Karl Marx

El 18 Brumario de Louis Bonaparte

I

El dieciocho Brumario
de Louis Bonaparte

por
Karl Marx.

Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, por así decirlo, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como gran tragedia, y la otra como farsa lamentable. ¡Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848-51 por la Montaña de 1793-95, y el condestable de Londres con la primera docena de oficiales cargados de deudas que se presentó por el pequeño cabo con su mesa redonda de mariscales! ¡El dieciocho Brumario del idiota por el dieciocho Brumario del genio! ¡Y la misma caricatura en las circunstancias bajo las que se publica la segunda edición del dieciocho Brumario! La primera vez, Francia al borde de la bancarrota; esta vez, el propio Bonaparte al borde de la prisión por deudas; entonces, la coalición de las grandes potencias en las fronteras; esta vez, la coalición de Ruge-Darasz en Inglaterra y de Kinkel-Brentano en América; entonces, un San Bernardo que escalar; esta vez, una compañía de gendarmes que enviar por encima del Jura; entonces, más de un Marengo que ganar; esta vez, la gran cruz de la Orden de San Andrés que merecer y el respeto del «Berliner National-Zeitung» que perder.

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una montaña el cerebro de los vivos. Y cuando estos parecen dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, les toman prestados los nombres, las consignas de guerra, el ropaje, para, con este disfraz revestido de venerable antigüedad y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo; la revolución de 1789-1814 se drapeó alternativamente como república romana y como imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí el 1789, allá la tradición revolucionaria de 1793-95. Así, el principiante que ha aprendido un idioma nuevo lo traduce siempre de vuelta a su lengua materna; pero sólo se ha apropiado el espíritu del nuevo idioma y es capaz de producir libremente en él cuando lo maneja sin rememoración y olvida en él su lengua nativa.

Al considerar estas conjuraciones de los muertos en la historia universal, salta en seguida a la vista una diferencia que salta. Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, llevaron a cabo, con el ropaje romano y con frases romanas, la tarea de su época: liberar e instaurar la moderna sociedad burguesa. Los unos hicieron trizas el suelo feudal y segaron las cabezas feudales que de él habían brotado. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales podía desarrollarse la libre competencia, explotarse la propiedad parcelaria de la tierra, aplicarse la potencia productiva industrial desencadenada de la nación, y allende las fronteras francesas barrió por doquier las formaciones feudales, en la medida necesaria para proporcionar a la sociedad burguesa en Francia un ambiente correspondiente y adecuado a la época en el continente europeo. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el propio César. La sociedad burguesa, en su realidad sobria, había engendrado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guizot; sus verdaderos jefes militares estaban sentados tras el escritorio del comerciante, y el cabezón de cerdo de Luis XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida en la producción de la riqueza y en la lucha pacífica de la competencia, ya no comprendía que los espectros de la época romana habían velado junto a su cuna. Pero, por poco heroica que sea la sociedad burguesa, para traerla al mundo habían sido necesarios el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas entre los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la república romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra etapa de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habían tomado prestados del Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la meta real, llevada a cabo la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.

La resurrección de los muertos en aquellas revoluciones sirvió, pues, para glorificar las nuevas luchas, no para parodiar las antiguas; para exagerar en la fantasía la tarea planteada, no para retroceder ante su solución en la realidad; para reencontrar el espíritu de la revolución, no para hacer vagar otra vez su espectro.

De 1848 a 1851, vagó únicamente el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, el *républicain en gants jaunes*, que se disfrazó del antiguo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus rasgos triviales y repulsivos bajo la férrea careta funeraria de Napoleón. Un pueblo entero que creía haberse dado, mediante una revolución, una fuerza motriz acelerada, se encuentra de repente retrotraído a una época fenecida, y, para que no haya engaño posible sobre la recaída, reaparecen las antiguas fechas, el antiguo calendario, los antiguos nombres, los antiguos edictos, entregados desde hace tiempo a la erudición de los anticuarios, y los antiguos sayones, que parecían podridos desde hacía mucho. La nación se siente como aquel inglés loco del Bedlam que se figura vivir en tiempos de los viejos faraones y lamenta a diario los duros trabajos a que se ve obligado como buscador de oro en las minas etiópicas, emparedado en aquella prisión subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta sobre su propia cabeza, a sus espaldas el capataz de esclavos con su largo látigo y en las salidas un tropel de bárbaros guerreros que no se entienden ni entre ellos ni con los trabajadores forzados de las minas, porque no hablan una lengua común. «Y todo esto me lo imponen a mí —suspira el inglés loco—, a mí, un britano libre, para extraer oro para los viejos faraones». «Para pagar las deudas de la familia Bonaparte» —suspira la nación francesa. El inglés, mientras estuvo en su sano juicio, no podía desprenderse de la idea fija de hacer oro. Los franceses, mientras hicieron la revolución, no pudieron desprenderse del recuerdo napoleónico, como lo demostró la elección del 10 de diciembre. Añoraban, ante los peligros de la revolución, las ollas de carne de Egipto, y el 2 de diciembre de 1851 fue la respuesta. No sólo tienen la caricatura del viejo Napoleón, tienen al mismísimo Napoleón caricaturizado, tal como tiene que aparecer en medio del siglo diecinueve.

La revolución social del siglo diecinueve no puede extraer su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar consigo misma antes de haber despojado toda superstición acerca del pasado. Las revoluciones anteriores necesitaron de las rememoraciones de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo diecinueve debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos, para llegar a su propio contenido. Allí, la frase sobrepasaba al contenido; aquí, el contenido sobrepasa a la frase.

La revolución de febrero fue una sorpresa, una toma por asalto de la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este inesperado golpe de mano como un hecho histórico universal que inauguraba la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrebatadas tras siglos de luchas. En lugar de que la propia sociedad se hubiera conquistado un nuevo contenido, parece como si el Estado hubiera vuelto a su forma más antigua, a la dominación descaradamente simple del sable y de la sotana. Así, al *coup de main* de febrero de 1848 responde el *coup de tête* de diciembre de 1851. Lo ganado, disipado se ha. Mientras tanto, el intervalo no ha transcurrido sin provecho. La sociedad francesa ha recuperado, durante los años 1848-1851, los estudios y las experiencias que, en un desarrollo normal, por así decir escolástico, habrían tenido que preceder a la revolución de febrero para que esta hubiera sido algo más que una sacudida superficial. La sociedad parece ahora haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que tenía que hacer era crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones bajo las cuales únicamente se torna seria la revolución moderna.

Las revoluciones burguesas, como las del siglo dieciocho, se precipitan con rapidez de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se sobrepujan, los hombres y las cosas parecen engarzados en brillantes de fuego, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero son de corta vida; pronto alcanzan su punto culminante y una larga resaca se apodera de la sociedad antes de que esta aprenda a apropiarse sobriamente los resultados de su período de empuje y tormenta. Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo diecinueve, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen de continuo en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía consumado para empezarlo de nuevo, se burlan cruel y a fondo de las medias tintas, las debilidades y las miserias de sus primeros intentos, parecen derribar a su adversario solo para que este extraiga de la tierra nuevas fuerzas y se yerga de nuevo gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente asustadas ante la indeterminada enormidad de sus propios fines, hasta que se crea la situación que imposibilita toda vuelta atrás y las propias circunstancias gritan:

*Hic Rhodus, hic salta!*
¡Aquí está la rosa, baila aquí!

Todo observador medianamente aceptable, por lo demás, aunque no hubiera seguido paso a paso la marcha del desarrollo francés, tenía que barruntar que a la revolución le aguardaba una vergüenza inaudita. Bastaba con oír los autocomplacientes ladridos de victoria con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por los efectos benéficos del 2 de mayo de 1852. El 2 de mayo de 1852 se había convertido en sus cabezas en idea fija, en dogma, como el día en que Cristo reaparecería y comenzaría el reino milenario en las cabezas de los quiliastas. La debilidad se había refugiado, como siempre, en la fe en los milagros, creía haber vencido al enemigo cuando lo conjuraba en la fantasía, y perdía toda comprensión del presente en la inactiva glorificación del porvenir que, a su juicio, le esperaba, y de los actos que guardaba in petto, pero que aún no quería poner en práctica. Aquellos héroes, que buscan refutar su probada incapacidad prodigándose mutuamente su compasión y juntándose en tropel, habían atado sus bártulos, embolsado por anticipado sus coronas de laurel y estaban precisamente ocupados en hacer descontar en el mercado de letras las repúblicas in partibus, para las que ya, en el silencio de su ánimo modesto, habían organizado previsoramente el personal de gobierno. El 2 de diciembre los hirió como un rayo caído del cielo sereno, y los pueblos, que en épocas de pusilánime desaliento se dejan gustosamente ensordecer su interno temor por los vocingleros más ruidosos, acaso se habrán convencido de que han pasado los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar el Capitolio.

La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y los renombres intelectuales, el código civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el 2 de mayo de 1852 —todo ha desaparecido como una fantasmagoría ante la fórmula de proscripción de un hombre al que sus propios enemigos no consideran un mago. El sufragio universal parece haber sobrevivido sólo un instante, para hacer en persona su testamento ante los ojos de todo el mundo y declarar en nombre del pueblo mismo: todo lo que existe merece perecer.

No basta decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. A una nación y a una mujer no se les perdona la hora de descuido en que el primer aventurero pudo hacerles violencia y apropiarse de ellas. El enigma no se resuelve con semejantes giros, sino que sólo se lo formula de otro modo. Quedaría por explicar cómo una nación de 36 millones puede ser sorprendida por tres vulgares caballeros de industria y conducida sin resistencia al cautiverio.

Recapitulemos en rasgos generales las fases que ha recorrido la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta diciembre de 1851. Se distinguen tres períodos principales: el período de febrero; del 4 de mayo de 1848 hasta el 28 de mayo de 1849, período de la constitución de la República o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849 hasta el 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.

El primer período, del 24 de febrero, o sea de la caída de Luis Felipe, al 4 de mayo de 1848, la reunión de la Asamblea Constituyente, el período de febrero propiamente dicho, puede designarse como el prólogo de la revolución. Su carácter se expresó oficialmente en que el gobierno improvisado por ella se declaró a sí mismo provisional, y, al igual que el gobierno, todo lo que en este período se inició, ensayó o expresó, se dio como puramente provisional. Nadie ni nada osaba reivindicar para sí el derecho de la existencia y de la acción real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, oposición dinástica, burguesía republicana, pequeña burguesía democrático-republicana, obrerismo socialdemócrata, encontraron provisionalmente su puesto en el gobierno de febrero.

No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero apuntaban originalmente a una reforma electoral, mediante la cual se extendiera el círculo de los políticamente privilegiados dentro de la clase poseedora misma y se derribara la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. Pero cuando se llegó al conflicto real, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo pasiva, el ejército no opuso resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció sobreentenderse. Cada partido la interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado, las armas en la mano, le imprimió su sello y la proclamó como república social. Quedó así indicado el contenido general de la revolución moderna, el cual, como no puede ser de otro modo en el prólogo del drama, se hallaba en la más singular contradicción con todo lo que podía ponerse inmediatamente en obra con el material existente, con el grado de formación alcanzado por la masa, bajo las circunstancias y relaciones dadas. Por otra parte, la pretensión de todos los demás elementos que habían cooperado en la revolución de febrero fue reconocida en la parte del león que obtuvieron en el gobierno. Por eso en ningún período encontramos una mezcla más abigarrada de frases grandilocuentes y de inseguridad y torpeza efectivas, de un afán de innovaciones más entusiasta y de una dominación más completa de la vieja rutina, de una armonía más aparente del conjunto de la sociedad y de un extrañamiento más profundo de los elementos que la componen. Mientras el proletariado parisino se deleitaba aún en la contemplación de la gran perspectiva que se le había abierto y se entregaba a discusiones seriamente sentidas sobre los problemas sociales, las viejas potencias de la sociedad se habían agrupado, reunido, recobrado y hallaban un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños burgueses, que de golpe se precipitaron a la escena política, después de caer las barreras de la monarquía de julio.

El segundo período, del 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período de la constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las jornadas de febrero, no sólo la oposición dinástica había sido sorprendida por los republicanos, y los republicanos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 1848, surgida de las elecciones de toda la nación, representaba a toda la nación. Era una viva protesta contra las pretensiones de las jornadas de febrero y debía reducir los resultados de la revolución a la medida burguesa. En vano intentó el proletariado parisino, que comprendió enseguida el carácter de esta Asamblea Nacional, negar por la fuerza su existencia, disolverla, dispersar de nuevo en sus componentes singulares la forma orgánica con que lo amenazaba el espíritu reaccionario de la nación, pocos días después de reunirse ella, el 15 de mayo. El 15 de mayo no tuvo, como se sabe, otro resultado que el de apartar de la escena pública, por toda la duración del ciclo que examinamos, a Blanqui y sus compañeros, es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario, a los comunistas revolucionarios.

A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede seguirla la república burguesa; es decir, si bajo el nombre del rey había gobernado una parte limitada de la burguesía, ahora gobernará en nombre del pueblo la totalidad de la burguesía. Las reivindicaciones del proletariado parisino son pamplinas utopistas con las que hay que acabar. Ante esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente, el proletariado parisino respondió con la insurrección de junio, el acontecimiento más colosal en la historia de las guerras civiles europeas. La república burguesa venció. De su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpenproletariado organizado como guardia móvil, las capacidades intelectuales, los curas y la población rural. Del lado del proletariado parisino no había nadie más que él mismo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria, 15.000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al trasfondo de la escena revolucionaria. Intenta, cada vez, volver a lanzarse adelante tan pronto como el movimiento parece cobrar un nuevo impulso, pero con un despliegue de fuerzas cada vez más débil y un resultado siempre menor. En cuanto una de las capas sociales situadas por encima de él entra en efervescencia revolucionaria, el proletariado entra en alianza con ella y comparte así todas las derrotas que los distintos partidos sufren sucesivamente. Pero estos golpes ulteriores se atenúan cada vez más, a medida que se distribuyen sobre toda la superficie de la sociedad. Sus jefes más significados en la Asamblea y en la prensa caen uno tras otro víctimas de los tribunales, y figuras cada vez más equívocas pasan a ocupar su vanguardia. En parte, se arroja a experimentos doctrinarios, a bancos de intercambio y asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a subvertir el viejo mundo con sus propios grandes medios colectivos y busca realizar su redención, más bien a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, por lo cual necesariamente fracasa. Parece no poder reencontrar en sí mismo su pasada grandeza revolucionaria ni sacar nueva energía de las alianzas recién contraídas, hasta que todas las clases contra las que combatió en junio yazcan postradas junto a él. Pero, al menos, sucumbe con los honores de la gran lucha histórico-universal; no sólo Francia, toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las derrotas subsiguientes de las clases superiores se compran tan baratas que necesitan de la descarada exageración por parte del partido vencedor para poder pasar siquiera por acontecimientos, y se tornan tanto más ignominiosas cuanto más alejado está el partido vencido del partido proletario.

La derrota de los insurrectos de junio había, ciertamente, preparado y allanado el terreno sobre el cual podía fundarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo, había mostrado que en Europa se trata de otras cuestiones que de «república o monarquía». Había revelado que república burguesa significa aquí la despotía ilimitada y colectiva de una clase sobre otras clases. Había demostrado que, en países de vieja civilización con una formación clasista desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual en la que todas las ideas tradicionales han sido disueltas por un trabajo secular, la república en general no significa más que la forma revolucionaria de destrucción de la sociedad burguesa, y no su forma conservadora de desarrollo, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de Norteamérica, donde, si bien ya existen clases, no se han fijado aún, sino que, en flujo constante, cambian continuamente sus componentes y se los ceden unas a otras; donde los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una superpoblación estancada, suplen más bien la relativa escasez de cabezas y brazos, y donde, en fin, el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que ha de apropiarse un mundo nuevo, no ha dejado tiempo ni ocasión de abolir el viejo mundo de los espíritus.

Todas las clases y todos los partidos se habían unido durante las Jornadas de Junio en el partido del orden contra la clase proletaria, como el partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad contra «los enemigos de la sociedad». Habían repartido como consigna entre su ejército las palabras de orden de la vieja sociedad: «Propiedad, familia, religión, orden», y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo vencerás!». A partir de ese instante, en cuanto uno de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo este signo contra los insurrectos de junio intenta afirmar su propio interés de clase en la palestra revolucionaria, sucumbe bajo el grito: «Propiedad, familia, religión, orden». La sociedad se salva cuantas veces se estrecha el círculo de sus dominadores, cuantas veces se afirma un interés exclusivo frente a otro más amplio. La reivindicación más elemental de una reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del republicanismo más formal, de la democracia más ramplona, es castigada a la vez como «atentado contra la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Y, por último, a los sumos sacerdotes de la «religión del orden» se les expulsa a puntapiés de sus propios trípodes pitonísicos, se les arranca de sus lechos en plena noche, se les mete en furgones celulares, se les arroja a calabozos o se les manda al exilio; su templo es arrasado, su boca es sellada, su pluma hecha añicos, su ley desgarrada: en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia, del orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por bandas de soldados borrachos, su santuario familiar es profanado, sus casas se bombardean como pasatiempo… en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La escoria de la sociedad burguesa termina por constituir la falange sagrada del orden, y el héroe Crapülinsky* entra en las Tullerías como «salvador de la sociedad».

El 18 de Brumario de Luis Bonaparte – II

I

Reanudemos el hilo del desarrollo.

La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las Jornadas de Junio es la historia del dominio y de la disolución de la fracción burguesa republicana, esa fracción que se conoce bajo los nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etcétera.

Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe habían constituido la oposición republicana oficial y, por consiguiente, un componente reconocido del mundo político de entonces. Tenían sus representantes en las Cámaras, y en la prensa un campo de acción importante. Su órgano parisiense, el «National», pasaba, a su modo, por tan respetable como el «Journal des Débats». A esta posición bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No era una fracción de la burguesía cohesionada por grandes intereses comunes y delimitada por condiciones de producción peculiares; era una cofradía de burgueses, escritores, abogados, oficiales y empleados de convicciones republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales que el país albergaba contra Luis Felipe, en los recuerdos de la vieja república, en la fe republicana de un puñado de ilusos y, ante todo, en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los Tratados de Viena y contra la alianza con Inglaterra mantenían siempre despierto. Gran parte del séquito que el «National» poseía bajo Luis Felipe lo debía a este imperialismo larvado, que por eso más tarde, bajo la República, pudo enfrentársele como un rival aniquilador en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía el resto de la oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia va ligada precisamente a la lucha contra la aristocracia financiera, proporcionaba una popularidad demasiado barata y una materia demasiado abundante para artículos de fondo puritanos como para no ser explotada. La burguesía industrial le estaba agradecida por su esclavizada defensa del sistema proteccionista francés, que, sin embargo, adoptaba más por razones nacionales que por razones económico-nacionales; la burguesía en su conjunto, por sus odiosas denuncias del comunismo y del socialismo. En lo demás, el partido del «National» era puramente republicano; es decir, exigía una forma republicana en vez de una forma monárquica para la dominación burguesa y, ante todo, su parte del león en esa dominación. Sobre las condiciones de esta transformación no tenía en absoluto ninguna claridad. En cambio, lo que para él estaba claro como la luz del sol, y se había declarado públicamente en los banquetes reformistas de los últimos tiempos de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y, sobre todo, entre el proletariado revolucionario. Esos republicanos puros –como suelen ser los republicanos puros– estaban a punto de darse por contentos, por de pronto, con una regencia de la duquesa de Orleans, cuando estalló la Revolución de Febrero, que asignó un puesto en el Gobierno provisional a sus representantes más conocidos. Poseían, naturalmente, de antemano la confianza de la burguesía y la mayoría de la Asamblea Nacional Constituyente. De la Comisión Ejecutiva que esta Asamblea Nacional formó en el momento de reunirse, excluyeron inmediatamente a los elementos socialistas del Gobierno provisional, y el partido del «National» aprovechó el estallido de la insurrección de junio para hacer dimitir también a la Comisión Ejecutiva y desembarazarse con ello de sus rivales más inmediatos, los republicanos pequeñoburgueses o democráticos (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del partido republicano-burgués que comandó la batalla de junio, ocupó el lugar de la Comisión Ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del «National», fue nombrado presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios, así como todos los demás puestos importantes, recayeron en los republicanos puros.

La fracción burguesa republicana, que desde hacía tiempo se consideraba heredera legítima de la Monarquía de Julio, se vio así superada en su ideal; pero llegó al poder no por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, como había soñado bajo Luis Felipe, sino por una insurrección cartista del proletariado contra el capital, abatida mediante la metralla. Lo que se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario se produjo en la realidad como el más contrarrevolucionario. El fruto le cayó en el regazo, pero cayó del árbol de la ciencia, no del árbol de la vida.

La dominación exclusiva de los republicanos burgueses duró sólo del 24 de junio al 10 de diciembre de 1848. Se resume en la redacción de una constitución republicana y en el estado de sitio de París.

La nueva constitución, en el fondo, no era más que la edición republicanizada de la Carta constitucional de 1830. El estrecho censo electoral de la Monarquía de Julio, que excluía del dominio político incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La Revolución de Febrero había proclamado inmediatamente, en sustitución de ese censo, el sufragio universal directo. Los republicanos burgueses no podían anular este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la disposición restrictiva de un domicilio de seis meses en la circunscripción electoral. La vieja organización de la administración, del régimen municipal, de la justicia, del ejército, etc., subsistió intacta, o donde la constitución la modificó, la modificación afectó al índice de materias, no al contenido; al nombre, no a la cosa.

El inevitable estado mayor de las libertades de 1848 –libertad personal, de prensa, de expresión, de asociación, de reunión, de enseñanza, de religión, etc.– recibió un uniforme constitucional que lo hacía invulnerable. En efecto, cada una de esas libertades es proclamada como el derecho incondicional del ciudadano francés, pero con la constante glosa marginal de que son ilimitadas en la medida en que no sean limitadas por los «iguales derechos de otros y la seguridad pública», o por «leyes» que han de mediar esa armonía de las libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Por ejemplo: «Los ciudadanos tienen el derecho de asociarse, de reunirse pacíficamente y sin armas, de presentar peticiones y de expresar sus opiniones por medio de la prensa o de cualquier otro modo. El goce de estos derechos no tiene más límite que los iguales derechos de otros y la seguridad pública.» (Cap. II de la Constitución francesa, § 8.) — «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se disfrutará bajo las condiciones fijadas por la ley y bajo la supervisión del Estado.» (Ibíd., § 9.) — «El domicilio de cada ciudadano es inviolable, salvo en las formas prescritas por la ley.» (Cap. I, § 3.) Etcétera, etcétera. La Constitución remite, pues, constantemente a futuras leyes orgánicas que han de ejecutar esas glosas marginales y regular el goce de esas libertades ilimitadas de modo que no colisionen ni entre sí ni con la seguridad pública. Y más tarde, esas leyes orgánicas fueron puestas en vigor por los amigos del orden, y todas aquellas libertades fueron reguladas de tal manera que la burguesía, al disfrutarlas, no tropieza con la colisión de los derechos iguales de las otras clases. Cuando prohíbe enteramente a «los otros» esas libertades, o permite su goce bajo condiciones que son otras tantas trampas policiales, siempre lo hace en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal como prescribe la Constitución. Por consiguiente, en lo sucesivo ambas partes apelan con pleno derecho a la Constitución: tanto los amigos del orden, que suprimieron todas esas libertades, como los demócratas, que las reivindicaban todas. Cada parágrafo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja: en la frase general, la libertad; en la glosa marginal, la abolición de la libertad. Mientras el nombre de la libertad fue respetado y sólo se impidió su realización efectiva –por vía legal, se entiende–, la existencia constitucional de la libertad permaneció intacta, invulnerada, por muy asesinada que estuviera su existencia común.

Esta Constitución, hecha invulnerable de modo tan ingenioso, era, sin embargo, como Aquiles, vulnerable en un punto; no en el talón, sino en la cabeza, o, mejor dicho, en las dos cabezas en que venía a desembocar: la Asamblea legislativa, por un lado, y el Presidente, por el otro. Basta hojear la Constitución y se verá que los únicos artículos absolutos, positivos, exentos de contradicción y de tergiversación que contiene son aquellos en que se determina la relación del Presidente con la Asamblea legislativa. Pues aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de asegurar su propia posición. Los artículos 45 a 70 de la Constitución están redactados de tal modo que la Asamblea Nacional puede destituir al Presidente constitucionalmente, mientras que el Presidente sólo puede destituir a la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, es decir, suprimiendo la Constitución misma. Aquí, pues, la Constitución provoca ella misma su destrucción violenta. No se limita a consagrar, como la Carta de 1830, la división de los poderes, sino que la extiende hasta la contradicción insoportable. El juego de los poderes constitucionales, como Guizot llamaba a la reyerta parlamentaria entre el poder legislativo y el poder ejecutivo, juega constantemente en la Constitución de 1848 *va banque*. De un lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea Nacional incontrolable, indisoluble, indivisible, una Asamblea Nacional que disfruta de omnipotencia legislativa, decide en última instancia sobre la guerra, la paz y los tratados comerciales, posee en exclusiva el derecho de amnistía y, mediante su permanencia, ocupa sin cesar el primer plano de la escena. Del otro lado, el Presidente, con todos los atributos del poder real, acrecentados todavía por la facultad de nombrar y destituir a sus ministros independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los medios del poder ejecutivo en sus manos, otorgando todos los cargos y decidiendo así, al menos en Francia, sobre la existencia de más de un millón y medio de personas, pues de esa cantidad dependen los 500.000 funcionarios y los oficiales de todas las graduaciones; con toda la fuerza armada detrás de sí; dotado del privilegio de indultar a criminales particulares, suspender a las guardias nacionales, destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, a los consejos generales, cantonales y municipales elegidos por los ciudadanos; reservándose la iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero; y mientras la Asamblea está constantemente expuesta a la luz cruda y crítica del día, sobre las tablas, él lleva una vida oculta en los Campos Elíseos, y todo ello con el artículo 45 de la Constitución ante los ojos y en el corazón, que le grita diariamente: «*Frère, il faut mourir*!». ¡Tu poder termina el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! Entonces se acaba la gloria, la pieza no se representa dos veces, y si tienes deudas, mira a tiempo de pagarlas con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, ¡a no ser que prefieras marchar a Clichy el segundo lunes del hermoso mes de mayo! — Si de este modo la Constitución atribuye al Presidente todos los poderes de hecho, procura asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Prescindiendo de que es imposible crear un poder moral mediante artículos de ley, la Constitución vuelve a anularse a sí misma en este punto al hacer elegir al Presidente por todos los franceses mediante el voto directo. Mientras los votos de Francia se desmenuzan entre los 750 miembros de la Asamblea Nacional, aquí se concentran, por el contrario, en un solo individuo. Mientras cada representante particular del pueblo representa sólo a tal o cual partido, a tal o cual ciudad, a tal o cual cabeza de puente, o incluso solamente la necesidad de elegir a un setecientos cincuenta cualquiera, sin fijarse mucho ni en la cosa ni en el hombre, Él es el elegido de la Nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que el pueblo soberano se saca una vez cada cuatro años. La Asamblea Nacional elegida se halla en una relación metafísica, pero el Presidente elegido en una relación personal, con la nación. La Asamblea Nacional expone ciertamente, en sus distintos representantes, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el Presidente se encarna ese espíritu. Él posee frente a ella una especie de derecho divino, es por la gracia del pueblo.

Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también, como Aquiles, el presentimiento de que había de sucumbir a una muerte temprana. A los republicanos puros, constituyentes, les bastaba con lanzar una mirada desde el cielo nuboso de su república ideal hacia el mundo profano para darse cuenta de cómo la arrogancia de los realistas, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas y su propio descrédito aumentaban cada día, en la misma medida en que ellos se acercaban a la culminación de su gran obra de arte legislativa, sin que por ello Tetis tuviese que abandonar el mar para comunicarles el secreto. Intentaban burlar el destino con astucia constitucional mediante el artículo 111 de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión de la Constitución ha de ser votada por al menos tres cuartas partes de los votos, en tres debates sucesivos entre los que debe mediar siempre un mes entero, bajo la condición además de que participen en la Asamblea Nacional no menos de 500 miembros. Con ello no hicieron sino el impotente intento de seguir ejerciendo, como minoría parlamentaria —como ya se veían proféticamente en espíritu— un poder que en aquel momento, cuando disponían de la mayoría parlamentaria y de todos los medios del poder gubernamental, se les escapaba cada día más de sus débiles manos.

Finalmente, la Constitución se confía a sí misma, en un artículo melodramático, «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada uno de los franceses», después de haber confiado antes en otro artículo a los «vigilantes» y «patrióticos» a la muy tierna y peinada atención del alto tribunal, la *haute cour*, expresamente inventado por ella.

Ésta era la Constitución de 1848, que el 2 de diciembre de 1851 no fue derribada por una cabeza, sino que cayó ante el mero contacto con un simple sombrero; ciertamente, aquel sombrero era un sombrero de tres picos napoleónico.

Mientras los republicanos burgueses estaban ocupados en la Asamblea sutilizando, discutiendo y votando esta Constitución, Cavaignac mantenía en pie, fuera de la Asamblea, el estado de sitio de París. El estado de sitio de París fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores de parto republicanos. Si más tarde se elimina la Constitución a fuerza de bayonetas, no hay que olvidar que también tuvo que ser protegida ya en el seno materno, y traída al mundo, por bayonetas, y bayonetas dirigidas contra el pueblo. Los antepasados de los «republicanos honrados» habían hecho que su símbolo, la tricolor, recorriera Europa. Ellos, a su vez, hicieron también un invento que emprendió por sí mismo el camino a través de todo el continente, pero que retornaba a Francia con amor siempre renovado, hasta que ahora ha adquirido carta de naturaleza en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Excelente invento, aplicado periódicamente en cada crisis ulterior del curso de la revolución francesa! Pero cuartel y vivac, que así se ponían periódicamente sobre la cabeza de la sociedad francesa para oprimirle el cerebro y volverla un hombre tranquilo; sable y mosquete, a los que periódicamente se les hacía juzgar y administrar, tutelar y censurar, ejercer de policía y oficiar de sereno; bigote y capote, a los que periódicamente se pregonaba como suprema sabiduría de la sociedad y como salvadores de la sociedad: ¿no tenían que acabar cuartel y vivac, sable y mosquete, bigote y capote por caer en la cuenta de que era preferible salvar la sociedad de una vez para siempre, proclamar el régimen propio como el supremo y liberar completamente a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse a sí misma? Cuartel y vivac, sable y mosquete, bigote y capote tenían que caer tanto más en esta cuenta cuanto que entonces podían esperar mejor pago en metálico por su acrecentado mérito, mientras que, del estado de sitio meramente periódico y las salvaciones transitorias de la sociedad, a la orden de tal o cual fracción burguesa, poco sólido les caía, salvo unos cuantos muertos y heridos y unas amables muecas ciudadanas. ¿No debía, por fin, el estamento militar jugar un día también en su propio interés y por su propio interés el estado de sitio, y al mismo tiempo sitiar las bolsas burguesas? No se olvide, dicho sea de paso, que el coronel Bernard, el mismo presidente de la comisión militar que a las órdenes de Cavaignac hizo deportar sin juicio a 15.000 insurrectos, se mueve en este momento de nuevo a la cabeza de las comisiones militares en activo en París.

Si los honrados republicanos, los republicanos puros, crearon con el estado de sitio en París el vivero donde habían de criarse los pretorianos del 2 de diciembre de 1851, merecen en cambio el elogio de que, en lugar de exaltar hasta el exceso el sentimiento nacional, como bajo Luis Felipe, ahora que disponían del poder nacional, renunciaban a él y, en vez de conquistar Italia para sí, la dejaban reconquistar por austríacos y napolitanos. La elección de Luis Bonaparte como Presidente el 10 de diciembre de 1848 puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.

En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El Presidente de la República francesa no debe nunca haber perdido su calidad de ciudadano francés.» El primer Presidente de la República francesa, L. N. Bonaparte, no sólo había perdido su calidad de ciudadano francés, no sólo había sido *special constable* inglés, sino que incluso era un suizo naturalizado.

Ya he desarrollado en otro lugar el significado de la elección del 10 de diciembre. No volveré aquí sobre ello. Baste señalar aquí que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar los costos de la revolución de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Halló gran eco en el ejército, al que los republicanos del «National» no habían proporcionado ni gloria ni paga, en la gran burguesía, que saludó a Bonaparte como puente hacia la monarquía, y en los proletarios y en los pequeños burgueses, que le aclamaron como azote de Cavaignac. Tendré ocasión más adelante de profundizar en la relación de los campesinos con la revolución francesa.

La época desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en mayo de 1849 abarca la historia del hundimiento de los republicanos burgueses. Después de haber fundado una república para la burguesía, de haber barrido del terreno al proletariado revolucionario y de haber reducido provisionalmente al silencio a la pequeña burguesía democrática, son ellos mismos empujados a un lado por la masa de la burguesía, que embarga, con razón, esta república como propiedad suya. Pero esta gran burguesía era realista. Una parte de ella, los grandes terratenientes, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra, la aristocracia financiera y los grandes industriales, había dominado bajo la Monarquía de Julio y era, por tanto, orleanista. Los altos dignatarios

Los miembros del ejército, de la universidad, de la iglesia, del foro, de la academia y de la prensa se distribuyeron en ambos bandos, aunque en proporción diversa. Aquí, en la república burguesa, que no llevaba ni el nombre de Borbón ni el de Orleans, sino el nombre de capital, habían encontrado la forma de Estado bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección de junio los había unificado en el «partido del orden». Ahora se trataba, ante todo, de eliminar a la camarilla de los republicanos burgueses, que aún ocupaba los escaños de la Asamblea Nacional. Tan brutalmente como estos republicanos puros habían hecho valer la fuerza física frente al pueblo, con igual cobardía, apocados, sin ánimo, quebrantados, incapaces de lucha, retrocedieron ahora cuando se trataba de defender su republicanismo y su derecho legislativo frente al poder ejecutivo y los realistas. No tengo que narrar aquí la vergonzosa historia de su disolución. Fue un fenecer, no un sucumbir. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente figuran, ya sea dentro, ya sea fuera de la asamblea, solo como recuerdos, recuerdos que parecen revivir tan pronto como vuelve a tratarse del mero nombre de república y cada vez que el conflicto revolucionario amenaza rebajarse al nivel más bajo. Señalo de paso que el periódico que dio nombre a este partido, el «National», se convirtió al socialismo en el período siguiente.

El período de la constitución o fundación de la república francesa se dividió, pues, en tres épocas: del 4 de mayo al 24 de junio de 1848, lucha de todas las clases y sectores de clase unidos en febrero, bajo la dirección de los republicanos burgueses, contra el proletariado; terrible derrota del proletariado; del 25 de junio de 1848 al 10 de diciembre de 1848, dominación de los republicanos burgueses, redacción de la constitución, estado de sitio de París, dictadura de Cavaignac; del 20 de diciembre de 1848 hasta fines de mayo de 1849, lucha de Bonaparte y del partido del orden con la Constituyente republicana, derrota de esta última, hundimiento de los republicanos burgueses.

Antes de cerrar este período, tenemos que echar una mirada retrospectiva a las dos potencias que vivieron en relación marital desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la retirada de la Constituyente, y de las cuales la una aniquiló a la otra el 2 de diciembre de 1851. Nos referimos a Luis Bonaparte, por un lado, y al partido de los realistas coaligados, del orden, de la gran burguesía, por el otro. Al asumir la presidencia, Bonaparte formó de inmediato un ministerio del partido del orden, a cuyo frente puso a Odilon Barrot, nótese bien, el antiguo jefe de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. El señor Barrot había por fin cazado el ministerio cuyo fantasma lo perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia en ese ministerio; pero no, como se había imaginado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la tarea de matar un parlamento, y como aliado de todos sus archienemigos, jesuitas y legitimistas. Finalmente llevó a la novia a casa, pero solo después de que ella se hubiera prostituido. El propio Bonaparte se eclipsó aparentemente por completo. Aquel partido actuaba por él.

En el primer consejo de ministros se decidió la expedición a Roma, que se acordó llevar a cabo a espaldas de la Asamblea Nacional y arrancarle los medios con un falso pretexto. Así se comenzó con una estafa a la Asamblea Nacional y con una conspiración secreta con las potencias absolutas del extranjero contra la república romana revolucionaria. Bonaparte preparó de la misma manera y con las mismas maniobras su golpe del 2 de diciembre contra la legislativa realista y su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido que el 20 de diciembre de 1848 formaba el ministerio de Bonaparte, formaba el 2 de diciembre de 1851 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.

La Constituyente había decidido en agosto no disolverse antes de haber elaborado y promulgado toda una serie de leyes orgánicas que debían complementar la constitución. El partido del orden, mediante el representante Rateau, le propuso el 6 de enero de 1849 que dejara correr las leyes orgánicas y decretara más bien su propia disolución. No solo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los miembros realistas de la Asamblea Nacional le gritaron en ese momento que su disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a la situación provisional indefinida y fundar un estado definitivo; que ella obstaculizaba la productividad del nuevo gobierno y solo intentaba prolongar su existencia por rencor; que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, las aprendió de memoria y demostró a los realistas parlamentarios el 2 de diciembre de 1851 que había aprendido de ellos. Repitió contra ellos sus propias consignas.

El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más lejos. Suscitaron peticiones en toda Francia a la Asamblea Nacional, en las que se le rogaba amablemente que se disolviera, que desapareciera. Así, lanzaron contra la Asamblea Nacional, expresión constitucionalmente organizada del pueblo, a sus masas inorgánicas. Le enseñaron a Bonaparte a apelar de las asambleas parlamentarias al pueblo. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente debía decidir sobre su propia disolución. La Asamblea Nacional encontró su edificio de sesiones ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas manos estaba reunido el mando supremo de la guardia nacional y de las tropas de línea, pasó revista a una gran parada en París, como si se avecinara una batalla, y los realistas coaligados declararon amenazadoramente a la Constituyente que se recurriría a la violencia si no se mostraba dócil. Ella fue dócil y solo se regateó un brevísimo plazo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, ejecutado solo que por los realistas con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Los señores no notaron, o no quisieron notar, que Bonaparte ya utilizó el 29 de enero de 1849 para hacer desfilar ante él, delante de las Tullerías, a una parte de las tropas, y que aprovechó ávidamente precisamente esta primera exhibición pública de la fuerza militar contra el poder parlamentario para insinuar a Calígula. Ellos, por cierto, solo veían a su Changarnier.

Un motivo que movió particularmente al partido del orden a acortar violentamente la duración de la Constituyente fueron las leyes orgánicas, complementarias de la constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los realistas coaligados les importaba todo el hacer ellos mismos estas leyes y no dejarlas hacer a los republicanos, que se habían vuelto desconfiados. Entre estas leyes orgánicas se hallaba, empero, también una ley sobre la responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea Legislativa estaba precisamente ocupada en redactar una ley semejante, cuando Bonaparte se anticipó a ese golpe mediante el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los realistas coaligados en su campaña parlamentaria de invierno de 1851 por haber encontrado ya lista la ley de responsabilidad, y precisamente redactada por una asamblea republicana, desconfiada y odiosa!

Después de que el 29 de enero de 1849 la Constituyente hubo roto por sí misma su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron hasta la muerte, no dejaron sin hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad, desesperada de sí misma, leyes que le hicieron perder el último resto de respeto ante el público. Bonaparte, ocupado con su idea fija napoleónica, fue lo bastante audaz para explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto, cuando la Asamblea Nacional, el 8 de mayo de 1849, dio un voto de censura al ministerio por la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordenó que la expedición romana fuera reconducida a su pretendido fin, Bonaparte publicó esa misma noche en el Moniteur una carta a Oudinot, en la que le felicitaba por sus proezas y se perfilaba ya, en contraste con los parlamentarios plumíferos, como el magnánimo protector del ejército. Los realistas sonreían ante ello. Lo consideraban simplemente como su tonto útil. Finalmente, cuando Marrast, presidente de la Constituyente, creyó por un momento en peligro la seguridad de la Asamblea Nacional y, apoyándose en la constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó, se remitió a la disciplina y remitió a Marrast a Changarnier, quien lo rechazó burlonamente con la observación de que no le gustaban las baïonnettes intelligentes. En noviembre de 1851, cuando los realistas coaligados quisieron iniciar la lucha decisiva contra Bonaparte, intentaron en su célebre proyecto de ley sobre los cuestores imponer, e incluso exagerar, el principio de la requisa directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Leflô, había firmado la propuesta de ley. En vano Changarnier votó por la propuesta y Thiers rindió homenaje a la prudente sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, Saint-Arnaud, le respondió como Changarnier había respondido a Marrast, y — bajo las aclamaciones de la Montaña.

¡Así, el propio partido del orden, cuando aún no era Asamblea Nacional, cuando solo era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y clama cuando el 2 de diciembre de 1851 lo destierra de Francia!

Le deseamos buen viaje.

III.

El 28 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta. Este período abarca la duración de la república constitucional o parlamentaria. Se divide en tres épocas principales: 28 de mayo de 1849 al 13 de junio de 1849, lucha de la democracia y de la burguesía, derrota del partido pequeñoburgués o democrático; — 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850, dictadura parlamentaria de la burguesía, es decir, de los orleanistas y legitimistas coaligados o del partido del orden, dictadura que se completa con la abolición del sufragio universal; — 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851, lucha de la burguesía y de Bonaparte, derrocamiento de la dominación burguesa, hundimiento de la república constitucional o parlamentaria.

En la primera revolución francesa, a la dominación de los constitucionales sigue la dominación de los girondinos, y a la dominación de los girondinos, la dominación de los jacobinos. Cada uno de estos partidos se apoya en el más avanzado. Tan pronto como ha llevado la revolución lo bastante lejos como para no poder seguirla, y menos aún precederla, es desplazado por el aliado más audaz que está detrás de él y enviado a la guillotina. La revolución se mueve así en línea ascendente.

A la inversa la revolución de 1848. El partido proletario aparece como apéndice del pequeñoburgués-democrático. Este lo traiciona y lo deja caer el 16 de abril, el 15 de mayo y en las jornadas de junio. El partido democrático, por su parte, se apoya en los hombros de la burguesía republicana. Los burgueses republicanos apenas se creen firmes cuando se sacuden al molesto camarada y se apoyan a su vez en los hombros del partido del orden. El partido del orden encoge los hombros, deja que los burgueses republicanos rueden por el suelo y él mismo se arroja sobre los hombros del poder armado. Aún cree seguir sentado sobre esos hombros cuando una hermosa mañana advierte que los hombros se han convertido en bayonetas. Cada partido golpea por detrás al que lo empuja hacia delante y se inclina por delante hacia atrás sobre el que lo empuja hacia atrás. No es de extrañar que, en esta ridícula postura, pierda el equilibrio y, tras hacer las inevitables muecas, se derrumbe entre singulares cabriolas. La revolución se mueve así en línea descendente, y ya se encuentra en este movimiento retrógrado antes de que la última barricada de febrero haya sido despejada y la primera autoridad revolucionaria constituida.

El período que tenemos ante nosotros abarca la más abigarrada mezcla de contradicciones estridentes: constitucionales que conspiran abiertamente contra la Constitución, revolucionarios que, confesadamente, son constitucionales; una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y permanece siempre parlamentaria; una Montaña que encuentra su gloria en la paciencia y que conjura sus derrotas presentes con la profecía de futuros triunfos; realistas que forman los *patres conscripti* de la República y que se ven obligados por la situación a mantener en el extranjero las casas reales enemigas a las que están ligados, y en Francia la República que odian; un poder ejecutivo que encuentra su fuerza precisamente en su debilidad, y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una República que no es otra cosa que la infamia compuesta de dos monarquías, la Restauración y la Monarquía de Julio, con una etiqueta imperialista; alianzas cuya primera cláusula es la separación; luchas cuya primera ley es la indecisión; en nombre de la calma, agitación huera y vacía de contenido; en nombre de la revolución, la más solemne prédica de la calma; pasiones sin verdad, verdades sin pasión; héroes sin hazañas, historia sin acontecimientos; un desarrollo cuya única fuerza motriz parece ser el calendario, fatigante por la constante repetición de las mismas tensiones y distensiones; antagonismos que solo parecen exacerbarse periódicamente para embotarse y desmoronarse sin poder resolverse; esfuerzos ostentados con pretensión y terrores burgueses ante el peligro del fin del mundo, y, al mismo tiempo, los salvadores del mundo entregados a las más mezquinas intrigas y comedias de corte, que con su *laisser aller* recuerdan menos el día del Juicio Final que los tiempos de la Fronda; el genio colectivo oficial de Francia puesto en ridículo por la astuta estupidez de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cada vez que habla por el sufragio universal, buscando su expresión correspondiente en los enemigos inveterados de los intereses de las masas, hasta encontrarla finalmente en la voluntad caprichosa de un filibustero. Si hay algún fragmento de la historia pintado gris sobre gris, es este. Hombres y acontecimientos aparecen como *Schlemihle* al revés, como sombras a las que se les ha extraviado el cuerpo. La propia revolución paraliza a sus portadores y solo dota de apasionada violencia a sus adversarios. Y cuando el "espectro rojo", constantemente evocado, conjurado y desterrado por los contrarrevolucionarios, aparece por fin, no aparece con el gorro frigio anárquico sobre la cabeza, sino con el uniforme del orden, en rojos calzones galoneados.

Hemos visto: el ministerio que Bonaparte instaló el 20 de diciembre de 1848, el día de su ascensión, era un ministerio del partido del orden, de la coalición legitimista y orleanista. Ese ministerio Barrot-Falloux había sobrevivido, acortándole más o menos violentamente la vida, a la Constituyente republicana y aún se hallaba al timón. Changarnier, el general de los realistas confederados, seguía reuniendo en su persona el mando supremo de la primera división militar y de la guardia nacional de París, y las elecciones generales, en fin, habían asegurado al partido del orden la gran mayoría en la Asamblea Nacional. Allí coincidían los diputados y pares de Luis Felipe con una santa legión de legitimistas que habían salido de su escondite cuando numerosas papeletas electorales de la nación se habían transformado para ellos en tarjetas de entrada al escenario político. Los representantes del pueblo bonapartistas estaban demasiado ralos para poder formar un partido parlamentario independiente. Existían en número suficiente para contar como cifras en una revista general contra las fuerzas republicanas. Solo aparecían como la *mauvaise queue* del partido del orden. Así, el partido del orden estaba en posesión del poder gubernamental, del ejército y del cuerpo legislativo; en suma, del poder total del Estado, fortalecido moralmente por las elecciones generales, que hacían aparecer su dominio como la voluntad del pueblo, y por el triunfo simultáneo de la contrarrevolución en todo el continente europeo.

Nunca abrió campaña partido alguno con mayores medios y bajo auspicios más favorables.

Los republicanos puros, náufragos, se encontraron en la Asamblea Nacional Legislativa reducidos a una camarilla de unos cincuenta hombres, encabezados por los generales africanos Cavaignac, Lamoricière, Bedeau. El gran partido de oposición, en cambio, lo constituía la Montaña. Este nombre bautismal parlamentario se lo había puesto el partido socialdemócrata. Disponía de más de doscientos votos de los setecientos cincuenta de la Asamblea Nacional, y era, por tanto, al menos tan poderoso como cualquiera de las tres fracciones del partido del orden considerada por separado. Su minoría relativa frente a la coalición realista en su conjunto parecía compensada por circunstancias especiales. Las elecciones departamentales no solo mostraban que había ganado un considerable adherente entre la población rural. Contaba en sus filas con casi todos los diputados de París; el ejército había hecho una profesión de fe democrática mediante la elección de tres suboficiales, y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del partido del orden, había sido elevado a la dignidad nobiliaria parlamentaria por cinco departamentos que habían concentrado en él sus votos. Así, pues, la Montaña parecía tener ante sí, el 29 de mayo de 1849, ante las inevitables colisiones de los realistas entre sí y de todo el partido del orden con Bonaparte, todos los elementos del éxito. Catorce días después lo había perdido todo, incluido el honor.

Antes de seguir adelante con la historia parlamentaria, son necesarias algunas observaciones para evitar habituales engaños acerca del carácter global de la época que tenemos ante nosotros. En la manera democrática de ver las cosas, durante el período de la Asamblea Nacional Legislativa se trataba de lo mismo que en el período de la Constituyente, de la simple lucha entre republicanos y realistas. Pero el movimiento mismo lo compendian ellos en una sola consigna: "Reacción", noche en la que todos los gatos son pardos y que les permite largar sus vulgares lugares comunes de serenos. Y, en efecto, a primera vista, el partido del orden muestra un ovillo de diferentes fracciones realistas que no solo intrigan unas contra otras, cada una para elevar a su propio pretendiente al trono y excluir al pretendiente del partido contrario, sino que se unen todas en el odio común y en los comunes ataques contra la "República". La Montaña, por su parte, aparece, en oposición a esta conspiración realista, como la representante de la "República". El partido del orden aparece constantemente ocupado con una "reacción" que, ni más ni menos que en Austria, se dirige contra la prensa, la asociación, etc., y que se ejecuta, como en Austria, mediante brutales injerencias policiales de la burocracia, la gendarmería y los tribunales. La "Montaña", por su parte, está asimismo constantemente ocupada en repeler esos ataques y defender así los "eternos derechos del hombre", como lo ha venido haciendo, más o menos, todo partido así llamado popular desde hace siglo y medio. Sin embargo, ante un examen más atento de la situación y de los partidos, desaparece esta apariencia superficial, que vela la lucha de clases y la fisonomía peculiar de este período, y los convierte así en una mina de tópicos para políticos de café y para publicistas republicanos de convicción.

Legitimistas y orleanistas formaban, como se ha dicho, las dos grandes fracciones del partido del orden. Lo que mantenía unidas a estas fracciones con sus pretendientes, y las mantenía recíprocamente separadas, ¿era acaso otra cosa que la lis y la tricolor, la casa de Borbón y la casa de Orleáns, diferentes matices del realismo, era en general la profesión de fe del realismo? Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleáns, la alta finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital con su séquito de abogados, profesores y retóricos. La monarquía legítima era solo la expresión política de la dominación heredada de los señores de la tierra, como la Monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que separaba, pues, a estas fracciones no eran pretendidos principios, eran sus condiciones materiales de existencia, dos especies diferentes de propiedad, era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad territorial. Que al mismo tiempo las ataban a una u otra casa real viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios, ¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de la vida diversos y configurados de manera peculiar. La clase entera los crea y los configura a partir de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo singular, al que le son transmitidos por la tradición y la educación, puede imaginarse que constituyen los motivos determinantes

los motivos determinantes y el punto de partida de su acción. Así como orleanistas y legitimistas, cada fracción se esforzaba por persuadirse a sí misma y a la otra de que la adhesión a sus dos casas reales las separaba, la realidad demostró más tarde que era más bien su interés escindido el que prohibía la unión de las dos casas reales. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las ilusiones de los partidos y su organización real y sus intereses reales, entre su representación y su realidad. Orleanistas y legitimistas se encontraban en la república unos junto a otros con idénticas pretensiones. Si cada bando quería imponer frente al otro la restauración de su propia casa real, esto no significaba otra cosa sino que los dos grandes intereses en que se escinde la burguesía —la propiedad territorial y el capital— aspiraban cada uno a restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la gran propiedad territorial, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de raza, se había aburguesado por completo a consecuencia del desarrollo de la sociedad moderna. Así, los tories en Inglaterra se imaginaron durante mucho tiempo que sentían entusiasmo por la monarquía, la Iglesia y las bellezas de la vieja constitución inglesa, hasta que el día del peligro les arrancó la confesión de que sólo sentían entusiasmo por la renta del suelo.

Los realistas coligados intrigaban unos contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont, fuera del parlamento. Entre bastidores volvían a ponerse sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y a representar sus viejos torneos. Pero en el escenario público, en sus grandes acciones de Estado, como gran partido parlamentario, despachaban a sus respectivas casas reales con meras reverencias, aplazaban la restauración de la monarquía in infinitum y realizaban su verdadero negocio como partido del orden, es decir, bajo un título social, no político, como representantes del orden burgués del mundo, no como caballeros andantes de princesas errantes, como clase burguesa frente a otras clases, no como realistas frente a los republicanos. Y como partido del orden ejercieron sobre las otras clases de la sociedad un dominio más ilimitado y más duro del que jamás habían podido ejercer ni bajo la Restauración ni bajo la Monarquía de Julio, y que sólo era posible bajo la forma de la república parlamentaria, pues únicamente bajo esta forma pudieron unirse las dos grandes divisiones de la burguesía francesa y poner a la orden del día la dominación de su clase en vez del régimen de una fracción privilegiada de la misma. Si a pesar de ello, también como partido del orden, insultan a la república y expresan su repugnancia hacia ella, no lo hacen sólo por reminiscencias realistas, sino por el instinto de que la forma republicana, aunque completa su dominación política y la despoja de toda apariencia extraña, al mismo tiempo mina su base social, pues ahora tienen que enfrentarse a las clases sojuzgadas y luchar con ellas sin mediación, sin el encubrimiento de la corona, sin poder desviar el interés nacional mediante sus luchas subordinadas entre sí y con la monarquía. Lo hacen por debilidad, que les hace retroceder ante las condiciones puras de su propia dominación de clase y añorar las formas más incompletas, menos desarrolladas y, precisamente por eso, menos peligrosas de la misma. En cambio, cada vez que los realistas coligados entran en conflicto con el pretendiente que se les enfrenta, con Bonaparte, cada vez que creen amenazada su omnipotencia parlamentaria por el poder ejecutivo, cada vez que tienen que hacer valer el título político de su dominación, se presentan como republicanos y no como realistas, desde el orleanista Thiers, que grita a la Asamblea Nacional que la república es lo que menos los divide, hasta el legitimista Berryer, que el 2 de diciembre de 1851, ceñida la banda tricolor, arenga como tribuno en nombre de la república al pueblo reunido ante el edificio de la alcaldía del décimo distrito. Cierto es que el eco le responde burlón: ¡Enrique V! ¡Enrique V!

