Karl Marx  
Partidos políticos y perspectivas  

New-York Daily Tribune.  
Nr. 3625, 29 de noviembre de 1852  

Partidos políticos y perspectivas.  

Correspondencia de The N.Y. Tribune.  

Londres, martes 2 de noviembre de 1852.  

Continuamos la deducción de las consecuencias políticas que se siguen inevitablemente de la actual prosperidad comercial e industrial.  

En medio de esta atmósfera de actividad industrial universal, de intercambio comercial acelerado, de indiferencia política, desprovista de toda presión externa, los partidos parlamentarios completan en perfecta tranquilidad el proceso de su propia disolución.  

«Los peelitas y los russellitas gravitan en este momento unos hacia otros de la manera más intensa. Los peelitas, esos indispensables 'hombres de Estado', no pudiendo hacer nada por sí mismos, quieren ahora ser recibidos en el parentesco de la familia gobernante. Observad cuánto elogia su órgano, The Morning Chronicle, el muy indiferente discurso de lord John Russell en Perth.»  

Así habla The Morning Herald, órgano semioficial del Gobierno.  

Todo lo contrario, dice The Guardian.  

Escuchad tan solo al Sr. Henley, presidente de la Junta de Comercio, hablando en la maltería de Banbury al círculo de sus amigos granjeros: «Este partido —declara el Sr. Henley— tenía principios propios y se ha aferrado a ellos. El librecambio o la protección era una cuestión abierta, y sólo el difunto Sir Robert Peel la convirtió en cuestión de partido». Habla respetuosamente de los peelitas: «Ya no había ningún obstáculo sustancial para la reunión del gran Partido Conservador». ¡Ahí está el quid!, exclama The Guardian; hundid la protección y resucitad el conservadurismo. En otras palabras, The Guardian supone que los peelitas están dispuestos —dejando de lado las leyes de cereales— a entrar en una alianza reaccionaria con los tories.  

Y The Daily News informa como un hecho que una parte de los peelitas se ha pasado ya al campo derbyita. Pero también se sospecha que una parte de los whigs ha cometido la misma ofensa, y no sería nada milagroso, considerando que su núcleo aristocrático está formado por una camarilla de cazadores de cargos.  

Ahí está, por ejemplo, lord Dalhousie. Su Señoría fue ministro con Peel, en el período liberal del gobierno. Tras la caída de Peel, Russell le ofreció un puesto en su nuevo gabinete. Junto con el duque de Newcastle, lord St. Germans y otros miembros del anterior gobierno, apoyó en la Cámara Alta las maniobras de los whigs, y fue recompensado, al quedar una vacante, con el cargo de gobernador general de la India, el premio más espléndido de la lotería oligárquica. Lo explotó con el mayor provecho económico. Los whigs se jactaron del sacrificio «sin precedentes» que habían hecho al enajenar un cargo tan codiciado a su propia parentela inmediata. Y ahora, en este preciso momento, el cebo que se le tiende a lord Dalhousie es la custodia de los Cinque Ports, una sinecura de miles de libras al año. Se dice que nuestro hombre no está demasiado cargado de riqueza patrimonial y que considera su deber patriótico asegurar los Cinque Ports contra un ataque por sorpresa, incluso bajo un ministerio Derby.  

Semejantes fragmentos de chronique scandaleuse, anécdotas de negociaciones de tal o cual whig sobre el precio más bajo al que va a entregarse a los tories, se encuentran por docenas en la prensa liberal semanal. Prueban la profunda corrupción del partido whig; pero su importancia desaparece ante el cisma entre sus dos dirigentes principales, Russell y Palmerston.  

Ya hace algún tiempo que conocíamos incidentes relacionados con las recientes contiendas electorales, en las que la participación de lord Palmerston en apoyo de los candidatos ministeriales parecía inexplicable, como se expresaban los periódicos liberales. Ahora, un buen día, el propio órgano de Palmerston, The Morning Post, publica un artículo de fondo aludiendo a los rumores de que Palmerston iba a entrar en el gabinete como secretario de Estado y líder de los Comunes o, en caso de una pronta disolución del ministerio Derby, a formar un nuevo gabinete con aquellos fragmentos del mismo que no se hubieran vuelto del todo «imposibles». The Morning Post, encontrando en conjunto estos rumores muy atractivos, declara que no habla en nombre de lord Palmerston, sino en su propio nombre privado. Pero Palmerston, a pesar de todos los apremiantes y hasta importunos llamamientos de la prensa whig y liberal, no considera oportuno refutar el informe calumnioso. The Morning Chronicle, peelita, menciona estos rumores en un tono que muestra claramente que Gladstone & Cía. no sentirían ningún horror vacui ante la idea de amalgamamientos semejantes. The Daily News, periódico de la escuela de Manchester, descubre esta circunstancia y llama indignado a los traidores entre whigs y peelitas a unirse abiertamente a Derby.  

