Sobre la consigna de la abolición del Estado  
y los «amigos de la anarquía» alemanes

Friedrich Engels

Sobre la consigna de la abolición del Estado  

y los «amigos de la anarquía» alemanes

|[1]| «La abolición del Estado sólo tiene sentido entre los comunistas como resultado necesario de la abolición de las clases, con la cual desaparece por sí misma la necesidad del poder organizado de una clase para mantener sometida a la otra. En países burgueses, la abolición del Estado significa la reducción del poder estatal a la escala de Norteamérica. Aquí, los antagonismos de clase sólo se han desarrollado de manera incompleta; las colisiones de clase se encubren cada vez mediante el desplazamiento de la superpoblación proletaria hacia el Oeste; la intervención del poder estatal, reducida a un mínimo en el Este, no existe en absoluto en el Oeste. En países feudales, la abolición del Estado significa la abolición del feudalismo y el establecimiento del Estado burgués corriente. En Alemania, detrás de ella se oculta o bien la huida cobarde de las luchas inmediatamente presentes, la exaltación fanfarrona de la libertad burguesa hasta la independencia y autonomía absolutas del individuo, o, finalmente, la indiferencia del burgués hacia toda forma de Estado, siempre que los intereses burgueses no sean obstaculizados en su desarrollo. Que esta abolición del Estado “en el sentido superior” sea predicada de manera tan necia, no pueden evitarlo, naturalmente, los Stirner y Faucher berlineses. La plus belle fille de la France ne peut donner que ce qu’elle a.» (N. Rh. Z., Heft IV, pág. 58.)

La abolición del Estado, la anarquía, se ha convertido entretanto en Alemania en una consigna general. Los dispersos discípulos alemanes de Proudhon, la «alta» democracia berlinesa, e incluso los desaparecidos «espíritus más nobles de la nación» del parlamento de Stuttgart y de la regencia imperial se han apropiado, cada uno a su manera, de esta consigna de aspecto salvaje.

Todas estas fracciones coinciden en el mantenimiento de la sociedad burguesa existente. Con la sociedad burguesa defienden, por tanto, necesariamente el dominio de la burguesía, y en Alemania incluso la conquista del dominio por la burguesía; se distinguen de los verdaderos representantes de la burguesía únicamente por la forma extraña que les confiere la apariencia | |[2]| del «ir más allá», del «ir hasta el último extremo». En todas las colisiones prácticas, esta apariencia desaparecía; frente a la verdadera anarquía de las crisis revolucionarias, cuando las masas luchaban entre sí con «violencia brutal», estos representantes de la anarquía hicieron cada vez todo lo posible por atajar la anarquía. El contenido de esta tan cacareada «anarquía» se reducía, a fin de cuentas, al mismo que en países «más desarrollados» se expresa con la palabra «orden». Los «amigos de la anarquía» en Alemania se hallan en plena entente cordiale con los «amigos del orden» en Francia.

En la medida en que los amigos de la anarquía no dependen de los franceses Proudhon y Girardin, y en que su modo de ver es de origen germánico, todos ellos tienen una fuente común: Stirner. El período de disolución de la filosofía alemana ha suministrado, en general, a la democracia alemana la mayor parte de sus frases generales. Las representaciones y frases de los últimos eruditos alemanes, especialmente las de Feuerbach y Stirner, habían pasado ya antes de febrero, en una forma bastante disoluta, a la conciencia común de la literatura de amenidad y a la literatura periodística, y esta última constituía, a su vez, la principal fuente para los portavoces democráticos posteriores a marzo. La prédica stirneriana sobre la carencia de Estado se adecuaba excelentemente, en particular, para conferir a la anarquía proudhoniana y a la abolición girardiniana del Estado la «superior consagración» filosófico-alemana. El libro de Stirner, Der Einzige und sein Eigenthum, ha caído ciertamente en el olvido, pero su modo de representación, sobre todo su crítica del Estado, reaparece en los amigos de la anarquía. Si ya hemos examinado antes las fuentes de estos señores en lo que tienen de origen francés, para examinar sus fuentes alemanas tenemos que descender una vez más a las profundidades de la filosofía alemana antediluviana. Cuando uno se ve obligado a ocuparse de la polémica cotidiana alemana, siempre es más agradable atenerse a los inventores originales de un modo de ver que a los chamarileros de segunda mano.