Frente a la burguesía coligada se había formado una coalición entre pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses se vieron mal recompensados después de las jornadas de junio de 1848, sus intereses materiales amenazados y las garantías democráticas que debían asegurarles la defensa de estos intereses puestas en tela de juicio por la contrarrevolución. Se aproximaron por tanto a los obreros. Por otra parte, su representación parlamentaria, la Montaña, arrinconada durante la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado en la última mitad de vida de la Constituyente, mediante la lucha contra Bonaparte y los ministros realistas, su popularidad perdida. Había concertado una alianza con los jefes socialistas. En febrero de 1849 se celebraron banquetes de reconciliación. Se esbozó un programa común, se fundaron comités electorales comunes y se presentaron candidatos comunes. A las reivindicaciones sociales del proletariado se les quitó su punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se las despojó de su forma meramente política y se les destacó su punta socialista. Así surgió la socialdemocracia. La nueva Montaña, resultado de esta combinación, contenía, aparte de algunos figurantes de la clase obrera y algunos sectarios socialistas, los mismos elementos que la vieja Montaña, sólo que numéricamente más fuerte. Pero en el curso del desarrollo había cambiado con la clase que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia se resume en esto: se reclaman instituciones democrático-republicanas como medio, no para abolir los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antagonismo y transformarlo en armonía. Por muy diversas que sean las medidas que se propongan para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con representaciones más o menos revolucionarias, el contenido sigue siendo el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro de los límites de la pequeña burguesía. Sólo que no hay que hacerse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiera imponer por principio un interés de clase egoísta. Ella cree, por el contrario, que las condiciones particulares de su liberación son las condiciones generales dentro de las cuales únicamente puede salvarse la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco hay que imaginarse que los representantes democráticos sean todos tenderos o que sientan entusiasmo por ellos. Pueden estar por su cultura y su situación individual a una distancia sideral de ellos. Lo que los convierte en representantes del pequeño burgués es que no van más allá, en su mente, de los límites que aquél no rebasa en su vida, que, por tanto, se ven impulsados teóricamente a las mismas tareas y soluciones a las que a aquél lo impulsan prácticamente el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación de los representantes políticos y literarios de una clase con la clase que representan.

Tras la explicación anterior se comprende de suyo que, si la Montaña lucha sin cesar con el partido del orden por la república y los llamados derechos del hombre, ni la república ni los derechos del hombre son su fin último, tan poco como un ejército al que se quiere despojar de sus armas y que se defiende, sale al campo de batalla para asegurarse la posesión de sus propias armas.

El partido del orden provocó a la Montaña inmediatamente al reunirse la Asamblea Nacional. La burguesía sentía ahora la necesidad de acabar con los pequeños burgueses democráticos, como un año antes había comprendido la necesidad de terminar con el proletariado revolucionario. Sólo que la situación del adversario era distinta. La fuerza del partido proletario estaba en la calle, la de los pequeños burgueses en la Asamblea Nacional misma. Se trataba, pues, de atraerlos de la Asamblea Nacional a la calle y hacer que ellos mismos quebrantaran su poder parlamentario antes de que el tiempo y la ocasión pudieran consolidarlo. La Montaña se precipitó a rienda suelta en la trampa.

El bombardeo de Roma por las tropas francesas fue el cebo que se les arrojó. Violaba el artículo V de la Constitución, que prohíbe a la república francesa emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de otro pueblo. Además, el artículo IV prohibía también toda declaración de guerra por parte del poder ejecutivo sin el consentimiento de la Asamblea Nacional, y la Constituyente, por su decreto del 8 de mayo, había desaprobado la expedición a Roma. Sobre esta base, Ledru-Rollin presentó el 11 de junio de 1849 un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros y, aguijoneado por los pinchazos de avispa de Thiers, se dejó arrastrar a la amenaza de defender la Constitución por todos los medios, incluso con las armas en la mano. La Montaña se levantó como un solo hombre y repitió este llamamiento a las armas. El 12 de junio, la Asamblea Nacional rechazó el acta de acusación y la Montaña abandonó el parlamento. Son conocidos los acontecimientos del 13 de junio: la proclamación de una parte de la Montaña declarando a Bonaparte y sus ministros «fuera de la Constitución»; la procesión callejera de las guardias nacionales democráticas, que, desarmadas como estaban, se dispersaron al encontrarse con las tropas de Changarnier, etc., etc. Una parte de la Montaña huyó al extranjero, otra fue entregada al Alto Tribunal de Bourges, y un reglamento parlamentario sometió al resto a la vigilancia escolar del presidente de la Asamblea Nacional. París fue puesto de nuevo en estado de sitio y la parte democrática de su guardia nacional disuelta. Así quedaron quebrantados la influencia de la Montaña en el parlamento y el poder de los pequeños burgueses en París. Lyon, donde el 13 de junio había dado la señal para un sangriento levantamiento obrero, fue declarado igualmente en estado de sitio, junto con los cinco departamentos circundantes, estado que perdura hasta este momento.

El grueso de la Montaña había abandonado a su vanguardia, negando sus firmas a la proclamación. La prensa desertó, pues sólo dos periódicos se atrevieron a publicar el pronunciamiento. Los pequeños burgueses traicionaron a sus representantes, pues las guardias nacionales no comparecieron o, donde aparecieron, impidieron la construcción de barricadas. Los representantes habían engañado a los pequeños burgueses, pues los supuestos afiliados del ejército no aparecieron por ninguna parte. Finalmente, en vez de obtener de él un refuerzo de fuerza, el partido democrático contagió al proletariado con su propia debilidad y, como suele ocurrir en las heroicidades democráticas, los jefes tuvieron la satisfacción de poder acusar a su «pueblo» de deserción, y el pueblo, la satisfacción de poder acusar a sus jefes de estafa.

Rara vez se había anunciado una acción con mayor estrépito que la inminente campaña de la Montaña, rara vez se había trompeteado un acontecimiento con más seguridad y con mayor anticipación que la inevitable victoria de la democracia. Es indudable: los demócratas creen en las trompetas, ante cuyos soplos se derrumbaron las murallas de Jericó. Y cada vez que se alzan frente a los muros del despotismo, intentan imitar el milagro. Si la Montaña quería vencer en el parlamento, no debía llamar a las armas. Si llamaba a las armas en el parlamento, no debía comportarse parlamentariamente en la calle. Si la manifestación pacífica iba en serio, era ingenuo no prever que sería recibida belicosamente. Si se apuntaba a la lucha real, resultaba original desarmarse de las armas con que había que librarla. Pero las amenazas revolucionarias de la pequeña burguesía y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se han metido en un callejón sin salida, cuando se han comprometido lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo hacen de una manera equívoca, que no evita nada tanto como los medios para el fin y busca pretextos para la derrota. La estruendosa obertura que anunciaba el combate se pierde en un gruñido apagado en cuanto éste ha de comenzar; los actores dejan de tomarse en serio y la acción se desinfla como un globo lleno de aire al que se pincha con una aguja.

Ningún partido exagera más sus medios que el democrático, ninguno se engaña con más ligereza acerca de la situación. Si una parte del ejército había votado por ella, la Montaña se convencía ahora también de que el ejército se sublevaría por ella. ¿Y con qué motivo? Con uno que, desde el punto de vista de las tropas, no tenía otro sentido que el de que los revolucionarios tomaban partido por los soldados romanos contra los soldados franceses. La Montaña debía saber, por lo que respecta a los obreros, que los recuerdos de junio de 1848 estaban aún demasiado frescos para que no existieran una profunda aversión del proletariado contra la Guardia Nacional y una desconfianza radical de los jefes de las sociedades secretas hacia los jefes democráticos. Para allanar estas diferencias hacían falta grandes intereses comunes que estuviesen en juego. La violación de un artículo abstracto de la constitución no podía ofrecer ese interés. ¿Acaso no había sido ya violada repetidamente la constitución, según aseguraban los mismos demócratas? ¿No la habían estigmatizado los periódicos más populares como un engendro contrarrevolucionario?

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El 18 Brumario de Luis Bonaparte - M

Pero el demócrata, como representa a la pequeña burguesía, esto es, a una clase de transición en la que los intereses de dos clases se embotan mutuamente, se imagina estar por encima de la oposición de clases en general. Los demócratas conceden que se alza frente a ellos una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto del entorno de la nación, constituyen el pueblo. Lo que ellos representan es el derecho del pueblo; lo que les interesa es el interés del pueblo. Por eso, ante una lucha inminente, no necesitan examinar los intereses y las posiciones de las distintas clases. No necesitan sopesar sus propios medios con demasiada consideración. No tienen más que dar la señal para que el pueblo, con todos sus inagotables recursos, se abalance sobre los opresores. Y si luego, en la ejecución, sus intereses resultan poco interesantes y su poder se revela como impotencia, la culpa la tienen o bien perniciosos sofistas que escinden al pueblo indiviso en diversos campos enemigos, o el ejército era demasiado embrutecido e insensato para comprender los puros fines de la democracia como su propio bien, o un detalle de la ejecución hizo fracasar el conjunto, o bien un imprevisto azar malogró esta vez la partida. En todo caso, el demócrata sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como entró en ella, con la convicción recién adquirida de que está llamado a vencer, no de que él mismo y su partido tengan que abandonar el viejo punto de vista, sino, al contrario, de que las circunstancias han de madurar a su favor.

Así pues, no hay que imaginarse demasiado desdichada a la Montaña diezmada, quebrantada y humillada por el nuevo reglamento parlamentario. Para muchos de sus miembros, las dietas y la posición oficial eran una fuente diaria y renovada de consuelo. Si el 13 de junio había eliminado a los jefes, por otra parte dejaba sus puestos accesibles a capacidades subalternas, a quienes halagaba esta nueva posición. Si su impotencia en el parlamento no podía ya ponerse en duda, ahora se sentían también autorizados a limitar su acción a estallidos de indignación moral y a declamaciones estrepitosas. Si el partido del orden fingía ver encarnados en ellos, como últimos representantes oficiales de la revolución, todos los horrores de la anarquía, ellos podían mostrarse tanto más insípidos y modestos en la realidad. Y en cuanto al 13 de junio, se consolaban con la profunda frase: ¡Pero si se atreven a atacar el sufragio universal, entonces, entonces! Entonces demostraremos quiénes somos. Nous verrons.

En cuanto a los montagnards huidos al extranjero, baste señalar aquí que Ledru-Rollin, por haber logrado arruinar sin remedio en apenas dos semanas el poderoso partido a cuyo frente se hallaba, se sintió llamado a formar un gobierno francés in partibus, que

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Karl Marx

su figura, en la lejanía, alejada del terreno de la acción, parecía aumentar de tamaño a medida que el nivel de la revolución descendía y las grandezas oficiales de la Francia oficial se empequeñecían, que pudo figurar como pretendiente republicano para 1852, que expidió circulares periódicas a los valacos y a otros pueblos, amenazando a los déspotas del continente con las hazañas propias y las de sus aliados. ¿Acaso no tenía razón Proudhon al gritar a estos señores: «Vous n'êtes que des blagueurs!»?

El 13 de junio, el partido del orden no sólo había quebrantado a la Montaña, sino que había impuesto la subordinación de la constitución a las decisiones mayoritarias de la Asamblea Nacional. Y así entendía él la república: que la burguesía dominase aquí en formas parlamentarias, sin encontrar, como en la monarquía, una barrera en el veto del poder ejecutivo o en la disolución del parlamento. Ésa era la república parlamentaria, como la llamaba Thiers. Pero si la burguesía, el 13 de junio, aseguró su omnipotencia dentro del edificio parlamentario, ¿no hirió al parlamento mismo, frente al poder ejecutivo y al pueblo, con una debilidad incurable, al expulsar a la parte más popular del mismo? Al entregar sin más ceremonias a numerosos diputados a las requisitorias de los fiscales, abolió su propia inviolabilidad parlamentaria. El reglamento humillante a que sometió a la Montaña elevó al presidente de la república en la misma medida en que rebajaba a cada uno de los representantes del pueblo. Al condenar como acto anárquico, tendente al derrocamiento de la sociedad, la insurrección para defender la constitución constitucional, se prohibió a sí misma apelar a la insurrección en cuanto el poder ejecutivo violase la constitución frente a ella. La ironía de la historia quiso que el general que, por encargo de Bonaparte, bombardeó Roma, dando así el motivo directo para la revuelta constitucional del 13 de junio, que Oudinot, el 2 de diciembre de 1851, tuviera que ser ofrecido por el partido del orden al pueblo, suplicante y vanamente, como general de la constitución contra Bonaparte. Otro héroe del 13 de junio, Vieyra, que cosechó elogios desde la tribuna de la Asamblea Nacional por las brutalidades que había perpetrado en los locales de periódicos democráticos al frente de una turba de guardias nacionales perteneciente a la alta finanza, ese mismo Vieyra estaba iniciado en la conspiración de Bonaparte y contribuyó esencialmente a cortar a la Asamblea Nacional, en su hora de muerte, toda protección por parte de la Guardia Nacional.

El 13 de junio tenía aún otro sentido. La Montaña había querido imponer la acusación de Bonaparte. Su derrota fue, por tanto, una victoria directa de Bonaparte, su triunfo personal sobre sus enemigos democráticos. El partido del orden conquistó la victoria, Bonaparte no tuvo más que cobrarla. Y así lo hizo. El 14 de junio podía leerse en los muros de París una proclama en la que el presidente, como si, sin intervención propia, de mala gana, compelido por la mera fuerza de los acontecimientos, saliese de su retiro monacal, se queja, virtud incomprendida, de las calumnias de sus adversarios y, mientras parece identificar su persona con la causa del orden, identifica más bien la causa del orden con su persona. Además, la Asamblea Nacional había aprobado luego la expedición contra Roma, pero Bonaparte había tomado la iniciativa. Tras haber reinstalado al sumo sacerdote Samuel en el Vaticano, podía esperar ocupar de nuevo las Tullerías como rey David. Había ganado a los curas.

La revuelta del 13 de junio se limitó, como hemos visto, a una pacífica procesión callejera. No había, pues, laureles guerreros que cosechar contra ella. Sin embargo, en esta época pobre en héroes y en acontecimientos, el partido del orden convirtió esta batalla incruenta en una segunda Austerlitz. La tribuna y la prensa ensalzaron al ejército como el poder del orden frente a las masas populares, como la impotencia de la anarquía, y a Changarnier como el «baluarte de la sociedad». Mistificación en la que él mismo acabó por creer. Pero, bajo cuerda, los cuerpos que parecían equívocos fueron trasladados de París, los regimientos cuyas elecciones habían resultado más democráticas fueron desterrados de Francia a Argel, las cabezas inquietas entre las tropas fueron enviadas a compañías disciplinarias y, por último, se llevó a cabo sistemáticamente el aislamiento de la prensa respecto del cuartel y del cuartel respecto de la sociedad burguesa.

Hemos llegado aquí al punto de viraje decisivo en la historia de la Guardia Nacional francesa. En 1830 había decidido la caída de la Restauración. Bajo Luis Felipe fracasó toda revuelta en la que la Guardia Nacional estuviese del lado de las tropas. Cuando en los días de febrero de 1848 se mostró pasiva frente a la insurrección y equívoca con respecto a Luis Felipe, éste se dio por perdido y lo estuvo. Así arraigó la convicción de que la revolución no podía triunfar sin la Guardia Nacional, y el ejército no podía triunfar contra ella. Era ésta la fe supersticiosa del ejército en la omnipotencia burguesa. Las jornadas de junio de 1848, en que la Guardia Nacional entera, junto con las tropas de línea, aplastó la insurrección, habían consolidado esta superstición. Después de la entrada en funciones de Bonaparte, la posición de la Guardia Nacional decayó un tanto, debido a la unión, contraria a la constitución, de su mando con el mando de la primera división militar en la persona de Changarnier.

Así como el mando sobre ella aparecía aquí como un atributo del comandante en jefe militar, así ella misma ya no era más que un apéndice de las tropas de línea.

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Al fin, el 13 de junio, quedó quebrantada: no sólo por la disolución parcial de la Guardia Nacional, que desde entonces se repetía periódicamente en todos los puntos de Francia y sólo dejó ruinas de ella. La manifestación del 13 de junio fue, ante todo, una manifestación de las guardias nacionales democráticas. Ciertamente, no habían opuesto sus armas al ejército, pero sí sus uniformes; y precisamente en ese uniforme residía el talismán. El ejército se convenció de que aquel uniforme no era más que un trozo de paño de lana como otro cualquiera. El encanto se perdió. En las jornadas de junio de 1848, la burguesía y la pequeña burguesía, como Guardia Nacional, estaban unidas al ejército contra el proletariado; el 13 de junio de 1849, la burguesía dejó que el ejército dispersara a la guardia nacional pequeñoburguesa; el 2 de diciembre de 1851, la propia Guardia Nacional de la burguesía había desaparecido, y Bonaparte no hizo más que constatar este hecho al firmar con posterioridad el decreto de su disolución. Así, la burguesía misma había roto su última arma contra el ejército, pero tuvo que romperla desde el momento en que la pequeña burguesía ya no estaba detrás de ella como vasallo, sino delante como rebelde; como, en general, tenía que destruir con su propia mano todos sus medios de defensa contra el absolutismo, tan pronto como ella misma se había vuelto absoluta.

El partido del orden celebraba entretanto en la Asamblea Nacional la reconquista de un poder que en 1848 sólo parecía perdido, para reencontrarlo en 1849 libre de sus trabas, mediante invectivas contra la república y la constitución, mediante la execración de todas las revoluciones futuras, presentes y pasadas, incluidas las que habían hecho sus propios dirigentes, y mediante leyes que amordazaban la prensa, aniquilaban la asociación y regulaban el estado de sitio como institución orgánica. La Asamblea Nacional se aplazó luego desde mediados de agosto hasta mediados de octubre, después de nombrar una comisión permanente para el tiempo de su ausencia. Durante estas vacaciones, los legitimistas intrigaban con Ems, los orleanistas con Claremont, Bonaparte mediante viajes principescos por el país y los consejos departamentales en sus deliberaciones sobre la revisión de la constitución —incidentes que se repiten regularmente en las vacaciones periódicas de la Asamblea Nacional y en los que sólo entraré cuando se conviertan en acontecimientos. Sólo cabe señalar aquí que la Asamblea Nacional actuó de manera impolítica al desaparecer de la escena por largos intervalos y dejar ver en la cúspide de la república una sola figura, aunque lamentable, la de Luis Bonaparte, mientras que el partido del orden, para escándalo del público, se descomponía en sus elementos realistas y se entregaba a sus anhelos de restauración en pugna. Cada vez que durante estas vacaciones enmudecía el confuso estruendo del parlamento y su cuerpo se disolvía en la nación, se hacía patente de manera inconfundible que sólo faltaba una cosa para acabar la verdadera figura de esta república: hacer permanentes sus vacaciones y reemplazar su lema: Liberté, égalité, fraternité por las palabras inequívocas: ¡Infantería, Caballería, Artillería!

A mediados de octubre de 1849 se había reunido la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Nunca se ha echado a lacayos del servicio con menos ceremonias que Bonaparte a sus ministros. Las patadas destinadas a la Asamblea Nacional las recibieron por de pronto el señor Barrot y compañía.

El ministerio Barrot, como hemos visto, estaba compuesto por legitimistas y orleanistas, un ministerio del partido del orden. Bonaparte lo había necesitado para disolver la Asamblea Constituyente republicana, llevar a cabo la expedición contra Roma y quebrantar al partido democrático. Detrás de este ministerio, se había eclipsado en apariencia, había traspasado el poder gubernamental a manos del partido del orden y se había puesto la modesta máscara que en París llevan los gerentes responsables de la prensa periódica, la máscara del homme de paille. Ahora arrojaba una careta que ya no era el ligero velo tras el cual podía ocultar su fisonomía, sino la máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había nombrado el ministerio Barrot para disolver en nombre del partido del orden la Asamblea Nacional republicana; lo destituía para declarar su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido del orden.

No faltaban pretextos plausibles para esta destitución. El propio ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de decoro que hubieran hecho aparecer al presidente de la república como un poder junto a la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, Bonaparte publicó una carta a Edgar Ney, en la que parecía desaprobar la actitud liberal del Papa, del mismo modo que, en contraposición a la Constituyente, había publicado una carta en la que elogiaba a Oudinot por el ataque a la república romana. Ahora bien, cuando la Asamblea Nacional votó el presupuesto para la expedición romana, Víctor Hugo, por interés liberal, sacó a relucir aquella carta. El partido del orden sofocó la ocurrencia, como si las ocurrencias de Bonaparte pudieran tener algún peso político, entre exclamaciones despectivas e incrédulas. Ninguno de los ministros recogió el guante por él. En otra ocasión, Barrot, con su conocida y hueca grandilocuencia, dejó caer desde la tribuna palabras de indignación contra las «abominables manejos» que, según su afirmación, se producían en el entorno inmediato del presidente. Por último, el ministerio, al tiempo que conseguía de la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la duquesa de Orleans, se negó a solicitar el aumento de la lista civil del presidente. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial se fundía tan íntimamente con el aventurero venido a menos, que la gran idea de que él estaba llamado a restaurar el imperio se completaba siempre con la otra de que el pueblo francés estaba llamado a pagar sus deudas.

El ministerio Barrot-Falloux fue el primer y último ministerio parlamentario que Bonaparte llamó a la vida. Su destitución constituye, por tanto, un punto de viraje decisivo. Con él, el partido del orden perdió, para no volver a conquistarlo nunca más, un puesto indispensable para la afirmación del régimen parlamentario: el mango del poder ejecutivo. Se comprenderá de inmediato que, en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos, es decir, mantiene constantemente en la más absoluta dependencia a una masa enorme de intereses y de existencias, donde el Estado envuelve, controla, regula, vigila y tutela a la sociedad burguesa desde sus manifestaciones de vida más amplias hasta sus más insignificantes movimientos, desde sus formas de existencia más generales hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario, merced a la más extraordinaria centralización, adquiere una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad de movimiento acelerado y una fuerza de impulso que sólo encuentran analogía en la desvalida falta de independencia, en la desarticulada desfiguración del verdadero cuerpo social; se comprenderá que, en un país así, la Asamblea Nacional, al renunciar a la facultad de nombrar a los ministros, perdía toda influencia real, a no ser que al mismo tiempo simplificara la administración del Estado, redujera al máximo el ejército de funcionarios y, por último, dejara que la sociedad burguesa y la opinión pública creasen sus propios órganos, independientes del poder gubernamental. Pero el interés material de la burguesía francesa está entretejido precisamente del modo más íntimo con el mantenimiento de esa ancha y ramificada máquina estatal. En ella coloca su población excedente y completa, bajo la forma de sueldos estatales, lo que no puede embolsar en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. Por otra parte, su interés político la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los medios y el personal del poder estatal, al tiempo que tenía que hacer una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y perseguir, mutilar y paralizar desconfiadamente los órganos autónomos de movimiento de la sociedad, cuando no lograba amputarlos por completo. Así, la burguesía francesa estaba obligada, por su posición de clase, a aniquilar, por un lado, las condiciones de vida de todo poder parlamentario, incluido el suyo propio, y, por otro, a hacer irresistible el poder ejecutivo que le era hostil.

El nuevo ministerio se llamó ministerio d’Hautpoul. No es que el general d’Hautpoul recibiera el rango de presidente del consejo. Al contrario, con Barrot, Bonaparte abolió al mismo tiempo esa dignidad, que ciertamente condenaba al presidente de la república a la nulidad legal de un rey constitucional, pero de un rey constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin espada, sin irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la más alta dignidad del Estado, y, lo que era más fatal, sin lista civil. El ministerio d’Hautpoul sólo poseía un hombre de reputación parlamentaria, el judío Fould, uno de los miembros más notorios de la alta finanza. A él le correspondió el ministerio de Hacienda. Consulten las cotizaciones de la Bolsa de París y se encontrará que, desde el 1 de noviembre de 1849, los fondos franceses suben y bajan con la baja y la subida de las acciones bonapartistas. Mientras Bonaparte encontraba así a su afiliado en la Bolsa, se apoderaba al mismo tiempo de la policía, nombrando a Carlier prefecto de policía de París.

Sin embargo, las consecuencias del cambio ministerial no pudieron revelarse sino en el curso del desarrollo. Por de pronto, Bonaparte sólo había dado un paso adelante para verse empujado hacia atrás de manera tanto más patente. A su brusco mensaje siguió la más servil declaración de sumisión a la Asamblea Nacional. Cada vez que los ministros osaban el tímido intento de presentar sus manías personales como proyectos de ley, ellos mismos parecían cumplir sólo a regañadientes y forzados por su posición aquellos cómicos encargos, de cuyo fracaso estaban convencidos de antemano. Cada vez que Bonaparte, a espaldas de sus ministros, dejaba traslucir sus intenciones y jugaba con sus “idées napoléoniennes”, sus propios ministros lo desautorizaban desde la tribuna de la Asamblea Nacional. Sus ansias de usurpación sólo parecían manifestarse para que no enmudeciera la risa malévola de sus adversarios. Se hacía pasar por un genio incomprendido, al que todo el mundo toma por un simplón. Nunca gozó en mayor medida del desprecio de todas las clases que durante este período. Nunca dominó la burguesía de un modo más absoluto, nunca ostentó más jactanciosamente las insignias del poder.

No he de exponer aquí la historia de su actividad legislativa

La burguesía, que veía resumirse sus intereses durante este período en dos leyes: en la ley que restablecía el impuesto sobre el vino, en la ley de instrucción que suprimía la incredulidad. Si a los franceses se les dificultaba beber vino, se les brindaba con tanta mayor abundancia el agua de la vida verdadera. Cuando la burguesía, en la ley sobre el impuesto del vino, declara intangible el viejo y odioso sistema fiscal francés, con la ley de instrucción trata de asegurar el viejo estado de ánimo de las masas que les permitía soportarlo. Asombra ver cómo los orleanistas, los burgueses liberales, esos viejos apóstoles del volterianismo y de la filosofía ecléctica, confían la administración del espíritu francés a sus enemigos hereditarios, los jesuitas. Pero, aunque orleanistas y legitimistas pudieran discrepar en cuanto al pretendiente a la corona, comprendían que su dominación unida exigía unir los medios de represión de dos épocas, que los medios de represión de la monarquía de Julio debían completarse y reforzarse con los medios de represión de la Restauración.

