La ley inglesa de las diez horas.

Los obreros ingleses han sufrido una derrota significativa, y por un flanco del que menos la esperaban. El Court of Exchequer, uno de los cuatro tribunales supremos de Inglaterra, ha dictado hace unas semanas una sentencia por la que las disposiciones fundamentales de la ley de las diez horas promulgada en 1847 quedan prácticamente abolidas.

La historia de la ley de las diez horas ofrece un ejemplo sorprendente del peculiar modo de desarrollo de los antagonismos de clase en Inglaterra, y merece por ello un análisis más detenido.

Se sabe cómo, con el surgimiento de la gran industria, apareció una explotación de la clase obrera por los propietarios de fábricas completamente nueva y de una desvergüenza sin límites. Las nuevas máquinas hicieron superflua la mano de obra de los hombres adultos; para su vigilancia requerían mujeres y niños, que eran mucho más adecuados para esta tarea y a la vez más baratos que los hombres. La explotación industrial se apoderó, así, enseguida de toda la familia obrera y la encerró en la fábrica; mujeres y niños tenían que trabajar día y noche sin cesar, hasta que el más completo agotamiento físico los derribaba. Los niños pobres de las workhouses se convirtieron, con la creciente demanda de niños, en un auténtico artículo de comercio; desde los cuatro, incluso desde los tres años, eran subastados por lotes, bajo la forma de contratos de aprendizaje, al fabricante que más ofrecía. El recuerdo de aquella explotación brutal y desvergonzada de los niños y las mujeres en aquella época, de una explotación que no cesaba mientras quedara un músculo, un tendón, una gota de sangre que exprimir, sigue muy vivo entre los viejos obreros ingleses; y muchos de ellos llevan ese recuerdo en la espalda torcida o en un miembro mutilado, todos ellos arrastran consigo la salud completamente arruinada. La suerte de los esclavos en las peores plantaciones americanas era dorada comparada con la de los obreros ingleses de aquella época.

Ya tempranamente hubo que tomar medidas estatales para refrenar el furor de explotación absolutamente despiadado de los fabricantes, que pisoteaba todas las condiciones de la sociedad civilizada. Sin embargo, estas primeras limitaciones legales eran sumamente insuficientes y pronto fueron eludidas. Sólo medio siglo después de la introducción de la gran industria, cuando la corriente del desarrollo industrial había encontrado un cauce regular, sólo en 1833 fue posible llevar a cabo una ley eficaz que ponía, al menos, algún freno a los excesos más clamorosos.

