Friedrich Engels

El reciente proceso de Colonia

New-York Daily Tribune.
Nr. 3645, 22. Dezember 1852

El reciente proceso de Colonia.

Correspondencia de The N.Y. Tribune.

Londres, miércoles 1 de diciembre de 1852.

Ustedes habrán recibido ya, por los periódicos europeos, numerosos informes sobre el monstruoso proceso de los comunistas en Colonia, Prusia, y sobre su resultado. Pero como ninguno de esos informes es ni remotamente una exposición fiel de los hechos, y como esos hechos arrojan una luz deslumbrante sobre los medios políticos con los que se mantiene en servidumbre al continente europeo, considero necesario volver a este proceso.

El partido comunista o proletario, lo mismo que otros partidos, había perdido, al suprimirse los derechos de asociación y reunión, los medios de darse una organización legal en el continente. Sus dirigentes, además, habían sido desterrados de sus países. Pero ningún partido político puede existir sin organización; y aquella organización que tanto la burguesía liberal como la clase de los tenderos demócratas podían suplir en mayor o menor medida gracias a la posición social, las ventajas y el cotidiano trato de antiguo establecido entre sus miembros, la clase proletaria, sin esa posición social ni recursos pecuniarios, se veía forzosamente compelida a buscarla en la asociación secreta. De ahí que, tanto en Francia como en Alemania, brotaran esas numerosas sociedades secretas que, desde 1849, una tras otra han ido siendo descubiertas por la policía y perseguidas como conspiraciones; pero si muchas de ellas eran realmente conspiraciones, formadas con la intención efectiva de derribar por el momento al gobierno —y es un cobarde quien en determinadas circunstancias no conspira, así como es un necio quien, en otras circunstancias, lo hace—, había otras sociedades que se formaban con un propósito más amplio y elevado, que sabían que el derrocamiento de un gobierno existente no era sino una fase pasajera en la gran lucha pendiente, y que se proponían mantener 

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unido al partido, del que constituían el núcleo, y prepararlo para el último combate decisivo que, tarde o temprano, tendrá que aplastar para siempre en Europa la dominación, no de simples «tiranos», «déspotas» y «usurpadores», sino de un poder muy superior y mucho más formidable que el de ellos: el del capital sobre el trabajo.

La organización del partido comunista avanzado en Alemania era de esta índole. De acuerdo con los principios de su «Manifiesto» (publicado en 1848) y con los expuestos en la serie de artículos sobre Revolución y contrarrevolución en Alemania, publicada en The New-York Daily Tribune, este partido nunca se imaginó capaz de producir, en cualquier momento y a su capricho, aquella revolución que llevara sus ideas a la práctica. Estudió las causas que habían provocado los movimientos revolucionarios de 1848 y las causas que los hicieron fracasar. Reconociendo el antagonismo social de las clases en el fondo de todas las luchas políticas, se aplicó a estudiar las condiciones en que una clase de la sociedad puede y debe ser llamada a representar los intereses de toda una nación y, por tanto, a regirla políticamente. La historia mostró al partido comunista cómo, tras la aristocracia terrateniente de la Edad Media, el poder monetario de los primeros capitalistas surgió y tomó las riendas del gobierno; cómo la influencia social y la dominación política de esta fracción financiera de los capitalistas fue suplantada por la fuerza creciente, desde la introducción del vapor, de los capitalistas manufactureros, y cómo en el momento actual otras dos clases reclaman su turno de dominación: la clase de los pequeños comerciantes y la clase obrera industrial. La experiencia revolucionaria práctica de 1848‑1849 confirmó los razonamientos de la teoría, que llevaban a la conclusión de que la democracia de los pequeños comerciantes tenía que tener primero su turno antes de que la clase obrera comunista pudiera esperar establecerse permanentemente en el poder y destruir ese sistema de esclavitud asalariada que la mantiene bajo el yugo de la burguesía. Así, la organización secreta de los comunistas no podía tener el propósito directo de derribar los gobiernos actuales de Alemania. Como estaba formada para derribar no a éstos, sino al gobierno insurreccional que tarde o temprano ha de sucederles, sus miembros podían, y ciertamente habrían de, prestar individualmente una mano activa a un movimiento revolucionario contra el statu quo presente cuando llegara su hora; pero la preparación de tal movimiento, de otro modo que mediante la difusión secreta de las opiniones comunistas entre las masas, no podía constituir un objeto de la Asociación. Tan bien comprendía la mayoría de sus miembros este fundamento de la sociedad, que cuando la ambición arribista de algunos intentó convertirla en una conspiración para hacer una revolución improvisada, fueron prontamente expulsados.

