Corresponsalía de la N.Y. Tribune.

Londres, martes 5 de julio de 1853.

El correo portador del rechazo del ultimátum ruso por parte de Reshid Pachá llegó a San Petersburgo el 24 del mes pasado, y, tres días más tarde, se despachó un mensajero con órdenes para que el príncipe Gorchakoff cruzara el Prut y ocupara los Principados.

El gobierno austriaco ha enviado al conde Gyulai en misión extraordinaria ante el zar, sin duda con el objeto de prevenirlo contra el peligro de revolución que acecha detrás de toda guerra europea general. Podemos inferir la respuesta del gabinete ruso en la presente coyuntura de la que dio a representaciones similares de la misma potencia en 1829. Fue la siguiente:

«En esta ocasión, el gabinete austriaco ha reproducido todos los motivos de alarma creados por la fermentación que, según su opinión y las informaciones que posee, reina en más de un país, así como los progresos recientemente realizados por las tendencias revolucionarias. Estas aprehensiones quedan más particularmente reveladas en la carta del emperador Francisco a Nicolás. Estamos lejos de negar los peligros que Austria nos señala. Puesto que, por medio de la influencia extranjera, la resistencia de la Puerta asume un carácter de obstinación que retrasa, más allá de nuestros deseos y nuestras esperanzas, el término de esta crisis, e incluso exige esfuerzos redoblados y nuevos sacrificios por nuestra parte, Rusia se verá forzada a consagrar más que nunca toda su atención a intereses que afectan de manera tan inmediata al honor y al bienestar de sus súbditos; desde ese momento, los medios que ella podría oponer al estallido del espíritu revolucionario en el resto de Europa quedarán necesariamente paralizados. Ninguna potencia, pues, debería estar más interesada que Austria en la conclusión de la paz, pero de una paz gloriosa para el Emperador y ventajosa para su imperio. Porque si el tratado que firmásemos no llevara este carácter, la consideración política y la influencia de Rusia sufrirían a través de él un golpe fatal, el prestigio de su fuerza se desvanecería, y el apoyo moral que quizá pudiera ser llamada a prestar en futuras contingencias a las potencias amigas y aliadas sería precario e ineficaz.» (Despacho secreto del conde Nesselrode al Sr. de Tatistcheff, fechado en San Petersburgo, 12 de febrero de 1829.)

The Press del pasado sábado afirmaba que el zar, decepcionado por la conducta de Inglaterra, y más especialmente de Lord Aberdeen, había instruido al Sr. de Brunnow para que no se comunicara más con aquel «buen» viejo, sino que se limitara a sus relaciones oficiales con el Secretario de Asuntos Exteriores.

El Vienna Lloyd, órgano de la bancocracia austríaca, se muestra muy decididamente partidario de que Austria se ponga del lado de Inglaterra y Francia con el fin de desalentar la política agresiva de Rusia.

Recordaréis que el Ministerio de Coalición sufrió una derrota el 14 de abril, con motivo de la propuesta de abolición del derecho sobre los anuncios. Ahora han experimentado dos derrotas más, el 1 del corriente, en el mismo terreno. El Sr. Gladstone propuso ese día reducir el derecho sobre los anuncios de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques, y extenderlo a los anuncios publicados en cualquier revista, folleto u otra obra literaria. La enmienda del Sr. Milner Gibson para la abolición de todos los derechos actualmente exigibles sobre los anuncios fue rechazada por 109 votos contra 99. Los partidarios del Sr. Gladstone, creyendo ganada la victoria, abandonaron la Cámara para cenar y asistir a un baile de la corte, momento en que el Sr. Bright se levantó y pronunció un discurso muy poderoso contra los impuestos sobre el conocimiento en general, y contra el derecho de timbre y el derecho sobre los anuncios en particular. De este discurso citaré algunos pasajes que puedan ser de interés para vosotros:

