(Tal como se publicó en el "New-York Tribune")

Karl Marx

Lord Palmerston

(Tal como se publicó en el "New-York Tribune")

New-York Daily Tribune.
Nr. 3902, 19 de octubre de 1853

Palmerston.

Las complicaciones orientales han obrado un gran cambio en Inglaterra, si no en cuanto a los partidos, al menos en cuanto a los hombres que los encabezan. Lord Palmerston ha vuelto a ser el favorito popular. Está en boca de todos, es el único hombre que puede salvar a Inglaterra, se le anuncia con confianza como el primer ministro indispensable de cualquier gabinete modificado, exaltado por igual por los tories, los whigs, los autodenominados patriotas, la prensa y la opinión pública en general.

Tan extraordinario es el fenómeno de la palmerstonmanía que uno se siente tentado a suponer que es de carácter meramente facticio, urdido no para el consumo interno, sino como artículo de exportación, destinado al uso extranjero. Sin embargo, esto sería un error. Ruggiero es fascinado una y otra vez por los falsos encantos de Alcina, los cuales, como él sabe, disfrazan a una vieja bruja, «sin ojos, sin dientes, sin gusto, sin nada», y el caballero andante no puede evitar enamorarse de nuevo de aquella que, como sabe, ha transformado a todos sus anteriores adoradores en asnos y otras bestias. El público inglés es otro Ruggiero y Palmerston otra Alcina. Aunque septuagenario, que desde 1807 ha ocupado el escenario público casi sin interrupción, sigue siendo una novedad y evocando todas las esperanzas que solían cifrarse en una juventud no probada y prometedora. Con un pie en la tumba, se supone que aún no ha comenzado su verdadera carrera. Si muriera mañana, toda Inglaterra se sorprendería al enterarse de que ha sido Secretario de Estado durante medio siglo.

Si no es un buen estadista para todo oficio, es un buen actor para todo oficio. Triunfa tanto en lo cómico como en lo heroico, en el patetismo como en la familiaridad, en la tragedia como en la farsa, aunque esta última sea más afín a sus sentimientos. No es un orador de primera clase, pero sí un consumado polemista. Dotado de una memoria prodigiosa, de gran experiencia, de un tacto consumado, de una presencia de ánimo inagotable, de una variedad de talento propia de un caballero, del más minucioso conocimiento de las triquiñuelas parlamentarias, las intrigas, los partidos y los hombres, maneja

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los casos difíciles de manera admirable y con una agradable volubilidad, aferrándose a los prejuicios y la susceptibilidad de su auditorio, a salvo de cualquier sorpresa por su cínica desvergüenza, de cualquier confesión propia por su egoísta destreza y de caer en la pasión por su profunda frivolidad, su perfecta indiferencia y su aristocrático desprecio. Siendo un bromista sumamente feliz, se congracia con todo el mundo. Sin perder nunca la calma, se impone a los antagonistas apasionados. Si no puede dominar un asunto, sabe jugar con él. Si carece de puntos de vista generales, siempre está dispuesto a tejer una red de elegantes generalidades.

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Dotado de un espíritu inquieto e infatigable, aborrece la inactividad y anhela la agitación, si no la acción. Un país como Inglaterra le permite, por supuesto, ocuparse en todos los rincones de la tierra. Si no puede hacer nada, urdirá cualquier cosa. Donde no se atreve a interferir, se entremete. Cuando no puede rivalizar con un enemigo fuerte, improvisa uno débil. No apunta a la sustancia, sino a la mera apariencia del éxito. Como no es hombre de designios profundos, que no medita combinaciones de largo alcance ni persigue ningún gran objetivo, se embarca en dificultades con vistas a desenredarse de ellas de manera vistosa. Quiere complicaciones para alimentar su actividad, y cuando no las encuentra listas, las crea. Se regocija en conflictos de aparato, batallas de aparato, enemigos de aparato, notas diplomáticas que intercambiar, barcos que enviar a navegar, todo lo cual termina en violentos debates parlamentarios que seguramente le preparan un éxito efímero, el constante y exclusivo objeto de todos sus empeños. Maneja los conflictos internacionales como un artista, llevando los asuntos hasta cierto punto, retrocediendo cuando amenazan con volverse serios, pero habiendo obtenido, en todo caso, la excitación dramática que desea. La historia del mundo es, a sus ojos, un pasatiempo inventado expresamente para el noble Vizconde Palmerston de Palmerston. Es un gran ejemplar de esa especie designada por Thomas Carlyle como los falsos capitanes del mundo.

Cediendo de hecho a la influencia extranjera, se opone a ella de palabra. Habiendo heredado de Canning la misión de Inglaterra de propagar el constitucionalismo en el continente, nunca le falta un tema para excitar los prejuicios nacionales, a fin de contrarrestar la revolución en el extranjero y, al mismo tiempo, mantener despierta la suspicacia celosa de las potencias extranjeras. Habiendo logrado de esta manera fácil convertirse en la bête noire de las cortes continentales, no podía dejar de ser erigido en el ministro verdaderamente inglés en su país. Aunque de origen tory, ha introducido en la gestión de los asuntos exteriores todos los fingimientos que constituyen la esencia del whiggismo. Sabe conciliar una fraseología grandilocuente con puntos de vista estrechos, cómo revestir la política de una clase media amante de la paz con el lenguaje altivo del pasado aristocrático de Inglaterra, cómo aparentar ser un agresor donde cede y un defensor donde traiciona, cómo manejar a su aparente enemigo y cómo exasperar a su

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presunto aliado, cómo encontrarse, en el momento oportuno, del lado del más fuerte contra el débil, y cómo pronunciar palabras valientes en el acto de huir.

Acusado por un partido de estar a sueldo de Rusia, otros lo suponen hecho de carbonarismo. Si en 1848 tuvo que defenderse contra una moción de impeachment por haber actuado como ministro de Nicolás, en 1850 tuvo la satisfacción de ser perseguido por una conspiración de embajadores extranjeros, que tuvo éxito en la Cámara de los Lores, pero fracasó en la Cámara de los Comunes. Si ha traicionado a pueblos extranjeros, lo ha hecho con gran cortesía, siendo la cortesía la moneda pequeña del diablo, que él da a cambio de la sangre vital de sus incautos. Si los opresores siempre tuvieron la certeza de su apoyo activo, a los oprimidos nunca les faltó una gran ostentación de su generosidad retórica. Polacos, italianos, húngaros, alemanes, lo encontraron en el cargo siempre que eran aplastados, pero sus déspotas siempre sospecharon que conspiraba en secreto con las víctimas que ya les había permitido hacer. En todo caso, hasta ahora ha sido una probable probabilidad de éxito tenerlo como adversario, y una segura probabilidad de ruina tenerlo como amigo. Pero, si su arte diplomático no brilla en los resultados reales de sus negociaciones exteriores, brilla tanto más espléndidamente en la construcción que ha inducido al pueblo inglés a poner sobre ellas, aceptando frases por hechos, fantasmas por realidades y pretextos altisonantes por motivos mezquinos.

Henry John Temple, Vizconde Palmerston, que deriva su título de un título nobiliario de Irlanda, fue nombrado Lord del Almirantazgo en 1807, al formarse el gobierno del duque de Portland. En 1809 fue nombrado Secretario de Guerra, y continuó ocupando este cargo hasta mayo de 1828. En 1830 se pasó a los whigs, quienes lo convirtieron en su ministro permanente de Asuntos Exteriores. Salvo los intervalos de gobierno tory desde noviembre de 1834 hasta abril de 1835, y desde 1841 hasta 1846, es responsable de toda la política exterior de Inglaterra desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.

¿No es algo muy curioso encontrar, a primera vista, a este Quijote de las instituciones libres y este Píndaro de las «glorias del sistema constitucional», como miembro permanente y activo de los gobiernos tories del Sr. Perceval, el conde de Liverpool, el Sr. Canning, Lord Goderich y el duque de Wellington, durante la fatal época en que se llevó a cabo la guerra antijacobina, se contrajo la

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monstruosa deuda, se promulgaron las leyes de cereales, se estacionaron tropas extranjeras en Inglaterra, se «escardó» al pueblo de vez en cuando, se amordazó a la prensa, se suprimieron las reuniones, se desarmó a la masa de la nación, se suspendieron la libertad individual junto con la jurisdicción regular de los tribunales, se puso a todo el país como bajo estado de sitio —en una palabra, durante la más infame y más reaccionaria época de la historia inglesa?

Su debut en la vida parlamentaria fue de un carácter no menos característico. El

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3 de febrero de 1808 se levantó para defender ¿qué? El secreto en las negociaciones diplomáticas y el acto más repugnante jamás cometido por una nación contra otra, a saber, el bombardeo de Copenhague y la captura de la flota danesa en un momento en que se suponía que Inglaterra estaba en profunda paz con Dinamarca. En cuanto al primer punto, declaró que, en este caso particular, los ministros de Su Majestad «están obligados al secreto», pero mejoró esta declaración: «También me opongo en general a hacer público el funcionamiento de la diplomacia, porque la tendencia de las revelaciones en ese departamento es cerrar futuras fuentes de información». Vidocq habría defendido la misma causa en los mismos términos. En cuanto al acto de piratería en sí, aunque admitió que Dinamarca no había mostrado hostilidad alguna hacia Gran Bretaña, justificó el bombardeo de su capital y el robo de su flota con el pretexto de que se había hecho para evitar que la neutralidad danesa se convirtiera en hostilidad abierta por la compulsión de Francia. Esta fue la nueva ley de naciones que proclamó.

Cuando vuelve a perorar, encontramos a este ministro inglés por excelencia ocupado en la defensa de las tropas extranjeras, llamadas del continente a Inglaterra con la misión expresa de mantener por la fuerza el gobierno oligárquico, para establecer el cual Guillermo había venido en 1688 acompañado de sus tropas holandesas. A los bien fundados «temores por las libertades del país», originados por la presencia de la Legión Alemana del Rey, Palmerston respondió con gran ligereza: «¿Por qué no habríamos de tener 16.000 de esos extranjeros en casa, cuando sabéis que empleamos una proporción mucho mayor de extranjeros en el extranjero?» Cuando surgieron «temores» similares a causa del gran ejército permanente, mantenido desde 1815 en Inglaterra, encontró «una protección suficiente de la constitución en la constitución misma de nuestro ejército», siendo una gran proporción de los oficiales «hombres de propiedad y conexiones». Cuando el gran ejército permanente fue atacado desde un punto de vista financiero, hizo el curioso descubrimiento de que «gran parte de nuestros apuros comerciales ha sido causada por nuestro anterior bajo establecimiento de paz». Cuando las «cargas del país» y la «miseria del pueblo» se contrastaban con el vasto gasto militar, recordó al Parlamento que esas cargas y esa miseria «eran el precio que nosotros (la oligarquía inglesa) acordamos pagar por nuestra libertad e independencia».

Si a sus ojos había que temer el despotismo militar, era solo por los esfuerzos de «esos autodenominados pero descarriados reformadores que exigen ese tipo de reforma en el país que, según todo principio justo de gobierno, debe terminar, si se accediera a ella, en un despotismo militar». Mientras los grandes ejércitos permanentes eran así su panacea para mantener la constitución del país, el castigo corporal y la flagelación eran su panacea para mantener la constitución del ejército. Defendió la flagelación en los debates

Sobre el Mutiny Bill el 5 de marzo de 1824; lo declaró «absolutamente indispensable» el 11 de marzo de 1825; lo recomendó de nuevo el 10 de marzo de 1828; lo defendió en los debates de abril de 1833, y ha demostrado ser un verdadero aficionado a los azotes en todas las ocasiones posteriores. No ha existido abuso en el ejército que no hubiera adornado con razones plausibles, si resultaba que fomentaba los intereses momentáneos de los parásitos aristocráticos. Un ejemplo de esto puede hallarse en los debates sobre la venta de comisiones de media paga, el 12 de marzo de 1828.

Lord Palmerston gusta de hacer ostentación de sus constantes esfuerzos en pro del establecimiento de la libertad religiosa. Ahora bien, votó contra la moción de Lord John Russell para la «Derogación de las Test and Corporation Acts», ¿y por qué? Porque era «un amigo cálido y celoso de la libertad religiosa y, por tanto, no podía permitir que los disidentes fueran relevados de agravios imaginarios mientras pesaban sobre los católicos aflicciones reales». «Lamento —nos informa— ver el número creciente de disidentes. Es mi deseo que la Iglesia establecida sea la predominante en este país»; y por puro amor y celo por la libertad religiosa quiere que esa Iglesia establecida sea alimentada a costa de los que profesan otras creencias. Su jocosa Señoría acusa a los disidentes ricos de satisfacer las necesidades eclesiásticas de los más pobres, mientras que «en la Iglesia de Inglaterra son sólo los pobres quienes carecen de acomodo en las iglesias; sería absurdo decir que los pobres deberían suscribir para construir iglesias con sus pequeños ingresos». Sería, por supuesto, aún más absurdo decir que los miembros ricos de la Iglesia establecida deberían suscribir para construir iglesias con sus grandes ingresos.

