(Según se publicó en el “People's Paper”)

The People's Paper,
núm. 77, 22 de octubre de 1853

Lord Palmerston.

Primer artículo.

Ruggiero se ve fascinado una y otra vez por los falsos encantos de Alcina, que él sabe ocultan a una vieja bruja —«Sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada»—, y el caballero andante no puede evitar enamorarse de nuevo de aquella que sabe ha convertido a todos sus anteriores adoradores en asnos y otras bestias. El público inglés es otro Ruggiero, y Palmerston es otra Alcina. Aunque septuagenario y ocupando la escena pública, casi sin interrupción, desde 1807, se las arregla para seguir siendo una novedad y evocar todas las esperanzas que solían concentrarse en un joven inexperto y prometedor. Con un pie en la tumba, se supone que aún no ha comenzado su verdadera carrera. Si muriese mañana, toda Inglaterra se sorprendería al enterarse de que ha sido Secretario de Estado durante media centuria.

Si no es un buen estadista de toda obra, es al menos un buen actor de toda obra. Triunfa en lo cómico igual que en lo heroico; en el patetismo como en la familiaridad; en la tragedia como en la farsa, aunque esta última pueda ser más afín a sus sentimientos. No es un orador de primera clase, pero sí un polemista consumado. Dotado de una memoria prodigiosa, de gran experiencia, de un tacto consumado, de una presencia de ánimo inagotable, de una versatilidad caballerosa, del más minucioso conocimiento de las artimañas, intrigas, partidos y hombres del parlamento, maneja las cuestiones difíciles de modo admirable y con una volubilidad agradable, ateniéndose a los prejuicios y susceptibilidades de su público, a resguardo de toda sorpresa por su cínico descaro, de toda confesión propia por su egoísta destreza, de caer en un arrebato de pasión por su profunda frivolidad, su perfecta indiferencia y su aristocrático desprecio. Siendo un bromista extraordinariamente feliz, se congracia con todo el mundo. Como nunca pierde los estribos, se impone a un antagonista apasionado. Cuando no logra dominar un asunto, sabe jugar con él. Si carece de visiones generales, está siempre dispuesto a tejer generalidades elegantes.

Dotado de un espíritu inquieto e infatigable, aborrece la inactividad y languidece por la agitación, ya que no por la acción. Un país como Inglaterra le permite, por supuesto, ocuparse de cada rincón de la tierra. No busca la sustancia del éxito, sino la mera apariencia de él.

Si no puede hacer nada, inventará cualquier cosa. Donde no se atreve a intervenir, se entremete. Incapaz de rivalizar con un enemigo fuerte, improvisa uno débil.

Como no es hombre de designios profundos, ni medita combinaciones de larga data, ni persigue un gran objeto, se embarca en dificultades con la mira de desenredarse de manera vistosa. Necesita complicaciones para alimentar su actividad, y cuando no las encuentra listas, las crea. Se deleita con conflictos de exhibición, batallas de exhibición, enemigos de exhibición, notas diplomáticas que intercambiar, buques a los que ordenar zarpar, todo este movimiento culminando para él en violentos debates parlamentarios que con seguridad le preparan un éxito efímero, el objeto constante y único de todos sus afanes. Maneja los conflictos internacionales como un artista, llevando las cosas hasta un cierto punto y retirándose cuando amenazan volverse serias, pero habiendo obtenido, en todo caso, la excitación dramática que desea. A sus ojos, el movimiento mismo de la historia no es sino un pasatiempo inventado expresamente para la satisfacción privada del noble vizconde Palmerston de Palmerston.

Cediendo a la influencia extranjera en los hechos, la combate con palabras. Habiendo heredado de Canning la misión de Inglaterra de propagar el constitucionalismo en el continente, nunca le falta un tema para excitar los prejuicios nacionales y, al mismo tiempo, contrarrestar la revolución en el extranjero y mantener despierta la suspicaz envidia de las potencias extranjeras. Habiendo logrado de esta fácil manera convertirse en la bête noire de las cortes continentales, no podía menos de ser erigido en el ministro verdaderamente inglés en casa. Aunque de origen tory, ha sabido introducir en la dirección de los asuntos exteriores todas las farsas y contradicciones que constituyen la esencia del whiggismo. Sabe conciliar una fraseología democrática con puntos de vista oligárquicos, cubrir la política pacifista de las clases medias con el lenguaje altivo del pasado aristocrático de Inglaterra, aparecer como el agresor donde disimula y como el defensor donde traiciona, manejar a un enemigo aparente y exasperar a un aliado fingido, encontrarse, en el momento oportuno de la disputa, del lado del más fuerte contra el débil, y pronunciar palabras valientes en el acto mismo de huir.

Acusado por un partido de estar a sueldo de Rusia, el otro lo sospecha de carbonarismo. Si en 1848 tuvo que defenderse contra la moción de impeachment por haber actuado como ministro de Nicolás, en 1850 tuvo la satisfacción de ser perseguido por una conspiración de embajadores extranjeros, que triunfó en la Cámara de los Lores pero fracasó en la de los Comunes. Si traicionó a los pueblos extranjeros, lo hizo con gran cortesía —la cortesía es la moneda menuda del diablo, con la que paga la sangre vital de sus ilusos—. Si los opresores siempre contaron con su apoyo activo, a los oprimidos nunca les faltó una gran ostentación de su generosidad retórica. Polacos, italianos, húngaros, alemanes, lo encontraban en el poder cada vez que eran aplastados, pero sus déspotas siempre sospechaban de él una conspiración secreta con las víctimas que habían permitido que él hiciera. Hasta ahora, en todos los casos, era una posibilidad probable de éxito tenerlo por adversario, y una posibilidad segura de ruina tenerlo por amigo. Mas si este arte de la diplomacia no resplandece en los resultados reales de sus negociaciones exteriores, tanto más brilla en la construcción que indujo al pueblo inglés a darles, aceptando frases como hechos, fantasías como realidades y pretextos altisonantes como mezquinos motivos.

Henry John Temple, vizconde Palmerston, cuyo título deriva de una nobleza de Irlanda, fue nombrado Lord del Almirantazgo en 1807, al formarse la administración del duque de Portland. En 1809 pasó a ser Secretario de Guerra y continuó ocupando este cargo hasta mayo de 1828. En 1830 se pasó, con gran habilidad por cierto, a los whigs, quienes lo hicieron su Secretario Permanente de Asuntos Exteriores. Salvo los intervalos de administración tory, desde noviembre de 1834 hasta abril de 1835 y desde 1841 hasta 1846, él es responsable de toda la política exterior que ha seguido Inglaterra desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.

¿No es muy curioso encontrar, a primera vista, que ese quijote de las «instituciones libres» y ese Píndaro de las «glorias del sistema constitucional», fuese miembro permanente y eminente de las administraciones tories del señor Perceval, del conde de Liverpool, del señor Canning, de lord Goderich y del duque de Wellington, durante la larga época de la guerra antijacobina, de la monstruosa deuda contraída, de las leyes de cereales promulgadas, de los mercenarios extranjeros apostados en suelo inglés, del pueblo —para tomar una expresión de su colega lord Sidmouth— «sangrado» una y otra vez, de la prensa amordazada, de las reuniones suprimidas, de la masa de la nación desarmada, de la libertad individual suspendida junto con la jurisdicción regular, de todo el país colocado como en estado de sitio —en una palabra, durante la más infame y más reaccionaria época de la historia inglesa?

Su debut en la vida parlamentaria es característico. El 3 de febrero de 1808 se levantó para defender… ¿qué?… el secreto en la conducción de la diplomacia y el acto más deshonroso jamás cometido por una nación contra otra, a saber, el bombardeo de Copenhague y la captura de la flota danesa, en el momento en que Inglaterra declaraba estar en profunda paz con Dinamarca. En cuanto al primer punto, declaró que «en este caso particular los ministros de Su Majestad están obligados (¿por quién?) al secreto»; pero fue más lejos: «También me opongo, en general, a hacer pública la conducción de la diplomacia, porque las revelaciones en ese departamento tienden a cerrar futuras fuentes de información». Vidocq habría defendido la misma causa en los mismos términos. En cuanto al acto de piratería, aunque admitiendo que Dinamarca no había evidenciado hostilidad alguna hacia Gran Bretaña, sostuvo que era correcto bombardear su capital y robar su flota, porque era preciso impedir que la neutralidad danesa pudiera, tal vez, convertirse en hostilidad abierta por la compulsión de Francia. Tal fue el nuevo derecho de gentes proclamado por milord Palmerston.

Cuando vuelve a perorar, encontramos a ese ministro inglés por excelencia empeñado en la defensa de tropas extranjeras traídas del continente a Inglaterra con la misión expresa de mantener por la fuerza el dominio oligárquico, para establecer el cual había venido Guillermo en 1688 desde Holanda con sus tropas holandesas. Palmerston respondió a los fundados «temores por las libertades del país» originados por la presencia de la Legión Alemana del Rey, de manera muy impertinente: «¿Por qué no habríamos de tener en casa a 16,000 de esos extranjeros, cuando sabéis que empleamos “una proporción mucho mayor de extranjeros en el extranjero”?» (Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1812.)

Cuando similares temores por la constitución surgieron a causa del gran ejército permanente mantenido desde 1815, encontró «una protección suficiente de la constitución en la constitución misma de nuestro ejército», pues una gran proporción de sus oficiales eran «hombres de propiedad y de relaciones». (Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816.)

Cuando se atacó al gran ejército permanente desde el punto de vista financiero, hizo el curioso descubrimiento de que «gran parte de nuestros apuros financieros habían sido causados por nuestro anterior bajo establecimiento de paz». (Cámara de los Comunes, 25 de abril de 1816.)

Cuando se contrastaban las «cargas del país» y la «miseria del pueblo» con el derrochador gasto militar, recordó al parlamento que esas cargas y esa miseria «eran el precio que nosotros (es decir, la oligarquía inglesa) acordamos pagar por nuestra libertad e independencia». (Cámara de los Comunes, 16 de mayo de 1820.)

A sus ojos, el despotismo militar era de temer únicamente de los esfuerzos de «esos autollamados pero descarriados reformadores, que exigen esa clase de reforma en el país que, según todo primer principio de gobierno, debe terminar, si se consintiera en ella, en un despotismo militar». (Cámara de los Comunes, 14 de junio de 1820.)

Mientras los grandes ejércitos permanentes eran así su panacea para mantener la constitución del país, la flagelación era su panacea para mantener la constitución del ejército. La defendió en los debates sobre la Ley de Amotinamiento, el 5 de marzo de 1824; la declaró «absolutamente indispensable» el 11 de marzo de 1825; la volvió a recomendar el 10 de marzo de 1828; la mantuvo en los debates de abril de 1833, y demostró ser un aficionado a la flagelación en cada ocasión subsiguiente.

No había abuso en el ejército para el cual no encontrase razones plausibles, si acaso fomentaba los intereses de los parásitos aristocráticos. Así, por ejemplo, en los debates sobre la venta de los despachos. (Cámara de los Comunes, 12 de marzo de 1828.)

A lord Palmerston le gusta hacer alarde de sus constantes esfuerzos por el establecimiento de la libertad religiosa. Pues bien, votó en contra de la moción de lord Russell para la derogación de las leyes de Prueba y de Corporaciones. ¿Por qué? Porque era «un cálido y celoso amigo de la libertad religiosa» y no podía, por lo tanto, permitir que los disidentes fuesen aliviados de «agravios imaginarios, mientras que aflicciones reales oprimían a los católicos». (Cámara de los Comunes, 26 de febrero de 1828.)

The People's Paper,
Núm. 78, 29 de octubre de 1853

Segundo artículo.

Para probar su celo por la libertad religiosa, nos informa de su «pesar al ver el número creciente de los disidentes. Es mi deseo que la Iglesia Establecida sea la Iglesia predominante en este país», y es su deseo «que la Iglesia Establecida sea alimentada a expensas de los incrédulos». Su jocosa señoría acusa a los disidentes ricos de proporcionar iglesias para los pobres, mientras que «en la Iglesia de Inglaterra son los pobres los únicos que sienten la falta de alojamiento eclesiástico … Sería absurdo decir que los pobres deberían sufragar iglesias de sus pequeños ingresos». (Cámara de los Comunes, 9 de abril de 1824.)

Sería, por supuesto, aún más absurdo decir que los miembros ricos de la Iglesia Establecida deberían sufragar la iglesia con sus grandes ingresos.

Veamos ahora sus esfuerzos por la Emancipación Católica, uno de sus grandes «títulos» a la gratitud del pueblo irlandés. No me detendré en la circunstancia de que, habiéndose declarado partidario de la Emancipación Católica cuando era miembro del Ministerio Canning, ingresara sin embargo en el Ministerio Wellington, declaradamente hostil a esa emancipación. Quizá lord Palmerston consideraba la libertad religiosa como uno de los Derechos del Hombre, en los que la Legislatura no debía inmiscuirse. Él mismo puede responder: «Aunque deseo que se tomen en consideración las reclamaciones católicas, jamás admitiré que esas reclamaciones se basen en el derecho … Si pensara que los católicos pedían lo que es su derecho, yo, por mi parte, no formaría parte de la comisión.» (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

¿Y por qué se opone a que pidan su derecho? «Porque la Legislatura de un país tiene el derecho de imponer a cualquier clase de la comunidad las incapacidades políticas que considere necesarias para la seguridad y el bienestar del conjunto … Esto forma parte de los principios fundamentales sobre los que se basa el gobierno civilizado.» (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

He ahí la confesión más cínica que jamás se haya hecho: que la masa del pueblo no tiene derecho alguno, sino que se le puede permitir la dosis de inmunidades que la Legislatura —o, en otras palabras, la clase gobernante— considere conveniente otorgarle. En consecuencia, lord Palmerston declaró paladinamente: «La Emancipación Católica es una medida de gracia y favor.» (Cámara de los Comunes, 10 de febrero de 1829.)

Fue, pues, enteramente por razones de conveniencia que se dignó poner fin a las incapacidades católicas. ¿Y qué se ocultaba detrás de esta conveniencia?

Siendo él mismo uno de los grandes propietarios irlandeses, quería alimentar el espejismo de que «no son posibles otros remedios para los males irlandeses que la Emancipación Católica», de que ésta curaría el absentismo y resultaría un sustituto de las Leyes de Pobres. (Cámara de los Comunes, 18 de marzo de 1829.)

El gran filántropo, que más tarde limpiaría sus fincas irlandesas de sus nativos irlandeses, no podía permitir que la miseria irlandesa ensombreciera, ni por un momento, con sus nubes nefastas, el brillante cielo de los terratenientes y los señores del dinero. «Es cierto —dijo— que el campesinado de Irlanda no disfruta de todas las comodidades de que goza el campesinado de Inglaterra» (¡y pensar en todas las comodidades que disfruta una familia con 7 chelines a la semana!). «Sin embargo —continúa—, sin embargo, el campesino irlandés tiene sus comodidades … Está bien provisto de combustible, y rara vez (sólo cuatro días de cada seis) carece de alimento. ¡Qué comodidad! Pero no es toda la comodidad que tiene … ¡tiene una alegría de espíritu mayor que su compañero de sufrimientos inglés!» (Cámara de los Comunes, 7 de mayo de 1829.)

En cuanto a las extorsiones de los terratenientes irlandeses, las trata con la misma agradable ligereza que las comodidades del campesinado irlandés. «Se dice que el terrateniente irlandés exige la renta más alta posible que se pueda arrancar. Pues bien, señor, creo que eso no es una circunstancia singular; ciertamente, en Inglaterra el terrateniente hace lo mismo.» (Cámara de los Comunes, 7 de mayo de 1829.)

¿Hemos de sorprendernos, entonces, de que el hombre tan profundamente interesado en los misterios de las «glorias de la constitución inglesa» y de las «comodidades de sus libres instituciones» aspire a difundirlas por todo el Continente?

Cuando el movimiento reformista se hizo irresistible, lord Palmerston abandonó a los tories y se deslizó al campo de los whigs. Aunque había vislumbrado el peligro de que surgiera el despotismo militar, no de la presencia de la legión alemana del rey en suelo inglés, ni del mantenimiento de grandes ejércitos permanentes, sino únicamente de los «autodenominados reformadores», ya en 1828 patrocinó la extensión del derecho de voto a grandes centros industriales como Birmingham, Leeds y Manchester. ¿Pero por qué? «No porque sea amigo de la Reforma en principio, sino porque soy su enemigo declarado.»

Se había persuadido de que algunas concesiones oportunas hechas al desmesurado interés manufacturero podían ser el medio más seguro de evitar «la introducción de una reforma general». (Cámara de los Comunes, 27 de junio de 1828.) Una vez aliado con los whigs, ni siquiera simuló que el Proyecto de Reforma pretendiera romper las estrechas trabas de la Constitución veneciana; sino que, por el contrario, buscaba el aumento de su fuerza y solidez, desvinculando a las clases medias de la oposición popular. «Los sentimientos de las clases medias cambiarán, y su insatisfacción se convertirá en ese apego a la constitución que le dará un vasto aumento de fuerza y solidez.» Consoló a los pares con la perspectiva de que el Proyecto de Reforma no pondría realmente en peligro la «influencia de la Cámara de los Lores» ni su «interferencia en las elecciones». Dijo a la aristocracia que la constitución no había de perder su carácter feudal, «siendo el interés territorial la gran base sobre la que descansa el edificio de la sociedad y las instituciones del país». Acalló sus temores lanzando la insinuación irónica de que «se nos ha acusado de no ser sinceros ni de corazón en nuestro deseo de dar al pueblo una representación real», de que «se decía que solo proponíamos dar un tipo diferente de influencia a la aristocracia y al interés territorial». Llegó incluso a reconocer que, además de la inevitable concesión que había de hacerse a las clases medias, la «privación del derecho electoral» —es decir, la privación del derecho electoral de los viejos burgos podridos tories en beneficio de los nuevos burgos whigs— «era el principio capital y rector del Proyecto de Reforma». (Cámara de los Comunes, 24 de marzo de 1831 y 14 de mayo de 1832.)

