Karl Marx
Pauperismo y libre comercio —
La crisis comercial que se avecina

New-York Daily Tribune.
Nr. 3601, 1.° de noviembre de 1852

Pauperismo y libre comercio —
La crisis comercial que se avecina.

Correspondencia de The N. Y. Tribune.

Londres, viernes, 15 de octubre de 1852.

En una maltería de Banbury, el señor Henley, presidente de la Junta de Comercio, explicaba hace poco a sus agricultores amigos allí congregados que el pauperismo había disminuido, pero por circunstancias que nada tenían que ver con el libre comercio; y, sobre todo, por la hambruna de Irlanda, el descubrimiento de oro en el extranjero, el éxodo de Irlanda, la gran demanda de barcos británicos consiguiente a ello, etc., etc. Hemos de confesar que «la hambruna» es un remedio tan radical contra el pauperismo como el arsénico contra las ratas.

«Al menos —observa The Economist— los tories tienen que admitir la prosperidad existente y su resultado natural: las casas de trabajo vacías.» The Economist intenta luego demostrar a ese incrédulo presidente de la Junta de Comercio que las casas de trabajo se han vaciado por obra del libre comercio, y que si se permite que el libre comercio despliegue plenamente sus efectos, es probable que desaparezcan por completo del suelo británico. Lástima que las estadísticas de The Economist no demuestren lo que pretenden demostrar.

Bien sabido es que la industria y el comercio modernos recorren ciclos periódicos de cinco a siete años, en el curso de los cuales pasan por una sucesión regular de estados: quietud — luego mejoría — creciente confianza — actividad — prosperidad — excitación — exceso de comercio — convulsión — presión — estancamiento — penuria — para terminar de nuevo en quietud.

Teniendo presente este hecho, volvamos a las estadísticas de The Economist.

Desde 1834, cuando la suma gastada en el socorro de los pobres ascendió a 6.317.255 libras esterlinas, bajó a un mínimo de 4.044.741 libras en 1837. A partir de esa fecha volvió a aumentar cada año hasta 1843, en que alcanzó la cifra de 5.208.027 libras. En 1844, 1845 y 1846 volvió a descender a 4.954.204 libras, y subió de nuevo en 1847 y 1848; en este último año ascendió a 6.180.764 libras, casi tanto como en 1834, antes de la introducción de la nueva Ley de Pobres. En 1849, 1850, 1851 y 1852 volvió a bajar a 4.724.619 libras. Pero el período de 1834-1837 fue un período de prosperidad; el de 1838-1842, un período de crisis y estancamiento; 1843-1846, un período de prosperidad; 1847 y 1848, un período de crisis y estancamiento, y 1849-1852, de nuevo un período de prosperidad.

Ahora bien, ¿qué demuestran estas estadísticas? En el mejor de los casos, la tautología trivial de que el pauperismo británico sube y baja con los períodos alternos de estancamiento y prosperidad, independientemente tanto del libre comercio como del proteccionismo. Es más: en el año librecambista de 1852 encontramos que los gastos de la Ley de Pobres superan en 679.878 libras a los del año proteccionista de 1837, y eso a pesar de la hambruna irlandesa, de las «pepitas» de Australia y de la ininterrumpida corriente de emigración.

Otro periódico librecambista británico intenta demostrar que las exportaciones aumentan con el libre comercio, que con las exportaciones aumenta la prosperidad y que, con la prosperidad, el pauperismo tiene que disminuir y acabar por desaparecer; y las cifras siguientes habrán de demostrarlo. El número de seres humanos válidos condenados a subsistir a costa de la parroquia era:

1 de enero de 1849, en 590 uniones, 201.644.
1 de enero de 1850, en 606 uniones, 181.159.
1 de enero de 1851, en 606 uniones, 154.525.

