Friedrich Engels

¿Qué va a ser de Turquía en Europa?

New-York Daily Tribune.
Nr. 3748, 21. April 1853

¿Qué va a ser de Turquía en Europa?

Hemos visto cómo la obstinada ignorancia, la rutina consagrada por los siglos, la heredada modorra mental de los estadistas europeos, retrocede ante el mero intento de responder a esta pregunta. Aberdeen y Palmerston, Metternich y Guizot –por no mencionar a sus sustitutos republicanos y constitucionales de 1848 a 1852, que nunca alcanzarán renombre– desesperan todos de hallar una solución.

Y mientras tanto, Rusia avanza paso a paso, lenta pero irresistiblemente, hacia Constantinopla, a despecho de todas las notas diplomáticas, intrigas y maniobras de Francia e Inglaterra.

Ahora bien, este avance constante de Rusia, admitido por todos los partidos, en todos los países de Europa, jamás ha sido explicado por los estadistas oficiales. Ven el efecto, ven incluso la consecuencia última, y sin embargo la causa permanece oculta para ellos, aunque nada hay más sencillo.

El gran motor que impulsa a Rusia hacia Constantinopla no es sino el mismísimo artificio ideado para mantenerla alejada de allí: la hueca, la jamás aplicada teoría del *statu quo*.

¿Qué es ese *statu quo*? Para los súbditos cristianos de la Puerta, significa sencillamente el mantenimiento, por los siglos de los siglos, de la opresión turca sobre ellos. Mientras estén oprimidos por el dominio turco, el jefe de la Iglesia griega, el soberano de sesenta millones de cristianos griegos, sea cual fuere en otros respectos, es su libertador y protector natural. Así es como diez millones de cristianos griegos de la Turquía europea se ven forzados a apelar a la ayuda rusa, precisamente por ese esquema diplomático inventado para prevenir las intrusiones rusas.

Contemplad los hechos tal como los registra la historia. Ya antes del reinado de Catalina II, Rusia jamás dejó escapar una oportunidad de obtener condiciones favorables para Moldavia y Valaquia. Estas estipulaciones llegaron por fin a tal extremo en el Tratado de Adrianópolis (1829), que los principados arriba mencionados están ahora más sometidos a Rusia que a Turquía. Cuando, en 1804, estalló la revolución servia, Rusia tomó inmediatamente bajo su protección a los rayas sublevados y, en dos tratados, después de haberlos apoyado en dos guerras, garantizó la independencia interna de su país. Cuando los griegos se sublevaron, ¿quién decidió la contienda? No las intrigas y rebeliones de Alí Pachá de Janina, no la batalla de Navarino, no el ejército francés en la Morea, no las conferencias y protocolos de Londres, sino la marcha de los rusos de Diebitsch a través de los Balcanes hacia el valle del Maritza. Y mientras Rusia procedía así, sin temor, al desmembramiento de Turquía, ¡los diplomáticos occidentales continuaban garantizando y enarbolando como sagrado el *statu quo* y la inviolabilidad del territorio otomano!

Mientras la tradición de sostener a toda costa el *statu quo* y la independencia de Turquía en su estado actual sea la máxima rectora de la diplomacia occidental, Rusia será considerada, por nueve décimas partes de la población de la Turquía europea, como su único apoyo, su libertador, su Mesías.

Ahora bien, supóngase por un momento que el dominio turco en la península greco-eslava fuese eliminado; que existiese un gobierno más adecuado a las necesidades del pueblo; ¿cuál sería entonces la posición de Rusia? Es un hecho notorio que en cada uno de los Estados que han surgido en suelo turco y han adquirido una independencia total o parcial, se ha formado un poderoso partido antirruso. Si tal es el caso en un momento en que el apoyo ruso es su única salvaguardia contra la opresión turca, ¿qué hemos de esperar, entonces, tan pronto como haya desaparecido el temor a la opresión turca?

