Causas reales por las que los proletarios franceses permanecieron relativamente inactivos en diciembre pasado

Notes to the People.
Nr. 43, 21. Februar 1852

Causas reales por las que los proletarios franceses permanecieron relativamente inactivos en diciembre pasado.

Desde el 2 de diciembre pasado, todo el interés que la política exterior, o al menos la continental, pueda suscitar, lo acapara ese afortunado e imprudente jugador, Louis Napoleon Bonaparte. «¿Qué está haciendo? ¿Irá a la guerra, y con quién? ¿Invadirá Inglaterra?» Estas preguntas brotan indefectiblemente dondequiera que se hable de los asuntos continentales.

Y ciertamente hay algo asombroso en el hecho de que un aventurero relativamente desconocido, colocado por azar a la cabeza del poder ejecutivo de una gran república, se apodere, entre el ocaso y el amanecer, de todos los puestos importantes de la capital, disperse el parlamento como paja al viento, sofoque en dos días la insurrección metropolitana, en dos semanas los tumultos provinciales, imponga, mediante una elección fraudulenta, su persona a todo el pueblo y establezca, al mismo tiempo, una constitución que le confiere todos los poderes del Estado. Semejante cosa no ha ocurrido, semejante vergüenza no ha sido soportada por nación alguna desde que las legiones pretorianas de la Roma decadente pusieron el imperio en subasta y lo vendieron al mejor postor. Y la prensa de la clase media de este país, desde el «Times» hasta el «Weekly Dispatch», no ha dejado pasar ocasión alguna, desde los días de diciembre, sin desahogar su virtuosa indignación contra el déspota militar, el pérfido destructor de las libertades de su patria, el extintor de la prensa, y demás.

Ahora bien, con todo el desprecio debido a Louis Napoleon, no creemos que un órgano de la clase obrera deba sumarse a este coro de vituperios altisonantes en el que los periódicos respectivos de los traficantes de acciones, los señores del algodón y la aristocracia terrateniente se esfuerzan por superarse unos a otros en insultos. Bien harían estos señores en recordar el verdadero estado de la cuestión. Tienen todas las razones para gritar, pues lo que quiera que Louis Napoleon haya quitado a otros, no se lo ha quitado a las clases obreras, sino precisamente a aquellas clases cuyos intereses representa en Inglaterra la susodicha porción de la prensa. No es que Louis Napoleon no hubiera despojado con igual gusto a las clases obreras de todo lo que pudiera parecerle deseable, pero el hecho es que en diciembre pasado las clases obreras francesas no podían ser despojadas de nada, porque todo lo que valía la pena tomar les había sido ya arrebatado durante los tres años y medio de gobierno parlamentario de la clase media que siguieron a las grandes derrotas de junio de 1848. En efecto, ¿qué les quedaba por perder en vísperas del 2 de diciembre? ¿El sufragio? De él habían sido despojados por la Ley Electoral de mayo de 1850. ¿El derecho de reunión? Hacía tiempo que este se limitaba a las clases «seguras» y «bien dispuestas» de la sociedad. ¿La libertad de prensa? Pues la verdadera prensa proletaria había sido ahogada en la sangre de los insurrectos de la gran batalla de junio, y la sombra que de ella sobrevivió durante algún tiempo había desaparecido hacía mucho bajo la presión de leyes mordaza, revisadas y mejoradas en cada sesión sucesiva de la Asamblea Nacional. ¿Sus armas? Se había aprovechado todo pretexto para asegurar la exclusión de la Guardia Nacional de todos los obreros y para limitar la posesión de armas a las clases más ricas de la sociedad.