Ya desde comienzos de este siglo se había formado, bajo la dirección de algunos filántropos, un partido que exigía la limitación legal del tiempo de trabajo en las fábricas a diez horas diarias. Este partido, que en los años veinte continuó su agitación bajo la dirección de Sadler y, tras su muerte, bajo la de Lord Ashley y R. Oastler hasta la aprobación real de la ley de las diez horas, agrupó gradualmente bajo su bandera, además de a los propios obreros, a la aristocracia y a todas las fracciones de la burguesía hostiles a los fabricantes. Esta asociación de los obreros con los elementos más heterogéneos y reaccionarios de la sociedad inglesa hizo necesario que la agitación por las diez horas se llevase a cabo por completo al margen de la agitación obrera revolucionaria. Los cartistas estaban, ciertamente, a favor de la ley de las diez horas hasta el último hombre; ellos constituían la masa, el coro en todos los meetings de las diez horas; pusieron su prensa a disposición del comité de las diez horas. Pero ni un solo cartista hizo agitación en comunidad oficial con los hombres aristocráticos y burgueses de las diez horas, ni se sentó en el comité de las diez horas (Short-Time-Committee) de Manchester. Este comité estaba compuesto exclusivamente por obreros y capataces de fábrica. Pero estos obreros eran caracteres completamente quebrados, agotados por el trabajo, gente callada, devota y respetable, que sentía una santa aversión por el cartismo y el socialismo, guardaba el debido respeto al trono y al altar, y que, demasiado exhaustos para odiar a la burguesía industrial, sólo eran ya capaces de humilde veneración hacia la aristocracia que al menos se dignaba interesarse por su miseria. El toryismo obrero de estos hombres de las diez horas era el eco lejano de aquella primera oposición de los obreros contra el progreso industrial, que pretendía restaurar el viejo estado patriarcal y cuya más enérgica manifestación vital no fue más allá de romper máquinas. Tan reaccionarios como estos obreros eran los jefes burgueses y aristocráticos del partido de las diez horas. Eran, sin excepción, tories sentimentales, en su mayoría ideólogos exaltados que se deleitaban en el recuerdo de la perdida explotación patriarcal de taller con su séquito de piedad, domesticidad, virtud y estrechez mental, con sus relaciones estables, heredadas por tradición. Su cráneo estrecho se sentía presa del vértigo ante el torbellino de la revolución industrial. Su ánimo pequeñoburgués se horrorizaba ante las nuevas fuerzas productivas que brotaban de la nada como por arte de magia, que en pocos años barrían a las clases más venerables, más intocables, más esenciales de la sociedad anterior y las reemplazaban por clases nuevas, hasta entonces desconocidas, por clases cuyos intereses, cuyas simpatías, cuyo modo entero de vida y de concebir el mundo se hallaban en contradicción con las instituciones de la vieja sociedad inglesa. Estos ideólogos de blando corazón no dejaban de entrar en campaña desde el punto de vista de la moral, de la humanidad y de la compasión contra la dureza inmisericorde y la falta de escrúpulos con que este proceso de transformación social se imponía, y frente a este proceso de transformación erigían en ideal de sociedad la estabilidad, la apacible comodidad y la modestia del decadente patriarcalismo.

A estos elementos se adherían, en los periodos en que la cuestión de las diez horas atraía sobre sí la atención pública, todas las fracciones de la sociedad cuyos intereses eran perjudicados, cuya existencia era amenazada por la transformación industrial. Los banqueros, los especuladores de la bolsa, los armadores y comerciantes, la aristocracia terrateniente, los grandes propietarios de las Indias Occidentales, la pequeña burguesía, se unían en tales periodos cada vez más bajo la dirección de los agitadores de las diez horas.

La ley de las diez horas ofrecía un terreno excelente para que estas clases y fracciones reaccionarias se aliasen en él con el proletariado contra la burguesía industrial. Mientras obstaculizaba sensiblemente el rápido desarrollo de la riqueza, la influencia, el poder social y político de los fabricantes, otorgaba a los obreros una ventaja puramente material, incluso exclusivamente física. Les protegía contra una ruina demasiado rápida de su salud. Pero no les daba nada con lo que pudieran convertirse en un peligro para sus aliados reaccionarios; no les daba ni poder político ni cambiaba su posición social como obreros asalariados. Por el contrario, la agitación de las diez horas mantenía constantemente a los obreros bajo la influencia y, en parte, incluso bajo la dirección de estos sus aliados poseedores, a los que ellos, desde la Reformbill y el surgimiento de la agitación cartista, se esforzaban cada vez más por sustraerse. Era muy natural, sobre todo al comienzo de la transformación industrial, que los obreros, en lucha directa sólo con los burgueses industriales, se adhirieran a la aristocracia y a las demás fracciones de la burguesía de las que no eran directamente explotados y que también combatían contra los burgueses industriales. Pero esta alianza falseaba el movimiento obrero con una fuerte mezcla reaccionaria, que sólo poco a poco va perdiéndose; proporcionó un refuerzo significativo al elemento reaccionario dentro del movimiento obrero —a aquellos obreros cuyo ramo de trabajo pertenece todavía a la manufactura y que, por tanto, se hallan amenazados por el propio progreso industrial, como por ejemplo los tejedores manuales—.

Fue una suerte para los obreros, por tanto, que en aquella confusa época de 1847, en la que todos los viejos partidos parlamentarios estaban disueltos y los nuevos aún no estaban formados en absoluto, la ley de las diez horas fuese aprobada finalmente. Pasó en una serie de votaciones de las más enredadas, aparentemente dominadas sólo por el azar, en las que, a excepción de los fabricantes decididamente librecambistas por un lado y de los terratenientes furiosamente proteccionistas por el otro, ningún partido votó de manera cohesionada y consecuente. Pasó como una chicana que la aristocracia, una parte de los peelitas y los whigs colgaron a los fabricantes para tomarse la revancha por la gran victoria que éstos habían obtenido con la abolición de las leyes de cereales.

