Karl Marx 
The London Press- 

Policy of Napoleon on the Turkish Question 

New-York Daily Tribune, 
Nr.3739, 11.April 1853 

The London Press- 
Policy of Napoleon on the Turkish Question. 

Correspondence of The N.Y.Tribune. 

London, March 25th, 1853. 

Hasta esta mañana no se han recibido de Turquía más noticias auténticas. El corresponsal en París de The Morning Herald de hoy asegura que ha sido informado por fuente responsable de que los rusos han entrado en Bucarest. En el Courrier de Marseille del 20 del corriente leemos: «Estamos en condiciones de poner en conocimiento de nuestros lectores el contenido de la nota que ha sido presentada ya a la Sublime Puerta por M. d’Oseroff inmediatamente después de la partida del conde Leiningen y antes de la brutal ‘salida’ del príncipe Menchikoff en pleno Diván. Los siguientes son los puntos principales a que se refiere esta nota diplomática. El conde de Nesselrode se quejaba en los términos más vivos de que la Puerta, a pesar de su promesa formal de no atacar a los montenegrinos, había llevado a cabo una guerra sangrienta contra ese pueblo, lo que había causado el mayor desagrado al gabinete de San Petersburgo. A fin de asegurar ahora una protección suficiente a los montenegrinos y de preservarlos de nuevos desastres, Rusia invitaría a la Puerta a reconocer la independencia de Montenegro. La nota contenía asimismo una protesta contra el bloqueo de la costa albanesa y, por último, urgía al sultán la destitución de aquellos ministros cuyas gestiones siempre habían ocasionado desavenencias entre los dos gobiernos. Al recibirse esta nota, se dice que Turquía se mostró dispuesta a ceder, aunque con pesar, en ese único punto relativo a la destitución de ministros, particularmente la de Fuad Effendi, cuñado del sultán, quien ha sido efectivamente sustituido por Rifaat Pachá, partidario de Rusia. La Puerta, sin embargo, se negó a reconocer la independencia de Montenegro. Fue entonces cuando el príncipe Menchikoff, sin presentar previamente los

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acostumbrados cumplidos al ministro de Asuntos Exteriores, se presentó en el Diván, con desprecio de todas las formas diplomáticas, e intimó a este cuerpo, de manera intimidatoria, que se plegara a sus exigencias. A consecuencia de esta exigencia, la Puerta invocó la protección de Inglaterra y Francia.»

En la antigua Grecia, de un orador a quien se pagaba para que permaneciese en silencio se decía que llevaba un buey en la lengua. El buey, dicho sea de paso, era una moneda de plata importada de Egipto. Por lo que respecta a The Times, bien puede decirse que, durante todo el período de la reavivada Cuestión de Oriente, también él ha llevado un buey en la lengua, si no para permanecer en silencio, al menos para hablar. Al principio, este ingenioso periódico defendió la intervención austríaca en Montenegro con el pretexto de la cristiandad. Pero después, cuando Rusia intervino, abandonó ese argumento, afirmando que toda la cuestión era una querella entre la Iglesia griega y la romana, completamente indiferente para los «súbditos» de la Iglesia oficial de Inglaterra. Luego se extendió sobre la importancia del comercio turco para Gran Bretaña, infiriendo de esa misma importancia que Gran Bretaña no podía sino ganar cambiando el librecambio turco por la prohibición rusa y el proteccionismo austríaco. A continuación se esforzó por demostrar que Inglaterra dependía de Rusia para su alimentación y debía, por tanto, inclinarse en silencio ante las ideas geográficas del zar. ¡Gracioso cumplido éste al sistema mercantil ensalzado por The Times, y muy agradable argumentación, la de que para mitigar la dependencia de Inglaterra respecto de Rusia era preciso que el mar Negro se convirtiera en un lago ruso y el Danubio en un río ruso! Luego, expulsado de estas posiciones insostenibles, se replegó a la afirmación general de que el Imperio turco se desmoronaba sin remedio, —prueba concluyente ésta, a juicio de The Times, de que Rusia ha de convertirse en seguida en el albacea y heredero de ese Imperio. Poco después, The Times quería someter a los habitantes de Turquía al «puro dominio» y a la influencia civilizadora de Rusia y de Austria, recordando la vieja historia de que la sabiduría viene de Oriente y olvidando su reciente afirmación de que «el estado mantenido por Austria en las provincias y reinos de su propio Imperio era el de una autoridad arbitraria y de una tiranía ejecutiva, no regulada por ley alguna». Para concluir, y éste es el mayor descaro, ¡The Times se felicita por la «brillantez» de sus artículos de fondo sobre la cuestión de Oriente!

