The Democratic Review.
Abril de 1850

Dos años de una revolución;

1848 y 1849.

En los años 1848 y 1849 se publicaba en Colonia un diario alemán, la *Neue Rheinische Zeitung* (Nueva Gaceta Renana). Este periódico, editado por Charles Marx, redactor jefe, Frederick Engels, George Weerth, Freiligrath el célebre poeta, F. y W. Wolff, y otros, adquirió muy pronto un grado extraordinario de popularidad, por la manera enérgica e intrépida con que defendía los principios revolucionarios más avanzados y los intereses de los proletarios, del cual era el único órgano en Alemania. El gobierno prusiano se aprovechó de las insurrecciones fracasadas en las provincias renanas en mayo último, para suspender el periódico mediante diversas persecuciones dirigidas contra los redactores. Éstos, en consecuencia, abandonaron el país, a fin de buscar nuevos campos de actividad en los diversos movimientos que a la sazón estaban en preparación o en curso. Varios de ellos fueron a París, donde era inminente un giro decisivo de los acontecimientos (el 13 de junio), y donde representaron al partido revolucionario alemán en el centro de la democracia francesa; otro ocupó su escaño en la Asamblea Nacional alemana, que en aquel momento se veía empujada a la insurrección; otro, a su vez, fue a Baden y combatió en el ejército revolucionario contra los prusianos. Después de las derrotas de estas insurrecciones, se encontraron desterrados en este país, en Suiza y en Francia. Sin posibilidad, por el momento, de restablecer un diario, han creado una revista mensual, que les sirva de órgano hasta que las circunstancias les permitan reasumir su antigua posición en la prensa diaria de su país.

El primer número de esta publicación acaba de llegar a nuestras manos. Lleva el mismo título que el diario: *Nueva Gaceta Renana, Revista Político-Económica*, editada por Charles Marx.

Este primer número contiene sólo tres artículos. Se abre con el primero de

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Friedrich Engels

una serie de trabajos sobre los dos pasados años de revoluciones, por el redactor jefe, Charles Marx. Sigue luego una relación de la campaña insurreccional en la Alemania occidental y meridional, durante mayo, junio y julio últimos, por Frederick Engels; y, por último, un artículo de la pluma de Charles Blind (ex embajador en París del Gobierno provisional de Baden), sobre el estado de los partidos en Baden. Estos últimos artículos, aun||4271que contienen muchas revelaciones importantes, interesan principalmente al lector alemán. El primer artículo está consagrado a un tema de interés primordial para los lectores de todos los países, particularmente para las clases obreras. El tema, además, ha encontrado en el ciudadano Marx un escritor en todos los sentidos capaz de hacerle justicia. Por estas razones, consideramos un deber dar tanto en forma de extracto como nos permita nuestro limitado espacio.

El artículo en cuestión trata de la Revolución de Febrero; sus causas y efectos, y los sucesos subsiguientes hasta la gran insurrección de junio de 1848.

Con excepción de muy pocos capítulos, toda sección importante de los anales revolucionarios de 1848 y 1849 lleva en su portada: ¡Derrota de la revolución! Pero lo que en todas estas derrotas resultó realmente derrotado no fue la revolución misma. Fue, por el contrario, nada más que los elementos no revolucionarios del partido revolucionario; individuos, ilusiones, ideas, planes y proyectos de un carácter más o menos no revolucionario; elementos de los que el partido subversivo no estaba libre antes de Febrero, y de los cuales no podía ser liberado por la victoria de Febrero, sino sólo por una serie de derrotas. En otras palabras: no fue mediante los resultados inmediatos, trágicos o cómicos, de la primera victoria como el progreso revolucionador abrió su camino; este progreso, por el contrario, fue ocasionado principalmente por la formación de un interés contrarrevolucionario poderoso y unido, por la procreación de un enemigo, en la lucha con el cual el partido subversivo podía únicamente desarrollarse hasta convertirse en un partido realmente revolucionario.

Este es el tema general que el ciudadano Marx desarrolla en el curso de su artículo. Empieza exponiendo las causas de la revolución de Febrero, y muestra que esas causas están mucho más profundamente arraigadas de lo que ninguno de los escritores anteriores sobre el tema ha sido capaz de hacer. Con todos los historiadores de los sucesos de los últimos veinte años en Francia, ha sido cosa generalmente admitida que, bajo Luis Felipe, la burguesía, en su conjunto, era el poder dominante en Francia; que las escandalosas revelaciones de 1847 fueron la causa principal de la revolución, y que esta revolución fue una lucha directa de los proletarios contra la burguesía. Bajo la pluma del ciudadano Marx, estas afirmaciones, aunque no directa ni absolutamente negadas, sufren sin embargo importantes modificaciones.

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El historiador alemán demuestra que, bajo Luis Felipe, el poder político estaba concentrado en manos, no de toda la clase burguesa, sino de una sola fracción de esa clase, la que en Francia se llama la aristocracia financiera y, en Inglaterra, los intereses bancarios, de la deuda pública, ferroviarios, etc., o el interés dinerario, en oposición al interés manufacturero.

No toda la clase burguesa de Francia señoreaba el país bajo Luis Felipe, sino sólo una fracción de esa clase: banqueros, bolsistas, reyes del ferrocarril, reyes de las minas, y una parte de los terratenientes «rallied» —la llamada aristocracia financiera. Eran ellos quienes se sentaban en el trono, quienes dictaban leyes en las Cámaras, quienes disponían del patronazgo gubernamental, desde el ministro hasta el estanquero de tabaco. La porción manufacturera de la burguesía formaba parte de la oposición oficial; estaba representada sólo por una minoría en las Cámaras. Su oposición se hizo más obstinada en la misma medida en que la dominación exclusiva de la aristocracia financiera se volvía más y más exclusiva; y a medida que ellos mismos, después de las infructuosas insurrecciones de los trabajadores en 1832, 1834 y 1839, consideraban su dominio sobre los proletarios más firmemente establecido... Los pequeños capitalistas, la tenderocracia en todas sus diversas gradaciones, y la clase campesina, estaban enteramente excluidos del poder político.

