FRIEDRICH ENGELS LA CUESTIÓN TURCA Hace poco tiempo que la gente de Europa occidental y Norteamérica puede formarse un juicio adecuado de los asuntos turcos. Hasta la insurrección griega, Turquía era, en todo sentido, terra incognita, y lo que la gente se imaginaba se refería más a las Mil y una Noches que a los hechos históricos. Los diplomáticos que habían estado allá alardeaban de conocimientos más acertados, pero esto tampoco quería decir nada, ya que ninguno de estos funcionarios se había tomado et trabajo de aprender turco, eslavo del sur o el griego moderno, y estaban a merced de las versiones de los intérpretes griegos y comerciantes galos. Además, siempre había suficientes intrigas a mano para entretener a estos diplomáticos descansados, entre los que la excepción honorable era la de Joseph von Hammer, el historiador alemán de Turquía. Estos señores no se ocupaban del pueblo, de las instituciones, de la situación social del país; se ocupaban solamente de la corte y especialmente de los griegos fanariotas, mediadores astutos entre ambas partes, cada una de las cuales desconocía la situación, la fuerza y los recursos de la otra. Las ideas y opiniones que se apoyaban en ESta infonnación tan pobre, fueron por mucho tiempo y, aunque parezca raro, siguen siéndolo con mucho, los principios de la acción de la diplomacia occidental respecto de Turquía.

Pero mientras Inglaterra, Francia y durante mucho tiempo Austria también, buscaban a oscuras una política oriental definida, otra poteneia les ganó. Rusia, que era semiasiática por su estado, costumbres, tradiciones e instituciones, encontró suficientes hombres como para captar la situación y el carácter de Turquía. Su religión era la misma de nueve décimos de la población de Turquía europea; su idioma casi igual al de siete millones de súbditos turcos; y la conocida solvencia de los rusos para conversar en un idioma extranjero, aun sin asimilarlo, facilitó a los agentes, bien pagados, el familiarizarse con las cuestiones turcas. De manera que Rusia se valió tempranamente de su posición muy favorable en el sureste de Europa. Cientos de agentes de Rusia andaban por Turquía, señalándole a los griegos ortodoxos la f igura del zar como cabeza, protector natural y libertador de la oprimida iglesia oriental, y especialmente presentando ese mismo zar a los eslavos del sur como el todopoderoso que tarde o temprano uniría a todas las ramas de la raza eslava bajo un cetro, convirtiéndolas en la rua dominante de Europa. El clero de la iglesia ortodoxa inició en seguida una gran conspiración para difundir estas ideas. La insurrección servia de 1809 y el levantamiento griego de 1821 fueron provocados, más o menos, por el oro y las influencias rusos; y donde los bajás turcos levantaban la bandera de la revuelta contra el gobierno central, no faltaban las [2 10]

LA CUESTIÓN TURCA 2 1 1 intrigas ni el dinero rusos; y mientras los asuntos turcos intrigaban a los diplomáticos occidentales, que no sabían del asunto más que lo que conocían del hombre de la luna, entonces se declaraba la guerra, los ejércitos rusos iban hacia los Balcanes y el Imperio otomano se perdía a pedazos. Es cierto que durante los últimos treinta años se ha hecho mucho por iluminar la situación de Turquía. Filólogos y críticos alemanes nos han presentado su historia y su literatura; residentes y comerciantes ingleses han recogido mucha información sobre las condiciones sociales del imperio. Pero los diplomáticos sabihondos parecen despreciar todo esto, y se aferran tan obstinadamente como pueden a las tradiciones iniciadas por el estudio de los cuentos orientales, mejorados por las versiones de los mercenarios griegos más corrompidos que jamás hayan existido. ¿Y qué había que esperar? Rusia ha conseguido sus fines en todo lo fundamental, uno tras otro y continuadamente, gracias a la ignorancia, torpeza, y por consecuencia, contradicciones y cobardías de los gobiernos occidentales. Desde la batalla de Navarino hasta esta crisis oriental, la acción de las potencias occidentales se ha