Si comparamos con esto las listas de exportación, encontramos, para las exportaciones de manufactura británica e irlandesa:

1848 .. 48.946.395 libras esterlinas
1849 .. 58.910.883 libras esterlinas
1850 .. 65.756.032 libras esterlinas

¿Y qué demuestra este cuadro? Un aumento de las exportaciones de 9.964.488 libras redimió del pauperismo a más de 20.000 personas en 1849; un nuevo aumento de 6.845.149 libras redimió a otras 26.634 en 1850. Ahora bien, incluso suponiendo que el libre comercio eliminase por completo los ciclos industriales y sus vicisitudes, la redención del número total de pobres válidos requeriría, bajo el régimen actual, un nuevo aumento del comercio exterior de 50.000.000 de libras esterlinas al año; es decir, un aumento de cerca del 100 por ciento. Y estos sesudos estadísticos burgueses tienen el valor de hablar de

«utopistas».—Verdaderamente, no existen utopistas mayores que estos optimistas burgueses.

Acaban de llegarme los documentos publicados por la Junta de la Ley de Pobres. En ellos se demuestra, en efecto, que estamos experimentando una disminución numérica de los pobres con respecto a 1848 y 1851. Pero de esos mismos documentos se desprende al mismo tiempo:

De 1841 a 1844, el promedio de pobres fue de 1.431.571; de 1845 a 1848 fue de 1.600.257. En 1850 había 1.809.308 pobres que recibían socorro dentro y fuera de los asilos, y en 1851 sumaban 1.600.329, es decir, algo más que el promedio de 1845-1848. Ahora bien, si comparamos estas cifras con la población comprobada por el censo, encontramos que en 1841-1848 había 89 pobres por cada 1.000 habitantes, y 90 en 1851. Así, pues, en realidad el pauperismo ha aumentado con respecto al promedio de 1841-1848, y ello a pesar del libre comercio, de la hambruna, de la prosperidad, a pesar de las pepitas de Australia y de la corriente de emigración.

De paso haré notar que el número de criminales también ha aumentado, y una ojeada a The Lancet, revista de medicina, muestra que la adulteración y el envenenamiento de los artículos de alimentación han seguido el mismo paso hasta ahora que el libre comercio. Todas las semanas The Lancet provoca un nuevo pánico en Londres al desentrañar nuevos misterios. Este periódico ha constituido toda una comisión de investigación de médicos, químicos, etc., para el examen de los artículos alimenticios que se venden en Londres. Café envenenado, té envenenado, vinagre envenenado, pimienta de cayena envenenada, encurtidos envenenados —todo mezclado con veneno—: tal es el estribillo habitual de los informes de esa comisión.

Cualquiera de los dos lados de la política comercial burguesa —el libre comercio o el proteccionismo— es, naturalmente, igual de incapaz de eliminar unos hechos que no son sino el resultado necesario y natural de la base económica de la sociedad burguesa. Y una cosa de alrededor de un millón de pobres en las casas de trabajo británicas es tan inseparable de la prosperidad británica como lo es la existencia de dieciocho a veinte millones en oro en el Banco de Inglaterra.

Esto queda establecido como respuesta a los fantasistas burgueses que, de un lado, presentan como resultado del libre comercio lo que es un simple acompañante necesario de todo período de prosperidad dentro de los ciclos comerciales, o que, de otro lado, esperan de la prosperidad burguesa cosas que ésta no puede brindar de ningún modo. Sentado esto, no cabe duda de que el año 1852 es uno de los años de prosperidad más señalados de que ha gozado nunca Inglaterra. Los ingresos públicos —a pesar de la derogación del impuesto sobre las ventanas—, los rendimientos del movimiento marítimo, las listas de exportación, las cotizaciones del mercado monetario y, sobre todo, la inaudita actividad de los distritos manufactureros, dan testimonio irrefutable de este hecho.

Pero el conocimiento más superficial de la historia comercial desde comienzos del siglo XIX basta para convencer a cualquiera de que se aproxima el momento en que el ciclo comercial entrará en la fase de excitación, para pasar de ahí a las de sobrespeculación y convulsión. «¡De ninguna manera! —exclaman los optimistas burgueses—. En ningún período de prosperidad anterior hubo menos especulación que en el actual. Nuestra actual prosperidad se funda en la producción de artículos de utilidad inmediata, que entran en el consumo casi con la misma rapidez con que pueden ser llevados al mercado, que dejan al productor una ganancia adecuada y estimulan una producción renovada y ampliada.»