¡Enjaezadme de nuevo el hipogrifo, oh musas,  
para la cabalgata hacia la vieja tierra romántica!

|[3]| Antes de adentrarnos en el mencionado libro de Stirner, tenemos que trasladarnos a la «vieja tierra romántica» y a la época olvidada en que apareció dicho libro. La burguesía prusiana, agarrándose a las dificultades financieras del gobierno, comenzaba a conquistar poder político, mientras al mismo tiempo, al lado del movimiento constitucional-burgués, el movimiento comunista se propagaba día a día en el proletariado. Los elementos burgueses de la sociedad, que todavía necesitaban del apoyo proletario para alcanzar sus propios fines, debían afectar en todas partes un cierto socialismo; el partido conservador y feudal se veía igualmente forzado a hacer promesas al proletariado. Junto a la lucha de burgueses y campesinos contra la nobleza feudal y la burocracia, la lucha de los proletarios contra la burguesía; y entre ambas, una serie de estratos intermedios socialistas que abarcaban todas las variedades de socialismo, el reaccionario, el pequeñoburgués y el socialismo burgués; todas estas luchas y aspiraciones, contenidas y amortiguadas en su expresión por la presión del poder dominante, por la censura, por la prohibición de asociaciones y reuniones: tal era la situación de los partidos en aquella época en que la filosofía alemana celebraba sus últimos y mezquinos triunfos.

La censura imponía de antemano a todos los elementos más o menos mal vistos la expresión más abstracta posible; la tradición filosófica alemana, que justamente había llegado a la completa disolución de la escuela hegeliana, proporcionaba esa expresión. La lucha contra la religión continuaba aún. Cuanto más difícil se hacía la lucha política en la prensa contra el poder existente, tanto más celosamente se proseguía bajo la forma de lucha religiosa y filosófica. La filosofía alemana, en su forma más disuelta, se convirtió en bien común de los «cultivados», y cuanto más se convertía en bien común, tanto más disueltos, incoherentes e insípidos se volvían los filósofos, y esta frivolidad e insipidez les confería a su vez un prestigio tanto mayor a ojos del público «cultivado».

La confusión en las cabezas de los «cultivados» era espantosa y aumentaba a cada instante. Era una verdadera mezcla de razas de ideas de origen alemán, francés, inglés, antiguo, medieval y moderno. La confusión era tanto mayor cuanto que todas las ideas se poseían primero de segunda, tercera y cuarta mano y circulaban, por tanto, en una figura desfigurada hasta lo irreconocible. No sólo las ideas de los liberales y socialistas franceses e ingleses, sino también las ideas de alemanes, por ejemplo de Hegel, compartían este destino. Toda la literatura de aquella época, y especialmente, como veremos, el libro de Stirner, suministra innumerables pruebas de ello, y la actual literatura alemana padece todavía hoy fuertemente sus consecuencias.

Las esgrimas filosóficas servían, en medio de esta confusión, como reflejo de las luchas reales. Cada «nuevo giro» en la filosofía excitaba la atención general de los «cultivados», que en Alemania abarcan una multitud de cabezas ociosas: pasantes de la administración de justicia, candidatos a maestros de escuela, teólogos fracasados, médicos sin pan, literatos, etc. Para esta gente, con cada uno de esos «nuevos giros» quedaba superada y liquidada definitivamente una etapa del desarrollo histórico. El liberalismo burgués, por ejemplo, tan pronto como un filósofo cualquiera lo había criticado de cualquier manera, estaba muerto, borrado del desarrollo histórico y también aniquilado para la práctica. Lo mismo el republicanismo, el socialismo, etc. Lo «aniquiladas», «disueltas», «liquidadas» que estaban estas etapas del desarrollo lo mostró después la revolución, donde desempeñaron el papel principal y donde de sus aniquiladores filosóficos ya no se habló más.

La frivolidad en la forma y el contenido, la arrogante chabacanería y la hinchada fatuidad, la trivialidad sin fondo y la miseria dialéctica de esta última filosofía alemana superan todo lo que hasta ahora ha existido en este género. Sólo es igualada por la increíble credulidad del público, que tomó todas estas cosas por moneda contante, por completamente nuevas, por «nunca vistas». ¡La nación alemana, la «profunda»!

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Karl Marx/Friedrich Engels
Alocución de la autoridad central de la Liga de los Comunistas,
de junio de 1850

La autoridad central a la Liga.

Hermanos:

En nuestra última circular, que os entregó el emisario de la Liga, desarrollamos la posición del partido obrero y, en particular, de la Liga, tanto en el momento actual como para el caso de una revolución. El objeto principal de este escrito es el informe sobre el estado de la Liga.

Las derrotas del partido revolucionario en el verano pasado disolvieron casi por completo, por un momento, la organización de la Liga. Los miembros más activos, comprometidos en los diversos movimientos, se dispersaron, las conexiones cesaron, las direcciones resultaron inservibles y la correspondencia se hizo momentáneamente imposible por ello y por el peligro de que se abriesen las cartas. La autoridad central se vio así condenada casi hasta fines del año pasado a una completa inactividad.

