Friedrich Engels

Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra una Francia revolucionaria en 1852

|[1]| Doy por sentado que toda revolución parisiense victoriosa en el año 1852 tendrá por consecuencia inmediata una guerra de la Santa Alianza contra Francia.

Esta guerra será enteramente distinta de la de 1792/94, y los acontecimientos de entonces no pueden servir de ningún modo como paralelo.

I. Los milagros de la Convención, en lo tocante a la derrota militar de la coalición, se reducen considerablemente si se los examina de cerca, y se comprende, e incluso se encuentra justificada en muchos puntos, la aversión de Napoleón hacia los 14 ejércitos de la Convención; Napoleón solía decir que los desatinos de la coalición habían hecho la mayor parte, lo cual es muy cierto, y aún en Santa Elena consideraba a Carnot un talento mediocre.

En agosto de 1792, 90 000 prusianos y austríacos invadieron Francia. El rey de Prusia quería marchar directamente sobre París; el duque de Brunswick y los generales austríacos se negaban. Ninguna unidad en el mando; ora vacilaciones, ora avance rápido, planes en perpetuo cambio. Tras atravesar los desfiladeros de las Argonas, Dumouriez les hace frente en Valmy y St. Menehould. Los aliados habrían podido rodearlo y dejarlo tranquilamente allí; él habría tenido que seguirlos hacia París y, con un proceder medianamente soportable, no habría sido peligroso ni siquiera por la retaguardia. Pero también podían actuar con más seguridad y batirlo, lo cual era fácil, puesto que contaban con más y mejores tropas, cosa que los franceses mismos admiten. En lugar de ello, le ofrecen el ridículo cañoneo de Valmy, donde durante la batalla, incluso durante el propio ataque en columnas, la opinión de los generales oscila más de una vez entre la más audaz y la más apocada. Los dos ataques mismos fueron miserables en masa, en fuerza, en espíritu, culpa no de los soldados, sino de las vacilaciones del mando; apenas fueron ataques, a lo sumo demostraciones. Un avance resuelto en toda la línea habría desbaratado con certeza a los voluntarios franceses y a los regimientos desmoralizados. Tras la batalla, los aliados volvieron a quedarse sin saber qué hacer, hasta que los soldados enfermaron.

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En la campaña de Jemmappes, Dumouriez venció porque, al principio y de manera medio instintiva, opuso al sistema austríaco de cordones y frentes infinitamente largos (de Ostende hasta el Mosa) la concentración de masas. Pero en la primavera siguiente cayó —a consecuencia de su manía de conquistar Holanda— en el mismo error; por el contrario, los austríacos avanzaron concentrados; resultado: la batalla de Neerwinden y la pérdida de Bélgica. Tanto en Neerwinden como, especialmente, en los encuentros menores de esta campaña, se puso de manifiesto que los voluntarios franceses, los tan celebrados héroes, cuando no se hallaban permanentemente bajo la mirada de Dumouriez, no se batían mejor que la «guardia del pueblo» suralemana de 1849. — Encima, Dumouriez se pasó al enemigo, la Vendée se sublevó, el ejército quedó disperso y desalentado, y si los 130 000 austríacos e ingleses hubiesen marchado resueltamente sobre París, la revolución habría quebrado y París habría sido conquistado —exactamente igual que el año precedente, si no hubieran ocurrido semejantes estupideces. En lugar de eso, los señores se plantaron ante las fortalezas, se empeñaron en ir conquistando, al detalle, las más pequeñas ventajas una tras otra, con el mayor derroche de pedantería estratégica, y dejaron pasar seis meses enteros en la inacción.

El ejército francés que, tras la defección de Lafayette, aún se mantenía unido, puede estimarse en 120 000 hombres. Los voluntarios de 1792, en 60 000. En marzo del 93 se reclutaron 300 000 hombres. Para agosto, cuando se decretó la leva en masa, el ejército francés debía contar, por tanto, con un mínimo de 300 000 a 350 000 hombres. La leva en masa le aportó unos 700 000. Haciendo todos los descuentos, a principios del 94 los franceses pusieron en campaña contra la coalición alrededor de 750 000 hombres, considerablemente más de los que la coalición alineaba contra Francia.

De abril de 1793 a octubre, los franceses fueron batidos por doquier, sólo que las derrotas no tuvieron resultado decisivo —gracias al sistema dilatorio de la coalición. A partir de octubre, los éxitos se alternaron; en invierno se suspendió la campaña; en la primavera del 94, las levas en masa entraron con pleno efecto en la línea de batalla; resultado: victorias en todos los frentes en mayo, hasta que, finalmente, en junio, la de Fleurus decide la suerte de la revolución.

Así pues, la Convención, y antes que ella el ministerio del 10 de agosto, tuvieron tiempo de sobra para armarse. Del 10 de agosto a marzo del 93 no se hizo nada: los voluntarios apenas cuentan. En marzo del 93 se reclutaron los 300 000 hombres; de marzo al marzo siguiente, la Convención dispuso de tiempo y libertad completos para armarse, un año entero, de los cuales diez meses estuvo libre de todos los obstáculos gracias a la caída de los girondinos. Y en un país de 25 millones de almas, que poseía su contingente normal de población apta para las armas, reunir un millón de soldados, 750 000 combatientes activos contra un enemigo exterior (el 3 % de la población), por nuevo que fuera entonces, no es ningún acto de magia cuando se dispone de un año.

Con excepción de la Vendée, considero, militarmente hablando, nulas las insurrecciones internas. Salvo Lyón y Tolón, fueron pacificadas en seis semanas sin necesidad de combatir; Lyón fue tomada mediante levas en masa; Tolón, mediante una irrupción fulminante de Napoleón, un asalto resuelto y los errores de los defensores.

Los 750 000 hombres que en 1794 se llevaron contra la coalición contaban al menos con 100 000 viejos soldados de la monarquía y con 150 000 más, provenientes en parte de los voluntarios, en parte de la leva de los 300 000, que en ||[2]| incesantes combates de dieciocho y doce meses respectivamente se habían habituado a la guerra; a ello se sumaba que, de los 500 000 nuevos, por lo menos la mitad ya había participado en los combates de septiembre, octubre y noviembre del 93, y los más bisoños debían llevar por lo menos tres meses en el batallón cuando se les condujo ante el enemigo. Napoleón, en la campaña de España, calcula de tres a cuatro semanas para el período de instrucción, para la école de bataillon. Descontando los oficiales subalternos y los del estado mayor, que entre los coaligados de entonces eran en promedio seguramente mejores, el ejército francés del 94 —gracias al tiempo que se le concedió para su organización, gracias al sistema de los aliados, eternamente peleando sin resultado—, sistema que desmoraliza a un ejército probado, particularmente agresivo, y disciplina y habitúa a la guerra al del enemigo, cuando éste es joven y se mantiene a la defensiva—, el ejército francés de 1794 no era, por tanto, una chusma libre, rugiente, entusiasta, dispuesta a «morir por la república», sino a very fair army, ciertamente igual a sus enemigos. Los generales de los franceses eran en 1794 en todo caso mucho mejores, aunque cometían bastantes chapuzas; pero la guillotina aseguraba la unidad del mando y la armonía de las operaciones, salvo cuando, lo que sólo ocurrió excepcionalmente, los representantes en misión hacían tonterías por cuenta propia. El noble Saint-Just cometió varias.

