Declaración con motivo de la conclusión del proceso de Colonia

New-Yorker Criminal-Zeitung.
Nr. 39, 10 de diciembre de 1852

Declaración.

¡Señor Redactor!

Los abajo firmantes consideran un deber para consigo mismos y para sus amigos recientemente condenados en Colonia presentar al público inglés una serie de hechos cuyo desvelamiento, a consecuencia de los informes incompletos de la prensa alemana, apenas ha traspasado las murallas de la ciudad de Colonia.

Año y medio ha transcurrido con la mera instrucción de este proceso. Durante todo este tiempo, nuestros amigos se hallaron en prisión celular, privados de todo medio de entretenimiento y de ocupación en general. A los enfermos se les sustrajeron los auxilios médicos o se les concedieron en circunstancias tales que debían paralizar por completo su eficacia. Incluso después de presentada el acta de acusación, se les negó a los abogados, en contradicción con la ley, el acceso a los acusados, y se privó a estos últimos de todos los medios de defensa.

¿Cómo se ha motivado esta tan larga y cruel prisión preventiva? Transcurridos nueve meses, la cámara de acusación declaró que «no existía ningún hecho objetivo constitutivo de delito y — que, por tanto, la instrucción debía reiniciarse». La instrucción se reinició. Tres meses después, al comienzo de un nuevo período de sesiones de los Assises, se dijo que el cúmulo de actuaciones era demasiado voluminoso para ser digerido ya por el acusador público. Transcurridos otros 3 meses, después de que el acta de acusación se hallase ya en manos de los presos, el procedimiento se suspende por otros 3 meses, bajo el pretexto de que uno de los testigos del gobierno había enfermado. ¿A qué venía esta indecible dilación? El gobierno prusiano temía confrontar públicamente sus revelaciones, anunciadas tan jactanciosamente, con la verdadera realidad de los hechos.

Por fin, el término no pudo aplazarse más, y el gobierno logró

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encontrar un jurado como la Prusia renana no lo había visto aún, compuesto por media docena de los nobles más reaccionarios, 4 aristócratas de las finanzas y 2 burócratas.

¿Qué material se presentó a este jurado? Ante todo, las absurdas proclamas y correspondencias de una banda de conspiradores fantásticos, instrumentos y a la vez cómplices de Cherval, un agente de policía confeso.

Estos papeles se hallaban en parte en posesión de un tal Oswald Dietz, en Londres. En tiempos de la Exposición Industrial, durante la ausencia de Dietz, el gobierno prusiano hizo forzar su escritorio por un tal Reuter y robar los papeles. A consecuencia de este robo fue descubierto en París el así llamado complot franco-alemán.

Ahora bien, durante las vistas de Colonia se aportó ciertamente la prueba de que esos fantásticos conspiradores y su agente Cherval son los enemigos políticos de los acusados y de sus amigos londinenses abajo firmantes. El acusador público hizo valer, en cambio, la lógica contundente de que, en su opinión, sólo la enemistad personal había impedido a los acusados de Colonia y a sus amigos londinenses hacer causa común con Cherval y sus compinches. De esta curiosa manera demostró la complicité morale. Más aún. Mientras se hacía a los acusados y a los abajo firmantes responsables de las acciones de sus enemigos, aparecían simultáneamente ante el tribunal de los Assises los amigos confesos de Cherval y sus aliados londinenses, no como acusados, sino como testigos de la corona.

Al propio gobierno le resultó inquietante este modo de proceder. La opinión pública lo obligó a buscar medios de prueba concluyentes. Toda la policía del Estado prusiano se puso en movimiento, a la cabeza el testigo que comparecía en Colonia, Stieber, consejero real de policía y jefe de la policía criminal de Berlín. En la sesión del 23 de octubre, Stieber anunció que un correo extraordinario le había traído el 17 del mismo mes, de Londres, los documentos más importantes, de los que se desprendía irrefutablemente la complicidad de los acusados en un complot común con los abajo firmantes. Entre otras cosas, presentó al tribunal el «libro original de actas» de una sociedad secreta supuestamente dirigida por nosotros.