«Él (el Sr. Bright) sostenía en su mano un periódico del mismo tamaño que los diarios londinenses sin suplemento, y era tan buen periódico, se atrevía a afirmar, como cualquiera de los publicados en Londres. Estaba impreso con un tipo más fino que cualquier diario londinense. El papel, el material, era sumamente bueno — del todo suficiente para todos los propósitos de un periódico. La impresión no podía ser superada en modo alguno, y contenía más material para su tamaño que cualquier diario impreso en Londres. Las páginas primera, segunda y tercera estaban compuestas de anuncios. Había un largo artículo sobre la investigación de la American Art-Union, un artículo de fondo que ofrecía un resumen de todas las últimas noticias de Europa, un artículo de fondo sobre la disputa de las pesquerías, y un artículo de fondo, con el cual él coincidía enteramente, que afirmaba que las cenas públicas eran perjuicios públicos. (Oíd, y risas.) Había visto artículos quizás escritos con más estilo, pero nunca ninguno que tuviera mejor tono, o que fuese más probable que resultara útil. Luego, además, había "Tres días más tarde desde Europa", la "Llegada del Asia", y una condensación de todas las noticias de Europa. De Gran Bretaña había una elaborada disquisición sobre el Presupuesto del Muy Honorable señor, que le hacía justicia en algunas partes, pero no en otras, y que, en lo que concernía a las escuelas de Manchester, ciertamente no les hacía justicia alguna. (Risas.) Luego había un relato de la visita de la Sra. Stowe a Edimburgo, un largo artículo de The London Times sobre las injusticias contra las modistas, artículos de Grecia, España y otros países continentales, la elección de Athlone, y los resultados del Solicitor General de Su Majestad por exactamente 189 votos — lo que a un americano le sorprendería mucho leer —, varias columnas de noticias corrientes en párrafos, y las más elaboradas tablas comerciales y de mercado. Escribía firmemente a favor de la templanza y contra la esclavitud, y él se aventuraba a decir que no había en este momento en Londres un periódico mejor que ése. El nombre de ese periódico era The New-York Tribune, y se ponía regularmente cada mañana sobre la mesa de todo trabajador de aquella ciudad que quisiera comprarlo por la suma de un penique. (¡Oíd, oíd!) Lo que él quería preguntar al Gobierno era esto: ¿Cómo se explica, y para qué buen fin, y por qué artimaña de opresión fiscal sucede que uno de nuestros trabajadores aquí pague 5 peniques por un periódico matutino londinense, mientras que su competidor directo en Nueva York puede comprar un periódico por 1 penique? Estábamos corriendo una carrera a la vista del mundo entero con los Estados Unidos; pero si nuestros artesanos estaban condenados o bien a no tener periódico alguno, o bien a pagar 5 peniques por él, o bien a ser empujados a las tabernas para leerlo, mientras que el artesano de los Estados Unidos podía procurárselo por 1 penique, ¿cómo era posible que pudiera mantenerse alguna rivalidad justa entre los artesanos de los dos países? Tanto valdría decir que un comerciante en Inglaterra, si nunca viera un parte de precios, llevaría su negocio con la misma facilidad que el comerciante que tiene esa ventaja todos los días. (¡Oíd, oíd!)... Si el Canciller de Hacienda se opusiera a lo que él había expuesto, le diría desde luego y sin vacilación que era porque tenía un latente temor a la libertad de prensa; y cuando el Muy Honorable señor hablaba de dificultades financieras, decía que no era sino una capa para ocultar su horror agazapado ante la posibilidad de que el pueblo tuviera una prensa libre y mayores medios de información política. (Oíd.) Era el temor de que la prensa fuera libre lo que les hacía conservar el derecho de 6 peniques sobre los anuncios como puntal del timbre.»