Glosa marginal acerca de la táctica de masas: 1) La primera idea tosca de ella surgió de la afortunada maniobra de Jemmappes, que fue más instintiva que militarmente calculada. Surgió del estado caótico del ejército francés, que necesitaba de la superioridad numérica para cobrar siquiera un poco de confianza militar en sí mismo; la masa debía suplir la disciplina. La parte de Carnot en esta invención no está nada clara. 2) Esta táctica de masas permaneció en el estado más rudimentario y, por ejemplo, en 1794 en Tourcoing y Fleurus no fue aplicada en absoluto (los franceses y el propio Carnot cometieron las chapuzas más garrafales), hasta que finalmente Napoleón, en 1796, mediante la campaña piamontesa de seis días y la verdadera aniquilación, al detalle, de una fuerza superior, mostró a la gente hacia dónde apuntaban sin habérselo aclarado a sí mismos hasta entonces; 3) en lo que respecta al propio Carnot, ese individuo me resulta cada vez más sospechoso. Naturalmente no puedo juzgar de manera definitiva; no tengo sus despachos a los generales. Pero según los datos existentes, su principal mérito parece haber consistido en la ignorancia ilimitada y la incapacidad de sus predecesores Pache y Bouchotte, y en el total desconocimiento militar de todo el resto del comité de salut public. Dans le royaume des aveugles le borgne est roi. Carnot, antiguo oficial de ingenieros, que incluso había estado como representante en el ejército del Norte, sabía lo que una fortaleza, un ejército necesitan en material, etc., y especialmente lo que les faltaba a los franceses. También poseía, necesariamente, cierta intuición de la manera de poner en movimiento los recursos militares de un país como Francia; y
como en una leva en masa revolucionaria, en la que de todas formas se produce un gran despilfarro, no importa un derroche poco más o menos abundante de los recursos con tal de alcanzar el objetivo principal, la rápida movilización de esos recursos, no hace falta atribuir a Carnot precisamente un gran genio para explicar sus resultados. Lo que me hace dudar, por su parte, de la invención de la guerra de masas que se le imputa, es sobre todo que sus planes más previsores de 1793/94 se basaban justamente en la manera de hacer la guerra opuesta; dividía los ejércitos franceses en lugar de concentrarlos y operaba contra las alas del enemigo de tal modo que éste, por ello mismo, quedaba concentrado. Luego, su carrera posterior, la virtuosidad caballeresca bajo el Consulado, etc., su valerosa defensa de Amberes —la defensa de una fortaleza es, por término medio, el mejor puesto para que un oficial medianamente dotado, metódico, pero dotado de alguna tenacidad, se distinga— y además el asedio de Amberes en 1814 no duró tres meses— y, por último, su intento de imponerle a Napoleón en 1815, frente a los 1 200 000 soldados centralizados de la coalición y ante un sistema de guerra completamente cambiado, los medios del 93, y su filisteísmo en general, todo ello no habla en favor del genio de Carnot. Y, además, ¿dónde se ha visto que un tipo decente se haya dejado mear encima, como él lo hizo, por Termidor, Fructidor, Brumario, etcétera?

Summa Summarum. La Convención se salvó única y exclusivamente porque la coalición no estaba centralizada y, de ese modo, obtuvo un año entero para armarse. Se salvó como el viejo Fritz se salvó en la guerra de los Siete Años, como Wellington fue salvado en 1809 en España, aunque los franceses, cuantitativa y cualitativamente, eran por lo menos tres veces más fuertes que todos sus adversarios juntos, y sólo paralizaron su colosal poder porque los mariscales, una vez ausente Napoleón, se gastaron unos a otros todas las jugarretas imaginables.

II. La coalición hace tiempo que ha superado las estupideces del 93. Está magníficamente centralizada. Ya lo estaba en 1813. La campaña de Rusia

...de 1812 convirtió a Rusia en el centro de gravedad de toda la Santa Alianza para la guerra continental. Sus tropas formaban el núcleo principal, en torno al cual sólo más tarde se agruparon Prusia, Austria, etc., y siguieron siendo el núcleo principal hasta el interior de París. Alejandro era de facto comandante en jefe de todos los ejércitos (es decir, el estado mayor ruso, detrás de Alejandro). Pero desde 1848, la Santa Alianza está construida sobre una base mucho más sólida. El desarrollo de la contrarrevolución de 1849-51 ha colocado al continente, con excepción de Francia, frente a Rusia en la misma situación en que se encontraban la Confederación del Rin e Italia frente a Napoleón: puro vasallaje. Nicolás, id est Paskiewitsch, es el inevitable dictador de la Santa Alianza en caso de guerra, como Nesselrode ya lo es en tiempo de paz.

En lo que respecta además al arte moderno de la guerra, éste fue plenamente desarrollado por Napoleón. Hasta que se presenten ciertas circunstancias, de las que se hablará más adelante, no queda más remedio que imitar a Napoleón en la medida en que las circunstancias lo permitan. Pero este arte moderno de la guerra es mundialmente conocido. En Prusia se lo machaca a cada subteniente ya antes del examen de alférez portaestandarte, en la medida en que se deja machacar. Por lo que respecta a los austríacos, en la campaña húngara conocieron y eliminaron a sus malos generales, específicamente austríacos —los Windischgrätz, Weiden, Götz y otras viejas comadres. En cambio —y puesto que ya no tenemos que escribir la N. Rh. Z., ya no necesitamos hacernos ilusiones—, las dos campañas de Radetzki en Italia, la primera excelente, la segunda magistral. Quién le haya ayudado en ello, es indiferente; en cualquier caso, el viejo tiene suficiente bon sens para captar las ideas geniales de otros. La posición defensiva de 1848 entre las 4 fortalezas de Peschiera, Mantua, Legnago, Verona, bien cubiertos los 4 lados del cuadrilátero, y su defensa de esta posición hasta que recibió ayuda, en medio de un país sublevado, sería una obra maestra si no le hubiera facilitado enormemente la resistencia la miserable dirección, la desunión y el eterno vacilar de los generales italianos, las intrigas de Carlos Alberto y el apoyo de los aristócratas reaccionarios y los curas en el campo enemigo. Tampoco hay que olvidar que se hallaba en el país más fértil del mundo, y que no tenía que preocuparse por el sostenimiento de su ejército. — Pero la campaña del 49 es inaudita para los austríacos. Los piamonteses, en lugar de bloquear con masa concentrada la carretera a Turín cerca de Novara y Mortara (línea de 3 millas de largo), que era lo mejor, o de avanzar desde allí en 2-3 columnas sobre Milán, se despliegan desde Sesto hasta Piacenza —línea de 20 millas, 470.000 hombres, sólo 3.500 hombres por milla alemana, y 3-4 fuertes jornadas de marcha de un ala a la otra. Penosa operación concéntrica contra Milán, en la que estaban demasiado débiles en todas partes. Radetzki, viendo que los italianos aplican el viejo sistema austríaco del 92, opera contra