La ley de las diez horas no sólo proporcionó a los obreros la satisfacción de una necesidad física ineludible, al proteger en cierta medida su salud contra el furor explotador de los fabricantes. Liberó también a los obreros de la compañía de los sentimentales exaltados, de la solidaridad con todas las clases reaccionarias de Inglaterra. Las desvaríos patriarcales de un Oastler, las conmovedoras protestas de simpatía de un Lord Ashley ya no encontraban oyentes desde que la ley de las diez horas dejó de constituir el punto culminante de esas tiradas. El movimiento obrero se concentró ahora por entero en la consecución del dominio político del proletariado como primer medio para la subversión de toda la sociedad existente. Y aquí se le enfrentaban la aristocracia y las fracciones reaccionarias de la burguesía, que hacía sólo un momento eran los aliados de los obreros, como otros tantos enemigos furibundos, como otros tantos aliados de la burguesía industrial.

Mediante la revolución industrial, la industria, gracias a la cual Inglaterra había conquistado y mantenía sojuzgado el mercado mundial, se había convertido en la rama decisiva de producción para Inglaterra. Inglaterra se erguía y caía con la industria, se alzaba y se hundía con sus fluctuaciones. Con la influencia decisiva de la industria, los burgueses industriales, los fabricantes, se convirtieron en la clase decisiva de la sociedad inglesa, y la dominación política de los industriales, la supresión de todas las instituciones sociales y políticas que obstaculizaban el desarrollo de la gran industria, se convirtió en una necesidad. La burguesía industrial se puso manos a la obra. La historia de Inglaterra desde 1830 hasta ahora es la historia de las victorias que ha ido cosechando una tras otra sobre sus enemigos reaccionarios unificados.

Mientras que la revolución de julio en Francia llevó al poder a la aristocracia financiera, la ley de reforma en Inglaterra, que se aprobó inmediatamente después, en 1832, supuso precisamente el derrocamiento de la aristocracia financiera. El Banco, los acreedores del Estado y los especuladores bursátiles, en una palabra los traficantes de dinero, de quienes la aristocracia era profundamente deudora, habían gobernado hasta entonces casi exclusivamente Inglaterra bajo el abigarrado manto del monopolio electoral. Cuanto más se desarrollaban la gran industria y el comercio mundial, tanto más insoportable se volvía, pese a concesiones aisladas, su dominación. La alianza de todas las demás fracciones de la burguesía con el proletariado inglés y con los campesinos irlandeses la derribó. El pueblo amenazaba con una revolución, la burguesía devolvió masivamente sus billetes al Banco y lo llevó al borde de la bancarrota. La aristocracia financiera cedió a tiempo; su condescendencia le ahorró a Inglaterra una revolución de febrero.

La ley de reforma dio a todas las clases poseedoras del país, hasta el más pequeño tendero, participación en el poder político. Con ello se otorgó a todas las fracciones de la burguesía un terreno legal en el cual podían hacer valer sus reivindicaciones y su poder. Las mismas luchas de las distintas fracciones de la burguesía entre sí que en Francia se libran bajo la república desde la victoria de junio de 1848, se han librado en Inglaterra desde la ley de reforma en el parlamento. Se entiende que, dadas las condiciones completamente diferentes, también los resultados en ambos países son distintos.

La burguesía industrial, una vez conquistado en la ley de reforma el terreno para la lucha parlamentaria, no podía sino obtener victoria tras victoria. En la restricción de las sinecuras se le sacrificó la cola aristocrática de los financieros, en la ley de pobres de 1834 los paupers, en la reducción de los aranceles y la introducción del impuesto sobre la renta la exención fiscal de los financieros y de los terratenientes. Con las victorias de los industriales aumentó el número de sus vasallos. El gran comercio y el pequeño comercio se les hicieron tributarios. Londres y Liverpool cayeron de rodillas ante el librecambio, el mesías de los industriales. Pero con sus victorias crecieron sus necesidades, sus reivindicaciones.

