Karl Marx  
Las elecciones — Tories y whigs  

New-York Daily Tribune.  
Nr. 3540, 21 de agosto de 1852  

Las elecciones — Tories y whigs.  

Correspondencia de The N. Y. Tribune.  

Londres, viernes 6 de agosto de 1852.  
Los resultados de la elección general para el Parlamento británico se conocen ya. Analizaré este resultado más detenidamente en mi próxima carta.  

¿Cuáles fueron los partidos que durante esta agitación electoral se enfrentaron o se apoyaron mutuamente?  

Tories, whigs, conservadores liberales (peelitas), librecambistas por excelencia (los hombres de la escuela de Manchester, reformadores parlamentarios y financieros) y, por último, los cartistas.  

Whigs, librecambistas y peelitas se unieron para oponerse a los tories. La verdadera batalla electoral se libró entre esta coalición por un lado y los tories por el otro. Frente a whigs, peelitas, librecambistas y tories, y por tanto frente a toda la Inglaterra oficial, se hallaban los cartistas.  

Los partidos políticos de Gran Bretaña son suficientemente conocidos en los Estados Unidos. Bastará, pues, con traer a la memoria con unos pocos trazos los rasgos distintivos de cada uno de ellos.  

Hasta 1846 los tories pasaban por ser los guardianes de las tradiciones de la vieja Inglaterra. Se sospechaba que admiraban en la Constitución británica la octava maravilla del mundo; que eran *laudatores temporis acti*, entusiastas del trono, de la Alta Iglesia, de los privilegios y libertades del súbdito británico. El año fatal de 1846, con la derogación de las leyes de los cereales y el grito de socorro que esa derogación arrancó a los tories, demostró que no eran entusiastas sino de la renta de la tierra, y reveló al mismo tiempo el secreto de su apego a las instituciones políticas y religiosas de la vieja Inglaterra. Esas instituciones son las mejores instituciones con ayuda de las cuales la gran propiedad territorial —el interés territorial— ha gobernado hasta ahora a Inglaterra, y aún hoy trata de mantener su dominio. El año 1846 sacó a la luz, en toda su desnudez, el sustancial interés de clase que forma la base real del partido tory. El año 1846 arrancó la venerable piel de león, bajo la cual se había ocultado hasta entonces el interés de clase de los tories. El año 1846 transformó a los tories en proteccionistas. *Tory* era el nombre sagrado; *proteccionista*, el profano; *tory* era el grito de combate político; *proteccionista* es el grito económico de socorro; *tory* parecía una idea, un principio; *proteccionista* es un interés. Proteccionistas, ¿de qué? De sus propias rentas, de la renta de su propia tierra. Así pues, los tories, en definitiva, son burgueses tanto como los demás, pues ¿dónde está el burgués que no sea proteccionista de su propio bolsillo? Se distinguen de los demás burgueses de la misma manera como la renta de la tierra se distingue de la ganancia comercial e industrial. La renta de la tierra es conservadora; la ganancia es progresista. La renta de la tierra es nacional; la ganancia es cosmopolita. La renta de la tierra cree en la Iglesia del Estado; la ganancia es, por nacimiento, disidente. La derogación de las leyes de los cereales, en 1846, no hizo sino reconocer un hecho ya consumado, un cambio desde mucho tiempo atrás verificado en los elementos de la sociedad civil británica, a saber: la subordinación del interés territorial bajo el interés monetario, de la propiedad bajo el comercio, de la agricultura bajo la industria manufacturera, del campo bajo la ciudad. ¿Podía dudarse de este hecho, cuando la población rural guarda en Inglaterra con la población de las ciudades la proporción de uno a tres? El fundamento sustancial del poder de los tories era la renta de la tierra. La renta de la tierra está regulada por el precio de los alimentos. El precio de los alimentos se mantenía, pues, artificialmente a un nivel elevado mediante las leyes de los cereales. La derogación de las leyes de los cereales hizo bajar el precio de los alimentos, que a su vez hizo bajar la renta de la tierra, y con la renta en descenso se derrumbó la verdadera fuerza sobre la que reposaba el poder político de los tories.  