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ellos exactamente como Napoleón lo habría hecho. La línea piamontesa estaba cortada por el Po en 2 trozos, un error groseramente necio. Él rompe la línea junto al Po, separa las 2 divisiones meridionales de las 3 septentrionales, intercalando un bloque de 60.000 hombres entre ellas, ataca rápidamente las tres divisiones septentrionales (apenas 35.000 hombres concentrados) con todo su poder, las arroja a los Alpes y separa entre sí y de Turín a ambos cuerpos del ejército piamontés. Esta maniobra, que terminó la campaña en 3 días, y que está copiada casi literalmente de la que Napoleón realizó en 1809 cerca de Abensberg y Eckmühl, la más genial de todas las maniobras napoleónicas, demuestra en todo caso que los austríacos están muy lejos de seguir pavoneándose como los viejos "siempre despacio, adelante"; fue precisamente la rapidez lo que aquí lo decidió todo. Las traiciones de los aristócratas y de Ramorino facilitaron la cosa, especialmente mediante noticias exactas sobre la posición y los planes de los italianos. También la villanía de la brigada sarda en Novara, que no combatió, sino que saqueó. Pero hablando militarmente, la penosa disposición de los piamonteses y la maniobra de Radetzki son plenamente suficientes para explicar el éxito. Estos dos hechos, en cualquier circunstancia, habrían tenido este resultado. — Por último, los rusos, por la naturaleza misma de su ejército, se ven remitidos a un sistema de guerra que se acerca mucho al moderno. Su ejército se compone, en su fuerza principal, de infantería masiva, semibárbara, por tanto pesada, y de numerosa caballería semibárbara, ligera, irregular (cosacos). Los rusos, en combates decisivos, en grandes batallas, nunca han actuado de otro modo que con masas; Suvorov ya lo entendía ([6]) durante el asalto de Izmail y de Ochákov. La movilidad que les falta se compensa en parte mediante la caballería irregular, que pulula a su alrededor en todas direcciones y enmascara cada movimiento del ejército. Pero precisamente esta pesada masividad del ejército ruso lo hace excelentemente apto para formar el núcleo y la reserva, el pivote de un ejército de coalición, cuyas operaciones siempre deben ser algo más lentas que las de un ejército nacional. Este papel lo desempeñaron los rusos con distinción en 1813 y 1814, y en esos años apenas hay un plan de batalla en el que las masivas columnas rusas no llamen inmediatamente la atención por su profundidad y densidad, respecto a todas las demás.

A los franceses apenas se los puede considerar, desde 1812, como los portadores por excelencia de la tradición napoleónica. Esta tradición ha pasado más o menos a todos los grandes ejércitos europeos; en cada uno ha provocado una revolución, en su mayoría ya en los últimos años del Imperio; cada uno ha adoptado el sistema napoleónico en la estrategia y la táctica, en la medida en que esto armoniza con el carácter del ejército. La influencia niveladora de la época burguesa se hace sentir también aquí; las viejas

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...condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza

particularidades nacionales están desapareciendo también en los ejércitos, y el ejército francés, el austríaco y el prusiano, en gran parte incluso el inglés, son máquinas más o menos igual de bien organizadas para las maniobras napoleónicas. Esto no impide que, por lo demás, en el combate, etc., tengan cualidades muy diferentes. Pero de todos los ejércitos europeos (grandes), sólo el ruso, semibárbaro, es capaz de una táctica y estrategia propias, porque es el único que aún no está maduro para el sistema de guerra moderno plenamente desarrollado.

En lo que respecta a los franceses, con la pequeña guerra argelina han interrumpido incluso el hilo de la tradición napoleónica de la gran guerra. Habrá que ver si esta guerra de bandidaje compensa sus consecuencias perjudiciales para la disciplina con las ventajas de la habituación a la guerra; si acostumbra a los hombres a las fatigas o los quiebra por el sobreesfuerzo; por último, si no echa a perder también a los generales el golpe de vista para la gran guerra. En todo caso, la caballería francesa en Argelia se echará a perder más o menos; desaprende su force, el choque cerrado, y se acostumbra a un sistema de guerrilla en el que los cosacos, húngaros y polacos siempre le seguirán siendo superiores. De los generales, Oudinot se ha cubierto de oprobio ante Roma y sólo Cavaignac se ha distinguido en junio —todo esto, empero, no son aún grandes épreuves.

Las probabilidades de la estrategia y táctica superiores, por consiguiente, están en conjunto al menos tanto del lado de la coalición como del de la revolución.

III. Pero una nueva revolución, que lleve al poder a una clase completamente nueva, ¿no producirá también, como la primera, nuevos medios de guerra y una nueva forma de hacer la guerra, frente a la cual la actual, napoleónica, aparecerá tan anticuada e impotente como la de la guerra de los Siete Años frente a la de la primera revolución?

|[7]| La forma moderna de hacer la guerra es el producto necesario de la Revolución Francesa. Su presupuesto es la emancipación social y política de la burguesía y los campesinos parcelarios. La burguesía proporciona el dinero, los campesinos parcelarios proporcionan los soldados. La emancipación de ambas clases de las trabas feudales y gremiales es necesaria para poder poner en pie los actuales ejércitos colosales; y el grado de riqueza y cultura ligado a esta fase de desarrollo social es igualmente necesario para crear el material necesario para los ejércitos modernos en armas, municiones, víveres, etc., para proporcionar el número necesario de oficiales instruidos y dar al soldado mismo la inteligencia necesaria.

Tomo el sistema de guerra moderno tal como Napoleón lo desarrolló plenamente. Sus dos pivotes son: masividad de los medios de ataque en hombres, caballos y cañones, y movilidad de estos medios de ataque.

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La movilidad es la consecuencia necesaria de la masividad. Los ejércitos modernos no pueden, como los pequeños ejércitos de la guerra de los Siete Años, marchar de un lado a otro durante meses en un territorio de 20 millas. No pueden llevar tras de sí todos sus víveres necesarios en almacenes. Tienen que caer sobre un distrito como una plaga de langostas, forrajear a derecha e izquierda dentro del radio de acción de su caballería, y tienen que marcharse cuando todo está consumido. Los almacenes son suficientes sólo si alcanzan para imprevistos; se vacían a cada instante y se llenan de nuevo, tienen que seguir la marcha rápida del ejército y, por tanto, rara vez pueden llegar a cubrir las necesidades del ejército siquiera por un mes. Por consiguiente, el sistema de guerra moderno es imposible de forma duradera en un país pobre, semibárbaro y de escasa población. Los franceses sucumbieron lentamente a esta imposibilidad en España, y rápidamente en Rusia. Pero a cambio, los españoles también sucumbieron a los franceses, su país fue enormemente expoliado, y los rusos no pueden aplicar duraderamente su propio y pesado sistema de guerra de masas ni siquiera en Polonia, y en la Rusia propiamente dicha, mientras no tengan ferrocarriles, no pueden aplicarlo en absoluto. La defensiva en el Dniéper y en el Dviná arruinaría a Rusia.

Pero a esta movilidad pertenece también un cierto grado de formación del soldado, que en muchos casos tiene que saber ayudarse a sí mismo. La considerable extensión de los servicios de patrulla y forrajeo, del servicio de puestos avanzados, etc., la mayor actividad que se exige de cada soldado, la repetición más frecuente de casos en que el soldado actúa individualmente y se ve remitido a sus propios recursos intelectuales, por último, la gran importancia del combate de tiradores, cuyo éxito depende de la inteligencia, del golpe de vista y de la energía de cada soldado individual, todo ello presupone un mayor grado de formación en el suboficial y el soldado de lo que ocurría en tiempos del viejo Fritz. Pero una nación bárbara o semibárbara no puede presentar en las masas un grado de formación tal que los primeros 560.000 hombres que se recluten puedan, por un lado, ser disciplinados, ejercitados maquinalmente y, al mismo tiempo, adquirir o conservar ese golpe de vista para la pequeña guerra. ||[8]| Los bárbaros tienen ese golpe de vista del bandido por naturaleza, p.ej., los cosacos; pero, a cambio, son tan incapaces para el servicio de guerra regular como, a la inversa, los siervos de la gleba rusos lo son para el correcto tiroteo de tiradores.