La moderna gran industria solo puede existir bajo la condición de expandirse continuamente, de conquistar sin cesar nuevos mercados. La infinita facilidad de la producción masiva, el constante desarrollo y perfeccionamiento ulterior de la maquinaria, el incesante desplazamiento de capitales y fuerzas de trabajo condicionado por ello, la obligan a ello. Aquí toda pausa es solo el comienzo de la ruina. Pero la expansión

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de la industria está condicionada por la expansión de los mercados. Y dado que la industria, en el nivel actual de su desarrollo, aumenta sus fuerzas productivas de un modo desproporcionadamente más rápido de lo que puede aumentar sus mercados, surgen esas crisis periódicas en las que, por la sobreabundancia de medios de producción y de productos, la circulación en el cuerpo comercial se estanca de pronto y la industria y el comercio se paralizan casi por completo, hasta que el excedente de productos haya encontrado salida a través de nuevos canales. Inglaterra es el foco de estas crisis, cuyo efecto paralizante alcanza infaliblemente los rincones más remotos y recónditos del mercado mundial y arrastra por doquier a una parte considerable de la burguesía industrial y comercial a la ruina. En tales crisis, que por lo demás hacen comprender del modo más palpable a todas las partes de la sociedad inglesa su dependencia de los fabricantes, solo hay un medio de salvación: la expansión de los mercados, ya sea por conquista de otros nuevos, ya sea por una explotación más exhaustiva de los viejos. Prescindiendo de los escasos casos excepcionales en que, como China en 1842, un mercado hasta entonces pertinazmente cerrado es forzado por la violencia de las armas, solo hay un medio de abrirse nuevos mercados por la vía industrial y de explotar los viejos más a fondo: mediante precios más baratos, es decir, mediante la reducción de los costes de producción. Los costes de producción se reducen mediante modos de producción nuevos, más perfectos, mediante la disminución de la ganancia o mediante la disminución del salario. Pero la introducción de modos de producción perfeccionados no puede salvar de la crisis, porque aumenta la producción, es decir, hace necesarios a su vez nuevos mercados. De rebaja de la ganancia no cabe hablar en la crisis, cuando cada cual se alegra de vender incluso con pérdida. Lo mismo ocurre con el salario, que además, al igual que la ganancia, se determina según leyes independientes del querer o del parecer de los fabricantes. Y sin embargo, el salario constituye el principal componente de los costes de producción, y su reducción permanente es el único medio para la expansión de los mercados y para la salvación de la crisis. Pero el salario bajará cuando los medios de subsistencia del obrero se produzcan más baratos. Ahora bien, los medios de subsistencia del obrero estaban en Inglaterra encarecidos por los aranceles proteccionistas sobre los cereales, los productos coloniales ingleses, etc., y por los impuestos indirectos.

De ahí la continua, violenta y general agitación de los industriales en favor del librecambio y, en particular, por la abolición de los impuestos sobre el trigo. De ahí el hecho característico de que, a partir de 1842, cada crisis comercial e industrial les trajo una nueva victoria. Con la abolición de los impuestos sobre el trigo se les sacrificó a los terratenientes ingleses, con la abolición de los aranceles diferenciales sobre el azúcar, etc., a los terratenientes de las colonias, y con la abolición de las leyes de navegación, a los armadores. En este momento agitan

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por la restricción de los gastos del Estado y la reducción de los impuestos, así como por la admisión al derecho electoral de aquella parte de los obreros que más garantías ofrece. Quieren atraer al parlamento a nuevos aliados, para conquistar así tanto más rápidamente el dominio político directo, mediante el cual únicamente pueden acabar con los apéndices tradicionales, ya sin sentido pero muy costosos, de la máquina estatal inglesa: con la aristocracia, la iglesia, las sinecuras, la jurisprudencia semifeudal. Es indudable que la nueva crisis comercial, ahora mismo inminente, que según todas las apariencias coincide con nuevas y grandiosas colisiones en el continente, traerá consigo al menos este progreso en el desarrollo inglés.