Veamos ahora sus esfuerzos en pro de la Emancipación Católica —siendo uno de sus grandes objetivos ganarse la gratitud del pueblo irlandés. No nos detenemos en la circunstancia de que, habiéndose declarado partidario de la Emancipación Católica cuando era miembro del ministerio Canning, entrara no obstante en el ministerio Wellington, abiertamente hostil a esa medida. ¿Consideraba entonces Lord Palmerston la libertad religiosa como uno de los derechos del hombre, en los cuales la legislación no debía inmiscuirse? Puede responder por sí mismo: «Aunque deseo que se consideren las reivindicaciones católicas, nunca admitiré que estas reivindicaciones se basen en el terreno del derecho. Si pensara que los católicos estaban pidiendo su derecho, yo, por mi parte, no formaría parte de la Comisión». Y ¿por qué se oponía a que pidieran su derecho? «Porque la legislatura de un país tiene el derecho de imponer tales incapacidades políticas a cualquier clase de la comunidad que considere necesarias para la seguridad y el bienestar del conjunto. Esto pertenece a los principios fundamentales sobre los que se funda un gobierno civilizado». He aquí, pues, la confesión más cínica jamás hecha, de que la masa del pueblo no tiene derecho alguno, sino que puede disfrutar de aquella cantidad de inmunidades que la legislatura, o en otras palabras, la clase dominante, considere oportuno concederle. De conformidad con esto, Lord Palmerston declaró en palabras claras que «la Emancipación Católica es una medida de gracia y favor».

Fue, pues, enteramente sobre la base de la conveniencia que se dignó suprimir las incapacidades católicas. Y ¿qué se ocultaba tras esta conveniencia? Siendo él mismo uno de los grandes terratenientes irlandeses, quería mantener la ilusión de que «no son posibles otros remedios para los males irlandeses que la Emancipación»; que ésta curaría el absentismo y resultaría un sustituto barato de las leyes de pobres. Este gran filántropo, que más tarde limpió sus fincas irlandesas de sus nativos irlandeses, no podía permitir que la miseria irlandesa oscureciera, ni por un momento, con sus nubes aciagas, el cielo resplandeciente sobre el Parlamento de terratenientes y señores del dinero. «Es cierto —exclama— que los campesinos de Irlanda no gozan de todas las comodidades de que disfrutan los campesinos de Inglaterra.» Piénsese nada más en todas las comodidades que disfruta una familia con siete chelines a la semana. «Aun así —continúa—, sin embargo, el campesino irlandés tiene sus comodidades. Está bien provisto de combustible, y rara vez (sólo cinco días de cada seis) carece de alimento.» Pero ésta no es toda la comodidad que tiene. Posee una mayor «alegría de ánimo» que su compañero de sufrimientos inglés. En cuanto a las extorsiones de los terratenientes irlandeses, las trata de una manera no menos agradable que las comodidades de los campesinos irlandeses. «Se dice que el terrateniente irlandés exige la renta más alta que puede extorsionar. Pues bien, señor, creo que eso no es una circunstancia singular. Ciertamente, en Inglaterra el terrateniente hace lo mismo.» ¿Hemos de sorprendernos, entonces, de que este hombre, tan profundamente iniciado en los misterios de «las glorias de la Constitución inglesa» y las comodidades de las «instituciones libres», aspire a extenderlas por todo el Continente?

Es sabido que, cuando el movimiento reformista se tornó irresistible, Lord Palmerston abandonó el campo de los tories y se unió hábilmente a los whigs. Hemos visto que en un principio temió el peligro de un despotismo militar ante las reivindicaciones de los autodenominados reformadores. No obstante, ya en 1828 patrocinó la extensión del derecho de sufragio a grandes centros industriales como Birmingham, Leeds y Manchester, «no porque yo sea amigo de la reforma en principio, sino porque soy su enemigo declarado», calculando que un compromiso oportuno con los desmedidos reyes de las fábricas podría ser el único modo de escapar a «la introducción de una reforma general». Habiéndose pasado a los whigs, ni siquiera fingió que su proyecto de reforma pretendía romper las estrechas trabas de la Constitución veneciana, sino que, por el contrario, pretendía aumentar su fuerza y solidez, separando los intereses de la clase media de la oposición popular. «Los sentimientos de las clases medias cambiarán, y su descontento se convertirá en ese apego a la Constitución que le dará un inmenso aumento de fuerza y solidez.» Consoló a los Pares diciéndoles que el proyecto de reforma no debilitaría «la influencia de la Cámara de los Lores» ni pondría fin a su «injerencia en las elecciones». Dijo a la aristocracia que la Constitución no perdería su carácter feudal, siendo «el interés territorial el gran fundamento sobre el que descansa la fábrica de la sociedad y las instituciones del país». Disipó sus temores lanzando insinuaciones irónicas de que «se nos ha acusado de no ser serios ni sinceros en nuestro deseo de dar al pueblo una representación real», «que se decía que sólo proponíamos dar una forma distinta de influencia a la aristocracia y al interés territorial». Incluso llegó a reconocer que, además de las inevitables concesiones que había que hacer al desmedido interés fabril, la «privación del derecho de voto» —es decir, un nuevo tipo de reparto de los burgos podridos entre los aristócratas tories y los aristócratas whigs— era el principio rector fundamental del proyecto de reforma.

Volvamos ahora a sus actuaciones en el ramo de la política exterior durante el período tory de su vida. En 1823, cuando, a consecuencia de las resoluciones del Congreso de Verona, un ejército francés entró en España para derrocar la Constitución de aquel país y entregarlo a la despiadada venganza del idiota borbónico y su séquito de monjes fanáticos, Lord Palmerston rechazó toda cruzada quijotesca por «principios abstractos», toda intervención en favor de un pueblo cuya heroica resistencia había salvado a Inglaterra de Napoleón. Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus oponentes whigs son un fiel y vivo retrato de su propia política exterior, después de haberse convertido en su Ministro de Asuntos Exteriores permanente. «Algunos —dijo— habrían querido que empleáramos amenazas en la negociación sin estar preparados para ir a la guerra si la negociación fracasaba. Haber hablado de guerra y haber querido la neutralidad; haber amenazado con un ejército y haberse retirado tras un documento oficial; haber blandido la espada del desafío en la hora de la deliberación y haber terminado con un montón de protestas escritas en el día de la batalla, habría sido la conducta de un matón cobarde y nos habría convertido en objeto de desprecio y en la irrisión de Europa.»

Llegamos por fin a los debates sobre Grecia y Turquía, que brindaron a Lord Palmerston la primera oportunidad de mostrar públicamente sus dotes como defensor inquebrantable y perseverante de Rusia en el Gabinete y en la Cámara. Uno tras otro hizo eco de las consignas lanzadas por Rusia: la monstruosidad turca, la civilización griega, la libertad religiosa, la cristiandad, etc. Al principio lo encontramos, como Ministro de la Guerra, repudiando toda intención de censurar «la meritoria conducta del almirante Codrington», que provocó la destrucción de la flota turca en Navarino, aunque admitió que «la batalla se libró contra una potencia con la que no estamos en guerra». Después de esto, habiendo dejado el cargo, abrió su larga serie de ataques contra Lord Aberdeen reprochándole haber sido demasiado lento en la ejecución de las órdenes del Zar. «¿Ha habido mucha más energía y prontitud en el cumplimiento de nuestros compromisos con Grecia? Julio de 1829 se nos echa encima, y el tratado de julio de 1827 sigue sin ejecutarse. La Morea, ciertamente, ha sido limpiada de turcos, pero ¿por qué las armas de Francia se detuvieron en el istmo de Corinto? La estrecha política de Inglaterra intervino y detuvo su avance. Pero ¿por qué los aliados no tratan con el país al norte del istmo como han hecho con el del sur, ocupando de una vez todo lo que debe asignarse a Grecia? Habría creído que los aliados ya habían negociado bastante con Turquía respecto a Grecia.»

Es bien sabido que fue el príncipe Metternich quien en aquel entonces se opuso a las intrusiones de Rusia, y que los agentes diplomáticos de ésta, como Pozzo di Borgo, el príncipe Lieven y otros, habían recibido órdenes de denunciar a Austria como la estúpida aliada del Sultán. Lord Palmerston siguió, por supuesto, el camino trillado: «Por la estrechez de miras, los desafortunados prejuicios de su política, Austria casi se ha reducido al nivel de una potencia de segundo orden», y a consecuencia de la política contemporizadora de Aberdeen, «Inglaterra aparece ahora como la clave de ese arco del que Miguel, España, Austria y Mahmud son las partes componentes. Así es como la gente ve en la demora en ejecutar el tratado de julio no tanto el temor a la resistencia turca como una invencible repugnancia a la libertad griega».

Durante medio siglo, una frase se había alzado como barrera entre Rusia y Constantinopla: la frase de que la integridad del Imperio Turco era necesaria para el equilibrio de poder. «Me opongo —exclama Palmerston el 5 de febrero de 1830— a la política de convertir la integridad del dominio turco en Europa en un objeto esencialmente necesario para los intereses de la Europa cristiana y civilizada.» Vuelve de nuevo a atacar a Aberdeen: «Yo, por mi parte, no me daré por satisfecho con una serie de despachos del Gobierno de Inglaterra, que sin duda leerán bien y con fluidez, instando en términos generales a la conveniencia de conciliar a Rusia, pero acompañados tal vez de fuertes expresiones del aprecio que Inglaterra profesa a Turquía, las cuales, leídas por una parte interesada, podrían fácilmente hacer parecer más de lo que realmente se pretendía. Quisiera ver que, mientras Inglaterra adoptaba una resolución firme —casi el único camino que podía tomar— de no tomar partido, bajo ninguna consideración y en ningún caso, con Turquía en esa guerra, esa decisión se comunicara franca y abiertamente al turco. Hay tres cosas implacables: el tiempo, el fuego y el Sultán».

Antes de seguir adelante, traigamos a la memoria algunos hechos históricos:  
Rusia, tras apoderarse de Gokcheh, una franja de tierra que linda con el lago Sevan (posesión indiscutible de Persia), exigió, como precio de su evacuación, el abandono de Capan, otra porción del territorio persa. Al no ceder, Persia fue invadida, vencida y obligada a suscribir el tratado de Turkmanchai en febrero de 1828. Según este tratado, Persia debía pagar a Rusia una indemnización de dos millones de libras esterlinas, ceder las provincias de Eriván y Nakhicheván, incluidas las fortalezas de Eriván y Abbasabad, a fin de fijar la frontera común mediante el Araxes; siendo éste, según pretendía Nicolás, el único medio de evitar futuras disputas entre los dos imperios. Pero, al mismo tiempo, se negó a devolver Talish y Moghan, situadas más allá del lado ruso del Araxes. Finalmente, Persia quedó obligada asimismo a no mantener flota alguna en el mar Caspio. Tales fueron el origen y los resultados de la guerra ruso-persa.

En cuanto a la religión y la libertad de Grecia, a Rusia le importaban entonces tanto como al «Dios de los rusos» le importan hoy las llaves del Santo Sepulcro y la famosa Cúpula. Era la política tradicional de Rusia incitar a los griegos a sublevarse y luego abandonarlos a la venganza del sultán. Tan profundo era su interés por la regeneración de la Hélade, que en el Congreso de Verona los trató de rebeldes y reconoció el derecho del sultán a excluir toda intervención extranjera entre él y sus súbditos cristianos. De hecho, el zar «ofreció ayudar a la Puerta a sofocar la rebelión griega», propuesta que, naturalmente, fue rechazada. Al fracasar en ese intento, se volvió hacia las grandes potencias proponiendo «enviar un ejército a Turquía para dictar la paz bajo los muros del Serrallo». Mas, para tenerle atado de manos mediante una acción común, las potencias concertaron con él en Londres un tratado el 6 de julio de 1827, por el cual se comprometían mutuamente a imponer el arreglo de las diferencias entre Turquía y Grecia. Pocos meses después de firmar aquel tratado, Rusia concertó con Turquía el tratado de Ackerman, con el entendimiento expreso de renunciar a toda injerencia en Grecia. Este tratado se había conseguido después de que Rusia indujera al príncipe heredero de Persia a invadir los dominios otomanos, y de haber infligido las mayores ofensas a la Puerta, con el fin de empujarla a una ruptura. Ocurrido todo esto, una buena mañana se presentaron a la Puerta, en nombre de Rusia y de las demás potencias, las resoluciones de los tratados de Londres del 6 de julio de 1827.