Este grado de formación media general, que el sistema de guerra moderno presupone en cada soldado, sólo se encuentra en los países más desarrollados: en Inglaterra, donde el soldado, por rudo campesino que fuese, pasaba por la escuela civilizadora de las ciudades; en Francia, donde los campesinos parcelarios

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»... duración, y el populacho ladino de las ciudades (remplaçants) forman el ejército;
en el norte de Alemania, donde el feudalismo o bien está también aniquilado
o ha adoptado formas plus ou moins burguesas y donde las ciudades
aportan un importante contingente al ejército; por último, parece que, tras las
últimas guerras, existe también, al menos en una parte del ejército austriaco,
reclutada en las regiones menos feudales. Prescindiendo de Inglaterra, el
cultivo parcelario constituye en todas partes la base del ejército, y
el ejército es tanto más apto para el sistema bélico moderno cuanto más
se aproxima la posición del campesino parcelario a la del propietario libre.

Pero no sólo la movilidad del soldado individual, sino también la de
las masas mismas presupone el grado de civilización de la época burguesa. La
somnolencia de los ejércitos prerrevolucionarios está ligada de manera precisa con el feudalismo. La masa de los bagajes de los oficiales bastaba por sí sola para impedir todo
movimiento. Los ejércitos se arrastraban con la misma lentitud que el movimiento entero.

La burocracia ascendente de las monarquías absolutas introdujo algo

más de orden en la administración del material, pero su alianza con la
haute finance organizó al mismo tiempo el desfalco en gran escala, y donde la
burocracia resultó de alguna utilidad a los ejércitos, les perjudicó el doble
por el espíritu de esquematismo y de pedantería que les infundió. Testigo, el viejo Fritz en su serenísima y suprema persona. Rusia todavía hoy adolece
de todos estos males; el ejército ruso, estafado y estrujado por doquier,
está hambriento y en la marcha los tipos caen como
moscas. Sólo el Estado burgués alimenta a sus tropas de modo tolerable y
puede, por tanto, contar con la movilidad de su ejército.

En lo que respecta a la movilidad, ésta es, pues, bajo toda consideración, una
propiedad de los ejércitos burgueses. Pero la movilidad no es sólo el
complemento necesario de la masividad, sino que a menudo la sustituye también (Napoleón en Piamonte, 1796).

Mas la masividad es, en la misma medida que la movilidad, propiedad especial de los modernos
ejércitos civilizados.

Por diferente que sea el método del reclutamiento —conscripción,
Landwehr prusiana, milicia suiza, levée en masse—, la experiencia
de los últimos 60 años demuestra que bajo el régimen de la burguesía y de
los campesinos parcelarios libres, en ninguna guerra popular se puede llamar
a las armas a más del 7% de la pobla||ción, [pues] de éstos, aproximadamente el 5% pueden ser empleados activamente. Francia en el otoño de 1793, suponiendo 25 millones, habría
podido aportar, según esto, 1.750.000 soldados y 1.250.000 combatientes reales. Los 1.250.000 estaban, en esa época, en las fronteras, ante Tolón, en
la Vendée — contando aquí ambos bandos — más o menos presentes. En
Prusia — actualmente 16 millones — el 7 y el 5 % importarían 1.120.000 hombres y
800.000 hombres. Todo el poderío prusiano, línea y Landwehr, asciende

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sin embargo a apenas 600.000. Este ejemplo muestra cuánto es ya el 5 % para una nación.

Eh bien, si Francia y Prusia pueden llamar a las armas fácilmente el 5 % de su población y
en caso de necesidad incluso el 7 %, Austria reúne
en el caso más extremo a lo sumo el 5, y Rusia apenas el 3 %. El 5 % para
Austria serían 1.750.000 — suponiendo 35 millones. En 1849
Austria había esforzado todas sus fuerzas. Tenía alrededor de 550.000 hombres. Los
húngaros, cuyas fuerzas se habían doblado gracias a los billetes de Kossuth, tenían
quizá 350.000. Cuento aún 50.000 lombardos que se sustrajeron a la conscripción o que servían en el ejército piamontés — suma:
950.000 hombres, es decir, aún no el 2¾ % de la población; teniendo en cuenta que los confinarios croatas,
que vivían en condiciones excepcionales, aportaban al menos el 15 % de su
población. — Rusia tiene, calculando por lo bajo, 72 millones de habitantes; debería pues poder poner en pie, al 5 %, 3.600.000. En vez de eso, nunca ha podido poner en pie
más de 1.500.000, regulares e irregulares juntos, y de ésos conducir contra el enemigo
en su propio país a lo sumo 1.000.000, es decir, su
fuerza total nunca superó el 2½, su fuerza activa nunca el 1½ o
1⅔ %. La escasa población en un espacio enorme, la falta de comunicaciones y la reducida producción nacional explican esto de un modo muy
sencillo.

Como la movilidad, la masa de los medios de ataque es resultado necesario
del más alto grado de civilización, y en especial la moderna
proporción de la masa armada respecto a la población total es inconciliable
con todo estado de la sociedad que esté por debajo de la burguesía emancipada.

La guerra moderna presupone, pues, la emancipación de los burgueses y
de los campesinos; es la expresión militar de esta emancipación.

La emancipación del proletariado tendrá también una expresión militar
particular, engendrará un método de guerra aparte, nuevo.
Cela est clair. Cabe incluso ya determinar de qué índole serán las bases materiales de esta nueva guerra.

Pero tan lejos como la mera conquista del poder político
por el confuso proletariado francés y alemán actual, que en parte forma la cola de otras clases, está de la emancipación real
del proletariado, que consiste en la abolición de todos los antagonismos de clase,
tan lejos está la guerra incipiente de la revolución que cabe esperar de la guerra del proletariado realmente emancipado.

La emancipación real del proletariado, la completa eliminación
de todas las diferencias de clase y la completa concentración de todos los medios
de producción en Alemania y Francia presuponen la cooperación

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de Inglaterra y al menos la duplicación de los medios de producción existentes hoy en Alemania y
Francia. Pero precisamente esto presupone también una nueva especie
de guerra.

Los grandiosos descubrimientos de Napoleón en la ciencia de la guerra || [10] | no pueden ser eliminados por un milagro. La nueva ciencia de la guerra tiene que ser un producto igualmente necesario de las nuevas relaciones sociales como la creada por la Revolución y Napoleón lo fue del resultado necesario de las nuevas relaciones dadas por la Revolución. Mas así como en la revolución proletaria no se trata, para la industria, de abolir las máquinas de vapor, sino de multiplicarlas, así en la guerra se trata de potenciar la masividad y la movilidad, no de reducirlas.

La premisa de la guerra napoleónica fueron fuerzas productivas acrecentadas;
la premisa de todo nuevo perfeccionamiento en la guerra tienen que ser también nuevas fuerzas productivas. Los ferrocarriles y los telégrafos eléctricos darán ya ahora, en las guerras europeas, ocasión a un general o ministro de la guerra de talento para combinaciones del todo nuevas. El gradual aumento de las fuerzas productivas y, con ello, de la población ha dado igualmente oportunidad para mayores acumulaciones de masas. En Francia, en lugar de 25, 36 millones, da, para el 5%, no ya 1.250.000, sino 1.800.000 hombres. En ambos casos, el poderío de los países civilizados se ha acrecentado proporcionalmente frente al de los bárbaros. Sólo ellos poseen grandes redes ferroviarias, y su población ha crecido con rapidez doble que la de Rusia, por ejemplo. — Todos estos cálculos prueban, dicho sea de paso, cuán puramente imposible es un sojuzgamiento duradero de Europa occidental bajo Rusia, y cuánto más imposible se hace cada día.

