Karl Marx/Friedrich Engels

La política británica.—Disraeli.—Los refugiados.—Mazzini en Londres.—Turquía

New-York Daily Tribune.  
Nr. 3736, 7 de abril de 1853

La política británica.—Disraeli.—Los refugiados.—  
Mazzini en Londres.—Turquía.

Correspondencia de The N.Y.Tribune.

Londres, martes 22 de marzo de 1853.

El acontecimiento más importante en la historia contemporánea de los partidos es la deposición de Disraeli del liderazgo de la minoría “gran conservadora”. Según ha trascendido, el propio Disraeli estaba dispuesto a arrojar por la borda a sus antiguos aliados ocho o nueve semanas antes de la disolución del Gabinete tory, y sólo desistió de su resolución a instancias urgentes de Lord Derby. Ahora, a su vez, él ha sido destituido y reemplazado formalmente por Sir John Pakington, un carácter seguro, cauto, no del todo desprovisto de capacidad administrativa, pero por lo demás hombre lúgubre, la mismísima encarnación de los gastados prejuicios y anticuados sentimientos de la vieja aristocracia rural inglesa. Este cambio de liderazgo equivale a una transformación completa, y tal vez definitiva, del partido tory. Disraeli puede felicitarse de su emancipación de los farsantes terratenientes. Cualquiera que sea nuestra opinión sobre el hombre, de quien se dice que desprecia a la aristocracia, odia a la burguesía y no le gusta el pueblo, es indudablemente el miembro más capaz del Parlamento actual, mientras que la flexibilidad de su carácter le permite acomodarse mejor a las necesidades cambiantes de la sociedad.

Con referencia a la cuestión de los refugiados, en mi anterior le dije que, tras el discurso de Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, los periódicos austriacos declararon inútil pedir reparación a un Gabinete corrompido por la influencia palmerstoniana. Pero apenas se telegrafió a Viena la declaración de Aberdeen en la Cámara de los Lores, el aspecto de las cosas cambió de nuevo. Los mismos periódicos afirman ahora que “Austria confía en el honor del Gabinete inglés”, y el semioficial *Oesterreichische Correspondenz* publica lo siguiente de su Corresponsal en París:

«Lord Cowley, a su regreso a París, declaró al emperador de los franceses que los representantes diplomáticos de Inglaterra en las Cortes del Norte habían sido formalmente instruidos para emplear todos sus esfuerzos en disuadir a las potencias del Norte de enviar una nota colectiva al Gobierno británico, e instar, como fundamento de tal abstención, que ese Gobierno estaría en mejor posición para satisfacer la exigencia de dichas potencias cuanto más pudiera mantener, a los ojos de toda Inglaterra, la apariencia de obrar libre y voluntariamente en el asunto...

El embajador británico, Lord Cowley, instó al emperador de los franceses a depositar una confianza implícita en el Gabinete británico, tanto más cuanto que el emperador siempre tendría la libertad de dar los pasos que considerase oportunos en caso de que dicha confianza no se viera justificada... El emperador de los franceses, reservándose plena libertad de acción para el futuro, se dejó inducir a poner a prueba la sinceridad del Gabinete británico, y ahora se esfuerza por persuadir a las demás potencias a que sigan su ejemplo.»

Ve usted lo que se espera de *ce cher Aberdeen*, como solía llamarlo Luis Felipe, y qué promesas debe de haber hecho. Estas promesas ya están siendo seguidas por hechos. La semana pasada, la policía inglesa confeccionó una lista de los refugiados continentales residentes en Londres. Varios detectives, vestidos de paisano, recorrieron plaza tras plaza, calle tras calle y casa tras casa, tomando notas sobre los datos personales de los refugiados, dirigiéndose en la mayoría de los casos a los taberneros del vecindario, pero entrando en algunos casos, bajo pretexto de perseguir criminales, en los propios domicilios y registrando los papeles de algunos exiliados.

Mientras la policía continental persigue en vano a Mazzini, mientras en Nuremberg los magistrados han ordenado cerrar las puertas para atraparlo —sin haber ahorcado a nadie antes de capturarlo, según reza el viejo proverbio alemán—, mientras la prensa inglesa publica informe tras informe sobre su supuesto paradero, Mazzini lleva los últimos días sano y salvo en Londres.

