Friedrich Engels

Buques y fortalezas

New-York Daily Tribune.
Núm. 4104, 13 de junio de 1854

Buques y fortalezas.

En vista de que el éxito de los aliados franceses e ingleses y la derrota de Rusia en la guerra actual dependen del resultado del conflicto entre las flotas de los primeros y los grandes puertos marítimos fortificados de la segunda, se presta ahora un grado inusitado de atención al poder relativo de estos medios contrapuestos de ataque y defensa. Se admite que es una cuestión abierta si plazas de tanta fortaleza como Cronstadt y Sebastopol pueden ser tomadas por cualquier número de buques y con cualquier número de cañones que se puedan desplegar contra ellas. Pero, sin expresar ahora una opinión sobre esa cuestión, deseamos sugerir que, hasta el momento, los recursos militares y navales rusos no han resultado, al ser puestos a prueba, exactamente tan despreciables como se nos decía antes de la guerra. Se decía que los ejércitos rusos sólo existían sobre el papel; los hemos encontrado excesivamente lentos en la marcha, como siempre lo fueron, pero a fin de cuentas llegaron al teatro de acción en bastante buen estado y con efectivos bastante completos. De los buques rusos en el Mar Negro, en particular, se decía que estaban mal construidos y pésimamente tripulados; y sin embargo, en la persecución del Fury dos fragatas rusas, de construcción rusa, casi dejaron atrás a un vapor inglés, y tanto su construcción como su manejo fueron admirados por los «dueños de las olas». Si las casamatas sin ventilación y los muros de piedra que no pueden resistir la conmoción causada por sus propios disparos, que se nos hace esperar en Sebastopol y Cronstadt, resultan ser de la misma naturaleza que los buques y los soldados, más de un auténtico John Bull estará condenado a una terrible decepción cuando llegue el ataque contra ellos.

Cronstadt y Sebastopol, los dos centros del establecimiento naval ruso, están fortificados del modo más fuerte que conoce la moderna ciencia militar. Deben su imponente apariencia sobre todo al sistema del conde de Montalembert, un ingeniero francés del siglo pasado. Montalembert propuso reforzar tanto las fortalezas terrestres como las marítimas erigiendo, en lugar de simples murallas con cañones formando una sola línea de fuego, grandes edificios de piedra de dos, tres y, en algunos casos, hasta seis pisos, cada uno de ellos abovedado a prueba de bombas y conteniendo un número igual de cañones que disparaban por estrechas troneras. Los detalles de su sistema —la exageración parcial de sus principios por parte del autor—, las objeciones que se le opusieron, no pueden, desde luego, debatirse aquí. Sin embargo, la evidente superioridad de un fuego de doble o triple línea, dispuesto en otras tantas hileras de cañones una encima de otra, ha provocado su aplicación en casi todas las construcciones modernas donde ello ha sido posible. Cherburgo en Francia, Alessandria en Italia, Ehrenbreitstein, Linz, Königsberg, Ulm en Alemania, son aplicaciones más o menos modificadas de algunos de los principios fundamentales de Montalembert. Los grandes edificios acasamatados con dos o tres hileras de cañones han resultado admirablemente adaptados para fuertes destacados y, sobre todo, para fortificaciones costeras, donde es esencial oponer un fuego equivalente a la masa de hierro que arrojan las andanadas de los navíos de dos y tres puentes. Así, Cherburgo, Brest y casi todos los vastos puertos fortificados están provistos de baterías acasamatadas de al menos dos hileras; Sebastopol tiene casi todas sus baterías dispuestas en tres hileras; Cronstadt tiene una, dos, tres hileras y, en dos fuertes, incluso hasta cuatro.

El hecho de que estas construcciones de nuevo cuño no hayan sido sometidas hasta ahora en ningún caso a la prueba de un ataque real, bastaría por sí solo para mantener viva la duda acerca de su efectiva potencia defensiva. Pero estos nuevos fuertes contrarían en cada detalle de su composición de tal modo todas las nociones de los hombres que no admiten en las fortificaciones ningún progreso posible más allá de Vauban y Cormontaigne, que aún en el día de hoy hay cientos de buenos soldados y marineros, e incluso ingenieros, que los tienen en el más absoluto desprecio. Este es en parte el caso incluso en Francia, donde el partido de Cormontaigne se salió con la suya cuando se discutió el plan de las fortificaciones de París. Pero en ninguna parte prevalecen esos prejuicios más que en Inglaterra, donde la gran mayoría de los oficiales carecen en grado sumo de conocimientos teóricos y sienten una espantosa aversión al estudio. Sus viejos manuales no van más allá de Cormontaigne; ellos mismos, tal vez, jamás oyeron pronunciar el nombre de Montalembert; la organización del ejército británico es muy poco favorable a cualquier mejora, tanto material como educativa; el Duque se impuso la norma de no alterar ni un ápice en el servicio si podía evitarlo; ¡y qué extraño que el uniforme, las maniobras y las ideas sigan siendo más anticuados en el ejército británico que en ningún otro! Así ocurre que entre los oficiales británicos especialmente, se encontrará a muchísimos que acarician la idea de que John Bull todo lo puede, y que una flota británica tomará Cronstadt por muy fuerte que sea, combinada con la otra idea de que Cronstadt, después de todo, no es muy fuerte porque está construida según ese sistema, una lata que amenaza con extender la confusión en todos los tratados autorizados, y con obligar a los galantes caballeros a reanudar sus estudios desde el principio.

Ahora bien, no cabe duda de que con un buen plano, un poco de conocimiento del terreno y una inspección de las murallas y fosos de una fortaleza abaluartada según el sistema antiguo, no es muy difícil hacerse una estimación bastante aproximada de su fuerza; pero no ocurre lo mismo con las nuevas fortificaciones, no sólo porque aún no han sido probadas en la guerra, sino porque en su construcción intervienen tantas consideraciones de detalle que una mera inspección exterior apenas ofrece un indicio sobre el punto en cuestión. Está, ante todo, la resistencia de la mampostería, tanto respecto al efecto de los disparos enemigos como a la conmoción causada por el fuego de las casamatas. Está la ventilación de las casamatas, que, si no está adecuadamente prevista, puede silenciar baterías enteras en el momento más decisivo al ahogar a los hombres en el humo. Está la construcción de las troneras, que es muy esencial; la altura de la hilera más baja sobre el nivel del agua, y otros puntos. Se requiere un conocimiento minucioso de toda la fortaleza antes de que, con la actual falta de experiencia práctica, pueda pronunciarse opinión alguna sobre su verdadera eficacia defensiva. Pero una cosa es cierta: aun cuando existan algunos defectos considerables en el trazado y la ejecución de estas obras, tanto Cronstadt como Sebastopol deben, en todas las circunstancias, ser consideradas fortalezas de primer orden, cuya conquista exigirá una fuerza naval sumamente poderosa, bien manejada y resuelta. Por tanto, un ataque contra cualquiera de ellas es un acontecimiento del más alto interés militar y, sea cual fuere su resultado, algunas de las cuestiones más importantes que aún quedan abiertas al debate en la ciencia militar se aproximarán entonces a su solución.