Es hora ya de volver a las actuaciones del noble lord en la rama exterior de la política:

En 1823, cuando, a consecuencia de las resoluciones del Congreso de Verona, un ejército francés marchó sobre España para derrocar la constitución de ese país y entregarlo a la despiadada venganza del idiota borbónico y su séquito de monjes fanáticos, lord Palmerston desdeñó toda «cruzada quijotesca por principios abstractos», toda intervención «en favor del pueblo», cuya heroica resistencia había salvado a Inglaterra de la dominación de Napoleón. Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus adversarios whigs son un vivo y fiel retrato de su propia política exterior, después de haberse convertido en ministro de Asuntos Exteriores permanente de quienes entonces eran sus oponentes. Dijo:

«Algunos habrían querido que empleáramos amenazas en la negociación, sin estar preparados para ir a la guerra si la negociación fracasaba. Haber hablado de guerra y haber tenido la intención de mantener la neutralidad; haber amenazado con un ejército y haberse retirado detrás de un documento oficial; haber blandido la espada del desafío en la hora de la deliberación y haber terminado con un puñado de protestas el día de la batalla, habría sido la conducta de un matón cobarde, y nos habría convertido en objeto de desprecio y en la irrisión de Europa.» (Cámara de los Comunes, 30 de abril de 1823.)

Llegamos, por fin, a los debates greco-turcos, que brindaron a lord Palmerston la primera oportunidad de desplegar su talento sin par como defensor incondicional y perseverante de los intereses rusos, en el Gabinete y en la Cámara de los Comunes. Uno tras otro, repitió todas las consignas lanzadas por Rusia: la crueldad turca, la civilización griega, la libertad religiosa, el cristianismo, etc. Al principio lo encontramos repudiando, en su calidad de ministro, toda intención de aprobar «una censura» contra la meritoria conducta «del almirante Codrington», que había causado la destrucción de la flota turca en Navarino, aunque admite que «esta batalla tuvo lugar contra una potencia con la que no estamos en guerra» y que fue «un acontecimiento desgraciado». (Cámara de los Comunes, 31 de enero de 1828.)

Luego, ya retirado del cargo, inicia la larga serie de sus ataques contra Aberdeen, reprochándole haber sido demasiado lento en ejecutar las órdenes de Rusia.

«¿Ha habido acaso mucha más energía y prontitud en cumplir nuestros compromisos con Grecia? Julio de 1829 se nos echa encima rápidamente, y el tratado de julio de 1827 sigue sin ejecutarse … La Morea, ciertamente, ha sido limpiada de turcos … Pero ¿por qué se detuvo a las armas francesas en el Istmo de Corinto? … La política mezquina de Inglaterra intervino y detuvo su avance … Pero ¿por qué los aliados no tratan con el país al norte del Istmo como lo han hecho con el del sur, y ocupan de inmediato todo lo que debe ser asignado a Grecia? Habría pensado que los aliados ya habían tenido suficiente de negociar con Turquía sobre Grecia.» (Cámara de los Comunes, 1 de junio de 1829.)

El príncipe Metternich, como es bien sabido, se oponía en aquel tiempo a las intrusiones de Rusia, y en consecuencia sus agentes diplomáticos —les recuerdo los despachos de Pozzo di Borgo y del príncipe Lieven— habían sido aconsejados de presentar a Austria como la gran enemiga de la emancipación griega y de la civilización europea, cuyo fomento era el objeto exclusivo de la diplomacia rusa. El noble lord, por supuesto, sigue el camino trillado.

«Por la estrechez de sus miras, los desafortunados prejuicios de su política, Austria casi se redujo al nivel de una potencia de segundo orden»; y a consecuencia de la política contemporizadora de Aberdeen, se presenta a Inglaterra como «la clave de ese arco del que Miguel, España, Austria y Mahmoud forman las partes componentes … El pueblo ve en la demora en ejecutar el tratado de julio no tanto el miedo a la resistencia turca como una invencible repugnancia a la libertad griega.» (Cámara de los Comunes, 11 de junio de 1829.)

De nuevo ataca a Aberdeen por su diplomacia antirrusa: «Yo, por mi parte, no me daré por satisfecho con un montón de despachos del gobierno de Inglaterra, que sin duda leerán muy bien y muy suavemente, instando, en términos generales, la conveniencia de conciliar a Rusia, pero acompañados, quizá, de fuertes expresiones de la consideración que Inglaterra guarda hacia Turquía, las cuales, leídas por una parte interesada, podrían fácilmente parecer que significan más de lo que en realidad se pretendía … Me gustaría ver que, mientras Inglaterra adopta una resolución firme —casi el único camino que podía adoptar— de no tomar partido, bajo ningún concepto ni en ningún caso, por Turquía en esa guerra, esa decisión fuera comunicada franca y lealmente a Turquía … Hay tres cosas sumamente despiadadas: el tiempo, el fuego y el sultán.» (Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Llegado a este punto, debo traer a la memoria algunos pocos hechos históricos, para no dejar lugar a dudas sobre el significado de los sentimientos filohelénicos del noble lord.

Rusia, tras apoderarse de Gokcheh, una franja de tierra ribereña del lago Seván que era posesión indiscutible de Persia, exigió como precio de su evacuación que Persia renunciase a sus pretensiones sobre otra porción de su propio territorio, las tierras de Kapan. Persia no cedió, fue invadida, vencida y forzada a suscribir el tratado de Turcomanchai, en febrero de 1828. Según este tratado, Persia tuvo que pagar a Rusia una indemnización de dos millones de libras esterlinas y ceder las provincias de Eriván y Najicheván, incluidas las fortalezas de Eriván y Abassabad; el propósito exclusivo de este arreglo era, como declaró Nicolás, fijar la frontera común por el Araxes, único medio, según dijo, de prevenir toda disputa futura entre los dos imperios, aunque simultáneamente se negó a devolver Talish y Moghan, situados en la orilla persa del Araxes. Finalmente, Persia se comprometió a no mantener ninguna armada en el mar Caspio. Tales fueron el origen y los resultados de la guerra ruso-persa.

En cuanto a la religión y la libertad de Grecia, tanto le importaban entonces a Rusia como le importan ahora al dios de los rusos la llave del “Santo Sepulcro” y la famosa “Cúpula”. Era la política tradicional de Rusia incitar a los griegos a sublevarse y, luego, abandonarlos a la venganza del Sultán. Tan profunda era su simpatía por la regeneración de la Hélade que los trató de rebeldes en el congreso de Verona, reconociendo al Sultán el derecho de excluir toda intervención extranjera entre él y sus súbditos cristianos. Más aún, el zar ofreció “ayudar a la Sublime Puerta a sofocar la rebelión”; proposición que, naturalmente, fue rechazada. Fracasado aquel intento, se volvió hacia las Grandes Potencias con la proposición contraria, “marchar con un ejército sobre Turquía, con el propósito de dictar la paz bajo los muros del Serrallo”. A fin de atarle las manos mediante una especie de acción común, las demás Grandes Potencias concertaron con él un tratado en Londres el 6 de julio de 1827, por el cual se comprometían mutuamente a imponer, si fuese necesario, por las armas, la regulación de las diferencias entre el Sultán y los griegos. Pocos meses después de haber firmado ese tratado, Rusia concluyó otro tratado con Turquía, el de Akkerman, por el que se obligó a renunciar a toda injerencia en los asuntos griegos. Este tratado se produjo después de que Rusia hubiese inducido al príncipe heredero de Persia a invadir los dominios otomanos, y tras haber infligido los mayores agravios a la Sublime Puerta, con intención de empujarla a una ruptura. Pasado todo esto, las resoluciones del tratado de Londres del 6 de julio de 1827 fueron presentadas a la Sublime Puerta por el embajador inglés, o en nombre de Rusia y las demás potencias. En virtud de las complicaciones resultantes de esos fraudes y mentiras, Rusia encontró por fin el pretexto para comenzar la guerra de 1828 y 1829. Esa guerra terminó con el tratado de Adrianópolis, cuyo contenido se resume en las siguientes citas del célebre folleto de McNeill sobre el “Progreso de Rusia en Oriente”: “Por el tratado de Adrianópolis el zar adquirió Anapa y Poti con una considerable extensión de costa en el mar Negro, una porción del pashalik de Akhilska con las fortalezas de Akhilska y Akhilkillak, las islas formadas por las bocas del Danubio, la destrucción estipulada de la fortaleza turca de Georgiova y el abandono por Turquía de la orilla derecha del Danubio hasta una distancia de varias millas del río... En parte por la fuerza y en parte por la influencia del clero, muchos miles de familias armenias fueron trasladadas desde las provincias turcas de Asia a los territorios del zar... Estableció para sus propios súbditos en Turquía una exención de toda responsabilidad ante las autoridades nacionales y cargó a la Sublime Puerta con una deuda inmensa, bajo el nombre de gastos de guerra y pérdidas comerciales—y, finalmente, retuvo Moldavia, Valaquia y Silistria en prenda por el pago... Tras haber impuesto con este tratado a Turquía la aceptación del protocolo del 22 de marzo, que aseguraba la soberanía sobre Grecia y un tributo anual procedente de ese país, Rusia empleó toda su influencia para procurar la independencia de Grecia, la cual fue erigida en Estado independiente, y se nombró presidente al conde Capo d'Istria, que había sido ministro ruso.”

Ésos son los hechos. Obsérvese ahora el cuadro que de ellos pinta la mano de Lord Palmerston: — “Es perfectamente cierto que la guerra entre Rusia y Turquía surgió de agresiones cometidas por Turquía contra el comercio y los derechos de Rusia, y de violaciones de tratados.” — (Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Cuando la encarnación whig del ministerio de Negocios Extranjeros, mejoró aquella declaración: — “El honorable y valeroso miembro (coronel Evans) ha representado la conducta de Rusia como de incesante agresión contra otros Estados desde 1815 hasta el presente. Se ha referido en particular a las guerras de Rusia con Persia y Turquía. Rusia no fue la agresora en ninguna de ellas, y aunque el resultado de la guerra persa fue un engrandecimiento de su poder, no fue ese un resultado por ella buscado... Tampoco en la guerra turca fue Rusia la agresora. Resultaría fatigoso para la Cámara detallar todas las provocaciones que Turquía ofreció a Rusia; pero creo que no cabe duda de que expulsó de su territorio a súbditos rusos, detuvo buques rusos y violó todas las disposiciones del tratado de Akkerman, y luego, ante las quejas presentadas, negó reparación; de suerte que, si alguna vez hubo un motivo justo para ir a la guerra, Rusia lo tuvo para ir a la guerra con Turquía. Sin embargo, en ningún caso adquirió aumento alguno de territorio, al menos en Europa. Sé que hubo una ocupación continuada de ciertos puntos” — (Moldavia y Valaquia son sólo puntos, y las bocas del Danubio meros ceros) — “y algunas adquisiciones adicionales en el Euxino en Asia; pero ella tenía un acuerdo con las demás potencias europeas de que el éxito en esa guerra no conduciría a ningún engrandecimiento en Europa.” — (Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Ahora comprenderán los lectores de ustedes que Sir Robert Peel dijera al noble lord, en sesión pública de la Cámara, que “no sabía a quién representaba”.

The People’s Paper,
núm. 79, 5 de noviembre de 1853

Tercer artículo.

El noble vizconde es generalmente conocido como el caballeresco protector de los polacos, y nunca deja de dar rienda suelta a sus dolorosos sentimientos respecto a Polonia ante las diputaciones que le visitan una vez al año por conducto del “querido, soporífero, mortal” Dudley Stuart, “personaje que pronuncia discursos, aprueba resoluciones, vota mensajes, acude con diputaciones, tiene en todo momento la dosis necesaria de confianza en la persona necesaria y, si es preciso, también lanza tres vítores por la Reina”.

Los polacos llevaban aproximadamente un mes en armas cuando el noble lord entró en el ministerio, en noviembre de 1830. Ya el 8 de agosto de 1831, el Sr. Hunt presentó a la Cámara de los Comunes una petición de la Unión de Westminster en favor de los polacos y “pidiendo la destitución de Lord Palmerston de los consejos de Su Majestad”. El Sr. Hume declaró aquel mismo día que del silencio del noble lord deducía que el gobierno “se proponía no hacer nada por los polacos, sino dejarlos a merced de Rusia”. Lord Palmerston respondió que, “cualesquiera obligaciones impuestas por los tratados existentes, recibirían en todo momento la atención del gobierno”. Ahora bien, ¿qué clase de obligación imponían, en su opinión, a Inglaterra los tratados existentes? “Las pretensiones de Rusia —nos dice él mismo— a la posesión de Polonia llevan la fecha del tratado de Viena.” —(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Y ese tratado hace depender dicha posesión de la observancia de la constitución polaca por el zar; pero “el mero hecho de que este país fuese parte del tratado de Viena no era sinónimo de que garantizásemos que no habría infracción alguna de ese tratado por Rusia.” —(Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834.)

Si se garantiza un tratado, de ningún modo se garantiza la observancia del tratado. Así respondieron los milaneses al emperador Barbarroja: “Habéis tenido nuestro juramento, pero recordad que no juramos cumplirlo.”

Para una cosa, sin embargo, el tratado de Viena es bueno. Otorga al gobierno británico, como una de las partes contratantes, “el derecho de albergar y expresar una opinión sobre todo acto que tienda a violar ese tratado... Las partes contratantes de los tratados de Viena tenían derecho a exigir que no se tocase la constitución de Polonia, y ésta es una opinión que no he ocultado al gobierno ruso. Se la comuniqué por anticipado a ese gobierno antes de la toma de Varsovia y antes de que se conociese el resultado de las hostilidades. Se la comuniqué de nuevo cuando cayó Varsovia. El gobierno ruso, sin embargo, adoptó una visión distinta de la cuestión.” —(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Serenamente anticipa la caída de Polonia y aguarda esa oportunidad para expresar y albergar una opinión sobre ciertos artículos del tratado de Viena, convencido como está de que el magnánimo zar sólo espera a haber aplastado al pueblo polaco por la fuerza de las armas para honrar una constitución pisoteada cuando los polacos disponían aún de ilimitados medios de resistencia. Al mismo tiempo, el noble lord acusa a los polacos de haber “dado el paso innecesario y, en su opinión, injustificable del destronamiento del Emperador”. —(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

“Podría decir también que los polacos fueron los agresores, pues ellos iniciaron la contienda.” —(Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Cuando los temores por la extinción de Polonia se volvieron molestos, declaró que “exterminar a Polonia, sea moral o políticamente, es algo tan perfectamente impracticable que creo innecesario albergar temor alguno de que se intente.” —(Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832.)

Cuando más tarde se le recordaron las descarriadas expectativas así suscitadas, asegura que se le había entendido mal, que lo había dicho no en el sentido político, sino en el sentido pickwickiano de la palabra, queriendo decir que el Emperador de Rusia era incapaz de “exterminar nominal o físicamente a tantos millones de hombres como contenía, en su estado de división, el reino de Polonia.” —(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Cuando la Cámara finge intervenir durante la lucha de los polacos, apela a su responsabilidad ministerial. Cuando el hecho está consumado, les dice con toda calma que “ningún voto de esta Cámara ejercería el menor efecto para hacer revocar la decisión de Rusia.” —(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Cuando las atrocidades cometidas por los rusos tras la caída de Varsovia son denunciadas, recomienda a la Cámara gran ternura hacia el Emperador de Rusia, declarando que “nadie podía lamentar más que él las expresiones que se habían proferido” (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832), que “el actual Emperador de Rusia era un hombre de sentimientos elevados y generosos” —que “en los casos en que ha habido indebida severidad por parte del gobierno ruso hacia los polacos, podemos considerarlo como una prueba de que el poder del Emperador de Rusia está prácticamente limitado, y podemos dar por supuesto que el Emperador, en esas instancias, ha cedido a la influencia de otros, en vez de seguir los dictados de sus sentimientos espontáneos.” —(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833.)

Cuando, por una parte, la suerte de Polonia quedó sellada, y por otra, la disolución del Imperio turco se hizo inminente a causa de la rebelión de Mehemet Alí, aseguró a la Cámara que “los asuntos en general marchaban por un cauce satisfactorio.” —(Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Habiéndose presentado una moción para conceder subsidios a los refugiados polacos, le es «sumamente penoso oponerse a la concesión de cualquier cantidad de dinero a aquellos individuos a la que los sentimientos naturales y espontáneos de todo hombre generoso le llevarían a acceder; pero no es compatible con su deber proponer ninguna concesión de dinero a esas personas desafortunadas.» (Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834.)

El mismo hombre de tierno corazón había sufragado, como veremos más adelante, en gran medida, el coste de la caída de Polonia de los bolsillos del pueblo británico.