Los campesinos, defraudados en todas sus esperanzas, más abrumados que nunca, de un lado, por el bajo nivel de los precios de los cereales y, del otro, por la creciente carga tributaria y la deuda hipotecaria, comenzaron a agitarse en los departamentos. Se les respondió con la persecución contra los maestros de escuela, que dependían de los curas, con la persecución contra los alcaldes, que dependían de los prefectos, y con un sistema de espionaje al que todos quedaron sometidos. En París y en las grandes ciudades, la reacción misma ostenta la fisonomía de su época y provoca más de lo que reprime. En el campo, se vuelve chata, vulgar, mezquina, fatigante, vejatoria; en una palabra, gendarme. Se comprende cómo tres años del régimen del gendarme, bendecido por el régimen del cura, tenían que desmoralizar a las masas inmaduras.

Por mucha pasión y declamación que el partido del orden derrochase desde la tribuna de la Asamblea Nacional contra la minoría, su discurso seguía siendo monosilábico como el del cristiano, cuyas palabras han de ser: sí, sí, no, no. Monosilábico desde la tribuna, como en la prensa. Insípido como un enigma cuya solución se conoce de antemano. Ya se tratase del derecho de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o del librecambio, de los clubes o de la constitución municipal, de la protección de la libertad personal o de la reglamentación del presupuesto estatal, la consigna volvía siempre, el tema seguía siendo siempre el mismo, la sentencia estaba siempre lista e invariablemente rezaba: ¡“socialismo”! Hasta el liberalismo burgués era declarado socialista, socialista la ilustración burguesa, socialista la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde ya existía un canal, y era socialista defenderse con un bastón cuando se era atacado con la espada.

No era esto una mera figura retórica, una moda, una táctica de partido. La burguesía había comprendido con acierto que todas las armas que había forjado contra el feudalismo volvían su punta contra ella misma, que todos los medios de cultura que había engendrado se rebelaban contra su propia civilización, que todos los dioses que había creado habían apostatado de ella. Comprendía que todas las llamadas libertades burguesas y todos los órganos del progreso atacaban y amenazaban su dominación de clase tanto en la base social como en la cúspide política, y que por tanto se habían convertido en “socialistas”. En esta amenaza y en este ataque encontraba con razón el secreto del socialismo, cuyo sentido y tendencia juzga con más acierto de lo que el llamado socialismo sabe juzgarse a sí mismo, el cual, por eso, no puede comprender cómo la burguesía se cierra obstinada frente a él, ya gimote sentimentalmente sobre los sufrimientos de la humanidad, ya anuncie cristianamente el reino milenario y el amor fraternal universal, ya desvaríe humanistamente sobre el espíritu, la cultura, la libertad, ya invente doctrinariamente un sistema de mediación y bienestar de todas las clases. Pero lo que la burguesía no comprendía era la consecuencia de que su propio régimen parlamentario, que su dominación política en general, también tenía que caer ahora bajo la condena universal como socialista. Mientras la dominación de la clase burguesa no se hubo organizado plenamente, no hubo encontrado su expresión política pura, tampoco pudo presentarse de manera pura la oposición de las otras clases, y donde se presentó, no pudo tomar el giro peligroso que pone inmediatamente en tela de juicio la propiedad, la religión, la familia, el orden, convierte toda lucha contra el poder del Estado en una lucha contra el capital. Si en cada manifestación vital de la sociedad veía amenazada la “tranquilidad”, ¿cómo podía querer mantener a la cabeza de la sociedad el régimen de la intranquilidad, su propio régimen, el régimen parlamentario, ese régimen que, según la expresión de uno de sus oradores, vive en la lucha y por la lucha? El régimen parlamentario vive de la discusión; ¿cómo va a prohibir la discusión? Todo interés, toda institución social se convierten aquí en ideas generales, se discuten como ideas; ¿cómo va a imponerse algún interés, alguna institución por encima del pensamiento y como artículo de fe? La lucha de los oradores en la tribuna provoca la lucha de los gladiadores de la prensa, el club de debate del parlamento se complementa necesariamente con clubes de debate en los salones y en las tabernas, los representantes, que apelan constantemente a la opinión del pueblo, autorizan a la opinión del pueblo a expresar su opinión real en peticiones. El régimen parlamentario lo abandona todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo no van a querer decidir las grandes mayorías de fuera del parlamento? Si en la cúspide del Estado tocáis el violín, ¿cómo esperar que los de abajo no bailen?

Así, pues, al declarar hereje como “socialista” lo que antes había ensalzado como “liberal”, la burguesía confiesa que su propio interés le ordena sustraerse al peligro del gobierno propio, que, para restablecer la tranquilidad en el país, es necesario ante todo que el parlamento burgués sea llevado a la tranquilidad, que, para conservar intacto su poder social, hay que quebrantar su poder político, que los burgueses privados no pueden seguir explotando a las otras clases y gozando tranquilamente de la propiedad, la familia, la religión y el orden más que a condición de que su clase sea condenada, junto con las otras clases, a la misma nulidad política, que, para salvar su bolsa, es preciso que la corona le sea arrancada y que la espada que ha de protegerla penda al mismo tiempo como espada de Damocles sobre su propia cabeza.

En el terreno de los intereses generales burgueses, la Asamblea Nacional se mostró tan improductiva que, por ejemplo, las negociaciones sobre el ferrocarril de París-Aviñón, comenzadas en el invierno de 1850, aún no estaban maduras para su conclusión el 2 de diciembre de 1851. Allí donde no reprimía, donde no reaccionaba, estaba aquejada de una esterilidad incurable.

Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba en parte la iniciativa de leyes en el espíritu del partido del orden y exageraba, además, en la ejecución y aplicación de las mismas la dureza de éste, buscaba, por otro lado, conquistar popularidad mediante propuestas infantilmente absurdas, poner de manifiesto su contraposición a la Asamblea Nacional y apuntar a una emboscada secreta, que solo las circunstancias le impedían por el momento ofrecer al pueblo francés sus tesoros ocultos. Tal, la propuesta de decretar a los suboficiales una gratificación diaria de cuatro sous. Tal, la propuesta de un banco honorario de préstamos para los obreros. Recibir dinero regalado y dinero prestado: tal era la perspectiva con que esperaba cebar a las masas. Regalar y prestar: a eso se reduce la ciencia financiera del lumpemproletariado, tanto del distinguido como del común. A esto se reducían los resortes que Bonaparte sabía poner en movimiento. Jamás pretendiente alguno ha especulado más chabacanamente con la chabacanería de las masas.

La Asamblea Nacional montó repetidamente en cólera ante esas inconfundibles tentativas de ganar popularidad a costa suya, ante el creciente peligro de que este aventurero, acuciado por las deudas y no retenido por reputación adquirida alguna, se atreviera a dar un golpe desesperado. El desacuerdo entre el partido del orden y el presidente había adquirido un carácter amenazador, cuando un acontecimiento inesperado lo arrojó, arrepentido, de nuevo en sus brazos. Nos referimos a las elecciones complementarias del 10 de marzo de 1850. Estas elecciones tuvieron lugar para cubrir los puestos de representante que habían quedado vacantes a raíz del 13 de junio, por prisión o por exilio. París eligió únicamente candidatos socialdemócratas. Reunió incluso la mayoría de los votos en un insurrecto de junio de 1848, en Deflotte. Así se vengó la pequeña burguesía parisiense, aliada con el proletariado, de su derrota del 13 de junio de 1849. Parecía que en el momento del peligro solo había desaparecido del campo de batalla para volver a ocuparlo, en ocasión favorable, con fuerzas de combate más masivas y con una consigna de lucha más audaz. Una circunstancia parecía aumentar el peligro de esta victoria electoral. El ejército votó en París por el insurrecto de junio contra Lahitte, un ministro de Bonaparte, y en los departamentos, en gran parte, por los montañeses, quienes también aquí, aunque no de manera tan decidida como en París, mantuvieron la preponderancia sobre sus adversarios.

Bonaparte se vio de pronto nuevamente frente a la Revolución resucitada. Como el 29 de enero de 1849, como el 13 de junio de 1849, desapareció el 10 de marzo de 1850 detrás del partido del orden. Se inclinó, pidió pusilánimemente perdón, se ofreció a nombrar, a la orden de la mayoría parlamentaria, cualquier ministerio, e incluso suplicó a los jefes de partido orleanistas y legitimistas, a los Thiers, a los Berryer, a los Broglie, a los Molé, en suma, a los llamados burgraves, que empuñaran en persona el timón del Estado. El partido del orden no supo aprovechar este momento irreparable. En vez de apoderarse osadamente del poder que se le ofrecía, ni siquiera obligaron a Bonaparte a reinstaurar el ministerio destituido el 1 de noviembre; se contentaron con humillarlo mediante el perdón y con agregar al ministerio d’Hautpoul al señor Baroche. El señor Baroche, en su calidad de acusador público, había bramado una vez contra los revolucionarios del 15 de mayo, y otra contra los demócratas del 13 de junio, ante el alto tribunal de Bourges, en ambas ocasiones por atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros de Bonaparte contribuyó más tarde en mayor medida a envilecer la Asamblea Nacional, y después del 2 de diciembre de 1851 lo volvemos a encontrar como vicepresidente bien instalado y magníficamente retribuido del Senado. Había escupido en la sopa de los revolucionarios para que Bonaparte se la comiera.

Por su parte, el partido socialdemócrata parecía andar solo a la caza de pretextos para poner de nuevo en tela de juicio su propia victoria y quitarle la punta. Vidal, uno de los representantes recién elegidos por París, había sido elegido al mismo tiempo en Estrasburgo. Se le indujo a rechazar la elección por París y aceptar la de Estrasburgo. En lugar, pues, de dar a su victoria en el campo electoral un carácter definitivo y de obligar así al partido del orden a impugnarla inmediatamente en el parlamento.

En vez de empujar así al adversario al combate en el momento del entusiasmo popular y de la disposición favorable del ejército, el partido democrático fatigó a París durante los meses de marzo y abril con una nueva agitación electoral, dejó que las pasiones populares excitadas se consumieran en este nuevo juego provisional de votaciones, que la fuerza revolucionaria se saciara con éxitos constitucionales, se disipara en pequeñas intrigas, declamaciones huecas y movimientos aparentes, que la burguesía se concentrara y tomara sus precauciones, y que, por último, el significado de las elecciones de marzo encontrase en las complementarias de abril, en la elección de Eugenio Sue, un comentario sentimentalmente debilitador. En una palabra, envió el 10 de marzo al abril.

La mayoría parlamentaria comprendió la debilidad de su adversario. Sus diecisiete burggraves, pues Bonaparte les había dejado la dirección y la responsabilidad del ataque, elaboraron una nueva ley electoral, cuya presentación fue confiada a Faucher, que había solicitado ese honor. El 8 de mayo presentó la ley, por la cual se abolía el sufragio universal, se imponía a los electores como condición un domicilio de tres años en el lugar de la elección y, finalmente, la prueba de este domicilio para los obreros se hacía depender del certificado de sus patronos.

Así como los demócratas se habían agitado y enfurecido revolucionariamente durante la lucha electoral constitucional, así predicaban ahora, cuando se trataba de probar con las armas en la mano la seriedad de aquellas victorias electorales, el orden, la calma majestuosa (calme majestueux), la actitud legal, es decir, la sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución, que se imponía como ley. Durante el debate, la Montaña avergonzó al partido del orden oponiendo a su apasionamiento revolucionario la actitud impasible del hombre honrado que se mantiene en el terreno del derecho, y fulminándolo con el terrible reproche de proceder revolucionariamente. Incluso los diputados recién elegidos se esforzaban por demostrar con una conducta decente y circunspecta qué error era difamarlos como anarquistas e interpretar su elección como una victoria de la revolución. El 31 de mayo se aprobó la nueva ley electoral. La Montaña se contentó con deslizar al presidente una protesta en el bolsillo. A la ley electoral siguió una nueva ley de prensa, por la cual se eliminaba por completo la prensa periódica revolucionaria. Esta había merecido su suerte. "National" y "la Presse", dos órganos burgueses, quedaban después de este diluvio como los últimos puestos avanzados de la revolución.

Hemos visto cómo los líderes democráticos, durante marzo y abril, lo habían hecho todo para envolver al pueblo de París en un combate simulado, y cómo, después del 8 de mayo, lo hicieron todo para apartarlo del combate real. No debemos olvidar, además, que el año 1850 fue uno de los años más brillantes de prosperidad industrial y comercial, por lo que el proletariado de París estaba plenamente ocupado. Sin embargo, la ley electoral del 31 de mayo de 1850 lo excluyó de toda participación en el poder político. Le cortó incluso el terreno de lucha. Arrojó a los obreros de nuevo a la condición de parias que habían ocupado antes de la revolución de febrero. Al permitir que los demócratas los guiasen frente a semejante acontecimiento y olvidar el interés revolucionario de su clase por un bienestar momentáneo, renunciaron al honor de ser un poder conquistador, se sometieron a su destino, demostraron que la derrota de junio de 1848 los había incapacitado para la lucha durante años y que el proceso histórico debía proseguir de nuevo por encima de sus cabezas. En cuanto a la democracia pequeñoburguesa, que el 13 de junio había gritado: «¡Pero cuando se atente contra el sufragio universal, entonces…!» — se consoló ahora con que el golpe contrarrevolucionario que la había alcanzado no era tal golpe, y que la ley del 31 de mayo no era una ley. El 2 de mayo de 1852, todo francés se presentará en el lugar de la votación, con la papeleta en una mano y la espada en la otra. Con esta profecía se dio por satisfecha. Finalmente, el ejército fue castigado por sus superiores tanto por las elecciones del 29 de mayo de 1849 como por las de marzo y abril de 1850. Pero esta vez se dijo con determinación: «La revolución no nos engaña por tercera vez.»

La ley del 31 de mayo de 1850 fue el coup d'état de la burguesía. Todas sus conquistas anteriores sobre la revolución tenían un carácter meramente provisional. Quedaban en tela de juicio tan pronto como la actual Asamblea Nacional abandonaba la escena. Dependían del azar de unas nuevas elecciones generales, y la historia de las elecciones desde 1848 demostraba irrefutablemente que, en la misma medida en que se desarrollaba la dominación efectiva de la burguesía, se perdía su dominio moral sobre las masas populares. El sufragio universal se declaró el 10 de marzo directamente contra la dominación de la burguesía; la burguesía respondió con la proscripción del sufragio universal. La ley del 31 de mayo era, pues, una de las necesidades de la lucha de clases. Por otra parte, la Constitución exigía, para que la elección del presidente de la República fuese válida, un mínimo de dos millones de votos. Si ninguno de los candidatos a la presidencia obtenía ese mínimo, la Asamblea Nacional debía elegir al presidente entre los cinco candidatos que hubieran reunido mayor número de votos. En la época en que la Constituyente hizo esta ley, había diez millones de electores inscritos en las listas electorales. Según su espíritu, bastaba, pues, un quinto de los electores para hacer válida la elección presidencial. La ley del 31 de mayo tachó por lo menos tres millones de votos de las listas electorales, redujo el número de los electores a siete millones y, sin embargo, mantuvo el mínimo legal de dos millones para la elección presidencial. Elevó, por tanto, el mínimo legal de un quinto a casi un tercio de los votos posibles, es decir, hizo todo lo posible para deslizar la elección del presidente de las manos del pueblo a las manos de la Asamblea Nacional. Así parecía que el partido del orden había consolidado doblemente su dominación mediante la ley electoral del 31 de mayo, al entregar la elección de la Asamblea Nacional y del presidente de la República a la parte estacionaria de la sociedad.

V.

La lucha estalló de nuevo inmediatamente entre la Asamblea Nacional y Bonaparte, tan pronto como hubo pasado la crisis revolucionaria y fue abolido el sufragio universal.

La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte en 600.000 francos. Apenas medio año después de su instalación, logró aumentar esta suma al doble. Odilon Barrot había arrancado, en efecto, a la Asamblea Nacional Constituyente una asignación anual de 600.000 francos para los llamados gastos de representación. Después del 13 de junio, Bonaparte había dejado traslucir peticiones análogas, sin encontrar esta vez oídos en Barrot. Ahora, después del 31 de mayo, aprovechó inmediatamente el momento favorable e hizo que sus ministros solicitasen de la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones. Una larga vida de vagabundo aventurero le había dotado de los más desarrollados tentáculos para tantear los momentos débiles en que podía arrancar dinero a sus burgueses. Practicaba un verdadero chantaje. La Asamblea Nacional había profanado la soberanía popular con su ayuda y su conocimiento. Él amenazaba con denunciar su crimen al tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba su silencio con tres millones anuales. Había despojado a tres millones de franceses de su derecho de voto. Él exigía por cada francés puesto fuera de curso un franco en curso, exactamente tres millones de francos. Él, el elegido de seis millones, reclamaba una indemnización por los votos de que se le había despojado con posterioridad. La comisión de la Asamblea Nacional rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazaba. ¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente de la República en un momento en que había roto de manera principista y definitiva con la masa de la nación? Rechazó, ciertamente, la lista civil anual, pero concedió una subvención única de 2.160.000 francos. Se hizo así culpable de la doble debilidad de conceder el dinero y de mostrar al mismo tiempo, con su enfado, que lo concedía a regañadientes. Más adelante veremos para qué necesitaba Bonaparte el dinero. Después de este enojoso epílogo, que siguió de cerca a la abolición del sufragio universal, y en el cual Bonaparte trocó su actitud humilde durante la crisis de marzo y abril por una insolencia provocadora frente al parlamento usurpador, la Asamblea Nacional se aplazó por tres meses, del 11 de agosto al 11 de noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente de 18 miembros, que no contenía ningún bonapartista, pero sí algunos republicanos moderados. La comisión permanente de 1849 había contado solamente con hombres del orden y bonapartistas. Pero entonces el partido del orden se declaraba en permanencia contra la revolución. Esta vez, la república parlamentaria se declaró en permanencia contra el presidente. Después de la ley del 31 de mayo, al partido del orden sólo le quedaba ya este rival enfrente.

Cuando la Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre de 1850, en lugar de las anteriores escaramuzas mezquinas con el presidente, parecía haberse vuelto inevitable una gran lucha sin miramientos, una lucha a muerte entre los dos poderes.

Como en 1849, el partido del orden se había disgregado durante las vacaciones parlamentarias de ese año en sus diferentes fracciones, ocupada cada una en sus propias intrigas de restauración, que habían recibido nuevo alimento con la muerte de Luis Felipe. El rey legitimista Enrique V había incluso nombrado un ministerio formal, que residía en París y contaba entre sus miembros con algunos de la comisión permanente. Bonaparte, por su parte, se hallaba, pues, autorizado a hacer giras por los departamentos franceses y, según el estado de ánimo de la ciudad que favorecía con su presencia, a desembuchar de manera más o menos velada sus propios planes de restauración y a reclutar votos para sí. En esos viajes, que naturalmente el gran Moniteur oficial y los pequeños moniteurs privados de Bonaparte tenían que celebrar como marchas triunfales, lo acompañaba constantemente una escolta de afiliados de la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad databa del año 1849. Con el pretexto de fundar una sociedad de beneficencia, se había organizado al lumpemproletariado parisino en secciones secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas y a la cabeza de todo un general bonapartista. Junto a roués arruinados de la aristocracia, de medios de subsistencia equívocos y de origen equívoco, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, soldados licenciados, presidiarios excarcelados, esclavos fugados de galeras, truhanes, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas.

Prestidigitadores, jugadores, rufianes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, jornaleros, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en suma, toda esa masa informe, disuelta, zarandeada de acá para allá, que los franceses llaman la *bohème*; con este elemento afín a él formó Bonaparte la médula de la Sociedad del 10 de Diciembre. «Sociedad benéfica», en la medida en que todos sus miembros, como Bonaparte, sentían la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este Bonaparte, que se constituye en jefe del lumpemproletariado, que aquí, y sólo aquí, reencuentra en forma masiva los intereses que él persigue personalmente, que en esta escoria, desecho y hez de todas las clases reconoce a la única clase en la que puede apoyarse incondicionalmente, éste es el verdadero Bonaparte, el Bonaparte *sans phrase*, inconfundible incluso cuando más tarde, ya omnipotente, salda cuentas con una parte de sus viejos conspiradores, frente a los revolucionarios, transportándolos a Cayena. Viejo y astuto calavera, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de Estado y de gobierno de los mismos como una comedia en el sentido más ordinario, como una mascarada en la que los grandes trajes, palabras y posturas sólo sirven de máscara a las más mezquinas raterías. Así en su expedición a Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado representaba al águila napoleónica. Para su desembarco en Boulogne embutió a algunos lacayos londinenses en uniformes franceses. Ellos representaban al ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre congrega a 10 000 canallas que deben representar al pueblo, como Klaus Zettel al león. En un momento en que la burguesía misma representaba la más completa comedia, pero del modo más serio del mundo, sin violar ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y ella misma a medias engañada, a medias convencida de la solemnidad de sus propios grandes actos de Estado y de gobierno, tenía que triunfar el aventurero que tomaba la comedia llana y simplemente como comedia. Sólo cuando haya eliminado a su solemne adversario, cuando él mismo tome ahora en serio su papel imperial y crea representar al verdadero Napoleón con la máscara napoleónica, será víctima de su propia concepción del mundo, el *Hanswurst* serio, que ya no toma la historia universal como su comedia, sino su comedia como historia universal. Lo que los talleres nacionales fueron para los obreros socialistas, lo que las guardias móviles fueron para los republicanos burgueses, fue para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre, su fuerza de combate partidaria peculiar. En sus viajes, las secciones de ésta, empaquetadas en el ferrocarril, tenían que improvisarle un público, representar el entusiasmo popular, vociferar *vive l'Empereur*, insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París, tenían que formar la vanguardia, anticiparse a las contrademonstraciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía, era su obra, su pensamiento más propio. Todo lo demás que se apropia se lo depara el poder de las circunstancias; todo lo demás que hace, lo hacen las circunstancias por él o se contenta con copiar los hechos de otros; pero él, ante los burgueses en público con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y a sus espaldas con la sociedad secreta de los Schufteries y los Spiegelbergs, la sociedad del desorden, la prostitución y el robo, eso es Bonaparte mismo como autor original | y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Ocurrió entonces que, excepcionalmente, algunos representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden cayeron bajo los garrotes de los decembristas. Aún más. El comisario de policía Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado de velar por su seguridad, había denunciado a la Comisión permanente, a partir de la declaración de un tal Alais, que una sección de los decembristas había decidido el asesinato del general Changarnier y de Dupin, presidente de la Asamblea Nacional, y ya había designado a los individuos para ejecutarlo. Se comprende la cólera del señor Dupin. Una encuesta parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista, parecía inevitable. Precisamente antes de la reunión de la Asamblea Nacional, Bonaparte disolvió previsoramente su sociedad, desde luego sólo sobre el papel, pues aún a fines de 1851 el prefecto de policía Carlier trató en vano, en un detallado memorando, de moverlo a la disolución real de los decembristas.

La Sociedad del 10 de Diciembre debía seguir siendo el ejército privado de Bonaparte hasta que éste lograra transformar el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo el primer intento a este respecto poco después de la suspensión de la Asamblea Nacional, y precisamente con el dinero que acababa de arrancarle. Como fatalista, vivía en la convicción de que hay ciertos poderes superiores a los que el hombre, y en particular el soldado, no puede resistir. Entre estos poderes cuenta, en primera línea, el cigarro y el champán, las aves frías y la salchicha de ajo. Así, obsequia primero en los salones del Elíseo a oficiales y suboficiales con cigarro y champán, con aves frías y salchicha de ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con las masas de tropas en la revista de St. Maur, y el 10 de octubre la misma maniobra a escala aún mayor en la revista militar de Satory. El tío se acordaba de las campañas de Alejandro en Asia; el sobrino, de las campañas de conquista de Baco en el mismo país. Alejandro era ciertamente un semidiós, pero Baco era un dios y, además, el dios protector de la Sociedad del 10 de Diciembre.

Karl Marx

Después de la revista del 3 de octubre, la Comisión permanente convocó ante sí al ministro de la Guerra, d'Hautpoul. Éste prometió que aquellas infracciones disciplinarias no volverían a repetirse. Ya se sabe cómo Bonaparte cumplió la palabra de d'Hautpoul el 10 de octubre. En ambas revistas había comandado Changarnier como jefe supremo del ejército de París. Él, a la vez miembro de la Comisión permanente, jefe de la guardia nacional, «salvador» del 29 de enero y del 13 de junio, «baluarte de la sociedad», candidato del partido del orden a la dignidad presidencial, el presentido Monk de dos monarquías, nunca había reconocido hasta entonces su subordinación al ministro de la Guerra, había escarnecido siempre abiertamente la constitución republicana, perseguido a Bonaparte con una protección ambigua y altanera. Ahora se enardecía por la disciplina frente al ministro de la Guerra y por la constitución frente a Bonaparte. Mientras el 10 de octubre una parte de la caballería hacía resonar el grito de «¡vive Napoléon! ¡vivent les saucissons!», Changarnier dispuso que al menos la infantería, que desfilaba bajo el mando de su amigo Neumeyer, guardase un gélido silencio. Como castigo, y a instigación de Bonaparte, el ministro de la Guerra destituyó al general Neumeyer de su puesto en París, con el pretexto de nombrarlo general en jefe de las divisiones militares 14ª y 15ª. Neumeyer rechazó este cambio de destino y tuvo así que presentar su dimisión. Changarnier, por su parte, publicó el 2 de noviembre una orden del día en la que prohibía a las tropas, bajo las armas, permitirse gritos y manifestaciones políticas de cualquier tipo. Las hojas eliseas atacaron a Changarnier, los periódicos del partido del orden a Bonaparte, la Comisión permanente reiteró sesiones secretas en las que repetidamente se propuso declarar la patria en peligro; el ejército parecía dividido en dos campos enemigos, con dos estados mayores hostiles: el uno en el Elíseo, donde se alojaba Bonaparte; el otro en las Tullerías, | donde moraba Changarnier. Parecía bastar con que la Asamblea Nacional se reuniese para que resonase la señal de combate. El público francés juzgaba estas fricciones entre Bonaparte y Changarnier como aquel periodista inglés que las caracterizó con las siguientes palabras: «Las criadas políticas de Francia barren la ardiente lava de la revolución con viejas escobas y riñen entre sí mientras cumplen su faena».