Pero eliminar la autoridad turca más allá del Bósforo; emancipar los diversos credos y nacionalidades que pueblan la península; abrir la puerta a los designios y maquinaciones, a los deseos e intereses contrapuestos de todas las grandes potencias de Europa: ¿acaso no es esto provocar una guerra universal? Así pregunta la cobardía y la rutina diplomáticas.

Por supuesto, no se espera que los Palmerston, los Aberdeen, los Clarendon, los secretarios de Asuntos Exteriores del continente, hagan tal cosa. No pueden contemplarla sin estremecerse. Pero quienquiera que, en el estudio de la historia, haya aprendido a admirar las eternas mutaciones de los asuntos humanos, donde nada es estable salvo la inestabilidad, nada constante salvo el cambio; quienquiera que haya seguido esa marcha severa de la historia cuyas ruedas pasan implacables sobre las ruinas de los imperios, aplastando generaciones enteras sin considerarlas dignas siquiera de una mirada de piedad; quienquiera que, en resumen, haya tenido los ojos abiertos al hecho de que jamás existió una apelación demagógica o una proclama insurrecta tan revolucionaria como los simples y llanos registros de la historia de la humanidad; quien sepa apreciar el carácter eminentemente revolucionario de la época presente, en que el vapor y el viento, la electricidad y la imprenta, la artillería y los descubrimientos de oro cooperan para producir más cambios y revoluciones en un año que los que antes se producían en un siglo, ciertamente no retrocederá ante una cuestión histórica por la consideración de que su adecuada resolución pueda acarrear una guerra europea.

No, la diplomacia, el Gobierno al estilo antiguo, jamás resolverá la dificultad. La solución del problema turco está reservada, como la de otros grandes problemas, a la Revolución Europea. Y no hay presunción en asignar esta cuestión, aparentemente remota, al dominio legítimo de ese gran movimiento. Las avanzadas revolucionarias no han cesado de progresar desde 1789. Los últimos puestos revolucionarios fueron Varsovia, Debreczin, Bucarest; los puestos avanzados de la próxima revolución habrán de ser Petersburgo y Constantinopla. Son los dos puntos vulnerables donde debe atacarse al coloso antirrevolucionario ruso.

Sería un mero esfuerzo de fantasía trazar un plan detallado de cómo podría repartirse el territorio turco en Europa. Podrían inventarse veinte planes semejantes, cada uno tan plausible como el otro. Lo que tenemos que hacer no es elaborar programas quiméricos, sino buscar conclusiones generales a partir de hechos indiscutibles. Y desde este punto de vista, la cuestión presenta un doble aspecto.

En primer lugar, es una realidad innegable que la península comúnmente llamada Turquía europea constituye la herencia natural de la raza eslavo-meridional. Esta raza aporta siete millones de los doce millones de sus habitantes. Ha estado en posesión del suelo durante mil doscientos años. Sus competidores –si exceptuamos una población dispersa que ha adoptado la lengua griega, aunque en realidad es de ascendencia eslava– son bárbaros turcos o arnautas, convictos desde hace mucho del más inveterado antagonismo a todo progreso. Los eslavo-meridionales, por el contrario, son, en los distritos interiores del país, los representantes exclusivos de la civilización. Todavía no forman una nación, pero poseen en Servia un núcleo de nacionalidad poderoso y relativamente ilustrado. Los servios tienen una historia, una literatura propias. Deben su actual independencia interna a una lucha de once años, llevada valientemente contra fuerzas superiores. En los últimos veinte años, han crecido rápidamente en cultura y medios de civilización. Los cristianos de Bulgaria, Tracia, Macedonia y Bosnia los consideran el centro en torno al cual, en sus futuros esfuerzos por la independencia y la nacionalidad, todos habrán de agruparse. De hecho, puede afirmarse que, cuanto más se han consolidado Servia y la nacionalidad servia, tanto más ha sido relegada a segundo plano la influencia directa de Rusia sobre los eslavos turcos; pues Servia, para mantener su posición específica como Estado cristiano, se ha visto obligada a tomar prestados de la Europa occidental sus instituciones políticas, sus escuelas, sus conocimientos científicos, sus instrumentos industriales; y así se explica la anomalía de que, a pesar de la protección rusa, Servia, desde su emancipación, haya constituido una monarquía constitucional.

