The People's Paper.
N.º 108, 27 de mayo de 1854

La guerra.

Por fin, pues, hemos de informar de una hazaña del «marinero británico». La flota del almirante Napier ha destruido, tras ocho horas de bombardeo, el fuerte de Gustavsvaern (que, traducido del sueco, significa «defensa de Gustav» o «fortaleza», «Gustavs Wehr») y ha tomado prisionera de guerra a la guarnición, en número de 1.500 hombres. Éste es el primer ataque serio contra propiedad imperial rusa y, comparado con el soporífero y torpe asunto de Odesa, demuestra al menos que Charles Napier no está dispuesto a sacrificar su propia fama y la de su familia si puede evitarlo. El fuerte de Gustavsvaern está situado en el extremo de una península, que forma la esquina suroeste de Finlandia, cerca del faro de Hango-Udd, bien conocido como punto de referencia por todos los capitanes que se adentran en el golfo de Finlandia. Su importancia militar no es muy grande; defiende una zona muy reducida, tanto de tierra como de agua, y la flota atacante podría haberlo dejado a retaguardia sin riesgo alguno. El fuerte en sí no puede haber sido grande, como se desprende del número de su guarnición. Pero, en la bendita ignorancia que reina incluso en el Almirantazgo y el Ministerio de la Guerra británicos en cuanto a la verdadera fuerza e importancia de las defensas de la costa báltica de Rusia, se nos disculpará si posponemos todo comentario sobre los méritos tácticos de la operación hasta que lleguen detalles más completos. Por el momento, sólo podemos decir lo siguiente: las ocho horas de duración del cañoneo demuestran una defensa valiente, aunque no excesivamente hábil, por parte de los rusos, y presagian una obstinación mayor de la que se hubiera podido esperar en la defensa de las fortalezas de primera clase en ese mismo golfo. Por otra parte, los mil quinientos prisioneros de guerra no suponen una pérdida apreciable para Rusia (equivalen aproximadamente a las bajas por enfermedad de dos días corrientes en el Danubio), mientras que para Napier han de ser un serio estorbo. ¿Qué diablos va a hacer con ellos? No puede liberarlos bajo palabra, ni sin ella; y no hay lugar más cercano adonde llevarlos que Inglaterra. Para un transporte seguro de estos 1.500 hombres necesitaría al menos tres navíos de línea o el doble de fragatas de vapor.

Los propios efectos de su victoria lo inmovilizan por una quincena o tres semanas. Por último, al no contar con tropas de desembarco, ¿puede conservar el terreno conquistado? No veo cómo podría hacerlo sin volver a inmovilizar sus flotas, escasamente tripuladas, mediante un nuevo debilitamiento del contingente de marineros e infantes de marina de cada buque. Esta circunstancia nos lleva a un tema que se discute con gran vehemencia en la prensa británica, aunque, como de costumbre, con mucho retraso. La prensa británica ha descubierto, de repente, que una flota, por poderosa que sea, es de muy poca utilidad a menos que lleve a bordo tropas suficientemente fuertes para desembarcar y completar la victoria que los cañones de los buques, en el mejor de los casos, sólo pueden conseguir de manera muy incompleta contra las defensas terrestres. Al parecer, no había ni un solo hombre en el mundo oficial británico que dirige la guerra, ni en el mundo oficial que dirige la opinión pública británica, a quien jamás se le hubiera ocurrido esta idea hasta finales del mes pasado. Ahora, todas las tropas y los medios de transporte disponibles están empeñados en el mar Negro, y toda la fuerza terrestre destinada al Báltico, de la cual no se ha enviado un solo hombre y cuyo estado mayor ni siquiera ha sido organizado aún, ¡se compone de una brigada de 2.500 hombres!