En medio de estas ininterrumpidas victorias de la burguesía industrial, las fracciones reaccionarias lograron forjarle el grillete de la ley de las diez horas. La ley de las diez horas se aprobó en un momento que no era ni el de la prosperidad ni el de la crisis, en una de esas épocas intermedias en que la industria sufre aún suficientemente las consecuencias de la sobreproducción como para poner en movimiento solo una parte de sus recursos, en las que los propios fabricantes, por tanto, no hacen trabajar a tiempo completo. En un momento así, en que la ley de las diez horas restringía la competencia entre los propios fabricantes, solo en un momento así era soportable. Pero este momento cedió pronto el lugar a una renovada prosperidad. Los mercados, vacíos, exigían nuevos suministros; la especulación se reavivó y duplicó la demanda; los fabricantes no podían trabajar lo suficiente. Ahora, la ley de las diez horas se convirtió para la industria, necesitada más que nunca de la más plena independencia, de la más ilimitada disposición sobre todos sus recursos, en un grillete insoportable. ¿Qué sería de los industriales durante la próxima crisis, si no se les permitiese explotar con todas sus fuerzas el corto período de prosperidad? La ley de las diez horas tenía que caer. Si aún no se era lo bastante fuerte para hacerla revocar en el parlamento, había que ingeniárselas para eludirla.

La ley de las diez horas limitaba el tiempo de trabajo de los jóvenes menores de 18 años y de todos los obreros del sexo femenino a diez horas diarias. Dado que estos y los niños constituyen la clase decisiva de obreros en las fábricas, la consecuencia necesaria era que las fábricas, en general, solo podían trabajar diez horas diarias. Sin embargo, los fabricantes, cuando la prosperidad les hizo necesaria una ampliación de las horas de trabajo, encontraron una salida. Del mismo modo que hasta entonces con los niños menores de 14 años, cuyo tiempo de trabajo está aún más limitado, contrataron a algunas mujeres y jóvenes más que antes como refuerzo y relevo. Así podían hacer trabajar a sus fábricas y a sus obreros adultos trece, catorce, quince horas,

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sin que ninguno de los individuos comprendidos bajo la ley de las diez horas hubiera trabajado más de diez horas diarias. Esto iba en parte contra la letra, pero aún más contra todo el espíritu de la ley y la intención de los legisladores; los inspectores de fábricas se quejaron, los jueces de paz estaban divididos y fallaban de modo diverso. Cuanto más subía la prosperidad, tanto más ruidosamente reclamaban los industriales contra la ley de las diez horas y contra las injerencias de los inspectores de fábricas. El ministro del Interior, sir G. Grey, ordenó a los inspectores que tolerasen el sistema de relevos (relay o shift system). Pero muchos de ellos, apoyándose en la ley, no se dejaron perturbar por ello. Finalmente, un caso clamoroso fue llevado ante el Court of Exchequer, y este se pronunció a favor de los fabricantes. Con esta decisión, la ley de las diez horas queda de hecho abolida, y los fabricantes han vuelto a ser plenamente los dueños de sus fábricas; pueden trabajar dos, tres o seis horas en la crisis, y de trece a quince horas en la prosperidad, y el inspector de fábricas ya no puede intervenir.

Si bien la ley de las diez horas fue defendida principalmente por reaccionarios, e impuesta exclusivamente por clases reaccionarias, vemos aquí que, tal como fue impuesta, fue una medida por completo reaccionaria. Todo el desarrollo social de Inglaterra está vinculado al desarrollo, al progreso de la industria. Todas las instituciones que frenan este progreso, que lo limitan o pretenden regularlo y dominarlo según criterios ajenos a él, son reaccionarias, son insostenibles y tienen que sucumbir ante él. La fuerza revolucionaria que tan jugando ha acabado con toda la sociedad patriarcal de la vieja Inglaterra, con la aristocracia y la burguesía financiera, no se dejará ciertamente encauzar en el moderado lecho de la ley de las diez horas. Todos los intentos de Lord Ashley y sus compañeros de restaurar la ley caída mediante una declaración auténtica serán infructuosos o, en el mejor de los casos, solo alcanzarán un resultado aparente y efímero.