En otras palabras, lo que distingue esta prosperidad presente es el hecho de que el capital excedente existente se ha lanzado, y se está lanzando, directamente a la producción industrial. Según el reciente informe del señor Leonard Horner, inspector general de fábricas, en 1851 tuvo lugar un aumento de fuerza motriz, sólo en las fábricas de algodón, equivalente a 3.717 caballos de fuerza. Su enumeración de fábricas en construcción es casi interminable. Aquí una hilandería de 150 caballos de fuerza; allí un cobertizo para tejidos de color con 600 telares; otra fábrica de hilados para 60.000 husos y 120 caballos de fuerza; otra para hilado y tejido con 200 caballos; otra con 300 caballos, etc. La mayor, sin embargo, se está construyendo cerca de Bradford (Yorkshire) para la fabricación de artículos de alpaca y géneros mixtos. «La magnitud de esta empresa, que se está erigiendo para el señor Titus Salt, puede inferirse del hecho de que está calculada para cubrir seis acres de medida legal de terreno. El edificio principal será una maciza construcción de piedra, de considerables pretensiones arquitectónicas, con una sola sala de 540 pies de largo, y la maquinaria incluirá los más recientes inventos de mérito reconocido. Las máquinas de vapor que han de mover esta inmensa masa de maquinaria están siendo construidas por los señores Fairburn, de Mánchester, y están calculadas para desarrollar 1.200 caballos de fuerza. La sola fábrica de gas equivaldrá a la de una pequeña ciudad y será erigida según el sistema de hidrocarburo de White, a un costo de 4.000 libras esterlinas. Se calcula que se requerirán 5.000 luces, que consumirán 100.000 pies cúbicos de gas por día. Además de esta extensa fábrica, el señor Salt está construyendo 700 viviendas para los obreros en sus inmediaciones.»

Ahora bien, ¿qué se sigue de esta enorme inversión de capital en la producción industrial inmediata? ¿Que la crisis no vendrá? De ninguna manera; por el contrario, que asumirá un carácter mucho más peligroso que en 1847, cuando fue más comercial y monetaria que industrial. Esta vez caerá con todo su peso sobre los distritos manufactureros. Que se recuerde el estancamiento sin igual de 1838-1842, que también fue resultado directo de la sobreproducción industrial. Cuanto más se concentre el capital excedente en la producción industrial, en vez de repartir su corriente por los múltiples canales de la especulación, tanto más extensa, más duradera y más directa será la crisis sobre las masas trabajadoras y sobre la propia flor de la clase media. Y si, en el momento del derrumbe, toda la abrumadora masa de mercancías que está en el mercado cobra ya de golpe la forma de lastre embarazoso, ¡cuánto más no ocurrirá esto con esas numerosas fábricas ampliadas o recién construidas, lo bastante adelantadas ya para empezar a trabajar, y para las cuales es de vital importancia ponerse en marcha de inmediato? Si cada vez que el capital abandona sus canales comerciales habituales de circulación, ese abandono crea un pánico que llega hasta el salón mismo del Banco de Inglaterra, ¡cuánto más no ocurrirá otro tanto con un sálvese quien pueda análogo en un momento en que una cantidad inmensa se ha convertido así en capital fijo en forma de fábricas, maquinaria, etc., que no empiezan a funcionar sino al estallar la crisis, o que en parte requieren sumas adicionales de capital circulante antes de poder ser puestas en condiciones de trabajar!

Tomo de The Friend of India otro hecho significativo del carácter de la crisis que se avecina. De una exposición del comercio de Calcuta en 1852 que allí se inserta, resulta que el valor de los tejidos de algodón, hilado y estambre importados en Calcuta en 1851 ascendió a 4.074.000 libras esterlinas, es decir, casi dos tercios de todo el comercio. En el presente año, el monto total de esas importaciones será aún mayor. Las importaciones a Bombay, Madrás, Singapur, ni siquiera están comprendidas aquí. Pero la crisis de 1847 ha hecho tales revelaciones sobre el comercio de la India, que nadie puede abrigar la menor duda acerca de los resultados finales de una prosperidad industrial en la que las importaciones de «nuestro Imperio de la India» cuentan por dos tercios del total.