Mientras tanto, Bonaparte se apresuró a destituir al ministro de la Guerra d'Hautpoul, a expedirlo a toda prisa a Argel y a nombrar en su lugar al general Schramm como ministro de la Guerra. El 12 de noviembre envió a la Asamblea Nacional un mensaje de americanista prolijidad, sobrecargado de detalles, con olor a orden, sediento de conciliación, constitucionalmente resignado, que trataba de todo y de todos, menos de las *questions brûlantes* del momento. Como al pasar, dejó caer las palabras de que, según las disposiciones expresas de la constitución, el presidente disponía por sí solo del ejército. El mensaje concluía con las siguientes palabras de alta ponderación:

«Francia exige ante todo tranquilidad. ... Atado tan sólo por un juramento, me mantendré dentro de los estrechos límites que él me ha trazado. ... En lo que a mí respecta, elegido por el pueblo, y no debiendo mi poder más que a él, me plegaré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si en esta sesión decidís la revisión de la constitución, una asamblea constituyente regulará la posición del poder ejecutivo. De no ser así, el pueblo proclamará solemnemente su decisión en 1852. Mas, sean cuales fueren las soluciones del porvenir, lleguemos a un entendimiento para que jamás la pasión, la sorpresa o la violencia decidan sobre el destino de una gran nación... Lo que ante todo reclama mi atención no es saber quién regirá Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo que el período de transición transcurra sin agitación y sin perturbaciones. Os he abierto mi corazón con sinceridad; responderéis a mi franqueza con vuestra confianza, a mis buenos afanes con vuestra cooperación, y Dios hará el resto.»

El lenguaje honrado, hipócritamente moderado, virtuosamente trivial de la burguesía revela su más profundo sentido en boca del autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe del picnic de St. Maur y Satory.

Los burgraves del partido del orden no se engañaron ni un instante sobre la confianza que merecía esta efusión cordial. Sobre juramentos estaban hastiados hacía mucho tiempo; contaban en su seno con veteranos, virtuosos del perjurio político; no habían dejado de oír el pasaje sobre el ejército. Advirtieron con indignación que el mensaje, en la prolija enumeración de las leyes recientemente promulgadas, pasaba por alto con afectado silencio la ley más importante, la ley electoral, y que, por el contrario, en caso de no revisarse la constitución, dejaba en manos del pueblo la elección del presidente para 1852. ¡La ley electoral era la bala de plomo atada a los pies del partido del orden, que le impedía caminar y, ahora, más aún, asaltar! Además, Bonaparte había sacrificado de su propia mano los chivos expiatorios en el altar de la patria, mediante la disolución oficial de la Sociedad del 10 de Diciembre y la destitución del ministro de la Guerra d'Hautpoul. Había quitado la punta a la esperada colisión. Finalmente, el propio partido del orden buscaba angustiosamente eludir, atenuar y disimular todo conflicto decisivo con el poder ejecutivo. Por miedo a perder las conquistas hechas a la revolución, dejaba que su rival cosechara los frutos de las mismas.

ganar. «Francia exige ante todo tranquilidad». Así gritaba a la Revolución el Partido del Orden desde febrero, así gritaba al Partido del Orden el mensaje de Bonaparte. «Francia exige ante todo tranquilidad». Bonaparte cometía actos tendentes a la usurpación, pero el Partido del Orden cometía la «intranquilidad» cuando armaba escándalo por esos actos y los interpretaba con hipocondría. Las salchichas de Satory estaban calladas como ratones cuando nadie hablaba de ellas. «Francia exige ante todo tranquilidad». Así pues, Bonaparte exigía que se le dejase obrar en paz, y el partido parlamentario se hallaba paralizado por un doble temor: el temor de volver a provocar la intranquilidad revolucionaria y el temor de aparecer él mismo como perturbador de la tranquilidad ante los ojos de su propia clase, ante los ojos de la burguesía. Por consiguiente, como Francia exigía ante todo tranquilidad, el Partido del Orden no se atrevía a responder «guerra» después de que Bonaparte, en su mensaje, hubiese hablado de «paz». El público, que se había hecho ilusiones con grandes escenas de escándalo a la apertura de la Asamblea Nacional, vio defraudadas sus expectativas. Los diputados de la oposición, que reclamaban la presentación de las actas de la comisión permanente sobre los sucesos de octubre, fueron derrotados por la mayoría. Por principio, se huía de todos los debates que pudieran excitar los ánimos. Los trabajos de la Asamblea Nacional durante noviembre y diciembre carecieron de interés.

Finalmente, hacia fines de diciembre comenzó la guerra de guerrillas en torno a prerrogativas aisladas del parlamento. El movimiento fue a empantanarse en mezquinas triquiñuelas sobre las prerrogativas de los dos poderes, desde que la burguesía, con la abolición del sufragio universal, había dejado momentáneamente zanjada la lucha de clases.

Contra Mauguin, uno de los representantes del pueblo, se había obtenido sentencia judicial por deudas. A requerimiento del presidente del tribunal, el ministro de Justicia Rouher declaró que procedía sin más expedir orden de arresto contra el deudor. Mauguin fue, pues, arrojado a la prisión por deudas. La Asamblea Nacional se alborotó al enterarse del atentado. No sólo decretó su inmediata liberación, sino que aquella misma noche lo hizo sacar por la fuerza de Clichy por su propio escribano. Sin embargo, para acreditar su fe en la santidad de la propiedad privada, y con la segunda intención de abrir, en caso necesario, un asilo para montagnards convertidos en incómodos, declaró admisible la prisión por deudas de los representantes del pueblo previa obtención de su autorización. Olvidó decretar que también el presidente pudiera ser encerrado por deudas. Aniquiló el último resto de inviolabilidad que rodeaba a los miembros de su propio cuerpo.

Se recordará que el comisario de policía Yon había denunciado a una sección de los decembristas, basándose en la declaración de un tal Alais, por un plan de asesinato contra Dupin y Changarnier. En la primera sesión misma, los cuestores propusieron a este respecto la formación de una policía parlamentaria propia, pagada con cargo al presupuesto privado de la Asamblea Nacional y por completo independiente del prefecto de policía. El ministro del Interior, Baroche, había protestado contra esa intromisión en su departamento. Se concluyó entonces un mísero compromiso en virtud del cual el comisario de policía de la Asamblea sería ciertamente pagado con cargo a su presupuesto privado y nombrado y destituido por sus cuestores, pero previo acuerdo con el ministro del Interior. Entre tanto, Alais había sido perseguido judicialmente por el gobierno, y allí fue fácil presentar su declaración como una mixtificación y arrojar, por boca del acusador público, una luz ridícula sobre Dupin, Changarnier, Yon y toda la Asamblea Nacional. Ahora, el 29 de diciembre, el ministro Baroche escribe una carta a Dupin, en la que exige la destitución de Yon. La mesa de la Asamblea Nacional acuerda mantener a Yon en su puesto, pero la Asamblea Nacional, aterrada por su propia violencia en el asunto Mauguin, y habituada, cuando se ha atrevido a asestar un golpe al poder ejecutivo, a recibir de él dos a cambio, no sanciona esa decisión. Destituye a Yon como recompensa por su celo en el servicio y se despoja de una prerrogativa parlamentaria indispensable frente a un hombre que no resuelve de noche para ejecutar de día, sino que resuelve de día y ejecuta de noche.

Hemos visto cómo la Asamblea Nacional, durante los meses de noviembre y diciembre, en las grandes ocasiones decisivas, esquivó, enterró la lucha con el poder ejecutivo. Ahora la vemos obligada a entablarla en las ocasiones más mezquinas. En el asunto Mauguin sanciona en principio la prisión por deudas de los representantes del pueblo, pero se reserva el derecho de aplicarla sólo a los representantes que le son antipáticos, y por ese privilegio infame se querella con el ministro de Justicia. En vez de aprovechar el supuesto plan de asesinato para decretar una investigación sobre la Sociedad del 10 de Diciembre y poner a Bonaparte irremisiblemente al desnudo, en su verdadera figura de jefe del lumpemproletariado parisino, ante Francia y Europa, deja que la colisión descienda hasta un punto en que entre ella y el ministro del Interior se trata sólo de a quién compete la competencia de nombrar y destituir a un comisario de policía. Así vemos al Partido del Orden, durante todo este período, forzado por su posición equívoca a disipar, a pulverizar su lucha con el poder ejecutivo en mezquinas disputas de competencia, triquiñuelas, rabulisterías, litigios fronterizos con los ministros, y a convertir las cuestiones de forma más insípidas en el contenido de su actividad. No se atreve a entablar la colisión en el momento mismo en que tiene un significado de principio, en que el poder ejecutivo se ha puesto realmente al desnudo y la causa de la Asamblea Nacional sería la causa nacional. Con ello dictaría a la nación una orden de marcha, y nada teme tanto como que la nación se mueva. En tales ocasiones, rechaza por tanto las mociones de la Montaña y pasa al orden del día. Una vez que la cuestión en litigio ha sido abandonada en sus grandes dimensiones, el poder ejecutivo aguarda tranquilamente el momento en que puede volver a plantearla en ocasiones mezquinas e insignificantes, en que ya no ofrece, por así decirlo, más que un interés local parlamentario. Entonces estalla la rabia contenida del Partido del Orden, entonces arranca el velo de entre bambalinas, entonces denuncia al presidente, entonces declara la república en peligro, pero entonces su patetismo resulta también insípido y el motivo de la lucha como un pretexto hipócrita o, sencillamente, como algo que no merece la lucha. La tormenta parlamentaria se convierte en una tormenta en un vaso de agua, la lucha en intriga, la colisión en escándalo. Mientras el regocijo malicioso de las clases revolucionarias se deleita con la humillación de la Asamblea Nacional, pues aquéllas se entusiasman tanto por sus prerrogativas parlamentarias como esa Asamblea por las libertades públicas, la burguesía de fuera del parlamento no comprende cómo la burguesía de dentro del parlamento pierde el tiempo con tan mezquinas querellas y puede poner en peligro la tranquilidad con tan miserables rivalidades con el presidente. Se desconcierta, se espanta ante una estrategia que hace la paz en el momento en que todo el mundo espera batallas, y que ataca en el instante en que todo el mundo da por hecha la paz.

El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro del Interior sobre la lotería de los lingotes de oro. Esta lotería era un «hija del Elíseo»; Bonaparte la había traído al mundo con sus fieles y el prefecto de policía Carlier la había tomado bajo su protección oficial, aun cuando la ley francesa prohíbe todas las loterías con excepción de los sorteos con fines benéficos. Siete millones de billetes, un franco la pieza, y la ganancia supuestamente destinada al embarque de vagabundos parisinos hacia California. Por un lado, sueños dorados debían desplazar los sueños socialistas del proletariado parisino; la perspectiva seductora del premio gordo, el derecho doctrinario al trabajo. Los obreros de París, naturalmente, no volvieron a reconocer, en el brillo de los lingotes de oro californianos, los modestos francos que se les sonsacaban del bolsillo. Pero, en lo principal, se trataba de una estafa directa. Los vagabundos que querían abrir minas de oro en California sin moverse de París eran el propio Bonaparte y su mesa redonda abrumada de deudas. Los tres millones concedidos por la Asamblea Nacional se habían derrochado en juergas; había que llenar la caja de una u otra manera. En vano había abierto Bonaparte una suscripción nacional para la creación de las llamadas cités ouvrières, a cuya cabeza se situó él mismo con una suma considerable. Los empedernidos burgueses aguardaban, desconfiados, el pago de su acción, y como éste, naturalmente, no se produjo, la especulación de los castillos socialistas en el aire cayó por tierra. Los lingotes de oro tiraban mejor. Bonaparte y camaradas no se contentaron con embolsarse en parte el excedente de los siete millones sobre los lingotes a sortear, sino que falsificaron billetes y emitieron para el mismo número diez, quince y hasta veinte billetes: operación financiera en el espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre. Aquí no se enfrentaba la Asamblea Nacional al presidente ficticio de la república, sino a Bonaparte en carne y hueso. Aquí podía atraparlo in fraganti en conflicto no con la Constitución, sino con el Código Penal. Si al interpelar Duprat pasó al orden del día, no fue sólo porque la moción de Girardin de declararse «satisfecho» le trajese al Partido del Orden a la memoria su corrupción sistemática. El burgués, y ante todo el burgués inflado a estadista, completa su vileza práctica con una exaltación teórica. Como estadista, él, así como el poder del Estado que le hace frente, se convierten en un ser superior al que sólo se puede combatir de un modo superior, consagrado.

Bonaparte, que en su calidad de bohemio, de principesco lumpemproletario, tenía frente al pícaro burgués la ventaja de que podía llevar la lucha de manera vil, comprendió, una vez que la Asamblea misma lo había conducido de su propia mano a través del resbaladizo terreno de los banquetes militares, de las revistas, de la Sociedad del 10 de Diciembre y, finalmente, del Código Penal, que había llegado el momento de pasar de la aparente defensiva a la ofensiva. Poco lo incomodaban las pequeñas derrotas que se entretejían por medio, infligidas al ministro de Justicia, al de la Guerra, al de la Marina, al de Finanzas, con las que la Asamblea Nacional manifestaba su gruñón descontento. No sólo impidió que los ministros dimitiesen, reconociendo así la sumisión del poder ejecutivo al parlamento. Ahora podía ya consumar lo que había iniciado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional: el desgajamiento del poder militar respecto al parlamento, la destitución de Changarnier.

Un periódico eliseico publicó una orden del día supuestamente dirigida, durante el mes de mayo, a la primera división militar y emanada, por tanto, de Changarnier, en la que se recomendaba a los oficiales, en caso de

de indignación de no dar cuartel a los traidores en sus propias filas, de fusilarlos en el acto y de negar tropas a la Asamblea Nacional si llegara a requisarlas. El 3 de enero de 1851 fue interpelado el gabinete acerca de esta orden del día. Primero pide tres meses, luego una semana y, por último, solo veinticuatro horas de plazo para examinar el asunto. La Asamblea insiste en una aclaración inmediata. Changarnier se levanta y declara que esa orden del día no ha existido nunca. Añade que se apresurará siempre a satisfacer los requerimientos de la Asamblea Nacional y que, en un caso de conflicto, puede contar con él. La Asamblea recibe su declaración con indescriptibles aplausos y le otorga un voto de confianza. Abdica, decreta su propia impotencia y la omnipotencia del ejército al someterse a la protección privada de un general; pero el general se engaña al poner a disposición de ella, contra Bonaparte, un poder que solo posee como feudo del propio Bonaparte, al esperar, por su parte, protección de este parlamento, de sus necesitados protegidos. Pero Changarnier cree en el poder misterioso con que la burguesía lo ha revestido desde el 29 de enero de 1849. Se considera la tercera potencia junto a los otros dos poderes estatales. Comparte el destino de los demás héroes, o más bien santos, de esta época, cuya grandeza consiste precisamente en la interesada y alta opinión que su partido forja de ellos y que se desinflan en figuras cotidianas en cuanto las circunstancias los invitan a realizar milagros. La incredulidad es, en general, el enemigo mortal de estos presuntos héroes y efectivos santos. De ahí su digna y moral indignación contra los chistosos y burlones, pobres de entusiasmo.

Aquella misma noche fueron citados los ministros al Elíseo; Bonaparte insiste en la destitución de Changarnier, cinco ministros se niegan a firmarla, el Moniteur anuncia una crisis ministerial y la prensa del orden amenaza con la formación de un ejército parlamentario bajo el mando de Changarnier. El Partido del Orden tenía la facultad constitucional para dar este paso. No tenía más que nombrar a Changarnier presidente de la Asamblea Nacional y requisar cualquier masa de tropas para su seguridad. Podía hacerlo tanto más seguro cuanto que Changarnier seguía realmente al frente del ejército y de la Guardia Nacional de París, y no aguardaba sino que lo requirieran junto con el ejército. La prensa bonapartista ni siquiera se atrevía todavía a poner en tela de juicio el derecho de la Asamblea Nacional a la requisición directa de las tropas, un escrúpulo jurídico que, en las circunstancias dadas, no prometía éxito alguno. Que el ejército hubiera obedecido a la orden de la Asamblea Nacional es probable, si se considera que Bonaparte hubo de buscar por todo París durante ocho días para encontrar, por fin, a dos generales —Baraguay d’Hilliers y St. Jean d’Angely— que se declararan dispuestos a refrendar la destitución de Changarnier. Que el Partido del Orden hubiera encontrado en sus propias filas y en el parlamento el número de votos necesario para semejante resolución es más que dudoso, si se piensa que ocho días más tarde 286 votos se le separaron y que la Montaña rechazó una propuesta análoga aún en diciembre de 1851, en la última hora de la decisión. Entretanto, quizás los burgraves aún habrían logrado arrastrar a la masa de su partido a un heroísmo que consistía en sentirse seguros tras un bosque de bayonetas y en aceptar el servicio de un ejército que había desertado a su campo. En lugar de esto, los señores burgraves se dirigieron en la noche del 6 de enero al Elíseo para, con hábiles virajes y escrúpulos de estadista, hacer desistir a Bonaparte de la destitución de Changarnier. A quien se intenta persuadir se le reconoce como el amo de la situación. Bonaparte, envalentonado por este paso, nombra el 12 de enero un nuevo ministerio en el que permanecen los jefes del antiguo, Fould y Baroche. St. Jean d’Angely es nombrado ministro de la Guerra; el Moniteur publica el decreto de destitución de Changarnier; su mando se reparte entre Baraguay d’Hilliers, que recibe la primera división militar, y Perrot, que recibe la Guardia Nacional. El baluarte de la sociedad queda destituido, y aunque no cae por eso piedra alguna del tejado, suben, en cambio, los cursos de la bolsa. Rechazando al ejército que se pone a su disposición en la persona de Changarnier y entregándoselo así irrevocablemente al presidente, el Partido del Orden declara que la burguesía ha perdido la vocación de gobernar. Ya no existía un ministerio parlamentario. Al perder ahora también el asidero del ejército y de la Guardia Nacional, ¿qué medio de violencia le quedaba para mantener a la vez el usurpado poder del parlamento sobre el pueblo y su poder constitucional frente al presidente? Ninguno. Sólo le quedaba apelar a principios impotentes, que ella misma no había considerado nunca sino como reglas generales que se prescriben a terceros para moverse uno mismo con tanta mayor libertad. Con la destitución de Changarnier, con la entrega del poder militar a Bonaparte, termina el primer tramo del período que examinamos, el período de la lucha entre el Partido del Orden y el poder ejecutivo. La guerra entre los dos poderes queda ahora declarada abiertamente, se libra abiertamente, pero solo después de que el Partido del Orden ha perdido armas y soldados. Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin opinión pública, sin ser, desde su ley electoral del 31 de mayo, la representante de la nación soberana, sin ojos, sin oídos, sin dientes, sin nada, la Asamblea Nacional se había ido transformando poco a poco en un antiguo parlamento francés que deja la acción al gobierno y ha de contentarse con gruñonas admoniciones post festum.

El Partido del Orden recibe al nuevo ministerio con una tempestad de indignación. El general Bedeau recuerda la indulgencia de la Comisión Permanente durante las vacaciones y la excesiva discreción con que renunció a publicar sus protocolos. El ministro del Interior insiste ahora él mismo en la publicación de esos protocolos, que, naturalmente, se han vuelto insípidos como agua estancada, no revelan hecho nuevo alguno y caen sin el menor efecto sobre el blasé público. A propuesta de Rémusat, la Asamblea Nacional se retira a sus oficinas y nombra un «comité de medidas extraordinarias». París no se sale un ápice de su orden cotidiano, tanto menos cuanto que el comercio, en este momento, prospera, las manufacturas tienen trabajo, los precios de los cereales están bajos, los víveres abundan, las cajas de ahorro reciben diariamente nuevos depósitos. Las «medidas extraordinarias» que el parlamento había anunciado con tanto ruido se desinflan el 18 de enero en un voto de desconfianza contra los ministros, sin que se mencione siquiera al general Changarnier. El Partido del Orden se veía obligado a redactar su voto de este modo para asegurarse los votos de los republicanos, pues estos solo aprueban, de todas las medidas del ministerio, precisamente la destitución de Changarnier, mientras que el Partido del Orden en realidad no puede desaprobar los demás actos ministeriales que ella misma había dictado.

El voto de desconfianza del 18 de enero fue aprobado por 415 votos contra 286. Se impuso, pues, solo gracias a una coalición de los legitimistas y orleanistas decididos con los republicanos puros y la Montaña. Demostró, pues, que el Partido del Orden había perdido no solo el ministerio, no solo el ejército, sino también, en los conflictos con Bonaparte, su mayoría parlamentaria independiente; que un tropel de representantes de su campo había desertado, por fanatismo de mediación, por miedo a la lucha, por agotamiento, por consideraciones de familia hacia parientes que cobran del Estado, por especular con puestos ministeriales que quedaran libres (Odilon Barrot), por el burdo egoísmo con que el burgués común está siempre dispuesto a sacrificar el interés general de su clase a tal o cual motivo privado. Los representantes bonapartistas habían pertenecido desde un principio al Partido del Orden solo en la lucha contra la revolución. El jefe del partido católico, Montalembert, ya entonces había echado su influencia en la balanza de Bonaparte, pues desesperaba de la viabilidad del partido parlamentario. Los jefes de este partido, por último, Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista, se veían obligados a proclamarse abiertamente republicanos, a confesar que su corazón era monárquico pero su cabeza republicana, que la república parlamentaria era la única forma posible para la dominación de la burguesía en su conjunto. Se veían así obligados a estigmatizar, ante los ojos de la propia clase burguesa, los planes de restauración que infatigablemente seguían persiguiendo a espaldas del parlamento, como una intriga tan peligrosa como descabellada.

El voto de desconfianza del 18 de enero alcanzó a los ministros y no al presidente. Pero el presidente había destituido a Changarnier, y no los ministros. ¿Debía el Partido del Orden someter a Bonaparte mismo a acusación? ¿Por sus ansias de restauración? No hacía sino complementar las suyas propias. ¿Por su conspiración en las revistas militares y en la Sociedad del 10 de Diciembre? Hacía mucho que había enterrado esos temas bajo simples órdenes del día. ¿Por la destitución del héroe del 29 de enero y del 13 de junio, del hombre que, en mayo de 1850, en caso de un tumulto, amenazó con incendiar París por los cuatro costados? Sus aliados de la Montaña y Cavaignac ni siquiera le permitían levantar el caído baluarte de la sociedad mediante una manifestación oficial de pésame. Ella misma no podía negar al presidente la facultad constitucional de destituir a un general. Rabiaba solo porque él hacía de su derecho constitucional un uso antiparlamentario. ¿Acaso no había hecho ella un uso continuamente inconstitucional de sus prerrogativas parlamentarias, en particular al abolir el sufragio universal? Se veía, pues, forzada a moverse exactamente dentro de los límites parlamentarios. Y era necesaria esa peculiar enfermedad que desde 1848 se había extendido por todo el continente, el cretinismo parlamentario, que enclaustra a los contagiados en un mundo imaginario y les roba todo sentido, todo recuerdo, toda comprensión de la ruda realidad exterior; era necesario este cretinismo parlamentario para que quienes, con sus propias manos, habían destruido todas las condiciones del poder parlamentario y habían tenido que destruirlas en su lucha con las otras clases, tuvieran aún sus victorias parlamentarias por victorias y creyeran alcanzar al presidente golpeando a sus ministros. No hicieron sino darle ocasión de humillar de nuevo a la Asamblea Nacional a los ojos de la nación. El 20 de enero anunció el Moniteur que se había aceptado la dimisión de todo el ministerio. Con el pretexto de que ningún partido parlamentario poseía ya la mayoría, como lo demostraba el voto del 18 de enero, ese fruto de la coalición entre Montaña y realistas, y de que había que esperar a que se formara una nueva mayoría, Bonaparte nombró un ministerio llamado de transición, del que ningún miembro pertenecía al parlamento, todos ellos individuos completamente desconocidos e insignificantes, un ministerio de meros

Comisarios y escribientes. El partido del orden podía ahora desgastarse en el juego con estas marionetas; el poder ejecutivo ya no consideraba que valiera la pena hacerse representar seriamente en la Asamblea Nacional. Bonaparte concentraba tanto más visiblemente todo el poder ejecutivo en su persona, y tenía tanto más libre espacio para explotarlo para sus fines, cuanto más meros figurantes eran sus ministros.

El partido del orden, coaligado con la Montaña, se vengó rechazando la dotación presidencial de 1.800.000 francos, cuya presentación el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había impuesto a sus comisarios ministeriales. Esta vez decidió una mayoría de solo 102 votos; desde el 28 de enero se habían vuelto a perder, pues, otros 27 votos: la disolución del partido del orden seguía adelante. Para que nadie se engañara ni un instante acerca del sentido de su coalición con la Montaña, desdeñó al mismo tiempo tomar siquiera en consideración una propuesta de amnistía general para los criminales políticos, suscrita por 189 miembros de la Montaña. Bastó con que el ministro del Interior, un tal Vaissé, declarara que la tranquilidad era solo aparente, que en secreto reinaba una gran agitación, que en secreto se organizaban sociedades omnipresentes, que los periódicos demócratas hacían preparativos para volver a aparecer, que los informes de los departamentos sonaban desfavorables, que los prófugos de Ginebra dirigían una conspiración a través de Lyon por todo el sur de Francia, que Francia se hallaba al borde de una crisis industrial y comercial, que los fabricantes de Roubaix habían reducido la jornada laboral, que los prisioneros de Belle-Île se habían sublevado... bastó con que un simple Vaissé conjurara el fantasma rojo para que el partido del orden, sin discusión, rechazara una propuesta que habría conquistado para la Asamblea Nacional una inmensa popularidad y arrojado a Bonaparte de nuevo en sus brazos. En lugar de dejarse amedrentar por el poder ejecutivo con la perspectiva de nuevas revueltas, debería más bien haber concedido un pequeño margen a la lucha de clases, a fin de mantener al ejecutivo dependiente de sí mismo. Pero no se sentía a la altura de la tarea de jugar con fuego.

Entretanto, el llamado ministerio de transición fue vegetando hasta mediados de abril. Bonaparte hastiaba, burlándose de la Asamblea Nacional con combinaciones ministeriales siempre nuevas. Pronto parecía querer formar un ministerio republicano con Lamartine y Billault; pronto, uno parlamentario con el inevitable Odilon Barrot, cuyo nombre jamás puede faltar cuando se necesita un incauto; pronto, uno legitimista con Vatismenil y Benoist d’Azy; pronto, uno orleanista con Maleville. Mientras de este modo mantiene en tensión a las distintas fracciones del partido del orden, unas contra otras, y las atemoriza en conjunto con la perspectiva de un ministerio republicano y el restablecimiento del sufragio universal, entonces inevitablemente convertido en necesario, suscita al mismo tiempo en la burguesía la convicción de que sus sinceros esfuerzos por un ministerio parlamentario naufragan debido a la irreconciliabilidad de las fracciones realistas. Pero la burguesía clamaba tanto más ruidosamente por un «gobierno fuerte», y consideraba tanto más imperdonable dejar a Francia «sin administración», cuanto más parecía avecinarse una crisis comercial general que en las ciudades hacía proselitismo para el socialismo, al igual que en el campo el precio ruinosamente bajo del grano. El comercio se tornaba cada día más flojo, las manos desocupadas se multiplicaban a ojos vistas: en París había por lo menos 10.000 obreros sin pan; en Rouen, Mulhouse, Lyon, Roubaix, Tourcoing, Saint-Étienne, Elbeuf, etc., innumerables fábricas estaban paradas. Bajo estas circunstancias, Bonaparte pudo osar restaurar el 11 de abril el ministerio del 18 de enero. Los señores Rouher, Fould, Baroche, etc., reforzados por el señor Léon Faucher, a quien la Asamblea, en los últimos días de la Constituyente, había estigmatizado por unanimidad —con excepción de cinco votos ministeriales— con un voto de censura por haber difundido despachos telegráficos falsos. La Asamblea Nacional había arrancado, pues, una victoria sobre el ministerio el 18 de enero; había luchado con Bonaparte durante tres meses, para que el 11 de abril Fould y Baroche pudieran acoger como tercero en su alianza ministerial al puritano Faucher.