Y sin embargo, para los obreros la ley de las diez horas es indispensable. Es para ellos una necesidad física. Sin la ley de las diez horas, toda la generación obrera inglesa perece físicamente. Pero entre la ley de las diez horas que los obreros exigen hoy y la ley de las diez horas que Sadler, Oastler y Ashley propagaron e impuso la coalición reaccionaria en 1847, existe una diferencia enorme. Los obreros han experimentado, por la corta duración de la ley, por su fácil aniquilación —una simple decisión judicial, ni siquiera un acta del parlamento, bastó para anularla—, por la posterior actuación de sus antiguos aliados reaccionarios, qué valor tiene una alianza con la reacción. Han experimentado de qué les sirve arrancar aislados

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...hacer aprobar medidas de detalle contra la burguesía industrial. Han experimentado que los burgueses industriales son, por ahora, todavía la clase única que está en condiciones, en el momento actual, de ponerse al frente del movimiento, y que sería vano contrariarlos en esta misión progresiva. A pesar de su hostilidad directa y en modo alguno aletargada contra los industriales, los obreros están por ello ahora mucho más inclinados a apoyarlos en su agitación por la plena realización del librecambio, la reforma financiera y la extensión del derecho electoral, que a dejarse atraer nuevamente, por medio de espejismos filantrópicos, bajo la bandera de los reaccionarios unidos. Sienten que su hora sólo puede llegar cuando los industriales se hayan desgastado, y por eso tienen el instinto certero de acelerar el proceso de desarrollo que ha de dar a éstos el dominio y preparar con ello su caída. Pero no por ello olvidan que en los industriales llevan al poder a sus propios enemigos, los más directos, y que sólo mediante el derrocamiento de los industriales, mediante la conquista del poder político para sí mismos, pueden llegar a su propia liberación. La anulación de la ley de las diez horas se lo ha demostrado de nuevo con la máxima contundencia. El restablecimiento de esta ley sólo tiene ya sentido bajo el dominio del sufragio universal, y el sufragio universal en una Inglaterra habitada en sus dos terceras partes por proletarios industriales es el dominio político exclusivo de la clase obrera, con todas las transformaciones revolucionarias de las condiciones sociales que de él son inseparables. La ley de las diez horas que hoy exigen los obreros es, por tanto, una ley completamente distinta de la que acaba de ser derribada por el Court of Exchequer. No es ya un intento aislado de paralizar el desarrollo industrial, es un eslabón en una larga cadena de medidas que revolucionan toda la actual figura de la sociedad y aniquilan paulatinamente las anteriores contraposiciones de clase; no es una medida reaccionaria, sino revolucionaria.

La abolición de facto de la ley de las diez horas, primero por los fabricantes por cuenta propia, después por el Court of Exchequer, ha contribuido sobre todo a acortar el tiempo de la prosperidad y a acelerar la crisis. Pero lo que acelera las crisis acelera al mismo tiempo la marcha del desarrollo inglés y su meta próxima, el derrocamiento de la burguesía industrial por el proletariado industrial. Los medios de que disponen los industriales para la expansión de los mercados y la eliminación de las crisis son muy limitados. La reducción de los gastos estatales de Cobden es, o bien una mera frase whig, o equivale, si es que ha de ayudar siquiera de modo momentáneo, a una revolución completa. Y si se lleva a cabo del modo más extenso y revolucionario —hasta donde los industriales ingleses pueden ser revolucionarios—, ¿cómo hacer frente a la próxima crisis? Es evidente que los industriales ingleses, cuyos medios de producción poseen una fuerza expansiva incomparablemente superior a sus desembocaduras, avanzan a pasos rápidos hacia el punto en que sus medios auxiliares se agotan, en que el período de prosperidad, que todavía ahora separa cada crisis de la siguiente, desaparece por completo bajo el peso de las fuerzas productivas que empujan, desmesuradamente acrecentadas, en que las crisis sólo están ya separadas por breves períodos de una lánguida, medio adormilada actividad vital industrial, y en que la industria, el comercio, toda la sociedad moderna, tendrían que hundirse por el exceso de fuerza vital inaplicable, por un lado, y por la consunción total, por el otro, si este estado anormal no llevase en sí mismo su propio remedio y si el desarrollo industrial no hubiese engendrado al mismo tiempo la clase que, entonces, es la única que puede asumir la dirección de la sociedad: el proletariado. La revolución proletaria es entonces inevitable y su triunfo seguro.