Ahora bien, ¿qué intentan hacer en este momento? Mantener un poder político cuyo fundamento social ha dejado de existir. ¿Y cómo puede alcanzarse esto? Por nada menos que por una contrarrevolución, es decir, por una reacción del Estado contra la sociedad. Se esfuerzan por retener por la fuerza instituciones y un poder político que están condenados desde el momento mismo en que la población rural se encontró triplicada en número por la población de las ciudades. Semejante intento tiene que acabar necesariamente con su destrucción; tiene que acelerar y hacer más agudo el desarrollo social de Inglaterra; tiene que provocar una crisis.  

Los tories reclutan su ejército entre los granjeros, quienes o bien no han perdido todavía la costumbre de seguir a sus terratenientes considerándolos sus superiores naturales, o dependen económicamente de ellos, o no ven aún que el interés del granjero y el interés del terrateniente no son más idénticos que los respectivos intereses del prestatario y del usurero. Los siguen y apoyan el interés colonial, el interés naviero, el partido de la Iglesia del Estado; en suma, todos aquellos elementos que consideran necesario salvaguardar sus intereses frente a las consecuencias necesarias de la moderna industria manufacturera y frente a la revolución social preparada por ella.  

Frente a los tories, como sus enemigos hereditarios, se alzan los whigs, partido con el que los whigs americanos no tienen de común más que el nombre.  

El whig británico, en la historia natural de la política, forma una especie que, como todas las de la clase anfibia, existe muy fácilmente, pero es difícil de describir. ¿Los llamaremos, con sus adversarios, tories fuera del gobierno, o, como tanto les gusta a los escritores continentales, los tomaremos por los representantes de ciertos principios populares? En este último caso, nos veríamos en la misma dificultad que el historiador de los whigs, el señor Cooke, quien con gran ingenuidad confiesa en su «Historia de los partidos» que, ciertamente, un cierto número de «principios liberales, morales e ilustrados» es lo que constituye el partido whig, pero que era muy de lamentar que, durante el más de siglo y medio de existencia de los whigs, cuando estuvieron en el cargo siempre se les impidiera llevar a cabo esos principios. De modo que, en realidad y según confesión de su propio historiador, los whigs representan algo muy distinto de sus profesados «principios liberales e ilustrados». Se hallan, pues, en la misma situación que el borracho presentado ante el Lord Mayor, que declaró que él representaba el principio de la templanza, pero que, por algún accidente u otro, siempre se emborrachaba los domingos.  

Mas no importan sus principios; mejor podemos descubrir lo que son en los hechos históricos; lo que llevan a cabo, no lo que en otro tiempo creyeron y lo que ahora quieren que otros crean acerca de su carácter.  

Los whigs, lo mismo que los tories, forman una fracción de la gran propiedad territorial de Gran Bretaña. Más aún: la porción más antigua, más rica y más arrogante de la propiedad territorial inglesa es el núcleo mismo del partido whig.  

¿Qué los distingue, pues, de los tories? Los whigs son los representantes aristocráticos de la burguesía, de la clase media industrial y comercial. Bajo la condición de que la burguesía abandone en sus manos, en las de una oligarquía de familias aristocráticas, el monopolio del gobierno y la posesión exclusiva de los cargos públicos, ellos hacen a la clase media —y la ayudan a conquistar— todas aquellas concesiones que, en el curso del desarrollo social y político, se han mostrado como inevitables e impostergables. Ni más ni menos. Y cada vez que se ha aprobado una de esas medidas inevitables, proclaman en voz alta que con ello se ha alcanzado el fin del progreso histórico, que todo el movimiento social ha llevado a cabo su propósito último, y entonces «se aferran a la finalidad». Pueden soportar más fácilmente que los tories una disminución de sus rentas territoriales, porque se consideran a sí mismos como los arrendatarios natos de las rentas del Imperio Británico. Pueden renunciar al monopolio de las leyes de los cereales, mientras mantengan el monopolio del gobierno como propiedad de familia. Desde la «gloriosa revolución» de 1688, los whigs, con breves intervalos debidos principalmente a la primera Revolución francesa y a la reacción consiguiente, se han hallado en el disfrute de los cargos públicos. Quien repase en su memoria este período de la historia inglesa no hallará otra marca distintiva del whiggismo más que el mantenimiento de su oligarquía familiar. Los intereses y los principios que además representan de tiempo en tiempo no pertenecen a los whigs; les son impuestos por el desarrollo de la clase industrial y comercial, la burguesía. Después de 1688 los encontramos unidos a la bancocracia, que entonces comenzaba a cobrar importancia, al igual que los encontramos en 1846 unidos a la millocracia. Tan poco llevaron adelante los whigs el proyecto de reforma de 1831 como llevaron el proyecto de libre comercio de 1846. Ambos movimientos de reforma, tanto el político como el comercial, fueron movimientos de la burguesía. Tan pronto como uno u otro de estos movimientos había madurado hasta hacerse irresistible, tan pronto como, al mismo tiempo, se había convertido en el medio más seguro para arrojar a los tories del poder, los whigs se adelantaban, tomaban la dirección del gobierno y se aseguraban la parte gubernamental de la victoria. En 1831 extendieron la porción de la reforma política hasta donde era necesario para no dejar enteramente descontenta a la clase media; después de 1846 limitaron sus medidas librecambistas hasta donde era necesario para salvar a la aristocracia territorial la mayor cantidad posible de privilegios. En cada ocasión habían tomado el movimiento en sus manos para impedir su marcha hacia adelante y, al mismo tiempo, para recuperar sus propios puestos.  