El noble lord se ha cuidado mucho de ocultar al Parlamento todos los documentos de Estado sobre la catástrofe polaca. Pero ciertas declaraciones hechas en la Cámara de los Comunes, que él jamás intentó siquiera refutar, no dejan lugar a dudas sobre el juego que desempeñó en aquella funesta época.

Tras estallar la revolución polaca, el cónsul de Austria no abandonó Varsovia, y el gobierno austriaco llegó incluso a enviar a París a un agente polaco, el Sr. Walewski, con la misión de negociar con los gobiernos de Francia e Inglaterra el restablecimiento de un reino polaco. La corte de las Tullerías declaró que «estaba dispuesta a unirse a Inglaterra en caso de que ésta consintiera el proyecto». Lord Palmerston rechazó el ofrecimiento. En 1831, el Sr. de Talleyrand, embajador de Francia en la corte de St. James, propuso un plan de acción combinada por parte de Francia e Inglaterra, pero se topó con una rotunda negativa y con una nota del noble lord en la que decía que «una mediación amistosa en la cuestión polaca sería rechazada por Rusia. Las potencias acababan de rechazar un ofrecimiento similar por parte de Francia; la intervención de las dos cortes de Francia e Inglaterra sólo podría hacerse por la fuerza en caso de que Rusia se negara, y las relaciones amistosas y satisfactorias entre el gabinete de St. James y el de San Petersburgo no permitirían a Su Majestad Británica emprender semejante interferencia. Aún no había llegado el momento de llevar a cabo semejante plan con éxito contra la voluntad de un soberano cuyos derechos eran indiscutibles». Y esto no fue todo. El 23 de febrero de 1848, el Sr. Anstey hizo la siguiente declaración en la Cámara de los Comunes: «Suecia estaba armando su flota con el propósito de hacer una diversión en favor de Polonia y de recuperar para sí las provincias del Báltico que tan injustamente le fueron arrebatadas en la última guerra. El noble lord impartió instrucciones en sentido contrario a nuestro embajador en la corte de Estocolmo, y Suecia suspendió sus armamentos. La corte persa había despachado con un propósito similar un ejército que llevaba tres días de marcha hacia la frontera rusa, bajo el mando del príncipe heredero de Persia. El secretario de la legación en la corte de Teherán, Sir John McNeill, siguió al príncipe a una distancia de tres jornadas de su cuartel general, le dio alcance y allí, bajo instrucciones del noble lord y en nombre de Inglaterra, amenazó a Persia con la guerra si el príncipe daba un paso más hacia la frontera rusa. El noble lord empleó medios semejantes para impedir que Turquía reanudara la guerra por su parte.»

Cuando el coronel Evans pidió la presentación de documentos relativos a la violación por parte de Prusia de su pretendida neutralidad en la guerra ruso-polaca, el noble lord objetó «que los ministros de este país no habían podido presenciar aquel conflicto sin el más profundo pesar, y que para ellos sería sumamente satisfactorio verlo terminar.» (Cámara de los Comunes, 16 de agosto de 1831.)

Ciertamente, él deseaba verlo terminar lo antes posible, y Prusia compartía sus sentimientos.

En una ocasión posterior, el Sr. H. Gally Knight resumió así todos los procedimientos del noble lord respecto a la insurrección polaca: «Hay algo curiosamente contradictorio en la conducta del noble lord cuando se trata de Rusia ... En la cuestión de Polonia, el noble lord nos ha decepcionado una y otra vez. Recordemos que cuando se presionó al noble lord para que se esforzara en favor de Polonia, entonces admitió la justicia de la causa, la justicia de nuestras quejas; pero dijo: “Sólo conténganse por el momento, hay un embajador a punto de partir, de conocidos sentimientos liberales, pueden estar seguros de que haremos todo lo correcto; no harán más que entorpecer su negociación si irritan a la potencia con la que ha de tratar. Así que sigan mi consejo, estén tranquilos ahora y tengan la seguridad de que se logrará mucho.” Confiamos en esas seguridades; el embajador liberal partió; jamás se supo si llegó siquiera a abordar el tema, pero todo lo que obtuvimos fueron las hermosas palabras del noble lord, y ningún resultado.» (Cámara de los Comunes, 13 de julio de 1840.)

Tras desaparecer del mapa de Europa el llamado reino de Polonia, en la ciudad libre de Cracovia quedaba todavía un fantástico resto de nacionalidad polaca. El zar Alejandro, durante la anarquía general resultante de la caída del Imperio francés, no había conquistado el Ducado de Varsovia, sino que simplemente se había apoderado de él, y deseaba, por supuesto, conservarlo, junto con Cracovia, incorporada al ducado por Bonaparte. Austria, que en otro tiempo había poseído Cracovia, deseaba recuperarla. No pudiendo el zar obtenerla para sí y no queriendo cederla a Austria, propuso constituirla en ciudad libre. En consecuencia, el tratado de Viena estipuló en su artículo VI «que la ciudad de Cracovia con su territorio será por siempre una ciudad libre, independiente y estrictamente neutral, bajo la protección de Austria, Rusia y Prusia», y en su artículo IX «que las cortes de Rusia, Austria y Prusia se comprometen a respetar, y a hacer respetar siempre, la neutralidad de la ciudad libre de Cracovia y de su territorio. No se introducirá en ella fuerza armada alguna bajo ningún pretexto».

Inmediatamente después de terminada la insurrección polaca de 1830-31, las tropas rusas entraron repentinamente en Cracovia, ocupación que duró dos meses. Esto, sin embargo, fue considerado como una necesidad transitoria de la guerra, y en la agitación de aquel tiempo se olvidó pronto.

En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por tropas de Austria, Rusia y Prusia, con el pretexto de obligar a las autoridades de Cracovia a entregar a los individuos implicados en la revolución polaca cinco años antes. Se abrogó la constitución de Cracovia, los tres cónsules residentes asumieron la máxima autoridad; se confió la policía a espías austriacos; se derribó el senado; se destruyeron los tribunales; se suprimió la universidad de Cracovia a consecuencia de las prohibiciones impuestas a las provincias vecinas, y se arruinó el comercio de la ciudad libre con los países circundantes.

El 18 de marzo de 1836, al ser interpelado sobre la ocupación de Cracovia, el noble vizconde declaró que dicha ocupación era de carácter meramente transitorio. Dio a los actos de sus tres aliados del Norte una interpretación tan paliativa y apologética que se sintió obligado a detenerse de repente e interrumpir el curso uniforme de su discurso con la solemne declaración: «No me he levantado aquí para defender la medida, que, por el contrario, debo censurar y condenar. Me he limitado a exponer aquellas circunstancias que, aunque no excusan la ocupación forzosa de Cracovia, podrían sin embargo ofrecer una justificación, etc.» Admite que el tratado de Viena obligaba a las tres potencias a abstenerse de dar ningún paso sin el previo consentimiento de Inglaterra, pero «se puede decir con justicia que rindieron un homenaje involuntario a la justicia y a la rectitud de este país, al suponer que jamás daríamos nuestro asentimiento a semejante proceder».

El Sr. Patrick M. Stewart, habiendo descubierto, sin embargo, que existían medios mejores para la preservación de Cracovia que la «abstención de protestar», presentó el 20 de abril de 1836 una moción para que se ordenara al gobierno enviar un representante a la ciudad libre de Cracovia en calidad de cónsul, puesto que ya había allí tres cónsules de las tres potencias del Norte. La llegada conjunta de un cónsul inglés y otro francés a Cracovia constituiría todo un acontecimiento. El noble vizconde, viendo que la mayoría de la cámara estaba a favor de la moción, indujo al Sr. Stewart a retirarla prometiéndole solemnemente que el gobierno «tenía la intención de enviar un agente consular a Cracovia». El 22 de marzo de 1837, al recordarle Lord Dudley Stuart su promesa, el noble lord respondió que «había cambiado de intención, que no había enviado ningún agente consular a Cracovia y que por el momento no pensaba hacerlo». Lord D. Stuart anunció entonces que presentaría una moción para pedir documentos que aclararan tan extraña declaración, pero el noble vizconde consiguió hacer fracasar la moción mediante el sencillo procedimiento de ausentarse y hacer que no hubiera quórum en la cámara.

En 1840, la ocupación «temporal» continuaba, y los habitantes de Cracovia habían dirigido un memorándum a los gobiernos de Francia e Inglaterra, en el que decían, entre otras cosas: «Las desgracias que abruman a la ciudad libre de Cracovia y a sus habitantes son tales que los abajo firmantes no ven otra esperanza para sí mismos y para sus conciudadanos que la poderosa e ilustrada protección de los gobiernos de Francia e Inglaterra. La situación en que se encuentran les da derecho a invocar la intervención de todas las potencias que suscribieron el tratado de Viena.»

Interpelado el 13 de julio de 1840 sobre esta petición de Cracovia, el noble vizconde declaró «que entre Austria y el gobierno británico la cuestión de la evacuación de Cracovia no era más que una cuestión de tiempo». En cuanto a la violación del tratado de Viena, «no había medios de hacer valer por la fuerza las opiniones de Inglaterra, suponiendo que este país estuviera dispuesto a hacerlo, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde no podía tener lugar acción inglesa alguna». Hágase notar que dos días después de esta declaración, el noble lord concluyó un tratado con Rusia, Austria y Prusia para cerrar el Mar Negro a la marina inglesa, probablemente con el fin de que ninguna acción inglesa pudiera tener lugar en aquellos parajes. Fue en ese mismo momento cuando el noble lord renovó una Santa Alianza con aquellas potencias contra Francia.

En cuanto a las pérdidas comerciales sufridas por Inglaterra a consecuencia de la ocupación de Cracovia, el noble lord demostró que «el volumen de las exportaciones totales a Alemania no había disminuido», lo cual, como justamente observó Sir Robert Peel, nada tenía que ver con Cracovia. Respecto a sus intenciones sobre el asunto y al agente consular que había de enviarse a Cracovia, «pensaba que su experiencia sobre la manera en que los honorables caballeros de la oposición habían acogido su desafortunada afirmación (hecha por el noble lord en 1836, para escapar a la censura de una cámara hostil) de que tenía la intención de nombrar un cónsul británico en Cracovia, le justificaba para negarse rotundamente a dar respuesta alguna a semejante pregunta, que pudiera exponerle a ataques injustificables similares». El 17 de agosto de 1846 declaró que «el que el tratado de Viena sea o no ejecutado y cumplido por las grandes potencias de Europa no depende de la presencia de un agente consular en Cracovia». El 28 de enero de 1847, cuando se le volvió a pedir la presentación de documentos relativos al no nombramiento de un cónsul británico en Cracovia, declaró que «el asunto no guardaba conexión necesaria con la discusión sobre la incorporación de Cracovia, y que no veía ventaja alguna en reavivar una discusión enconada sobre un asunto de interés meramente pasajero». Se mantuvo fiel a su opinión sobre la presentación de documentos de Estado, expresada el 17 de marzo de 1837: «Si los documentos se refieren a cuestiones actualmente en consideración, su presentación sería peligrosa; si se refieren a cuestiones ya pasadas, es evidente que no pueden tener utilidad alguna».

El gobierno británico estaba muy exactamente informado de la importancia de Cracovia, no sólo desde el punto de vista político, sino también desde el comercial, pues su propio cónsul en Varsovia, el coronel Duplat, les había informado de que

«Cracovia, desde su elevación a Estado independiente, ha sido siempre el depósito de cantidades muy considerables de mercancías inglesas enviadas allí por el Mar Negro, Moldavia y Galitzia, e incluso vía Trieste; mercancías que después encuentran su camino hacia los países circundantes. Con el correr de los años entró en comunicación ferroviaria con las grandes líneas de Bohemia, Prusia y Austria... Es también el punto central de la importante línea de comunicación ferroviaria entre el Adriático y el Báltico. Entrará en comunicación directa del mismo tipo con Varsovia... Considerando, por tanto, la casi certeza de que todo gran punto del Levante, e incluso de la India y China, encuentre su camino hacia el Adriático, no puede negarse que debe ser de la mayor importancia comercial, incluso para Inglaterra, tener una estación como Cracovia en el centro de la gran red de ferrocarriles que conectan el Continente Occidental y Oriental.»

El propio Lord Palmerston se vio obligado a confesar ante la Cámara que la insurrección de Cracovia de 1846 había sido provocada intencionadamente por las Tres Potencias. «Creo que la entrada original de las tropas austriacas en el territorio de Cracovia fue a consecuencia de una solicitud del gobierno. Pero, entonces, esas tropas austriacas se retiraron. Por qué se retiraron nunca ha sido explicado aún. Con ellas se retiraron el gobierno y las autoridades de Cracovia; la consecuencia inmediata, al menos la temprana, de esa retirada fue el establecimiento de un gobierno provisional en Cracovia.» (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

El 22 de febrero de 1846, el ejército de Austria, y después el de Rusia y Prusia, tomaron posesión de Cracovia. El 26 del mismo mes, el prefecto de Tarnow emitió su proclama llamando a los campesinos a asesinar a sus propietarios y prometiéndoles «una recompensa suficiente, en dinero», proclama a la que siguieron las atrocidades de Galitzia y la masacre de unos 2.000 propietarios. El 12 de marzo apareció la proclama austriaca a los «fieles galitzianos que se han levantado para el mantenimiento del orden y la ley, y han destruido a los enemigos del orden». En la oficial «Gazette» del 28 de abril, el príncipe Federico de Schwarzenberg declaró que «los actos que habían tenido lugar habían sido autorizados por el gobierno austriaco», el cual, por supuesto, actuaba según un plan común con Rusia y con Prusia, el lacayo del zar. Ahora bien, después de que todas estas abominaciones hubieran pasado, Lord Palmerston consideró oportuno declarar en la Cámara: «Tengo una opinión demasiado alta del sentido de justicia y de derecho que debe animar a los gobiernos de Austria, Rusia y Prusia, como para creer que puedan sentir ninguna disposición o intención de tratar a Cracovia de otro modo que como Cracovia tiene derecho a ser tratada por los compromisos de los tratados.» (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

Para el noble lord, el único asunto a mano era deshacerse del parlamento, tocando la sesión a su fin. Aseguró a los Comunes que «por parte del gobierno británico se hará todo para asegurar que se preste el debido respeto a las disposiciones del tratado de Viena». El Sr. Hume, dando rienda suelta a sus dudas sobre la «intención de Lord Palmerston de hacer que las tropas austro-rusas se retiren de Cracovia», el noble lord rogó a la Cámara que no diera crédito a las afirmaciones hechas por el Sr. Hume, ya que él poseía mejor información y estaba convencido de que la ocupación de Cracovia era solo «temporal». Una vez librado el parlamento de 1846, de la misma manera que el de 1853, salió la proclama austriaca del 11 de noviembre de 1846, incorporando Cracovia a los dominios austriacos. Cuando el parlamento volvió a reunirse el 19 de enero de 1847, el Discurso de la Reina le informó de que Cracovia había desaparecido, pero que en su lugar quedaba una protesta por parte del valiente Palmerston. Para privar a esta protesta incluso de la apariencia de un significado, el noble lord se las ingenió en esa misma época para, con ocasión de los matrimonios españoles, enzarzar a Inglaterra en una querella con Francia, a punto de poner a los dos países a la greña, como le echó en cara el Sr. Smith O'Brien. Habiéndose dirigido el gobierno francés a él para su cooperación en una protesta conjunta contra la incorporación de Cracovia, Lord Normanby, bajo instrucciones del noble vizconde, respondió que el ultraje del que Austria había sido culpable al anexionarse Cracovia no era mayor que el de Francia al efectuar un matrimonio entre el Duque de Montpensier y la infanta española, siendo el uno una violación del tratado de Viena, y el otro del tratado de Utrecht. Ahora bien, el tratado de Utrecht, renovado en 1782, fue definitivamente abrogado por la guerra antijacobina; y, por lo tanto, había dejado de existir desde 1792. No había hombre en la Cámara mejor informado de esta circunstancia que el noble lord, ya que él mismo había declarado con ocasión de los bloqueos de México y Buenos Aires, que «las disposiciones del tratado de Utrecht han caducado hace tiempo en las vicisitudes de la guerra, con excepción de la única cláusula relativa a las fronteras de Brasil y la Guayana Francesa, porque esa cláusula había sido expresamente incorporada en el tratado de Viena.»

Aún no hemos terminado con los esfuerzos del noble lord por resistir las usurpaciones de Rusia en Polonia.

Existía un curioso convenio entre Inglaterra, Holanda y Rusia: el llamado empréstito ruso holandés. Durante la guerra antijacobina, el zar Alejandro había contraído un empréstito con los señores Hope y Cía., en Ámsterdam; y después de la caída de Bonaparte, el Rey de los Países Bajos «deseó dar una muestra adecuada de gratitud a las Potencias Aliadas por haber liberado sus territorios» y por haber anexionado a los suyos propios Bélgica, sobre la que no tenía reclamación alguna, y se comprometió —renunciando las otras Potencias a sus pretensiones comunes en favor de Rusia, entonces muy necesitada de dinero— a ejecutar un convenio con Rusia para pagarle por plazos sucesivos los veinticinco millones de florines que debía a los señores Hope y Cía. Inglaterra, para encubrir el robo que había cometido contra Holanda de sus colonias en el Cabo de Buena Esperanza, Demerara, Esequibo y Berbice, se hizo parte de ese convenio y se obligó a pagar una cierta proporción de los subsidios concedidos a Rusia. Esta estipulación pasó a formar parte del tratado de Viena, pero con la expresa condición «de que el pago debería cesar si la unión entre Holanda y Bélgica se rompía antes de la liquidación de la deuda». Cuando Bélgica se separó por revolución de Holanda, por supuesto se negó a pagar su porción a Rusia. Por otro lado, no quedaba, declaró el Sr. Herries, «ni la más mínima sombra de reclamación por parte de Rusia para la continuación de la deuda por parte de Inglaterra». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Lord Palmerston, sin embargo, encontró de lo más natural que «en un momento se pague a Rusia por apoyar la unión de Bélgica con Holanda, y en otro se le pague por la separación de estos países». (Cámara de los Comunes, 16 de julio de 1832.)