Así, en el momento del reciente golpe de Estado, las clases obreras tenían muy poco, si es que algo, que perder en el capítulo de los privilegios políticos. Pero, en cambio, las clases media y capitalista se hallaban entonces en posesión de la omnipotencia política. Suyas eran la prensa, el derecho de reunión, el derecho a portar armas, el sufragio, el parlamento. Legitimistas y orleanistas, terratenientes y rentistas, tras treinta años de lucha, habían encontrado por fin un terreno neutral en la forma republicana de gobierno. Y para ellos fue realmente duro ser despojados de todo esto en el breve espacio de pocas horas y verse reducidos de repente al estado de nulidad política al que ellos mismos habían reducido al pueblo trabajador. Por eso la prensa «respetable» inglesa monta en cólera ante las ilegales indignidades de Louis Napoleon. Mientras esas indignidades, ya del gobierno ejecutivo o del parlamento, se dirigían contra las clases obreras, eso, por supuesto, estaba muy bien; pero tan pronto como una política semejante se extendió a «la gente de mejor clase», a «los intelectos acaudalados de la nación», ¡ah, eso era muy distinto y todo amante de la libertad debía alzar su voz en defensa de un «principio»!

La lucha, pues, el 2 de diciembre se entabló principalmente entre la clase media y Louis Napoleon, el representante del ejército. Que Louis Napoleon lo sabía, lo demostró con las órdenes dadas al ejército durante la lucha del día 4, de disparar sobre todo contra «los señores de levita». La gloriosa batalla de los bulevares es harto conocida; y una serie de descargas contra ventanas cerradas y burgueses desarmados fue más que suficiente para sofocar en la clase media de París todo movimiento de resistencia.

Por otra parte, las clases obreras, aunque ya no podían ser privadas de ningún privilegio político directo, no estaban en absoluto desinteresadas en la cuestión. Tenían que perder, ante todo, la gran oportunidad de mayo de 1852, cuando todos los poderes del Estado debían expirar simultáneamente y cuando, por vez primera desde junio de 1848, esperaban tener un campo libre para la lucha; y, aspirando a la supremacía política, no podían permitir que se produjese ningún cambio violento de gobierno sin verse llamadas a interponerse entre las partes contendientes como árbitros supremos e imponerles su voluntad como ley del país. No podían, pues, dejar pasar la ocasión sin mostrar a las dos fuerzas enfrentadas que había un tercer poder en el campo, el cual, aunque momentáneamente apartado del escenario de las contiendas oficiales y parlamentarias, estaba siempre dispuesto a intervenir tan pronto como la escena se trasladase a su propia esfera de acción: la calle. Pero no debe olvidarse que incluso en ese caso el partido proletario se hallaba en gran desventaja. Si se alzaban contra el usurpador, ¿no defendían y preparaban virtualmente la restauración y la dictadura de ese mismísimo parlamento que había demostrado ser su enemigo más implacable? Y si se declaraban de inmediato por un gobierno revolucionario, ¿no asustarían —como ocurrió de hecho en las provincias— tanto a la clase media que la empujarían a unirse con Louis Napoleon y el ejército? Además, debe recordarse que la fuerza y la flor de la clase obrera revolucionaria habían sido muertas durante la insurrección de junio o deportadas y encarceladas bajo innumerables pretextos desde entonces. Y, por último, existía este hecho, por sí solo suficiente para asegurar a Napoleon la neutralidad de la gran mayoría de las clases obreras: el comercio iba viento en popa, y los ingleses saben muy bien que con una clase obrera con pleno empleo y bien pagada no se puede promover agitación alguna, y mucho menos una revolución.

Ahora se dice muy corrientemente en este país que los franceses deben de ser un hatajo de mujeres viejas, pues de lo contrario no se someterían a semejante trato. Concedo de buen grado que, como nación, los franceses merecen en el momento presente tan decorativos epítetos. Pero todos sabemos que los franceses son, en sus opiniones y acciones, más dependientes del éxito que cualquier otra nación civilizada. En cuanto se imprime un cierto giro a los acontecimientos en este país, ellos, casi sin resistencia, siguen ese giro hasta alcanzar el último extremo en esa dirección. La derrota de junio de 1848 dio un giro contrarrevolucionario tal a Francia y, a través de ella, a todo el continente. La actual ascensión del imperio napoleónico no es más que el hecho culminante de una larga serie de victorias contrarrevolucionarias que llenaron los tres últimos años; y una vez emprendida la pendiente, era de esperar que Francia siguiera cayendo hasta tocar fondo. No es fácil decir cuán cerca pueda estar de ese fondo; pero que se acerca a él muy deprisa, todo el mundo debe verlo. Y si la historia pasada de Francia no ha de ser desmentida por los futuros hechos del pueblo francés, podemos esperar confiadamente que cuanto más profunda sea la degradación, tanto más repentino y deslumbrante será el resultado. Los acontecimientos, en estos tiempos nuestros, se suceden unos a otros con una rapidez tremenda, y aquello por lo que antes una nación necesitaba un siglo entero, hoy en día se supera muy fácilmente en un par de años. El viejo imperio duró catorce años; será extraordinariamente afortunado para el águila imperial si la reanimación, en la escala más mezquina, de esta pieza teatral dura otros tantos meses. ¿Y después?