Pero el poderío de la nueva guerra que ha de engendrarse por la abolición de las clases no puede consistir en que el 5% disponible constituya, con el crecimiento de la población, masas cada vez más considerables. Tiene que consistir en que se esté en condiciones de llamar a las armas no ya al 5, respectivamente al 7%, sino al 12-16% de la población, id est la mitad hasta dos tercios de la población masculina adulta — la gente sana de 18 a 30, o respectivamente 40 años. Pero así como Rusia no puede elevar su fuerza disponible del 2-3% al 5% sin una revolución completa de toda su organización social y política interna y, ante todo, de su producción, así Alemania y Francia no pueden elevar su fuerza disponible del 5 al 12% sin revolucionar su producción y más que duplicarla. Sólo cuando el trabajo medio de cada individuo, mediante máquinas etc., valga el doble que

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ahora, podrá prescindirse del trabajo de un número doble — incluso
sólo por breve tiempo, pues el 5% no ha sido mantenido sobre las armas por país alguno durante mucho tiempo.

Cumplidas las condiciones para ello, suficientemente acrecentada y centralizada la producción nacional, abolidas las clases, lo cual es enteramente
necesario — el voluntario prusiano de un año, mientras no sea
suboficial u oficial de la Landwehr —, nunca será, a causa de su posición social de aristócrata, un soldado útil al lado de los campesinos y
los patanes —, entonces la única barrera del reclutamiento real es la de la población apta para las armas — es decir, en el caso de máxima necesidad pueden momentáneamente ser armados el
15-20% de la población y conducirse realmente contra el enemigo el 12-15%. Pero estas masas enormes presuponen una movilidad enteramente distinta que la de los actuales ejércitos. Sin una red ferro||[11]|viaria completa, no pueden ni concentrarse, ni alimentarse, ni mantenerse provistas de munición, ni moverse. Y sin telégrafos eléctricos no pueden ser dirigidas en absoluto; pero como no es posible que en masas semejantes el estratega y el táctico (que manda en el campo de batalla) sean una y la misma persona, aquí interviene la división del trabajo. Las operaciones estratégicas, la cooperación de los diferentes cuerpos, tienen que ser dirigidas desde el punto central de las líneas telegráficas; las tácticas, por los generales individuales. Que bajo estas circunstancias las guerras pueden y tienen que ser decididas en tiempo aún mucho más breve que por Napoleón, está claro. El punto del coste lo hace necesario, el efecto decisivo necesario de cada golpe con tales masas lo hace inevitable.

Así pues, por su masa y su movilidad estratégica, estos ejércitos tienen que ser ya de un carácter temible enteramente inaudito. La movilidad táctica (en el patrullaje, en el tiroteo, en el campo de batalla) tiene que ser igualmente en tales soldados mucho mayor; éstos son más robustos, más flexibles, más inteligentes que todo lo que la sociedad actual puede rendir.

Por desgracia, sin embargo, todo eso no puede ser llevado a cabo sino tras largos años y en una época en que tales guerras de masas ya no puedan tener lugar por falta de un enemigo adecuado. En el primer tiempo de la revolución proletaria, no existen para todo esto las primeras condiciones; y menos que nada en el año 1852.

El proletariado de Francia forma ahora ciertamente apenas el doble porcentaje de la población frente a 1789. Entonces el proletariado estaba — al menos en el 92 y el 94 — tan agitado y en tensión como sólo lo estará próximamente. Ya entonces resultó que en las guerras revolucionarias con violentas convulsiones internas, la masa del proletariado es necesaria para el empleo en el interior. Esto volverá a ser ahora, y probablemente más que nunca, el

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caso, ya que las probabilidades para el inmediato estallido de guerras civiles aumentan con el avance de los aliados. El proletariado, por tanto, sólo podrá enviar un pequeño contingente al ejército activo; la fuente principal del reclutamiento sigue siendo el populacho y los campesinos. Es decir, la Revolución tendrá que hacer la guerra con los medios y según el método de la guerra moderna general.

Sólo un ideólogo podría preguntar si con estos medios, es decir, con un
ejército activo del 4 al 5 % de la población, no sería posible hacer nuevas
combinaciones, inventar nuevos y sorprendentes métodos de empleo. Así como
no se puede cuadruplicar el producto en el telar sin sustituir la fuerza motriz,
el trabajo manual, por el vapor, sin inventar un nuevo medio de producción
que tenga muy poco en común con el viejo telar manual, del mismo modo no
se pueden producir, en el arte de la guerra, nuevos resultados con los viejos
medios. Sólo la creación de medios nuevos, más imponentes, posibilita la
consecución de resultados nuevos, grandiosos. Todo gran general que, mediante
nuevas combinaciones, hace época en la historia militar, o bien inventa él
mismo nuevos medios materiales, o bien descubre por primera vez el uso
correcto de nuevos medios materiales inventados antes de él. Entre Turenne y
el viejo Fritz se halla la revolución en la infantería, el desplazamiento de la pica
y la llave de mecha por la bayoneta y la llave de pedernal — y lo que hace
época en la ciencia militar del viejo Fritz consiste en que él, dentro de los
límites de la guerra de entonces en general, reformó y desarrolló la vieja táctica
con arreglo a los nuevos instrumentos. Exactamente igual a como el mérito
epocal de Napoleón consiste en que encontró, para las masas de ejército más
colosales posibilitadas por la Revolución, el único empleo táctico y estratégico
correcto, y además lo desarrolló de manera tan completa que, en términos
generales, los generales modernos, lejos de poder superarlo, no hacen sino
intentar copiarlo en sus operaciones más brillantes y hábiles.

Summa Summarum, la revolución tendrá que luchar con los medios de
guerra modernos y el arte de la guerra moderno contra medios de guerra
modernos y arte de la guerra moderno. Las probabilidades del talento militar
son, para la coalición, por lo menos tan grandes como para Francia: ce seront
alors les gros bataillons qui l’emporteront.

IV. Veamos ahora qué batallones pueden ponerse en línea de batalla y cómo
pueden emplearse.

1) Rusia. El ejército ruso, en pie de paz, consta nominalmente de 1.100.000
hombres, en realidad, cerca de 750.000. Desde 1848, el gobierno ha trabajado
incesantemente para alcanzar el efectivo de 1.500.000 hombres en pie de
guerra, y Nicolás y Paskievich han revistado personalmente allí donde les ha
sido posible.

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Friedrich Engels

Calculando por lo bajo, Rusia ha alcanzado ahora, efectivamente, la
totalidad del pie de paz:
1.100.000 hombres. De éstos se deducen, calculando alto:

Para el Cáucaso 100.000 h.

» la propia Rusia 150.000 »

» las provincias polacas 150.000 »

» enfermos, destacados, etc. 150.000 » 550.000 hombres.

Quedan disponibles 550.000 hombres
para empleo activo contra el exterior. Esto apenas es más de lo que Rusia
envió realmente a través de la frontera en 1813.