visto entorpecida por querellas de la una con la otra -oJ,'iginadas casi todas en su ignorancia de los asuntos orientales y en envidias que debieron resultar incomprensibles para los orientales, con directo beneficio para Rusia. No son los griegos, tanto de Grecia como de Turquía, y los eslavos, los únicos que ven a Rusia como su verdadera protectora; hasta el gobierno de Constantinopla, defraudado una y otra vez, al tratar de trasmitir sus reales necesidades y su situación a los embajadores occidentales, que se enorgullecen de su incompetencia para ver los problemas turcos, este mismo gobierno turco debió pedir siempre a Rusia su misericordia y buscar protección de la potencia que admite abiertamente su intención de hacercruzar el Bósforo hasta el último turco, y de poner la bandera de San Andrés en los minaretes de la Hagia Sofía. A pesar de toda la tradición diplomática, estos abusos constantes y exitosos de Rusia han proporcionado a los gabinetes occidentales sólo una vaga y lejana percepción del peligro que se acerca. Esto dio lugar a la aplicación del gran remedio diplomático, consistente en el mantenimiento del status quo de Turquía como prenda de paz para el mundo. La grandilocuente incapacidad de ciertos estadistas modernos, no podía haberles hecho confesar más claramente su ignorancia e inutilidad que mediante el axioma que habiendo sido siempre letra muerta, ha sido santificado por la tradición durante el corto período de veinte años, y se ha vuelto tan albo como la Carta magna del rey Juan. ¡Mantener el status quo! ¡Si fue para mantener el status quo, precisamente, que Rusia provocó la revuelta de Servia, hizo independiente a Grecia, se apropió del protectorado de Moldavia y Valaquia y retuvo una parte de Armenia! Inglaterra y Francia no movieron un dedo mientras sucedía todo esto y la única vez que lo movieron fue para proteger, en 1849, no a Turquía, sino a los refugiados húngaros. A los ojos de la diplomacia europea y aun de la prensa europea, toda la cuestión oriental se resuelve en el dilema: los rusos en Constantinopla o el mantenimiento del status quo. No les cabe en la cabeza otra cosa que esta alternativa.

- Véanlo en la prensa londinense. The Times apoya la división de Tur· quía y proclama la ineptitud de la raza turca para seguir gobernando esa hermosa esquina de Europa. Hábil como siempre, The Times, ataca abiertamente la antigua tradición diplomática del status quo y sostiene que no puede seguir. Todo el talento de que dispone el periódico está dedicado a probar esta imposibilidad en razón de distintas circunstancias y a atraer la simpatía inglesa para una nueva cruzada contra lo que queda de los sarracenos. Es innegable el valor de un ataque tan inescrupuloso a una frase sacrosanta y sin sentido que hace dos meses era todavía sagrada para The Times. Pero el que conoce el periódico, sabe que esta audacia desacostumbrada va a beneficiar a Rusia y Austria. Las premisas ciertas, mostradas en sus columnas, sobre la imposibilidad de sostener a Turquía en su estado actual, no son más que para preparar al público británico y al del mundo para el momento en que se cumpla la parte principal del testamento de Pedro el grande, esto es, la conquista del Bósforo. The Daily News, el órgano de los liberales, representa la opinión contraria. The Times toma por lo menos un aspecto nuevo y cierto del asunto para transformarlo después con fines interesados. En las columnas del periódico liberal, por otra parte, está la razón evidente, pero una especie de razón de entrecasa. Por cierto que no ve más allá del umbral de la suya. Ve claramente que una división de Turquía en estos momentos llevaría a los rusos a Constantinopla, y que esto sería una gran desgracia para Inglaterra; que amenazaría la paz del mundo, arruinaría el comercio del Mar Negro, y requeriría más armamentos en las bases y notas británicas del Mediterráneo. Por lo tanto, The Daily News se esfuerza por provocar la indignación y el temor del público británico. ¿La división de Turquía no es un crimen como la división de