Notes to the People.
Nr. 48, 27. März 1852

Aunque a primera vista pudiera parecer que en el momento actual Louis Napoleon, en Francia, gobierna con una omnipotencia imperturbable, y que acaso el único poder aparte del suyo es el de las intrigas cortesanas que lo asedian por todos lados y conspiran unas contra otras para obtener el favor exclusivo de, y la influencia sobre, el autócrata francés; en realidad, las cosas son muy distintas. Todo el secreto del éxito de Louis Napoleon consiste en esto: que, por las tradiciones de su nombre, se halla colocado en una posición que le permite mantener, por un momento, el equilibrio entre las clases contendientes de la sociedad francesa. Porque es un hecho que bajo el manto del estado de sitio del despotismo militar que ahora vela a Francia, la lucha de las diferentes clases de la sociedad prosigue tan encarnizada como siempre. Esa lucha, que durante los últimos cuatro años se ha llevado a cabo con pólvora y bala, ahora solo ha tomado una forma diferente.

Así como cualquier guerra prolongada agota y fatiga a la nación más poderosa, así la guerra abierta y sangrienta del año pasado ha fatigado y agotado momentáneamente la fuerza militar de las diferentes clases. Pero la lucha de clases es independiente de la guerra efectiva, y no siempre necesita barricadas y bayonetas para llevarse a cabo; la lucha de clases es inextinguible mientras existan las diversas clases, con sus intereses y posiciones sociales opuestos y en conflicto; y todavía no hemos oído decir que, desde la bendita llegada del falso Napoleón, Francia haya dejado de contar entre sus habitantes a grandes terratenientes y jornaleros agrícolas, o aparceros, a grandes prestamistas y pequeños propietarios libres hipotecados, a capitalistas y obreros.

La posición de las diferentes clases en Francia es precisamente la siguiente: la revolución de febrero había trastornado para siempre el poder de los grandes banqueros y traficantes de acciones; tras su caída, todas las demás clases de la población de las ciudades habían tenido su día. Primero, los obreros, durante los días del primer entusiasmo revolucionario; luego, los pequeños tenderos republicanos bajo Ledru-Rollin; después, la fracción republicana de la burguesía bajo Cavaignac; por último, las unidas clases medias monárquicas, bajo la última Asamblea Nacional. Ninguna de estas clases había podido retener firmemente el poder que por un momento poseyó; y últimamente, entre las divisiones siempre reaparecientes de los monárquicos legitimistas, o el interés territorial, y los monárquicos orleanistas, o el interés dinerario, parecía inevitable que el poder se les escurriría de nuevo de las manos,

y retornar a los de la clase obrera, de quienes cabía esperar que se hubiesen vuelto más aptos para sacarle provecho. Pero existía, además, otra clase poderosa en Francia, poderosa no por las grandes propiedades individuales de sus miembros, sino por su número y por sus propias necesidades. Esa clase —los pequeños propietarios rurales hipotecados, que constituían al menos tres quintas partes de la nación francesa— era lenta para actuar y lenta para ser movilizada, como todas las poblaciones rurales; se aferraba a sus viejas tradiciones, desconfiaba de la sabiduría de los apóstoles de todos los partidos de las ciudades y, recordando que había sido feliz, libre de deudas y comparativamente rica en tiempos del Emperador, depositó, por medio del sufragio universal, el poder Ejecutivo en manos de su sobrino. La activa agitación del partido democrático-socialista y, aún más, la decepción que las medidas de Louis Napoleon les prepararon pronto, llevaron a una parte de esa clase campesina a las filas del partido Rojo; pero la masa siguió aferrada a sus tradiciones y decía que si Louis Napoleon no había demostrado aún ser el Mesías que se esperaba, era culpa de la Asamblea Nacional que lo amordazaba.