A medida que cesaba paulatinamente el primer efecto de las derrotas sufridas, surgía por todas partes la necesidad de una fuerte organización secreta de los partidos revolucionarios en toda Alemania. Esta necesidad, que motivó en la autoridad central la decisión de enviar un emisario a Alemania y Suiza, suscitó, por otro lado, el intento de una nueva conexión secreta en Suiza, así como el intento de la comunidad de Colonia de reorganizar por su cuenta la Liga en Alemania.

En Suiza, a comienzos de este año, varios refugiados, más o menos conocidos por los diversos movimientos, se agruparon en una conexión cuyo fin era, en el momento oportuno, cooperar para derribar a los gobiernos existentes y mantener dispuestos a hombres que debieran asumir la dirección del movimiento e incluso el gobierno. Esta conexión no tenía un carácter de partido definido, ya que los abigarrados elementos reunidos en ella no lo permitían. Los miembros se componían de gente de todas las fracciones del partido del movimiento, desde comunistas decididos e incluso antiguos miembros de la Liga, hasta los más tímidos demócratas pequeñoburgueses y antiguos miembros del gobierno palatino. Para los tan numerosos entonces en Suiza cazadores de puestos badense-palatinos y demás ambiciones subalternas, esta unión era una ocasión deseada de ascender.

Las instrucciones que esta conexión enviaba a sus agentes y que

...que obraban en poder de la Autoridad Central, tampoco eran adecuados para inspirar confianza. La falta de un punto de vista definido de partido, el intento de reunir todos los elementos de oposición existentes en una aparente vinculación, apenas se disimula mediante un cúmulo de preguntas detalladas sobre las condiciones industriales, campesinas, políticas y militares de las diversas localidades. — Las fuerzas de esta asociación eran también muy insignificantes. Según la lista completa de miembros que obra en nuestro poder, la sociedad entera en Suiza contaba, en su época de mayor florecimiento, con apenas 30 miembros. Es significativo que los obreros apenas estén representados en esa cifra. Fue desde siempre un ejército de puros suboficiales y oficiales sin soldados. Entre ellos se encuentran A. Fries y Greiner, del Palatinado; Körner, de Elberfeld; Sigel, J. P. Becker, etc.

Han enviado dos agentes a Alemania. El primero, Bruhn, de Holstein, miembro de la Liga, mediante falsos espejismos logró que algunos miembros de la Liga se adhirieran provisionalmente a la nueva asociación, en la que creían ver la Liga renacida. Al mismo tiempo informaba sobre la Liga a la Autoridad Central suiza en Zúrich y sobre la asociación suiza a nosotros. No contento con este papel de intermediario doble, mientras aún mantenía correspondencia con nosotros escribió a aquellos que se habían ganado para Suiza, en Fráncfort, calumnias directas sobre la Liga y les ordenó que no entablaran ninguna relación con Londres. Por ello se le expulsó inmediatamente de la Liga. El asunto de Fráncfort fue resuelto por el emisario de la Liga. Por lo demás, la actividad de Bruhn fue infructuosa para la Autoridad Central suiza.

El segundo agente, el estudiante Schurz de Bonn, no logró nada porque, según escribió a Zúrich, ya había encontrado todas las fuerzas útiles en manos de la Liga. Después abandonó Alemania bruscamente y ahora deambula por Bruselas y París, vigilado por la Liga. La

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Karl Marx/Friedrich Engels

Autoridad Central podía ver tanto menos un peligro para la Liga en esta nueva asociación cuanto que en su comité central se encuentra un miembro de la Liga absolutamente fiable, que tiene el encargo de vigilar y comunicar las medidas y los planes de esos hombres en la medida en que se dirijan contra la Liga. Además, ha enviado un emisario a Suiza para, junto con el mencionado miembro de la Liga, atraer a las fuerzas útiles a la Liga y, en general, reorganizar la Liga en Suiza. Las informaciones dadas se basan en documentos absolutamente auténticos.