El príncipe Menchikoff, tras pasar revista a las fuerzas rusas estacionadas en los principados danubianos y tras una inspección del ejército y la flota en Sebastopol, donde hizo ejecutar ante sus propios ojos maniobras de embarque y desembarque de tropas, entró en Constantinopla el 28 de febrero del modo más teatral, acompañado de un séquito de 12 personas, entre ellas el almirante de la escuadra rusa en el Mar Negro, un general de división y varios oficiales de Estado Mayor, con el Sr. de Nesselrode hijo como secretario de la embajada. Fue recibido por los habitantes griegos y rusos como si fuera el propio zar ortodoxo entrando en Tsarigrad para devolverla a la verdadera fe. Una enorme sensación causó aquí y en París la noticia de que el príncipe Menchikoff, no satisfecho con la destitución de Fuad Effendi, había exigido que el sultán abandonara al emperador de Rusia no sólo la protección de todos los cristianos de Turquía, sino también el derecho de nombrar al patriarca griego; que el sultán había apelado a la protección de Inglaterra y Francia; que el coronel Rose, enviado británico, había despachado apresuradamente el vapor *Wasp* a Malta para solicitar la presencia inmediata de la flota inglesa en el Archipiélago, y que buques rusos habían anclado en Kili, cerca de los Dardanelos. El *Moniteur* de París nos informa de que la escuadra francesa en Tolón ha recibido órdenes de dirigirse a las aguas griegas. El almirante Dundas, sin embargo, sigue en Malta. De todo esto se desprende que la Cuestión de Oriente vuelve a figurar en el *ordre du jour* europeo, hecho que no sorprende a quienes conocen la historia.

Cada vez que el huracán revolucionario se calma por un momento, surge con seguridad una cuestión que siempre recurre: la eterna “Cuestión de Oriente”. Así, cuando pasaron las tormentas de la primera revolución francesa y Napoleón y Alejandro de Rusia se repartieron, tras la paz de Tilsit, toda la Europa continental, Alejandro aprovechó la calma momentánea para enviar un ejército a Turquía y “echar una mano” a las fuerzas que desde dentro estaban descomponiendo aquel imperio en decadencia. De nuevo, apenas los congresos de Laibach y Verona sofocaron los movimientos revolucionarios de Europa occidental, el sucesor de Alejandro, Nicolás, lanzó otra embestida contra Turquía. Cuando pocos años después la revolución de Julio, con sus concomitantes insurrecciones en Polonia, Italia y Bélgica, hubo seguido su curso y Europa, tal como quedó remodelada en 1831, parecía fuera del alcance de las borrascas internas, la Cuestión de Oriente, en 1840, apareció a punto de enredar a las “grandes potencias” en una guerra general. Y ahora, cuando la miopía de los pigmeos gobernantes se enorgullece de haber liberado con éxito a Europa de los peligros de la anarquía y la revolución, surge de nuevo el tema eterno, la dificultad inagotable: ¿Qué hacer con Turquía?

Turquía es la llaga viva de la legitimidad europea. La impotencia del gobierno monárquico legítimo, desde la primera Revolución Francesa, se ha resumido en el único axioma: Mantener el *statu quo*. Un *testimonium paupertatis*, un reconocimiento de la incompetencia universal de los poderes gobernantes para cualquier propósito de progreso o civilización, se manifiesta en este acuerdo universal de aferrarse a las cosas tal como por azar o accidente se encuentran. Napoleón podía disponer de todo un continente en un santiamén; y disponer, además, de un modo que mostraba tanto genio como firmeza de propósito; toda la “sabiduría colectiva” de la legitimidad europea, reunida en Congreso en Viena, tardó un par de años en hacer el mismo trabajo, se enzarzó en disputas, hizo un buen desastre y lo encontró tan terriblemente fastidioso que desde entonces han tenido bastante y no han vuelto a probar suerte en el reparto de Europa. Mirmidones de la mediocridad, como los llama Béranger, sin conocimiento histórico ni comprensión de los hechos, sin ideas, sin iniciativa, adoran el *statu quo* que ellos mismos han chapuceado, sabedores de la chapucería y el desatino de la obra.

Pero Turquía, no menos que el resto del mundo, no permanece inmóvil; y justo cuando el partido reaccionario ha logrado restaurar en la Europa civilizada lo que ellos consideran el *statu quo ante*, se percibe que entretanto el *statu quo* en Turquía se ha alterado profundamente, que han brotado nuevas cuestiones, nuevas relaciones, nuevos intereses, y que los pobres diplomáticos tienen que recomenzar donde fueron interrumpidos por un terremoto general unos ocho o diez años antes. ¡Mantener el *statu quo* en Turquía! Lo mismo podrían intentar mantener el grado preciso de putrefacción que ha alcanzado la carroña de un caballo muerto en un momento dado, antes de que la descomposición sea completa. Turquía sigue decayendo, y seguirá decayendo mientras perdure el presente sistema del “equilibrio de poder” y del mantenimiento del “*statu quo*”, y a despecho de congresos, protocolos y ultimátums, producirá su cuota anual de dificultades diplomáticas y disputas internacionales, del mismo modo que cualquier otro cuerpo pútrido suministrará a la vecindad su debida ración de hidrógeno carburado y otras malolientes materias gaseosas.