2) Prusia. El magnífico ejército, si se convocara a toda la Landwehr del
1.er y 2.º llamamiento, a los supernumerarios y a todos los demás, importaría
por lo menos 650.000 hombres. Sin embargo, el gobierno puede movilizar, a
lo sumo y de momento, 550.000 hombres. Yo calculo sólo 500.000. Éstos
apenas necesitarán destacar para guarnición, etc., un poco más que el 2.º
llamamiento (150.000 hombres), puesto que en todas partes el llamamiento
gradual de los supernumerarios y de la nueva conscripción para el año
siguiente —de lo que ya se encargará Nicolás—, así como los rusos que
desfilan incesantemente, constituirían una reserva suficiente contra cualquier
intento de insurrección interior. Además tienen menos enfermos, puesto que
se concentran en su propio país y tienen que marchar menos distancia hasta
el Rin que los rusos. Calculo, no obstante, como en el caso de los rusos,
la mitad como deducción, con lo que la otra mitad queda disponible:
250.000 hombres.

3) Austria. Tiene bajo las armas y en situación de permiso —que se
incorporan al ejército con la misma rapidez que la Landwehr prusiana—,
calculando por lo bajo, 600.000 hombres. También aquí deduzco la mitad,
puesto que, al menos en las tres cuartas partes de la monarquía, las tropas
rusas que avanzan desde atrás sirven, hasta la formación de nuevas reservas,
como reserva en el interior y mantienen a raya los focos de insurrección.
Quedarían disponibles contra el enemigo — 300.000 hombres.

4) La Confederación Germánica. Como estos señores residen cerca del Rin
y toda la coalición desfila a través de sus territorios, casi no necesitan ninguna
guarnición para el interior; tanto menos cuanto que, con los primeros éxitos
de la coalición contra Francia, los ejércitos de reserva se desplegarían
transversalmente a través de Alemania, de norte a sur. La Confederación
Germánica aporta por lo menos 120.000 hombres.

5) A los gobiernos italianos, los daneses, belgas, holandeses, suecos, etc.,
los calculo por de pronto en 80.000 hombres.

La masa total de las tropas de la coalición asciende, según esto, a 1.300.000
hombres, que ya están sobre las armas o pueden ser llamadas de inmediato.

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Todos estos supuestos son, intencionadamente, demasiado bajos. Sólo las
deducciones por enfermos son tan cuantiosas que, únicamente con los
convalecientes, etc., dos meses después de iniciadas las operaciones, se puede
formar en la frontera francesa un segundo ejército de 350.000 hombres. Pero
como hoy en día ningún gobierno es tan insensato como para iniciar una
guerra sin hacer, al mismo tiempo que la marcha de salida del ejército activo,
nuevos alistamientos, tan cuantiosos como sea posible, y enviarlos en pos del
primer ejército, este segundo ejército debe resultar aún notablemente más
fuerte.
Las tropas del primer ejército (los 1.300.000 hombres) pueden concentrarse
completamente en unos dos meses, y ello de la manera siguiente: Que los
prusianos y los austríacos pueden tener disponibles los contingentes arriba
señalados en dos meses, es algo de lo que no puede caber duda alguna desde
los armamentos de noviembre último. En lo que respecta a los rusos, sus tres
puntos definitivos de concentración son, de momento, Berlín, Breslau y
Cracovia o Viena (cfr. más abajo). De Petersburgo a Berlín hay aproximadamente 45 jornadas de marcha; de Berlín al Rin 16, en total 61 marchas de
5 millas alemanas. De Moscú a Breslau 48 marchas, de Breslau a Maguncia 20;
total 68 marchas. De Kiev a Viena 40, de Viena a Basilea 22, total 62 marchas.
Añadiendo a esto los días de descanso, que en el caso de tropas rusas y con
las fuertes marchas antedichas no pueden suprimirse bajo ninguna condición,
está claro que incluso las tropas estacionadas en Moscú, Petersburgo y Kiev
pueden estar cómodamente en el Rin en tres meses, partiendo del supuesto de
que la tropa marche exclusivamente a pie y de que no se recurra a los
ferrocarriles ni al transporte en carros. Pero estos medios pueden aplicarse en
casi todas partes en Alemania, y por lo menos parcialmente en Rusia y Polonia,
y, en conjunto, acortarían ciertamente el transporte de las tropas en 15 ó 20
días. Pero la masa principal de las tropas rusas está ya ahora concentrada en
las provincias polacas, y tan pronto como las circunstancias políticas hagan
probable una crisis, se dirigirán hacia allí aún más tropas, de modo que los
puntos de partida de la línea de marcha no serán Petersburgo, Moscú y Kiev,
sino Riga, Vilna, Minsk, Dubno, Kamieniec; es decir, que la línea de marcha
se acortará en unas 60 millas — 12 jornadas de marcha y 4 de descanso.
Con ello, una gran parte de la infantería — especialmente la que procede
de las estaciones más lejanas— podrá ser transportada en carros al menos
cada tercer día, o día de descanso, 5 millas, de modo que para esta parte los
días de descanso cuentan como días de marcha. El material de artillería, las
municiones y los víveres conservarían entonces libre el ferrocarril; las yuntas
y los servidores de la artillería marcharían, respectivamente, en carros, y de
este modo llegarían en todo caso antes que según el procedimiento usual.
Después de todo esto, nada parece oponerse, en mi opinión, a que la

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Friedrich Engels

concentración del ejército de la coalición en el Rin pueda efectuarse dos
meses después del estallido de la revolución, de la manera siguiente:

Primer ejército: 1) 1.ª línea en el Rin y ante el Piamonte,
Prusianos, austríacos, etc. 750.000
Rusos — 300.000
1.050.000 h.

2.ª línea, reserva,
a 10 marchas atrás, Rusos 250.000 h.

Total - 1.300.000 h.
como arriba

Segundo ejército: 1) Reserva de los pequeños aliados,
prusianos, austríacos, etc., en
fase de concentración — 200.000 h.
2) Reserva rusa, en
marcha, 20 marchas atrás 150.000 »
350.000 h.

Ambos ejércitos, total 1.650.000 hombres.

En el fondo, en las actuales condiciones, apenas se necesitan 5 ó 6 semanas
para llevar 300.000 rusos al Rin, y en el mismo tiempo prusianos, austríacos
y los pequeños aliados pueden llevar al Rin sus contingentes antedichos; pero
a fin de tener debidamente en cuenta los imprevistos obstáculos que surgen en
toda coalición, doy por supuestos dos meses completos. El despliegue de las
tropas aliadas en el momento en que Napoleón regresó de Elba, distaba de ser,
en lo relativo a una marcha hacia Francia, tan favorable como el actual, y sin
embargo los rusos estaban en el Rin cuando Napoleón combatía en Waterloo
contra los ingleses y los prusianos.

¿Qué recursos tiene Francia para oponer a los aliados?

1) El ejército de línea asciende a unos 450.000 hombres, de los cuales 50.000
no pueden ser retirados de Argel. De los 400.000 restantes hay que deducir
los enfermos, el mínimo necesario para guarniciones de fortalezas y pequeños
destacamentos en regiones interiores sospechosas, por lo que quedan disponi-
bles como máximo 250.000 hombres.