Como consecuencia de las complicaciones resultantes de las mentiras y fraudes rusos, el zar encontró por fin un pretexto para iniciar la guerra de 1828 y 1829. Ésta terminó con el tratado de Adrianópolis, cuyo contenido resume la siguiente cita del célebre folleto de McNeill sobre el progreso de Rusia en Oriente:

«Por el tratado de Adrianópolis, el zar adquirió Anapa y Poti, con una extensión considerable de costa en el Mar Negro, una parte del pachalato de Akhilska, con las dos fortalezas de Akhilska y Akhilkillak, y las islas formadas por la desembocadura del Danubio. Se estipuló —en parte por la fuerza y en parte por la influencia del clero— la destrucción de la fortaleza turca de Georgiova y el abandono por Turquía de la orilla derecha del Danubio a varias millas de distancia del río; muchas miles de familias armenias fueron trasladadas desde las provincias turcas de Asia a territorios del zar. Estableció para sus propios súbditos en Turquía una exención de toda responsabilidad ante las autoridades nacionales, y cargó a la Puerta con una deuda inmensa bajo el nombre de gastos de guerra y pérdidas comerciales, reteniendo finalmente a Moldavia, Valaquia y Silistria como prenda de su pago. Habiendo impuesto a Turquía por este tratado la aceptación del protocolo del 22 de marzo, que le aseguraba la suzeranía sobre Grecia y un tributo anual de este país, Rusia empleó toda su influencia para conseguir la independencia de Grecia, que fue efectivamente erigida en estado independiente, del cual fue nombrado presidente el conde Capo d’Istria, que había sido ministro ruso.»

Estos son los hechos. Ahora ved el cuadro que de ellos trazó la mano maestra de lord Palmerston en un discurso pronunciado en la Cámara de los Comunes el 16 de febrero de 1830: «Es completamente cierto que la guerra entre Rusia y Turquía surgió de agresiones cometidas por Turquía contra el comercio y los derechos de Rusia, y de violaciones de tratados.» Sin embargo, lo encontramos, ahora como ministro whig de Asuntos Exteriores, perfeccionando este tema: «El honorable y gallardo diputado (coronel Evans) ha presentado la conducta de Rusia como una de continua agresión contra otros Estados desde 1815 hasta el presente. Se ha referido más particularmente a las guerras de Rusia con Persia y Turquía. Rusia no fue la agresora en ninguna de ellas, y aunque el resultado de la guerra persa fue un engrandecimiento de su poder, no fue un resultado que ella buscara. De nuevo, en la guerra turca Rusia no fue la agresora. Sería fatigoso para la Cámara detallar todas las provocaciones que Turquía ofreció a Rusia; pero creo que no cabe duda de que violó todas las disposiciones del tratado de Ackerman y, luego, al presentarse quejas, negó reparación; de modo que, si alguna vez hubo un motivo justo para la guerra, Rusia lo tuvo para ir a la guerra con Turquía. Sin embargo, en aquella ocasión no obtuvo ningún aumento territorial, al menos en Europa. Sé que hubo una ocupación continuada de ciertos puntos (Moldavia y Valaquia son sólo puntos, y las bocas del Danubio meros ceros), y algunas adquisiciones en el Euxino en Asia, pero tenía un acuerdo con las demás potencias europeas de que el éxito en esa guerra no conduciría a ningún engrandecimiento en Europa.»

Nuestros lectores comprenderán ahora por qué sir Robert Peel le dijo a lord Palmerston, en una sesión pública de la Cámara, que «no sabía a quién representaba». Era una manera llana de decir que no era el representante de la libertad, ni de la honradez, ni de aquello que constituye el mejor carácter de Inglaterra. Tal como era entonces el noble lord —y en la primera parte de su carrera que hemos examinado—, así es hoy, y nadie que le conozca puede esperar de él sino un falso servicio a la causa de la justicia y de los derechos humanos en la presente crisis trascendental. Lo que queda de su historia pública lo dejamos para otro día; sentimos decir que no es la mejor mitad.

Karl Marx

New-York Daily Tribune.  
Núm. 3916, 4 de noviembre de 1853  

Palmerston y Rusia.

En una reciente reunión en Londres, para protestar contra la actuación del Ministerio británico en la actual controversia entre Rusia y Turquía, un caballero que se permitió censurar especialmente a lord Palmerston fue recibido y silenciado con una tormenta de airados silbidos. La reunión pensó evidentemente que, si Rusia tenía algún amigo en el Ministerio, no era el noble vizconde; y sin duda habría desgarrado el aire con vítores si alguien hubiera podido anunciar que su señoría se había convertido en primer ministro. Esta asombrosa confianza en un hombre tan falso y vacío es otra prueba de la facilidad con que las gentes pueden dejarse engañar por talentos brillantes, y una nueva evidencia de la necesidad de arrancar la máscara a este astuto enemigo del progreso de la libertad humana. Por consiguiente, con la historia de los últimos veinticinco años y los debates del Parlamento como guías, proseguimos la tarea de poner al descubierto el verdadero papel que este consumado actor ha desempeñado en el drama de la Europa moderna.

El noble vizconde es generalmente conocido como el caballeresco protector de los polacos, y nunca deja de dar rienda suelta a sus dolorosos sentimientos respecto a Polonia ante las diputaciones que año tras año le presenta el «querido y aburridamente letal» Dudley Stuart, a quien alguien, no demasiado amistoso ni demasiado justo con su señoría, ha descrito como «un sujeto que pronuncia discursos, aprueba resoluciones, vota peticiones, acude con diputaciones, posee en todo momento la dosis necesaria de confianza en el individuo necesario y, si es necesario, también puede lanzar tres hurras por la Reina».

Los polacos llevaban en armas alrededor de un mes cuando lord Palmerston entró en funciones, en noviembre de 1830. Ya el 8 de agosto de 1831, el Sr. Hunt presenta a la Cámara una petición de la Unión de Westminster en favor de los polacos y «pidiendo la destitución de lord Palmerston de los consejos de Su Majestad». El Sr. Hume declaró ese mismo día que, por el silencio del noble lord, deducía que el Gobierno «se proponía no hacer nada por los polacos, sino dejarlos a merced de Rusia». A lo que lord Palmerston respondió «que todas las obligaciones que impusieran los tratados existentes recibirían en todo momento la atención del Gobierno».

Ahora bien, ¿qué clase de obligaciones imponían, en su opinión, a Inglaterra los tratados existentes? «La pretensión de Rusia a la posesión de Polonia lleva la fecha del Tratado de Viena» —nos dice en un discurso pronunciado en la Cámara de los Comunes el 9 de julio de 1833—; y ese tratado hace depender dicha posesión de la observancia de la Constitución polaca por parte del zar. Pero de un discurso posterior aprendemos que «el mero hecho de que este país sea parte del tratado de Viena no era sinónimo de que nosotros (Inglaterra) garantizáramos que no habría infracción de dicho tratado por parte de Rusia». Es decir, se puede garantizar un tratado sin garantizar que será observado. Éste es el principio en virtud del cual los milaneses dijeron al emperador Barbarroja: «Si has recibido nuestro juramento, recuerda que nunca juramos cumplirlo».

En cierto aspecto, el tratado de Viena era bastante bueno. Otorgaba al gobierno británico, como una de las partes contratantes, «el derecho de formarse y expresar una opinión sobre cualquier acto que tendiera a una violación de dicho tratado... Las partes contratantes del tratado de Viena tenían derecho a exigir que la Constitución de Polonia no fuera tocada, y ésta es una opinión que no he ocultado al gobierno ruso. Se la comuniqué por anticipado antes de la toma de Varsovia, y antes de que se conociera el resultado de las hostilidades. Se la comuniqué de nuevo cuando cayó Varsovia. Sin embargo, el gobierno ruso adoptó una visión distinta de la cuestión.» Así se expresó nuestro héroe el 9 de julio de 1833. Había anticipado tranquilamente la caída de Polonia y se había valido de la oportunidad para formarse y expresar una opinión sobre ciertos artículos del tratado de Viena, convencido de que el zar no aguardaba sino aplastar al pueblo polaco por la fuerza armada para rendir homenaje a una Constitución que había pisoteado cuando los polacos disponían aún de ilimitados medios de resistencia. Al mismo tiempo, el noble lord acusó a los polacos de haber «dado el paso inoportuno, y a su juicio injustificable, de destronar al Emperador». También podía afirmar que los polacos eran los agresores, pues ellos habían iniciado la contienda.

Cuando los temores de que Polonia fuera extinguida se volvieron universales e inquietantes, declaró que «exterminar a Polonia, ya sea moral o políticamente, es algo tan perfectamente impracticable, que creo que no hay necesidad alguna de aprensión de que se intente». Cuando más tarde se le recordó la vaga expectativa así suscitada, afirmó que se le había malinterpretado, y que lo dijo no en el sentido político, sino en el sentido pickwickiano de la palabra, queriendo decir que «el Emperador de Rusia era incapaz de exterminar físicamente a tantos millones de hombres como contenía el Reino de Polonia en su estado dividido». Cuando la Cámara amenazó con intervenir durante la lucha en favor de los polacos, apeló a su responsabilidad ministerial. Cuando 

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la cosa estuvo hecha, les dijo con frialdad que «ningún voto de esa Cámara tendría el más mínimo efecto en revertir la decisión de Rusia». Cuando se denunciaron las atrocidades cometidas por los rusos tras la caída de Varsovia, recomendó a la Cámara que albergara una gran ternura hacia el Emperador de Rusia, declarando que «ninguna persona podría lamentar más que él las expresiones que se habían proferido»; que «el actual Emperador de Rusia era un hombre de sentimientos elevados y generosos»; que «en aquellos casos en que se hubiera producido una severidad indebida por parte del Gobierno ruso hacia los polacos, bien podía considerarse esto como una prueba de que el poder del Emperador de Rusia estaba prácticamente limitado, y podía darse por sentado que el Emperador, en esas instancias, había cedido a las influencias de otros, en lugar de seguir los dictados de sus sentimientos espontáneos». Cuando por un lado quedó asegurada la ruina total de Polonia, y por el otro la disolución del Imperio Turco se volvió inminente por el avance de Ibrahim Pasha, aseguró a la Cámara que «los asuntos en general marchaban por un cauce satisfactorio». Habiéndose presentado una moción para conceder subsidios a los refugiados polacos, le resultaba «sumamente penoso oponerse a la concesión de dinero alguno a aquellos individuos, a lo que los sentimientos naturales y espontáneos de todo hombre generoso le llevarían a acceder», pero «no era compatible con su deber proponer concesión alguna de dinero a esas personas desafortunadas», habiendo este mismo hombre de tierno corazón sufragado en secreto, como veremos más adelante, en gran parte, el coste de la caída de Polonia con el dinero del pueblo inglés. El noble lord se cuidó muy bien de ocultar al Parlamento todos los documentos de Estado sobre la catástrofe polaca, pero varias declaraciones hechas en la Cámara de los Comunes, que él jamás ha intentado siquiera rebatir, no dejan duda alguna sobre el juego que desempeñó en aquella época fatal. Tras el estallido de la revolución polaca, el Cónsul de Austria no abandonó Varsovia, y su Gobierno llegó al extremo de enviar a un agente polaco, el Sr. Walewski, a París, con el propósito de negociar con los Gobiernos de Francia e Inglaterra el restablecimiento de un Reino de Polonia. La Corte de las Tullerías declaró «que estaba dispuesta a unirse a Inglaterra en caso de que ésta consintiera el proyecto». Lord Palmerston rechazó la propuesta. En 1831, M. de Talleyrand, a la sazón Embajador de Francia en la Corte de St. James, propuso un plan de acción combinada por parte de Francia e Inglaterra, pero se encontró con una negativa rotunda y con una nota del noble lord en la que afirmaba «que una intermediación amistosa en la cuestión polaca sería rechazada por Rusia; que las Potencias acababan de rechazar una oferta similar por parte de Francia, que la intervención de las dos Cortes, Francia e Inglaterra, sólo podría ser por la fuerza en caso de una negativa por parte de Rusia, y que las relaciones amistosas y satisfactorias entre el Gabinete de St. James y el Gabinete de San Petersburgo no permitirían a Su Majestad Británica emprender 

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tal injerencia. Aún no había llegado el momento de emprender tal plan con éxito contra la voluntad de un soberano cuyos derechos eran indiscutibles».

El así llamado reino de Polonia había desaparecido del mapa de Europa, pero aún quedaba un resto fantástico de la nacionalidad polaca en la ciudad libre de Cracovia. El zar Alejandro, durante la anarquía general resultante del derrumbe del imperio francés, no había conquistado el Ducado de Varsovia, sino que simplemente se había apoderado de él y deseaba conservarlo, junto con Cracovia, que había sido incorporada al Ducado por Bonaparte. Austria, que una vez había poseído Cracovia, deseaba recuperarla. No pudiendo el zar obtenerla para sí mismo y no estando dispuesto a cederla a Austria, propuso constituirla como ciudad libre, y en consecuencia el tratado de Viena contenía la siguiente estipulación:

«La ciudad de Cracovia, con su territorio, será por siempre una ciudad libre, independiente y estrictamente neutral, bajo la protección de Austria, Rusia y Prusia, y las Cortes de Rusia, Austria y Prusia se comprometen a respetar, y a hacer que se respete siempre, la neutralidad de la ciudad libre de Cracovia y su territorio. No se introducirá fuerza armada alguna bajo ningún pretexto».