Stieber se enredó en primer lugar en las mayores contradicciones respecto a la fecha en que debía haber llegado su Deus ex machina londinense. El abogado Schneider II lo acusó por ello directamente de perjurio, y Stieber sólo supo salir del atolladero remitiendo al tribunal a la autoridad de la corona, personificada en él, pavoneándose como encarnación del gobierno prusiano.

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En cuanto al así llamado libro original de actas, Stieber aseguró dos veces bajo juramento que era el auténtico libro original de actas. Más tarde, acorralado por los abogados, deja que el libro original de actas se reduzca a un mero cuaderno de notas que uno de sus espías habría redactado después de las sesiones, de memoria y por su propia cuenta. Finalmente, y precisamente con ayuda de las declaraciones del propio Stieber, resulta que aquel libro no era otra cosa que una mercancía fabricada por encargo por sus agentes de policía londinenses Greiff, Fleury y Hirsch. Este último, quien confesó por escrito haber redactado el libro bajo la dirección de Greiff y Fleury, habría sido ya entregado por nosotros a los tribunales ingleses por forgery, de no haberle proporcionado uno de los compinches de Cherval los medios para sustraerse a la persecución judicial mediante la fuga. Greiff, teniente de la policía prusiana y agregado en la legación de aquí, ha desaparecido de Londres aún antes de la conclusión del proceso, y la identidad del Fleury de Kensington no puede constatarse sin sus dos cómplices. Por lo demás, la falsedad del libro de actas quedó probada de manera tan contundente que el propio acusador público la admitió y calificó la «pieza documental» de libro aciago. Finalmente, se presentó una carta supuestamente escrita por el cofirmante Marx, cuya falsedad tuvo que reconocer igualmente la acusación.

De este modo, todos los documentos que debían contener algo más que una tendencia revolucionaria, pruebas fácticas de un complot, resultaron ser pura fabricación gubernamental. El gobierno temía tanto ser desenmascarado ante el público que no sólo el correo prusiano interceptó documentos enviados a la defensa, sino que Stieber intentó incluso amedrentar a los abogados e inducirlos a suprimir las pruebas que se les habían suministrado, amenazándolos en sesión pública, antes del comienzo de los informes de defensa, con procesarlos por «correspondencia criminal» con los abajo firmantes.

Ahora bien, si a pesar de la falta de toda prueba se logró una condena, incluso ante este jurado tal resultado sólo fue posible gracias a la aplicación retroactiva del nuevo código penal prusiano, en virtud del cual incluso el «Times» y la «Peace Society» pueden ser convictos cualquier día de alta traición. Además, el proceso había adquirido, por su duración insólita y por los medios extraordinarios empleados por el gobierno, tales dimensiones que la absolución de los acusados equivalía a una condena del gobierno, y en la provincia del Rin se había asentado universalmente la opinión de que una absolución acarrearía de inmediato la supresión de la institución de los tribunales de jurado.

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Finalmente, aún para caracterizar al gobierno y a los tribunales prusianos: el Dr. Jacobi, que fue absuelto, es no obstante retenido en prisión bajo el pretexto de que, en una carta privada dirigida a un amigo hace muchos años, se había servido de expresiones ofensivas contra Federico Guillermo IV.

Londres, a 18 de noviembre de 1852.

(firmado) F. Engels. F. Freiligrath.
K. Marx. W. Wolff.