Éste es el curso normal y regular de los acontecimientos, tal como surge con necesidad insoslayable de la totalidad de las actuales condiciones sociales de Inglaterra. En qué medida este curso normal puede ser abreviado en Inglaterra por colisiones continentales y por precipitaciones revolucionarias, pronto se verá.

¿Y la ley de las diez horas?

Desde el momento en que los límites del mercado mundial mismo se tornan demasiado estrechos para el pleno despliegue de todos los recursos de la industria moderna, en que ésta necesita una revolución social para volver a ganar libre campo de acción para sus fuerzas —desde ese momento, la limitación del tiempo de trabajo ya no es reaccionaria, ya no es un obstáculo para la industria. Por el contrario, se impone enteramente por sí sola. La primera consecuencia de la revolución proletaria en Inglaterra será la centralización de la gran industria en manos del Estado, es decir, del proletariado dominante, y con la centralización de la industria desaparecerán todas aquellas relaciones de competencia que hoy en día ponen en conflicto la regulación del tiempo de trabajo con el progreso de la industria. Y así, la única solución de la cuestión de las diez horas, como de todas las cuestiones que se basan en la contraposición entre capital y trabajo asalariado, reside en la revolución proletaria.

Friedrich Engels.

Karl Marx

Louis-Napoleón y Fould

Neue Rheinische Zeitung,
Politisch-ökonomische Revue.
Cuaderno 4, abril de 1850

Louis-Napoleón y Fould.

Nuestros lectores recordarán que en el cuaderno anterior mostramos cómo la aristocracia financiera ha vuelto al poder en Francia. Señalamos en aquella ocasión la asociación de Louis-Napoleón y Fould para llevar a cabo golpes bursátiles lucrativos. Ya ha llamado la atención que, desde la entrada de Fould en el ministerio, las incesantes demandas de dinero de Louis-Napoleón a la asamblea legislativa cesaron súbitamente. Pero desde las últimas elecciones han salido a la luz hechos que arrojan una luz muy cruda sobre las fuentes de ingresos del presidente Bonaparte. Sólo un ejemplo.

En nuestra narración nos remitiremos principalmente a la «Patrie», el órgano honesto de la Union électorale, cuyo propietario, el banquero Delamarre, es él mismo uno de los más considerables jugadores de la bolsa parisina.

Con miras a las elecciones del 10 de marzo se organizó una gran especulación al alza. El señor Fould estaba a la cabeza de la intriga, en ella participaban los primeros amigos del orden, la camarilla del señor Bonaparte así como él mismo estaban interesados con sumas considerables.

El 7 de marzo los títulos del 3 % subieron 5 céntimos, y los del 5 % 15 céntimos; la Patrie, en efecto, había dado a conocer el resultado de la elección previa de los amigos del orden. Esta alza fue, sin embargo, demasiado pequeña para nuestros especuladores; había que «calentar el horno». La Patrie del 8 de marzo, repartida la víspera por la tarde, anuncia, pues, en su boletín bursátil que no cabe la más remota duda acerca del triunfo del partido del orden. Dice, entre otras cosas: «Ciertamente no censuraremos la reserva de los capitalistas; pero si hay circunstancias en las que la duda no es admisible, es aquí, tras el resultado obtenido en la elección previa.» —Para apreciar la influencia del boletín bursátil y de las comunicaciones de la Patrie en general sobre la bolsa, hay que saber que es el auténtico Moniteur del gobierno actual y que recibe las noticias oficiales antes que el Moniteur. Pero esta vez el golpe fracasa.

