Karl Marx
Corrupción en las elecciones

New-York Daily Tribune.
Nr. 3552, 4. September 1852

Corrupción en las elecciones.

Correspondence of The N.Y. Tribune.

Londres, viernes, 20 de agosto de 1852.

Poco antes de que la última Cámara de los Comunes se separara, resolvió acumular cuantas dificultades fuese posible para sus sucesores en su camino al Parlamento. Votó una ley draconiana contra el soborno, la corrupción, la intimidación y las malas artes electorales en general.

Se elabora una larga lista de preguntas, que en virtud de esta ley pueden formularse a los peticionarios o a los miembros en ejercicio, las más inquisitivas y rigurosas que puedan concebirse. Se les puede exigir, bajo juramento, que declaren quiénes fueron sus agentes y qué comunicaciones mantuvieron con ellos. Se les puede preguntar y obligar a declarar, no sólo lo que saben, sino lo que «creen, conjeturan y sospechan» respecto al dinero gastado ya por ellos mismos, ya por cualquier otra persona que actúe —autorizada o no— en su nombre. En una palabra, ningún miembro puede atravesar tan extraño trance sin riesgo de perjurio, si tiene la más mínima idea de que es posible o probable que alguien haya sido llevado a extralimitarse en su nombre de los límites de la ley.

Ahora bien, aun suponiendo que esta ley dé por sentado que los nuevos legisladores se tomarán la misma libertad que el clero, que sólo cree algunos de los Treinta y Nueve Artículos, pero se las arregla para firmarlos todos, quedan, no obstante, cláusulas suficientes para hacer del nuevo Parlamento la asamblea más virginal que jamás haya pronunciado discursos y aprobado leyes para los tres reinos. Y en yuxtaposición con las elecciones generales que siguen de inmediato, esta ley asegura a los tories la gloria de que bajo su administración se haya proclamado teóricamente la mayor pureza electoral y se haya llevado a la práctica la mayor corrupción electoral.

«Se procede a una nueva elección, y aquí se desata una escena de soborno, corrupción, violencia, embriaguez y asesinato sin parangón desde los tiempos en que el viejo monopolio tory reinaba supremo. ¡Oímos realmente de soldados con fusiles cargados y bayonetas caladas, que toman por la fuerza a electores liberales, arrastrándolos ante los ojos del terrateniente para que voten contra su propia conciencia, y estos soldados, disparando con puntería deliberada contra el pueblo que se atrevía a solidarizarse con los electores cautivos, y cometiendo asesinato en masa contra el pueblo indefenso! (Alusión al suceso de Six Mile Bridge, Limerick, condado de Clare.) Se dirá: ¡Eso fue en Irlanda! ¡Sí, y en Inglaterra han empleado a su policía para romper los cráneos de los que se les oponen; han enviado a sus cuadrillas organizadas de rufianes nocturnos a merodear por las calles para interceptar e intimidar a los electores liberales; han abierto las cloacas de la embriaguez; han derramado el oro de la corrupción, como en Derby, y en casi todos los lugares disputados han ejercido una intimidación sistemática.»

Hasta aquí el People’s Paper de Ernest Jones. Ahora, después de este semanario cartista, escuchemos al semanario del partido contrario, el órgano más sobrio, más racional, más moderado de la burguesía industrial, The London Economist:

«Creemos poder afirmar que en estas elecciones generales ha habido más servilismo, más corrupción, más intimidación, más fanatismo y más libertinaje que en ninguna ocasión anterior. Se dice que el soborno se ha practicado más extensamente en estas elecciones que en muchos años anteriores... Es probablemente imposible formarse una idea exagerada de la cantidad de intimidación e influencia indebida de todo tipo que se ha practicado en las últimas elecciones... Y cuando sumamos todas estas cosas —la brutal embriaguez, las bajas intrigas, la corrupción en masa, la bárbara intimidación, la integridad de los candidatos falseada y manchada, los electores honestos arruinados, los débiles sobornados y deshonrados; las mentiras, las estratagemas, las calumnias que campan a la luz del día, desnudas y sin vergüenza, la profanación de palabras sagradas, el mancillamiento de nombres nobles—, nos quedamos horrorizados ante el holocausto de víctimas, de cuerpos destruidos y almas perdidas, sobre cuya pira funeraria se erige un nuevo Parlamento.»