Otro intento de similar índole partió ya antes de Struve, Sigel, J. Ph. Becker y otros, que entonces estaban reunidos en Ginebra. Esos individuos no tuvieron reparo en hacer pasar su intento de asociación directamente por la Liga y abusar para ello de los nombres de miembros de la Liga. Naturalmente, con esta mentira no engañaron a nadie. Su intento fue tan infructuoso en todo sentido que los pocos miembros que quedaron en Suiza de esa asociación que nunca llegó a constituirse tuvieron que adherirse finalmente a la organización primeramente mencionada. Pero cuanto más impotente era esta camarilla, tanto más se pavoneaba con títulos altisonantes, como «Comité Central de la Democracia Europea», etc. También aquí en Londres, Struve, en unión con algunos otros grandes hombres desengañados, ha proseguido estos intentos. Se han enviado manifiestos y llamamientos a adherirse a la «Oficina Central de la Emigración Alemana en pleno» y al «Comité Central de los Demócratas Europeos» a todas las partes de Alemania, pero también esta vez sin el menor éxito. Las pretendidas relaciones de esta camarilla con revolucionarios franceses y otros no alemanes no existen en absoluto. Toda su actividad se reduce a algunas pequeñas intrigas entre los refugiados alemanes de aquí, que no afectan directamente a la Liga y que son inofensivas y fáciles de vigilar.

Todos estos intentos persiguen, o bien el mismo fin que la Liga, a saber, la organización revolucionaria del partido obrero, en cuyo caso destruyen la centralización y con ello la fuerza del partido mediante la dispersión, constituyendo así, decididamente, ligas particulares perjudiciales; o bien sólo pueden tener el fin de volver a abusar del partido obrero para fines que le son ajenos o directamente hostiles. El partido obrero puede, en determinadas circunstancias, servirse muy bien de otros partidos y fracciones de partido para sus fines, pero no debe subordinarse a ningún otro partido. En cambio, aquellos hombres que en el último movimiento estuvieron en el gobierno y aprovecharon su posición para traicionar el movimiento y para aplastar al partido obrero allí donde éste quería actuar de manera independiente, esos hombres deben mantenerse alejados bajo cualquier circunstancia.

Acerca de la situación de la Liga, ha de informarse lo siguiente:

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Alocución de la Autoridad Central de la Liga de los Comunistas, junio de 1850

I. Bélgica.

La organización de la Liga entre los obreros belgas, tal como existió en 1846 y 1847, ha cesado naturalmente desde que los principales miembros fueron detenidos en 1848, condenados a muerte e indultados con cadena perpetua. En general, la Liga en Bélgica ha perdido considerablemente fuerza desde la revolución de febrero y desde la expulsión de la mayoría de los miembros de la Asociación Obrera Alemana de Bruselas. Las condiciones policiales existentes no le han permitido rehacerse. No obstante, en Bruselas se ha mantenido constantemente una comunidad que existe aún hoy y actúa según sus mejores fuerzas.

II. Alemania.

La intención de la Autoridad Central era presentar en esta circular un informe especial sobre la situación de la Liga en Alemania. Sin embargo, este informe no puede darse en el momento actual, porque la policía prusiana está investigando precisamente ahora una asociación más extendida dentro del partido revolucionario. Esta circular, que llega a Alemania por vía segura, pero que en su difusión en el interior de Alemania puede caer, ciertamente, aquí o allá en manos de la policía, ha de redactarse por ello de modo que su contenido no le proporcione armas contra la Liga. La Autoridad Central se limita, por tanto, por esta vez a lo siguiente:

La Liga tiene su sede principal en Alemania en: Colonia, Fráncfort del Meno, Hanau, Maguncia, Wiesbaden, Hamburgo, Schwerin, Berlín, Breslavia, Liegnitz, Glogau, Leipzig, Núremberg, Múnich, Bamberg, Wurzburgo, Stuttgart, Baden.

Se han designado como círculos dirigentes: Hamburgo para Schleswig-Holstein; Schwerin para Mecklemburgo; Breslavia para Silesia; Leipzig para Sajonia y Berlín; Núremberg para Baviera; Colonia para Renania y Westfalia.

Las comunidades de Gotinga, Stuttgart y Bruselas permanecen por ahora en comunicación directa con la Autoridad Central, hasta que hayan logrado extender su influencia lo suficiente para poder formar nuevos círculos dirigentes. Las relaciones de la Liga en Baden no se determinarán hasta que se reciba el informe del emisario enviado allí y a Suiza.

Allí donde existen asociaciones de campesinos y jornaleros, como en Schleswig, Holstein y Mecklemburgo, los miembros de la Liga han logrado ejercer sobre ellas una influencia más directa y, en parte, ponerlas enteramente bajo su control.

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Karl Marx/Friedrich Engels

Las asociaciones de obreros y jornaleros de Sajonia, Franconia, Hesse y Nassau se hallan también, en su mayor parte, bajo la dirección de la Liga. Los miembros más influyentes de la Hermandad de los Trabajadores pertenecen asimismo a la Liga. La Autoridad Central llama la atención de todas las comunidades y miembros de la Liga sobre el hecho de que esta influencia sobre las asociaciones obreras, gimnásticas y de jornaleros, etc., es de la mayor importancia y debe ganarse en todas partes. Exhorta a los círculos dirigentes y a las comunidades que mantienen correspondencia directa con ella a que informen detalladamente en sus próximas cartas sobre lo que se ha hecho a este respecto.