Además de la masa del campesinado, Louis Napoleon, que era una especie de elegante jefe de la alta chusma, rodeado por la élite de la chusma elegante de moda, encontró apoyo en la porción más degradada y disoluta de la población urbana. A este elemento de fuerza lo unió en un cuerpo pagado llamado la «Sociedad del 10 de Diciembre». De este modo, apoyándose en el campesinado para los votos; en la chusma para las manifestaciones ruidosas; en el ejército, siempre dispuesto a derribar un gobierno de charlatanes parlamentarios, pretendiendo hablar en nombre de las clases trabajadoras, podía esperar tranquilamente el momento en que las disputas del parlamento burgués le permitieran intervenir y asumir un poder más o menos absoluto sobre aquellas clases, ninguna de las cuales, después de cuatro años de lucha sangrienta, había demostrado ser lo bastante fuerte como para conquistar una supremacía duradera. Y esto lo hizo el pasado 2 de diciembre.

Así pues, el reino de Louis Napoleon no está reemplazando la lucha de clases. Se limita a suspender por un tiempo los estallidos sangrientos que señalan, de tanto en tanto, los esfuerzos de tal o cual clase por conquistar o conservar el poder político. Ninguna de esas clases era lo bastante fuerte para aventurarse a una nueva batalla con alguna probabilidad de éxito. La propia división de clases favorecía, por el momento, los proyectos de Napoleon. Derribó el parlamento burgués y destruyó el poder político de la burguesía; ¿acaso no podían regocijarse por ello los proletarios? Y, ciertamente, ¡no cabía esperar que los proletarios luchasen por una asamblea que había sido su enemigo más mortal! Pero, al mismo tiempo, la usurpación de Louis Napoleon amenazaba el terreno común de lucha de todas las clases y la última posición ventajosa de la clase obrera: la República; y he aquí que, tan pronto como los obreros se alzaron en defensa de la República, la burguesía se unió al mismísimo hombre que acababa de expulsarla, para derrotar, en la clase obrera, al enemigo común de la sociedad. Así ocurrió en París, así en las provincias, y el ejército obtuvo una fácil victoria sobre las clases contendientes y enfrentadas; y tras la victoria, los millones del campesinado imperialista intervinieron con su voto y, con ayuda de falsificaciones oficiales, establecieron el gobierno de Louis Napoleon como el representante de una Francia casi unánime.

Pero aún ahora, las luchas de clases y los intereses de clase están en la base de todo acto importante de Louis Napoleon, como veremos en nuestro próximo número.

Notes to the People.  
N.º 50, 10 de abril de 1852

Lo repetimos: Louis Napoleon llegó al poder porque la guerra abierta librada durante los últimos cuatro años entre las distintas clases de la sociedad francesa las había desgastado, había destrozado sus respectivos ejércitos de combate, y porque en tales circunstancias, al menos por un tiempo, la lucha de esas clases solo puede desarrollarse de manera pacífica y legal, mediante la competencia, las organizaciones gremiales y todos los demás medios de lucha pacífica con que la oposición de clase contra clase se ha librado en Inglaterra desde hace más de un siglo. En estas circunstancias, por así decirlo, conviene a los intereses de todas las clases en pugna que exista un gobierno llamado fuerte que pueda reprimir y sofocar todos esos estallidos menores, locales y dispersos de hostilidad abierta que, sin conducir a ningún resultado, perturban el desarrollo de la lucha en su nueva forma al retrasar la recuperación de fuerzas para una nueva batalla campal. Esta circunstancia puede explicar en cierto modo la innegable aquiescencia general de los franceses al gobierno actual. Cuánto tiempo pueda transcurrir hasta que tanto la clase obrera como la clase capitalista hayan recuperado suficiente fuerza y confianza en sí mismas para salir y reclamar abiertamente, cada una para sí, la dictadura de Francia, es algo que nadie puede decir, por supuesto; pero al ritmo al que se suceden hoy los acontecimientos, lo más probable es que una u otra de estas clases se vea lanzada al terreno inesperadamente, y entonces la lucha de clase contra clase en las calles puede reanudarse mucho antes de lo que, por la fuerza relativa o absoluta de los partidos, pudiera parecer probable tal suceso. Pues, si el partido revolucionario francés, es decir, el partido de la clase obrera, tuviera que esperar hasta encontrarse de nuevo en las mismas condiciones de fuerza que en febrero de 1848, bien podría resignarse a una pasividad sumisa de unos diez años, lo que ciertamente no hará; y al mismo tiempo, un gobierno como el de Louis Napoleon se halla en la necesidad, como veremos más adelante, de enredarse y enredar a Francia en tales dificultades que, en último término, habrán de resolverse mediante un gran golpe revolucionario. No hablaremos de las eventualidades de la guerra ni de otros acontecimientos que puedan o no sobrevenir; mencionaremos solo un suceso tan seguro como que el sol saldrá mañana por la mañana, a saber, una revulsión comercial e industrial general. Los malos negocios y las malas cosechas de 1846 y 1847 hicieron la revolución de 1848; y hay diez probabilidades contra una de que en 1853 el comercio, en todo el mundo, se vea desarraigado mucho más profundamente y perturbado de manera mucho más duradera que nunca. ¿Y quién hay que piense que el barco en el que navega Louis Napoleon es lo bastante apto para navegar para resistir los temporales que entonces necesariamente han de desencadenarse? Pero observemos la posición en que se encontraba el águila bastarda la noche de su victoria.

