medios, nunca osó realizar un fin— no estaban a la altura, ciertamente, de la terrible crisis en que se hallaba el país. El sentimiento de su propia debilidad y la tenencia insegura de su poder respecto al pueblo los mantenía en constante temor y sospecha hacia los generales a quienes se veían obligados a confiar los mandos militares. El general Morla, miembro él mismo de la Junta Central, se pasó al campo bonapartista después de haber entregado Madrid a Napoleón. Cuesta, que había comenzado arrestando a los diputados leoneses de la Junta Central y forjando planes para la restauración de la antigua autoridad de los capitanes generales y las Audiencias Reales, pareció también después ganarse la confianza del Gobierno en la misma medida en que perdía las batallas del país. Su desconfianza hacia los generales La Romana y Castaños, el vencedor de Baylen, se reveló bien fundada por la abierta hostilidad que el primero les manifestó en su alocución a la nación, fechada en Sevilla el 4 de octubre de 1809, y el segundo por su conducta hacia ellos cuando llegó a ser miembro de la Regencia. El duque de Alburquerque, que de todos los generales españoles de aquella época era quizás el único hombre capaz de dirigir una gran guerra, parecía singularmente dotado de todas las peligrosas cualidades de un dictador militar, razón más que suficiente para apartarlo de todos los mandos importantes.

Podemos, pues, dar pleno crédito al duque de Wellington cuando escribe

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Karl Marx.- Spain-Intervention (Borrador). Página 3

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a su hermano, el marqués de Wellesley, el 1 de septiembre de 1809: «Temo mucho, por lo que he visto de los procederes de la Junta Central, que en la distribución de sus fuerzas no tuvieran en cuenta la defensa militar y las operaciones militares tanto como la intriga política y la consecución de mezquinos objetivos políticos.»

El primer gobierno popular de España parecía sobrecogido por el presentimiento del papel prominente que los militares estaban destinados a desempeñar en sus conmociones internas. Desprovista como estaba, por su propia composición, de toda fuerza verdaderamente revolucionaria, la Junta Central no podía sino recurrir a mezquinas intrigas para contrarrestar la ascendencia de sus propios generales. Por otra parte, incapaz de resistir la presión del clamor popular, obligaba a menudo a los generales a emprender acciones precipitadas cuyo éxito sólo podía esperarse de una permanencia defensiva sumamente cauta y prolongada. |