En 1831, Cracovia fue ocupada temporalmente por tropas rusas. Esto, sin embargo, se consideró una necesidad transitoria de la guerra, y en la agitación de aquel tiempo no se advirtió sobre ello. En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por tropas de Rusia, Austria y Prusia, con el pretexto de verse obligadas a lograr, por ese medio, la expulsión de algunos refugiados polacos de la ciudad y su territorio. En esta ocasión, el noble lord se abstuvo de toda protesta, alegando, como declaró en 1836 y en 1840, «que era difícil dar efecto a nuestras protestas». — Tan pronto, sin embargo, como Cracovia fue definitivamente confiscada por Austria, una simple protesta le pareció ser «el único medio eficaz». — En marzo de 1836, cuando fue interpelado sobre la ocupación de Cracovia, declaró que ésta tenía un carácter meramente transitorio. De hecho, fue tan paliativa y apologética la interpretación que dio a los actos de sus tres aliados del norte, que se sintió obligado a detenerse súbitamente e interrumpir el tenor uniforme de su discurso con la afirmación: «No estoy aquí para defender una medida que, por el contrario, debo censurar y condenar. Me he limitado a exponer aquellas circunstancias que, aunque no excusan la ocupación forzosa de Cracovia, podrían sin embargo ofrecer una justificación», etc. Admitió que el tratado de Viena obligaba a las tres potencias a abstenerse de dar paso alguno sin el consentimiento previo de Inglaterra, pero «puede decirse con justicia que han rendido un homenaje involuntario a la justicia y a la franqueza de este país al suponer que nunca daríamos nuestro asentimiento a tal proceder».

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Sin embargo, el Sr. Patrick M. Stewart, habiendo descubierto que existían medios mejores para la preservación de Cracovia que la «abstención de protestar», propuso, el 20 de abril de 1836, que se ordenara al Gobierno enviar un representante a Cracovia como Cónsul, habiendo allí Cónsules de las otras tres potencias, Austria, Rusia y Prusia. La llegada conjunta a Cracovia de un Cónsul inglés y otro francés habría sido todo un acontecimiento y, en cualquier caso, habría impedido que el noble lord declarara posteriormente no estar al tanto de las intrigas seguidas en Cracovia por austriacos, rusos y prusianos. Indujo al Sr. Stewart a retirar su moción prometiendo solemnemente que el Gobierno «tenía la intención de enviar un Agente Consular a Cracovia». El 22 de marzo de 1837, siendo interpelado por Lord Dudley Stuart respecto a esa promesa, respondió que «había cambiado de intención y no había enviado Cónsul ni Agente alguno a Cracovia, y que no era por el momento su intención hacerlo».

Habiendo Lord Dudley Stuart anunciado que presentaría una moción para pedir documentos que esclarecieran esta singular transacción, el noble Vizconde derrotó la moción mediante el simple procedimiento de ausentarse y hacer que la Cámara se disolviera por falta de quórum el 25 de mayo de 1837. Nunca declaró por qué razón o motivo no había cumplido su promesa, y resistió todos los intentos de sonsacarle documento alguno sobre 

el tema. Diez años después, cuando Cracovia estaba sentenciada, y cuando se volvió a pedir al noble lord la presentación de los documentos relativos al no nombramiento de un Cónsul británico en Cracovia, declaró que «el asunto no tenía conexión necesaria con la discusión sobre la incorporación de Cracovia, y no veía ventaja alguna en revivir una discusión airada sobre un asunto que sólo tenía un interés pasajero». Se mantuvo fiel a su opinión sobre la presentación de documentos de Estado, tal como la expresó el 17 de marzo de 1837 al decir: «Si los documentos guardan relación con una cuestión que está bajo consideración en este momento, su presentación sería peligrosa; si se refieren a cuestiones ya pasadas, es obvio que no pueden servir de nada». Sin embargo, el Gobierno británico estaba informado con mucha exactitud sobre la importancia de Cracovia no sólo desde el punto de vista político sino también comercial, ya que el Cónsul en Varsovia, el Coronel du Plat, había informado detalladamente al respecto.

El propio Lord Palmerston se vio obligado a confesar en la Cámara que la insurrección de Cracovia de 1846 había sido provocada intencionadamente por las tres grandes potencias. «Él creía que la entrada original de las tropas austriacas en el territorio de Cracovia fue a consecuencia de una solicitud del Gobierno. Pero entonces aquellas tropas austriacas se retiraron. Por qué se retiraron no se había explicado nunca. Con ellas se retiraron el Gobierno y las autoridades de Cracovia; la consecuencia inmediata, o al menos temprana, de aquella retirada fue el establecimiento de un Gobierno Provisional en Cracovia». El 22 de febrero de 1846, las fuerzas de Austria, y posteriormente las de 

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Rusia y Prusia, tomaron posesión de aquella ciudad. El 26 de febrero, el Prefecto de Tarnow emitió su proclama llamando a los campesinos a asesinar a sus señores, prometiéndoles «una recompensa suficiente en dinero», proclama a la que siguieron las atrocidades de Galitzia y la masacre de unos 2.000 propietarios de tierras. El 12 de marzo apareció la proclama austriaca a «los fieles galitzianos que se han alzado para el mantenimiento del orden y de la ley y han destruido a los enemigos del orden». En la Gaceta oficial del 28 de abril, el Príncipe Federico de Schwarzenberg declaró oficialmente «que los actos que habían tenido lugar habían sido autorizados por el Gobierno austriaco», el cual, por supuesto, actuaba según un plan común con Rusia y Prusia. Ahora bien, después de que todas estas abominaciones hubieran pasado, el noble lord no se avergonzó de declarar en la Cámara «que tenía una opinión demasiado elevada del sentido de justicia y de derecho que debe animar a los Gobiernos de Austria, Prusia y Rusia, para creer que pudieran albergar disposición o intención alguna de tratar a Cracovia de manera distinta a como los compromisos del tratado le dan derecho a ser tratada». Para él, el único asunto pendiente entonces era librarse del Parlamento, cuya sesión se acercaba a su fin. Aseguró a los Comunes que «por parte del Gobierno británico se haría todo lo posible para asegurar que se guardara el debido respeto a las disposiciones del tratado de Viena». Cuando el Sr. Hume expresó una duda sobre la «intención de Lord Palmerston de hacer que las tropas austro-rusas se retiraran de Cracovia», el noble lord rogó a la Cámara que no diera crédito a las afirmaciones hechas por el Sr. Hume, ya que él estaba en posesión de mejor información y estaba convencido de que la ocupación de Cracovia era sólo temporal.

Después de haberse deshecho del Parlamento de 1846 del mismo modo que del Parlamento de 1853, apareció la proclama austriaca del 11 de noviembre de 1846, que incorporaba Cracovia a los dominios austriacos. Cuando el Parlamento volvió a reunirse el 19 de enero de 1847, el Discurso de la Reina le comunicó que Cracovia había desaparecido, pero que en su lugar existía una protesta del valiente Palmerston. Pero para privar a su protesta hasta de la apariencia de significar algo, el noble lord se las había ingeniado, justo en aquella época, para enzarzar a Inglaterra en una querella con Francia con motivo de los matrimonios españoles, que estuvo a punto de llevar a ambos países a un choque —actuación que fue severamente examinada por el Sr. Smith O'Brien en la Cámara de los Comunes el 16 de marzo de 1847. Cuando el Gobierno francés se dirigió al noble lord solicitando su cooperación en una protesta conjunta contra la incorporación de Cracovia, lord Normanby —siguiendo instrucciones del noble vizconde— respondió que el ultraje del que Austria se había hecho culpable al anexionarse Cracovia no era mayor que el de Francia al efectuar un matrimonio entre el duque de Montpensier y la infanta española, siendo el primer acto una violación del Tratado de Viena y el segundo del Tratado de Utrecht.

Ahora bien, el Tratado de Utrecht, que había sido renovado en 1782, fue derogado definitivamente por la guerra antijacobina y, por lo tanto, había dejado de tener vigencia desde 1792. No había hombre en la Cámara mejor informado de esta circunstancia que el noble lord, como él mismo había manifestado a la Cámara con ocasión de los debates sobre los bloqueos de México y Buenos Aires: «las disposiciones del Tratado de Utrecht habían caducado hacía tiempo en los vaivenes de la guerra, a excepción de la única cláusula relativa a las fronteras del Brasil y la Guayana Francesa, porque esa cláusula había sido incorporada con palabras expresas al Tratado de Viena.»

Pero aún no hemos mostrado todos los esfuerzos del noble lord para resistir las usurpaciones de Rusia en Europa.

En otro tiempo existió una curiosa convención entre Inglaterra, Holanda y Rusia: el llamado Préstamo ruso-holandés. Durante la guerra antijacobina, el zar Alejandro había concertado un préstamo con los señores Hope y Cía. de Ámsterdam, y tras la caída de Bonaparte, el rey de los Países Bajos, «deseoso de dar una retribución adecuada a las potencias aliadas por haber liberado su territorio» y por haberle anexionado Bélgica, a la que no tenía derecho alguno, se obligó —puesto que las demás potencias renunciaron a sus reclamaciones comunes en favor de Rusia, que se hallaba entonces en gran necesidad de dinero— a suscribir con dicha potencia un convenio en virtud del cual se comprometía a pagarle, en plazos sucesivos, los 25.000.000 de florines que adeudaba a los señores Hope. Inglaterra, a fin de encubrir el robo que había cometido contra Holanda respecto a las colonias del Cabo de Buena Esperanza, Demerara, Esequibo y Berbice, se hizo parte en este convenio y se obligó a pagar cierta proporción del subsidio concedido a Rusia. Esta estipulación pasó a formar parte del Tratado de Viena, pero bajo la condición expresa «de que el pago cesaría si la unión entre Holanda y Bélgica se rompía antes de la liquidación de la deuda». Cuando Bélgica se separó de Holanda mediante una revolución, esta última, como es natural, se negó a pagar su parte, sobre la base de que el préstamo se había contraído para mantenerla en la posesión indivisa de las provincias belgas y que ya no ejercía la soberanía sobre aquel país. Por otra parte, como declaró el Sr. Herries en el Parlamento, «no quedaba ni la más mínima pizca de derecho por parte de Rusia a que Inglaterra continuase pagando la deuda». Lord Palmerston, sin embargo, encontraba muy natural que «unas veces se pagase a Rusia por apoyar la unión de Bélgica con Holanda, y otras veces se la pagase por apoyar la separación de estos países». Apeló de manera muy solemne a la fiel observancia de los tratados y, sobre todo, del Tratado de Viena, y se las ingenió para sacar adelante un nuevo Convenio con Rusia, fechado el 16 de noviembre de 1831, en cuyo preámbulo se afirma expresamente que se celebraba «en consideración a los arreglos generales del Congreso de Viena, que se mantienen en pleno vigor». Cuando el convenio relativo al Préstamo ruso-holandés fue insertado en el Tratado de Viena, el duque de Wellington exclamó: «esto es una obra maestra de la diplomacia de Lord Castlereagh, pues Rusia ha quedado atada a la observancia del Tratado de Viena por una obligación pecuniaria». Así pues, cuando Rusia se apartó de la observancia del Tratado de Viena mediante la confiscación de Cracovia, el Sr. Hume presentó una moción para que se suspendiera todo nuevo pago anual a Rusia con cargo al erario británico. El noble vizconde, sin embargo, consideró que, aunque Rusia tuviera derecho a violar el Tratado de Viena respecto a Polonia, Inglaterra debía seguir obligada por ese mismo tratado respecto a Rusia. Pero este no es el incidente más extraordinario de esas curiosas transacciones. Después de estallar la revolución belga y antes de que el Parlamento concediera el nuevo préstamo a Rusia, el noble lord sufragó los gastos de la guerra rusa contra Polonia, con el pretexto de liquidar la antigua deuda contraída en 1815, a pesar de que podemos afirmar, basándonos en la autoridad del más grande jurista inglés, el entonces Sir Edward Sugden, hoy barón de St. Leonards, «que en esa cuestión no había un solo punto discutible y que el Gobierno no tenía potestad alguna para pagar ni un chelín de ese dinero»; y basándonos en la autoridad de Sir Robert Peel, quien declaró «que lord Palmerston no estaba autorizado por la ley para adelantar ese dinero».

Nuestros lectores comprenderán ahora por qué el noble lord repite en cada ocasión que «nada puede ser más penoso para los hombres de sentimientos rectos que las discusiones que giran en torno al tema de Polonia». También podrán apreciar el grado de seriedad que probablemente mostrará ahora al resistir las usurpaciones de la potencia a la que tan uniformemente ha servido.