El Sr. Craufurd propuso entonces sustituir la cifra de 6 peniques por la cifra 0 peniques. El Sr. Cobden apoyó la moción, y en respuesta a la afirmación del Sr. Gladstone de que el derecho sobre los anuncios no era una cuestión de mucha importancia en relación con la circulación de los periódicos baratos, llamó su atención sobre el testimonio dado por el Sr. Horace Greeley, quien fue examinado ante la Comisión que había sesionado sobre este asunto en 1851.

«Este caballero fue uno de los Comisionados de la gran exposición, y era el propietario de ese mismo periódico del cual había citado su honorable amigo, el Sr. Bright. Se le preguntó cuál sería el efecto del derecho sobre los anuncios en América, y su respuesta fue que su operación consistiría en destruir sus nuevos periódicos.»

Lord John Russell se levantó entonces y dijo, con voz más bien airada, que no era del todo justo intentar revocar, en una Cámara muy diezmada, las decisiones adoptadas previamente. Por supuesto, Lord John no recordaba que en la mismísima cuestión del derecho sobre los anuncios sus colegas habían sido derrotados antes por una mayoría de 40, y sólo habían obtenido ahora una mayoría de 10. A pesar de la lección de Lord John sobre la justicia «constitucional», la moción del Sr. Gladstone de un derecho de 6 peniques por cada anuncio fue rechazada por 68 votos contra 63, y la enmienda del Sr. Craufurd aprobada por 70 contra 61. El Sr. Disraeli y sus amigos votaron con la Escuela de Manchester.

La Cámara de los Comunes, para hacer justicia a las dimensiones colosales del tema, ha estado estirando su debate sobre la India con una longitud y amplitud inusitadas, aunque ese debate ha carecido por completo de profundidad y de grandeza de interés. La votación, que dio a los Ministros una mayoría de 332 contra 142, está en razón inversa a la discusión. Durante la discusión, todo fueron cardos para el Ministerio, y Sir Charles Wood fue el asno oficialmente encargado de alimentarse de ellos. En la votación, todo son rosas, y Sir Charles Wood recibe la corona de otro Manu. Los mismos hombres que rechazaron el plan del Ministerio con sus argumentos, lo afirmaron con sus votos. Ninguno de sus partidarios se atrevió a disculpar el proyecto de ley en sí; por el contrario, todos se disculparon por apoyarlo, los unos porque era una parte infinitesimal de una medida en la buena dirección, los otros porque no era medida alguna. Los primeros pretenden que ahora lo enmendarán en Comisión; los segundos dicen que lo despojarán de todas las flores de Reforma de fantasía con que hace alarde.

El Ministerio conservó el campo porque más de la mitad de la oposición tory se escapó, y una gran porción del resto desertó con Herries e Inglis al campo de Aberdeen, mientras que de los 142 votos opuestos, 100 pertenecían a la fracción de Disraeli, y 42 a la Escuela de Manchester, apoyados por algunos descontentos irlandeses y algunos inexpresables. La oposición dentro de la oposición ha salvado una vez más al Ministerio.

El Sr. Halliday, uno de los funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales, al ser examinado ante una Comisión de investigación, declaró: «Que la Carta que concedía un arrendamiento de veinte años a la Compañía de las Indias Orientales era considerada por los naturales de la India como si los arrendaran a ellos.» Esta vez, al menos, la Carta no ha sido renovada por un período definido, sino que es revocable a voluntad del Parlamento. La Compañía, por tanto, descenderá de la respetable situación de arrendatarios hereditarios a la precaria condición de inquilinos a voluntad. Esto ya es una ganancia para los naturales. El Ministerio de Coalición ha conseguido transformar el Gobierno de la India, como todas las demás cuestiones, en una cuestión abierta. La Cámara de los Comunes, por otra parte, se ha dado un nuevo testimonio de pobreza, al confesar mediante la misma votación su impotencia para legislar y su falta de voluntad para aplazar la legislación.