Apeló de forma muy trágica a la observancia fiel de los tratados —y sobre todo, del tratado de Viena—; y se las ingenió para sacar adelante un nuevo convenio con Rusia, fechado el 16 de noviembre de 1831, en cuyo preámbulo se declara expresamente que se contrae «en consideración al arreglo general del Congreso de Viena que permanece en plena vigencia».

Cuando el convenio relativo al empréstito ruso holandés se había insertado en el tratado de Viena, el Duque de Wellington exclamó: «Éste es un golpe maestro de diplomacia por parte de Lord Castlereagh; pues Rusia ha sido atada a la observancia del tratado de Viena mediante una obligación pecuniaria.» Por tanto, cuando Rusia retiró su observancia del tratado de Viena con la confiscación de Cracovia, el Sr. Hume propuso suspender todo pago ulterior a Rusia del Tesoro británico. El noble vizconde, no obstante, pensó que aunque Rusia tuviera derecho a violar el tratado de Viena con respecto a Polonia, Inglaterra seguía atada al tratado con respecto a Rusia.

Pero éste no es el incidente más extraordinario del proceder del noble lord. Después de que estallara la revolución belga, y antes de que el parlamento sancionara el nuevo empréstito a Rusia, el noble lord sufragó los costes de la guerra rusa contra Polonia, bajo el falso pretexto de pagar la vieja deuda contraída por Inglaterra en 1815, aunque podemos afirmar, con la autoridad del más grande jurista inglés, Sir E. Sugden, ahora Lord St. Leonards, que «no había un solo punto debatible en esa cuestión, y el gobierno no tenía poder alguno para pagar un chelín del dinero». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.) Y con la autoridad de Sir Robert Peel, que «el noble lord no estaba autorizado por la ley para adelantar el dinero». (Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1832.)

Ahora entendemos por qué el noble lord repite en cada ocasión que «nada puede ser más penoso para un hombre de sentimientos rectos que las discusiones sobre el tema de Polonia».

The People’s Paper,
Núm. 80, 12 de noviembre de 1853
Cuarto Artículo.

Los grandes y eternos temas de la autoglorificación del noble vizconde son los servicios que ha prestado a la causa de la libertad constitucional en todo el continente. El mundo le debe, en efecto, la invención de los reinos «constitucionales» de Portugal, España y Grecia, —tres fantasmas políticos, solo comparables con el homunculus del «Wagner» de Fausto. Portugal, bajo el yugo de esa enorme montaña de carne, Doña María da Gloria, respaldada por un Coburgo, «debe ser considerado como una de las potencias sustantivas de Europa». (Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837.)

En el momento mismo en que el noble vizconde pronunciaba estas palabras, seis navíos de línea británicos anclaban en Lisboa, para defender a la «sustantiva» hija de Don Pedro del pueblo portugués, y ayudarla a destruir la constitución que había jurado defender. España, a disposición de otra María, quien, aunque pecadora notoria, nunca ha encontrado una Magdalena, «nos presenta un poder justo, floreciente e incluso formidable entre los reinos europeos». (Discurso de Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837.)

Formidable, ciertamente, para los tenedores de bonos españoles. El noble lord tiene incluso listas sus razones por haber entregado la patria de Pericles y Sófocles al dominio nominal de un idiota muchacho bávaro. «El Rey Otón pertenece a un país donde existe una Constitución libre.» (Cámara de los Comunes, 8 de agosto de 1832.)

¡Una constitución libre en Baviera, la Beocia alemana! Esto supera la licentia poética del floreo retórico, las «legítimas esperanzas» presentadas por España y el poder «sustantivo» de Portugal. En cuanto a Bélgica, todo lo que Lord Palmerston hizo por ella fue cargarla con una parte de la deuda holandesa, reducirla por la provincia de Luxemburgo, y añadirle una dinastía Coburgo. En cuanto a la entente cordiale con Francia, en decadencia desde el momento en que pretendió darle el acabado mediante la Cuádruple Alianza de 1834, ya hemos visto hasta qué punto el noble lord supo manejarla en el caso de Polonia, y oiremos, más adelante, qué fue de ella en sus manos.

Uno de esos hechos, apenas advertidos por los contemporáneos, pero que marcan ampliamente los límites de las épocas históricas, fue la ocupación militar de Constantinopla por los rusos, en 1833.

El sueño eterno de Rusia se realizó al fin. El bárbaro de las riberas heladas del Neva tenía en sus manos a la lujosa Bizancio y las soleadas orillas del Bósforo. El autoproclamado heredero de los emperadores griegos ocupó, aunque temporalmente, la Roma de Oriente.

«La ocupación de Constantinopla por tropas rusas selló la suerte de Turquía como potencia independiente. El hecho de que Rusia hubiera ocupado Constantinopla, aunque fuera con el propósito (?) de salvarla, fue un golpe tan decisivo a la independencia turca como si la bandera de Rusia ondeara ahora en el Serrallo.» (Discurso de Sir Robert Peel, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

A consecuencia de la desgraciada guerra de 1828-1829, la Puerta había perdido su prestigio ante los ojos de sus propios súbditos. Como es usual en los imperios orientales, cuando el poder supremo se debilita, estallan revueltas triunfantes de los bajes. Ya en octubre de 1831 comenzó el conflicto entre el Sultán y Mehemet Alí, el bajá de Egipto, quien había apoyado a la Puerta durante la insurrección griega. En la primavera de 1832, Ibrahim Bajá, su hijo, condujo su ejército a Siria, conquistó esa provincia, tras la batalla de Homs, cruzó el Tauro, aniquiló al último ejército turco en la batalla de Konya y se puso en marcha hacia Estambul. El Sultán se vio forzado a recurrir a San Petersburgo el 2 de febrero de 1833. El 17 de febrero, el almirante francés Roussin llegó a Constantinopla, hizo representaciones a la Puerta dos días después y se comprometió a lograr la retirada del Bajá en ciertos términos, que incluían el rechazo de la ayuda rusa; pero, sin ayuda como estaba, era, por supuesto, incapaz de hacer frente a Rusia. «Me has llamado y me tendrás.» El 20 de febrero, una escuadra rusa zarpó de Sebastopol, desembarcó una gran fuerza de tropas rusas en las orillas del Bósforo y puso sitio a la capital. Tan ansiosa estaba Rusia por proteger a Turquía que, al mismo tiempo, se despachó a un oficial ruso a los bajes de Erzurum y Trebisonda para informarles de que, en caso de que el ejército de Ibrahim marchara hacia Erzurum, tanto ese lugar como Trebisonda serían inmediatamente protegidos por un ejército ruso. A fines de mayo de 1833, el conde Orloff llegó de San Petersburgo e hizo saber al Sultán que había traído consigo un pequeño pedazo de papel que el Sultán debía firmar, sin la concurrencia de ministro alguno y sin la intervención de ningún agente diplomático acreditado ante la Puerta. De esta manera se urdió y concluyó el famoso tratado de Unkiar Skelessi, por un período de ocho años. En virtud de él, la Puerta concertó una alianza ofensiva y defensiva con Rusia, renunció al derecho de celebrar nuevos tratados con otras potencias, excepto con el consentimiento de Rusia, y confirmó los anteriores tratados ruso-turcos, en especial el de Adrianópolis. Por un artículo secreto anexo al tratado, la Puerta se obligaba «en favor de la Corte Imperial de Rusia a cerrar el estrecho de los Dardanelos, es decir, a no permitir que ningún buque de guerra extranjero lo franqueara bajo pretexto alguno».

¿A quién debía el Zar la ocupación de Constantinopla por sus tropas y el traslado, en virtud del tratado de Unkiar Skelessi, de la sede suprema del Imperio otomano de Constantinopla a San Petersburgo? A nadie más que al Muy Honorable Henry John Vizconde Palmerston, Barón Temple, Par de Irlanda, Miembro del Muy Honorable Consejo Privado de Su Majestad, Caballero de la Gran Cruz de la Muy Honorable Orden del Baño, Miembro del Parlamento y Principal Secretario de Estado de Su Majestad para Relaciones Exteriores.

El tratado de Unkiar Skelessi se concluyó el 8 de julio de 1833. El 11 de julio de 1833, el Sr. H. L. Bulwer presentó una moción para que se presentaran documentos relativos a los asuntos turco-sirios. El noble lord se opuso a la moción, «porque las transacciones a las que se referían los documentos solicitados estaban incompletas, y el carácter de toda la transacción dependería de su desenlace. Como aún no se conocían los resultados, la moción era prematura». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Acusado por el Sr. Bulwer de no haber intervenido en defensa del Sultán contra Mehemet Alí y de no haber impedido así el avance del ejército ruso, comenzó aquel curioso sistema de defensa y de confesión, desarrollado en ocasiones posteriores, cuyos membra disjecta voy a reunir ahora.

«No estaba dispuesto a negar que en la última parte del año anterior el Sultán había solicitado asistencia a este país». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

La Puerta presentó una solicitud formal de asistencia en el curso de agosto. (Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833.)

No, en agosto no. «La solicitud de asistencia naval de la Puerta se había presentado en el mes de octubre de 1832.» (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

No, no fue en octubre. «La Puerta pidió su asistencia en noviembre de 1832.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

El noble lord está tan inseguro del día en que la Puerta imploró su ayuda como Falstaff del número de bribones vestidos de cañamazo que lo atacaron por la espalda, vestidos de verde Kendal. Sin embargo, no está dispuesto a negar que la asistencia armada ofrecida por Rusia fue rechazada por la Puerta y que se recurrió a él. Él se negó a acceder a sus demandas. La Puerta volvió a recurrir al noble lord. Primero envió al Sr. Maurojeni a Londres; luego envió a Nehmik Bajá, quien suplicó la ayuda de una escuadra naval con la condición de que el Sultán se hiciera cargo de todos los gastos de dicha escuadra, y prometiendo, como recompensa futura por ese socorro, la concesión de nuevos privilegios comerciales y ventajas a los súbditos británicos en Turquía. Tan segura estaba Rusia de la negativa del noble lord, que se unió al enviado turco para suplicar a su señoría que concediera el socorro solicitado. Él mismo nos dice: «Era de justicia que declarara que, lejos de haber expresado Rusia celos algunos por el hecho de que este gobierno concediera esa asistencia, el embajador ruso le comunicó oficialmente, mientras la solicitud estaba aún en consideración, que se había enterado de que se había hecho tal solicitud y que, por el interés que Rusia tenía en el mantenimiento y preservación del Imperio turco, sería motivo de satisfacción que los ministros pudieran acceder a dicha solicitud». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

El noble lord permaneció, sin embargo, inexorable a las demandas de la Puerta, aunque respaldado por la misma desinteresada Rusia. Entonces, por supuesto, la Puerta sabía lo que hacía. Comprendió que estaba condenada a hacer del lobo el pastor. Aun así vaciló, y no aceptó la ayuda rusa hasta tres meses después. «Gran Bretaña —dice el noble lord— nunca se quejó de que Rusia concediera esa ayuda, sino que, por el contrario, se alegró de que Turquía hubiera podido obtener un socorro eficaz de cualquier parte.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Cualquiera que sea la época en que la Puerta imploró la ayuda de Lord Palmerston, él no puede sino reconocer: «Sin duda, si Inglaterra hubiera considerado oportuno intervenir, se habría detenido el avance del ejército invasor y no se habría llamado a las tropas rusas». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

¿Por qué, entonces, no «consideró oportuno» intervenir y mantener a los rusos fuera?

Primero alega falta de tiempo. Según su propia declaración, el conflicto entre la Puerta y Mehemet Alí surgió ya en octubre de 1831, mientras que la batalla decisiva de Konya no se libró hasta el 21 de diciembre de 1832. ¿No pudo encontrar tiempo durante todo este período? Ibrahim Bajá obtuvo una gran victoria en julio de 1832, y de nuevo no pudo encontrar tiempo de julio a diciembre. Pero durante todo ese tiempo estuvo esperando una solicitud formal, que, según su última versión, no se hizo hasta el 3 de noviembre. «¿Era entonces —pregunta Sir Robert Peel— tan ignorante de lo que ocurría en el Levante que tenía que esperar una solicitud formal?» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.) Y desde noviembre, cuando se hizo la solicitud formal, hasta la última parte de febrero, transcurrieron otros cuatro largos meses, y Rusia no llegó hasta el 20 de febrero de 1833. ¿Por qué no llegó él?

Pero tiene mejores razones en reserva.

El Bajá de Egipto no era más que un súbdito rebelde, y el Sultán era el Soberano. «Como se trataba de una guerra contra el soberano por parte de un súbdito, y ese soberano estaba en alianza con el Rey de Inglaterra, habría sido incompatible con la buena fe tener comunicación alguna con el Bajá.» (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.) La etiqueta impidió al noble lord detener los ejércitos de Ibrahim. La etiqueta le prohibió dar instrucciones a su cónsul en Alejandría para que usara su influencia con Mehemet Alí. Como el Grande de España, el noble lord habría dejado que la reina se quemara hasta las cenizas antes que infringir la etiqueta e inmiscuirse en las enaguas. Casualmente resulta que el noble lord ya había acreditado, en 1832, cónsules y agentes diplomáticos ante el «súbdito» del Sultán sin el consentimiento del Sultán; que celebró tratados con Mehemet Alí alterando las regulaciones y arreglos existentes en materia de comercio y rentas, y estableciendo otros en su lugar; que lo hizo sin el consentimiento previo de la Puerta, y sin importarle su aprobación posterior. (Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

En consecuencia, se nos dice por Earl Grey, entonces jefe del noble vizconde, que «tenían en ese momento amplias relaciones comerciales con Mehemet Alí, que no les habría interesado perturbar». (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

¡Qué relaciones comerciales con el «súbdito rebelde»!

Pero las escuadras del noble vizconde estaban ocupadas en el Duero y el Tajo, y bloqueando el Escalda, y haciendo de partera en el nacimiento de los imperios constitucionales de Portugal, España y Bélgica, y por lo tanto no estaba en situación de prescindir de un solo barco. (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834, y Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

Pero en lo que insistía el Sultán era precisamente en la ayuda naval. Por mor del argumento, concederemos que el noble lord no podía disponer de un solo buque. Pero hay grandes autoridades que nos aseguran que lo que se necesitaba no era un solo buque, sino una sola palabra de parte del noble lord. Ahí está el almirante Codrington, el destructor de la flota turca en Navarino. «Mehemet Alí —declara— había sentido desde antiguo la fuerza de nuestras representaciones sobre la evacuación de Morea. Había recibido entonces órdenes de la Puerta de resistir todas las solicitudes para inducirlo a evacuarla, so pena de perder la cabeza, y en efecto resistió, pero al fin cedió prudentemente y evacuó Morea.» (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Ahí está el Duque de Wellington. «Si en la sesión de 1832 o 1833, se le hubiera dicho claramente a Mehemet Alí que no debía continuar su contienda en Siria y Asia Menor, se habría puesto fin a la guerra sin el riesgo de permitir que el Emperador de Rusia enviara una flota y un ejército a Constantinopla.» (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

Pero hay autoridades aún mejores. Ahí está el propio noble lord. «Aunque —dice— el gobierno de Su Majestad no accedió a la demanda de asistencia naval del Sultán, se prestó la ayuda moral de Inglaterra; y las comunicaciones hechas por el gobierno británico al Bajá de Egipto, y a Ibrahim Bajá, que comandaba en Asia Menor, contribuyeron materialmente a lograr aquel arreglo (de Kutayah) entre el Sultán y el Bajá, por el cual terminó esa guerra.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.) Ahí está Lord Derby, entonces Lord Stanley, y miembro del gabinete Palmerston, quien «afirma audazmente que lo que detuvo el avance de Mehemet Alí fue la declaración clara de Francia e Inglaterra de que no permitirían la ocupación de Constantinopla por sus tropas». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Así pues, según Lord Derby y el propio Lord Palmerston, no fue la escuadra y el ejército rusos en Constantinopla, sino una declaración clara de parte del agente consular británico en Alejandría, lo que detuvo la marcha victoriosa de Ibrahim sobre Constantinopla y condujo al arreglo de Kutayah, en virtud del cual Mehemet Alí obtuvo, además de Egipto, el bajalato de Siria, de Adana y otros lugares, añadidos como apéndice. Pero el noble lord consideró oportuno no permitir que su cónsul en Alejandría hiciera esa declaración clara hasta después de que el ejército turco fuera aniquilado, Constantinopla invadida por los cosacos, el tratado de Unkiar Skelessi firmado por el Sultán, y embolsado por el Zar.