Polonia? ¿No tienen los cristianos más libertad religiosa en Turquía que en Austria y Rusia? ¿El gobierno turco no es suave y patriarcal y no permite que las distintas naciones, y credos, y corporaciones locales regulen sus asuntos? ¿No es un paraíso Turquía comparada con Austria y Rusia? ¿No están seguras la vida y la propiedad allá? ¿Y el comercio británico con Turquía, no es mayor que el comercio con Austria y Rusia juntas y no aumenta todos los años? Y sigue ditirámbicamente, tan ditirámbicamente como puede hacerlo The Daily News, con la apoteosis de Turquía, de los turcos y de todo lo turco, que ha de resultar completamente incomprensible para la mayoría de sus lectores. La clave de este raro entusiasmo por los turcos está en las palabras del señor diputado David Urqubart. Este caballero, escocés por nacimiento, con recuerdos medievales y patriarcales, y con una educación británica moderna, después de haber peleado tres años contra los turcos en Grecia, pasó a su país y fue el primero en enamorarse de ellos. El montañés romántico volvió a encontrarse en casa en los barrancos del Pindo y de los Balcanes, y sus trabajos sobre Turquía, aunque tienen valiosas informaciones, pueden resumirse en las tres paradojas siguientes, que se nos dan casi literalmente así: si el señor Urquhart no fuese súbdito británico, preferiría ser turco ; si no fuese calvinista presbiteriano, no sería de otra religión que la musulmana; y en tercer lugar, Gran Bretaña y Turquía son los dos únicos países del mundo que tienen gobierno autónomo y libertades civiles y religiosas. Este mismo Urqubart se ha convertido desde entonces en la gran autoridad LA CUESTIÓN TURCA 2 1 3 sobre oriente de los liberales ingleses que están en desacuerdo con Pahnerston, y es él quien provee al The Daily News de los materiales para los panegíricos sobre Turquía. El único argumento que merece considerarse por este lado de la cuestión es el que sigue: "Se dice que Turquía está en decadencia; pero ¿cómo decae? ¿No se extiende con rapidez la civilización y el comercio en Turquía? Donde no ven más que decadencia, nuestras estadísticas no muestran más que progreso". Sería una falacia adjudicar a Turquía todo el crédito por el tráfico del mar Negro; y sin embargo esto es lo que se hace, como si las posibilidades industriales y comerciales de Holanda y la carretera para la mayor parte de Alemania fueran a medirse por sus exportaciones e importaciones brutas, cuando nueve décimos de ellas son solamente en tránsito. Pero lo que cualquier estadístico rechazaría como una invención para Holanda, toda la prensa liberal inglesa, incluyendo el versado Economist, quiere, en el caso de Turquía, hacérselo creer al público. ¿Y quiénes son los comerciantes de Turquía? Por cierto que no los turcos. Su manera de promover el comercio , cuando todavía eran nómadas, fue robar las caravanas; y ahora que están un poco más civilizados, consiste en toda clase de exacciones arbitrarias y abusivas. Saquen a todos los turcos de Europa y el comercio no lo sentirá. Y en cuanto al progreso de la civilización en general, ¿quiénes son los que hacen el progreso en toda la Turquía europea? No son los turcos, pocos y dispersos; y no puede decirse que estén asentados en ninguna parte, excepto Constantinopla y en dos o tres distritos campesinos. Es la clase media griega y eslava la que apoya verdaderamente la civilización en todos los puntos de tráfico que le importan. Esa parte de la población crece siempre en dinero e influencia, y los turcos quedan cada vez más atrás. Si no fuera por su monopolio del poder civil y militar, desaparecerían pronto. Pero ese monopolio no será posible en el futuro, y su poder se vuelve impotencia, excepto para obstaculizar el progreso. En realidad hay que librarse de ellos. Decir que para librarse de ellos hay que poner en su lugar a los rusos y austríacos significa decir que la constitu· ción política de Europa es para siempre. ¿Quién va a afirmar esto? [New-York Daily Tribune, núm. 3746 del 19 de abril de 1853. Incluido en MEW, t. 9, pp. 22-27.]