Es claro que, desde el momento en que la aristocracia territorial no sea ya capaz de mantener su posición como poder independiente, de luchar como partido independiente por el puesto de gobierno; en suma, desde el momento en que los tories sean derribados definitivamente, la historia británica no deja ya ningún lugar para los whigs. Destruida la aristocracia, ¿de qué sirve una representación aristocrática de la burguesía frente a esa aristocracia?  

Es bien sabido que en la Edad Media los emperadores alemanes ponían a las ciudades que entonces surgían bajo gobernadores imperiales, *advocati*, para proteger a esas ciudades contra la nobleza circundante. Tan pronto como la creciente población y riqueza les dieron fuerza suficiente e independencia para resistir, e incluso para atacar, a la nobleza, las ciudades expulsaron también a los gobernadores nobles, los *advocati*.  

Los whigs han sido estos *advocati* de la clase media británica, y su monopolio gubernamental tiene que derrumbarse tan pronto como se derrumbe el monopolio territorial de los tories. En la misma medida en que la clase media ha desarrollado su fuerza independiente, ellos han menguado de partido a camarilla.

Es evidente qué mezcla desagradablemente heterogénea ha de resultar el carácter de los whigs británicos: feudalistas que son al mismo tiempo malthusianos, traficantes de dinero con prejuicios feudales, aristócratas sin pundonor, burgueses sin actividad industrial, hombres de la finalidad con frases progresistas, progresistas de conservadurismo fanático, traficantes en fracciones homeopáticas de reformas, fomentadores del nepotismo familiar, Grandes Maestros de la corrupción, hipócritas de la religión, Tartufos de la política. La masa del pueblo inglés posee un sano sentido común estético. Siente un odio instintivo contra todo lo abigarrado y ambiguo, contra los murciélagos y los russellitas. Y además, la masa del pueblo inglés, el proletariado urbano y rural, comparte con los tories el odio contra el «traficante de dinero». Con la burguesía comparte el odio contra los aristócratas. En los whigs odia a los unos y a los otros, al aristócrata y al burgués, al terrateniente que lo oprime y al señor del dinero que lo explota. En los whigs odia a la oligarquía que ha gobernado a Inglaterra durante más de un siglo y por la cual el Pueblo está excluido de la dirección de sus propios asuntos.

Los peelitas (conservadores liberales) no constituyen un partido; no son más que el souvenir de un hombre de partido, del difunto Sir Robert Peel. Pero los ingleses son demasiado prosaicos para que un recuerdo constituya, para ellos, el fundamento de algo que no sean elegías. Y ahora que el pueblo ha erigido monumentos de bronce y mármol al difunto Sir R. Peel en todas las regiones del país, creen poder prescindir tanto más de esos monumentos peelianos ambulantes, los Graham, los Gladstone, los Cardwell, etc. Los llamados peelitas no son otra cosa que ese equipo de burócratas que Robert Peel había adiestrado para sí mismo. Y como constituyen un equipo bastante completo, olvidan por un momento que detrás de ellos no hay ejército alguno. Los peelitas, pues, son viejos partidarios de Sir R. Peel que aún no han llegado a una conclusión sobre a qué partido adherirse. Es evidente que semejante escrúpulo no es un medio suficiente para que constituyan un poder independiente.

Quedan los librecambistas y los cartistas, cuyo breve bosquejo de carácter será el tema de mi próximo artículo.

Karl Marx.

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