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Estos papeles, en primera instancia, proporcionaron los medios para descubrir la denominada conjura franco-alemana en París. Ahora bien, el proceso de Colonia demostró que aquellos conspiradores, junto con Cherval y su agente en París, eran precisamente los adversarios políticos de los acusados y de sus amigos londinenses abajo firmantes. Pero el acusador público alegó que una mera querella personal había impedido a estos últimos tomar parte en la conjura de Cherval y sus asociados. ¡Con semejante argumento se pretendía probar la complicidad moral de los acusados de Colonia en la conjura de París! Y mientras los acusados de Colonia eran así hechos responsables de los actos precisamente de sus enemigos, los presuntos amigos de Cherval y sus asociados fueron presentados por el gobierno ante el tribunal, no en el banquillo como los acusados —sino en el estrado de los testigos, para deponer contra ellos.

Esto, sin embargo, pareció demasiado burdo. La opinión pública obligó al gobierno a buscar pruebas menos equívocas. Se puso en movimiento todo el aparato policial, bajo la dirección de un tal Stieber, el principal testigo de cargo en Colonia, consejero real de policía y jefe de la fuerza criminal de Berlín. En la sesión del 23 de octubre, Stieber anunció que un correo extraordinario procedente de Londres había entregado en sus manos importantísimos documentos que demostraban de manera irrefutable la complicidad de los acusados en una supuesta conspiración con los abajo firmantes. «Entre otros documentos, el correo le había traído el libro de actas original de las sesiones de la sociedad secreta presidida por el Dr. Marx, y con la cual los acusados habían mantenido correspondencia». Stieber, sin embargo, se enredó en declaraciones contradictorias sobre la fecha en que se suponía que el correo había llegado a su poder.

El Dr. Schneider, abogado principal de la defensa, le acusó directamente de perjurio, ante lo cual Stieber no se atrevió a dar otra respuesta que la de parapetarse en su dignidad como representante de la Corona, a quien la más alta autoridad del Estado le había encomendado una misión de la mayor importancia. En cuanto al libro de actas, Stieber declaró dos veces bajo juramento que era el «verdadero libro de actas original de la Sociedad Comunista de Londres». Pero más tarde, estrechamente presionado por la defensa, admitió que podría tratarse de un mero cuaderno de notas redactado por uno de sus espías. Finalmente, a partir de su propio testimonio, el libro quedó

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demostrado como una falsificación deliberada, y su origen fue rastreado hasta tres de sus agentes londinenses, Greiff, Fleury y Hirsch. Este último ha admitido posteriormente que compuso el libro bajo la guía de Fleury y Greiff. Tan decisiva fue la prueba en Colonia sobre este punto, que incluso el acusador público declaró que el «importante documento» de Stieber era un libro de lo más desafortunado —una mera falsificación. El mismo personaje se negó a tomar en cuenta una carta que formaba parte de las pruebas del gobierno, en la cual se había imitado la letra del Dr. Marx; también aquel documento resultó ser una burda y palpable falsificación. Del mismo modo, todo documento presentado para probar, no las tendencias revolucionarias, sino la complicidad real de los acusados en alguna conjura concreta, resultó ser una falsificación de la policía. Tan grande era el temor del gobierno a ser desenmascarado, que no solo hizo que el correo devolviera todos los documentos dirigidos al abogado defensor, sino que a este último le intimidó Stieber amenazándole con un proceso por su «correspondencia criminal» con los abajo firmantes.

Si ahora, a pesar de la ausencia de toda prueba convincente, se ha obtenido no obstante un veredicto, ese resultado solo ha sido posible, incluso con un jurado de tal naturaleza, por la aplicación retroactiva de un nuevo código penal, bajo el cual el mismísimo «Times» y la Sociedad de la Paz podrían ser juzgados en cualquier momento bajo el formidable cargo de alta traición. Por añadidura, el proceso de Colonia había adquirido, por su duración y por los medios extraordinarios empleados por la acusación, dimensiones tan vastas, que una absolución habría equivalido a una condena del gobierno; y en las provincias renanas se imponía por lo general la convicción de que la inmediata

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consecuencia de una absolución sería la supresión de toda la institución del jurado.

Somos, señor, sus más obedientes servidores,

F. Engels,
F. Freiligrath,
C. Marx,

w. Worn.
Londres, 20 de noviembre de 1852.

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