Si la falta de tiempo y la falta de flotas impidieron al noble lord asistir al Sultán, y una superfluidad de etiqueta refrenar al Bajá, ¿empleó al menos a su embajador en Constantinopla para guardarse de la influencia excesiva de Rusia y mantener su influencia confinada a límites estrechos? Todo lo contrario. Para no obstaculizar los movimientos de Rusia, el noble lord se cuidó muy bien de no tener embajador en absoluto en Constantinopla durante el período más fatal de la crisis.

«Si alguna vez hubo un país en el que el peso y la posición de un embajador fuesen útiles —o un período en el que ese peso y posición pudieran ejercerse ventajosamente— ese país fue Turquía durante los seis meses anteriores al 8 de julio.» (Discurso de Lord Mahon, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Lord Palmerston nos dice que el embajador británico, Sir Stratford Canning, abandonó Constantinopla en septiembre de 1832; que Lord Ponsonby, que se encontraba entonces en Nápoles, fue designado en su lugar en noviembre, y que «las dificultades experimentadas para hacer los arreglos necesarios para su transporte» —aunque un navío de guerra lo esperaba— «y el estado desfavorable del tiempo impidieron que llegara a Constantinopla hasta fines de mayo de 1833». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

El ruso aún no había entrado, y, en consecuencia, se ordenó a Lord Ponsonby que necesitara siete meses para navegar de Nápoles a Constantinopla.

Pero ¿por qué habría de impedir el noble lord que los rusos ocuparan Constantinopla? «Él, por su parte, albergaba grandes dudas de que intención alguna de repartirse el Imperio Otomano entrara en absoluto en la política del gobierno ruso.» (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Por supuesto que no. Rusia no quiere repartirse el imperio, sino quedarse con todo él. Además de la seguridad que Lord Palmerston poseía en esta duda, tenía otra seguridad «en la duda de si entra en la política de Rusia en el presente llevar a cabo el objeto», y una tercera «seguridad» en esta tercera duda, «de si la nación rusa (¡imagínense ustedes una nación rusa!) estaría preparada para esa transferencia de poder, de residencia y de autoridad a las provincias meridionales que sería la consecuencia necesaria de la conquista de Constantinopla por Rusia». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Además de estos argumentos negativos, el noble lord tenía uno afirmativo: «si habían contemplado en silencio la ocupación temporal de la capital turca por las fuerzas de Rusia, era porque tenían plena confianza en el honor y la buena fe de Rusia… El gobierno ruso, al otorgar su ayuda al Sultán, había empeñado su honor, y en esa promesa depositaba la más implícita confianza». (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Tan inaccesible, indestructible, integral, imperecedera, inexpugnable, incalculable, inconmensurable e irremediable; tan ilimitada, denodada e incomparable era la confianza del noble lord, que todavía el 17 de marzo de 1834, cuando el tratado de Unkiar Skelessi se había convertido en un fait accompli, seguía declarando que «en su confianza los ministros no habían sido engañados». No es culpa suya si la naturaleza ha desarrollado su protuberancia de confianza hasta dimensiones por completo anómalas.

The People's Paper,
Nº 81, 19 de noviembre de 1853

Quinto artículo.

El contenido del tratado de Unkiar Skelessi fue publicado por el «Morning Herald» el 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, Sir Robert Inglis preguntó a Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes «si realmente se había concluido un tratado, ofensivo y defensivo, entre Rusia y Turquía. Esperaba que el noble lord estuviera preparado, antes de la prórroga del parlamento, para presentar ante la cámara no sólo los tratados que se hubieran hecho, sino todas las comunicaciones relacionadas con la formación de esos tratados entre Turquía y Rusia». Lord Palmerston respondió que «cuando estuvieran seguros de que un tratado como el aludido existía realmente; y cuando estuvieran en posesión de ese tratado, correspondería entonces a ellos determinar cuál era el curso político que debían seguir… No podía culpársele a él de que los periódicos se adelantaran a veces al gobierno». (Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833.)

Siete meses después asegura que «era perfectamente imposible que el tratado de Unkiar Skelessi, que no debía ser ratificado en Constantinopla hasta el mes de septiembre, le hubiera sido conocido oficialmente en agosto». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Él conocía el tratado, pero no oficialmente. «El gobierno británico se sorprendió al encontrar que cuando las tropas rusas abandonaron el Bósforo, se llevaron consigo ese tratado.» (Discurso de Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.) Sí, el noble lord estaba en posesión del tratado antes de que éste se hubiera concluido.

«Apenas la Puerta lo hubo recibido (a saber, el borrador del tratado de Unkiar Skelessi), el tratado fue comunicado por ésta a la Embajada británica en Constantinopla, implorando nuestra protección contra Ibrahim Bajá y contra Nicolás. La solicitud fue rechazada, pero eso no fue todo. Con atroz perfidia, se puso el hecho en conocimiento del ministro ruso. Al día siguiente, la propia copia del tratado que la Puerta había depositado en la Embajada británica fue devuelta a la Puerta por el embajador ruso, quien irónicamente aconsejó a la Puerta «escoger mejor, en otra ocasión, a sus confidentes».» (Cámara de los Comunes, 8 de febrero de 1848.)

Pero el noble vizconde había obtenido todo lo que le importaba. Fue interpelado con respecto al tratado de Unkiar Skelessi, de cuya existencia no estaba seguro el 24 de agosto de 1833. El 29 de agosto, el parlamento fue prorrogado, recibiendo desde el trono la consoladora afirmación de que «las hostilidades que habían perturbado la paz de Turquía habían terminado, y podían estar seguros de que la atención del rey se dirigiría cuidadosamente a cualquier evento que pudiera afectar el estado actual o la futura independencia de ese imperio».

He aquí la clave de los famosos tratados rusos de julio. En julio se concluyen; en agosto, algo sobre ellos se filtra a través de la prensa pública. Lord Palmerston es interpelado en los Comunes. Él, por supuesto, no sabe nada. El parlamento se prorroga —y cuando vuelve a reunirse, el tratado ha envejecido o, como en 1841, ya ha sido ejecutado, a despecho de la opinión pública.

El parlamento fue prorrogado el 29 de agosto de 1833 y volvió a reunirse el 5 de febrero de 1834. El intervalo entre la prórroga y su nueva reunión estuvo marcado por dos incidentes íntimamente entrelazados entre sí. Por un lado, las flotas unidas de Francia e Inglaterra se dirigieron a los Dardanelos, desplegaron allí la tricolor y la bandera nacional de Inglaterra, navegaron de allí a Esmirna y regresaron desde allí a Malta. Por otro lado, se concluyó un nuevo tratado entre la Puerta y Rusia el 29 de enero de 1834, el tratado de San Petersburgo. Apenas se hubo firmado este tratado, la flota unida fue retirada.

Esta maniobra combinada estaba destinada a engatusar al pueblo británico y a Europa haciéndoles creer que la demostración hostil en los mares y costas turcos, dirigida contra la Puerta por haber concluido el tratado de Unkiar Skelessi, había forzado a Rusia al nuevo tratado de San Petersburgo. Este tratado, al prometer la evacuación de los Principados y reducir los pagos turcos a un tercio de la cantidad estipulada, aparentemente liberaba a la Puerta de algunas obligaciones que le imponía el tratado de Adrianópolis. En todos los demás aspectos, era una ratificación del tratado de Adrianópolis, sin relación alguna con el tratado de Unkiar Skelessi, y sin dejar caer una palabra sobre el paso de los Dardanelos. Por el contrario, los alivios que otorgaba a Turquía eran el precio de compra por la exclusión de Europa, mediante el tratado de Unkiar Skelessi, de los Dardanelos.

«El mismo día en que se realizaba la demostración (de la flota británica), el noble lord dio una garantía al embajador ruso en esta corte, de que este movimiento combinado de las escuadras no tenía en sentido alguno la intención de ser hostil a Rusia, ni debía tomarse como una demostración hostil contra ella; sino que, de hecho, no significaba nada en absoluto. Lo digo con la autoridad de Lord Ponsonby, el propio colega del noble lord, el embajador en Constantinopla.» (Discurso del Sr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Una vez ratificado el tratado de San Petersburgo, el noble lord expresó su satisfacción por la moderación de los términos impuestos por Rusia.

Cuando el Parlamento volvió a reunirse, apareció en el «Globe», el órgano del Foreign Office, un párrafo que afirmaba que «El tratado de San Petersburgo era una prueba bien de la moderación o el buen sentido de Rusia, bien de la influencia que la unión de Inglaterra y Francia, y el lenguaje firme y concertado de esas dos potencias habían adquirido en los consejos de San Petersburgo». («Globe», 24 de febrero de 1834.)

Así se pretendía desviar la atención pública del tratado de Unkiar Skelessi y calmar la animosidad que éste había suscitado en Europa contra Rusia.

Por hábil que fuera la evasiva, no funcionó. El 17 de marzo de 1834, el Sr. Sheil presentó una moción para que «las copias de los tratados entre Turquía y Rusia, y de cualquier correspondencia entre los gobiernos inglés, ruso y turco, respecto de esos tratados, se presentaran ante la cámara». El noble lord se resistió con todas sus fuerzas a esta resolución, y logró frustrarla asegurando a la cámara que «la paz sólo podía preservarse si la cámara depositaba su confianza en el gobierno», y negándose a acceder a la moción. Tan burdamente ineptas fueron las razones que expuso para impedirle presentar los documentos, que Sir Robert Peel lo llamó, en su lenguaje parlamentario, «un razonador muy poco concluyente», y su propio coronel Evans no pudo menos que exclamar: «El discurso del noble lord le pareció el más insatisfactorio que jamás le había oído pronunciar».

Lord Palmerston se esforzó por convencer a la cámara de que, según las garantías de Rusia, el tratado de Unkiar Skelessi debía considerarse «como de reciprocidad», consistiendo esa reciprocidad en que si los Dardanelos se cerraban a Inglaterra en caso de guerra, también se cerrarían a Rusia. La afirmación era completamente falsa, pero de ser cierta, ésta habría sido desde luego una reciprocidad irlandesa, pues era toda de un lado. Para Rusia, cruzar los Dardanelos no es el medio de llegar al Mar Negro, sino, por el contrario, de salir de él.

Lejos de refutar la declaración del Sr. Sheil, de que «la consecuencia del tratado de Unkiar Skelessi era la misma que si la Puerta entregara a Rusia la posesión de los Dardanelos», Lord Palmerston admitió que el tratado cerraba los Dardanelos a los navíos de guerra británicos, y que «bajo sus disposiciones, incluso los barcos mercantes podrían, en efecto, ser prácticamente excluidos del Mar Negro», en caso de una guerra entre Inglaterra y Rusia. Pero si el gobierno actuaba con «templanza», si «no mostraba una desconfianza innecesaria», es decir, si se sometía silenciosamente a todas las ulteriores usurpaciones de Rusia, él se «inclinaba a pensar que el caso en el que ese tratado sería invocado podría no surgir; y que, por lo tanto, en la práctica, quedaría letra muerta». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Además, "las seguridades y explicaciones" que el gobierno británico había recibido de las partes contratantes de aquel tratado contribuyeron grandemente a disipar sus objeciones al mismo. Así pues, no eran los artículos del tratado de Unkiar Skelessi, sino las seguridades que Rusia dio respecto a ellos, no los actos de Rusia, sino su lenguaje, lo que, en su opinión, debía considerar. Sin embargo, como ese mismo día se llamó su atención sobre la protesta del encargado de negocios francés, M. Lagrené, contra el tratado de Unkiar Skelessi, y sobre el lenguaje ofensivo y contumelioso del conde Nesselrode, que respondía en la Gaceta de San Petersburgo que "el Emperador de Rusia actuaría como si la declaración contenida en la nota de M. Lagrené no tuviera existencia alguna", entonces el noble lord, comiéndose sus propias palabras, expuso la doctrina contraria, a saber: que "era en toda ocasión deber del gobierno inglés atender más a los actos de una potencia extranjera que al lenguaje que dicha potencia pudiera sostener sobre cualquier asunto u ocasión particular". En un momento apelaba de los actos de Rusia a su lenguaje, y al siguiente de su lenguaje a sus actos. Aun en 1837 aseguraba que "el tratado de Unkiar Skelessi era un tratado entre dos potencias independientes". (Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837.)

Diez años después, expirado ya con creces el tratado, y estando el noble lord precisamente a punto de representar la comedia del Auténtico Ministro Inglés y del "civis romanus sum", dijo a la Cámara sin ambages: "el tratado de Unkiar Skelessi fue sin duda, en cierto grado, impuesto a Turquía por el conde Orloff, enviado ruso, en circunstancias" —creadas por el propio noble lord— "que hicieron difícil para Turquía negarse a adherirse a él... Otorgó prácticamente al gobierno ruso un poder de injerencia y dictadura en Turquía no compatible con la independencia de aquel Estado". (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Durante todo el curso de los debates sobre el tratado de Unkiar Skelessi, el noble lord, como el payaso de la comedia, tuvo una respuesta de monstruoso tamaño, que debía ajustarse a todas las exigencias y servir a todas las preguntas: la alianza anglo-francesa. Cuando se señalaba con sarcasmo su connivencia con Rusia, replicaba gravemente: "Si las actuales relaciones establecidas entre este país y Francia eran el blanco de esos sarcasmos, sólo diría que contemplaría con sentimientos de orgullo y satisfacción el papel que había desempeñado al propiciar ese buen entendimiento". (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Cuando se exigió la presentación de los documentos relativos al tratado de Unkiar Skelessi, respondió que "Inglaterra y Francia habían cimentado ahora una amistad que no había hecho sino fortalecerse". (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

"No podía sino observar", exclamó sir Robert Peel, "que siempre que el noble lord se veía en dificultades en lo tocante a alguna parte de nuestra política europea, hallaba al punto un expediente listo para escapar, felicitando a la Cámara por la estrecha alianza entre este país y Francia". Al mismo tiempo, el noble lord reforzaba las sospechas de sus oponentes tories de que "Inglaterra se veía compelida a hacer la vista gorda ante una agresión a Turquía que Francia había alentado directamente".

En aquel tiempo, pues, la alianza ostensible con Francia debía encubrir el secreto enfeudamiento a Rusia, del mismo modo que, en 1840, la clamorosa ruptura con Francia debía encubrir la alianza oficial con Rusia.

Mientras el noble lord fatigaba al mundo con pesados infolios de negociaciones impresas sobre los asuntos del imperio constitucional de Bélgica y con amplias explicaciones, verbales y documentales, respecto al "poder sustantivo" de Portugal, hasta este momento ha resultado del todo imposible arrancarle documento alguno relativo a la primera guerra sirio-turca y al tratado de Unkiar Skelessi. Cuando se solicitó por primera vez la presentación de los papeles, el 11 de julio de 1833, "La moción era prematura, las gestiones incompletas y los resultados aún no conocidos". El 24 de agosto de 1833, "el tratado no estaba firmado oficialmente, y él no obraba en su poder". El 17 de marzo de 1834, "Aún proseguían las comunicaciones... las discusiones, si así podía llamarlas, no estaban aún concluidas". Todavía en 1848, cuando el señor Anstey le dijo que, al pedir los papeles, pedía la prueba de la colusión del noble lord con el zar, el caballeresco ministro prefirió matar el tiempo con un discurso de cinco horas a matar la sospecha con documentos que hablasen por sí solos. Y no obstante todo esto, tuvo el cínico descaro de asegurar al señor T. Attwood, el 14 de diciembre de 1837, que "los papeles relacionados con aquel tratado, a saber, el tratado de Unkiar Skelessi, fueron presentados ante la Cámara hace tres años", es decir, en 1834, cuando "la paz sólo podía preservarse" ocultando los papeles a la Cámara. Ese mismo día dijo al señor Attwood que "aquel tratado era un asunto que ya había pasado, que se había concertado por un período limitado, y que, habiendo expirado ese período, su introducción por el honorable miembro era completamente innecesaria e injustificada". Según la estipulación original, el tratado de Unkiar Skelessi debía expirar el 8 de julio de 1841. Lord Palmerston dice al señor Attwood que ya había expirado el 14 de diciembre de 1837.

"¿Qué ardid, qué artificio, qué escapatoria puedes hallar ahora para ocultarte de esta abierta y manifiesta vergüenza? Veamos, escuchemos, Jack: ¿qué ardid tienes ahora?"

The People's Paper,
Núm. 84, 10 de diciembre de 1853

Artículo sexto.

No existe tal palabra en el vocabulario ruso como "honor". En cuanto a la cosa misma, se la considera una quimera francesa.

"Schto takoi honneur? Eto Fransusski chimere", reza un proverbio ruso. Por la invención del honor ruso el mundo está exclusivamente en deuda con milord Palmerston, quien, durante un cuarto de siglo, solía, en cada momento crítico, salir fiador, de la manera más enfática, del "honor" del zar. Así lo hizo al cierre de la sesión de 1853, como al cierre de la sesión de 1833.

Ahora bien, sucede que el noble lord, mientras expresaba "su más implícita confianza en el honor y la buena fe" del zar, acababa de entrar en posesión de documentos, ocultos al resto del mundo, y que no dejaban duda alguna, si alguna existía, sobre la naturaleza del honor y la buena fe rusos.