Así veis cómo cada una de las camarillas parlamentarias que hasta ahora han empuñado una tras otra el timón político, desconfía de todas las demás y de sus propios miembros, cómo se acusan mutuamente de deserción, corrupción, avenencia y, sin embargo, todas y cada una admiten que, dejando de lado las leyes de cereales, nada se interpone en su unión con los derbyitas salvo el rencor personal y la ambición personal. Ocupan respecto a Derby aproximadamente la misma posición que, antes del 2 de diciembre último, las distintas fracciones del partido del orden respecto a Bonaparte.  

Que la oposición espera la próxima campaña parlamentaria en un estado de ánimo bastante pusilánime es fácilmente explicable.  

El pequeño John Russell recibió la libertad del burgo de Perth en una bolsita, y respondió, tras una cena gigantesca, con un discursito, cuya parte más importante fue la siguiente declaración:  

«Estamos obligados por justicia, y también, creo, guiados por la política, a esperar hasta que se presenten esas medidas que han de dar al interés agrícola, al interés colonial, al interés naviero, toda la compensación de que hasta ahora han sido injustamente privados (risas), esas admirables medidas que han de poner fin a una larga contienda».  

El único diario de que aún dispone Russell, The Globe (periódico vespertino), hace sobre lo anterior el siguiente comentario: «Cualquier oposición como la que se hizo a Sir R. Peel en 1835 entrañaría una certeza de fracaso», debido a las rivalidades de los diversos líderes liberales. Así, el experimento de derribar al gabinete Derby en el comienzo mismo de la sesión mediante un voto compacto de la oposición coaligada ha sido abandonado por completo, y lord John Russell se mantiene fiel a su papel, siendo el primero en tocar retirada.  

Y en cuanto a las perspectivas de la oposición parlamentaria en general, su jefe, el Sr. J. Hume, hace la siguiente confesión en su carta a The Hull Advertiser:  

«Si he de guiarme por mi experiencia en lo que respecta a los diputados irlandeses en la Cámara de los Comunes hasta ahora, el material no es probable que tenga la consistencia necesaria para ser moldeado y mantenido en la posición adecuada bajo la influencia de ningún líder. Los diputados irlandeses son demasiado extremados, demasiado ardientes, demasiado imbuidos de los agravios y sufrimientos de Irlanda. En la actualidad, por lo que yo sé, nada se ha hecho para lograr una unión de los liberales que puedan dudar de los actos de la administración Derby; y cuando considero las huecas profesiones de quienes precedieron a lord Derby (los whigs), y cómo arrojaron las cartas en vez de jugar la partida hasta el final por la causa popular, llamando a los reformistas a unirse a ellos, no puedo tener mucha confianza en nada de lo que hagan para promover la unión de los partidos. De hecho, me temo que habrá que dejarlos rumiar mientras los derbyitas cometen toda clase de desgobierno para promover su propia causa y beneficiar a sus partidarios; y sólo después de un tiempo considerable de semejante conducta podrá haber alguna posibilidad de que se forme un partido del pueblo.»  

John Bright, el actual jefe de la escuela de Manchester, ha intentado en verdad, en su discurso de sobremesa a los fabricantes de Belfast, reparar con halagos a los diputados irlandeses los ataques de Joseph Hume; pero en todo lo que atañe a la disciplina parlamentaria, la opinión del «Viejo Joe» es una autoridad.  

Así, la oposición parlamentaria está completamente desesperanzada de sí misma.  

Más aún, la vieja oposición parlamentaria se ha sobrevivido a sí misma hasta tal punto que su Néstor, Hume, al final de su larga carrera declara ahora públicamente que en la Cámara de los Comunes no hay ningún «partido del pueblo». Lo que allí se llamaba así no era más que una «soga de arena».  

Así, disolución general, debilidad e impotencia universales en el campo de la oposición.  

Karl Marx.