New-York Daily Tribune. Nº 3930, 21 de noviembre de 1853

A Chapter of Modern History

Hay quienes esperan que en la guerra entre Turquía y Rusia, que ya ha comenzado, el Gobierno británico abandone por fin su sistema de medidas a medias y negociaciones infructuosas para actuar con energía y eficacia rechazando al invasor moscovita y apartándolo de su presa y del dominio universal con que sueña. Tal expectativa quizá no carezca de cierto fundamento en la probabilidad abstracta y en la política para justificarla; pero cuán poca razón real hay para ella lo verá quienquiera que medite los hechos que a continuación se exponen relativos a la conducta pasada de aquel ministro inglés que se considera el más hostil al avance del despotismo ruso en Europa. En realidad, la mayoría de la gente en Inglaterra que está descontenta con la política del Gobierno en la contienda entre Turquía y Rusia cree inocentemente que las cosas estarían en un estado muy distinto si lord Palmerston las tuviera bajo su control. Estas personas, al rememorar la historia del noble vizconde, deben dejar en blanco todo el período lleno de acontecimientos que va de 1832 a 1847, un blanco que nosotros llenaremos para su instrucción.

El gran tema, siempre recurrente, de la autoglorificación palmerstoniana son los servicios prestados a la causa de la libertad constitucional en todo el continente. Hay que admitir que el mundo está en deuda con él por los reinos modelo constitucional de Portugal, España y Grecia. Tras haber puesto a Portugal a disposición de la más gorda de las mujeres, María da Gloria, respaldada por un Coburg, exclamó en la Cámara de los Comunes: «Portugal debe ser considerado ya como una de las potencias sustantivas de Europa». Apenas había pronunciado el noble lord estas palabras cuando, por orden suya, seis navíos de línea británicos fondearon en Lisboa para proteger a la sustantiva hija de Don Pedro del pueblo portugués y ayudarla a destruir la constitución que había jurado defender. España, aplastada bajo el yugo de otra María —la loba de Nápoles— «nos ofrece», según su visión optimista del caso, «una esperanza justa y legítima de que llegue a ser lo que ya demostró en tiempos anteriores: una potencia floreciente e incluso formidable entre los reinos europeos». Y no le faltaron razones apologéticas incluso para haber puesto la patria de Pericles y Sófocles bajo el dominio de un idiota muchacho bávaro. «El rey Otón pertenece a un país donde existe una constitución libre». ¡Una constitución libre en Baviera, la Beocia alemana! Esto sobrepasa la licentia poetica de la floritura retórica, las legítimas esperanzas que brinda España y el poder sustantivo de Portugal. En cuanto a Bélgica, todo lo que lord Palmerston hizo por ella fue cargarla con una parte de la deuda holandesa, al tiempo que la despojaba de la provincia de Luxemburgo y le añadía una dinastía Coburg. Pero vayamos a los turcos y los rusos.

Uno de esos hechos a los que los contemporáneos apenas prestan atención, pero que delimitan ampliamente los lindes de las épocas históricas, fue la ocupación militar de Constantinopla por los rusos en 1833. El sueño eterno de Rusia se cumplía al fin. El bárbaro desde las heladas riberas del Neva tenía asido con garra de hierro, aunque temporalmente, el lujoso Bizancio y las soleadas costas del Bósforo. Como declaró Sir Robert Peel en la Cámara de los Comunes en 1834: «La ocupación de Constantinopla por las tropas rusas selló la suerte de Turquía como potencia independiente. El hecho de que Rusia hubiese ocupado Constantinopla, aunque fuera con el propósito de salvarla, representó para la independencia turca un golpe tan decisivo como si la bandera rusa ondease ahora sobre el Serrallo.»

Como consecuencia de la desafortunada guerra de 1828-1829 y del tratado de Adrianópolis, la Puerta había perdido su prestigio ante los ojos de sus propios súbditos. Como suele ocurrir en los imperios orientales cuando el poder supremo se debilita, estallaron sucesivas revueltas de poderosos bajaes contra el sultán, y Mehmet Alí, bajá de Egipto, que había apoyado a la Puerta durante la guerra griega

...de la insurrección, hizo marchar a sus tropas, bajo el mando de Ibrahim Pachá, su hijo, hacia Siria. Las gestiones entre Mehemet Alí y el Sultán comenzaron ya en octubre de 1831. En la primavera de 1832, Siria fue invadida por Ibrahim Pachá; en julio, la batalla de Homs decidió la suerte de aquella provincia; Ibrahim cruzó el Tauro; el último ejército turco fue aniquilado en Konieh, el 21 de diciembre, y las victoriosas fuerzas egipcias avanzaron camino de Estambul. El 2 de febrero de 1833, el Sultán se vio forzado a solicitar socorro a San Petersburgo. El 17 de febrero, el almirante francés Roussin llegó a Constantinopla, hizo reconvenciones a la Puerta y se comprometió a lograr la retirada del Pachá bajo ciertas condiciones, incluida la renuncia a la asistencia rusa; pero, sin apoyo, no podía esperar rivalizar con la influencia rusa. «Ustedes me han llamado, y me tendrán». El 20 de febrero, una escuadra rusa zarpó repentinamente de Sebastopol y desembarcó un nutrido cuerpo de tropas rusas en las orillas del Bósforo, para ocupar la capital. Tan ávida estaba Rusia de proteger a Turquía que, simultáneamente, se despachó a un oficial ruso ante los pachás de Erzerum y Trebisonda para informarles de que, en caso de que el ejército de Ibrahim marchara hacia Erzerum, tanto esa plaza como Trebisonda serían protegidas de inmediato por un ejército ruso. Algunos meses después llegó el conde Orloff, dando a entender al Sultán que, sin el concurso de ministro alguno y sin conocimiento de ningún agente diplomático en la Puerta, había de suscribir un papelito que traía consigo desde San Petersburgo. Así se originó el tratado de Unkiar Skelessi. En virtud del mismo, la Puerta contrajo por ocho años una alianza ofensiva y defensiva con Rusia; se inhabilitó a sí misma para contraer durante ese tiempo nuevos tratados con otras potencias salvo con el concurso del Zar; y confirmó todos sus anteriores tratados con Rusia. Por un artículo secreto anexo al tratado, la Puerta se obligaba «en favor de la Corte Imperial de Rusia a cerrar los estrechos de los Dardanelos y a no permitir que ningún buque de guerra extranjero entrase en ellos bajo pretexto alguno».

¿A quién debía el Zar el haber primero ocupado materialmente Constantinopla con sus tropas, y luego el haber transferido moralmente, en virtud del tratado de Unkiar Skelessi, la sede suprema del gobierno de Constantinopla a San Petersburgo? A nadie más que al Muy Honorable Henry John Vizconde Palmerston, Barón Temple, par de Irlanda, miembro del muy honorable Consejo Privado de Su Majestad, Caballero de la Gran Cruz de la muy honorable Orden del Baño, Miembro del Parlamento y, a la sazón, Principal Secretario de Estado para Asuntos Exteriores.

El 8 de julio de 1833 se concluyó el tratado de Unkiar Skelessi. El 11 de julio de 1833, el Sr. H. L. Bulwer tuvo la curiosidad de pedir al noble lord la presentación de documentos relativos a los asuntos de Turquía y Siria. El noble lord se opuso a la moción, «porque las gestiones a que se referían los documentos solicitados estaban incompletas, y el carácter de toda la gestión dependería de su desenlace. Como aún no se conocían los resultados, la moción era prematura».

Acusado por el Sr. Bulwer de no haber defendido al Sultán frente a Mehemet Alí y de no haber impedido el avance del ejército ruso, inició aquel curioso sistema de defensa y de confesión, desarrollado en ocasiones posteriores, cuyos membra disjecta reunimos ahora aquí por vez primera. El 11 de julio de 1833 dijo «que no estaba dispuesto a negar que en la última parte del año anterior se hubiera hecho una solicitud de asistencia a este país por parte del Sultán». Esta solicitud formal de asistencia la hizo la Puerta por primera vez en el curso de agosto de 1832. No, en agosto no. «La petición de asistencia naval de la Puerta se hizo en el mes de octubre de 1832». No, no fue en octubre, como sabemos por un discurso pronunciado un año después. «La Puerta solicitó asistencia el 3 de noviembre de 1832». El noble lord está tan inseguro acerca de la fecha en que la Puerta imploró su asistencia como lo estaba Falstaff del número de bribones en ropa de bocací que le asaltaron y a los que puso en fuga.

Sin embargo, no está dispuesto a negar que, habiendo Rusia ofrecido su asistencia armada a la Puerta, ésta fue rechazada, y se acudió a él. Él rehusó su asistencia. No obstante, la Puerta acudió de nuevo al noble lord. Primero, envió al Sr. Maurojeni a Londres, implorando su ayuda. Luego envió a Namick Pachá a suplicar la asistencia de una escuadra naval, comprometiéndose a sufragar todos los gastos y prometiendo, en ulterior compensación por tal socorro, el otorgamiento de nuevos privilegios y ventajas comerciales a los súbditos británicos en Turquía. Tan segura estaba Rusia de la negativa del noble lord, que se unió al enviado turco suplicando la asistencia de su señoría. Él mismo nos dice, en agosto de 1833: «Era de justicia declarar que, lejos de haber expresado Rusia celo alguno por el hecho de que este Gobierno concediera tal asistencia, el Embajador ruso le comunicó oficialmente, mientras la solicitud estaba aún bajo consideración, que había sabido que se había hecho tal petición y que, dado el interés que Rusia tenía en el mantenimiento y preservación del Imperio Turco, sería motivo de satisfacción que los Ministros se hallaran en condiciones de acceder a dicha solicitud». Su señoría permaneció, empero, inexorable ante las demandas de la Puerta, incluso cuando las respaldaba la desinteresada Rusia misma. Entonces, por supuesto, la Puerta supo a qué atenerse y comprendió que estaba condenada a aceptar la asistencia rusa. «La Gran Bretaña —dice el noble lord— nunca se quejó de que Rusia concediera tal asistencia, sino que, por el contrario, se alegró de que Turquía hubiera podido obtener un alivio efectivo de cualquier parte».

Sea cual fuere la época en que la Puerta solicitó asistencia a Lord Palmerston, éste se ve forzado a reconocer que «sin duda, si Inglaterra hubiera considerado oportuno intervenir, el avance del ejército invasor se habría detenido y no se habría recurrido a las tropas rusas». ¿Por qué, entonces, no consideró oportuno intervenir y evitar que se llamara a las tropas rusas? Primero alega falta de tiempo. Habiendo declarado él mismo que el conflicto entre el Sultán y Mehemet Alí surgió ya en octubre de 1831, mientras que la batalla de Konieh no tuvo lugar hasta diciembre de 1832, ¿no pudo encontrar tiempo durante todo este período? En 1832 se libró una gran batalla ganada por Ibrahim, y él tampoco encontró tiempo de julio a diciembre. Pero todo este tiempo estuvo esperando una solicitud formal por parte de la Puerta y, según su última versión, ésta no se hizo hasta el 3 de noviembre. «¿Acaso era él —exclamó Sir Robert Peel— tan ignorante de lo que ocurría en el Levante como para tener que esperar una solicitud formal?». Desde el 3 de noviembre de 1832, cuando se hizo la solicitud formal, hasta la última parte de febrero de 1833, transcurrieron cuatro largos meses, y los rusos no llegaron hasta el 20 de febrero. ¿Por qué no llegó él antes que ellos? Pero guarda una razón mejor en reserva.

El Pachá de Egipto no era más que un súbdito rebelde. El Sultán era el soberano. La observancia de la etiqueta no permitía al noble lord entrometerse entre ellos. «Tratándose de una guerra contra un soberano por parte de un súbdito, y estando dicho soberano aliado con el Rey de Inglaterra, habría sido incompatible con la buena fe tener comunicación alguna con el Pachá». Como el grande de España, el noble lord preferiría dejar que la reina arda en cenizas antes que saltarse la etiqueta y entrometerse con sus enaguas. Pero da la casualidad de que el noble lord ya había, en 1832, acreditado cónsules y agentes diplomáticos ante el súbdito egipcio del Sultán sin el consentimiento del Sultán; que había concertado tratados con Mehemet Alí que alteraban las regulaciones y arreglos existentes en materia de comercio y rentas; que no pidió el consentimiento de la Puerta de antemano, ni siquiera se preocupó por su aprobación después; y que, por tanto, había tratado al «súbdito rebelde» como una potencia independiente. En consecuencia, el entonces jefe del noble Vizconde, Earl Grey, declaró en la Cámara de los Lores que «tenían en aquel momento extensas relaciones comerciales con Mehemet Alí, que no habría sido de nuestro interés perturbar».