Tenía como partidarios al ejército, al clero y al campesinado. Su intento había sido combatido por la burguesía (que comprendía a los grandes propietarios territoriales) y por los socialistas o trabajadores revolucionarios. Una vez al frente del gobierno, no solo tenía que retener a aquellos partidos que lo habían llevado allí, sino también atraer, o al menos conciliar con el nuevo estado de cosas, al mayor número posible de los que hasta entonces se le habían opuesto. En cuanto al ejército, el clero, los funcionarios del gobierno y los miembros de aquella conspiración de cazadores de cargos de la que se había rodeado desde hacía tiempo, lo único necesario eran sobornos directos, dinero contante, expoliación abierta de los recursos públicos; y hemos visto con qué rapidez ha aflojado Louis Napoleon la mosca o ha encontrado colocaciones para sus amigos que les brindaban gloriosas oportunidades de enriquecerse de inmediato. ¡Mirad a De Morny, que entró en el cargo hecho un mendigo, aplastado por un cúmulo de deudas, y cuatro semanas después volvió a salir con las deudas pagadas y, además, con lo que incluso en los alrededores de Belgrave Square se calificaría de una desahogada independencia! Pero tratar con el campesinado, con los grandes propietarios territoriales, con los intereses de los fondos públicos, del capital monetario, de la manufactura, de la navegación, del comercio y del tendero, y por último con la cuestión más formidable del siglo, la cuestión del trabajo: eso era harina de otro costal. Pues, a pesar de todas las medidas de amordazamiento del gobierno, los intereses de esas distintas clases permanecían tan enfrentados como siempre, aunque ya no hubiera prensa, parlamento ni tribuna de reunión para proclamar ese desagradable hecho; y así, cualquier cosa que el gobierno tratase de hacer en favor de una clase, forzosamente lesionaba el interés de otra. Todo lo que Louis Napoleon pudiera intentar se vería confrontado en todas partes con la pregunta: «¿quién paga al flautista?», una pregunta que ha derribado a más gobiernos que todas las demás cuestiones juntas: cuestiones de la Milicia, cuestiones de la Reforma, etc. Y aunque Louis Napoleon ya ha hecho que su predecesor Louis Philippe contribuya con una buena parte para pagar al flautista, este flautista exige mucho más todavía.

En el próximo número empezaremos a rastrear la posición de las distintas clases de la sociedad en Francia e investigaremos hasta qué punto el gobierno actual disponía de medios para mejorar esa posición. Al mismo tiempo examinaremos lo que ese gobierno ha intentado y lo que probablemente intentará más adelante con este propósito, y así reuniremos materiales para sacar una conclusión acertada sobre la posición y las perspectivas futuras del hombre que ahora se esfuerza por desacreditar el nombre de Napoleón.