Toda la prensa londinense, la matutina y la vespertina, la diaria y la semanal, se ha levantado como un solo hombre contra el «diario rector». The Morning Post se burla de la inteligencia de sus hermanos de The Times, a quienes acusa de difundir deliberadamente noticias falsas y absurdas. The Morning Herald lo llama «nuestro coetáneo hebraico-austro-ruso»; The Daily News, más brevemente, «el órgano de Brunnow». Su hermano gemelo, The Morning Chronicle, le lanza el siguiente golpe: «Los periodistas que han propuesto entregar el Imperio turco a Rusia, sobre la base de la preeminencia comercial de una docena de firmas anglo-griegas, están en su perfecto derecho al reclamar para sí el monopolio de la brillantez.»

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The Morning Advertiser dice: «The Times tiene razón al afirmar que está aislado en su defensa de los intereses rusos... Se imprime en lengua inglesa. Pero eso es lo único inglés que tiene. En lo que a Rusia se refiere, es ruso hasta la médula.»

No cabe duda de que el oso ruso no retirará sus garras a menos que se le asegure una momentánea «entente cordiale» entre Inglaterra y Francia. Repárese ahora en la siguiente maravillosa coincidencia. El mismo día en que The Times trataba de persuadir a los lores Aberdeen y Clarendon de que el asunto turco no era más que una mera querella entre Francia y Rusia, el «roi des drôles», como solía llamarlo Guizot, M. Granier de Cassagnac, acertaba a descubrir en el Constitutionnel que todo aquello no era sino una querella entre lord Palmerston y el zar. En verdad, al leer esos periódicos comprendemos a los oradores griegos con bueyes macedónicos en la lengua, en los tiempos en que Demóstenes fulminaba sus Filípicas.

En cuanto a la aristocracia británica, representada por el ministerio de coalición, llegado el caso sacrificaría los intereses nacionales ingleses a sus intereses particulares de clase y permitiría la consolidación de un despotismo juvenil en Oriente con la esperanza de encontrar un soporte para su oligarquía valetudinaria en Occidente. Por lo que hace a Luis Napoleón, está vacilando. Todas sus predilecciones están del lado del autócrata, cuyo sistema de gobierno ha introducido en Francia, y todas sus antipatías están contra Inglaterra, cuyo sistema parlamentario ha destruido allí. Además, si permite el saqueo del zar en Oriente, el zar quizá le permita a él saquear en Occidente. Por otra parte, conoce de sobra los sentimientos de la Santa Alianza respecto al «khan parvenu». En consecuencia, observa una política ambigua, esforzándose por engañar a las grandes potencias de Europa del mismo modo que engañó a los partidos parlamentarios de la Asamblea Nacional francesa. Al mismo tiempo que fraterniza ostentosamente con el embajador inglés para Turquía, lord Stratford de Redcliffe, engatusa a la princesa rusa De Lieven con las más halagüeñas promesas y envía a la corte del sultán a M. De la Cour, ardiente partidario de una alianza austro-francesa en contraposición a una anglo-francesa. Ordena que la flota de Tolón se haga a la vela hacia aguas griegas, y al día siguiente anuncia en el Moniteur que esto se ha hecho sin previa comunicación con Inglaterra. Mientras ordena a uno de sus órganos, el Pays, que trate la cuestión de Oriente como de la mayor importancia para Francia, permite que el otro órgano suyo, el Constitutionnel, afirme que en esta cuestión están en juego intereses rusos, austríacos e ingleses, pero que Francia sólo tiene en ella un interés muy remoto y se halla, por tanto, en una posición completamente independiente. ¿Quién superará en la puja al otro, Rusia o Inglaterra? Ésa es la cuestión para él.

Karl Marx.