En noviembre de 1849, Bonaparte se había conformado con un ministerio no parlamentario; en enero de 1851, con uno extraparlamentario; el 11 de abril se sintió lo bastante fuerte para formar un ministerio antiparlamentario, que unía armoniosamente en sí los votos de censura de ambas asambleas, la Constituyente y la Legislativa, la republicana y la realista. Esta escala de ministerios era el termómetro en el que el Parlamento podía medir la disminución de su propio calor vital. A fines de abril, este había descendido lo bastante como para que Persigny, en un encuentro personal, pudiera instar a Changarnier a pasarse al campo del presidente. Bonaparte, le aseguró, consideraba que la influencia de la Asamblea Nacional estaba completamente aniquilada, y ya estaba lista la proclama que debía publicarse tras el golpe de Estado constantemente planeado, aunque una y otra vez casualmente aplazado. Changarnier transmitió la esquela de defunción a los jefes del partido del orden, pero ¿quién cree que la picadura de las chinches sea mortal? Y el Parlamento, tan derrotado, tan disuelto, tan carcomido por la muerte como estaba, no pudo sobreponerse a ver en el duelo con el grotesco jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre otra cosa que un duelo con una chinche. Pero Bonaparte respondió al partido del orden como Agesilao al rey Agis: «Te parezco una hormiga, pero un día seré león».

VI.
La coalición con la Montaña y los republicanos puros, a la que el partido del orden se vio condenado en sus vanos esfuerzos por mantener la posesión del poder militar y reconquistar la dirección suprema del poder ejecutivo, demostró de manera irrefutable que había perdido la mayoría parlamentaria independiente. El mero poder del calendario, la manecilla del reloj, dio el 28 de mayo la señal de su disolución total. Con el 28 de mayo comenzó el último año de vida de la Asamblea Nacional. Esta tenía que decidirse, ora por la continuidad inalterada, ora por la revisión de la constitución. Pero revisión de la constitución no solo significaba: dominio de la burguesía o democracia pequeñoburguesa, democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o Bonaparte; significaba a la vez: ¡Orleans o Borbón! Así cayó en medio del Parlamento la manzana de la discordia, en la que la pugna de los intereses que escindían al partido del orden en fracciones enemigas debía inflamarse abiertamente.

El partido del orden era una combinación de sustancias sociales heterogéneas. La cuestión de la revisión generó una temperatura política en la que el producto debía descomponerse de nuevo en sus componentes originarios.

El interés de los bonapartistas en la revisión era simple. Para ellos se trataba, ante todo, de la abolición del artículo 45, que prohibía la reelección de Bonaparte y la prórroga de su poder. No menos simple parecía la posición de los republicanos. Rechazaban incondicionalmente toda revisión; veían en ella una conspiración universal contra la república. Como disponían de más de una cuarta parte de los votos en la Asamblea Nacional, y constitucionalmente se requerían tres cuartas partes de los votos para la validez del acuerdo de revisión y para la convocatoria de una asamblea revisora, no necesitaban más que contar sus votos para estar seguros de la victoria. Y estaban seguros de la victoria.

Frente a estas posiciones claras, el partido del orden se hallaba en contradicciones inextricables. Si rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, al no dejar a Bonaparte más que una salida, la de la violencia, al entregar a Francia, el 2 de mayo de 1852, en el momento de la decisión, a la anarquía revolucionaria, con un presidente que había perdido su autoridad, con un parlamento que ya no la poseía desde hacía mucho, y con un pueblo que pensaba reconquistar. Si votaba por la revisión constitucional, sabía que votaba en vano y que constitucionalmente debía naufragar ante el veto de los republicanos. Si, en contra de la constitución, declaraba vinculante la mayoría simple de votos, solo podía esperar dominar la revolución si se sometía incondicionalmente al arbitrio del poder ejecutivo, convirtiendo así a Bonaparte en amo de la constitución, de la revisión y de sí mismo. Una revisión meramente parcial, que prolongara el poder del presidente, allanaba el camino a la usurpación imperialista. Una revisión general, que abreviara la existencia de la república, ponía las pretensiones dinásticas en conflicto inevitable, pues las condiciones para una restauración borbónica y las condiciones para una restauración orleanista no solo eran diferentes: se excluían mutuamente.

La república parlamentaria era más que el territorio neutral en el que las dos fracciones de la burguesía francesa, legitimistas y orleanistas, la gran propiedad territorial y la industria, podían convivir con igualdad de derechos, una junto a la otra. Era la condición ineludible de su dominación común, la única forma de Estado en la que su interés general de clase sometía a la vez a sí mismo las pretensiones de sus fracciones particulares, así como a todas las demás clases de la sociedad. Como realistas, recaían en su viejo antagonismo, en la lucha por la supremacía de la propiedad territorial o del dinero, y la expresión suprema de este antagonismo, su personificación, eran sus propios reyes, sus dinastías. De ahí la resistencia del partido del orden al retorno de los Borbones.

El orleanista y representante del pueblo Creton había presentado periódicamente, en 1849, 1850 y 1851, la propuesta de derogar el decreto de destierro contra las familias reales. El Parlamento ofrecía, con la misma periodicidad, el espectáculo de una asamblea de realistas que cierran obstinadamente a sus reyes desterrados las puertas por las que podrían regresar. Ricardo III había asesinado a Enrique VI con la observación de que era demasiado bueno para este mundo y pertenecía al cielo. Ellos declaraban a Francia demasiado mala para volver a poseer a sus reyes. Obligados por la fuerza de las circunstancias, se habían convertido en republicanos y sancionaban repetidamente la decisión popular que expulsó de Francia a sus reyes.

La revisión de la constitución —y las circunstancias obligaban a tomarla en consideración— ponía en cuestión, a la par que la república, la dominación común de las dos especies burguesas, y con la posibilidad de la monarquía volvía a llamar a la vida la rivalidad de los intereses que estas habían representado alternativamente de manera privilegiada, la lucha por la supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos del partido del orden creían poder zanjar la lucha mediante una fusión de ambas dinastías, mediante la llamada fusión de los partidos realistas y de sus casas reales. La fusión real de la Restauración y de la Monarquía de Julio era la república parlamentaria, en la que los colores orleanistas y legitimistas se extinguían y las especies burguesas se disolvían en el burgués a secas.

..., pura y simplemente, en el género burgués. Pero ahora el orleanista debía convertirse en legitimista, y el legitimista en orleanista. La monarquía en que se personificaba su antagonismo debía encarnar su unidad; la expresión de sus exclusivos intereses de fracción debía trocarse en expresión de su interés común de clase; la monarquía debía realizar lo que solo la supresión de dos monarquías, la república, había podido realizar y había realizado. Esta era la piedra filosofal en cuya fabricación se devanaban los sesos los doctores del partido del orden. ¡Como si la monarquía legítima pudiera jamás convertirse en la monarquía de la burguesía industrial, o la monarquía burguesa tornarse jamás en la monarquía de la aristocracia terrateniente de rancio abolengo! ¡Como si la propiedad territorial y la industria pudieran hermanarse bajo una sola corona, allí donde la corona solo podía ceñir una cabeza, la del hermano mayor o la del menor! ¡Como si la industria pudiera, en general, avenirse con la propiedad territorial mientras la propiedad territorial no se decida a hacerse industrial ella misma! Si mañana muriese Henri V, el conde de Paris no se convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos que dejase de ser el rey de los orleanistas.

Los filósofos de la fusión, sin embargo, que a medida que la cuestión de la revisión pasaba a primer plano se iban dando importancia, que se habían creado un órgano oficial cotidiano en la “Assemblée nationale”, que incluso en este mismo momento (febrero de 1852) están de nuevo en actividad, declaraban que toda la dificultad residía en la resistencia y la rivalidad de las dos dinastías. Las tentativas de reconciliar a la familia Orleans con Henri V, iniciadas desde la muerte de Louis Philippe, pero que, como, por lo demás, todas las intrigas dinásticas, solo se habían representado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, en los entreactos, detrás de las bambalinas, más como sentimental coquetería con la vieja superstición que como asunto seriamente emprendido, se convirtieron ahora en acciones principales y de Estado, representadas por el partido del orden en el escenario público, en vez de hacerlo, como hasta entonces, en el teatro de aficionados. Los correos volaban de París a Venecia, de Venecia a Claremont, de Claremont a París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en el que, “con la ayuda de todos los miembros de su familia”, anuncia no su restauración, sino la restauración “nacional”. El orleanista Salvandy se arroja a los pies de Henri V. Los jefes legitimistas Berryer, Benoit d’Azy, St. Priest, peregrinan a Claremont para persuadir a los Orleans, pero en vano. Los fusionistas advierten demasiado tarde que los intereses de las dos fracciones burguesas no pierden nada de su carácter exclusivo ni ganan nada en capacidad de cesión allí donde se agudizan bajo la forma de intereses de familia, de intereses de dos casas reales. Si Henri V reconocía al conde de Paris como sucesor —el único éxito que la fusión podía alcanzar en el mejor de los casos—, la casa de Orleans no ganaba ninguna pretensión que no le tuviera ya asegurada la falta de hijos de Henri V, pero perdía todas las pretensiones que había conquistado por la Revolución de Julio. Renunciaba a sus pretensiones originarias, a todos los títulos que, en una lucha de más de cien años, había arrancado a la rama mayor de los Borbones; cambiaba sus prerrogativas históricas, las prerrogativas del moderno reinado, por las prerrogativas de su | árbol genealógico. La fusión no fue, pues, más que una abdicación voluntaria de la casa de Orleans, su resignación legitimista, el contrito retroceso de la iglesia estatal protestante a la católica. Un retroceso que, además, no la llevaba al trono que había perdido, sino a los escalones del trono en los que había nacido. Los viejos ministros orleanistas Guizot, Duchâtel, etc., que también acudieron presurosos a Claremont a patrocinar la fusión, no representaban en realidad más que el arrepentimiento por la Revolución de Julio, la desesperación ante la monarquía burguesa y ante el reinado de los burgueses, la superstición en la legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Imaginándose ser mediadores entre los Orleans y los Borbones, no eran en la práctica más que orleanistas renegados, y como tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio, la parte vital y belicosa de los orleanistas, Thiers, Baze, etc., convencieron con tanta mayor facilidad a la familia de Louis Philippe de que, si bien toda restauración directamente monárquica presuponía la fusión de las dos dinastías, y toda fusión de esta índole la abdicación de la casa de Orleans, se correspondía en cambio plenamente con la tradición de sus antepasados reconocer por el momento la república y esperar a que los acontecimientos permitieran transformar el sillón presidencial en un trono. La candidatura de Joinville se hizo circular en forma de rumor, se mantuvo la curiosidad pública en suspenso y, algunos meses más tarde, tras el rechazo de la revisión, en septiembre, fue proclamada públicamente.

El intento de una fusión monárquica entre orleanistas y legitimistas había fracasado, pero no solo eso, sino que había roto su fusión parlamentaria, su forma común republicana, y había vuelto a descomponer al partido del orden en sus elementos originarios; pero cuanto más crecía el distanciamiento entre Claremont y Venecia, cuanto más se desbarataba su avenencia y más se extendía la agitación en favor de Joinville, tanto más celosas y serias se hacían las negociaciones entre Faucher, el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.

La disolución del partido del orden no se detuvo en sus elementos originarios. Cada una de las dos grandes fracciones se descompuso, a su vez, de nuevo. Era como si todos los viejos matices que antes se habían combatido y pugnado dentro de cada uno de los dos círculos, ora del legitimista, ora del orleanista, se hubieran vuelto a descongelar, como infusorios desecados al contacto con el agua, como si hubieran cobrado de nuevo suficiente fuerza vital para constituir grupos propios y oposiciones autónomas. Los legitimistas se retrotraían en sueños a las querellas entre las Tullerías y el Pabellón Marsan, entre Villèle y Polignac. Los orleanistas volvían a vivir los torneos de la edad de oro entre Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.

La parte del partido del orden deseosa de la revisión, pero de nuevo discrepante en cuanto a los límites de esta, compuesta por los legitimistas al mando de Berryer y Falloux, de un lado, y de Larochejaquelin, de otro, y por los orleanistas cansados de lucha bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barrot, se concertó con los representantes bonapartistas en la siguiente moción, vaga y de amplio alcance: “Los representantes abajo firmantes, con el objetivo de devolver a la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan la moción de que la constitución sea revisada.” Pero, al mismo tiempo, declaraban unánimemente por boca de su ponente Tocqueville que la Asamblea Nacional no tenía derecho a proponer la abolición de la república; este derecho correspondía únicamente a la cámara de revisión. Y, por lo demás, la constitución solo podía ser revisada por vía “legal”, es decir, solo si las tres cuartas partes de los votos, como prescribía el texto constitucional, decidían la revisión. Tras seis días de tormentoso debate, el 19 de julio la revisión fue rechazada, como era de prever. Votaron a favor 446, pero en contra 278. Los orleanistas resueltos, Thiers, Changarnier, etc., votaron con los republicanos y la Montaña. |

La mayoría del parlamento se pronunciaba así contra la constitución, pero esta misma constitución se pronunciaba a favor de la minoría y declaraba vinculante su acuerdo. Pero ¿no había subordinado el partido del orden la constitución a la mayoría parlamentaria el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No descansaba toda su política anterior en la subordinación de los artículos constitucionales a los acuerdos de la mayoría parlamentaria? ¿No había él dejado a los demócratas la superstición del Antiguo Testamento por la letra de la ley y la había castigado en los demócratas? Ahora bien, en este momento, revisión de la constitución no significaba otra cosa que continuación del poder presidencial, así como mantenimiento de la constitución no significaba otra cosa que deposición de Bonaparte. El parlamento se había pronunciado por él, pero la constitución se pronunciaba contra el parlamento. Obraba, pues, en el sentido del parlamento, desgarrando la constitución, y obraba en el sentido de la constitución, disolviendo el parlamento.

El parlamento había declarado a la constitución, y con ella a su propia dominación, “fuera de la mayoría”; con su acuerdo había derogado la constitución, prorrogado el poder presidencial y, al mismo tiempo, declarado que ni aquella podía morir ni este podía vivir mientras él mismo perviviese. Los pies de quienes debían enterrarlo estaban ya ante la puerta. Mientras debatía la revisión, Bonaparte apartó al general Baraguay d’Hilliers, que se mostraba indeciso, del mando de la primera división militar y nombró en su lugar al general Magnan, el vencedor de Lyon, el héroe de las jornadas de diciembre, una criatura suya que ya bajo Louis Philippe, con motivo de la expedición de Boulogne, se había comprometido en mayor o menor medida por él.

Con su acuerdo sobre la revisión, el partido del orden demostró que no sabía ni gobernar ni servir, ni vivir ni morir, ni soportar la república ni derribarla, ni mantener en pie la constitución ni echarla por tierra, ni colaborar con el presidente ni romper con él. ¿De quién esperaba, pues, la solución de todas las contradicciones? Del calendario, del curso de los acontecimientos. Dejó de arrogarse el poder sobre los acontecimientos. Retó, por tanto, a los acontecimientos a que ejercieran violencia sobre él y, con ello, al poder al que en la lucha contra el pueblo había ido cediendo un atributo tras otro, hasta quedar inerme frente a él; para que el jefe del poder ejecutivo pudiera trazar tanto más imperturbado su plan de lucha contra ella, reforzar sus medios de ataque, elegir sus instrumentos, afianzar sus posiciones, resolvió precisamente en ese instante crítico retirarse de la escena y aplazar sus sesiones por tres meses, del 10 de agosto al 4 de noviembre.

El partido parlamentario no solo estaba escindido en sus dos grandes fracciones, no solo estaba cada una de estas fracciones disuelta en su interior, sino que el partido del orden en el parlamento estaba enfrentado con el partido del orden fuera del parlamento. Los portavoces y los letrados de la burguesía, su tribuna y su prensa, en suma, los ideólogos de la burguesía y la burguesía misma, los representantes y los representados, se encontraban frente a frente, extrañados y sin comprenderse ya.

Los legitimistas en las provincias, con su limitado horizonte y su ilimitado entusiasmo, acusaban a sus líderes parlamentarios, Berryer y Falloux, de deserción al campo bonapartista y de apostasía respecto a Henri V. Su mentalidad de lirios creía en el pecado original, pero no en la diplomacia.

Incomparablemente más funesta y decisiva fue la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos. Les reprochaba no, como los legitimistas a los suyos, haberse apartado del principio, sino, a la inversa, aferrarse a principios que se habían tornado inútiles. |

Ya he señalado antes que, desde la entrada de Fould en el

Se veía en el ministerio, aquella parte de la burguesía comercial que había poseído la parte del león en el dominio de Luis Felipe, que la aristocracia financiera se había vuelto bonapartista. Fould no solo representaba el interés de Bonaparte en la Bolsa, sino que representaba al mismo tiempo el interés de la Bolsa ante Bonaparte. La posición de la aristocracia financiera la describe del modo más contundente una cita de su órgano europeo, el *Londoner Oekonomist*. En su número del 1 de febrero de 1851, este se hace escribir desde París:

«Ahora se nos ha confirmado por todas partes que Francia, ante todo, reclama calma. El Presidente lo declara en su mensaje a la asamblea legislativa, resuena como eco desde la tribuna nacional, lo atestiguan los periódicos, se proclama desde el púlpito, queda demostrado por la sensibilidad de los títulos del Estado ante la menor perspectiva de perturbación, por su firmeza cada vez que el poder ejecutivo vence.»

En su número del 29 de noviembre de 1851, el *Oekonomist* declara en su propio nombre: «En todas las bolsas de Europa, el presidente es reconocido ya como el centinela del orden.» La aristocracia financiera condenaba, pues, la lucha parlamentaria del partido del orden contra el poder ejecutivo como una perturbación del orden, y festejaba toda victoria del presidente sobre sus pretendidos representantes como una victoria del orden. Por aristocracia financiera no se ha de entender aquí tan solo a los grandes acreedores del Estado y a los especuladores en títulos públicos, de los que se comprende de inmediato que su interés coincide con el interés del poder estatal. Todo el moderno negocio del dinero, toda la economía bancaria, se halla entretejido del modo más íntimo con el crédito público. Una parte de su capital comercial se invierte necesariamente en títulos del Estado, rápidamente convertibles y que rinden interés. Sus depósitos, el capital puesto a su disposición y distribuido por ellos entre comerciantes e industriales, procede en buena parte de los dividendos de los rentistas del Estado. El mercado monetario en su conjunto, y los sacerdotes de este mercado, si en todas las épocas la estabilidad del poder estatal significa para ellos Moisés y los profetas, ¡cómo no hoy, en que cada diluvio amenaza con barrer los viejos Estados juntamente con las viejas deudas del Estado!

También la burguesía industrial, en su fanatismo del orden, se irritaba por las querellas del partido parlamentario del orden con el poder ejecutivo. Thiers, Angles, Sainte-Beuve, etc., después de su voto del 18 de enero, con motivo de la destitución de Changarnier, recibieron públicas reprensiones de sus mandantes, precisamente de los distritos industriales, en las que sobre todo su coalición con la Montaña era flagelada como alta traición al orden. Si hemos visto que las jactanciosas provocaciones, las mezquinas intrigas en que se manifestaba la lucha del partido del orden con el presidente, no merecían mejor acogida, por otra parte, este partido burgués, que exigía de sus representantes que dejaran pasar sin resistencia el poder militar de las manos de su propio parlamento a las de un pretendiente aventurero, no era digno siquiera de las intrigas que en su interés se malgastaban. Demostró que la lucha por el mantenimiento de su interés público, de su interés de clase propio, de su poder político, no hacía sino estorbarle e irritarle como perturbación de su negocio privado.

Los notables burgueses de las ciudades departamentales, los magistrados, jueces de comercio, etc., a excepción de apenas alguno, recibieron a Bonaparte en todas sus giras de la manera más servil, incluso cuando en Dijon atacaba sin reservas a la Asamblea Nacional y, en especial, al partido del orden.

Cuando el comercio iba bien, como todavía a comienzos de 1851, la burguesía comercial rabiaba contra toda lucha parlamentaria, para que al comercio no se le aguase el humor. Cuando el comercio iba mal, como sin interrupción desde fines de febrero de 1851, acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa del estancamiento y clamaba por su silenciamiento, para que el comercio volviera a hacerse oír. Los debates sobre la revisión cayeron precisamente en esta mala época. Como se trataba aquí del ser o no ser de la forma de Estado existente, la burguesía se sintió tanto más autorizada a exigir de sus representantes el fin de ese interino torturante y, al mismo tiempo, el mantenimiento del *statu quo*. No había en ello contradicción. Por fin del interino entendía cabalmente su continuación, el aplazamiento del momento en que había que llegar a una decisión, hasta una lejanía nebulosa. El *statu quo* solo podía mantenerse por dos caminos: prórroga del poder de Bonaparte o renuncia constitucional del mismo y elección de Cavaignac. Una parte de la burguesía deseaba esta última solución y no sabía dar mejor consejo a sus representantes que callar, dejar intacto el punto candente. Si sus representantes no hablaban, pensaban, Bonaparte no actuaría. Deseaban un parlamento de avestruz, que escondiese la cabeza para no ser visto. Otra parte de la burguesía deseaba dejar a Bonaparte, ya que estaba sentado en el sillón presidencial, que siguiese sentado en él, para que todo continuase por los viejos carriles. Le indignaba que su parlamento no violase abiertamente la constitución y abdicase sin más.

Los consejos generales de los departamentos, esas representaciones provinciales de la gran burguesía, que sesionaron durante las vacaciones de la Asamblea Nacional a partir del 25 de agosto, se declararon casi unánimemente por la revisión, es decir, contra el parlamento y por Bonaparte.

Más inequívocamente aún que el divorcio con sus representantes parlamentarios, manifestó la burguesía su furia contra sus representantes literarios, contra su propia prensa. Las condenas a sumas de dinero inasequibles y a penas de prisión ignominiosas, dictadas por los jurados burgueses contra cada ataque de los periodistas burgueses a las apetencias usurpadoras de Bonaparte, contra cada intento de la prensa de defender los derechos políticos de la burguesía frente al poder ejecutivo, asombraron no solo a Francia, sino a toda Europa.

Si el partido parlamentario del orden, como he mostrado, con sus gritos de calma se condenó a sí mismo a la calma, si declaró el dominio político de la burguesía incompatible con la seguridad y la subsistencia de la burguesía, al destruir con su propia mano, en la lucha contra las demás clases de la sociedad, todas las condiciones de su propio régimen, del régimen parlamentario, en cambio la masa extraparlamentaria de la burguesía, con su servilismo ante el presidente, con sus injurias contra el parlamento, con el brutal maltrato de su propia prensa, incitaba a Bonaparte a suprimir, a aniquilar su parte hablante y escribiente, sus políticos y sus literatos, su tribuna de oradores y su prensa, para poder dedicarse con confianza a sus negocios privados bajo la protección de un gobierno fuerte e ilimitado. Declaró inequívocamente que ardía en deseos de deshacerse de su propio poder político, para librarse de las fatigas y peligros del poder.

Y esa miserable, esa cobarde que ya se indignó contra la mera lucha parlamentaria y literaria por el dominio de su propia clase y que traicionó a los jefes de esa lucha, ¡se atreve ahora, con posterioridad, a acusar al proletariado de no haberse alzado por ella en la lucha sangrienta, en la lucha a vida o muerte! ¡Ella, que en cada instante sacrificaba su interés general de clase, es decir, su interés político, al interés privado más estrecho y más sucio, y que exigía a sus representantes un sacrificio semejante, se lamenta ahora de que el proletariado haya sacrificado sus intereses políticos ideales a sus intereses materiales! Se presenta como un alma bella, que habría sido desconocida por el proletariado, extraviado por los socialistas y vuelto egoísta, y abandonada en el instante decisivo. Y encuentra un eco general en el mundo burgués. Naturalmente, no hablo aquí de los politicastros de rincón alemanes ni de los brutos de convicción. Remito, por ejemplo, al mismo *Oekonomist* que aún el 29 de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes del golpe de Estado, declaraba a Bonaparte «el centinela del orden», y a Thiers y Berryer «anarquistas», y ya el 27 de diciembre de 1851, después de que Bonaparte ha llevado a esos anarquistas a la calma, clamaba contra la traición que «las masas proletarias ignorantes, incultas y estúpidas» habían perpetrado contra «la habilidad, el conocimiento, la disciplina, la influencia espiritual, los recursos intelectuales y el peso moral de los rangos medios y superiores de la sociedad». La masa estúpida, ignorante y vulgar no era otra que la propia masa burguesa.