Desde los días de Aristóteles el mundo se ha visto inundado por una espantosa cantidad de disertaciones, ingeniosas o absurdas según ocurriera, sobre esta pregunta: ¿Quién detentará el poder gobernante? Pero por primera vez en los anales de la historia, el Senado de un pueblo que gobierna a otro pueblo de 156 millones de seres humanos, extendido sobre una superficie de 1.368.113 millas cuadradas, ha juntado las cabezas en solemne y pública congregación, con el fin de responder a la irregular pregunta: ¿Quién de entre nosotros es el poder gobernante real sobre ese pueblo extranjero de 150 millones de almas? No hubo ningún Edipo en el Senado británico capaz de desentrañar este enigma. Todo el debate giró exclusivamente en torno a él, y aunque tuvo lugar una división, no se llegó a ninguna definición del Gobierno de la India.

Que en la India existe un déficit financiero permanente, un exceso regular de guerras y ninguna provisión de obras públicas, un abominable sistema tributario y un estado no menos abominable de la justicia y la ley; que estos cinco puntos constituyen, por así decirlo, las cinco cláusulas de la Carta de la India Oriental, fue algo establecido fuera de toda duda en los debates de 1853, como lo había sido en los debates de 1833, en los de 1813 y en todos los debates anteriores sobre la India. Lo único que nunca se descubrió fue la parte responsable de todo ello.

Existe, indiscutiblemente, un Gobernador General de la India, que detenta el poder supremo, pero ese Gobernador es gobernado a su vez por un gobierno metropolitano. ¿Quién es ese gobierno metropolitano? ¿Es el Ministro de la India, disfrazado bajo el modesto título de Presidente de la Junta de Control, o son los veinticuatro Directores de la Compañía de las Indias Orientales? En el umbral de la religión india encontramos una divina trinidad, y así encontramos una trinidad profana en el umbral del Gobierno de la India.

Dejando, por un momento, al Gobernador General completamente a un lado, la cuestión en disputa se resuelve en la del doble Gobierno, bajo cuya forma resulta familiar para la mente inglesa. Los Ministros en su proyecto de ley, y la Cámara en su división, se aferran a este dualismo.

Cuando la Compañía de los comerciantes aventureros ingleses, que conquistaron la India para hacer dinero con ella, comenzó a agrandar sus factorías hasta convertirlas en un imperio, cuando su competencia con los comerciantes particulares holandeses y franceses asumió el carácter de rivalidad nacional, entonces, por supuesto, el Gobierno británico empezó a inmiscuirse en los asuntos de la Compañía de las Indias Orientales, y el doble Gobierno de la India surgió de hecho, si no de nombre. La ley de Pitt de 1784, al entrar en un compromiso con la Compañía, someterla a la superintendencia de la Junta de Control y hacer de ésta un apéndice del Ministerio, aceptó, reguló y asentó ese doble Gobierno, surgido de las circunstancias, tanto de nombre como de hecho.

La ley de 1833 fortaleció la Junta de Control, convirtió a los propietarios de la Compañía de las Indias Orientales en meros tenedores de hipoteca de las rentas de la India, ordenó a la Compañía que vendiera sus existencias, disolvió su existencia comercial, la transformó, en lo que políticamente seguía existiendo, en una mera fideicomisaria de la Corona, e hizo así con la Compañía de las Indias Orientales lo que la Compañía había acostumbrado a hacer con los príncipes de la India. Tras suplantarlos, continuó, durante un tiempo, gobernando aún en su nombre. Hasta tal punto la Compañía de las Indias Orientales no ha existido desde 1833 más que de nombre y por tolerancia. Mientras que, por un lado, no parece haber dificultad en deshacerse por completo de la Compañía, por otro lado es muy indiferente que la nación inglesa gobierne la India bajo el nombre personal de la reina Victoria o bajo la firma tradicional de una sociedad anónima. Toda la cuestión, por tanto, parece girar en torno a una tecnicidad de importancia muy discutible. Aun así, la cosa no es tan sencilla.