El 8 se dan a conocer algunas votaciones del ejército favorables al partido rojo, y al punto caen los cursos. Un pánico terror parece apoderarse de los especuladores; se trata ahora de echar mano de todos los medios. El boletín bursátil de la Patrie mantiene su puesto; todos los periódicos de la Union électorale son lanzados al fuego; se debaten con énfasis algunas inexactitudes en votaciones insignificantes; un periódico publica en primera plana las votaciones de un regimiento que ha votado monárquicamente; los periódicos republicanos, finalmente, publican a la fuerza algunos desmentidos oficiales, que unos días más tarde resultan ser otras tantas mentiras.

Estos intentos aunados consiguen provocar, el 9 al comienzo de la bolsa, una pequeña subida de los títulos del Estado, que, sin embargo, no dura mucho. El curso es bastante bajo hasta las dos y media; desde ese momento sube continuamente hasta el cierre de la bolsa. Las causas de este repentino cambio las desvela la propia Patrie de la siguiente manera: «Se asegura que algunos especuladores muy interesados en el alza han hecho compras considerables hacia el cierre de la bolsa, para predisponer bien los ánimos en la provincia en el momento de la elección y, mediante la confianza que se apoderaría de la provincia, provocar nuevas compras que habrían de hacer subir aún más los cursos.» Esta operación ascendió a varios millones, su éxito fue que los títulos del 3 % subieran 40 céntimos, y los del 5 % 60 céntimos.

Queda claro, pues: había especuladores interesados en el alza, y que por ello hicieron en el momento decisivo nuevas compras importantes para provocar una nueva subida. ¿Quiénes eran estos especuladores? Que respondan los hechos.

11 de marzo: baja en la bolsa. Todos los intentos de los especuladores son impotentes frente a la oscilación del resultado electoral.

12 de marzo: nueva baja considerable, pues el resultado electoral es casi conocido y es casi seguro que los tres candidatos socialistas tienen una mayoría imponente. Los especuladores al alza hacen un intento desesperado. La Patrie y el Moniteur du Soir publican, bajo el título de despachos telegráficos oficiales, resultados electorales de provincias que eran pura invención. La maniobra tiene éxito. Por la noche, en casa de Tortoni, ligera alza de los cursos. Se trata, pues, ahora, de seguir «calentando». La Patrie imprime la siguiente noticia: «Según las votaciones hasta ahora conocidas, el ciudadano de Flotte lleva una mayoría de sólo 341 votos sobre el ciudadano J. Foy. Este resultado electoral puede aún ser decidido por las votaciones de la gendarmería móvil a favor de nuestro candidato. —Se asegura que el gobierno presentará mañana a la asamblea dos leyes sobre la prensa y sobre las asambleas electorales y pedirá la declaración de urgencia para las mismas.» La segunda noticia era falsa; sólo tras largas vacilaciones, tras prolijas deliberaciones con los jefes del partido del orden y después de un cambio ministerial, se decidió el gobierno a presentar estas leyes. La primera noticia era una mentira aún más desvergonzada; en el mismo momento en que se publicaba en la Patrie, el gobierno enviaba un despacho telegráfico a los departamentos comunicando que de Flotte había resultado elegido.

Pero el golpe tuvo éxito; los títulos subieron 1 franco 35 céntimos, y los señores especuladores realizaron entre 3 y 4 millones. Ciertamente no se les puede tomar a mal a los «amigos de la propiedad» que procuren apoderarse de su fetiche todo lo posible en interés del orden y de la sociedad.

Como consecuencia de esta lograda treta, los señores especuladores se tornaron tan insolentes que de inmediato emprendieron nuevas compras en la escala más grandiosa, induciendo con ello a una multitud de otros capitalistas a comprar también. El alza fue tan pronunciada que incluso las ganancias presuntas de estas transacciones se negociaban ya de nuevo en la Bolsa. Entonces llegó, en la mañana del 15, el golpe devastador: la proclamación de Carnot, de Flotte y Vidal como representantes del pueblo; las cotizaciones cayeron súbita e inconteniblemente, y la derrota de nuestros especuladores ya no pudo ser detenida por ninguna noticia mentirosa ni invención telegráfica.