En cuanto a los franceses, van lamentablemente a la zaga. Su flota del Báltico —recordad el pomposo informe del secretario Ducos: «Su Majestad ordenó el equipamiento de una tercera flota; las órdenes de Su Majestad se están ejecutando»—, este espléndido armamento que debía estar listo para hacerse a la mar a mediados de marzo, a razón de diez navíos de línea, nunca ha constado de más de cinco navíos de línea, los cuales, con fragatas y embarcaciones menores, se arrastran actualmente con lentitud a lo largo de la boca del Gran Belt; para llegar allí desde Brest han tardado tres semanas enteras, con vientos del oeste dominantes todo el tiempo. El gran campamento de Saint Omer, que debía contener 150.000 hombres y, en caso necesario, 200.000, destinado supuestamente a una expedición al Báltico, se ha formado, sobre el papel, hace tres o cuatro semanas, y aún no se ha concentrado ni una sola brigada. Los franceses, sin embargo, podrían destacar fácilmente unos diez a quince mil infantes y artillería de campaña de sus guarniciones costeras, sin el alboroto y la pompa de una gran demostración teatral de acampada; pero ¿dónde están los medios de transporte? Habría que fletar buques mercantes británicos; éstos, según el ritmo de navegación de la flota francesa, necesitarían de cuatro a seis semanas para llegar, uno a uno, al escenario de la acción; y ¿dónde desembarcar las tropas, concentrar la brigada y la división, organizar los estados mayores y las comisarías? Ése es el círculo vicioso en que se mueven los aliados; para tener un ejército de tierra en el Báltico, primero han de conquistar una isla o península donde concentrarlo y organizarlo para el ataque; y para conquistar este desiderátum, primero han de tener una fuerza de desembarco sobre el terreno. No hay dificultad en salir de este atolladero, en cuanto se cuenta con un buen almirante que sepa tanto de guerra terrestre como sea necesario para dirigir una fuerza de tierra; y no hay duda de que Charles Napier está perfectamente a la altura, pues ha combatido mucho en tierra. Pero con un Aberdeen que reina de manera suprema, con cuatro ministerios diferentes entrometiéndose en la fuerza combatiente, con el eterno antagonismo entre el ejército y la marina, y con fuerzas francesas e inglesas combinadas y celosas de la gloria y las comodidades ajenas, ¿cómo se puede esperar algo parecido a la unidad de acción? Además, ya no se podrá llevar ninguna fuerza terrestre efectiva al Báltico antes de finales de junio; y, a menos que la guerra se decida y se concluya la paz en cuatro meses, todas las conquistas hechas tendrán que ser abandonadas: tropas, cañones, buques, provisiones, todo tendrá que ser retirado o abandonado, y durante siete meses de invierno los rusos volverán a estar en posesión de todo su territorio báltico. Esto muestra con suficiente claridad que todos los ataques serios y decisivos contra la Rusia báltica quedan descartados para el presente año; es demasiado tarde. Sólo cuando Suecia se una a las potencias occidentales tendrán éstas una base de operaciones en el Báltico que les permita proseguir una campaña invernal en Finlandia. Pero aquí volvemos a tener un círculo vicioso, aunque vicioso solo, como el anterior, para los pusilánimes. ¿Cómo podéis esperar que los suecos se unan a vosotros, a menos que les mostréis, enviando una fuerza terrestre y tomando parte de Finlandia, que habláis en serio? Y, por otro lado, ¿cómo podéis enviar esa fuerza allí sin haberos asegurado de Suecia como base de operaciones?

En verdad, Napoleón el Grande, el «carnicero» de tantos millones de hombres, era un modelo de humanidad en su modo audaz, decidido y directo de hacer la guerra, comparado con los vacilantes directores «estadistas» de esta guerra rusa, quienes no pueden sino acabar sacrificando vidas humanas y dinero contante y sonante en una cantidad mucho mayor si continúan como lo hacen.

Volviendo al mar Negro, encontramos a las flotas combinadas frente a Sebastopol divirtiéndose con un pequeño e inofensivo ejercicio de largo alcance contra algunas miserables obras exteriores de esa fortaleza. Este juego inocente, se nos informa, ha sido llevado a cabo durante cuatro días por la mayoría de los buques, y durante todo este tiempo los rusos, no teniendo más que doce navíos de línea listos para hacerse a la mar, no asomaron sus caras fuera del puerto, para gran asombro del almirante Hamelin —(véase su informe, del 1 al 5 de mayo)—. Ese heroico marino, sin embargo, tiene edad suficiente para recordar los tiempos en que las escuadras francesas no sólo eran bloqueadas, sino incluso atacadas en puerto por escuadras inglesas de fuerza muy inferior; y ciertamente es esperar demasiado que la inferior escuadra rusa salga de Sebastopol para ser destrozada y hundida por el doble de buques y ofrecerse así en expiación por el «horrendo crimen» de Sinope.

Mientras tanto, dos navíos de línea (de hélice) y siete fragatas de vapor están en camino hacia Circasia. Debían explorar las costas de Crimea y luego destruir los fuertes de la costa circasiana. Pero en este último ataque sólo participarían tres fragatas de vapor, pues las cuatro restantes tenían instrucciones de regresar a la flota tan pronto como se hubiera reconocido convenientemente Crimea. Ahora bien, los tres fuertes que los rusos aún ocupan en la costa circasiana, a saber, Anapa, Sukhum Kaleh y Redut Kaleh, son, por lo que sabemos, de considerable fortaleza, construidos sobre alturas que dominan por completo el antepuerto (excepto Redut Kaleh), y cabe dudar de que la fuerza enviada sea suficiente para lograr sus objetivos, especialmente por no ir acompañada de tropas de desembarco. La escuadra, comandada por el contralmirante Lyons, debe al mismo tiempo comunicarse con los circasianos, y especialmente con su jefe, Shamyl. Lo que el contralmirante Lyons debe comunicarle no lo dice el informe, pero lo cierto es que no puede llevarle lo que más necesita, a saber, armas y municiones, pues los buques de guerra en servicio activo no tienen espacio disponible para mercancías embarcadas por encargo. Dos miserables bergantines o goletas mercantes cargados con esos valiosos artículos serían mucho más aceptables que todo el apoyo moral pero perfectamente inútil de cinco buques de guerra. Al mismo tiempo nos enteramos de que la flota turca ha zarpado hacia el mismo destino, llevando esta vez consigo los artículos necesarios para armar a los circasianos. Así, dos flotas aliadas van en la misma misión, sin saber la una de la otra. Esto sí que es unidad de plan y de acción. Quizá cada una tome a la otra por rusos, y será un espectáculo famoso para los circasianos ver a estas dos escuadras disparándose la una a la otra.