No necesitaba siquiera rascar al moscovita para encontrar al tártaro. Había atrapado al tártaro en su desnuda abominación. Se halló en posesión de las autoconfesiones de los principales ministros y diplomáticos rusos, quitándose los mantos, soltando sus pensamientos más secretos, desplegando, sin restricción alguna, sus planes de conquista y subyugación, burlándose con desprecio de la imbécil credulidad de las cortes y los ministros europeos, mofándose de los Villèle, de los Metternich, de los Aberdeen, de los Canning y de los Wellington; y tramando, a una, con el salvaje cinismo del bárbaro, mitigado por la cruel ironía del cortesano, cómo sembrar desconfianza contra Inglaterra en París, y contra Austria en Londres, y contra Londres en Viena, cómo ponerlos a todos a mal traer, y cómo convertirlos a todos en meros instrumentos de Rusia.

En la época de la insurrección de Varsovia, los archivos virreinales guardados en el palacio del príncipe Constantino, y que contenían la correspondencia secreta de ministros y embajadores rusos desde comienzos de este siglo hasta 1830, cayeron en manos de los polacos victoriosos. Refugiados polacos llevaron estos papeles primero a Francia y, en un período posterior, el conde Zamoyski, sobrino del príncipe Czartoryski, los puso en manos de lord Palmerston, quien los sepultó en un cristiano olvido. Con estos papeles en sus bolsillos, el noble vizconde se mostró tanto más impaciente por proclamar en el Senado británico y al mundo "su más implícita confianza en el honor y la buena fe del Emperador de Rusia".

No por culpa del noble vizconde aquellos sorprendentes papeles fueron por fin publicados a finales de 1835, a través del famoso "Portfolio". El rey Guillermo IV, fuera lo que fuese en otros aspectos, era un enemigo declaradísimo de Rusia. Su secretario privado, sir Herbert Taylor, estaba íntimamente vinculado con David Urquhart, introduciendo a este caballero ante el propio rey, y desde aquel momento la realeza conspiró con aquellos dos amigos contra la política del ministro "auténticamente inglés".

"Guillermo IV ordenó que los susodichos papeles fueran entregados por el noble lord. Fueron entregados y examinados a la sazón en el castillo de Windsor, y se consideró deseable imprimirlos y publicarlos. Pese a la gran oposición del noble lord, el rey lo obligó a prestar la autoridad del Foreign Office a su publicación, de modo que el editor, que asumió el cargo de revisarlos para la imprenta, no publicó una sola palabra que no llevara la firma o las iniciales adjuntas. Yo mismo he visto las iniciales del noble lord adjuntas a uno de esos documentos, aunque el noble lord ha negado estos hechos. Lord Palmerston fue compelido a poner los documentos en manos del señor Urquhart para su publicación. El señor Urquhart fue el verdadero editor del 'Portfolio'". (Discurso del señor Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tras la muerte del rey, lord Palmerston se negó a pagar al impresor del "Portfolio" y repudió, pública y solemnemente, toda conexión con él por parte del Foreign Office, e indujo, de un modo que se desconoce, al señor Backhouse, su subsecretario, a poner su nombre en aquellas negativas. Leemos en el "Times" del 26 de enero de 1839: "No nos corresponde a nosotros entender cómo pueda sentirse lord Palmerston, pero estamos seguros de que no hay equívoco alguno en cuanto a cómo se sentiría cualquier otra persona en la condición de caballero, y en la posición de ministro, tras la notoriedad dada a la correspondencia entre el señor Urquhart, a quien lord Palmerston destituyó de su cargo, y el señor Backhouse, a quien el noble vizconde ha retenido en el suyo, por el 'Times' de ayer. Jamás hubo un hecho al parecer mejor establecido a través de esta correspondencia que el de que la serie de documentos oficiales contenidos en la conocida publicación llamada el 'Portfolio' fueron impresos y difundidos por autoridad de lord Palmerston, y que su señoría es responsable de la publicación de los mismos, tanto como hombre de Estado ante el mundo político aquí y en el extranjero, cuanto como empleador de los impresores y editores, por la carga pecuniaria que la acompaña".

A consecuencia de su penuria financiera, resultante del agotamiento del tesoro por la desdichada guerra de 1828-29, y de la deuda con Rusia estipulada por el tratado de Adrianópolis, Turquía se vio obligada a extender ese odioso sistema de monopolios por el cual la venta de casi todos los artículos se concedía únicamente a quienes hubieran pagado licencias gubernamentales. Así, un puñado de usureros pudo apoderarse de todo el comercio del país. El señor Urquhart propuso al rey Guillermo IV un tratado comercial que debía concertarse con el sultán, tratado que, al tiempo que garantizaba grandes ventajas al comercio británico, se proponía a la vez desarrollar los recursos productivos de Turquía, devolver la salud a su Erario y emanciparla así del yugo ruso. La curiosa historia de este tratado no puede relatarse mejor que con las palabras del señor Anstey:

El conjunto de la contienda entre lord Palmerston, por un lado, y Mr. Urquhart, por el otro, giraba en torno a este tratado de comercio. El 3 de octubre de 1835, Mr. Urquhart obtuvo su nombramiento como secretario de legación en Constantinopla, que le fue otorgado con el único fin de asegurar allí la adopción del tratado comercial turco. Sin embargo, demoró su partida hasta junio o julio de 1836. Lord Palmerston le insistió para que se marchara. Las instancias para urgir su salida fueron numerosas, pero su respuesta fue invariablemente la siguiente: No marcharé hasta que no tenga este tratado comercial ultimado con la Junta de Comercio y el Foreign Office; entonces lo acompañaré y conseguiré su aceptación en la Puerta ... Finalmente, lord Palmerston dio su aprobación al tratado, y este fue remitido a lord Ponsonby, embajador en Constantinopla. (Entretanto, este último había recibido instrucciones de lord Palmerston de retirar por completo las negociaciones de manos de Mr. Urquhart para asumirlas él mismo, en contra del compromiso contraído con Mr. Urquhart.) Tan pronto como la expulsión de Mr. Urquhart de Constantinopla se hubo llevado a efecto mediante las intrigas del noble lord, el tratado fue arrojado inmediatamente por la borda. Dos años después, el noble lord lo retomó, tributando a Mr. Urquhart ante el Parlamento el cumplido de ser su autor y negándose a sí mismo todo mérito en él. Pero el noble lord había destruido el tratado, falseado en todas sus partes y convertido en ruina del comercio. El tratado original de Mr. Urquhart ponía a los súbditos de Gran Bretaña en Turquía sobre el pie de la nación más favorecida —a saber, los rusos—. Tal como lo alteró lord Palmerston, ponía a los súbditos de Gran Bretaña sobre el pie de los súbditos gravados y oprimidos de la Puerta. El tratado de Mr. Urquhart estipulaba el levantamiento de todos los derechos de tránsito, monopolios, impuestos y derechos, cualquiera que fuese su carácter, salvo los estipulados por el propio tratado. Tal como lo falseó lord Palmerston, contenía una cláusula que declaraba el perfecto derecho de la Sublime Porte a imponer cuantas reglamentaciones y restricciones se le antojaran respecto al comercio. El tratado de Mr. Urquhart dejaba la importación sujeta únicamente al antiguo derecho de tres chelines; el del noble lord elevó el derecho de tres chelines a cinco chelines. El tratado de Mr. Urquhart estipulaba un derecho ad valorem de este modo: que si algún artículo de comercio era tan exclusivamente producción de Turquía que garantizara una venta segura a los precios habitualmente obtenidos bajo el monopolio en los puertos extranjeros, entonces el derecho de exportación, fijado por dos comisionados nombrados por parte de Inglaterra y Turquía, podría ser elevado, de modo que resultara remunerador y produjera ingresos; pero que, en el caso de mercancías producidas en otra parte que no fuera Turquía, y que no tuvieran suficiente valor en los puertos extranjeros para soportar un derecho elevado, se fijaría un derecho más bajo. El tratado de lord Palmerston establecía un derecho fijo de doce chelines ad valorem sobre cada artículo, tanto si soportaba el derecho como si no. El tratado original extendía los beneficios del libre comercio a los buques y productos turcos; el tratado sustituido no contenía estipulación alguna al respecto ... Acuso de estas falsificaciones, acuso también de su ocultación, al noble lord, y además, acuso al noble lord de haber afirmado falsamente ante la Cámara que su tratado era aquel que había concertado Mr. Urquhart.» (Discurso de Mr. Anstey, C. de los C., 23 de febrero de 1848.)

Tan favorable a Rusia y tan lesivo para Gran Bretaña era el tratado tal como lo alteró el noble lord, que algunos comerciantes ingleses en el Levante resolvieron comerciar en adelante bajo la protección de firmas rusas, y otros, según relata Mr. Urquhart, sólo se vieron impedidos de hacerlo por cierta especie de orgullo nacional.

En cuanto a las relaciones secretas entre el noble lord y Guillermo IV, Mr. Anstey declaró a la Cámara: «El rey forzó la cuestión del avance de las intrusiones rusas en Turquía a la atención del noble lord … Puedo probar que el noble lord se veía obligado a recibir las directrices en este asunto del secretario privado del difunto rey, y que su permanencia en el cargo dependía de su conformidad con los deseos del monarca … El noble lord resistió, en una o dos ocasiones, hasta donde se atrevió, pero su resistencia era invariablemente seguida de expresiones abyectas de contrición y condescendencia. No me atreveré a afirmar que, en una ocasión, el noble lord estuviera realmente fuera del cargo por un día o dos, pero puedo decir que el noble lord corrió peligro de ser expulsado del cargo de la manera más desconsiderada en aquella ocasión. Me refiero al descubrimiento que el difunto rey había hecho de que el noble lord consultaba los deseos del gobierno ruso en cuanto a la elección de un embajador inglés en la corte de San Petersburgo, y que sir Stratford Canning, originalmente destinado a la embajada, fue desplazado para dejar lugar al difunto conde de Durham, un embajador más del agrado del zar.» —(C. de los C., 23 de febrero de 1848.)

Es uno de los hechos más asombrosos que, mientras el rey luchaba en vano contra la política rusa del noble lord, el noble lord y sus aliados whigs consiguieron mantener viva la sospecha pública de que el rey —que era conocido como tory— estaba paralizando los esfuerzos antirrusos del ministro «verdaderamente inglés». La pretendida predilección tory del monarca por los principios despóticos de la corte rusa se utilizaba, por supuesto, para explicar la política, de otro modo inexplicable, de lord Palmerston. Los oligarcas whigs sonreían misteriosamente cuando H. L. Bulwer informó a la Cámara de que «no hace más que las pasadas Navidades, el conde Apponyi, embajador austríaco en París, declaró, hablando de los asuntos de Oriente, que esta corte abrigaba un temor mayor a los principios franceses que a la ambición rusa.» —(C. de los C., 11 de julio de 1833.)

Volvieron a sonreír cuando Mr. T. Attwood interrogó al noble lord «qué recibimiento había tenido en la corte de Su Majestad el conde Orloff, que había sido enviado a Inglaterra tras el tratado de Unkiar Skelessi.» —(C. de los C., 28 de agosto de 1833.)

Los documentos confiados por el rey moribundo y su secretario, el difunto sir Herbert Taylor, a Mr. Urquhart «con el propósito de vindicar, en la ocasión oportuna, la memoria de Guillermo IV», arrojarán, cuando se publiquen, nueva luz sobre la pasada carrera del noble lord y de la oligarquía whig, de la que el público en general no conoce apenas más que la historia de sus pretensiones, de sus frases y de sus llamados principios; en una palabra, la parte teatral y ficticia: la máscara.

Esta es una ocasión oportuna para hacer justicia a Mr. David Urquhart, el infatigable antagonista durante veinte años de lord Palmerston, que ha demostrado ser su único adversario, alguien a quien no se ha podido intimidar para que callara, sobornar para que se convirtiera en cómplice, ni seducir para que se hiciera pretendiente, mientras que, entre halagos y seducciones, Alcine Palmerston se las arreglaba para convertir a todos los demás enemigos en tontos. Acabamos de oír la furibunda denuncia que de su señoría ha hecho Mr. Anstey. «Una circunstancia sumamente significativa es que el ministro acusado buscó al diputado —a saber, Mr. Anstey— y se contentó con aceptar su cooperación y su amistad privada sin los formulismos de la retractación ni la disculpa. El reciente nombramiento jurídico de Mr. Anstey por el actual gobierno habla por sí solo.» (*Progress of Russia*, de D. Urquhart.)

El 8 de febrero de 1848, el mismo Mr. Anstey había comparado al noble vizconde con «el infame marqués de Carmarthen, secretario de Estado de Guillermo II, a quien, durante su visita a su corte, el zar Pedro I encontró el modo de corromper, para sus intereses, con el oro de los comerciantes británicos.» —(C. de los C., 8 de febrero de 1848.)

¿Quién defendió a lord Palmerston en aquella ocasión contra las acusaciones de Mr. Anstey? Mr. Sheil; el mismo Mr. Sheil que, al concluirse el tratado de Unkiar Skelessi en 1833, había desempeñado contra su señoría el mismo papel de acusador que Mr. Anstey en 1848. Mr. Roebuck, que en otro tiempo fuera su enérgico antagonista, le consiguió el voto de confianza en 1850. Sir Stratford Canning, que durante un decenio había denunciado la connivencia del noble lord con el zar, se contentó con ser liquidado como embajador en Constantinopla. El queridísimo Dudley Stuart, del propio noble lord, fue expulsado del Parlamento durante algunos años por habérsele opuesto. Cuando regresó a él, se había convertido en el alma damnata del ministro verdaderamente inglés. Kossuth, que por los Libros Azules podría haber sabido que Hungría había sido traicionada por el noble vizconde, lo llamó «el querido amigo de su seno» al desembarcar en Southampton.

The People's Paper, N.º 85, 17 de diciembre de 1853. Artículo Séptimo.

Una mirada al mapa de Europa os mostrará, en el litoral occidental del mar Negro, las bocas del Danubio, el único río que, brotando en el corazón mismo de Europa, puede considerarse una vía natural hacia Asia. Exactamente enfrente, en la orilla oriental, al sur del río Kubán, comienza la cordillera del Cáucaso, que se extiende del mar Negro al mar Caspio en dirección sudeste a lo largo de unas setecientas millas y separa Europa de Asia.

Si se poseen las bocas del Danubio, se posee el Danubio, y con él la vía hacia Asia y una gran parte del comercio de Suiza, Alemania, Hungría, Turquía y, sobre todo, de Moldavia y Valaquia. Si se posee también el Cáucaso, el mar Negro se convierte en propiedad vuestra, y para cerrar su puerta sólo hacen falta Constantinopla y los Dardanelos. La posesión de las montañas del Cáucaso os convierte de inmediato en dueños de Trebisonda y, a través de su dominio sobre el mar Caspio, del litoral septentrional de Persia.

Los ojos codiciosos de Rusia abarcaron de una vez las bocas del Danubio y la cordillera del Cáucaso. Allí, la tarea a realizar era conquistar la supremacía; aquí, mantenerla. La cadena del Cáucaso separa la Rusia meridional de las lujuriosas provincias de Georgia, Mingrelia, Imeretia y Guria, arrebatadas por el moscovita al musulmán. Así, el pie del monstruoso imperio queda separado de su cuerpo principal. El único camino militar que merece ese nombre serpentea de Mozdok a Tiflis, a través del paso de Dariel, fortificado con una línea continua de plazas fortificadas, pero expuesto por ambos lados a los incesantes ataques de las tribus caucásicas. La unión de esas tribus bajo un solo jefe militar podría incluso poner en peligro la comarca fronteriza de los cosacos. «La idea de las terribles consecuencias que una unión de los hostiles circasianos bajo una sola cabeza acarrearía para el sur de Rusia llena a uno de terror» —exclama M. Kupffer, un alemán que presidió la comisión científica que acompañó, en 1829, la expedición del general Emmanuel al Elbrús.

En este preciso momento, nuestra atención se dirige con igual ansiedad a las orillas del Danubio, donde Rusia se ha apoderado de los graneros de dos continentes de Europa, y al Cáucaso, desde donde se ve amenazada en la posesión de Georgia. Fue el tratado de Adrianópolis el que preparó la usurpación rusa de Moldavia y Valaquia y reconoció sus pretensiones sobre el Cáucaso.

El artículo IV de dicho tratado estipula: «Todos los países situados al norte y al este de la línea de demarcación entre los dos imperios (Rusia y Turquía), hacia Georgia, Imerecia y el Guriel, así como todo el litoral del Mar Negro, desde la desembocadura del Kubán hasta el puerto de San Nicolás inclusive, permanecerán bajo la dominación de Rusia». Con respecto al Danubio, el mismo tratado estipula: «La línea fronteriza seguirá el curso del Danubio hasta la desembocadura de San Jorge, dejando todas las islas formadas por los diferentes brazos en posesión de Rusia. La orilla derecha permanecerá como hasta ahora en posesión de la Puerta Otomana. Sin embargo, se acuerda que dicha orilla derecha, desde el punto donde el brazo de San Jorge se separa del de Sulina, permanecerá deshabitada hasta una distancia de dos horas (seis millas) del río, y que no se levantará allí ningún tipo de construcción, y de igual manera, en las islas que aún permanecen en posesión de la Corte de Rusia. Con excepción de las cuarentenas que allí se establezcan, no se permitirá hacer ningún otro establecimiento o fortificación».