El emisario enviado a Alemania, que recibió de la Autoridad Central un voto de reconocimiento por su actividad, sólo ha admitido en la Liga, en todas partes, a las personas de mayor confianza, dejando a su mayor conocimiento local la ampliación de la Liga. Dependerá de las circunstancias locales si los hombres decididamente revolucionarios pueden ser admitidos directamente en la Liga. Donde esto no sea posible, ha de formarse una segunda clase de miembros de la Liga a partir de aquellas personas que, siendo revolucionariamente útiles y seguras, no comprenden aún las consecuencias comunistas del movimiento actual. Esta segunda clase, a la que la asociación ha de presentársele como meramente local o provincial, debe permanecer constantemente bajo la dirección de los miembros de la Liga y de las autoridades de la Liga propiamente dichos. Con ayuda de esta vinculación más amplia puede organizarse de manera muy sólida la influencia, sobre todo en las asociaciones campesinas y en las sociedades gimnásticas. La organización concreta se deja a los círculos dirigentes, cuyo informe también espera cuanto antes la Autoridad Central.

Una comunidad ha solicitado a la Autoridad Central la inmediata convocatoria de un Congreso de la Liga, y precisamente en la propia Alemania. Las comunidades y los círculos comprenderán por sí mismos que, bajo las actuales circunstancias, ni siquiera los congresos provinciales de los círculos dirigentes son aconsejables en todas partes, y que un congreso general de la Liga es por ahora absolutamente imposible. No obstante, la Autoridad Central convocará un Congreso de la Liga en un lugar adecuado tan pronto como sea posible. — Renania prusiana y Westfalia han sido visitadas recientemente por un emisario del círculo dirigente de Colonia. El informe sobre el resultado de este viaje aún no ha llegado a Londres. Exhortamos a todos los círculos dirigentes a que, cuanto antes, hagan recorrer sus distritos por emisarios de manera análoga e informen a la mayor brevedad sobre el resultado. Finalmente, comunicamos que en Schleswig-Holstein se han entablado conexiones con el ejército. Se espera un informe más detallado sobre la influencia que la Liga puede ganar allí.

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Alocución de la Autoridad Central de la Liga de los Comunistas, junio de 1850

III. Suiza.

Aún se espera el informe del emisario. Por tanto, comunicaciones más precisas sólo podrán hacerse en la próxima circular.

IV. Francia.

Las conexiones con los obreros alemanes en Besançon y los demás lugares del Jura serán reanudadas desde Suiza.

En París, el miembro de la Liga que hasta ahora había estado al frente de la comunidad local, Ewerbeck, ha declarado su salida de la Liga, por considerar más importante su actividad literaria. La conexión está, por tanto, momentáneamente interrumpida y su reanudación debe hacerse con tanta más cautela cuanto que los parisinos han acogido a una serie de personas totalmente inútiles e incluso que anteriormente mantuvieron una hostilidad directa contra la Liga.

V. Inglaterra.

El círculo de Londres es el más fuerte de toda la Liga. Se ha distinguido especialmente por haber sufragado casi por sí solo, desde hace varios años, los gastos de la Liga, en particular los de los viajes de los emisarios. En el último tiempo se ha fortalecido aún más mediante la admisión de nuevos elementos y dirige constantemente la Asociación Obrera Alemana de aquí, así como la fracción decidida de los refugiados alemanes presentes en la ciudad.

La Autoridad Central, por medio de algunos miembros delegados al efecto, está en contacto con el partido decididamente revolucionario de los franceses, ingleses y húngaros.

De entre los revolucionarios franceses se nos ha adherido señaladamente el partido propiamente proletario, cuyo jefe es Blanqui. Los delegados de las sociedades secretas blanquistas mantienen una vinculación regular y oficial con los delegados de la Liga, a quienes han encomendado importantes trabajos preparatorios de cara a la próxima revolución francesa.

Los jefes del partido cartista revolucionario mantienen asimismo una vinculación regulada e íntima con los delegados de la autoridad central. Sus periódicos están a nuestra disposición. La ruptura entre este partido obrero revolucionario autónomo y la fracción dirigida por O’Connor, más inclinada a la conciliación con la burguesía, ha sido acelerada de modo sustancial por los delegados de la Liga.