Cabe señalar, en primer lugar, que la Junta Ministerial de Control, con sede en Cannon-row, es una ficción tan grande como la Compañía de las Indias Orientales, que se supone reside en Leadenhall-street. Los miembros que componen la Junta de Control no son sino un manto para el gobierno supremo del Presidente de la Junta. El Presidente mismo no es más que un miembro subordinado, aunque independiente, del Ministerio Imperial. En la India parece darse por sentado que si un hombre no sirve para nada, lo mejor es hacerlo juez y quitárselo de encima. En Gran Bretaña, cuando un partido llega al poder y se encuentra embarazado con un "estadista" de décima fila, se considera lo mejor hacerlo Presidente de la Junta de Control, sucesor del Gran Mogol, y de ese modo quitárselo de encima — teste Carolo Wood.

La letra de la ley confía a la Junta de Control, que no es sino otro nombre para su Presidente, "plenos poder y autoridad para superintender, dirigir y controlar todos los actos, operaciones y asuntos de la Compañía de las Indias Orientales que de alguna manera se relacionen o conciernan al Gobierno o a las rentas de los territorios indios". A los Directores se les prohíbe "emitir órdenes, instrucciones, despachos, cartas oficiales o comunicación alguna relativa a la India, o a su Gobierno, hasta que las mismas hayan sido sancionadas por la Junta". Se ordena a los Directores que "preparen instrucciones u órdenes sobre cualquier asunto a los catorce días de recibir aviso de la Junta, o, en caso contrario, transmitan las órdenes de la Junta sobre el asunto de la India". La Junta está autorizada a inspeccionar toda la correspondencia y los despachos que vayan a la India o procedan de ella, y las actas de las Juntas de Propietarios y de Directores. Por último, la Junta de Directores ha de nombrar un Comité Secreto, compuesto por su Presidente, su Vicepresidente y su miembro más antiguo, quienes juran guardar secreto, y a través del cual, en todos los asuntos políticos y militares, el Presidente de la Junta puede transmitir sus órdenes personales a la India, mientras que el Comité actúa como un mero conducto de sus comunicaciones. Las órdenes relativas a las guerras afgana y birmana, y a la ocupación de Scinde, se transmitieron a través de este Comité Secreto, sin que la Junta de Directores estuviera más informada de ellas que el gran público o el Parlamento. Hasta aquí, por tanto, el Presidente de la Junta de Control parecería ser el verdadero Mogol, y, en cualquier circunstancia, conserva un poder ilimitado para hacer daño, como, por ejemplo, para provocar las guerras más ruinosas, todo ello oculto bajo el nombre de la irresponsable Junta de Directores. Por otro lado, la Junta de Directores no carece de poder real. Al ejercer generalmente la iniciativa en las medidas administrativas, al constituir, en comparación con la Junta de Control, un cuerpo más permanente y estable, con reglas tradicionales de actuación y cierto conocimiento de los detalles, toda la administración interna ordinaria recae necesariamente en su parte. Nombran también, bajo sanción de la Corona, al Gobierno Supremo de la India, al Gobernador General y a sus Consejos; poseyendo, además, el poder irrestricto de revocar a los más altos servidores, e incluso al Gobernador General, como hicieron bajo Sir Robert Peel, con Lord Ellenborough. Pero éste no es aún su privilegio más importante. Recibiendo sólo 300 libras anuales, en realidad se les paga con patrocinio, distribuyendo todos los puestos de escribiente y las plazas de cadete, de entre cuyos números el Gobernador General de la India y los Gobernadores provinciales están obligados a cubrir todos los cargos superiores que se les niegan a los nativos. Cuando se determina el número de nombramientos anuales, el conjunto se divide en 28 partes iguales, de las cuales se asignan dos al Presidente y al Vicepresidente, dos al Presidente de la Junta de Control y una a cada uno de los Directores. El valor anual de cada parte de patrocinio rara vez baja de 14.000 libras. "Todos los nombramientos", dice el señor Campbell, "son ahora, por así decirlo, propiedad privada de los individuos, divididos entre los Directores, y cada uno dispone de su parte como le parece conveniente". Ahora bien, es evidente que el espíritu de la Junta de Directores debe impregnar toda la Alta Administración india, educada, como está, en las escuelas de Addiscombe y Haileybury, y nombrada, como está, por su patrocinio. No es menos evidente que esta Junta de Directores, que tiene que distribuir, año tras año, nombramientos por un valor de casi 400.000 libras entre las clases altas de Gran Bretaña, encontrará poco o ningún freno en la opinión pública dirigida por esas mismas clases. Cuál sea el espíritu de la Junta de Directores, lo mostraré en una carta siguiente sobre el estado actual de la India. Por ahora baste decir que el señor Macaulay, en el curso de los debates pendientes, defendió a la Junta con el argumento particular de que era impotente para llevar a cabo todos los males que pudiera proponerse, tanto así que todas las mejoras se habían efectuado en oposición a ella, y contra ella, por Gobernadores individuales que actuaron bajo su propia responsabilidad. Así, en lo que respecta a la supresión del suttee, la abolición de los abominables derechos de tránsito y la emancipación de la prensa de la India Oriental.