Francia había experimentado ciertamente, en 1851, una especie de pequeña crisis comercial. A fines de febrero se manifestó una disminución de la exportación respecto de 1850; en marzo, el comercio padecía y las fábricas se cerraban; en abril, la situación de los departamentos industriales parecía tan desesperada como después de las jornadas de febrero; en mayo, los negocios aún no se habían reanimado; todavía el 28 de junio, la cartera del Banco de Francia mostraba, por un enorme aumento de los depósitos y una disminución igualmente grande de los anticipos sobre letras, la paralización de la producción; y solo a mediados de octubre se inició de nuevo una mejora progresiva de los negocios. La burguesía francesa se explicaba este estancamiento comercial por razones puramente políticas, por la lucha entre el parlamento y el poder ejecutivo, por la inseguridad de una forma de Estado meramente provisional, por la perspectiva aterradora del 2 de mayo de 1852. No quiero negar que todas estas circunstancias deprimieron ciertas ramas industriales en París y en los departamentos. Pero, en todo caso, esta influencia de las condiciones políticas fue solo local e insignificante. ¿Hace falta otra prueba que el hecho de que la mejoría del comercio se inició precisamente en el momento en que la situación política empeoraba, en que el horizonte político se oscurecía y se esperaba a cada instante un rayo del Elíseo, a mediados de octubre? El burgués francés, cuyo «habilidad, conocimiento, perspicacia espiritual y recursos intelectuales» no alcanzan más allá de sus narices, podía, por lo demás, durante toda la duración de la Exposición Industrial de Londres, toparse de narices con la causa de su miseria comercial. Mientras en Francia se cerraban las fábricas, en Inglaterra estallaban bancarrotas comerciales. Mientras el pánico industrial alcanzaba en abril y mayo un punto culminante en Francia, el pánico comercial alcanzaba en abril y mayo un punto culminante en Inglaterra. Así como la industria lanera francesa sufría, lo mismo la inglesa; así como la manufactura de seda francesa, la inglesa. Si las fábricas de algodón inglesas seguían trabajando, ya no era con la misma ganancia que en 1849 y 1850. La única diferencia era que la crisis era en Francia industrial, en Inglaterra comercial; que mientras en Francia las fábricas se paraban, en Inglaterra se extendían, pero bajo condiciones más desfavorables que en los años precedentes; que en Francia el golpe principal lo recibía la exportación, en Inglaterra la importación. La causa común, que naturalmente no hay que buscar dentro de los límites del horizonte político francés,

era, resultaba evidente. 1849 y 1850 fueron años de la mayor prosperidad material y de una sobreproducción que no se manifestó como tal hasta 1851. Esta fue particularmente fomentada a principios de este año por la perspectiva de la exposición industrial. A ello se sumaron circunstancias especiales: primero, la mala cosecha de algodón de 1850 y 1851; luego, la certeza de una cosecha algodonera mayor de la esperada; primero la subida, luego la caída repentina; en resumen, las fluctuaciones de los precios del algodón. La cosecha de seda cruda, al menos en Francia, había quedado por debajo del rendimiento medio. Finalmente, la manufactura de lana se había expandido tanto desde 1848 que la producción de lana no pudo seguirle el paso y el precio de la lana cruda subió en gran desproporción con respecto al precio de los productos de lana. Aquí tenemos, por tanto, en la materia prima de tres industrias del mercado mundial, material triple para un estancamiento comercial. Prescindiendo de estas circunstancias especiales, la aparente crisis del año 1851 no fue otra cosa que la pausa que la sobreproducción y la sobreespeculación hacen cada vez en la descripción del ciclo industrial, antes de reunir sus últimos esfuerzos para recorrer febrilmente el último tramo del ciclo y volver a su punto de partida, la crisis comercial general.

En esos intervalos de la historia comercial, en Inglaterra estallan quiebras comerciales, mientras que en Francia la industria misma se paraliza, en parte obligada a replegarse por la competencia de los ingleses, que precisamente entonces se hace insoportable en todos los mercados, en parte atacada como industria de lujo, preferentemente, por cada estancamiento de los negocios. Así, Francia, además de las crisis generales, pasa por sus propias crisis comerciales nacionales, que sin embargo están determinadas y condicionadas mucho más por el estado general del mercado mundial que por influencias locales francesas.

No carecerá de interés contraponer al prejuicio del burgués francés el juicio del burgués inglés. Una de las mayores casas de Liverpool escribe en su informe comercial anual de 1851: «Muy pocos años han defraudado más las anticipaciones abrigadas al comenzarlos que el que acaba de transcurrir; en lugar de la gran prosperidad que unánimemente se esperaba, ha resultado ser uno de los años más descorazonadores desde hace un cuarto de siglo. Esto se aplica naturalmente sólo a las clases mercantiles, no a las industriales. Y sin embargo, ciertamente existían razones al comenzar el año para inferir lo contrario: las existencias de productos eran escasas, el capital abundante, los víveres baratos, estaba asegurada una rica cosecha de otoño; paz ininterrumpida en el continente y ninguna perturbación política o financiera en casa; en verdad, las alas del comercio nunca estuvieron menos atadas. ... ¿A quién atribuir este resultado desfavorable? Creemos que al exceso de comercio, tanto en las importaciones como en las exportaciones. Si nuestros comerciantes no se ponen límites más estrechos a su actividad, nada puede mantenernos en el camino sino un pánico cada tres años.»

Imagínese ahora al burgués francés, cómo, en medio de este pánico comercial, su cerebro, enfermo de negocio, es torturado, zumbado, aturdido por rumores de golpes de Estado y de restablecimiento del sufragio universal, por la lucha entre el Parlamento y el poder ejecutivo, por la guerra de Fronda entre orleanistas y legitimistas, por conspiraciones comunistas en el sur de Francia, por supuestas jacqueries en los departamentos de Nièvre y Cher, por los reclamos de los diversos candidatos a la presidencia, por las soluciones charlatanescas de los periódicos, por las amenazas de los republicanos de defender con las armas en la mano la Constitución y el sufragio universal, por los evangelios de los héroes emigrados in partibus que anunciaban el fin del mundo para el 2 de mayo de 1852, y se comprenderá que el burgués, en esta indecible y ruidosa confusión de fusión, revisión, prorrogación, constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución, se enfurezca y grite a su república parlamentaria: «¡Antes un final con terror que un terror sin fin!»

Bonaparte comprendió este grito. Su capacidad de comprensión fue aguzada por la creciente impaciencia de los acreedores, que en cada puesta de sol, al acercarse el día de vencimiento, el 2 de mayo de 1852, veían una protesta de los movimientos de los astros contra sus letras de cambio terrenales. Se habían convertido en verdaderos astrólogos. La Asamblea Nacional le había cortado a Bonaparte la esperanza de una prorrogación constitucional de su poder; la candidatura del príncipe de Joinville no permitía vacilaciones más largas.

Si alguna vez un acontecimiento ha arrojado su sombra mucho antes de producirse, fue el golpe de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, apenas un mes después de su elección, le había hecho la proposición a Changarnier. Su propio primer ministro, Odilon Barrot, en el verano de 1849 de manera velada, y Thiers en el invierno de 1850 abiertamente, habían denunciado la política de los golpes de Estado. Persigny había intentado en mayo de 1851 ganar una vez más a Changarnier para el golpe; el «Messager de l'Assemblée» había publicado esta negociación; los periódicos bonapartistas amenazaban a cada tormenta parlamentaria con un golpe de Estado, y cuanto más se acercaba la crisis, más subían de tono. En las orgías que Bonaparte celebraba cada noche con el swell mob masculino y femenino, cada vez que se acercaba la medianoche y abundantes libaciones habían soltado las lenguas y calentado las fantasías, se decidía el golpe de Estado para la mañana siguiente. Las espadas se desenvainaban, los vasos chocaban, los representantes volaban por la ventana, el manto imperial caía sobre los hombros de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente ahuyentaba de nuevo el espectro y el asombrado París se enteraba, por vestales poco reservadas y paladines indiscretos, del peligro del que una vez más se había escapado.

En los meses de septiembre y octubre se precipitaron los rumores de un coup d'état. La sombra tomó a la vez color, como una imagen abigarrada de daguerrotipo. Procédase a leer las crónicas mensuales de septiembre y octubre en los órganos de la prensa diaria europea y se encontrarán literalmente indicaciones como las siguientes: Los rumores de un golpe de Estado llenan París. Se dice que la capital será ocupada por tropas durante la noche y que a la mañana siguiente aparecerán decretos que disuelvan la Asamblea Nacional, pongan el departamento del Sena en estado de sitio, restablezcan el sufragio universal y apelen al pueblo. Se dice que Bonaparte busca ministros para ejecutar estos decretos ilegales. Las correspondencias que traen estas noticias terminan siempre con el lacónico «aplazado». El golpe de Estado era siempre la idea fija de Bonaparte. Con esta idea había vuelto a pisar el suelo francés. Lo poseía hasta tal punto que constantemente la traicionaba y la divulgaba. Era tan débil que con igual constancia la abandonaba de nuevo. La sombra del golpe de Estado se había vuelto tan familiar a los parisinos como un fantasma que no pudieron creer en él cuando, por fin, apareció en carne y hueso. Por tanto, no fue ni la reserva hermética del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre ni una sorpresa imprevista por parte de la Asamblea Nacional lo que hizo triunfar el golpe de Estado. Si triunfó, triunfó a pesar de su indiscreción y con el conocimiento previo de todos, como resultado necesario e inevitable del desarrollo precedente.

El 10 de octubre, Bonaparte comunicó a sus ministros la decisión de querer restablecer el sufragio universal; el 16 presentaron su dimisión; el 26 supo París la formación del ministerio Thorigny. El prefecto de policía Carlier fue sustituido al mismo tiempo por Maupas, el jefe de la primera división militar, Magnan, concentró los regimientos más seguros de la capital. El 4 de noviembre, la Asamblea Nacional reanudó sus sesiones. No tenía ya nada más que hacer que repetir, en un breve y sucinto repetición, el curso que había recorrido y demostrar que sólo fue enterrada después de haber muerto.

El primer puesto que había perdido en la lucha con el poder ejecutivo fue el ministerio. Tuvo que confesar solemnemente esta pérdida aceptando plenamente el ministerio Thorigny, un mero ministerio fantasma. La comisión permanente había recibido a Giraud con risas cuando se presentó en nombre de los nuevos ministros. ¡Un ministerio tan débil para medidas tan fuertes como el restablecimiento del sufragio universal! Pero se trataba precisamente de no hacer pasar nada en el parlamento, sino todo contra el parlamento.

El mismo primer día de su reapertura, la Asamblea Nacional recibió el mensaje de Bonaparte en el que exigía el restablecimiento del sufragio universal y la abolición de la ley del 31 de mayo de 1850. Sus ministros presentaron ese mismo día un decreto en este sentido. La Asamblea rechazó inmediatamente la proposición de urgencia de los ministros y, el 13 de noviembre, la ley misma por 355 votos contra 348. Desgarró así una vez más su mandato, confirmó una vez más que se había transformado de representación libremente elegida del pueblo en parlamento usurpador de una clase, confesó una vez más que ella misma había cortado los músculos que unían la cabeza parlamentaria con el cuerpo de la nación.

Si el poder ejecutivo apelaba de la Asamblea Nacional al pueblo mediante su proposición de restablecimiento del sufragio universal, el poder legislativo apelaba del pueblo al ejército mediante su proyecto de ley sobre los cuestores. Este proyecto de ley debía fijar su derecho a la requisa directa de tropas, a la formación de un ejército parlamentario. Al nombrar así al ejército árbitro entre ella y el pueblo, entre ella y Bonaparte, al reconocer al ejército como el poder estatal supremo, tenía por otra parte que confirmar que había renunciado desde hacía tiempo a la pretensión de dominarlo. Al debatir el derecho de requisa, en lugar de requisar inmediatamente tropas, traicionaba la duda sobre su propio poder. Al rechazar el proyecto de ley sobre los cuestores, confesaba abiertamente su impotencia. Este proyecto fue rechazado, con una minoría de 108 votos; la Montaña había sido así la que decidió. Se encontraba en la situación del asno de Buridán, no entre dos sacos de heno para decidir cuál era el más atractivo, sino entre dos tandas de palos para decidir cuál era la más dura. De un lado, el temor a Changarnier; del otro, el temor a Bonaparte. Hay que confesar que la situación no era heroica.

El 18 de noviembre se presentó al proyecto de ley sobre las elecciones municipales, presentado por el mismo partido del orden, una enmienda según la cual bastaría un año de domicilio para los electores municipales en lugar de tres. La enmienda fue rechazada por un solo voto, pero este único voto resultó inmediatamente ser un error. El partido del orden, atomizado en sus fracciones hostiles, había perdido desde hacía tiempo su mayoría parlamentaria independiente. Mostraba ahora que no existía ya en el parlamento mayoría alguna. La Asamblea Nacional había quedado incapacitada para tomar decisiones. Sus componentes atomizados ya no estaban unidos por ninguna fuerza de cohesión; había consumido su último aliento de vida, estaba muerta.

La masa extraparlamentaria de la burguesía, por fin, debía confirmar solemnemente su ruptura con la burguesía del parlamento una vez más, algunos días antes de la catástrofe. Thiers, como héroe parlamentario contagiado ante todo por la enfermedad incurable del cretinismo parlamentario, había urdido, tras la muerte del parlamento, una nueva intriga parlamentaria con el Consejo de Estado: una ley de responsabilidad que debía recluir al presidente dentro de los límites de la Constitución. Así como Bonaparte, el 15 de septiembre, al colocar la primera piedra de los nuevos mercados de París, había hechizado a las damas de los mercados, a las pescaderas, cual un segundo Masaniello —aunque, ciertamente, una pescadera pesaba en fuerza real tanto como 17 burgraves—, y así como, tras la presentación del proyecto de ley de los cuestores, entusiasmó a los tenientes agasajados en el Elíseo, así arrastró ahora, el 25 de noviembre, a la burguesía industrial, reunida en el Circo para recibir de sus manos medallas por premios en la Exposición industrial de Londres. Doy la parte significativa de su discurso, según el «Journal des débats»: «Con éxitos tan inesperados, me asiste el derecho de repetir cuán grande sería la República Francesa si se le permitiera perseguir sus intereses reales y reformar sus instituciones, en lugar de verse constantemente perturbada, por un lado por los demagogos, y por otro, por las alucinaciones monárquicas. (Fuertes, tormentosos y repetidos aplausos desde todas partes del anfiteatro.) Las alucinaciones monárquicas impiden todo progreso y toda rama industrial seria. En lugar del progreso, sólo lucha. Vemos a hombres que antes fueron los más fervientes sostenes de la autoridad real y de las prerrogativas, convertirse en partidarios de una Convención, sólo para debilitar la autoridad que ha surgido del sufragio universal. (Fuertes y repetidos aplausos.) Vemos a hombres que más habían sufrido a causa de la revolución y más la habían deplorado, provocar una nueva, y sólo para encadenar la voluntad de la nación. … Yo os prometo tranquilidad para el futuro, etc., etc. (Bravo, bravo, tormentoso bravo.)» — Así aplaude la burguesía industrial su servil bravo al golpe de Estado del 2 de diciembre, a la destrucción del parlamento, a la ruina de su propia dominación, a la dictadura de Bonaparte. El trueno de aplausos del 25 de noviembre encontró su respuesta en el trueno de cañones del 3 al 6 de diciembre, y la casa del señor Sallandrouze, que más bravos había aplaudido, fue destrozada por la mayor cantidad de bombas.

Cromwell, al disolver el largo Parlamento, se presentó solo en medio del mismo, sacó su reloj, para que no siguiera existiendo ni un minuto más del plazo fijado por él, y expulsó a cada uno de los miembros del parlamento con alegres burlas humorísticas. Napoleón, más pequeño que su modelo, se presentó al menos el 18 de Brumario en el cuerpo legislativo y le leyó, aunque con voz acongojada, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que, por lo demás, se hallaba en posesión de un poder ejecutivo completamente distinto del de Cromwell y Napoleón, no buscó su modelo en los anales de la historia universal, sino en los anales de la Sociedad del 10 de diciembre, en los anales de la jurisdicción criminal. Roba al Banco de Francia 25 millones de francos, compra al general Magnan con un millón, a los soldados, pieza por pieza, con 15 francos y aguardiente, se reúne furtivamente en la noche, como un ladrón, con sus compinches, hace irrumpir en las casas de los más peligrosos jefes parlamentarios y sacar de sus lechos a Cavaignac, Lamoricière, Leflô, Changarnier, Charras, Thiers, Baze, etc., ocupa con tropas las principales plazas de París y el edificio del parlamento, y a primera hora de la mañana hace fijar en todas las paredes carteles estridentes, proclamando la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, el restablecimiento del sufragio universal y la declaración del estado de sitio en el departamento del Sena. Así, poco después, hace insertar en el Moniteur un documento falso, según el cual influyentes nombres parlamentarios se habrían agrupado en torno suyo en una consulta de Estado.

El parlamento residual, reunido en el edificio de la alcaldía del décimo distrito, compuesto principalmente de legitimistas y orleanistas, acuerda, entre repetidos gritos de «¡viva la república!», la destitución de Bonaparte, arenga en vano a la masa que se agolpa boquiabierta ante el edificio y, finalmente, bajo escolta de cazadores africanos, es arrastrado primero al cuartel de Orsay, luego empaquetado en carros celulares y transportado a las prisiones de Mazas, Ham y Vincennes. Así terminaron el partido del orden, la asamblea legislativa y la revolución de febrero. Antes de apresurarnos hacia el final, expongamos brevemente el esquema de su historia:

I. Primer período. Del 24 de febrero al 4 de mayo de 1848. Período de febrero. Prólogo. Estafa general de la fraternización.

II. Segundo período. Período de la constitución de la república y de la Asamblea Nacional constituyente.

1) Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas de junio.

2) Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los republicanos burgueses puros. Redacción de la Constitución. Declaración del estado de sitio sobre París. La dictadura burguesa eliminada el 10 de diciembre por la elección de Bonaparte como presidente.

3) Del 20 de diciembre de 1848 al 28 de mayo de 1849. Lucha de la Constituyente con Bonaparte y con el partido del orden unido a él. Hundimiento de la Constituyente. Caída de la burguesía republicana.

III. Tercer período. Período de la república constitucional y de la Asamblea Nacional legislativa.

1) Del 28 de mayo de 1849 al 13 de junio de 1849. Lucha de la pequeña burguesía contra la burguesía y contra Bonaparte. Derrota de la democracia pequeño-burguesa.

2) Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria del partido del orden. Completa su dominación mediante la abolición del sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.

3) Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Lucha entre la burguesía parlamentaria y Bonaparte.

a) Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El parlamento pierde el mando supremo sobre el ejército.

b) Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Sucumbe en los intentos de apoderarse nuevamente del poder administrativo. El partido del orden pierde la mayoría parlamentaria independiente. Coalición con los republicanos y la Montaña.

c) Del 11 de abril de 1851 al 9 de octubre de 1851. Tentativas de revisión, fusión, prórroga. El partido del orden se disuelve en sus componentes particulares. Se consolida la ruptura del parlamento burgués y de la prensa burguesa con la masa burguesa.

d) Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura abierta entre el parlamento y el poder ejecutivo. Realiza su acto de muerte y sucumbe, abandonado por su propia clase, por el ejército, por todas las demás clases. Hundimiento del régimen parlamentario y de la dominación burguesa. Victoria de Bonaparte. Parodia imperialista de restauración.

VII.

La república social apareció como frase, como profecía en el umbral de la revolución de febrero. En las jornadas de junio de 1848 fue ahogada en la sangre del proletariado parisino, pero recorre los actos siguientes del drama como un espectro. La república democrática se anunció. Se desvanece el 13 de junio de 1849 con sus pequeñoburgueses huidos, pero en su huida arroja tras de sí reclamos doblemente jactanciosos. La república parlamentaria, con la burguesía, se apodera de todo el escenario, se expande en toda la anchura de su existencia, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra bajo el grito de angustia de los realistas coaligados: «¡Viva la república!»

La república social y la democrática han sufrido derrotas, pero la república parlamentaria, la república de la burguesía realista, ha sucumbido, del mismo modo que sucumbió la república pura, la república de los republicanos burgueses.

La burguesía francesa se rebeló contra la dominación del proletariado trabajador, ha llevado al poder al lumpemproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10 de diciembre a su cabeza. La burguesía mantenía a Francia en un temor sin aliento ante los futuros horrores de la anarquía roja; Bonaparte le descontó ese futuro cuando, el 3 y el 4 de diciembre, hizo que el ejército del orden, entusiasmado con el aguardiente, tiroteara desde sus ventanas a los ciudadanos distinguidos del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens. Ella divinizó el sable; el sable la domina. Ella destruyó la prensa revolucionaria; su propia prensa está destruida. Ella puso las asambleas populares bajo vigilancia policial; sus salones están bajo vigilancia policial. Ella disolvió las guardias nacionales democráticas; su propia guardia nacional está disuelta. Ella declaró el estado de sitio; el estado de sitio ha sido declarado contra ella. Ella sustituyó los jurados por comisiones militares; sus jurados han sido sustituidos por comisiones militares. Ella sometió la instrucción pública a los curas; los curas la sometieron a su propia instrucción. Ella deportó sin juicio; ella es deportada sin juicio. Ella reprimió toda agitación de la sociedad mediante el poder estatal; toda agitación de su sociedad es sofocada por el poder estatal. Ella se rebeló, por entusiasmo por sus bolsas de dinero, contra sus propios políticos y literatos; sus políticos y literatos están eliminados, pero su bolsa de dinero es saqueada, después de haber sido amordazada su boca y rota su pluma. La burguesía gritaba sin cesar a la revolución, como San Arsenio a los cristianos: «¡Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, quédate quieto!» Bonaparte grita a la burguesía: «¡Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, quédate quieto!»

La burguesía francesa había resuelto desde hacía tiempo el dilema de Napoleón: «Dans cinquante ans l’Europe sera républicaine ou cosaque.» Lo había resuelto en la «republique cosaque». Ninguna Circe ha desfigurado la obra de arte de la república burguesa, por maleficio, en una deformidad. Aquella república no ha perdido nada más que sus arabescos retóricos, las formas de decoro, en una palabra, la apariencia de respetabilidad. La Francia actual estaba ya contenida, acabada, en la república parlamentaria. Sólo se necesitaba una bayonetazo para que la burbuja estallara y el monstruo saltara a la vista.

El propósito inmediato de la revolución de febrero era derrocar a la dinastía de Orleans y a la parte de la burguesía que dominaba bajo ella. Sólo el 2 de diciembre de 1851 se alcanzó ese propósito. Entonces se confiscaron las inmensas posesiones de la casa de Orleans, base real de su influencia, y lo que se había esperado después de la revolución de febrero,

Tras el diciembre sobrevinieron la prisión, la fuga, la deposición, el destierro, el desarme, la mofa de los hombres que desde 1830 habían fatigado a Francia con su fama. Pero bajo Luis Felipe sólo gobernaba una parte de la burguesía comercial. Las demás fracciones de la misma formaban una oposición dinástica y otra republicana, o se hallaban por completo fuera del llamado país legal. Sólo la república parlamentaria acogió en su círculo estatal a todas las fracciones de la burguesía comercial. Bajo Luis Felipe, además, la burguesía comercial excluía a la terrateniente. Sólo la república parlamentaria las situó con igualdad de derechos una al lado de la otra, desposó la monarquía de Julio con la monarquía legítima y fundió en una sola dos épocas de la dominación de la propiedad. Bajo Luis Felipe, la parte privilegiada de la burguesía ocultaba su dominación bajo la corona; en la república parlamentaria, la dominación de la burguesía, tras haber unido todos sus elementos y ampliado su reino hasta convertirlo en el reino de su clase, mostró desnuda su cabeza. Así, la revolución misma tuvo que crear primero la forma en que la dominación de la clase burguesa alcanzase su expresión más amplia, más general y última, para luego poder ser derribada sin que pudiese volver a levantarse.

Sólo ahora se ejecutó la sentencia pronunciada en febrero contra la burguesía orleanista, es decir, contra la fracción más vital de la burguesía francesa. Ahora fue derrotada en su parlamento, en su foro de abogados, en sus tribunales de comercio, en sus representaciones provinciales, en su notariado, en su universidad, en su tribuna y en sus tribunales, en su prensa y en su literatura, en sus ingresos administrativos y en sus aranceles judiciales, en los sueldos de su ejército y en sus rentas del Estado, en su espíritu y en su cuerpo. Barbès había planteado la disolución de las guardias burguesas como primera exigencia a la revolución, y las guardias burguesas, que en febrero tendieron la mano a la revolución para impedirle caminar, en diciembre desaparecieron de la escena. El Panteón mismo se transforma de nuevo en una iglesia ordinaria. Con la última forma del régimen burgués se rompe también el hechizo que había transfigurado en santos a sus iniciadores del siglo XVIII. Cuando Guizot supo el éxito del golpe de Estado del 2 de diciembre, exclamó: ¡C’est le triomphe complet et définitif du Socialisme! ¡Es el triunfo completo y definitivo del socialismo! Es decir: es el derrumbe definitivo y completo de la dominación burguesa.

El 18 Brumario de Luis Bonaparte – VII

¿Por qué el proletariado no salvó a la burguesía? En ello se resuelve la | cuestión: ¿Por qué el proletariado de París no se levantó después del 2 de diciembre?

La caída de la burguesía sólo estaba decretada aún, el decreto no se había ejecutado. Cualquier levantamiento realmente revolucionario del proletariado la habría reanimado de inmediato, reconciliado con el ejército y asegurado a los obreros una segunda derrota de junio.

El 4 de diciembre, el proletariado fue azuzado al combate por burgueses y tenderos. En la tarde de ese día, varias legiones de la guardia nacional prometieron comparecer armadas y uniformadas en el campo de lucha. Burgueses y tenderos habían descubierto, en efecto, que Bonaparte, en uno de sus decretos del 2 de diciembre, abolía el voto secreto y les ordenaba inscribir su sí o su no junto a sus nombres en los registros oficiales. La sangrienta resistencia del 4 de diciembre intimidó a Bonaparte. Durante la noche hizo fijar carteles en todas las esquinas de París, anunciando el restablecimiento del voto secreto. Burgueses y tenderos creyeron haber logrado su propósito. Quienes no comparecieron a la mañana siguiente fueron los tenderos y los burgueses.

El proletariado de París, privado además, mediante un golpe de mano de Bonaparte durante la noche del 1 al 2 de diciembre, de sus jefes, de los jefes de las barricadas —un ejército sin oficiales—, demasiado esclarecido por sus recuerdos de junio de 1848 y 1849 y de mayo de 1850 como para combatir bajo la bandera de los montañeses, obró, pues, con justa apreciación de sus propias fuerzas y de la situación general al dejar a su vanguardia, las sociedades secretas, salvar el honor insurreccional de París, que los burgueses abandonaron tan sin resistencia a la soldadesca, que Bonaparte pudo desarmar más tarde a la guardia nacional con el motivo burlón de que no temía que usaran mal sus armas contra él, sino que los anarquistas usaran mal esas armas contra ellos mismos.

«¡C’est le triomphe complet et définitif du Socialisme!» Así caracterizó Guizot el 2 de diciembre. Pero si el derrumbe de la república parlamentaria contiene en germen el triunfo de la revolución proletaria, su resultado inmediato y palpable fue la victoria de Bonaparte sobre el parlamento, del poder ejecutivo sobre el poder legislativo, de la fuerza sin frase sobre la fuerza de la frase. En el parlamento, la nación elevaba su voluntad general a ley, es decir, la ley de la clase dominante a su voluntad general. Ante el poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia y se somete al mandato de poder del extraño, de la autoridad. El poder ejecutivo, en oposición al legislativo, expresa la heteronomía de la nación en oposición a su autonomía. Francia parece, pues, haber escapado al despotismo de una clase sólo para recaer bajo el despotismo de un individuo y, por cierto, bajo la autoridad de un individuo sin autoridad. La lucha parece así zanjada, de modo que todas las clases, igualmente impotentes y silenciosas, se arrodillan ante la culata del fusil.

Pero la revolución es radical. Todavía se halla en viaje por el purgatorio. Cumple su tarea con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 había terminado la primera mitad de su preparación; ahora termina la otra. Primero perfeccionó el poder parlamentario para poder derribarlo. Ahora, logrado esto, perfecciona el poder ejecutivo, lo reduce a su expresión más pura, lo aísla, se lo coloca enfrente como único blanco, para concentrar contra él todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando haya llevado a cabo esta segunda mitad de su labor preparatoria, toda Europa saltará de su asiento y aclamará: ¡Bien cavado, viejo topo!

Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con su maquinaria estatal vasta y artificiosa, un ejército de funcionarios de medio millón junto a un ejército de otro medio millón, este terrible cuerpo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapa todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, en la decadencia del régimen feudal, a la que contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales de los terratenientes y de las ciudades se transformaron en otros tantos atributos del poder estatal, los dignatarios feudales en funcionarios asalariados y el abigarrado muestrario de las plenitudes de poder medievales en pugna, en el plan regulado de un poder estatal cuyo trabajo está dividido y centralizado como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su tarea de quebrantar todos los poderes particulares locales, territoriales, urbanos y provinciales para crear la unidad burguesa de la nación, hubo de desarrollar lo que la monarquía absoluta había comenzado: la centralización, pero al mismo tiempo la extensión, los atributos y los servidores del poder gubernamental. Napoleón remató esta maquinaria estatal. La monarquía legítima y la monarquía de Julio no añadieron más que una mayor división del trabajo, que crecía en la misma medida en que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses y, por tanto, nuevo material para la administración del Estado. Todo interés común fue inmediatamente desligado de la sociedad, contrapuesto a ella como interés superior, general, arrebatado a la actividad autónoma de los miembros de la sociedad y convertido en objeto de la actividad gubernamental, desde el puente, la escuela y el patrimonio comunal de una aldea, hasta los ferrocarriles, el patrimonio nacional y la universidad nacional de Francia. La república parlamentaria, finalmente, en su lucha con la revolución, se vio forzada a reforzar, con las medidas represivas, los medios y la centralización del poder gubernamental. Todas las conmociones perfeccionaban esta máquina en lugar de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio estatal como el botín principal del vencedor.

Pero bajo la monarquía absoluta, durante la primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia era sólo el medio para preparar la dominación de clase de la burguesía. Bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo la república parlamentaria, era el instrumento de la clase dominante, por mucho que aspirase a un poder propio.

Sólo bajo el segundo Bonaparte parece que el Estado se ha autonomizado frente a la sociedad y la ha subyugado. La independencia del poder ejecutivo se manifiesta abiertamente allí donde su jefe ya no necesita del genio, su ejército ya no necesita de la gloria y su burocracia ya no necesita de la autoridad moral para justificarse. La maquinaria estatal se ha consolidado de tal modo frente a la sociedad burguesa, que a su cabeza basta el Jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, un aventurero venido de fuera, alzado sobre el escudo por una soldadesca ebria, a la que ha comprado con aguardiente y salchichas y a la que tiene que seguir arrojando la salchicha una y otra vez. De ahí la desesperación apocada, el sentimiento de la más inmensa humillación y degradación que oprime el pecho de Francia y le corta el aliento. Se siente deshonrada. Y mientras Napoleón apenas le dejaba un pretexto para la libertad, el segundo Bonaparte no le deja ya pretexto alguno para la servidumbre.

Y, sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte representa a una clase, y precisamente a la clase más numerosa de la sociedad francesa, a los campesinos parcelarios.

Así como los Borbones fueron la dinastía de la gran propiedad territorial y los Orleans la dinastía del dinero, los Bonaparte son la dinastía de los campesinos, es decir, de las masas populares francesas. No el Bonaparte que se sometió al parlamento burgués, sino el Bonaparte que dispersó al parlamento burgués, es el elegido de los campesinos. Durante tres años, las ciudades lograron falsear el sentido de la elección del 10 de diciembre y estafar a los campesinos la restauración del Imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 no se ha cumplido hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.

Los campesinos parcelarios forman una masa enorme, cuyos miembros viven en la misma situación, pero sin entrar en relaciones múltiples unos con otros. Su modo de producción los aísla entre sí, en lugar de ponerlos en contacto recíproco. El aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación franceses y la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad alguna de desarrollo, ni diversidad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta casi por completo a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus medios de vida más bien en el intercambio brutal con la naturaleza que en el trato con la sociedad. La parcela, el campesino y la familia; junto a ellos, otra parcela, otro campesino y otra familia. Una sesentena de ellas hace una aldea, y una sesentena de aldeas hace un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa por la simple suma de magnitudes homónimas, al modo como un saco de patatas forma un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que separan su modo de vivir, sus intereses y su formación de los de las otras clases y los enfrentan hostilmente a ellas, forman una clase. En la medida en que entre los campesinos parcelarios solo existe un vínculo local, en que la identidad de sus intereses no genera entre ellos comunidad alguna, ni vínculo nacional, ni organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, sea mediante un parlamento, sea mediante una convención. No pueden representarse, tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder gubernamental ilimitado que los protege frente a las otras clases y les envía desde lo alto la lluvia y el sol. La influencia política de los campesinos parcelarios encuentra, pues, su última expresión en el hecho de que el poder ejecutivo subordina a sí el parlamento, y el Estado, a la sociedad.

Por tradición histórica ha surgido en los campesinos franceses la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón les devolverá toda la gloria. Y se encontró un individuo que se hace pasar por ese hombre porque lleva el nombre de Napoleón, en virtud del Code Napoléon, que prescribe: «Toute recherche de la paternité est interdite». Tras veinte años de vagabundeo y una serie de grotescas aventuras se cumple la leyenda y el hombre se convierte en emperador de los franceses. La idea fija del sobrino se realizó porque coincidía con la idea fija de la clase más numerosa de los franceses.

Pero, se me objetará, ¿y las insurrecciones campesinas en media Francia, las batidas del ejército contra los campesinos, el encarcelamiento masivo y la deportación de campesinos?

Desde Luis XIV, Francia no ha conocido una persecución semejante de los campesinos «por manejos demagógicos».

Pero entiéndase bien. La dinastía Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador; no al campesino que pugna por salir de su condición social de existencia, de la parcela, sino al que, por el contrario, quiere consolidarla; no al pueblo rural que, con su propia energía y en alianza con las ciudades, quiere derribar el viejo orden, sino, al revés, al que, sordamente encerrado en ese viejo orden, quiere verse salvado y favorecido con su parcela por el espectro del imperio. No representa la ilustración, sino la superstición del campesino; no su juicio, sino su prejuicio; no su futuro, sino su pasado; no sus modernas Cevennes, sino su moderna Vendée.

El duro gobierno trienal de la república parlamentaria había liberado a una parte de los campesinos franceses de la ilusión napoleónica y los había, aunque todavía solo superficialmente, revolucionado; pero la burguesía los rechazaba violentamente cada vez que se ponían en movimiento. Bajo la república parlamentaria forcejeaban la conciencia moderna y la tradicional de los campesinos franceses. El proceso se desarrollaba en la forma de una lucha incesante entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros de escuela. Los campesinos hicieron por primera vez esfuerzos por adoptar una actitud autónoma frente a la actividad gubernamental. Esto se manifestó en el conflicto continuo de los alcaldes con los prefectos. La burguesía destituyó a los alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas localidades de Francia se alzaron durante el período de la república parlamentaria contra su propia criatura, el ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta misma burguesía clama ahora por la estupidez de las masas, de la vile multitude, que la han traicionado entregándose a Bonaparte. Ella misma ha consolidado violentamente el imperialismo de la clase campesina, ella mantuvo firmes las condiciones que forman la cuna de esta religión campesina. Ciertamente, la burguesía tiene que temer la necedad de las masas mientras estas permanecen conservadoras, y la inteligencia de las masas tan pronto como se vuelven revolucionarias.

En las insurrecciones posteriores al golpe de Estado, una parte de los campesinos franceses protestó con las armas en la mano contra su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La escuela que habían tenido desde 1848 los había escarmentado. Pero se habían entregado al inframundo de la historia, la historia los tomó al pie de la letra y la mayoría seguía tan presa de prejuicios que justamente en los departamentos más rojos la población campesina votó abiertamente por Bonaparte. Según su opinión, la Asamblea Nacional le había impedido caminar. Él solo había roto ahora la cadena que las ciudades habían puesto a la voluntad del campo. En algunos lugares se forjaban incluso la grotesca representación de: junto a un Napoleón, una Convención.

Después de que la primera revolución hubiera transformado a los campesinos semisiervos en propietarios libres de la tierra, Napoleón consolidó y reguló las condiciones en las que podían explotar sin perturbaciones el suelo francés que acababa de caer en sus manos y saciar su juvenil placer por la propiedad. Pero aquello por lo que ahora perece el campesino francés es su parcela misma, la división de la tierra, la forma de propiedad que Napoleón consolidó en Francia. Son precisamente las condiciones materiales las que hicieron del campesino feudal francés un campesino parcelario, y de Napoleón un emperador. Dos generaciones han bastado para engendrar su inevitable resultado: deterioro progresivo de la agricultura, endeudamiento progresivo del agricultor. La forma de propiedad «napoleónica», que a comienzos del siglo XIX era la condición para la liberación y el enriquecimiento del pueblo rural francés, se ha desarrollado en el curso de este siglo como la ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y precisamente esta ley es la primera de las «idées napoléoniennes» que el segundo Bonaparte tiene que sostener. Si comparte aún con los campesinos la ilusión de que la causa de su ruina no hay que buscarla en la propiedad parcelaria misma, sino fuera de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos estallarán como pompas de jabón contra las relaciones de producción, cortarán a esa ilusión su último refugio y, en el mejor de los casos, harán la enfermedad más aguda.

El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación de la tierra en el campo complementaba la libre competencia y la gran industria incipiente en las ciudades. Incluso el favorecimiento de la clase campesina estaba en el interés del nuevo orden burgués. Esta clase recién creada era la prolongación universal del régimen burgués más allá de las puertas de las ciudades, su ejecución a escala nacional. Esta clase era la protesta omnipresente contra la aristocracia territorial recién derribada. Si era favorecida por encima de todas, también ofrecía, por encima de todas, el punto de ataque para la restauración de los feudales. Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo francés sustrajeron al feudalismo todo alimento. Sus mojones formaban la fortificación natural de la burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos señores. Pero en el curso del siglo XIX, en lugar del feudal apareció el usurero urbano; en lugar de la carga feudal del suelo, la hipoteca; en lugar de la propiedad aristocrática de la tierra, el capital burgués. La parcela del campesino no es ya más que el pretexto que permite al capitalista extraer del campo ganancia, interés y renta, y dejar que el propio agricultor vea cómo se procura su salario. La deuda hipotecaria que grava el suelo francés impone al campesinado francés un interés tan grande como el interés anual de toda la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavitud del capital a la que su desarrollo la empuja inevitablemente, ha transformado a la masa de la nación francesa en una nación de trogloditas. Dieciséis millones de campesinos (mujeres y niños incluidos) viven en cuevas, de las cuales una gran parte tiene una sola abertura, otra parte dos y la más favorecida solo tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos del siglo puso al Estado como centinela ante la parcela recién surgida y la abonó con laureles, se ha convertido en vampiro que le chupa la sangre del corazón y la médula del cerebro y la arroja al caldero alquimista del capital. El Code Napoléon no es ya más que el código de la ejecución, de la subhasta y de la venta forzosa. A los cuatro millones (niños, etc., incluidos) de pauperes, vagabundos, criminales y prostitutas oficiales que cuenta Francia, se suman cinco millones más que penden al borde del abismo de la existencia y que o bien viven en el campo mismo o bien desertan constantemente con sus harapos y sus hijos del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. El interés de los campesinos no se encuentra ya, pues, como bajo Napoleón, en consonancia, sino en la más mortal contradicción con los intereses de la burguesía, con el capital. Encuentran, por tanto, a su aliado y guía natural en el proletariado urbano, cuya tarea es el derrocamiento del orden burgués. Pero el gobierno fuerte e ilimitado —y esta es la segunda «idée napoléonienne» que el segundo Napoleón tiene que ejecutar— está llamado a la defensa violenta de este orden «material». También en todas las proclamas de Bonaparte contra los campesinos insurrectos este «ordre matériel» sirve de consigna.

Junto a la hipoteca que el capital le impone, sobre la parcela pesa el impuesto. El impuesto es la fuente vital de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en suma, de todo el aparato del poder ejecutivo. Gobierno fuerte e impuesto fuerte son idénticos. La propiedad parcelaria se presta por su naturaleza a servir de base a una burocracia todopoderosa e innumerable. Crea un nivel uniforme de las relaciones y de las personas sobre toda la superficie del país. Permite, pues, la acción uniforme de un poder central omnipotente, desde un centro uniforme, sobre todos los puntos de esa masa uniforme. Aniquila los grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo y el poder estatal. Provoca, por tanto, desde todos los lados la injerencia directa de ese poder estatal y la intervención de sus órganos inmediatos. Finalmente engendra una población sobrante que no encuentra cabida en las condiciones de su trabajo parcelario y que, al no poseer propiamente nada, se ve obligada a buscar su subsistencia en los cargos, en el ejército, en el clero. Pero cuanto más oprime el poder estatal a la clase campesina, tanto más se concentran el impuesto y los cargos en París. La propiedad parcelaria, trabajada por el capital y por el fisco, ha convertido a la masa de la nación francesa, mediante su propia organización, en lo propiamente contrario de lo que la burocracia necesita por encima de ella. Crea un número infinito de enemigos del orden establecido, enemigos que, sin embargo, siguen aferrados a él porque ven en el emperador al protector de su suelo. Pero el emperador es el jefe de la burocracia. Por tanto, el segundo Bonaparte tiene que aparecer ante los ojos de los campesinos como el destructor de la burocracia, y él, que solo puede imponerse mediante un poder ejecutivo ilimitado, como el destructor de ese poder.

las relaciones y las personas sobre toda la superficie del país. Permite, por tanto, también la acción uniforme sobre todos los puntos de esa masa uniforme desde un centro supremo. Aniquila los grados intermedios aristocráticos entre la masa popular y el poder del Estado. Suscita, pues, por todos lados la intervención directa de este poder estatal y la interposición de sus órganos inmediatos. Engendra, por último, una superpoblación desocupada que no encuentra sitio ni en el campo ni en las ciudades y que, por ello, aspira a los cargos públicos como | a una especie de limosna respetable, provocando la creación de cargos estatales. Bajo Napoleón, este numeroso personal gubernamental no sólo era directamente productivo, al ejecutar para el campesinado recién surgido, bajo la forma de obras públicas, etc., y con los medios coercitivos del Estado, lo que la burguesía no podía realizar aún por la vía de la industria privada. El impuesto estatal era un medio coactivo necesario para mantener el intercambio entre la ciudad y el campo. De otro modo, el propietario parcelario, como en Noruega y en una parte de Suiza, en su autosuficiencia campesina habría roto la conexión con las ciudades. Y Napoleón, en los nuevos mercados que abrió con la bayoneta, en el saqueo del continente, devolvió el impuesto forzoso con intereses. Este impuesto era un acicate para la industria del campesino, mientras que ahora la despoja de sus últimos recursos y acaba de hacerla inerme frente al pauperismo. Y una burocracia enorme, bien galoneada y bien nutrida, es la "idée napoléonienne" que más le place al segundo Bonaparte. ¿Cómo no habría de ser así, si él se ve obligado a crear, junto a las clases reales de la sociedad, una casta artificial para la cual el mantenimiento de su régimen se convierte en cuestión de cuchillo y tenedor? Una de sus primeras operaciones financieras fue, por eso, la elevación de nuevo de los sueldos de los funcionarios a su antigua cuantía y la creación de nuevas sinecuras.

Otra "idée napoléonienne" es la dominación de los curas como medio de gobierno. Pero si la parcela recién surgida, en su armonía con la sociedad, en su dependencia de las fuerzas naturales y en su sumisión a la autoridad que la protegía desde arriba, era naturalmente religiosa, la parcela, abrumada por las deudas, desgarrada con la sociedad y con la autoridad y empujada más allá de su propia estrechez, se vuelve naturalmente irreligiosa. El cielo era un buen aditamento para la estrecha franja de tierra recién conquistada, tanto más cuanto que hace el tiempo; se convierte en un insulto tan pronto como se lo impone como sustituto de la parcela. El cura aparece entonces sólo como el sabueso ungido de la policía terrenal —otra "idée napoléonienne"— que, bajo el segundo Bonaparte, no tiene como bajo Napoleón la misión de vigilar a los enemigos del régimen campesino en las

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ciudades, sino a los enemigos de Bonaparte en el campo. La expedición contra Roma se realizará la próxima vez en la misma Francia, pero en el sentido inverso al del señor de Montalembert.

El punto culminante de las "idées napoléoniennes" es, finalmente, la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur de los campesinos parcelarios, que los transformaba a ellos mismos en héroes, defendiendo hacia fuera la nueva posesión, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El brillante uniforme era su propio traje de Estado; la guerra, su poesía; la parcela, alargada y redondeada en la imaginación, la patria, y el patriotismo, la forma ideal del sentido de la propiedad. Pero los enemigos contra los cuales el campesino francés tiene que defender ahora su propiedad no son los cosacos, son los alguaciles y los ejecutores fiscales. La parcela ya no está en la llamada patria, sino en el registro hipotecario. El ejército mismo ya no es la flor de la juventud campesina, es la flor del pantano del lumpenproletariado rural. Se compone en gran parte de remplazantes, de sustitutos, como el propio segundo Bonaparte no es más que un remplazante, el sustituto de Napoleón. Sus hazañas las realiza ahora en las cacerías y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y cuando las contradicciones internas de su sistema lancen al jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre más allá de la frontera francesa, después de algunas fechorías de bandidaje, no cosechará laureles, sino palos.

Se ve: todas las "idées napoléoniennes" son ideas de la parcela no desarrollada, lozana de juventud; son un contrasentido para la parcela que ha sobrevivido. Son sólo las alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en frases, espíritus convertidos en espectros, atavíos llenos de sentido convertidos en | disfraces teatrales grotescos. Pero la parodia del imperialismo era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición y para hacer resaltar en toda su pureza el antagonismo entre el poder del Estado y la sociedad. La demolición de la máquina estatal no pondrá en peligro la centralización. La burocracia es sólo la forma baja y brutal de una centralización que aún está lastrada por su antítesis, el feudalismo. Al desesperar de la restauración napoleónica, el campesino francés abandona la fe en su parcela, se derrumba todo el edificio estatal erigido sobre esta parcela, y la revolución proletaria adquiere el coro sin el cual su solo se convierte en un canto fúnebre en todas las naciones campesinas.

Las condiciones del campesinado francés nos revelan el enigma de las elecciones generales del 20 y 21 de diciembre, que condujeron al segundo Bonaparte al monte Sinaí, no para recibir leyes, sino para darlas y ejecutarlas al mismo tiempo. En verdad, la nación francesa cometió en aquellos días

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funestos un pecado mortal contra la democracia, que está de rodillas y reza todos los días: ¡Santa ley del sufragio universal, ruega por nosotros! Los creyentes en el sufragio universal no quieren, naturalmente, renunciar a una fuerza milagrosa que tan grandes cosas ha obrado en ellos mismos, que ha convertido a un Bonaparte II en Napoleón, a un Saulo en Pablo y a un Simón en Pedro. El espíritu del pueblo les habla a través de la urna electoral, como el Dios del profeta Ezequiel a los huesos medulosos: "Haec dicit dominus deus ossibus suis: Ecce, ego intromittam in vos Spiritum et vivetis." "Así habló el Señor Dios a sus huesos: He aquí, yo insuflaré en vosotros espíritu y viviréis."

La burguesía no tenía, evidentemente, otra opción que elegir a Bonaparte. Despotismo o anarquía. Votó, naturalmente, por el despotismo. Cuando los puritanos, en el concilio de Constanza, se quejaban de la vida licenciosa de los papas y se lamentaban de la necesidad de una reforma de las costumbres, el cardenal Pierre d'Ailly les tronó: "Sólo el diablo en persona puede salvar a la Iglesia católica, ¡y vosotros exigís ángeles!" Así gritó la burguesía francesa después del golpe de Estado: ¡Sólo el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre puede salvar a la sociedad burguesa! ¡Sólo el robo a la propiedad, el perjurio a la religión, la bastardía a la familia, el desorden al orden!

Bonaparte, como poder autonomizado de la fuerza ejecutiva, siente su misión de asegurar el "orden burgués". Pero la fuerza de este orden burgués es la clase media. Él se sabe, por tanto, representante de la clase media y decreta decretos en este sentido. Sin embargo, él es algo únicamente porque ha quebrado el poder político de esta clase media y lo quiebra de nuevo cada día. Se sabe, por tanto, adversario del poder político y literario de la clase media. Pero al proteger su poder material, vuelve a generar su poder público, su poder político. Hay que mantener viva la causa, pero el efecto, donde aparece, hay que eliminarlo. Pero esto no puede ocurrir sin pequeñas confusiones de causa y efecto, ya que ambos, en su interacción, pierden sus rasgos distintivos. Nuevos decretos que borran la línea divisoria. Bonaparte se sabe a la vez, frente a la burguesía, representante de los campesinos y del pueblo en general, que dentro de la sociedad burguesa quiere hacer felices a las clases bajas del pueblo. Nuevos decretos que escamotean de antemano a los "verdaderos socialistas" su sabiduría gubernamental. Pero Bonaparte se sabe sobre todo como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, como representante del lumpenproletariado, al que él mismo, su entorno, su gobierno y su ejército pertenecen, y para el cual se trata ante todo de procurarse bienestar

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y de sacar billetes de lotería californianos del tesoro del Estado. Y se confirma como | jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre mediante decretos, sin decretos y a pesar de los decretos.

Esta tarea contradictoria del hombre explica las contradicciones de su gobierno, el incierto tanteo que busca ora ganar a esta clase, ora humillar a aquella, y las vuelve a todas igualmente contra sí, y cuya inseguridad práctica forma un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y categórico de los actos gubernativos, que se copia servilmente al tío. Así, la prisa y la precipitación de estas contradicciones deben imitar la actividad multifacética y la rapidez de reacción del emperador.

Industria y comercio, es decir, los negocios de la clase media, han de florecer como en un invernadero bajo el gobierno fuerte. Concesión de una multitud de autorizaciones ferroviarias. Pero el lumpenproletariado bonapartista ha de enriquecerse. Agiotaje con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por los iniciados de antemano. Pero no aparece capital para los ferrocarriles. Obligación del Banco de adelantar sobre acciones ferroviarias. Pero el Banco ha de ser a la vez explotado personalmente y, por tanto, engatusado. Exención del Banco de la obligación de publicar semanalmente su informe. Contrato leonino del Banco con el gobierno. Hay que dar trabajo al pueblo. Ordenación de obras públicas. Pero las obras públicas aumentan las cargas impositivas del pueblo. Por tanto, reducción de los impuestos mediante un ataque a los rentistas, convirtiendo la renta del cinco por ciento en renta del cuatro y medio por ciento. Pero a la clase media hay que darle de nuevo un douceur. Por tanto, duplicación del impuesto al vino para el pueblo, que lo compra al detalle, y reducción a la mitad para la clase media, que lo bebe al por mayor. Disolución de las verdaderas asociaciones obreras, pero promesa de maravillas futuras de asociación. Hay que ayudar a los campesinos. Bancos hipotecarios que aceleran su endeudamiento y la concentración de la propiedad. Pero estos bancos han de ser utilizados para sacar personalmente dinero de los bienes confiscados de la casa de Orleans. Ningún capitalista quiere avenirse a esta condición, que no figura en el decreto, y el banco hipotecario sigue siendo un mero decreto, etc., etc.

Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a una sin quitar a la otra. Así como en tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que era el hombre más complaciente de Francia, porque había convertido todos sus bienes en obligaciones de sus partidarios para con él, así Bonaparte quisiera ser el hombre más complaciente de Francia y convertir toda la propiedad, todo el trabajo de Francia en una obligación personal hacia él. Quisiera por completo

Robar a Francia para regalárselo a Francia, o más bien para poder volver a comprar a Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene que comprar lo que debe pertenecerle. Y en el instituto de la compra se convierten todos los institutos del Estado, el Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, la medalla al soldado, los lavaderos, las construcciones del Estado, los ferrocarriles, el état major de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa de Orleáns. En medio de compra se convierte cada plaza en el ejército y en la máquina gubernamental. Pero lo más importante en este proceso, en el que se toma a Francia para darle, son los porcentajes que durante el giro les tocan en suerte a la cabeza y a los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre. La agudeza con que la condesa L., la maîtresse del señor de Morny, caracterizó la confiscación de los bienes de Orleáns: «C’est le premier vol de l’aigle»*, se aplica a cada vuelo de esta águila, que más bien es un cuervo. Él mismo y sus partidarios se gritan a diario el uno al otro, como aquel cartujo italiano

al avaro que, fanfarroneando, enumeraba los bienes de los que aún había de vivir por años: «Tu fai conto sopra i beni, bisogna prima far il conto sopra gli anni.»** Para no errar la cuenta en los años, cuentan por minutos. A la corte, a los ministerios, a la cima de la administración y del ejército se apiña un tropel de sujetos, del mejor de los cuales cabe decir que no se sabe de dónde viene, una bohème ruidosa, mal afamada, ávida de saqueo, que se desliza con la misma dignidad grotesca dentro de casacas galoneadas que los grandes dignatarios de Soulouque. Se puede uno hacer una idea plástica de esta capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre si se considera que Véron-Crevel' es su

predicador de costumbres y Granier de Cassagnac su pensador. Cuando Guizot, en tiempos de su ministerio, utilizó a este Granier en una hojilla de esquina contra la oposición dinástica, solía encomiarlo con el giro: «C’est le roi des drôles», “es el rey de los pícaros”. Sería un error que, al hablar de la corte y de la parentela de Luis Bonaparte, se trajera a la memoria la Regencia o a Luis

XV. Pues “a menudo ha vivido Francia un gobierno de maîtresses, mas nunca un gobierno de hommes entretenus”†. ¡Y Catón, el que se dio muerte para tratar con héroes en los Campos Elíseos! ¡Pobre Catón!

Acosado por las exigencias contradictorias de su situación, y a la vez necesitado, como un prestidigitador, de tener constantemente fijas en él las miradas del público como el hombre sustituto de Napoleón por medio de constantes sorpresas, esto es, necesitado de ejecutar cada día un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte sume en desbarajuste toda la economía burguesa, toca todo lo que la revolución de 1848 dejó por intangible, hace a unos pacientes de la revolución, a otros ávidos de ella, y genera la anarquía en nombre mismo del orden, mientras que, a la vez, despoja a toda la máquina del Estado de su nimbo, la profana, la torna a un tiempo asquerosa y risible. El culto de la Santa Túnica en Tréveris lo reproduce en París en el culto del manto imperial napoleónico. Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se precipitará desde lo alto de la columna Vendôme.

* Vol significa vuelo y hurto.

** Tú calculas tus bienes, antes deberías calcular tus años.

' Balzac, en La prima Bette, retrata en Crevel —copiándolo del Doctor Véron, propietario del Constitutionnel— al filisteo parisino radicalmente licencioso.

† Palabras de la señora Girardin.