Karl Marx  
Consecuencias políticas de la efervescencia comercial  

New-York Daily Tribune.  
Nr. 3602, 2 de noviembre de 1852  

Consecuencias políticas  
de la efervescencia comercial.  

Correspondencia de The N. Y. Tribune.  

Londres, martes, 19 de octubre de 1852.  

Mi última carta describía la actual situación industrial y comercial de este país; extraigamos ahora de ella las consecuencias políticas.  

Si el estallido de la anticipada revulsión industrial y comercial conferirá un carácter más peligroso y revolucionario a la inminente lucha con los tories, la actual prosperidad es, por el momento, el aliado más valioso del partido tory; un aliado que, ciertamente, no les permitirá restablecer las leyes de cereales, abandonadas ya por ellos mismos, pero que consolida eficazmente su poder político y les ayuda a llevar adelante una reacción social que, si se la dejara sola, terminaría necesariamente en la conquista de ventajas de clase sustanciales, tal como desde sus inicios se emprendió en nombre de un interés de clase sustancial. Nada de leyes de cereales, dice D’Israeli, sino un nuevo arreglo de los impuestos en interés de los agricultores oprimidos. Pero ¿por qué están oprimidos los agricultores? Porque, en su mayoría, continúan pagando las antiguas rentas proteccionistas, mientras que el antiguo precio proteccionista del trigo ha seguido el camino de toda carne. La aristocracia no rebajará la renta de sus tierras, pero introducirá un nuevo modo de tributación que compense a los agricultores por el excedente que éstos tienen que pagar a los bolsillos de la aristocracia.  

Repito que la actual prosperidad comercial es favorable a la reacción tory. ¿Por qué? «El patriotismo —se queja Lloyd’s Weekly Newspaper— tiende a dormirse en la alacena si en ella hay carne y bebida. De ahí que el librecambio sea la actual seguridad del conde de Derby; descansa sobre un lecho de rosas recogidas por Cobden y Peel.»  

La masa del pueblo se halla plenamente empleada y más o menos bien situada —descontando siempre a los indigentes inseparables de la prosperidad británica—; por tanto, no constituye en el momento actual un material muy maleable para la agitación política. Pero lo que, por encima de todo, permite a Derby llevar adelante sus maquinaciones, es el fanatismo con que la clase media se ha lanzado al poderoso proceso de la producción industrial: la erección de fábricas, la construcción de maquinaria, la construcción de buques, el hilado y tejido de algodón y lana, el almacenamiento en depósitos, la manufactura, el intercambio, la exportación, la importación y demás procedimientos más o menos útiles, cuyo fin, para ellos, es siempre hacer dinero. La burguesía, en este momento de comercio activo —y sabe muy bien que estos momentos felices se vuelven cada vez más raros y espaciados—, quiere y debe hacer dinero, mucho dinero, nada más que dinero. Deja a sus políticos ex professo la tarea de vigilar a los tories. Pero los políticos ex professo (compárese, por ejemplo, la carta de Joseph Hume al Hull Advertiser) se quejan con razón de que, privados de la presión externa, tan poco pueden agitar como el cuerpo humano podría reaccionar sin la presión de la atmósfera.  

La burguesía tiene, en verdad, una especie de inquieto presentimiento de que en las altas regiones del gobierno se está cociendo algo sospechoso, y de que el ministerio explota sin muchos escrúpulos la apatía política en que la prosperidad la ha sumido. Por eso, a veces, le dirigen una advertencia al ministerio a través de sus órganos en la prensa. Por ejemplo: «No podemos prever hasta qué punto la democracia (léase la burguesía) llevará su actual y sabia tolerancia, su respeto por su propio poder y por los derechos ajenos, sin intentar fortalecerse haciendo lo que la aristocracia ha hecho; pero la aristocracia no debe inferir, de la conducta general de la democracia, que ésta nunca se apartará de la moderación.»—(The London Economist.) Pero Derby responde: ¿Creéis que soy tan tonto como para dejarme asustar por vosotros ahora, mientras brilla el sol, y permanecer ocioso hasta que las tormentas comerciales y el estancamiento del comercio os den tiempo para ocuparos de la política con más claridad?  

El plan de la campaña tory se manifiesta cada día.  

Los tories empezaron por hostigar con triquiñuelas las reuniones al aire libre; persiguen, en Irlanda, a los periódicos que contienen artículos que les desagradan; en este momento, procesan por libelo sedicioso a los agentes de la Sociedad de la Paz, que han distribuido folletos contra el uso del látigo en la milicia. De esta manera callada, hacen retroceder, dondequiera que pueden, la oposición aislada de la calle y de la prensa.  

Mientras tanto, evitan toda ruptura grande y pública con sus adversarios, retardando la reunión del Parlamento y preparándolo todo para ocuparlo, cuando se reúna, con el funeral «de un duque muerto, en lugar de los intereses de un pueblo vivo».—(Periódico radical.) En la primera semana de noviembre se reunirá el Parlamento. Pero antes de enero no cabe hablar de un comienzo serio de la sesión.  