Examinemos la cuestión de inmediato. Turquía consta de tres porciones enteramente distintas: los principados vasallos de África, a saber, Egipto y Túnez; la Turquía asiática y la Turquía europea. Las posesiones africanas, de las cuales sólo Egipto puede considerarse realmente sometido al Sultán, pueden dejarse de momento fuera de la cuestión; Egipto pertenece más a los ingleses que a nadie, y tendrá y formará necesariamente su parte en cualquier futuro reparto de Turquía. La Turquía asiática es la verdadera sede de cuanta fuerza hay en el Imperio; Asia Menor y Armenia, durante cuatrocientos años la morada principal de los turcos, forman el terreno reservado del que se han extraído los ejércitos turcos, desde aquellos que amenazaron las murallas de Viena hasta los que se dispersaron ante las no muy hábiles maniobras de Diebitsch en Kulewsha. La Turquía en Asia, aunque escasamente poblada, constituye una masa demasiado compacta de fanatismo musulmán y nacionalidad turca para invitar por el momento a intentos de conquista; y, de hecho, cada vez que se suscita la “Cuestión de Oriente”, las únicas porciones de este territorio que se toman en consideración son Palestina y los valles cristianos del Líbano.

El verdadero punto en litigio es siempre la Turquía europea: la gran península al sur del Save y el Danubio. Este espléndido territorio tiene la desgracia de estar habitado por un conglomerado de razas y nacionalidades diferentes, de las cuales es difícil decir cuál es la menos apta para el progreso y la civilización. Eslavos, griegos, valacos, arnauts, doce millones de hombres, están todos sometidos por un millón de turcos, y hasta un período reciente parecía dudoso si, de todas estas razas diferentes, los turcos no eran los más competentes para mantener la supremacía que, en una población tan mezclada,

no pudo menos que recaer en una de estas nacionalidades. Pero cuando vemos cuán lamentablemente han fracasado todas las tentativas de civilización por parte de la autoridad turca; cómo el fanatismo del Islam, apoyado principalmente por la chusma turca en unas cuantas grandes ciudades, se ha valido de la asistencia de Austria y Rusia invariablemente para recobrar el poder y anular todo progreso que pudiera haberse realizado; cuando vemos la autoridad central, es decir, la turca, debilitada año tras año por insurrecciones en las provincias cristianas, ninguna de las cuales, gracias a la debilidad de la Puerta y a la intervención de los Estados vecinos, resulta jamás completamente infructuosa; cuando vemos a Grecia adquirir su independencia, partes de Armenia conquistadas por Rusia —Moldavia, Valaquia, Serbia, puestas sucesivamente bajo el protectorado de esta última potencia—, nos veremos obligados a admitir que la presencia de los turcos en Europa es un verdadero obstáculo al desarrollo de los recursos de la península tracio-ilírica.

Difícilmente podemos calificar a los turcos como la clase dominante de Turquía, porque las relaciones de las diferentes clases de la sociedad están allí tan entremezcladas como las de las diversas razas. El turco es, según las localidades y las circunstancias, trabajador, agricultor, pequeño propietario libre, comerciante, señor feudal en la fase más baja y bárbara del feudalismo, funcionario civil o soldado; pero en todas estas diferentes posiciones sociales pertenece a la religión y a la nación privilegiadas: solo él tiene derecho a portar armas, y el más encumbrado cristiano ha de ceder la acera al más ínfimo musulmán con quien se cruce. En Bosnia y Herzegovina, la nobleza, de ascendencia eslava, se ha pasado al Islam, mientras que la masa del pueblo sigue siendo rayah, es decir, cristiana. En esta provincia, pues, la religión dominante y la clase dominante se identifican, ya que, naturalmente, el bosnio musulmán está al mismo nivel que su correligionario de ascendencia turca.