De igual manera, la autoridad central está en contacto con el partido más avanzado de la emigración húngara. Este partido es importante porque cuenta con muchos militares distinguidos que, en caso de una revolución, estarán a disposición de la Liga.

La autoridad central exhorta a los círculos dirigentes a difundir con la máxima celeridad este escrito entre sus miembros y a remitir informes en breve plazo. Exhorta a todos los miembros de la Liga a la mayor actividad precisamente ahora, cuando las relaciones están tan tensionadas que el estallido de una nueva revolución no puede hacerse esperar mucho tiempo más.

Creemos, señor, que en estas circunstancias no podemos hacer nada mejor que someter todo el caso al público. Creemos que los ingleses se interesan por todo aquello que pueda afectar, en mayor o menor medida, la antigua reputación de Inglaterra como el asilo más seguro para los refugiados de todos los partidos y de todos los países.

Somos, señor, sus más obedientes servidores,

Charles Marx, \} redactores de la _Neue Rheinische_
Frederick Engels, \} _Zeitung_, de Colonia.

Aug. Willich, coronel del ejército insurreccional
de Baden.

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Karl Marx/Friedrich Engels
Al editor del “Globe”
Mediados de junio de 1850

Al editor del _Globe_.

Señor:

Permítame llamar, por medio de su periódico, la atención del público sobre un hecho en el cual el honor de la nación británica está, quizá, más o menos interesado.

Sabe usted que los diferentes gobiernos continentales, tras las derrotas del partido del movimiento en 1849, lograron empujar a los numerosos refugiados políticos, en particular a los alemanes, húngaros, italianos y polacos, de un lugar de asilo a otro, hasta que encontraron protección y tranquilidad en este país.

Hay ciertos gobiernos del continente cuyo rencor contra sus adversarios políticos no parece satisfacerse con este resultado. El gobierno prusiano es de ese número.

Tras haber conseguido concentrar en este país a la mayoría de los refugiados prusianos, el Gabinete de Berlín intenta evidentemente hacerlos partir de una manera u otra hacia América. Los mismos partidos que en sus propios países, en sus periódicos (testigos la _Neue Preußische Zeitung_ y la _Assemblée nationale_), presentan al gobierno inglés como un comité de jacobinos y de conspiradores contra los conservadores de toda Europa —esos mismos partidos afectan una ansiedad sumamente sospechosa por la tranquilidad de este país, denunciando ante el gobierno británico a los refugiados extranjeros como personas que interfieren en la política inglesa y que están relacionadas con el atentado contra el rey de Prusia.

Tengo el honor de pertenecer a aquellos a quienes la persecución del gobierno prusiano ha seguido dondequiera que fueran. Redactor de la _Rheinische Zeitung_ (de Colonia) en 1842, y de la _Neue Rheinische Zeitung_ en 1848 y 1849, periódicos ambos que fueron directa o indirectamente suspendidos por la intervención forzosa del gobierno prusiano, fui expulsado

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de Francia en 1845 y 1849, de Bélgica en 1848, a petición directa y por la influencia de la embajada prusiana; y durante mi estancia en Prusia, en 1848 y 1849, se me incoaron alrededor de una docena de procesos políticos, de los cuales, sin embargo, todos fueron abandonados después de haber sido dos veces absuelto por el jurado.

Que incluso en este país no me pierde de vista el gobierno prusiano, me lo prueban las numerosas advertencias que he recibido últimamente, diciendo que el gobierno inglés, sobre la base de denuncias semejantes, se proponía adoptar medidas contra mí; y por el hecho de que desde hace varios días algunos individuos se apuestan a la puerta misma de mi casa, tomando nota cada vez que alguien entra o sale. Lo prueba además la _Neue Preußische Zeitung_, que afirmó, hace algún tiempo, que yo estaba viajando por Alemania y que había permanecido quince días en Berlín, cuando puedo demostrar por mis caseros y otros ingleses que nunca he dejado Londres ni por un momento desde que llegué aquí el año pasado. Este mismo periódico ultrarrealista, tras el atentado del loco Sefeloge, puso mi pretendido viaje a Berlín en conexión con ese atentado; y, sin embargo, ese periódico debería saber mejor que nadie quién, si es que alguien, está relacionado con ese asunto, toda vez que Sefeloge es miembro de la Sección n.º 2 de la sociedad ultrarrealista _Treubund_, y nunca estuvo relacionado sino con oficiales de estado mayor empleados en el ministerio de la guerra de Berlín. Lo prueba, además, la presencia aquí en Londres de agentes provocadores prusianos, quienes, quince días antes del atentado de Sefeloge, se presentaron ante mí y algunos de mis amigos, predicando la necesidad de tal atentado e insinuando incluso la existencia de una conspiración urdida en Berlín con este propósito; y quienes, tras haber hallado imposible hacernos sus incautos, frecuentan ahora las reuniones cartistas, para inducir al público a creer que los refugiados extranjeros toman parte activa en el movimiento cartista inglés.