Ambos párrafos, en tanto que aseguran a Rusia una «extensión de territorio y ventajas comerciales exclusivas», infringían abiertamente el protocolo del 4 de abril de 1826, redactado por el Duque de Wellington en San Petersburgo, y el tratado del 6 de julio de 1827, concertado entre Rusia y las demás Grandes Potencias en Londres. El Gobierno inglés, por lo tanto, se negó a reconocer el tratado de Adrianópolis. El Duque de Wellington protestó contra él. (Discurso de Lord Dudley Stuart, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

Lord Aberdeen protestó. «En un despacho a Lord Heytesbury fechado el 31 de octubre de 1829, comentó con no poca insatisfacción muchas partes del Tratado de Adrianópolis, y señala especialmente las estipulaciones relativas a las islas del Danubio. Niega que esa paz (el Tratado de Adrianópolis) haya respetado los derechos territoriales de la Soberanía de la Puerta, y la condición y los intereses de todos los estados marítimos del Mediterráneo».—(Discurso de Lord Mahon, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Declaró que «la independencia de la Puerta sería sacrificada, y la paz de Europa puesta en peligro si se accedía a este tratado».—(Discurso de Earl Grey, Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

El propio Lord Palmerston nos informa: «En lo que respecta a la extensión de la frontera rusa en el sur del Cáucaso y las costas del Mar Negro, ciertamente no es consecuente con la solemne declaración hecha por Rusia ante Europa, antes del comienzo de la guerra turca». (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El litoral oriental del Mar Negro, mediante cuyo bloqueo y corte de suministros de armas y pólvora a los distritos noroccidentales del Cáucaso, podía Rusia únicamente esperar hacer valer su pretensión nominal sobre esos países—este litoral del Mar Negro y las salidas del Danubio no son ciertamente lugares «donde pudiera tener lugar una acción inglesa», como lamentaba el noble lord en el caso de Cracovia. ¿Por qué misterioso artificio, entonces, ha logrado el moscovita bloquear el Danubio, cerrar el litoral del Euxino y forzar a Gran Bretaña a someterse, no solo al Tratado de Adrianópolis, sino al mismo tiempo a la violación por la propia Rusia de ese mismo tratado?

Estas preguntas fueron formuladas al noble vizconde, en la Cámara de los Comunes, el 20 de abril de 1836, habiendo llegado numerosas peticiones de los comerciantes de Londres, Glasgow y otras ciudades comerciales, contra las regulaciones fiscales de Rusia en el Mar Negro, y sus decretos y restricciones tendentes a interceptar el comercio inglés en el Danubio. Había aparecido, el 7 de febrero de 1836, una ucaz rusa, la cual, en virtud del Tratado de Adrianópolis, establecía una cuarentena en una de las islas formadas por las bocas del Danubio. A fin de ejecutar dicha cuarentena, Rusia reclamaba un derecho de abordaje e inspección, de cobro de tasas, y de confiscación y conducción a Odesa de los barcos recalcitrantes que prosiguieran su viaje Danubio arriba.
Antes de que se estableciera la cuarentena, o más bien antes de que se erigieran una aduana y un fuerte, bajo el falso pretexto de una cuarentena, las autoridades rusas tantearon el terreno, para averiguar el riesgo que podían correr con el gobierno británico. Lord Durham, actuando según instrucciones recibidas de Inglaterra, protestó ante el Gabinete ruso por las trabas que se habían impuesto al comercio británico. «Fue remitido al Conde Nesselrode, el Conde Nesselrode lo remitió al Gobernador del Sur de Rusia, y el Gobernador del Sur de Rusia lo remitió a su vez al Cónsul en Galatz, quien se comunicó con el Cónsul británico en Ibraila, el cual recibió instrucciones de enviar a los capitanes a quienes se había exigido peaje, abajo, al Danubio, el escenario de sus agravios, para que se pudiera realizar una indagación sobre el asunto, siendo bien sabido que los capitanes así remitidos se encontraban entonces en Inglaterra».—(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

La ucaz formal del 7 de febrero de 1836 despertó, sin embargo, la atención general del comercio británico. «Muchos barcos habían zarpado, y otros estaban a punto de salir, a cuyos capitanes se habían dado órdenes estrictas de no someterse al derecho de abordaje e inspección que Rusia reclamaba. El destino de estos barcos debía ser inevitable, a menos que se emitiera alguna expresión de opinión por parte de esta cámara. A menos que se hiciera eso, la marina mercante británica, por un monto no menor a 5.000 toneladas, sería confiscada y conducida a Odesa, hasta que se cumplieran las insolentes órdenes de Rusia». (Discurso del Sr. Patrick M. Stewart, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Rusia reclamaba las islas pantanosas del Danubio, en virtud de una cláusula del Tratado de Adrianópolis, cláusula que era en sí misma una violación del tratado que previamente había contraído con Inglaterra y las demás potencias en 1827. Erizar las puertas del Danubio con fortificaciones, y estas fortificaciones con cañones, era una violación del propio Tratado de Adrianópolis, que prohíbe expresamente que se erija fortificación alguna en un radio de seis millas del río. La exacción de peajes y la obstrucción de la navegación eran una violación del Tratado de Viena, que declara que «la navegación de los ríos a lo largo de todo su curso, desde el punto donde cada uno de ellos se vuelve navegable hasta su desembocadura, será enteramente libre», que «el monto de las tasas no excederá en ningún caso las que se pagan actualmente (1815)»; y que «no tendrá lugar aumento alguno, excepto con el consentimiento común de los estados ribereños». Así pues, todo el argumento con que Rusia podía declararse no culpable era el tratado de 1827, violado por el Tratado de Adrianópolis, el Tratado de Adrianópolis violado por ella misma, todo ello respaldado por una violación del Tratado de Viena.

Resultó del todo imposible arrancar al noble lord declaración alguna sobre si reconocía o no el tratado de Adrianópolis. En cuanto a la violación del Tratado de Viena, «no había recibido información oficial de que hubiera ocurrido nada que no estuviera autorizado por el tratado. Cuando tal declaración sea hecha por las partes interesadas, se tratará de la manera que los asesores jurídicos de la Corona consideren consecuente con los derechos de los súbditos de este país». (Discurso de Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Por el tratado de Adrianópolis, Art. 5, Rusia garantiza la «prosperidad» de los Principados Danubianos y plena «libertad de comercio» para ellos. Ahora bien, el Sr. Stewart demostró que los Principados de Moldavia y Valaquia eran objeto de celos mortales para Rusia, pues su comercio había experimentado un desarrollo repentino desde 1834, pues rivalizaban con la propia producción de productos básicos de Rusia, pues Galatz se estaba convirtiendo en el gran depósito de todo el grano del Danubio, y estaba desplazando a Odesa del mercado. «Si», respondió el noble lord, «si mi honorable amigo hubiera podido mostrar que mientras hace algunos años teníamos un comercio amplio e importante con Turquía, y que ese comercio, por la agresión de otros países, o por la negligencia del gobierno de este, se había reducido a un comercio insignificante, entonces podría haber habido motivo para apelar al parlamento». En lugar de tal ocurrencia, «mi honorable amigo ha mostrado que durante los últimos años el comercio con Turquía ha aumentado de casi nada a una cantidad muy considerable».

Rusia obstruye la navegación del Danubio, porque el comercio de los Principados está cobrando importancia, dice el Sr. Stewart. Pero no lo hizo cuando ese comercio era casi nada, replica Lord Palmerston. Ustedes descuidan oponerse a las recientes usurpaciones de Rusia en el Danubio, dice el Sr. Stewart. No lo hicimos en la época en que estas usurpaciones aún no se habían aventurado, responde el noble lord. ¿Qué «circunstancias» han «ocurrido, pues, contra las cuales no sea probable que el gobierno se precava, a menos que sea impulsado a ello por la interferencia directa de esta cámara?» Impidió que los Comunes aprobaran una resolución asegurándoles que «no hay disposición del gobierno de Su Majestad a someterse a agresiones por parte de potencia alguna, sea cual sea esa potencia, y sea más o menos fuerte», y advirtiéndoles que «también deberíamos abstenernos cautelosamente de cualquier cosa que pudiera ser interpretada por otras potencias, y razonablemente así, como una provocación de nuestra parte». Una semana después de que estos debates tuvieran lugar en la Cámara de los Comunes, un comerciante británico dirigió una carta al Foreign Office en relación con la Ucaz rusa. «Me encomienda el Vizconde Palmerston», respondió el Subsecretario del Foreign Office, «informarle que Su Señoría ha solicitado al asesor jurídico de la Corona su opinión sobre las regulaciones promulgadas por la Ucaz rusa del 7 de febrero de 1836; pero entretanto, Lord Palmerston me instruye informarle, con respecto a la última parte de su carta, que es la opinión del gobierno de Su Majestad que ninguna tasa es demandada justamente por las autoridades rusas, en la desembocadura del Danubio, y que usted ha actuado correctamente al ordenar a sus agentes que se negaran a pagarla».

El comerciante actuó de acuerdo con esta carta. Es abandonado a Rusia por el noble lord; un peaje ruso es, como afirma el Sr. Urquhart, actualmente exigido en Londres y Liverpool por los cónsules rusos, a cada barco inglés que zarpa hacia los puertos turcos del Danubio; y «la cuarentena todavía se mantiene en la isla de Leti».

Rusia no limitó su invasión en el Danubio a una cuarentena establecida, a fortificaciones erigidas y a peajes exigidos. La única boca del Danubio que permanecía aún navegable, la boca de Sulina, fue adquirida por ella mediante el tratado de Adrianópolis. Mientras estuvo en posesión de los turcos, se mantenía una profundidad de agua en el canal de entre catorce y dieciséis pies. Desde que está en posesión de Rusia, el agua se redujo a ocho pies, una profundidad totalmente inadecuada para el transporte de los buques empleados en el comercio de granos. Ahora bien, Rusia es parte en el tratado de Viena, y dicho tratado estipula en el Art. 113 que «cada estado correrá con los gastos de mantener en buen estado los caminos de sirga, y mantendrá las obras necesarias para que la navegación no experimente obstrucción alguna». Para mantener el canal en estado navegable, Rusia no encontró mejor medio que reducir gradualmente la profundidad del agua, sembrarlo de pecios y obstruir su barra con una acumulación de arena y lodo. A esta infracción sistemática y prolongada del tratado de Viena añadió otra violación del tratado de Adrianópolis, que prohíbe cualquier establecimiento en la desembocadura del Sulina, excepto para fines de cuarentena y faro, mientras que, bajo su dictado, ha surgido allí un pequeño fuerte ruso, que vive de las extorsiones a los buques, cuya ocasión la proporcionan los retrasos y gastos de alijado, consecuencia de la obstrucción del canal.

Cum principia negante non est disputandum — ¿de qué sirve detenerse en principios abstractos con gobiernos despóticos, acusados de medir el derecho por la fuerza y de regir su conducta por la conveniencia y no por la justicia? — (Discurso de Lord Palmerston, 30 de abril de 1823.)

De acuerdo con su propia máxima, el noble vizconde se contentó con detenerse en principios abstractos ante el gobierno despótico de Rusia; pero fue más lejos. Mientras aseguraba a la Cámara, el 6 de julio de 1840, que la libertad de navegación del Danubio estaba «garantizada por el tratado de Viena» — mientras lamentaba, el 13 de julio de 1840, que la ocupación de Cracovia, siendo una violación del tratado de Viena, «no había medio alguno de hacer valer las opiniones de Inglaterra, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde no cabía acción inglesa alguna» —, dos días más tarde concluía un tratado con Rusia, cerrando los Dardanelos a Inglaterra «en tiempos de paz con Turquía», privando así a Inglaterra del único medio de «hacer valer» el tratado de Viena y transformando el Ponto Euxino en un lugar donde no cabía acción inglesa alguna.

Logrado este punto, se las arregló para dar una satisfacción ficticia a la opinión pública disparando toda una batería de documentos, recordando al «gobierno despótico, que mide el derecho por la fuerza y rige su conducta por la conveniencia y no por la justicia», de manera sentenciosa y sentimental, que «Rusia, al obligar a Turquía a cederle la salida de un gran río europeo que constituye la vía comercial para el intercambio mutuo de muchas naciones, contrajo deberes y responsabilidades con otros Estados que debía enorgullecerse en cumplir». A esta insistencia en principios abstractos, el conde Nesselrode daba la inevitable respuesta de que «el asunto debía ser examinado cuidadosamente», expresando de vez en cuando «un sentimiento de desazón por parte del gobierno imperial ante la desconfianza manifestada respecto a sus intenciones».

Así, gracias a la gestión del noble lord, en 1853 las cosas llegaron al punto en que la navegación del Danubio se declaró imposible, y el grano se pudría en la desembocadura del Sulina, mientras el hambre amenazaba con invadir Inglaterra, Francia y el sur de Europa. Rusia no sólo añadía así, como dice el «Times», «a sus otras posesiones importantes, la de una puerta de hierro entre el Danubio y el Ponto Euxino», sino que se apoderaba de la llave del Danubio, de un torniquete del pan que puede aplicar siempre que la política de la Europa occidental se haga merecedora de un castigo.

The People's Paper,
No. 86, 24 December 1853

Octavo artículo.

Las peticiones presentadas a la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836, y la resolución propuesta por el señor Patrick M. Stewart en referencia a ellas, no se referían sólo al Danubio, sino también a Circasia, pues se había extendido por el mundo comercial el rumor de que el gobierno ruso, con el pretexto de bloquear la costa de Circasia, pretendía excluir a los buques ingleses de desembarcar géneros y mercancías en ciertos puertos del litoral oriental del Mar Negro. En aquella ocasión, lord Palmerston declaró solemnemente: —«Si el parlamento deposita su confianza en nosotros —si nos deja a nosotros la gestión de las relaciones exteriores del país—, seremos capaces de proteger los intereses y de mantener el honor del país sin vernos obligados a recurrir a la guerra». —(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Unos meses después, el 29 de octubre de 1836, el «Vixen», un buque mercante perteneciente al señor George Bell, cargado de sal, zarpó de Londres con rumbo directo a Circasia. El 25 de noviembre fue apresado en la bahía circasiana de Sudzhuk-Kale por un buque de guerra ruso, por «haber sido empleado en una costa bloqueada» (carta del almirante ruso Lazareff al capitán inglés, señor Childs, 24 de diciembre de 1836). El buque, su cargamento y su tripulación fueron enviados al puerto de Sebastopol, donde la decisión condenatoria de los rusos se recibió el 27 de enero de 1837. Sin embargo, esta vez no se habló de «bloqueo», sino que el «Vixen» fue declarado simplemente presa legítima, porque «era culpable de contrabando»; la importación de sal estaba prohibida y la bahía de Sudzhuk-Kale, puerto ruso, carecía de aduana. La condena se ejecutó de manera exquisitamente ignominiosa e insultante. Los rusos que llevaron a cabo el apresamiento fueron recompensados públicamente con condecoraciones. La bandera británica fue izada, luego arriada, y en su lugar se izó la bandera rusa. El capitán y la tripulación, puestos como cautivos a bordo del «Ajax» —el buque apresador—, fueron despachados de Sebastopol a Odesa, y de Odesa a Constantinopla, desde donde se les permitió regresar a Inglaterra. En cuanto al buque mismo, un viajero alemán que visitó Sebastopol unos años después de este suceso escribió, en una carta dirigida a la «Gaceta de Augsburgo»: —«Después de todos los navíos de línea rusos que visité, ningún buque excitó más mi curiosidad que el “Sudzhuk-Kale”, antes el “Vixen”, que bajo pabellón ruso ha cambiado completamente de aspecto. Esta pequeña embarcación es ahora el mejor velero de la flota rusa, y se emplea generalmente en transportes entre Sebastopol y la costa de Circasia.»

La captura del «Vixen» brindó ciertamente a lord Palmerston una gran ocasión para cumplir su promesa de «proteger los intereses y mantener el honor del país». Además del honor de la bandera británica y de los intereses del comercio británico, había otra cuestión en juego: la independencia de Circasia. Al principio, Rusia justificó el apresamiento del «Vixen» con el pretexto de una infracción del bloqueo que había proclamado; pero el buque fue condenado con el pretexto contrario, el de una contravención de sus reglamentos aduaneros. Al proclamar un bloqueo, Rusia declaraba a Circasia país extranjero hostil, y la cuestión era si el gobierno británico había reconocido alguna vez dicho bloqueo. Al establecer reglamentos aduaneros, Circasia era, por el contrario, tratada como una dependencia rusa, y la cuestión era si el gobierno británico había reconocido alguna vez las pretensiones rusas sobre Circasia.

Antes de continuar, recuérdese que Rusia, en aquella época, estaba aún lejos de haber completado las fortificaciones de Sebastopol.

Cualquier pretensión rusa a la posesión de Circasia sólo podía derivarse del tratado de Adrianópolis, como se explicó en un artículo anterior. Pero el tratado del 6 de julio de 1827 obligaba a Rusia a no intentar ningún engrandecimiento territorial ni a obtener ventaja comercial exclusiva alguna de su guerra con Turquía. Por consiguiente, toda extensión de la frontera rusa derivada del tratado de Adrianópolis infringía abiertamente el tratado de 1827, y, como lo demostró la protesta de Wellington y Aberdeen, no debía ser reconocida por Gran Bretaña. Rusia, pues, no tenía derecho a recibir Circasia de Turquía. Por otra parte, Turquía no podía ceder a Rusia lo que nunca había poseído, y Circasia siempre había sido tan independiente de la Puerta que, en la época en que aún residía un bajá turco en Anapa, la propia Rusia había concertado varias convenciones con los jefes circasianos sobre el comercio costero, pues el comercio turco estaba exclusiva y legalmente restringido al puerto de Anapa. Siendo Circasia un país independiente, las reglamentaciones municipales, sanitarias o aduaneras con que el moscovita quisiera proveerla eran tan vinculantes como sus reglamentos para el puerto de Tampico.