Pero las flotas del noble Vizconde estaban ocupadas en el Duero y el Tajo, bloqueando el Escalda y haciendo el oficio de comadrona en el nacimiento de los imperios constitucionales de Portugal y Bélgica, y no estaba, por tanto, en situación de enviar un solo buque de guerra para bagatelas tales como impedir que Rusia ocupara Constantinopla, o que Mehemet Alí pusiera en peligro el statu quo del mundo; y lo que el Sultán pedía era, desgraciadamente, asistencia naval. Por un afán de argumentar, concedamos que no pudo disponer de un solo buque. Pero hay grandes autoridades que afirman que no se necesitaba ni un solo buque, sino una sola palabra de parte del noble lord, para frenar la ambición de Mehemet Alí y los ejércitos de Ibrahim Pachá. Lord Mahon nos lo dice, y cuando hizo su declaración acababa de estar empleado en el Foreign Office bajo Sir Robert Peel. El almirante Codrington, el destructor de la flota turca en Navarino, sostiene un lenguaje similar. «Mehemet Alí —afirma— había sentido de antiguo la fuerza de nuestras representaciones en el asunto de la evacuación de Morea. Había recibido entonces órdenes de la Puerta de resistir, so pena de su cabeza, todas las solicitudes para inducirle a evacuarla, y resistió en consecuencia, pero al final cedió prudentemente y evacuó la Morea». —O tómese el testimonio del Duque de Wellington: «Si, en la sesión de 1832 o 1833, le hubieran dicho claramente a Mehemet Alí que no debía proseguir su contienda en Siria y Asia Menor, habrían puesto fin a la guerra sin el riesgo de permitir que el Emperador de Rusia enviara una flota y un ejército a Constantinopla».

Pero hay autoridades aún mejores. Escúchese al noble lord mismo: «Aunque el Gobierno de Su Majestad no accedió a la demanda de asistencia naval del Sultán, se brindó la asistencia moral de Inglaterra; y las comunicaciones hechas por el Gobierno británico al Pachá de Egipto y a Ibrahim Pachá, que mandaba en Asia Menor, contribuyeron materialmente a lograr aquel arreglo (de Kutayah) entre el Sultán y el Pachá, por el cual terminó la guerra». Lord Derby, entonces Lord Stanley y miembro del gabinete Palmerston, también «afirma audazmente que lo que detuvo el avance de Mehemet Alí fue la clara declaración de Francia e Inglaterra de que no permitirían la ocupación de Constantinopla por sus tropas».

Así, según el propio Lord Palmerston y según su colega —y éste es el rasgo más curioso de estas curiosas gestiones— no fueron en modo alguno el ejército y la escuadra rusos, sino una clara declaración de parte del agente consular británico en Alejandría, lo que detuvo a Ibrahim Pachá en su victoriosa marcha sobre Constantinopla y produjo la convención de Kutayah, según la cual Mehemet Alí obtuvo, además de Egipto, el pashalik de Siria y el de Adana, con otros lugares agregados como apéndice. Pero el noble lord consideró oportuno no permitir que su agente consular en Alejandría hiciera esta declaración hasta después de que el ejército turco fue aniquilado, Constantinopla ocupada por los cosacos y el tratado de Unkiar Skelessi firmado por el Sultán y embolsado por el Zar.

Si la falta de tiempo y la falta de flotas impidieron al noble lord asistir al sultán; si una superfluidad de etiqueta le impidió frenar al pachá; ¿empleó al menos a su embajador en Constantinopla para precaverse contra la influencia excesiva de Rusia y mantener su injerencia confinada dentro de estrechos límites? Todo lo contrario. El noble vizconde, a fin de no estorbar los movimientos de Rusia, puso buen cuidado en que no hubiera embajador alguno en Constantinopla durante el período más fatal de la crisis. «Si alguna vez hubo un país —exclama Lord Mahon— en el cual el peso y la posición de un embajador fueran útiles, o un período en el cual ese peso y esa posición pudieran ejercerse ventajosamente, ese país era Turquía, durante los seis meses anteriores al 8 de julio de 1833.» Ahora bien, el propio noble vizconde nos dice que Sir Stratford Canning, el embajador británico, abandonó Constantinopla en septiembre de 1832; que Lord Ponsonby, a la sazón en Nápoles, fue nombrado en su lugar en noviembre, y que «se experimentaron dificultades para hacer los arreglos necesarios para su traslado», aunque un buque de guerra lo estaba esperando, «y el estado desfavorable del tiempo le impidió llegar a Constantinopla hasta finales de mayo de 1833».

Sir Stratford Canning es llamado en septiembre y Lord Ponsonby nombrado en noviembre. Pero Ibrahim Pachá no había aún cruzado el Tauro, ni librado la batalla de Konya, y los rusos no se habían aún apoderado de Czarigrado. En consecuencia, se ordena a Lord Ponsonby que emplee siete meses en navegar de Nápoles a Constantinopla.

Pero ¿por qué habría Lord Palmerston de impedir a los rusos ocupar Constantinopla? «Si hubiera contemplado tranquilamente la ocupación temporal de la capital turca por las fuerzas de Rusia, era porque tenía plena confianza en el honor y la buena fe de Rusia. El Gobierno ruso, al otorgar ayuda al sultán, había empeñado su honor, y en esa prenda depositaba él la más implícita confianza.» Con la misma confianza había contado con que Rusia no aboliría la Constitución y la nacionalidad polacas. Entretanto, el zar había abolido ambas mediante el Estatuto Orgánico de 1832... pero la más implícita confianza del noble lord permanecía inquebrantada. No es culpa suya si la naturaleza ha desarrollado su protuberancia de confianza hasta dimensiones anómalas. Tan inaccesible, íntegra, indestructible, inexpugnable, imperecedera, incalculable, inconmensurable, irremediable e inmutable, tan ilimitada, impávida, sin par es su confianza, que incluso el 17 de marzo de 1834, después de que el tratado de Unkiar Skelessi se hubiera convertido en un hecho consumado, continúa declarando que «en su confianza los ministros no fueron engañados». Además de la seguridad que poseía en el honor y la buena fe de Rusia, tenía otra seguridad «en la duda de que intención alguna de repartirse aquel Imperio (el Imperio otomano) entrara siquiera en la política del Gobierno ruso».

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Ciertamente, Rusia jamás ha deseado repartirse ese Imperio, sino conservarlo entero. Tenía otra seguridad en la otra «duda, sobre si entra en la política de Rusia, en el presente, llevar a cabo tal objetivo», y una tercera seguridad en otra «duda, sobre si la nación rusa estaría preparada para ver esa transferencia de poder, de residencia y de autoridad a las provincias meridionales, que sería la consecuencia necesaria de la conquista de Constantinopla por Rusia».

El contenido del tratado de Unkiar Skelessi fue publicado por los periódicos de Londres el 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, Lord Palmerston fue interpelado por Sir Robert Inglis en la Cámara de los Comunes «sobre si realmente se había celebrado un tratado ofensivo y defensivo entre Rusia y Turquía». Sir Robert Inglis esperaba «que el noble lord estuviera preparado, antes de la prórroga del Parlamento, para presentar ante la Cámara no solo el tratado que se había hecho, sino todas las comunicaciones vinculadas a la formación de esos tratados entre Turquía y Rusia». El noble lord respondió que «cuando tuvieran la certeza de que tal tratado, como aquel al que se aludía, realmente existía, y cuando estuvieran en posesión de ese tratado, correspondería entonces a ellos determinar cuál era la línea de conducta que debían seguir, y no podía culpársele a él porque los periódicos se adelantaran a veces al Gobierno». Siete meses después, afirmó que «era perfectamente imposible que el tratado de Unkiar Skelessi, que no fue ratificado en Constantinopla hasta el mes de septiembre, hubiera podido ser oficialmente conocido por él en agosto».

Ahora bien, ¿estaba realmente el noble lord, en agosto, no seguro de que tal tratado existiera «realmente»? ¿No estaba aún en ese momento en posesión de ese tratado? En una época posterior, en marzo de 1848, él mismo declaró que «el Gobierno británico se sorprendió al encontrar que, cuando las tropas rusas abandonaron el Bósforo, se llevaron consigo ese tratado». Esto probaba que él estaba en posesión del tratado antes de que este hubiera sido concertado. «Apenas —dijo el Sr. Anstey en un discurso en 1848— lo hubo recibido la Puerta, el tratado fue comunicado por esta a la Embajada británica en Constantinopla, con una súplica de protección frente a Ibrahim Pachá y frente a Nicolás. La solicitud fue rechazada. Pero eso no fue todo. Con atroz perfidia, el hecho fue puesto en conocimiento del ministro ruso. Al día siguiente, la mismísima copia del tratado que la Puerta había depositado en la Embajada británica le fue devuelta a la Puerta por el embajador ruso, quien irónicamente aconsejó a la Puerta que la próxima vez escogiera mejor a sus confidentes».

Pero todo cuanto le importaba al noble vizconde lo había obtenido. Habiendo sido interpelado con respecto al tratado de Unkiar Skelessi el 24 de agosto de 1833, el Parlamento fue prorrogado el 29 de agosto, recibiendo desde el trono la consolatoria seguridad de que «las hostilidades que habían perturbado la paz

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Karl Marx

de Turquía habían terminado; y podían estar seguros de que la atención del Rey se dirigiría cuidadosamente a cualesquiera acontecimientos que pudieran afectar el estado presente o la futura independencia de ese Imperio». He aquí, pues, la clave del misterio de los famosos tratados rusos de julio. En julio son

concertados; en agosto algo se trasluce de ellos a través de la prensa pública; 

Lord Palmerston es interpelado en los Comunes; él, por supuesto, no sabe nada de ellos; el Parlamento es prorrogado y, cuando vuelve a reunirse, el tratado ha envejecido o, como en el caso del tratado de julio de 1840, el noble lord ha empleado el intervalo en ejecutarlo, a despecho del Parlamento y de la opinión pública.

El 29 de agosto de 1833 fue prorrogado el Parlamento. El 5 de febrero de 1834 volvió a reunirse, pero el intervalo entre su prórroga y su reunión estuvo marcado por dos incidentes íntimamente relacionados entre sí. Por un lado, las flotas unidas de Francia e Inglaterra se habían dirigido a los Dardanelos y, habiendo desplegado la tricolor y la union jack, ambas zarparon rumbo a Esmirna y de allí a Malta. Por otro lado, el 29 de enero de 1834 se concertó un nuevo tratado entre la Puerta y Rusia... el tratado de San Petersburgo. Apenas se había firmado este tratado, la flota unida fue retirada.

Esta maniobra combinada estaba destinada a engañar al pueblo británico y a Europa haciéndoles creer que la demostración hostil en los mares y costas turcos, dirigida contra la Puerta por haber concertado el tratado de Unkiar Skelessi, había inducido a Rusia a sustituirlo por el nuevo tratado de San Petersburgo. Este tratado, que prometía la evacuación de los Principados, con excepción de Silistria, y que reducía los pagos turcos a Rusia en dos tercios, aparentemente liberaba a la Puerta de algunos compromisos que le había impuesto el tratado de Adrianópolis. En todos los demás aspectos era una simple ratificación del tratado de Adrianópolis, en absoluto relativa al tratado de Unkiar Skelessi, sin dejar caer una sola palabra sobre el paso de los Dardanelos. Por el contrario, las pequeñas concesiones que otorgaba a Turquía eran el soborno pagado por la exclusión de Europa obtenida por el tratado de Unkiar Skelessi en favor de Rusia. Escuchemos al Sr. Anstey a este respecto: «El mismo día en que se estaba realizando la demostración de la flota británica, el noble lord dio al embajador ruso en esta Corte la seguridad de que este movimiento combinado de las escuadras combinadas no tenía intención alguna hostil a Rusia, ni debía tomarse como una demostración hostil contra ella, sino que, de hecho, no significaba absolutamente nada. Digo esto con la autoridad de Lord Ponsonby, el propio colega del noble lord, el embajador en Constantinopla».

Al volver a reunirse el Parlamento, apareció en The London Globe, el órgano del Foreign Office, un párrafo anunciando el tratado de San Petersburgo como «una prueba, ya sea de la moderación o del buen sentido de Rusia, o de la

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influencia que la unión de Inglaterra y Francia, y el lenguaje firme y concertado de esos dos países, han adquirido en los consejos de San Petersburgo». Así debía desviarse la atención pública del tratado de Unkiar Skelessi, y aplacarse la animosidad que este había suscitado en Europa contra Rusia.

Por hábil que fuera esta estratagema, no iba a funcionar. El 17 de marzo de 1834, el Sr. Sheil presentó una moción solicitando «copias de los tratados entre Turquía y Rusia, y de cualquier correspondencia entre los Gobiernos inglés, ruso y turco respecto a esos tratados». El noble lord resistió esta moción

hasta el límite. Tan burdamente contradictorias eran sus razones para no acceder 

a la solicitud del Sr. Sheil, que Sir Robert Peel, en su lenguaje parlamentario, no pudo menos que llamarlo «un razonador de lo más poco concluyente», y que el propio Coronel Evans del noble lord no pudo evitar exclamar que: «el discurso del noble lord le parecía el más insatisfactorio que jamás le había oído». Cuando se reclamó por primera vez la presentación de documentos, el 11 de julio de 1833, la moción era «prematura», porque las «transacciones estaban incompletas» y «el resultado no se conocía aún». Cuando el noble lord fue de nuevo interpelado, el 24 de agosto de 1833, «el tratado no estaba oficialmente firmado, y él no estaba en posesión de él». Ahora, el 17 de marzo de 1834, «las comunicaciones aún se estaban llevando a cabo... las discusiones, si así podía llamarlas, no habían aún concluido». Conminó a la Cámara a no presionarlo, ya que «la paz solo podía preservarse depositando la Cámara su confianza en el Gobierno», el cual, si se lo dejaba actuar, ciertamente protegería los intereses de Inglaterra de toda usurpación. Tres años más tarde, en una Cámara rala, compuesta casi enteramente por sus servidores, salió rotundamente con un discurso y dijo al Sr. Thomas Attwood, muy fríamente, que «el tratado de Unkiar Skelessi era un asunto que había pasado», y que jamás había sido «la intención del Gobierno recurrir a medidas hostiles para obligar a Rusia y Turquía... dos potencias independientes... a cancelar el tratado hecho entre ellas».