El principal poder de la población turca en Europa, independientemente de la reserva siempre dispuesta a ser extraída de Asia, reside en la chusma de Constantinopla y de unas cuantas otras grandes ciudades. Es esencialmente turca y, aunque encuentra su principal medio de vida haciendo trabajos para los capitalistas cristianos, mantiene con grandes celos la superioridad imaginaria y la real impunidad para los excesos que los privilegios del Islam le confieren frente a los cristianos. Bien sabido es que esa chusma ha de ser ganada con sobornos y halagos en todo golpe de Estado importante. Solo esta chusma, con excepción de unos pocos distritos colonizados, ofrece una masa compacta e imponente de población turca en Europa. Y ciertamente, más tarde o más temprano, habrá una necesidad absoluta de liberar una de las más hermosas partes de este continente del dominio de una chusma, comparada con la cual la chusma de la Roma imperial era una asamblea de sabios y héroes.

Entre las demás nacionalidades, podemos despachar en muy pocas palabras a los arnauts, un pueblo montañés aborigen y recio, que habita la región que se inclina hacia el Adriático y habla una lengua propia, la cual, sin embargo, parece pertenecer a la gran familia indoeuropea. Son en parte cristianos griegos, en parte musulmanes, y, según todo lo que sabemos de ellos, todavía muy poco preparados para la civilización. Sus hábitos depredatorios obligarán a cualquier gobierno vecino a mantenerlos en estrecha sujeción militar, hasta que el progreso industrial en las comarcas circundantes les encuentre empleo como cortadores de leña y aguadores, tal como ha ocurrido con los gallegos en España y con los habitantes de las regiones montañosas en general.

Los valacos o daco-rumanos, principales habitantes de la comarca entre el Bajo Danubio y el Dniéster, son una población muy mezclada, perteneciente a la Iglesia griega y que habla una lengua derivada del latín, en muchos aspectos no desemejante del italiano. Los de Transilvania y la Bucovina pertenecen al Imperio austríaco; los de Besarabia, al ruso; los de Moldavia y Valaquia, los dos únicos principados donde la raza daco-rumana ha adquirido una existencia política, tienen príncipes propios, bajo la nominal soberanía de la Puerta y el dominio real de Rusia. De los valacos transilvanos oímos hablar mucho durante la guerra húngara; oprimidos hasta ahora por el feudalismo de los terratenientes húngaros, a quienes, según el sistema austríaco, se convertía al mismo tiempo en instrumentos de todas las exacciones gubernamentales, esta masa embrutecida fue, de manera semejante a los siervos rutenos de Galitzia en 1846, ganada por promesas y sobornos austríacos, y comenzó esa guerra de devastación que ha hecho un desierto de Transilvania. Los daco-rumanos de los principados turcos tienen al menos una nobleza nativa e instituciones políticas; y, a pesar de todos los esfuerzos de Rusia, el espíritu revolucionario ha penetrado entre ellos, como bien lo demostró la insurrección de 1848. Difícilmente puede caber duda de que las exacciones y penalidades que se les infligieron durante la ocupación rusa desde 1848 deben de haber elevado aún más este espíritu, a pesar del vínculo de la religión común y la superstición zarista-papista que hasta ahora les ha llevado a considerar al jefe imperial de la Iglesia griega como su protector natural. Y si este es el caso, la nacionalidad valaca puede aún desempeñar un papel importante en la disposición final de los territorios en cuestión.

Los griegos de Turquía son en su mayoría de ascendencia eslava, pero han adoptado la lengua helénica moderna; de hecho, con excepción de unas pocas familias nobles de Constantinopla y Trebisonda, se admite ahora generalmente que muy poca sangre helénica pura se encuentra incluso en Grecia. Los griegos, junto con los judíos, son los principales comerciantes en los puertos de mar y en muchas ciudades del interior. También son labradores del suelo en algunos distritos. En todos los casos, ni su número, ni su compacidad, ni su espíritu de nacionalidad les confieren peso político alguno como nación, excepto en Tesalia y quizás en Epiro. La influencia que detentan unas pocas nobles familias griegas como dragomanes (intérpretes) en Constantinopla está decayendo rápidamente, desde que los turcos han sido educados en Europa y las legaciones europeas han sido provistas de agregados que hablan turco.