2) El recurso predilecto de los rojos actuales: llamar de nuevo a filas a los
soldados licenciados, sólo puede aplicarse con éxito y por la fuerza, como
máximo, a 6 clases de edad, es decir, de los 27 a los 32 años. Cada clase de
edad contribuye al contingente con 80.000 hombres. Los estragos de la guerra

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y del clima de Argelia, la mortalidad normal durante 12 años, la baja de los
que se han vuelto inhábiles, de los emigrados y de los que, de una u otra
manera, saben sustraerse al reingreso en un momento en que la administración
cae de todos modos en el desorden, reducen los 480.000 antiguos reclutas de
estas 6 clases de edad a un máximo de 300.000 hombres que reingresan. De
éstos se deducen 150.000 para guarniciones de fortalezas, que se tomarán
principalmente de esta clase de gente de más edad, en su mayor parte casada
— quedan 150.000 hombres. Éstos pueden ser movilizados sin dificultad, con
una dirección medianamente hábil, en 2 meses.
3) La guardia popular, los voluntarios, los volontaires, la levée en masse,
o como quiera llamarse a esta carne de cañón subordinada. Con excepción de
unos 10.000 gardes mobiles que aún pueden reunirse, ningún hombre de éstos
tiene más familiaridad con las armas que cualquier miliciano de la milicia
ciudadana alemana. Los franceses aprenden el oficio más rápidamente, pero
2 meses son un tiempo muy corto, y si Napoleón podía hacer pasar a sus
reclutas por la escuela de batallón en 4 semanas, ello sólo lo consiguió con
cuadros excelentes, mientras que la primera consecuencia de la próxima
revolución es la desorganización incluso de los cuadros de línea. A esto hay
que añadir que nuestros revolucionarios franceses son notoriamente tradicionales, y su primer grito será: ¡Levée en masse! ¡Deux millions d’hommes aux
frontiéres! Los dos millones de hombres serían muy bonitos y buenos si se
pudiera esperar de nuevo de la coalición estupideces como las de los años 92
y 93, y se tuviera tiempo para ir instruyendo a los 2.000.000 de hombres poco
a poco. Pero de eso no puede ni hablarse. Hay que estar preparados para
tener en la frontera, en el plazo de dos meses, un millón de soldados enemigos
activos, y de lo que se trata es de hacer frente a este millón con alguna
probabilidad de éxito.
Si los franceses actúan de nuevo como los tradicionales papagayos del 93,
emprenden la historia ésa de los 2 millones, es decir, emprenden tanto que el
resultado real, en el breve plazo, se reduce a cero.

El adiestramiento y la organización de 1.500.000 hombres en 8 semanas, sin cuadros, conduce en la práctica a un despilfarro absurdo de todos los recursos y a no reforzar el ejército ni siquiera con un solo batallón útil.

Si, por el contrario, tienen un ministro de la guerra en toda regla, que tenga algún conocimiento de las guerras revolucionarias y de los métodos para crear rápidamente un ejército, y si no se le ponen en el camino estúpidos obstáculos basados en la ignorancia y la búsqueda de popularidad, se mantendrá dentro de los límites de lo posible y podrá hacer mucho. Se llegará entonces más o menos al plan siguiente:

La fuerza armada se compone, en primer lugar, de dos elementos: 1) Guardia proletaria en las ciudades, guardia campesina en el campo, en la medida en que el campo sea de fiar, para el servicio interior; 2) Ejército regular contra la invasión. — El servicio de fortaleza es prestado por la guardia proletaria y campesina; el ejército sólo proporciona los destacamentos más necesarios. París, Estrasburgo, Lyon, Metz, Lille, Valenciennes, las fortalezas más importantes, que al mismo tiempo son grandes ciudades, no necesitarán para su defensa, fuera de su propia guardia y de algunos destacamentos campesinos de los alrededores, más que poca tropa de línea. Las guardias proletarias disponibles en el interior, en la medida en que estén compuestas de obreros desocupados, serán reunidas en un campamento de instrucción y adiestradas por antiguos oficiales y suboficiales no aptos para el servicio de campaña con el fin de llenar los huecos en las filas del ejército activo. El campamento puede establecerse cerca de Orleans — al mismo tiempo una amenaza contra las comarcas legitimistas.

La línea, en la medida en que está en Francia, debe ser triplicada, elevada de 400.000 a 1.100.000 hombres. Esto se hace del siguiente modo: cada batallón se convierte en un regimiento — el ascenso general inevitable que ello supone inspirará a los oficiales y suboficiales no menos respeto por la revolución que la guillotina y el consejo de guerra. La ampliación inevitable de los cuadros se efectúa de la manera más gradual posible, y se gana todo lo que se puede ganar de oficiales. Esto es muy importante, dada la imposibilidad de sacar oficiales de la nada en 2 meses. De todos modos, en los grados intermedios y bajos del ejército francés reina todavía tanto sentimiento nacional, que esta gente, con algún ascenso, una dirección enérgica del departamento de la guerra y alguna probabilidad de éxito, se portará muy bien al principio, sobre todo si se estatuyen algunos ejemplos con amotinados y desertores. Los alumnos de las escuelas militares, los funcionarios de Ponts-et-Chaussées dan excelentes oficiales de artillería e ingenieros, y después de un par de acciones comenzarán a desarrollarse esos talentos militares subordinados, tan frecuentes entre los franceses, que saben mandar una compañía una vez que han estado bajo el fuego.

Por lo que respecta a los soldados mismos, quedan por reclutar y adiestrar en total 1.200.000 hombres, de los cuales, descontando 100.000 hombres por enfermos, quedan 1.100.000. De éstos, pueden ser empleados activamente:

Línea 250.000
Reincorporados 150.000
Reclutas— 400.000  
800.000 hombres.

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Lo que se puede hacer con ellos ya se verá. Pero el adiestramiento de 400.000 a 500.000 hombres como reclutas para el ejército de línea, que se funden en los regimientos y batallones con los soldados actuales y los reincorporados, en el plazo de dos meses, no es tan sumamente difícil si se pone manos a la obra con rapidez, le lendemain de la révolution. Todos estos refuerzos afectarían a la infantería y la artillería; en 2 meses se puede ciertamente instruir a un infante y a un artillero al menos útil para el servicio sencillo de las piezas, pero no a un jinete. El incremento de la caballería sería, pues, muy débil.

En todo este plan de armamento se presupone que hay un ministro de la guerra en toda regla, que sabe apreciar las circunstancias políticas, que posee conocimientos estratégicos, tácticos y de detalle sobre todas las armas, que tiene la debida dosis de energía, rapidez y decisiveness, y al que los asnos que gobernarán junto con él dejen manos libres. Pero ¿dónde tiene el partido “rojo” en Francia semejante tipo? Las probabilidades son, por el contrario, que, como de costumbre, un ignorante, al que se considera y que se cree a sí mismo, como bon démocrate, naturalmente a la altura de cualquier puesto, intente hacerse el Carnot, decrete levas en masa, disuelva todo por completo, llegue muy pronto al límite de su ingenio, lo deje luego todo a la rutina de viejos subalternos y deje que los ejércitos enemigos lleguen hasta París. Hoy en día, sin embargo, para resistir a una coalición europea no hay que ser Pache ni Bouchotte, ni siquiera Carnot; habría que ser Napoleón, o tener enemigos terriblemente estúpidos y terriblemente buena suerte.

No hay que pasar por alto que, en todos los cálculos de las fuerzas armadas de la coalición, se han tomado el mínimo de la potencia total y el máximo de las deducciones, de modo que, con una dirección tan sólo medianamente tolerable, la masa de tropas disponible será mayor y el tiempo necesario para la concentración menor de lo indicado aquí. Para Francia, por el contrario, los supuestos son inversos; el tiempo disponible es lo más largo posible, la fuerza total que puede llegar a organizarse es muy alta, las deducciones son reducidas y, por tanto, la masa de tropas disponible se supone lo mayor posible. En una palabra: todos estos cálculos representan — prescindiendo de acontecimientos imprevistos y de graves torpezas de los aliados — el caso más favorable posible para la revolución.