Ahora bien, según ninguna ley de la faz de la tierra, podía calificarse a semejante asociación de trama, conspiración con fines de alta traición. Si acaso era 

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una conspiración, lo era no contra el gobierno existente, sino contra sus probables sucesores. Y el gobierno prusiano lo sabía. Esa fue la causa de que los once acusados estuvieran en régimen de incomunicación durante dieciocho meses, tiempo que las autoridades dedicaron a las más extrañas proezas judiciales. ¡Imagínense que, después de ocho meses de detención, se les prorrogó la prisión por algunos meses más, «por no existir pruebas de delito alguno contra ellos»! Y cuando finalmente comparecieron ante un jurado, no se probó contra ellos un solo acto manifiesto de naturaleza traidora. Y sin embargo fueron condenados, y pronto verán cómo.

Uno de los emisarios de la sociedad fue arrestado en mayo de 1851 y, a raíz de documentos hallados en su poder, siguieron otras detenciones. Inmediatamente se ordenó a un oficial de policía prusiano, un tal Stieber, que rastreara en Londres las ramificaciones de la pretendida trama. Consiguió obtener algunos papeles relacionados con los ya mencionados disidentes de la sociedad, quienes, después de ser expulsados, habían formado en París y Londres una verdadera conspiración. Esos papeles se obtuvieron mediante un doble crimen. Se sobornó a un hombre llamado Reuter para que forzara el escritorio del secretario de la sociedad y robara los documentos que contenía. Pero eso aún no era nada. Este robo condujo al descubrimiento y condena de la llamada conspiración franco‑alemana en París, pero no dio pista alguna sobre la gran Asociación Comunista. Observemos de paso que la conspiración de París estaba dirigida por unos cuantos imbéciles ambiciosos y caballeros de industria políticos en Londres, y por un falsario anteriormente condenado, que actuaba entonces como espía policial en París; sus incautos partidarios compensaban la absoluta insignificancia de su existencia política con furibundas declamaciones y sanguinarias peroratas.

La policía prusiana, pues, hubo de buscar nuevos descubrimientos. Estableció una oficina regular de policía secreta en la Embajada de Prusia en Londres. Un agente de policía, de nombre Greiff, ejercía su odiosa vocación bajo el título de agregado de la Embajada —un paso que bastaría para poner a todas las embajadas prusianas fuera del marco del derecho internacional, y que ni siquiera los austriacos se han atrevido a dar hasta ahora—. A sus órdenes trabajaba un tal Fleury, comerciante de la City de Londres, hombre de cierta fortuna y con relaciones bastante respetables, una de esas criaturas viles que realizan las acciones más bajas por innata inclinación a la infamia. Otro agente era un empleado de comercio llamado Hirsch, quien, sin embargo, ya había sido denunciado como espía al llegar. Se introdujo en la sociedad de algunos refugiados comunistas alemanes en Londres, y ellos, para obtener pruebas de su verdadero carácter, lo admitieron por poco tiempo. Las pruebas de su vinculación con la policía se obtuvieron muy pronto, y el señor Hirsch, desde ese momento, se ausentó. Pero aunque así renunciaba a todas las oportunidades de obtener la información por la que se le pagaba, no permaneció inactivo. Desde su retiro en 

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Kensington, donde nunca se encontraba con ninguno de los comunistas en cuestión, fabricaba cada semana supuestos informes de supuestas sesiones de un supuesto Comité Central de esa misma conspiración de la que la policía prusiana no podía echar mano. El contenido de esos informes era de lo más absurdo; ningún nombre de pila era correcto, ningún nombre estaba bien escrito, a ningún individuo se le hacía hablar como verosímilmente hablaría. Su jefe, Fleury, lo ayudó en esta falsificación, y aún no se ha probado que el «agregado» Greiff pueda lavarse las manos de estas infames maquinaciones. El gobierno prusiano, aunque parezca increíble, tomó estas absurdas invenciones por verdad evangélica, y pueden imaginarse la confusión que semejantes deposiciones crearon en las pruebas que debían presentarse ante el jurado. Cuando comenzó el juicio, el señor Stieber, el ya mencionado oficial de policía, subió al estrado de los testigos, juró como ciertas todas esas absurdidades y, con no poca autosuficiencia, sostuvo que tenía un agente secreto en la más estrecha intimidad con aquellas personas de Londres consideradas los principales promotores de esta horrible conspiración. Ese agente secreto era en verdad muy secreto, pues había ocultado su rostro durante ocho meses en Kensington, por miedo a encontrarse realmente con alguna de las personas cuyos más recónditos pensamientos, palabras y actos pretendía relatar semana tras semana.