Llegamos ahora a la raza que forma la gran masa de la población y cuya sangre es preponderante allí donde ha ocurrido una mezcla de razas. De hecho, puede decirse que constituye el tronco principal de la población cristiana desde Morea hasta el Danubio, y desde el Mar Negro hasta los Montes Arnauts. Esta raza es la raza eslava, y más particularmente aquella rama suya que se comprende bajo el nombre de iliria (ilirski) o eslava meridional (jugoslavenski). Después de la eslava occidental (polaca y bohemia) y de la eslava oriental (rusa), forma la tercera rama de esa numerosa familia eslava que desde hace mil doscientos años ocupa el este de Europa. Estos eslavos meridionales ocupan no solo la mayor parte de Turquía, sino también Dalmacia, Croacia, Eslavonia y el sur de Hungría. Todos hablan la misma lengua, que está muy emparentada con el ruso y es, con mucho, para los oídos occidentales, la más musical de todas las lenguas eslavas. Los croatas y parte de los dálmatas son católicos romanos; todo el resto pertenece a la Iglesia griega. Los católicos romanos usan el alfabeto latino, pero los seguidores de la Iglesia griega escriben su lengua en caracteres cirílicos, que también se emplean en la lengua rusa y en la antigua lengua eslava o eclesiástica. Esta circunstancia, unida a la diferencia de religión, ha contribuido a retardar todo desarrollo nacional que abarcara todo el territorio eslavo meridional. Un hombre en Belgrado puede no ser capaz de leer un libro impreso en su propia lengua en Agram o Betch, puede incluso negarse a tomarlo, a causa del alfabeto y la ortografía "heterodoxos" que en él se usan; mientras que tendrá poca dificultad en leer y comprender un libro impreso en Moscú, en lengua rusa, porque los dos idiomas, particularmente en el antiguo sistema etimológico de ortografía eslava, se parecen mucho, y porque el libro está impreso en el alfabeto "ortodoxo" (pravoslavni). La masa de los eslavos griegos ni siquiera quiere que sus biblias, liturgias y devocionarios se impriman en su propio país, porque están convencidos de que hay una peculiar corrección, ortodoxia y olor de santidad en todo lo impreso en la santa Moscú o en el establecimiento tipográfico imperial de San Petersburgo. A pesar de todos los esfuerzos paneslavistas de los entusiastas de Agram y Praga, el serbio, el búlgaro, el rayah bosnio, el campesino eslavo de Macedonia y Tracia, tiene más simpatía nacional, más puntos de contacto, más medios de intercambio intelectual con el ruso que con el eslavo meridional católico romano que habla la misma lengua. Pase lo que pase, él mira a San Petersburgo esperando la llegada del Mesías que ha de librarlo de todo mal; y si llama a Constantinopla su Tsarigrad o Ciudad Imperial, es tanto por anticipación del zar ortodoxo que vendrá del norte y entrará en ella para restaurar la verdadera fe, como por recuerdo del zar ortodoxo que la poseyó antes de que los turcos asolaran el país.

Sometida en la mayor parte de Turquía al dominio directo del turco, pero bajo autoridades locales de su propia elección, en parte (en Bosnia) convertida a la fe del conquistador, la raza eslava ha mantenido o conquistado en ese país la existencia política en dos localidades. Una es Serbia, el valle del Morava, provincia con líneas fronterizas naturales bien definidas, que desempeñó un papel importante en la historia de estas regiones hace seiscientos años. Sometida durante un tiempo por los turcos, la guerra rusa de 1806 le dio la oportunidad de obtener una existencia separada, aunque bajo la supremacía turca. Desde entonces ha permanecido bajo la inmediata protección de Rusia. Pero, como en Moldavia y Valaquia, la existencia política ha traído consigo nuevas necesidades y ha impuesto a Serbia un creciente intercambio con Europa Occidental. La civilización comenzó a echar raíces, el comercio se extendió, surgieron nuevas ideas; y así encontramos en el corazón mismo y en el baluarte de la influencia rusa, en la Serbia eslava y ortodoxa, un partido antirruso y progresista (por supuesto, muy modesto en sus demandas de reforma), encabezado por el exministro de Hacienda, Garashanin.

No hay duda de que si la población greco-eslava obtuviera alguna vez el dominio de la tierra que habita y donde forma las tres cuartas partes de la población total (siete millones), esas mismas necesidades harían surgir, con el tiempo, un partido antirruso y progresista, cuya existencia ha sido hasta ahora la inevitable consecuencia de que cualquier porción de ella se haya semidesprendido de Turquía.

En Montenegro no tenemos un valle fértil con ciudades relativamente grandes, sino una estéril comarca montañosa de difícil acceso. Aquí se ha establecido una banda de salteadores, que recorren las llanuras y almacenan el botín en sus fortalezas montañesas. Esos caballeros románticos pero más bien toscos han sido durante largo tiempo una calamidad en Europa, y está en perfecta consonancia con la política de Rusia y Austria el que defiendan el derecho de los montenegrinos (tsernogorci) a incendiar aldeas, asesinar a los habitantes y llevarse el ganado.

Karl Marx.