El noble lord, lejos de esforzarse por refutar la declaración del Sr. Sheil de que «la consecuencia del tratado de Unkiar Skelessi era la misma que si la Puerta entregara a Rusia la posesión de los Dardanelos», se vio obligado a admitir que cerraba los Dardanelos a los buques de guerra británicos, y que «no pretendía decir que, bajo sus disposiciones, incluso los buques mercantes

...en la práctica, no quedar excluida del Mar Negro», en el caso de una guerra de Inglaterra con Rusia. Pero si el Gobierno obraba «con moderación», si «no mostraba una desconfianza innecesaria», es decir, si se sometía calladamente a las usurpaciones de Rusia, él se «inclinaba a pensar que el caso en que ese tratado sería invocado podría no presentarse, y que, por tanto, en la práctica, quedaría en letra muerta». Y además, «las seguridades y explicaciones que el Gobierno británico había recibido de las 

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partes contratantes de ese tratado contribuían en gran medida a disipar sus objeciones al mismo». A fin de confundir a la Cámara, dejó caer algunas palabras en el sentido de que, según el lenguaje sostenido por Rusia, el tratado debía considerarse «como un tratado de reciprocidad, consistiendo esa reciprocidad en que, si los Dardanelos hubieran de cerrarse a Inglaterra en caso de guerra, se cerrarían también a Rusia». Esta afirmación era sencillamente falsa, pero, aun siendo cierta, «ésta era ciertamente una reciprocidad irlandesa, pues era toda de un solo lado».

Así, pues, no eran los artículos del tratado de Unkiar Skelessi, sino las seguridades que Rusia dio respecto a ellos; no eran los actos de Rusia lo que él, en su opinión, tenía que considerar, sino más bien el lenguaje que Rusia estimaba adecuado sostener. Sin embargo, cuando en el mismo día se llamó la atención del noble lord sobre la protesta del encargado de negocios francés, M. de Lagrené, contra el tratado de Unkiar Skelessi, y sobre el lenguaje ofensivo y contumelioso del conde de Nesselrode, respondiéndole que el Emperador de Rusia actuaría «como si la declaración contenida en la nota de M. de Lagrené no tuviera existencia alguna», entonces el noble lord, comiéndose sus propias palabras, expuso la doctrina opuesta: que «era, en toda ocasión, deber del Gobierno inglés atender más bien a los actos de una potencia extranjera que al lenguaje que esa potencia pudiera sostener sobre un asunto u ocasión particulares». En un momento apela de los actos de Rusia a su lenguaje, y en otro, de su lenguaje a sus actos. Catorce años más tarde, cuando el tratado de Unkiar Skelessi había expirado hacía tiempo y el noble lord estaba a punto de representar la comedia del Ministro Verdaderamente Inglés y el *Civis Romanus sum*, dijo claramente al Parlamento: «El tratado de Unkiar Skelessi fue, sin duda, arrancado en cierta medida a Turquía por el conde Orloff, el enviado ruso, bajo circunstancias» —creadas por el propio noble lord— «que hicieron difícil a Turquía negarse a adherirse a él; ese tratado otorgaba prácticamente al Gobierno ruso un poder de injerencia y dictado en Turquía no compatible con la independencia de ese Estado». El gran argumento triunfal que, durante todas las transacciones relativas al tratado de Unkiar Skelessi, tenía el noble lord dispuesto para oponer a todos los ataques contra su connivencia con Rusia, era el de su íntima alianza con Francia. Como el payaso de la comedia, tenía una respuesta de tamaño monstruoso, que debía satisfacer todas las exigencias y servir para todas las preguntas, a saber: la Alianza Anglo-Francesa. Cuando se le señalaba con sarcasmos por haber permitido la ocupación rusa de Constantinopla, replicaba que, «si las relaciones actuales establecidas entre este país y Francia eran el blanco de esos sarcasmos, él solo diría que contemplaba con sentimientos de orgullo y satisfacción el papel que había desempeñado al promover ese buen entendimiento». Cuando se exigió la presentación de los documentos relativos al tratado de Unkiar Skelessi, respondió que «Inglaterra y Francia habían cimentado ahora una amistad, que solo se había fortalecido».

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Lord Palmerston - A Chapter of Modern History 

Pero Sir Robert Peel exclamó «que no podía sino observar que, cada vez que el noble lord se veía en dificultades respecto a alguna parte de nuestra política exterior europea, hallaba al punto un medio fácil de escape felicitando a la Cámara por la estrecha alianza de este país con Francia». Al mismo tiempo, el noble lord tuvo buen cuidado de no disipar las sospechas de sus oponentes tories de que él se había visto obligado a hacer la vista gorda ante una agresión contra Turquía por parte de Mehmet Alí, porque Francia la había alentado directamente.

Así, en aquella época la aparente alianza con Francia servía para encubrir una secreta infeudación a Rusia, al igual que en 1840 la ruptura con Francia, artificialmente manejada, sirvió para sancionar una alianza oficial con Rusia.

Mientras el noble lord fatigaba al mundo publicando voluminosos infolios de negociaciones infructuosas sobre los asuntos del Constitucional Imperio de Bélgica, y con amplias explicaciones, verbales y documentales, respecto al poder sustantivo de Portugal, hasta este momento ha resultado del todo imposible arrancarle documento alguno relativo a la primera guerra siríaca y turca y al tratado de Unkiar Skelessi. Incluso en 1848 se resistió a la presentación de esos papeles, aunque el señor Anstey declaró claramente que, al pedirlos, lo hacía con el propósito de probar la colusión del noble lord con el Zar. El noble lord prefirió matar el tiempo con un discurso de cinco horas a matar la sospecha con documentos que hablasen por sí mismos.

Su sistema de ficciones, pretextos, contradicciones, trampas y declaraciones increíbles alcanzó su punto culminante cuando, el 14 de diciembre de 1837, se opuso a una moción del señor T. Attwood para la presentación de los papeles relacionados con el tratado de Unkiar Skelessi, sobre la base de que «los papeles relacionados con ese tratado fueron presentados ante la Cámara hace tres años», a saber, en 1834, y que «era un tratado celebrado por un período limitado», y «habiendo expirado ese período, su introducción por el honorable miembro era del todo innecesaria e injustificada». El noble Vizconde sabía tan bien que los papeles no fueron presentados ante la Cámara en 1834, ni en ningún otro período, como que el tratado

de Unkiar Skelessi, lejos de haber expirado el 14 de diciembre de 1837, continuó en pleno vigor hasta el 8 de julio de 1841.

Semejante grosero sistema de fraude constituyó el último refugio de un Ministro inglés que había abierto Constantinopla a un ejército ruso, y cerrado los Dardanelos a la marina inglesa, y que había ayudado al Zar a apoderarse de Constantinopla por meses y del control de Turquía por años. Cuán absurdo, pues, suponer que ahora él vaya probablemente a volverse y oponerse a un amigo al que ha servido tan larga y tan fielmente.

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Karl Marx 

New-York Daily Tribune. 
Nr. 3973, 11. Januar 1854 

Inglaterra y Rusia. 

La dimisión de Lord Palmerston parece estar obrando en Inglaterra todas las maravillas que él podía haber esperado de ella. Mientras la indignación pública se torna cada vez más activa contra el Gabinete que él ha abandonado, y cuya política él había respaldado enfáticamente en toda ocasión, hasta el último momento de su vinculación con ellos, los mismos partidos que más ruidosamente denuncian a la Coalición rivalizan en elogios a Palmerston. Y mientras claman por una resistencia enérgica y honorable a las usurpaciones de Rusia, por un lado, parecen no desear nada tanto como la restauración de su estadista favorito en el alto cargo, por el otro. Así

este consumado y despiadado actor engaña al mundo. Sería un espectáculo divertido si los intereses en juego fueran menos trascendentales. Cuán profundo es el engaño ya hemos tenido ocasión de mostrarlo, y ahora añadimos abajo una nueva demostración de la verdad de que, por una razón u otra, Lord Palmerston ha trabajado sin cesar por el engrandecimiento de Rusia, y ha utilizado a

Inglaterra para ese fin. Quienes buscan mirar detrás de las bambalinas de la historia actual y juzgar los acontecimientos y los hombres en su valor real hallarán, creemos, instructiva nuestra revelación.

Una ojeada al mapa de Europa nos mostrará en el lado occidental del Mar Negro las desembocaduras del Danubio, el único río que brota en el corazón mismo de Europa, y que puede decirse que forma una calzada natural hacia Asia. Exactamente enfrente, en el lado oriental del Euxino, al sur del río Kubán, comienza la cadena montañosa del Cáucaso, que, extendiéndose desde el Mar Negro hasta el Caspio en dirección sudeste a lo largo de unas 700 millas, separa Europa de Asia.

La potencia que posee las desembocaduras del Danubio posee necesariamente el Danubio mismo, la calzada hacia Asia, y con él controla una gran parte del comercio de Suiza, Alemania, Hungría, Turquía y, sobre todo, de Moldavia y Valaquia. Pero concédase a la misma potencia además el Cáucaso, y el Mar Negro le pertenecerá exclusivamente como un *mare clausum*, y solo faltan Constantinopla y los Dardanelos para cerrar su puerta. La posesión de las montañas caucásicas asegura de inmediato el control de Trebisonda y, por su posición con respecto al Mar Caspio, del litoral septentrional de Persia.

La mirada codiciosa de Rusia ha abarcado a la vez las desembocaduras del Danubio y la cadena montañosa del Cáucaso. Allí, la tarea en cuestión era conquistar la supremacía; aquí, mantenerla. Las cadenas de las montañas del Cáucaso separan la Rusia meridional de las lujosas provincias de Geor-

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Lord Palmerston - England and Russia 

gia, Mingrelia, Imeritia y Guriel, que el moscovita había arrebatado al musulmán. Así, el pie del monstruoso imperio queda separado de su cuerpo principal. El único camino militar serpentea desde Mozdok hasta Tiflis a través del estrecho paso de Dariel, asegurado por una cadena continua de plazas atrincheradas, y expuesto por ambos lados a los eternos ataques de las hostiles tribus caucásicas. La unión de las tribus caucásicas bajo un solo jefe militar podría incluso poner en peligro la comarca fronteriza de los cosacos. «La idea de las terribles consecuencias que produciría en el sur de Rusia una unión de los hostiles caucasianos bajo una sola cabeza llena a uno de terror», exclama el señor Kupffer, un alemán que presidió la comisión científica que en 1829 acompañó la expedición del General Emmanuel a Elbruz.

En este mismo momento se dirige nuestra atención con igual ansiedad a las orillas del Danubio, donde Rusia se ha apoderado de los dos graneros de Europa, y al Cáucaso, donde está amenazada con la expulsión de Georgia.

Sus movimientos en ambas regiones tienen un origen común. Fue por el tratado de Adrianópolis por lo que se preparó la usurpación de Moldo-Valaquia, y por lo que se fundaron sus pretensiones sobre el Cáucaso.

El Art. IV de ese tratado tiene la siguiente estipulación:

«Todos los países situados al norte y al este de la línea de demarcación entre los dos imperios (Rusia y Turquía) hacia Georgia, Imeritia y Guriel, así como toda la costa del Mar Negro, desde la boca del Kubán hasta el puerto de San Nicolás inclusive, permanecerán bajo la dominación de Rusia.»

Con respecto al Danubio, el mismo tratado estipula:

«La línea fronteriza seguirá el curso del Danubio hasta la boca de San Jorge, dejando todas las islas formadas por los diferentes brazos en posesión de Rusia. La orilla derecha permanecerá, como anteriormente, en posesión de la Puerta Otomana. Se acuerda, sin embargo, que esa orilla derecha, desde el punto donde el brazo de San Jorge se aparta del de Sulina, permanecerá deshabitada a una distancia de dos horas (seis millas) del río, y que no se levantará allí ningún tipo de construcción; y de igual manera en las islas que aún permanecen en posesión de Rusia. Con la excepción de las cuarentenas que allí se establecerán, no se permitirá hacer ningún otro establecimiento o fortificación.»