Para terminar, permítame preguntarle, señor, y a través de usted al público, si sería deseable que, sobre tal autoridad, se indujera al gobierno británico a adoptar medidas que pudieran interferir, en mayor o menor medida, con la convicción, universalmente extendida, de que las leyes británicas otorgan igual protección a todo aquel que ponga el pie en suelo británico.

Soy, etc.

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Friedrich Engels
Carta desde Francia VI
La abolición del sufragio universal —
La dotación para el Presidente —
Negociaciones entre orleanistas y legitimistas

The Democratic Review.
Julio de 1850

Carta desde Francia.

París, 22 de junio de 1850.

La ley de “reforma” electoral ha pasado, y el pueblo de París no se ha movido. El sufragio universal ha sido destruido, sin el menor intento de disturbio ni manifestación, y los trabajadores de Francia son de nuevo lo que eran bajo Luis Felipe: parias políticos, sin derechos reconocidos, sin voto, sin fusiles.

Es realmente un hecho curioso que el sufragio universal en Francia, ganado fácilmente en 1848, haya sido aniquilado mucho más fácilmente en 1850. Tales altibajos, sin embargo, concuerdan en gran medida con el carácter francés, y ocurren muy a menudo en la historia de Francia. En Inglaterra algo así sería imposible. El sufragio universal, una vez establecido allí, lo sería para siempre. Ningún gobierno se atrevería a tocarlo. Imagínese usted al ministro lo bastante insensato como para considerar seriamente restablecer las leyes de cereales. La inmensa carcajada de toda la nación lo derribaría.

El pueblo de París ha cometido, indudablemente, un grave error al no aprovechar la ocasión de insurrección que brindó la destrucción del sufragio universal. El ejército estaba bien dispuesto, la pequeña burguesía se veía forzada a ir con el pueblo, y la Montaña, incluso el mismo partido Cavaignac, sabían que en caso de una insurrección derrotada pagarían inevitablemente por ello, tanto si se ponían al lado del pueblo como si no. Así, por lo menos, el apoyo moral de la pequeña burguesía y de su órgano parlamentario, la Montaña, era seguro esta vez, en cuanto la insurrección hubiera estallado; y con ello la resistencia de una gran parte del ejército se habría quebrado. Pero la ocasión se ha dejado escapar, en parte por la cobardía de los jefes parlamentarios y de la prensa, en parte por el peculiar estado de ánimo en que se encuentra el pueblo de París en la actualidad.

Los trabajadores de la capital se hallan actualmente en un estado de transición.

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Los diferentes sistemas socialistas que hasta ahora se han discutido entre ellos ya no les bastan; y hay que confesar que, si se toma todo el socialismo sistemático francés en su conjunto, no hay en él mucho de carácter verdaderamente revolucionario. Por otra parte, el pueblo, tantas veces engañado por sus jefes, tiene una desconfianza tan profunda hacia todos los hombres que han actuado alguna vez como sus dirigentes —sin exceptuar siquiera a Barbès o a Blanqui— que está resuelto a no hacer ningún movimiento para llevar a tales jefes al poder. Así, todo el movimiento de la clase obrera está a punto de tomar un aspecto diferente, mucho más revolucionario. El pueblo, pensando por sí mismo, liberado de la vieja tradición socialista, hallará pronto fórmulas socialistas y revolucionarias que expresarán sus necesidades e intereses con mucha más claridad que todo lo inventado para ellos por autores de sistemas y por líderes declamadores. Y entonces, llegado así a la madurez, el pueblo estará nuevamente en condiciones de aprovechar cualquier talento y valor que pueda hallarse entre los viejos dirigentes, sin convertirse en la cola de ninguno de ellos. Y este estado del ánimo popular en París explica la indiferencia mostrada por el pueblo ante la destrucción del sufragio universal. La gran lucha queda aplazada para el día en que uno de los dos poderes rivales del Estado, o ambos, el Presidente o la Asamblea, traten de derribar la República. Y ese día ha de llegar pronto. Recuerda usted lo que alardeaban todos los periódicos reaccionarios acerca del cordial entendimiento entre el Presidente y la mayoría. Pues bien, ese cordial entendimiento acaba de resolverse en la más encarnizada lucha entre los dos rivales. Al Presidente se le había prometido, como precio por su adhesión a la ley electoral, un aumento anual de su salario de 3.000.000 de francos (120.000 libras esterlinas), paga adicional que era horriblemente necesitada por el cargado de deudas Luis Napoleón, además de ser considerada como el paso preliminar a la prolongación de su presidencia por diez años. Tan pronto como se aprobó la ley electoral, los ministros intervinieron y pidieron los tres millones al año. Pero, de repente, la mayoría se asustó. Ellos, que ya no consideran al imbécil Luis Napoleón como un pretendiente serio, lejos de estar dispuestos a consentir la prolongación de su presidencia, quieren, por el contrario, librarse de él cuanto antes. Nombran una comisión selecta para informar sobre el proyecto de ley, y dicha comisión informa en contra de su adopción. Gran consternación en el Elíseo-Nacional. Napoleón amenaza con abdicar. Es inminente una colisión sumamente grave entre los dos poderes del Estado. El ministerio, un lote de banqueros, y un número de otros “amigos del orden” interponen, sin resultado. Se proponen varias “transacciones”; en vano. Por fin se llega a una enmienda que parece satisfacer más o menos a todos los partidos. La mayoría, no muy segura de las consecuencias de una ruptura con el Presidente, y no habiendo, hasta ahora, concluido del todo el pacto que ha de unir a legitimistas y orleanistas en un solo

