Friedrich Engels

La toma de Bomarsund
(Segundo artículo)

New-York Daily Tribune.
Nr. 4182, 13 de septiembre de 1854

La toma de Bomarsund.

Los detalles de la toma de Bomarsund, hasta donde han sido publicados, se presentan todavía en un lenguaje vago y poco profesional. De hecho, no nos enteramos a qué distancia de los fuertes se emplazaron las baterías de brecha ni dónde fondearon los buques durante el ataque naval. No recibimos más pormenores, como cabría esperar, sobre la construcción de los fuertes, ahora que las tropas aliadas los ocupan. Prácticamente, todo punto de importancia se pasa por alto a fin de entretener al público con la parte más pintoresca y menos técnica del asunto. Hasta los partes oficiales están redactados de un modo tan chapucero que nadie puede discernir con claridad si el fuerte Tzee (según lo escriben), al tomarlo los franceses, tuvo que ser asaltado o no, ya que parece que apenas nadie, salvo el comandante, opuso resistencia.

Lo poco que podemos colegir es que, como sospechábamos por los croquis, las dos torres se levantaron sobre un terreno tan quebrado que las hondonadas, pendientes y rocas constituían aproches naturales hasta sus mismas cunetas. En esas hondonadas los aliados podían establecerse cómodamente, a salvo de los proyectiles rusos que pasaban sobre sus cabezas; y pudiendo así construir sus baterías cerca del lugar, iniciaron el sitio precisamente con aquellas que en casos semejantes suelen emplearse al final, a saber, las baterías de brecha. El que los rusos edificaran sus fuertes sobre semejante terreno, sin allanarlo de inmediato por lo menos en seiscientas ochocientas yardas a su frente, demuestra que nunca contaron con un ataque terrestre serio. Las baterías de brecha han de haberse emplazado a no más de quinientas o seiscientas yardas de los fuertes, pues los franceses las batieron con cañones de a dieciséis libras, considerados por lo general no lo bastante potentes para abrir brecha en un muro incluso a cien o ciento cincuenta yardas de distancia. Sin embargo, un fuego de veintiséis horas dañó de tal modo la torre que doce horas más hubieran derrumbado todo un frente. Los británicos batieron el fuerte Nottich con seis cañones de a treinta y dos libras, de cuarenta y cinco quintales cada uno.

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Esos cañones, según la *Artillería naval* de sir Howard Douglas, se sirven de una carga reglamentaria de siete libras de pólvora y, a una distancia de cuatrocientas a quinientas yardas, harían que el proyectil penetrase de dos a dos pies y medio en roble macizo. Los cañones franceses de a dieciséis libras, con una carga de cinco libras, a cuatrocientas o quinientas yardas producirían una penetración en roble de uno y medio a dos pies. Si los británicos, como es de suponer, elevaron la carga reglamentaria al menos a ocho libras, no hay que asombrarse de que, con el doble de cañones y el doble de calibre, abriesen un costado del fuerte en menos de doce horas.

En cuanto al ataque por mar, fue una mera diversión. Solo el capitán Pelham aprovechó la ocasión para hacer un experimento científico. Utilizó su largo cañón giratorio de diez pulgadas con toda la constancia y regularidad de un fuego de brecha, dando invariablemente, en la medida de lo posible, en el mismo sitio. Estos largos cañones de diez pulgadas son los mejores de la marina británica. Su gran peso metálico (noventa y cinco quintales) permite una carga de dieciséis libras de pólvora para un proyectil macizo de sesenta y ocho libras. El efecto de este proyectil, incluso a una distancia de quinientas o seiscientas yardas, es inconcebiblemente mayor que el de las balas de a dieciocho o veinticuatro libras hasta ahora comúnmente empleadas en las baterías de brecha; y, utilizado como es debido, no podía dejar de producir un resultado tremendo. Consecuentemente, el fuego constante del capitán Pelham desveló muy rápidamente el misterio de las fortalezas rusas de granito. Unos cuantos disparos desprendieron lo que hasta entonces parecía un gran bloque de granito macizo, pero que resultó ser una simple losa de revestimiento, cuyo grosor en modo alguno guardaba proporción con su alto y ancho. Algunos disparos más, y las losas contiguas se derrumbaron, siguiéndose una avalancha de escombros que se precipitaba muros abajo, dejando al descubierto el corazón mismo de la fortaleza. Quedó entonces claro que el «granito» no era más que apariencia; que en cuanto se derribaban las losas, comparativamente delgadas, que revestían la escarpa, no había en el interior mampostería sólida que resistiera la penetración de los proyectiles. Los muros, de hecho, no eran más que cascarones, cuyos intersticios estaban rellenos de toda suerte de piedras rotas, arena, etc., sin cohesión ni estabilidad. Si la fortaleza principal estaba así construida, no cabe duda de que la mampostería de las torres era igualmente mala, y la rápida brecha queda plenamente explicada. ¡Y estos muros, de tan poca solidez intrínseca, habían bastado, con su imponente exterior, para mantener a raya a toda la flota anglo-francesa durante casi cuatro meses! La decepción de sir Charles Napier al ver de qué estaban realmente hechos no pudo ser mayor, sin embargo, que la del zar cuando supo en qué consistía el «granito» por el que tan caro había pagado. En el ataque terrestre resalta otro rasgo digno de nota. Ya hemos visto que un terreno quebrado rodeaba los fuertes no solo dentro del alcance de los cañones, sino incluso dentro del alcance de los fusiles. De ello sacaron partido los Cazadores de Vincennes, que se aproximaron arrastrándose, resguardándose tras tocones de árboles,