El Presidente de la Junta de Control, en consecuencia, envuelve a la India en guerras ruinosas bajo el amparo de la Junta de Directores, mientras que la Junta de Directores corrompe la Administración india bajo el manto de la Junta de Control.

Al examinar más a fondo el marco de este gobierno anómalo, encontramos en su base un tercer poder, más supremo que la Junta o el Tribunal, más irresponsable y más oculto y protegido de la superintendencia de la opinión pública. El transitorio Presidente de la Junta depende de los empleados permanentes de su establecimiento en Cannon-row, y para esos empleados la India no existe en la India, sino en Leadenhall-street. Ahora bien, ¿quién es el amo en Leadenhall-street?

Dos mil personas, ancianas damas y caballeros valetudinarios, que poseen acciones de la India, sin otro interés en la India que cobrar sus dividendos de las rentas indias, eligen a veinticuatro Directores, cuya única calificación es poseer 1.000 libras en acciones. Comerciantes, banqueros y directores de compañías se toman grandes molestias para entrar en la Corte en interés de sus negocios privados. "Un banquero", dijo el señor Bright, "en la City de Londres dispone de 300 votos de la Compañía de las Indias Orientales, cuya palabra es casi ley absoluta para la elección de Directores". De ahí que la Junta de Directores no sea más que una sucursal de la moneyocracia inglesa. La tal electa Corte forma, a su vez, además del mencionado Comité Secreto, otros tres Comités, que son: 1. Político y Militar. 2. Finanzas e Interior. 3. Ingresos, Judicial y Legislativo. Estos Comités son nombrados cada año por rotación, de modo que un financiero está un año en el Comité Judicial y al año siguiente en el Militar, y nadie tiene oportunidad de una supervisión continua sobre un departamento determinado. El modo de elección ha introducido a hombres completamente ineptos para sus deberes, y el sistema de rotación da el golpe de gracia a la poca idoneidad que por azar pudieran conservar. ¿Quiénes, entonces, gobiernan de hecho bajo el nombre de la Dirección? Un gran equipo de irresponsables secretarios, examinadores y empleados en la India House, de los cuales, como observa el señor Campbell en su Esquema para el Gobierno de la India, sólo un individuo ha estado jamás en la India, y ése sólo por accidente. Aparte del comercio del patrocinio, es, por tanto, una mera ficción hablar de la política, la...

principios, y el sistema de la Corte de Directores. La verdadera Corte de Directores y el verdadero Gobierno Metropolitano, etc., de la India son la burocracia permanente e irresponsable, «las criaturas del escritorio y las criaturas del favor» que residen en Leadenhall Street. Tenemos así una Corporación que gobierna un inmenso Imperio, no formada, como en Venecia, por eminentes patricios, sino por viejos empleados obstinados y por semejantes sujetos estrafalarios.