Ambos párrafos, en cuanto que aseguraban a Rusia nuevas posesiones y ventajas comerciales exclusivas, infringen el protocolo del 4 de abril de 1826, redactado por el duque de Wellington en San Petersburgo, y el tratado del 6 de julio de 1827, concertado entre Rusia y las demás potencias en Londres. El Gobierno inglés, por tanto, se negó a reconocer el tratado de Adrianópolis. El duque de Wellington protestó contra él. Lord Aberdeen protestó contra él, como dice lord Mahon: «En un despacho a lord Heytesbury, fechado el 31 de octubre de 1829, comentó con no poca insatisfacción muchas partes del tratado de Adrianópolis, y especialmente señaló las estipulaciones referentes a las islas del Danubio. Niega que ese tratado haya respetado los derechos territoriales de soberanía de la Puerta y la condición y los intereses de todos los Estados marítimos del Mediterráneo». El conde Grey dijo: «Que la independencia de la Puerta se sacrificaría y la paz de Europa peligraría si esto se acordaba». El propio lord Palmerston, en su discurso del 17 de marzo de 1837, nos informa: «En lo que respecta a la extensión de la frontera rusa en la desembocadura del Danubio, el sur del Cáucaso y las costas del mar Negro, ciertamente no es coherente con la solemne declaración hecha por Rusia ante Europa antes del comienzo de la guerra turca».

Las costas orientales del mar Negro, mediante cuyo bloqueo y corte del suministro de armas y pólvora a los distritos circasianos del noroeste, podía Rusia esperar únicamente hacer valer sus pretensiones sobre el Cáucaso que le había arrebatado a Turquía —la costa del mar Negro, así como las desembocaduras del Danubio, no son ciertamente lugares «donde pudiera tener lugar una acción inglesa», como se lamentaba lord Palmerston en el caso de Cracovia—. ¿Por qué misterioso artificio ha logrado, no obstante, el moscovita bloquear el Danubio, bloquear la costa del Euxino y obligar a Inglaterra a someterse no sólo al tratado de Adrianópolis, sino al mismo tiempo a las violaciones cometidas por la propia Rusia contra ese idéntico tratado?

Estas preguntas fueron formuladas al noble Vizconde en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836. Simultáneamente se presentaron peticiones de los comerciantes de Londres, de Glasgow y de otras ciudades comerciales, contra las regulaciones fiscales de Rusia en el mar Negro, y contra sus disposiciones y restricciones, encaminadas a interrumpir el comercio inglés por el Danubio.

El 7 de febrero de 1836 había aparecido un ucase que, en virtud del tratado de Adrianópolis, establecía una cuarentena en una de las islas formadas por las bocas del Danubio. Para ejecutar las regulaciones de cuarentena, Rusia reclamaba el derecho de abordaje y registro, de cobrar tasas y de apresar y enviar a Odesa a los marineros recalcitrantes que proseguían viaje Danubio arriba. Antes de que se estableciera la cuarentena, o mejor dicho, antes de que, bajo el falso pretexto de una cuarentena, se erigieran un fuerte y una aduana, las autoridades rusas habían lanzado tanteos para averiguar qué riesgo correrían con el Gobierno británico. Lord Durham, siguiendo instrucciones recibidas de Inglaterra, protestó ante el Gobierno ruso por estos obstáculos al comercio británico. Se le remitió al conde Nesselrode. El conde Nesselrode remitió al gobernador de la Rusia meridional, y el gobernador de la Rusia meridional, a su vez, remitió al cónsul en Galatz, quien se comunicó con el cónsul británico en Ibraila, el cual recibió instrucciones de enviar a los capitanes a quienes se les había exigido el peaje a la desembocadura del Danubio, escenario de sus perjuicios, para que se investigara el asunto, siendo bien sabido que los capitanes en cuestión se encontraban entonces en Inglaterra.

El ucase formal del 7 de febrero de 1836 despertó, sin embargo, la atención general de los comerciantes británicos, ya que, como declaró el Sr. Stewart en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836, «muchos barcos habían zarpado y otros estaban por salir, a cuyos capitanes se les habían dado órdenes estrictas de no someterse al derecho de abordaje y registro que Rusia reclamaba. El destino de estos barcos sería inevitable, a menos que la Cámara emitiera alguna expresión de opinión. Si no se hacía, barcos británicos por un total de no menos de 5.000 toneladas serían apresados y enviados a Odesa, hasta que se cumplieran las insolentes órdenes de Rusia».

Hemos dicho que Rusia adquirió las islas pantanosas en las bocas del Danubio en virtud del tratado de Adrianópolis, tratado que fue una violación del que había concertado previamente con Inglaterra y las demás potencias el 26 de julio de 1827. El que erizara las bocas del Danubio con fortificaciones, y estas fortificaciones con cañones, era también una violación del tratado de Adrianópolis, que prohibía expresamente que se erigiera fortificación alguna a menos de seis millas del río. La exacción de peajes y la obstrucción de la navegación eran una violación del tratado de Viena, que declaraba que «la navegación de los ríos en todo su curso, desde el punto en que cada uno de ellos se hace navegable hasta su desembocadura, será enteramente libre», que «el importe de los derechos no excederá en ningún caso de los que se pagaban actualmente (en 1815)», y que «no se verificará ningún aumento salvo con el consentimiento común de los Estados ribereños». Así pues, los únicos puntos en los que Rusia podía alegar inocencia eran una infracción del tratado de 1827, por el tratado de Adrianópolis, una violación abierta por ella misma del tratado de Adrianópolis, y una insolente ruptura del tratado de Viena.

Parecía del todo imposible arrancar a lord Palmerston declaración alguna sobre si reconocía o no el tratado de Adrianópolis. En cuanto al tratado de Viena, «no había recibido información oficial alguna de que hubiera ocurrido algo no autorizado por el tratado. Cuando las partes interesadas hicieran tal declaración, se trataría de la manera que los asesores jurídicos de la Corona consideraran conforme a los derechos de los súbditos de Inglaterra».

Lord Palmerston * England and Russia

Por el artículo V del tratado de Adrianópolis, Rusia «garantiza la prosperidad de los Principados del Danubio y la plena libertad de comercio para ellos». Ahora bien, el Sr. Patrick Stewart demostró que los Principados de Moldavia y Valaquia eran objeto de celos mortales por parte de Rusia, porque su comercio había experimentado un súbito desarrollo desde 1834, porque competían con la propia producción de materias primas de Rusia, y porque Galatz se estaba convirtiendo en el gran depósito de todo el grano del Danubio, desplazando a Odesa del mercado. A esto respondió lord Palmerston con estas palabras:

«Si mi honorable amigo hubiera podido demostrar que, mientras que hace algunos años teníamos un comercio amplio e importante con Turquía, y que ese comercio, por la agresión de otros países o por la negligencia del gobierno de éste, se había reducido a un comercio insignificante, entonces habría habido motivo para apelar al Parlamento. En lugar de semejante circunstancia, mi honorable amigo ha demostrado que en los últimos años el comercio con Turquía ha pasado de ser casi nulo a alcanzar una cifra muy considerable».

«Rusia obstruye la navegación del Danubio porque el comercio de los Principados está adquiriendo importancia», dice el Sr. Stewart. «Pero no lo hizo cuando ese comercio era casi nulo», responde lord Palmerston. «Usted deja de oponerse a la reciente intrusión de Rusia en el Danubio», dice el Sr. Stewart. «Pero, ¿lo hicimos antes de que se aventurasen esas intrusiones?», pregunta lord Palmerston.

Su Señoría logró impedir que la Cámara adoptara una resolución, asegurándole que «no había disposición alguna por parte del Gobierno de Su Majestad de someterse a agresiones por parte de potencia alguna, fuera cual fuera y fuera más o menos fuerte», y advirtiendo a la Cámara que «también debían abstenerse cautelosamente de cualquier cosa que pudiera ser interpretada por otras potencias, y con razón, como una provocación por su parte».

Una semana después de que estos debates tuvieran lugar en la Cámara de los Comunes, un comerciante británico dirigió una carta a lord Palmerston en relación con el ucase ruso. Le respondió el subsecretario del Foreign Office en los siguientes términos:

«El vizconde Palmerston me ordena que le comunique a usted que su señoría ha solicitado el dictamen del asesor jurídico de la Corona sobre las regulaciones promulgadas por el ucase ruso del 7 de febrero de 1836; pero, entretanto, lord Palmerston me ordena que le comunique, respecto a la última parte de su carta, que el Gobierno de Su Majestad opina que las autoridades rusas no exigen justificadamente ningún peaje en la desembocadura del Danubio, y que usted ha obrado correctamente al ordenar a sus agentes que se nieguen a pagarlo».

El comerciante, al actuar de acuerdo con esta carta, fue abandonado a Rusia por el noble lord; un peaje ruso, como afirma el Sr. Urquhart, es ahora exigido en Londres y Liverpool por los cónsules rusos a todo barco inglés que zarpe hacia los puertos turcos del Danubio, y la cuarentena sigue en pie en la isla de Leti.

Pero Rusia no limitó su invasión del Danubio a una cuarentena establecida, a fortificaciones erigidas y a peajes exigidos. La única boca del Danubio aún navegable, la boca de Sulina, pasó a manos de Rusia mediante el tratado de Adrianópolis. Mientras estuvo en poder de los turcos, el canal se mantenía con una profundidad de 14 a 16 pies. Desde que pasó a manos de Rusia, la profundidad se ha reducido a 8 pies, calado del todo insuficiente para el transporte de los barcos empleados en el comercio de granos. Ahora bien, Rusia es parte en el tratado de Viena, y ese tratado estipula en su artículo 113 que «cada Estado sufragará los gastos de conservación en buen estado de los caminos de sirga y mantendrá las obras necesarias para que la navegación no experimente obstáculo alguno». Rusia no encontró mejor medio para mantener el canal en estado navegable que obstruir su desembocadura con una acumulación de arena y fango, y empedrar su barra con pecios. A esta sistemática y prolongada violación del tratado de Viena, Rusia ha añadido otra violación del tratado de Adrianópolis, que prohíbe erigir establecimiento alguno en la boca de Sulina, salvo para fines de cuarentena y faro, ya que, a su dictado, ha surgido allí una pequeña ciudad rusa, mantenida por las extorsiones, cuya ocasión han brindado las demoras y los gastos de alije resultantes de la obstrucción del canal.

«¿De qué sirve», dijo lord Palmerston el 30 de abril de 1823, «insistir en principios abstractos ante gobiernos despóticos a quienes se acusa de medir el derecho por la fuerza y de regir su conducta por la conveniencia, y no por la justicia?» De acuerdo con su propia máxima, el noble lord se cuidó muy bien de contentarse con insistir en principios abstractos ante el gobierno despótico

de Rusia. Pero fue más allá. Mientras aseguraba a la Cámara, el 6 de julio de 1840, que la libertad del Danubio estaba «garantizada por el tratado de Viena»; y mientras se lamentaba, el 13 de julio de 1840, de que, aunque la ocupación de Cracovia era una violación del tratado de Viena, «no había medios de imponer la opinión de Inglaterra porque Cracovia era evidentemente un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar», dos días más tarde concertó un tratado con Rusia, en virtud del cual los Dardanelos quedaron herméticamente cerrados a los navíos de guerra ingleses en tiempo de paz con Turquía, privando así a Inglaterra del único medio de hacer cumplir el tratado de Viena y transformando el Ponto Euxino en «un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar». Conseguido este punto, dio una satisfacción fingida a la opinión pública disparando toda una batería de documentos que recordaban al «gobierno despótico», que «mide el derecho por la fuerza y rige su conducta por la conveniencia y no por la justicia», de manera muy sentenciosa y sentimental, que «Rusia, cuando obligó a Turquía a cederle la salida de un gran río europeo que constituye la vía comercial para el intercambio mutuo de muchas naciones, contrajo deberes y responsabilidades

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Karl Marx

para con otros Estados, de cuyo cumplimiento debería enorgullecerse.» A semejante homilía sobre principios abstractos, el conde Nesselrode respondió con firmeza y flemáticamente que «el asunto debía ser examinado cuidadosamente», y de vez en cuando expresó «un sentimiento de disgusto por parte del Gobierno Imperial ante la desconfianza manifestada hacia sus intenciones.»

Así, por la gestión del noble lord, las cosas han llegado en 1853 al punto en que la navegación del Danubio había sido declarada imposible y el trigo se pudre en la desembocadura del Sulina, mientras el hambre amenaza con invadir Francia, Inglaterra y el sur de Europa. Así, Rusia ha añadido, como decía The Times, «a sus otras importantes posesiones, la de una compuerta de esclusa entre el Danubio y el Ponto Euxino.» Ha adquirido la llave del Danubio y de un torniquete del pan que puede aplicar en cuanto la política de Europa Occidental se haga merecedora de castigo.

El misterio, sin embargo, de las transacciones de Lord Palmerston con Rusia en cuanto a sus planes sobre el Danubio no fue revelado sino hasta el curso de los debates sobre Circasia. Entonces fue probado por Mr. Anstey, el 23 de febrero de 1848, que «el primer acto del noble vizconde al asumir el cargo (de ministro de Asuntos Exteriores) fue aceptar el tratado de Adrianópolis» —el mismo tratado contra el cual habían protestado el duque de Wellington y lord Aberdeen.

Cómo se hizo esto y cómo Lord Palmerston entregó Circasia a Rusia, en la medida en que tuvo el poder de entregarla, quizá forme el tema de otro artículo.

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