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piedras rodadas, rocas, etc., y abrieron un fuego mortífero sobre las troneras de las casamatas. Como a una distancia de cuatrocientas a quinientas yardas sus rifles poseen una puntería infalible y, además, las troneras de lados inclinados, a modo de túnel, hacen que toda bala que las golpee entre por la abertura central del fondo, bien se puede imaginar cuánto hostigaban a los artilleros de la fortaleza mientras estaban cargando.

Los rusos parecen haber descuidado por completo las más elementales precauciones contra este fuego de fusilería. También ellos tenían fusiles. ¿Por qué no los apostaron tras el parapeto del techo de la torre, desde donde dominaban a los escaramuceadores enemigos? Pero los fusileros finlandeses que había en Bomarsund no parecían tener inclinación alguna a combatir por la gloria de la Santa Rusia. Por último, los franceses emplearon, además de los tres cañones de brecha, algunos morteros y tres obuses. Los morteros enviaban sus granadas en ángulo alto sobre el techo a prueba de bomba de la torre, tratando de aplastarlo por la fuerza combinada de la caída y la explosión. Esto, sin embargo, no parece haber surtido gran efecto. En cambio, los obuses franceses se atuvieron al tiro directo horizontal y apuntaron a las troneras. A la corta distancia de cuatrocientas o quinientas yardas, un largo obús de bronce de a veinticuatro libras, lanzando una granada de seis pulgadas de diámetro, bien podía acertar en un blanco como una tronera una de cada tres veces; y cada granada que entraba inutilizaba a los hombres que servían la pieza, además de desmontar la pieza misma. Este fuego, pues, habrá sido sumamente eficaz.

Vemos así que los muros de granito de Bomarsund resultaron ser pura faramalla rusa: montones de escombros mantenidos en forma por delgados revestimientos de piedra, incapaces de resistir un fuego bueno y constante durante un tiempo. Si Nicolás fue estafado por sus constructores, no por ello ha conseguido menos estafar a los aliados, sustrayéndoles toda una campaña con estas fortalezas falsas. La defensa, por parte de los rusos, fue en conjunto mediocre, y esto puede atribuirse a la desafectación, pronunciada con harta claridad, de las tropas finlandesas. El ataque de los aliados se caracterizó por una resolución inaudita hasta ahora en sus actuaciones, y debida, evidentemente, al general Jones. Las dificultades superadas para mover y emplazar los cañones, aunque exageradas por sir Charles Napier, fueron ciertamente grandes. Los franceses atacaron con cañones de brecha de demasiado débil calibre y con morteros que poco podían servir en aquellas circunstancias, pero su modo de disparar granadas en tiro horizontal y sus fusileros sobre las troneras merecen un alto elogio. Los ingleses, como de costumbre, llegaron con el calibre más pesado que pudieron mover, hicieron un fuego llano, directo y eficaz, sufrieron las dificultades y soportaron el fuego con su habitual firmeza, y alcanzaron su objetivo sin aspavientos, pero también sin especial distinción.

Tomada Bomarsund, surge en seguida la pregunta: ¿qué hacer con ella? Según los últimos despachos de Hamburgo, en un consejo de guerra celebrado por los almirantes, el general en jefe de las tropas expedicionarias y los

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comandantes principales, se resolvió destruir todas las fortificaciones y abandonar la isla si Suecia no se mostraba inclinada a ocuparla y comprarla al precio de una declaración de guerra contra Rusia. Si este despacho resulta cierto, la expedición contra las islas Aland, lejos de ser una operación militar, como anunció el *Moniteur*, resultaría ser simplemente una operación diplomática, emprendida con la intención de enredar a Suecia en una alianza peligrosa con las mismas potencias cuya amistad, por emplear las palabras del señor Bright, «ha acarreado a Turquía en un solo año calamidades tales que Rusia, en sus más locos sueños de ambición, jamás imaginó». La corte sueca vacila, la prensa sueca previene al pueblo contra los *Danaos et dona ferentes*, pero los campesinos suecos ya han aprobado una moción para que la Cámara solicite al rey que tome medidas para que Aland nunca más vuelva a ser rusa. Hay pocas probabilidades de que la petición de los campesinos sea escuchada, y es de esperar que pronto oigamos decir que la fortaleza ha sido volada.

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