Además, se ha presupuesto que la revolución y la invasión no provocan inmediatamente una guerra civil en el interior del país. Hoy, 60 años después de la última guerra civil en Francia, es imposible determinar hasta qué punto el fanatismo legitimista es capaz de una insurrección que vaya más allá de lo efímero; sin embargo, es claro que, en la misma medida en que los aliados avancen, aumentan también las probabilidades de un levantamiento como el de 1793 en Lyon, Tolón, etc., de una alianza momentánea de todas las clases y fracciones políticamente derrocadas. Tomemos también aquí, sin embargo, el caso más favorable para la revolución, a saber, que la guardia revolucionaria proletaria y campesina está en condiciones de desarmar con éxito a los departamentos y las clases rebeldes.

De las probabilidades que pueden ofrecerse a la revolución mediante insurrecciones en Alemania, Italia, etc., hablaremos en seguida.

V. Pasamos ahora a la conducción real de la guerra.

Si se coloca un pie de compás en el mapa sobre París y, con la distancia de París a Estrasburgo como radio, se describe un círculo alrededor de París, la periferia de este círculo toca por el sur la frontera francesa entre Grenoble y Chambéry, en Pont-de-Beauvoisin, la sigue en dirección norte por Ginebra, el Jura, Basilea, Estrasburgo y Haguenau, y sigue luego el curso del Rin hasta su desembocadura; si se aparta de él en algunos puntos, esta separación no alcanza nunca la longitud de dos jornadas de marcha. Si el Rin fuese la frontera de Francia, París estaría, desde el punto en que los Alpes dejan de cubrir esa frontera hasta el mar del Norte, a igual distancia de la frontera. El sistema militar de Francia, con París como centro, habría satisfecho todas sus condiciones geográficas. Este sencillo arco de círculo de Chambéry a Rotterdam, que reduce todos los puntos de la única frontera abierta de Francia, y además de la frontera que se halla más cerca de la capital, a la distancia uniforme de unas 70 millas alemanas — 14 jornadas de marcha — de París, y que al mismo tiempo cubre la frontera con un ancho río, es la base militar real del aserto de que el Rin es la frontera natural de Francia.

Pero esta misma peculiar configuración de su curso hace del Rin también el punto de partida de todas las operaciones concéntricas contra París, pues los diversos ejércitos, para poder llegar al mismo tiempo ante París, para amenazarlo simultáneamente desde distintos lados, tienen que ponerse en marcha al mismo tiempo desde puntos situados a igual distancia. Las operaciones de todo ejército contrarrevolucionario de coalición contra Francia han de ser concéntricas, por peligrosas que sean todas las operaciones concéntricas en las que el punto de concentración cae dentro del alcance del enemigo o forma incluso su base de operaciones: 1) porque con París está conquistada Francia, 2) porque no puede dejarse al descubierto ninguna parte de la frontera situada dentro del radio de acción de los ejércitos franceses, ya que, de lo contrario, los franceses podrían provocar insurrecciones dentro del territorio de la coalición, a espaldas de sus ejércitos, enviando ejércitos; 3) porque las masas que toda coalición ha de lanzar contra Francia necesitan, para su manutención, múltiples líneas de operaciones.

La frontera a cubrir por ambos ejércitos va de Chambéry a Rotterdam. La frontera española queda, por el momento, fuera de consideración. La italiana, desde el Var hasta el Isère, está cubierta por los Alpes y se aleja cada vez más de París, ya que forma la tangente del círculo arriba mencionado. Sólo puede ser tomada en consideración 1) si los desfiladeros fortificados de los Alpes de Saboya, en particular el Mont Cenis, están en manos de los franceses; 2) si se quiere hacer una diversión en la costa, para la cual tendrían que existir razones especiales; 3) si los ejércitos franceses, una vez asegurada la frontera en todos los demás puntos, quieren proceder ofensivamente, como lo hizo Napoleón en 1796. En todos los demás casos, queda demasiado lejos.

Las operaciones activas, tanto para la coalición como para Francia, se limitan, pues, a la línea que va de Chambéry o del Isère hasta el mar del Norte, y al territorio situado entre esta línea y París. Y precisamente esta parte de Francia ofrece un terreno que parece creado para la defensa, y cuyos sistemas montañosos y fluviales difícilmente podrían desearse mejores desde el punto de vista militar.

Desde el Ródano hasta el Mosela, la frontera está cubierta por una larga cadena montañosa difícil de franquear y sólo transitable por determinados puntos: el Jura, al que se adosan los Vosgos, cuya prolongación forman a su vez el Hochwald y el Idarwald. Ambas montañas corren paralelas a la frontera, y los Vosgos están cubiertos además por el Rin. Entre el Mosela y el Mosa, las Ardenas, y al otro lado del Mosa, las Argonas, cubren el camino hacia París. Sólo la zona del Sambre al mar está abierta; pero aquí la situación de todo ejército que avance se hace más peligrosa a cada paso que da hacia adelante: corre el riesgo, ante operaciones más o menos hábiles de un fuerte ejército francés, de ser cortado de Bélgica y arrojado al mar. A ello se añade que toda la línea del Ródano al mar del Norte está erizada de fortalezas, algunas de las cuales, por ejemplo Estrasburgo, dominan provincias enteras.

Desde el punto de confluencia del Jura y los Vosgos, una cadena montañosa corre en dirección suroeste hacia la Auvernia, que forma la divisoria de aguas entre el mar del Norte y el océano, por un lado, y el Mediterráneo por el otro. De ella fluye hacia el sur el Saona, hacia el norte, paralelamente, el Mosela, el Mosa, el Marne, el Sena, el Yonne. Entre cada dos de estos ríos, como entre el Yonne y el Loira, se bifurcan largas cadenas montañosas que, cortadas sólo por unas pocas carreteras, separan unos de otros los distintos valles fluviales. Toda esta región montañosa es ciertamente transitable en su mayor parte para todas las armas, pero muy estéril, y ningún ejército numeroso puede sostenerse en ella mucho tiempo.

Una vez traspasada también esta montaña, así como las comarcas elevadas igualmente estériles de la Champaña que separan la cuenca del Mosa de la del Sena,

El ejército enemigo entra en la región del Sena. Y sólo aquí se muestran plenamente las sorprendentes ventajas militares de la situación de París.

La cuenca del Sena, aguas abajo hasta la desembocadura del Oise, está formada por varios ríos que corren en arcos casi paralelos en dirección noroeste —el Yonne, el Sena, el Marne, el Oise y el Aisne—, cada uno de los cuales tiene además afluentes que fluyen en la misma dirección. Todos estos valles en forma de arco confluyen bastante cerca unos de otros, y en el centro de esos puntos de confluencia se halla París. Las principales carreteras hacia París, desde todas las fronteras terrestres entre el mar Mediterráneo y el Escalda, discurren por estos valles fluviales y confluyen, con ellos, concéntricamente en París. El ejército que defiende París puede, por tanto, concentrarse siempre en menos tiempo y desplazarse de un punto amenazado a otro, en comparación con el ejército atacante, porque de dos círculos concéntricos, el interior tiene la periferia más pequeña. La admirable explotación de estas ventajas, el incansable movimiento en la periferia del círculo interior, hizo posible a Napoleón en su brillante campaña de 1814, con un puñado de soldados, mantener en jaque a toda la coalición en la región del Sena durante dos meses. |