Los señores Hirsch y Fleury, sin embargo, guardaban otra invención en reserva. Confeccionaron, a base de todos los informes que habían hecho, un «libro de actas original» de las sesiones del comité supremo secreto, cuya existencia la policía prusiana afirmaba; y el señor Stieber, al comprobar que este libro coincidía maravillosamente con los informes ya recibidos de las mismas personas, lo presentó inmediatamente al jurado, declarando bajo juramento que, tras un examen serio y según su más plena convicción, aquel libro era auténtico. Fue entonces cuando la mayoría de las absurdidades informadas por Hirsch se hicieron públicas. Pueden imaginarse la sorpresa de los supuestos miembros de aquel comité secreto cuando vieron que se les atribuían cosas que jamás habían sabido. A algunos que se llamaban William los bautizaron aquí como Louis o Charles; a otros, que en ese momento se hallaban en el otro extremo de Inglaterra, los hicieron pronunciar discursos en Londres; a otros se les atribuyó haber leído cartas que nunca recibieron; los hicieron reunirse regularmente los jueves, cuando en realidad tenían una reunión de compañerismo una vez a la semana, los miércoles; un trabajador que apenas sabía escribir figuraba como uno de los encargados de levantar acta y firmaba como tal; y a todos se les hacía hablar un lenguaje que, si acaso podía ser el de las estaciones de policía prusianas, no era ciertamente el de una reunión en la que literatos, conocidos favorablemente en su país, constituían la mayoría. Y, para colmo, se falsificó un recibo por una suma de dinero que se pretendía haber pagado los falsificadores al supuesto secretario del ficticio comité central por ese libro; pero la 

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existencia de este supuesto secretario descansaba simplemente en una broma que algún comunista malicioso había gastado al desdichado Hirsch.

Esta tosca fabricación era un asunto demasiado escandaloso para no producir el efecto contrario al que se buscaba. Aunque los amigos londinenses de los acusados se vieron privados de todo medio para poner los hechos del caso en conocimiento del jurado —aunque las cartas que enviaron a los abogados defensores fueron interceptadas por el correo—, aunque los documentos y declaraciones juradas que lograron hacer llegar a manos de estos señores letrados no fueron admitidos como prueba, la indignación general fue tal que incluso los acusadores públicos, y hasta el mismo señor Stieber —cuyo juramento se había presentado como garantía de la autenticidad de aquel libro— se vieron obligados a reconocerlo como una falsificación.

Esta falsificación, sin embargo, no fue la única de tal índole de la que se hizo culpable la policía. Durante el proceso salieron a la luz otros dos o tres casos del mismo género. Los documentos robados por Reuter fueron interpolados por la policía para desfigurar su sentido. Un papel, que contenía un delirante disparate, fue escrito con una letra que imitaba la del Dr. Marx, y durante un tiempo se pretendió que había sido escrito por él, hasta que por fin la acusación se vio obligada a reconocer la falsificación. Pero por cada infamia policial que se probaba como tal, se presentaban otras cinco o seis nuevas que no podían, de momento, ser desenmascaradas, pues la defensa era tomada por sorpresa, las pruebas tenían que obtenerse de Londres y toda correspondencia del abogado defensor con los refugiados comunistas londinenses era tratada en audiencia pública como complicidad en el presunto complot.

Que Greiff y Fleury son lo que aquí se dice que son lo ha afirmado el mismo señor Stieber en su testimonio; en cuanto a Hirsch, ha confesado ante un magistrado de Londres que falsificó el «libro de actas» por orden y con ayuda de Fleury, y luego se fugó de este país para eludir un proceso penal.

El gobierno difícilmente podía soportar revelaciones tan estigmatizadoras como las que salieron a la luz durante el proceso. Tenía un jurado como nunca habían visto las provincias renanas. Seis nobles, de la más pura agua reaccionaria, cuatro consejeros de Hacienda, dos funcionarios del gobierno. ¡No eran estos los hombres para examinar de cerca la confusa masa de pruebas acumulada ante ellos durante seis semanas, mientras oían continuamente machacado en sus oídos que los acusados eran los jefes de una horrible conspiración comunista, urdida para subvertir todo lo sagrado —¡la propiedad, la familia, la religión, el orden, el gobierno y la ley! Y, sin embargo, si el gobierno no hubiera hecho saber al mismo tiempo a las clases privilegiadas que una absolución en este proceso sería la señal para la supresión del jurado, y que se tomaría como una manifestación política directa —como prueba de que la oposición liberal de la clase media estaba dispuesta a unirse incluso con los revolucionarios más extremos—, el veredicto habría sido de absolución. Tal como estaban las cosas, la aplicación retroactiva del nuevo código prusiano permitió al gobierno hacer condenar a siete presos, mientras que solo cuatro fueron absueltos, y los condenados fueron sentenciados a penas de prisión que variaban de tres a seis años, como sin duda ya habréis referido cuando os llegó la noticia.

Karl Marx.