Por otra parte, si Circasia era un país extranjero hostil a Rusia, ésta sólo tenía derecho a un bloqueo si no era un bloqueo de papel, es decir, si Rusia tenía presente una escuadra naval para hacerlo cumplir y dominaba realmente la costa. Ahora bien, en una costa de 200 millas, Rusia poseía sólo tres fuertes aislados; todo el resto de Circasia permanecía en manos de las tribus circasianas. No existía ningún fuerte ruso en la bahía de Sudzhuk-Kale. De hecho, no había bloqueo, porque no se empleaba fuerza marítima alguna. Se disponía del testimonio claro de la tripulación de dos buques británicos que habían visitado la bahía —el uno en septiembre de 1834, el otro, el del propio «Vixen»—, confirmado después por las declaraciones públicas de dos viajeros británicos que visitaron el puerto en los años 1837 y 1838, de que no había ocupación rusa alguna en la costa. —(Portfolio VIII, 1 de marzo de 1844.)

Cuando el «Vixen» entró en el puerto de Sudzhuk-Kale, «no había buques de guerra rusos a la vista ni en las inmediaciones... Un buque de guerra ruso entró en el puerto 36 horas después de que el “Vixen” hubiera fondeado, y en el momento en que el propietario y algunos oficiales estaban en tierra ajustando los derechos exigidos por las autoridades circasianas, pagaderos sobre el valor de las mercancías... El buque de guerra no llegó costeando, sino desde mar abierto». —(Discurso del señor Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Pero ¿hacen falta más pruebas que el hecho de que el propio gabinete de San Petersburgo apresara al «Vixen» con el pretexto del bloqueo y lo confiscara con el pretexto de los reglamentos aduaneros?

Los circasianos aparecían así tanto más favorecidos por casualidad, cuanto que la cuestión de su independencia coincidía con la cuestión de la libre navegación del Mar Negro —la protección del comercio británico— y con un insolente acto de piratería cometido por Rusia contra un buque mercante británico. La posibilidad de obtener protección de la señora de los mares parecía tanto menos dudosa cuanto que «la declaración de independencia de Circasia había sido publicada poco tiempo antes, tras madura deliberación y varias semanas de correspondencia con diferentes ramas del gobierno, en un periódico (“The Portfolio”) vinculado al ministerio de asuntos exteriores, y Circasia figuraba como país independiente en un mapa revisado por el propio lord Palmerston». —(Discurso de lord Stanley, Cámara de los Comunes, 21 de junio de 1838.)

¿Se creerá entonces que el noble y caballeresco vizconde supo manejar el caso con tanta maestría que el mismísimo acto de piratería cometido por Rusia contra la propiedad británica le proporcionó la ocasión largo tiempo buscada para reconocer formalmente el tratado de Adrianópolis y la extinción de la independencia circasiana?

El 17 de marzo de 1837, el señor Roebuck presentó una moción, en relación con la confiscación del «Vixen», para que se presentara «copia de toda la correspondencia entre el gobierno de este país y los gobiernos de Rusia y Turquía relativa al tratado de Adrianópolis, así como de todas las transacciones o negociaciones vinculadas con los puertos y territorios de las costas del Mar Negro por parte de Rusia desde el tratado de Adrianópolis».

El señor Roebuck, por temor a ser sospechoso de tendencias humanitarias y de defender a Circasia sobre la base de principios abstractos, declaró sin rodeos: —«Rusia puede intentar apoderarse del mundo entero, y yo contemplo sus esfuerzos con indiferencia; pero en el momento en que interfiera en nuestro comercio, pido al gobierno de este país (que en apariencia existe en alguna parte más allá de los límites de todo el mundo) que castigue la agresión». En consecuencia, quiso saber «si el gobierno británico había reconocido el tratado de Adrianópolis».

El noble lord, aunque muy presionado, tuvo la habilidad suficiente para pronunciar un largo discurso y «sentarse sin decir a la Cámara quién estaba en posesión real de la costa circasiana en ese momento —si pertenecía realmente a Rusia, y si el “Vixen” había sido apresado en virtud de una violación de las reglamentaciones fiscales, o como consecuencia de un bloqueo existente—, y si reconocía o no el tratado de Adrianópolis». (Discurso del señor Hume, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El Sr. Roebuck declaró que, antes de permitir que la «Vixen» se dirigiera a Circasia, Mr. Bell había recurrido al noble lord para cerciorarse de si existía alguna impropiedad o peligro que temer por el desembarco de mercancías en alguna parte de Circasia, y que el Foreign Office había respondido negativamente. De ese modo, Lord Palmerston se vio obligado a leer ante la Cámara la correspondencia cruzada entre él y Mr. Bell. Leyendo esas cartas, uno podría imaginarse que estaba leyendo una comedia española de capa y espada, más que una correspondencia oficial entre un ministro y un comerciante. Cuando oyó al noble lord leer las cartas referentes al apresamiento de la «Vixen», Daniel O'Connell exclamó: «No podía menos que acudir a su mente la expresión de Talleyrand de que el lenguaje se ha inventado para ocultar los pensamientos.»

Por ejemplo, Mr. Bell pregunta: «¿Existen restricciones al comercio reconocidas por el gobierno de Su Majestad, y, si no, me propongo enviar allí un buque con un cargamento de sal?» Lord Palmerston responde: «Me pregunta usted si sería ventajoso para usted embarcarse en una especulación con sal», y le informa «que corresponde a las firmas comerciales juzgar por sí mismas si deben emprender o rechazar una especulación». «De ningún modo», replica Mr. Bell. «Lo único que quiero saber es si el gobierno de Su Majestad reconoce, o no, el bloqueo ruso del Mar Negro al sur del río Kubán.» «Usted debe consultar la “London Gazette”», replica el noble lord, «en la que se publican todas las notificaciones, como las aludidas por usted.» La “London Gazette” era, en efecto, el lugar al que un comerciante británico debía remitirse para tal información, en lugar de los ukases del Emperador de Rusia. Al no encontrar Mr. Bell ninguna indicación en la “Gazette” sobre el reconocimiento del bloqueo ni de otras restricciones, despachó su buque. El resultado fue que, algún tiempo después, él mismo apareció en la “Gazette”.

«Remití a Mr. Bell», dice Lord Palmerston, «a la “Gazette”, donde encontraría que ningún bloqueo había sido comunicado ni declarado a este país por el gobierno ruso; por consiguiente, no se reconocía ninguno.» Al remitir a Mr. Bell a la «Gazette», Lord Palmerston no sólo negaba el reconocimiento, por parte de Gran Bretaña, del bloqueo ruso, sino que afirmaba simultáneamente, en su opinión, que la costa de Circasia no formaba parte del territorio ruso, porque los bloqueos de sus propios territorios por estados extranjeros —como, por ejemplo, contra súbditos sublevados— no se notifican en la «Gazette». Al no formar Circasia parte del territorio ruso, no podía, naturalmente, estar incluida en los reglamentos aduaneros rusos. Así, según su propia declaración, Lord Palmerston negó en sus cartas a Mr. Bell el derecho de Rusia a bloquear la costa circasiana o a someterla a restricciones comerciales. Es cierto que, a través de su discurso, se traslució el deseo de inducir a la Cámara a inferir que Rusia poseía Circasia. Pero, por otra parte, declaró con claridad: «En lo que concierne a la extensión de la frontera rusa, al sur del Cáucaso y en las costas del Mar Negro, ciertamente no es compatible con la solemne declaración hecha por Rusia ante Europa, antes del comienzo de la guerra turca.» Cuando tomó asiento, empeñándose «en proteger los intereses y mantener el honor del país», parecía sucumbir bajo las miserias acumuladas de su política pasada, más que tramar traicioneros designios para el futuro. Aquel día se encontró con la siguiente cruel apóstrofe:—

«La falta de vivaz presteza para defender el honor del país que el noble lord había mostrado era muy culpable; la conducta de ningún ministro anterior había sido jamás tan vacilante, tan indecisa, tan insegura, tan cobarde, cuando se ha ofrecido insulto a los súbditos británicos. ¿Por cuánto tiempo más proponía el noble lord permitir a Rusia insultar así a Gran Bretaña y perjudicar así al comercio británico? El noble lord estaba degradando a Inglaterra al presentarla en el carácter de un matón: altanero y tiránico con los débiles, humilde y abyecto ante los fuertes.»

¿Quién fue el que así estigmatizó sin piedad al ministro verdaderamente inglés? Nada menos que Lord Dudley Stuart.

El 25 de noviembre de 1836, la «Vixen» fue confiscada. Los tormentosos debates de la Cámara de los Comunes que acabamos de citar tuvieron lugar el 17 de marzo de 1837. No fue hasta el 19 de abril de 1837 cuando el noble lord pidió al gobierno ruso «que expusiera las razones por las cuales se había considerado autorizado a apresar, en tiempo de paz, un buque mercante perteneciente a súbditos británicos». El 17 de mayo de 1837, el noble lord recibió el siguiente despacho del conde de Durham, el embajador británico en San Petersburgo: —

«Mylord: —Con respecto a la ocupación militar de facto de Soudjouk-Kale, tengo que manifestar a Su Señoría que existe una fortaleza en la bahía que lleva el nombre de la Emperatriz (Alexandrinski), y que siempre ha estado ocupada por una guarnición rusa. Tengo, etc., Durham.»

Casi no hace falta señalar que el fuerte Alexandrinski no tenía ni siquiera la realidad de las ciudades de cartón exhibidas por Potemkin ante la emperatriz Catalina II en su visita a Crimea. Cinco días después de recibir este despacho, Lord Palmerston envía a San Petersburgo la siguiente respuesta: —

«El gobierno de Su Majestad, considerando en primer lugar que Soudjouk-Kale, que fue reconocido por Rusia en el tratado de 1783 como posesión turca, pertenece ahora a Rusia, como afirma Lord Nesselrode, en virtud del Tratado de Adrianópolis, no ve razón suficiente para poner en duda el derecho de Rusia a apresar y confiscar la “Vixen”.»

Hay algunas circunstancias muy curiosas en relación con esta negociación. Lord Palmerston necesita seis meses de premeditación para abrirla, y apenas uno para cerrarla. Su último despacho, del 23 de mayo de 1837, corta de manera súbita y abrupta toda ulterior tramitación. En él se cita la fecha anterior al Tratado de Kudschuk-Kainardji, no según la cronología gregoriana, sino según la cronología griega. Además, «entre el 19 de abril y el 23 de mayo», como dijo Sir Robert Peel, «se produjo un cambio notable, de la declaración oficial a la satisfacción, inducido aparentemente por la garantía recibida del conde Nesselrode de que Turquía había cedido la costa en cuestión a Rusia mediante el Tratado de Adrianópolis. ¿Por qué no protestó contra este ukase?» (C. de los C., 21 de junio de 1838.)

¿A qué se debe todo esto? La razón es muy sencilla. El rey Guillermo IV había instigado secretamente a Mr. Bell para que despachara la «Vixen» a la costa de Circasia. Cuando el noble lord retrasó la negociación, el rey se hallaba aún en plena salud. Cuando la cerró de repente, Guillermo IV se hallaba en los estertores de la muerte, y Lord Palmerston disponía tan absolutamente del Foreign Office como si él mismo fuera el autócrata de Gran Bretaña. ¿No fue una jugada maestra por parte de su jocosa señoría reconocer formalmente, de un plumazo, el Tratado de Adrianópolis, la posesión de Circasia por Rusia y la confiscación de la «Vixen», en nombre del rey moribundo, que había despachado a aquella insolente «Vixen» con el propósito expreso de mortificar al zar, desatender el Tratado de Adrianópolis y afirmar la independencia de Circasia?

Mr. Bell, como hemos dicho, fue a parar a la «Gazette», y Mr. Urquhart, a la sazón primer secretario de la embajada en Constantinopla, fue llamado por «haber persuadido a Mr. Bell a llevar a ejecución su expedición de la “Vixen”».

Mientras vivió el rey Guillermo IV, Lord Palmerston no se atrevió a contramandar abiertamente la expedición de la «Vixen», como lo prueban la declaración de independencia circasiana publicada en el Portofolio, el mapa de Circasia revisado por su señoría, su incierta correspondencia con Mr. Bell, sus vagas declaraciones en la Cámara, el hecho de que el sobrecargo de la «Vixen», hermano de Mr. Bell, recibiera al partir despachos del Foreign Office para la embajada en Constantinopla y aliento directo de Lord Ponsonby, el embajador británico ante la Sublime Puerta.

En los primeros tiempos de la reina Victoria, la preponderancia de los whigs parecía más segura que nunca, y, en consonancia, el lenguaje del caballeresco vizconde cambió de repente. De la deferencia y la zalamería pasó de golpe a la altivez y el desprecio. Interrogado por Mr. T. H. Attwood el 14 de diciembre de 1837 sobre la «Vixen» y Circasia: —«En cuanto a la “Vixen”, Rusia ha dado explicaciones de su conducta que deben satisfacer al gobierno de este país. Ese buque no fue apresado durante un bloqueo. Fue capturado porque quienes lo dirigían infringieron los reglamentos municipales y aduaneros de Rusia.» Y sobre el temor de Mr. Attwood al avance ruso: —«Digo que Rusia ofrece al mundo tanta seguridad para la preservación de la paz como Inglaterra.» (Discurso de Lord Palmerston, C. de los C., 14 de diciembre de 1837.)

Al cierre de la sesión, el noble lord presentó ante la Cámara la correspondencia con el gobierno ruso, cuyas dos partes más importantes ya hemos citado.

En 1838 los aspectos de los partidos habían cambiado de nuevo, y los tories recobraron influencia. El 21 de junio lanzaron una dura embestida contra Lord Palmerston, y Sir Stratford Canning, el actual embajador en Constantinopla, presentó una moción para el nombramiento de un comité selecto encargado de investigar las alegaciones formuladas por Mr. George Bell contra el noble lord, así como sus peticiones de indemnización. Al principio su señoría se mostró muy sorprendido de que la moción de Sir Stratford fuera de «un carácter tan insignificante». «Usted —exclamó Sir Robert Peel— es el primer ministro inglés que se atreve a llamar insignificancias la protección de la propiedad y el comercio británicos.» «Ningún comerciante particular —dijo Lord Palmerston— tenía derecho a pedir al gobierno de Su Majestad que diera una opinión sobre cuestiones de esa índole, como el derecho de Rusia a la soberanía sobre Circasia o a establecer los reglamentos aduaneros y sanitarios que imponía por la fuerza de sus armas.» «Si ese no es su deber, ¿para qué sirve en absoluto el Foreign Office?», preguntó Mr. Hume. «Se dice —prosiguió el noble lord— que Mr. Bell, ese inocente Mr. Bell, fue llevado a una trampa por mí, a causa de las respuestas que le di. La trampa, si la hubo, no estuvo puesta para Mr. Bell, sino por Mr. Bell», a saber, mediante las preguntas que él hizo al inocente Lord Palmerston.

En el transcurso de estos debates (21 de junio de 1838), salió por fin a la luz el gran secreto. De haber estado dispuesto a resistir en 1836 las pretensiones de Rusia, el noble lord no habría podido hacerlo por la sencillísima razón de que ya en 1831 su primer acto al asumir el cargo fue reconocer la usurpación rusa del Cáucaso, y con ello, de manera subrepticia, el tratado de Adrianópolis. Lord Stanley (hoy lord Derby) declaró que, el 8 de agosto de 1831, el gabinete ruso comunicó a su representante en Constantinopla su intención «de someter a reglamentos sanitarios las comunicaciones que libremente existen entre los habitantes del Cáucaso y las provincias turcas vecinas», y que debía «comunicar los mencionados reglamentos a las misiones extranjeras en Constantinopla, así como al Gobierno otomano». Al permitir a Rusia el establecimiento de los llamados reglamentos sanitarios y aduaneros en la costa de Circasia, aunque no existían en ninguna parte fuera de la carta mencionada, se reconocieron las pretensiones rusas sobre el Cáucaso y, en consecuencia, el tratado de Adrianópolis en el que aquellas se fundaban. «“Esas instrucciones —declaró lord Stanley— habían sido comunicadas de la manera más formal al Sr. Mandeville (secretario de la embajada) en Constantinopla, expresamente para información de los comerciantes británicos, y transmitidas al noble lord Palmerston. Ni lo hizo él, ni se atrevió a hacerlo, «conforme a la práctica de los gobiernos anteriores, comunicar al comité de Lloyd's el hecho de haberse recibido tal notificación».”» El noble lord se hizo culpable de una “ocultación de seis años” —exclamó sir Robert Peel—.

Ese día, su jocosa señoría escapó de la condena por una mayoría de dieciséis votos; 184 votos en contra y 200 a favor. ¡Esos dieciséis votos no lograrán acallar a la Historia ni silenciar a los montañeses, cuyo entrechocar de armas demuestra al mundo que el Cáucaso no «pertenece ahora a Rusia, como afirmaba el conde Nesselrode», y que lord Palmerston repetía como un eco.

(Continuará).