No es de extrañar, pues, que no exista gobierno alguno sobre el que tanto se escriba y tan poco se haga como el Gobierno de la India. Cuando la East India Company no era más que una asociación comercial, solicitaban, como es natural, un informe sumamente detallado de cada partida a los gerentes de sus factorías indias, tal como lo hace toda empresa mercantil. Cuando las factorías se convirtieron en un Imperio, y las partidas comerciales en cargamentos de correspondencia y documentos, los empleados de Leadenhall continuaron con su sistema, que convirtió a los directores y a la Junta en sus dependientes; y lograron transformar el gobierno indio en una inmensa máquina de escribir. Lord Broughton declaró en su testimonio ante el Comité de Salarios Oficiales que con un solo despacho se enviaban 45.000 páginas de recopilaciones.

Con el fin de daros una idea de la manera de matar el tiempo en que se despachan los asuntos en la India House, citaré un pasaje del Sr. Dickinson:

«Cuando llega un despacho de la India, se remite, en primera instancia, al Departamento de Examinadores al que corresponda; tras lo cual los presidentes confieren con el funcionario a cargo de ese departamento y acuerdan con él el tenor de una respuesta, y transmiten un borrador de dicha respuesta al Ministro de la India, en lo que técnicamente se denomina P.C., es decir, comunicación previa. Los presidentes, en esta fase preliminar de P.C., dependen principalmente de los empleados. Tan grande es esta dependencia que incluso en una discusión en la Corte de Propietarios, previo aviso, resulta lastimoso ver al presidente recurrir a un secretario que se sienta a su lado y no deja de susurrarle, apuntarle y embromarle como si fuera un mero títere, y el Ministro en el otro extremo del sistema se encuentra en la misma situación. En esta etapa de P.C., si hay una diferencia de opinión sobre el borrador, se discute y casi invariablemente se resuelve en comunicación amistosa entre el Ministro y el Presidente; finalmente, el borrador es devuelto por el Ministro, bien aprobado o modificado; y luego se somete al Comité de Directores que supervisa el departamento al que corresponde, junto con todos los documentos relativos al caso, para que sea considerado y discutido y aprobado o modificado, y después se expone al mismo proceso ante la Corte plena, y entonces pasa, por primera vez, como comunicación oficial al Ministro, tras lo cual sufre el mismo proceso en dirección contraria.»

«Cuando se discute una medida en la India —dice el Sr. Campbell—, el anuncio de que ha sido remitida a la Corte de Directores se considera un aplazamiento indefinido.»

El espíritu mezquino y abyecto de esta burocracia merece ser estigmatizado con las célebres palabras de Burke:

«Esta tribu de políticos vulgares son lo más bajo de nuestra especie. No hay oficio tan vil y mecánico como el Gobierno en sus manos. La virtud no es su hábito. Salen de sí mismos ante cualquier línea de conducta recomendada solo por la conciencia y la gloria. Una visión amplia, liberal y prospectiva de los intereses de los Estados pasa para ellos por romanticismo; y los principios que la recomiendan, por divagaciones de una imaginación desordenada. Los calculadores los computan fuera de sus sentidos. Los chanceros y bufones los avergüenzan de todo lo grande y elevado. La pequeñez de objeto y de medios les parece a ellos sensatez y sobriedad.»

Los establecimientos administrativos de Leadenhall Street y Cannon Row cuestan al pueblo indio la bagatela de 160.000 libras esterlinas al año. La oligarquía envuelve a la India en guerras para encontrar empleo a sus hijos menores; la plutocracia la consigna al mejor postor; y una burocracia subalterna paraliza su administración y perpetúa sus abusos como condición vital de su propia perpetuación.

El proyecto de ley de Sir Charles Wood no altera nada en el sistema existente. Amplía el poder del Ministerio, sin aumentar su responsabilidad.

Karl Marx.