Pauperismo y libre cambio — La crisis comercial que se avecina

Hasta aquí en cuanto al carácter del estado de convulsión que ha de seguir a la estela del actual estado de prosperidad. Que esta convulsión sobrevendrá en 1853 lo pronostican muchos síntomas, especialmente la plétora de oro en el Banco de Inglaterra y las circunstancias particulares bajo las cuales se produce esta gran afluencia de metálico.

En este momento hay 21.353.000 libras esterlinas en metálico en las bóvedas del Banco de Inglaterra. Se ha intentado explicar esta afluencia por la producción excedente de oro en Australia y California. Un simple vistazo a los hechos demuestra lo incorrecto de esta opinión.

La cantidad acrecentada de metálico en el Banco de Inglaterra representa, en realidad, nada más que la disminución de la importación de otras mercancías; en otras palabras, un gran excedente de las exportaciones sobre las importaciones. Las últimas listas comerciales muestran, de hecho, una considerable disminución de las importaciones de cáñamo, azúcar, té, tabaco, vinos, lana, granos, aceites, cacao, harina, índigo, cueros, patatas, tocino, cerdo, mantequilla, queso, jamones, manteca de cerdo, arroz y casi todas las manufacturas del continente europeo y de la India británica. Hubo una evidente sobreimportación en 1850 y 1851, y esto, así como el aumento de precio de los cereales en el continente como consecuencia de una mala cosecha, tiende a mantener bajas las importaciones. Sólo las importaciones de algodón y lino muestran un aumento.

Este excedente de las exportaciones sobre las importaciones explica por qué el tipo de cambio es favorable para Inglaterra. Por otra parte, el que este exceso de exportaciones se salde en oro hace que una gran porción del capital británico permanezca ociosa y vaya a engrosar las reservas de los bancos. Los bancos, así como los particulares, buscan todos los medios para invertir este capital ocioso. De ahí la actual abundancia de capital prestable y el bajo tipo de interés. El papel de primera clase está al 1½ y al 2 por ciento. Ahora bien, si se compara cualquier historia del comercio, por ejemplo la Historia de los precios de Tooke, se encontrará que la coincidencia de estos síntomas —acumulación insólita de metálico en los sótanos del Banco de Inglaterra, excedente de las exportaciones sobre las importaciones, tipo de cambio favorable, abundancia de capital prestable y bajo tipo de interés— inaugura regularmente, en el ciclo comercial, aquella fase en que la prosperidad se trueca en excitación, fase en la que, por un lado, un comercio excesivo en las importaciones y, por el otro, especulaciones desenfrenadas en toda clase de burbujas atractivas, están a punto de comenzar. Mas este estado de excitación mismo no es más que el precursor del estado de convulsión. La excitación es el ápice supremo de la prosperidad; no produce la crisis, pero provoca su estallido.

Sé muy bien que los agoreros económicos oficiales de Inglaterra considerarán esta opinión sumamente heterodoxa. Pero ¿cuándo, desde «Prosperity Robinson», el famoso Canciller del Exchequer, quien en 1825, justo antes de la aparición de la crisis, abrió el Parlamento con la profecía de una inmensa e inquebrantable prosperidad…, cuándo han previsto o pronosticado jamás una crisis estos optimistas burgueses? Jamás hubo un solo período de prosperidad sin que ellos aprovecharan la ocasión para demostrar que esta vez la medalla no tenía reverso, que el destino inexorable quedaba domeñado. Y el día en que la crisis estallaba, se declaraban inocentes fustigando al comercio y a la industria con moralinas y lugares comunes acerca de la falta de previsión y cautela.

El peculiar estado político creado por esta momentánea prosperidad comercial e industrial constituirá el tema de mi próxima carta.

Karl Marx.