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partido, parece retroceder un poco y estar dispuesta a conceder el dinero bajo otra forma. La discusión ha de tener lugar el lunes; cuál será el resultado, nadie puede decirlo. Sin embargo, creo que una ruptura seria con Napoleón no entra aún en la línea política de la mayoría realista.

El pacto que ha de unir a orleanistas y legitimistas, la rama menor y la mayor de la casa de Borbón, es en la actualidad más que nunca objeto de conversación. Es un hecho que se están llevando a cabo las más activas negociaciones acerca de este asunto. El viaje de los señores Thiers, Guizot y otros al lecho de muerte de Luis Felipe, en St. Leonards, no tuvo otro objeto que éste. No le repetiré las diversas versiones acerca del estado de este asunto y los resultados obtenidos por el viaje arriba mencionado. Los periódicos diarios han dicho más que suficiente acerca de ello. Sin embargo, es un hecho que los partidos orleanista y legitimista están en Francia bastante de acuerdo en cuanto a las condiciones, y que la única dificultad estriba en hacer que esas condiciones sean adoptadas por las dos ramas rivales. Enrique, duque de Burdeos, ha de ser hecho rey, y como no tiene hijos, la adopción del conde de París, nieto de Luis Felipe, y heredero del trono por sucesión regular, es asunto casi natural, y que no ofrece dificultades. Además, la bandera tricolor ha de mantenerse. La esperada muerte del viejo Luis Felipe facilitaría esta solución. Parece haberse sometido a ella, y el duque de Burdeos también parece haber aceptado el acuerdo. Se dice que la duquesa de Orleans, madre del conde de París, y su cuñado, Joinville, son los únicos obstáculos en el camino de un arreglo. A Luis Napoleón se le liquidará con diez millones en metálico.

No cabe duda de que se llegará finalmente a este arreglo, o a uno similar; y tan pronto como esto se haga, seguirá el ataque directo contra la República. Entretanto, los consejos generales de los departamentos van a iniciar una escaramuza preliminar. Se los ha convocado antes de su período ordinario de sesiones, y se espera que exhorten a la Asamblea Nacional a revisar la Constitución. El año pasado se consideró lo mismo, pero los propios consejos lo juzgaron prematuro. No hay duda de que esta vez mostrarán considerablemente más audacia, particularmente después del golpe exitoso contra el sufragio. Y entonces llegará la ocasión para que el pueblo demuestre que, si bien se abstuvo de mostrar su poder durante un tiempo, no está dispuesto a ser arrojado de nuevo a la época más infame de la Restauración.

P. S. — Acabo de leer un pequeño panfleto vendido a tres sous (medio penique) y repartido gratuitamente con *La République*. Este panfleto contiene las revelaciones más asombrosas sobre los complots y conspiraciones de los realistas, que se remontan a la primavera de 1848. Es obra de un tal Borme, testigo interrogado en el proceso de Barbès y Blanqui en Bourges. Confiesa ser un agente realista a sueldo, que en aquel juicio cometió un grave perjurio. Sostiene que todo el movimiento del 15 de mayo de 1848 tuvo su origen en los realistas, y muchas otras cosas de carácter sumamente curioso. También hay algo que concierne al *Times*. Borme da nombre y dirección. Vive en París. Es un panfleto que ha de provocar aún más revelaciones. Llamo sobre él vuestra más seria atención.