para los artículos «The Elections — Tories and Whigs»
y «The Chartists»

Karl Marx

[...] el gobierno existente, comienza la transformación social de Inglaterra.

Venimos por fin a los cartistas, a la parte políticamente activa de la clase obrera inglesa. La Carta que reclaman, con sus seis puntos, no contiene más que la exigencia del sufragio universal y de las condiciones sin las cuales el sufragio universal sería ilusorio para la clase trabajadora, como el voto secreto, la asignación de dietas a los miembros del Parlamento, la renovación anual de los Parlamentos, etc. Pero el *general suffrage* equivale, para el proletariado, al poder político en Inglaterra, donde la clase obrera constituye la gran mayoría de la población, donde ha desarrollado una aguda conciencia de clase en una larga guerra civil, aunque soterrada, con los capitalistas, y donde incluso en el campo ya no hay campesinos, sino únicamente terratenientes, capitalistas industriales (arrendatarios) y obreros asalariados. La introducción del sufragio universal en Inglaterra sería, pues, una medida socialista de un alcance incomparablemente mayor que todo cuanto en el Continente se ha honrado con ese nombre.

Su resultado inevitable es aquí la dominación política de la clase obrera.

En otra ocasión informaré sobre el nuevo resurgimiento y la reorganización del partido cartista. Aquí solo tengo que ocuparme de las elecciones recién concluidas.

Para ser elector del Parlamento inglés, se requiere en los burgos tener una casa tasada en 10 libras de impuesto de pobres, y en los condados ser propietario libre de 40 chelines o arrendatario de 50 libras. De ahí se desprende por sí mismo que los cartistas, oficialmente, solo pudieron tomar una escasa parte en la batalla electoral que acaba de librarse. Para explicar su participación real, debo recordar una peculiaridad del sistema electoral inglés:

¡El día de la nominación y el día de la declaración! ¡La mano alzada y la votación!

Cuando los candidatos a los escaños parlamentarios se han presentado el día de las elecciones y han arengado públicamente al pueblo, son primeramente elegidos por la mano alzada, y toda mano tiene derecho a levantarse, tanto la del no elector como la del elector. Aquel por quien se alza el mayor número de manos es declarado nominado por el alcalde que preside. Hasta aquí, pues, sufragio universal ilimitado. Pero ahora la medalla muestra su reverso. La nominación por la mano alzada era mera ceremonia, pura cortesía formal para con «el soberano pueblo». La cortesía cesa tan pronto como el privilegio se ve amenazado. En efecto, si por la mano alzada no resultan designados los candidatos de los electores privilegiados, sus candidatos exigen que se proceda a la votación. En la votación solo pueden participar los electores privilegiados, y quien aquí obtiene la mayoría de los votos es declarado debidamente elegido. La primera elección, la nominación por la mano alzada, es una satisfacción de aparato, concedida por un instante a la opinión pública, para convencerla al instante siguiente, de manera tanto más contundente, de su impotencia.

¿Se cree que la nominación por la mano alzada, esta peligrosa formalidad, haya sido inventada para parodiar el sufragio universal y gastar una broma aristocrática con la chusma, con la «canalla» (expresión del ministro de la Guerra Beresford)? Uno se engañaría. La costumbre germánica antigua pudo transmitirse sin perturbaciones por tradición, porque daba al parlamento clasista inglés una barata e inofensiva apariencia de popularidad. Las clases dominantes extraían de ahí la autosatisfacción de ver que la masa popular participaba más o menos apasionadamente en sus intereses de fracción como si se tratase de asuntos nacionales. Solo desde que la burguesía se presentó de manera independiente junto a tories y whigs, las masas obreras irrumpieron en los días de nominación en nombre propio, al lado de la Inglaterra oficial. Pero en ningún año se ha presentado sobre toda la superficie del país un contraste tan de principio, tan grave, tan amenazador y tan general entre la mano alzada y la votación, entre el día de la nominación y el día de la declaración, como en estas últimas elecciones, en las elecciones de 1852.

¡Y qué contraste! Bastaba con haber sido designado por la mano alzada para fracasar en la votación. Bastaba con salir triunfante en la votación para ser recibido por el pueblo con manzanas podridas y pedradas. Los miembros del Parlamento debidamente elegidos tenían que esforzarse al máximo para, ante todo, poner a salvo su propio pellejo parlamentario. De un lado, la mayoría del pueblo; del otro, la duodécima parte de la población total y la quinta parte de la población masculina. De un lado, el entusiasmo; del otro, el soborno. De un lado, partidos que reniegan de sus propias características distintivas, liberales que aseguran su conservadurismo, conservadores que aseguran su liberalismo; del otro lado, el pueblo, que se asegura a sí mismo. De un lado, una máquina desgastada, clavada en su círculo vicioso, sin moverse del sitio, y el impotente desgaste recíproco de todos los partidos oficiales; del otro, la masa de la nación que avanza, amenazando con romper el círculo defectuoso y destrozar la máquina oficial.

No voy a seguir este contraste entre la nominación y la votación, entre la amenazante manifestación electoral de la masa obrera y la apocada maniobra electoral de las clases dominantes, por toda la superficie del país. Extraigo un burgo de entre la multitud, donde el contraste se condensa en un foco: la elección de Halifax.

Aquí se enfrentaban Edwards (tory), Frank Crossley (hombre de Mánchester), Sir Charles Wood (whig; ministro de Hacienda en el gabinete Russell, cuñado de Lord Grey), y finalmente Ernest Jones, el más talentoso, consecuente y enérgico de los dirigentes del partido cartista.

Como Halifax es una ciudad fabril, el tory no tenía ninguna oportunidad. El hombre de Mánchester Crossley estaba coaligado, compartía la suerte del whig. La lucha seria, pues, solo se libró entre Sir Charles Wood y Ernest Jones, entre el whig y el cartista.

Sir Charles Wood —

Del discurso de Ernest Jones doy un extracto más completo, ya que ustedes no lo encontrarán en ninguno de los grandes periódicos de clases londinenses (sigue el discurso).

¿No oyen ustedes, a través de este discurso, el trueno cercano de la revolución? Lo que Jones había predicho, ocurrió. Ernest Jones fue nominado por 20.000 votos; el whig Sir Charles Wood y el hombre de Mánchester Crossley fueron elegidos por 500 votos.