Sean cuales fueren los lazos que la consanguinidad y la creencia religiosa común puedan tender entre los eslavos rusos y los turcos, sus intereses serán decididamente opuestos a partir del día en que estos últimos sean emancipados. Las necesidades comerciales derivadas de la posición geográfica de los dos países lo explican. Rusia, país interior compacto, es esencialmente un país de producción predominantemente agrícola y, quizás, un día, manufacturera. La península greco-eslava, pequeña en extensión comparativamente, con un enorme desarrollo de costas en tres mares, uno de los cuales domina, es hoy esencialmente un país de tránsito comercial, aunque con las mejores capacidades para una producción independiente. Rusia es monopolizadora; la Eslavia meridional es expansiva. Son, además, competidoras en Asia central; pero mientras Rusia tiene todo interés en excluir todo producto que no sea el suyo propio, la Eslavia meridional tiene ya ahora todo interés en introducir en los mercados orientales los productos de la Europa occidental. ¿Cómo, entonces, es posible que ambas naciones se pongan de acuerdo? De hecho, los eslavos turcos y los griegos tienen ya hoy muchos más intereses en común con la Europa occidental que con Rusia. Y tan pronto como la línea de ferrocarril que ahora se extiende desde Ostende, El Havre y Hamburgo hasta Pest se haya prolongado hasta Belgrado y Constantinopla (lo cual se está considerando en estos momentos), la influencia de la civilización y el comercio occidentales se hará permanente en el sureste de Europa.

Además: los eslavos turcos padecen especialmente por su sujeción a una clase musulmana de ocupantes militares a la que tienen que mantener. Estos ocupantes militares reúnen en sí todas las funciones públicas: militares, civiles y judiciales. Ahora bien, ¿qué es el sistema ruso de gobierno, allí donde no está mezclado con instituciones feudales, sino una ocupación militar, en la cual la jerarquía civil y judicial está organizada a manera militar, y donde el pueblo tiene que costearlo todo? Quienquiera que piense que tal sistema puede tener un atractivo para los eslavos meridionales, que estudie la historia de Servia desde 1804. Kara Jorge, el fundador de la independencia servia, fue abandonado por el pueblo, y Milosh Obrenovitch, el restaurador de dicha independencia, fue ignominiosamente expulsado del país, porque intentaron introducir el sistema autocrático ruso, acompañado de su concomitante corrupción, burocracia semimilitar y extorsión a la manera de los bajás.

He aquí, pues, la solución simple y final de la cuestión. La historia y los hechos del presente señalan por igual la erección de un Estado cristiano libre e independiente sobre las ruinas del Imperio musulmán en Europa. El próximo esfuerzo de la Revolución difícilmente dejará de hacer necesario tal acontecimiento, pues difícilmente dejará de inaugurar el largo y madurado conflicto entre el absolutismo ruso y la democracia europea. En ese conflicto, Inglaterra deberá

Por su parte, en cualesquiera manos en que por el momento pueda hallarse su gobierno, jamás puede permitir que Rusia obtenga la posesión de Constantinopla. Debe, por tanto, tomar partido por los enemigos del Zar y favorecer la constitución de un gobierno eslavo independiente en lugar de la decrépita y derrocada Sublime Puerta. Por el momento, el deber de quienes quieran impulsar la causa popular en Europa es prestar toda la ayuda posible al desarrollo de la industria, la educación, la obediencia a la ley y el instinto de libertad e independencia en las dependencias cristianas de Turquía. En ello están interesadas la paz y el progreso futuros del mundo. Si ha de haber cosecha, nunca será demasiado el cuidado que se dedique a la preparación del terreno y a la siembra de la semilla.