Mientras tanto, las fuerzas terrestres aliadas fraternizan en Galípoli y Escútari a su manera, aniquilando enormes cantidades del fuerte y dulce vino del país. Los que están sobrios se emplean en construir obras de campaña, situadas y construidas de tal modo que nunca serán atacadas ni defendidas. Si se necesitase una prueba de que ni el gobierno británico ni el francés tienen la menor intención de causar un daño serio al amigo Nicolás, se la está dando hasta a los más ciegos con la manera en que hacen pasar el tiempo a las tropas. Para tener un pretexto para mantener a sus tropas alejadas del campo de acción, los comandantes aliados las ponen a cavar una línea continua de obras de campaña a través del istmo del Quersoneso Tracio. Todo el mundo, y en particular cualquier ingeniero francés, sabe que las líneas continuas de defensa deben ser rechazadas en la fortificación de campaña en casi todas las circunstancias; pero estaba reservado al ejército anglo-francés de Galípoli emplear líneas continuas en un terreno cuyas dos terceras partes están dominadas por alturas situadas en el lado por donde se espera al enemigo. Sin embargo, como el sistema de la lentitud no puede mantenerse sin hacer al menos un progreso como de caracol, se nos informa de que 15.000 franceses han de ir a Varna, ¿para formar qué? La guarnición de la plaza. ¿Y para hacer qué? Para morir de fiebre y tercianas. Ahora bien, si esta guerra tiene algún sentido, los jefes deben saber que aquello de lo que carecen los turcos es el arte de maniobrar en campo abierto, arte en el que, a su vez, las tropas anglo-francesas son maestras, y que, en cambio, los turcos son aptos para la defensa de murallas, terraplenes e incluso brechas, frente a los asaltantes, en un grado que ni los británicos ni los franceses pueden pretender. Por lo tanto, y porque Varna, con una guarnición turca, hizo lo que ninguna fortaleza había hecho antes, a saber, resistir durante veintinueve días después de que se hubieran abierto tres brechas practicables en el terraplén — por eso se saca a los turcos, a medio disciplinar, de Varna y se les envía a hacer frente a los rusos en campo abierto, mientras que a los bien adiestrados franceses, brillantes en el ataque pero poco firmes en una defensa prolongada, se les envía a guardar los terraplenes de Varna.

Otros informes nos dicen que todos estos movimientos no son más que un engaño. Afirman que se están preparando grandes cosas. Las tropas combinadas no tienen la intención de actuar en los Balcanes, sino que deben ejecutar, con la ayuda de las flotas, proezas formidables sobre la retaguardia de los rusos. Deben desembarcar en Odesa, cortar la retirada del enemigo y unirse en su retaguardia con los austriacos en Transilvania. Además, han de enviar destacamentos a Circasia; por último, han de proporcionar de 15 a 20.000 hombres para el ataque a Sebastopol por el lado de tierra, mientras las flotas fuerzan el puerto. Si se echa una ojeada a toda la historia pasada de la guerra y a las transacciones diplomáticas que la precedieron, sin duda se desecharán pronto estos rumores. Llegaron de Constantinopla poco después de la llegada del mariscal Leroy, comúnmente llamado Saint-Arnaud. Quien conozca la historia pasada de este sujeto reconocerá en estas bravatas al hombre que se abrió paso a fuerza de bravatas hasta el rango que ocupa, aunque tres veces expulsado del ejército como oficial.

En resumidas cuentas, esta guerra se reduce a lo siguiente: Inglaterra, y sobre todo Francia, están siendo arrastradas, “inevitable aunque de mala gana”, a empeñar la mayor parte de sus fuerzas en Oriente y en el Báltico, es decir, en dos alas avanzadas de una posición militar que no tiene centro más acá de Francia. Rusia sacrifica sus costas, sus flotas y parte de sus tropas para inducir a las potencias occidentales a empeñarse por completo en este movimiento antiestratégico. Tan pronto como esto se haya conseguido, tan pronto como el número necesario de tropas francesas haya sido enviado a países alejados de los suyos, Austria y Prusia se declararán a favor de Rusia y marcharán inmediatamente con fuerzas superiores sobre París. Si este plan tiene éxito, no hay fuerza a disposición de Luis Napoleón capaz de resistir el choque. Pero hay una fuerza que puede “movilizarse” en cualquier emergencia, y que también puede “movilizar” a Luis Bonaparte y a sus secuaces como ha movilizado a muchos gobernantes antes. Esa fuerza es capaz de resistir todas estas invasiones, y ya lo ha demostrado una vez ante la Europa coaligada; y esa fuerza, la Revolución, téngase por seguro, no faltará el día en que se requiera su acción.

K.M.