Los medios de corrupción e intimidación fueron los habituales: influencia directa del Gobierno. Así, a un agente electoral en Derby, detenido en flagrante delito de soborno, se le encontró una carta del mayor Beresford, el Secretario de Guerra, en la cual ese mismo Beresford abre un crédito en una casa comercial para gastos electorales. El Poole Herald publica una circular del Almirantazgo a los oficiales de media paga, firmada por el comandante en jefe de una estación naval, solicitando sus votos para los candidatos ministeriales. —También se ha empleado la fuerza directa de las armas, como en Cork, Belfast, Limerick (en este último lugar murieron ocho personas). —Amenazas de desahucio por los terratenientes contra sus arrendatarios si no votaban con ellos; los agentes territoriales de lord Derby dieron en esto el ejemplo a sus colegas. —Amenazas de boicot comercial contra los tenderos, de despido contra los trabajadores, embriaguez, etc., etc. —A estos medios profanos de corrupción, los tories añadieron otros espirituales: la proclama real contra las procesiones católicas romanas se emitió para inflamar el fanatismo y el odio religioso; el grito de «No al papismo» se alzó por doquier. Uno de los resultados de esta proclama fueron los disturbios de Stockport. Los curas irlandeses, por supuesto, replicaron con armas similares.

Apenas ha terminado la elección, y ya un solo Consejero de la Reina ha recibido instrucciones de veinticinco lugares para invalidar las actas parlamentarias por soborno e intimidación. Tales peticiones contra miembros electos han sido firmadas, y los gastos de los procedimientos se han reunido en Derby, Cockermouth, Barnstaple, Harwich, Canterbury, Yarmouth, Wakefield, Boston, Huddersfield, Windsor y un gran número de otros lugares. De ocho a diez miembros derbyitas está probado que, aun en las circunstancias más favorables, serán rechazados a petición.

Los escenarios principales de este soborno, corrupción e intimidación fueron, por supuesto, los condados agrícolas y los burgos de los Pares, para la conservación del mayor número posible de estos últimos los whigs habían gastado toda su perspicacia en el proyecto de reforma de 1831. Los distritos electorales de las grandes ciudades y de los condados manufactureros densamente poblados eran, por sus circunstancias peculiares, terreno muy desfavorable para tales maniobras.

Los días de elecciones generales son en Gran Bretaña tradicionalmente las bacanales de la embriaguez y el libertinaje, los términos de bolsa convencionales para el descuento de las conciencias políticas, la época de más rica cosecha para los taberneros. Como dice un periódico inglés, «estas saturnales recurrentes nunca dejan de dejar huellas duraderas de su presencia pestilente». Y con toda naturalidad. Son saturnales en el viejo sentido romano de la palabra. El amo se convertía en siervo, el siervo en amo. Si el siervo es amo por un día, en ese día la brutalidad reina soberanamente. Los amos eran los grandes dignatarios de las clases dominantes, o de secciones de clases; los siervos constituían la masa de esas mismas clases, los electores privilegiados rodeados por la masa de los no electores, de esos miles que no tenían otra vocación que la de ser meros comparsas y cuyo apoyo, vocal o manual, siempre parecía deseable, aunque sólo fuera por el efecto teatral. Si se sigue la historia de las elecciones británicas durante un siglo o más, uno se siente tentado a preguntar no por qué los Parlamentos británicos fueron tan malos, sino, por el contrario, cómo lograron ser incluso tan buenos como fueron y representar tanto como representaron, aunque en una refracción difusa, el movimiento real de la sociedad británica. Así como los adversarios del sistema representativo deben sentirse sorprendidos al comprobar que los cuerpos legislativos, con todo su formalismo, pueden, no obstante, representar algo, se les tolera. Pero desde el momento en que el Parlamento se enfrentara a la presión exterior y dictara leyes a la nación en el sentido de sus estrechas circunscripciones electorales, se unirían al asalto general contra todo el anticuado sistema de maquinaria.

El soborno y la intimidación practicados por los tories no fueron, pues, sino experimentos violentos para devolver la vida a cuerpos electorales moribundos que se han vuelto incapaces de producción y que ya no pueden crear resultados electorales decisivos ni Parlamentos verdaderamente nacionales. ¿Y el resultado? El viejo Parlamento fue disuelto porque, al final de su carrera, se había disuelto en secciones que se paralizaban mutuamente por completo. El nuevo Parlamento comienza donde terminó el viejo; es paralítico desde la hora de su nacimiento.

Karl Marx.