¿Y cómo llenan los tories el intervalo? Con la campaña de inscripción electoral y la formación de la milicia.  

En la campaña de inscripción el objetivo es expulsar a sus adversarios o impedirles que entren en las nuevas listas de electores parlamentarios para el año siguiente, formulando esta o aquella objeción que legalmente impide a un hombre ser inscrito como elector. Cada partido político está representado por sus abogados y lleva adelante la acción a su propia costa, y los barristers revisores, nombrados por el presidente del Tribunal de la Reina, deciden sobre la admisibilidad de las solicitudes o de las objeciones. Esta campaña ha tenido hasta ahora su principal teatro en Lancashire y Middlesex. Para reunir el dinero destinado a la campaña del norte de Lancashire, los tories hicieron circular listas de suscripción en las que el propio lord Derby había consignado su nombre por la liberal suma de 500 libras. En Lancashire se ha presentado un número extraordinario de 6.749 objeciones a electores, a saber: 4.650 para el sur y 2.099 para el norte de Lancashire. En el primero, los tories objetaron 3.557 títulos de elector; los liberales, 1.093; en el segundo, los tories objetaron 1.334 títulos; los liberales, 765. (Se trata, naturalmente, sólo de electores de condado, independientemente de los electores de los burgos situados en ese condado.) Los tories vencieron en Lancashire. En el condado de Middlesex fueron eliminados de los registros 353 radicales y 140 conservadores; los conservadores ganaron así 200 votos.  

En esta batalla, los tories están de un lado; los whigs, con los hombres de la Escuela de Manchester, del otro. De estos últimos es bien sabido que han formado sociedades de tierras de dominio absoluto —máquinas para fabricar nuevos electores—. Los tories dejan intactas las máquinas, pero destruyen sus productos. El barrister revisor de Middlesex, el Sr. Shadwell, dictó decisiones por las que un gran número de los electores de las sociedades de tierras de dominio absoluto fueron privados del derecho de sufragio, declarando que una parcela de tierra no confería el derecho electoral a menos que hubiese costado 50 libras. Como se trataba de una cuestión de hecho y no de derecho, no cabe apelar de esta decisión ante el Tribunal de Causas Comunes. Todo el mundo comprende que esta distinción entre hecho y derecho otorga a los barristers revisores, siempre accesibles a la influencia del ministerio en ejercicio, el más amplio poder a la hora de componer las nuevas listas de electores.  

Y ¿qué presagian estos grandes esfuerzos de los tories y la directa injerencia de su jefe en la campaña de inscripción?  

Que el conde de Derby no abriga esperanzas muy halagüeñas respecto a la continuación de su nuevo Parlamento, que está inclinado a disolverlo en caso de resistencia por su parte, y que, entretanto, procura preparar, por medio de los barristers revisores, una mayoría conservadora para otras elecciones generales.  

Y mientras así los tories, por una parte, mantienen en reserva la máquina de hacer parlamentos puesta a su disposición por la campaña de inscripción, por otra parte llevan a efecto la Ley de la Milicia, que pone a su disposición las bayonetas necesarias para ejecutar incluso los actos más reaccionarios del Parlamento y para soportar con tranquilidad los ceños fruncidos de la Sociedad de la Paz.  

«Con un Parlamento que le dé apariencia legal, con una milicia armada que le proporcione fuerza activa, ¿qué no podrá hacer la reacción en Inglaterra?» —exclama el órgano de los cartistas.  

Y la muerte del «Duque de Hierro», del héroe del sentido común de Waterloo, ha liberado en este momento particularmente crítico a la aristocracia de un importante ángel de la guarda, que poseía suficiente experiencia en la guerra para sacrificar, a menudo, victorias aparentes en aras de una retirada bien cubierta, y la brillante ofensiva a un compromiso oportuno. Wellington era el moderador de la Cámara de los Lores; en momentos decisivos disponía a menudo de 60 y más poderes; impedía que los tories declararan una guerra abierta a la burguesía y a la opinión pública. Pero ahora, con un ministerio tory ávido de conflictos bajo la dirección de un carácter deportivo, la Cámara de los Lores, «en lugar de ser, como bajo la guía del duque, el lastre estable del Estado, puede convertirse en la superestructura que ponga en peligro su seguridad». Esta última noción —que el lastre señorial es necesario para la seguridad del Estado— no es, por supuesto, nuestra, sino del liberal London Daily News. El actual duque de Wellington, hasta ahora marqués de Douro, ha pasado de inmediato del campo peelita al campamento tory. Así pues, todo indica que la aristocracia está a punto de realizar los esfuerzos más temerarios para reconquistar el terreno perdido y hacer volver los dorados tiempos de 1815 a 1830. Y la burguesía, en este momento, no tiene tiempo de agitar, de rebelarse, ni siquiera de montar una manifestación de indignación adecuada.  

Karl Marx.