Las consecuencias necesarias de este dominio exclusivo de la aristocracia financiera fueron que todo interés público se subordinaba al suyo; que el Estado era considerado por ellos como un mero medio para acrecentar sus fortunas a su costa. El ciudadano Marx describe de manera muy enérgica cómo se llevó a cabo en Francia este escandaloso sistema durante dieciocho años; cómo el aumento de la deuda pública, el incremento de los gastos públicos, las inacabables dificultades financieras y los déficits del erario público, eran otras tantas fuentes de las que fluía nueva riqueza a los bolsillos de los señores del dinero, fuentes a las que cada año se hacía fluir más libremente, y que agotaban tanto más rápido los recursos del país; cómo el gasto del gobierno, el ejército y la marina, los ferrocarriles, y otras obras públicas, ofrecían cientos de oportunidades, aprovechadas ávidamente por los financieros, para estafar al público mediante contratos fraudulentos, etc. En resumen—

La monarquía de Julio no era otra cosa que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia; los dividendos de esta sociedad se repartían entre ministros, Cámaras, 240.000 electores parlamentarios, y su séquito más o menos numeroso. Luis Felipe era el George Hudson de esta compañía —Robert Macaire en el trono. El comercio, las manufacturas, la agricultura, la navegación, los intereses de las clases medias manufactureras, resultaban necesaria y constantemente dañados y puestos en peligro bajo este sistema.

Y mientras el interés agiotista hacía las leyes, dirigía la administración pública, disponía de todo el poder público organizado, dominaba | la opinión

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pública mediante la prensa y por el poder de los hechos, se imitaba en todas las esferas de la sociedad, desde la corte hasta el *café-borgne*, esa misma prostitución, ese mismo descarado engaño, esa misma avidez de acumular riqueza, no mediante la producción, sino estafando a otros la riqueza ya existente. Se desató —particularmente en las regiones más elevadas de la sociedad, y entrando a cada momento en colisión con la propia ley burguesa— un estallido universal de esas concupiscencias desordenadas y malsanas, de esos apetitos en los que la riqueza adquirida mediante el juego busca muy naturalmente su satisfacción, donde el goce se vuelve *crapuleux*, donde el oro, el fango y la sangre fluyen mezclándose. La aristocracia financiera, en su modo tanto de apropiación como de goce, no es sino la reproducción del «populacho» en las esferas elevadas de la sociedad burguesa.

Las escandalosas revelaciones de 1847, los asuntos Teste, Praslin, Gudin, Dujarrier, sacaron este estado de cosas a la plena luz del día. El infame comportamiento del gobierno en los asuntos de Cracovia y del Sonderbund suizo violó el orgullo nacional hasta el extremo; mientras que la victoria de los liberales suizos y la revolución de Palermo, en enero del 48, exaltaron los ánimos de la oposición.

Por último, el estallido del universal malestar fue madurado hasta la revuelta por dos grandes y generales acontecimientos económicos. El primero de estos acontecimientos fue la enfermedad de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846. La casi hambruna de 1847 provocó en Francia y en otros países continentales numerosos conflictos sangrientos. ¡Aquí las orgías de la aristocracia financiera, allí el pueblo luchando por los artículos de primera necesidad! ¡En Buzançais los amotinados del hambre decapitados, en París los trileros aristocráticos salvados de la ley por la familia real! El segundo gran acontecimiento económico fue una revulsión comercial e industrial universal. Anunciada ya en Inglaterra en otoño de 1845 por el colapso al por mayor de la especulación ferroviaria, interrumpida durante 1846 por una serie de incidentes, y particularmente por la derogación de las leyes cerealistas —al fin, en otoño de 1847, estalló en las quiebras de las grandes casas coloniales de Londres, seguidas por las quiebras de los banqueros rurales, y el cierre de las fábricas en los distritos manufactureros ingleses. La reacción de esta crisis sobre el comercio continental no se había agotado en el momento en que estalló la revolución. Esta devastación del comercio hizo aún más insoportable, en Francia, el dominio exclusivo del interés dinerario. Las fracciones opuestas de la burguesía se unieron en la agitación de los banquetes por una reforma electoral, que debía asegurarles la mayoría. La revulsión comercial en París arrojó a un número de fabricantes y comerciantes al por mayor sobre el comercio interior, ya que el mercado extranjero no ofrecía por el momento oportunidad alguna de ganancia. Estos capitalistas establecieron grandes negocios al por menor, cuya competencia arruinó a cientos de pequeños tenderos. De ahí las numerosas

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quiebras en esta sección de la burguesía parisina, de ahí su espíritu revolucionario en Febrero.

La acción combinada de estas causas hizo estallar la revolución de Febrero. Se estableció el gobierno provisional. Todos los partidos opuestos estaban representados en este gobierno: la oposición monárquica (Crémieux e incluso Dupont de l'Eure), la burguesía republicana (Marrast, Marie, Garnier-Pagès), la clase republicana del pequeño comercio (Ledru-Rollin y Flocon), y los proletarios (Louis Blanc y Albert). Lamartine, por último, representaba la revolución de Febrero misma, la insurrección común de burgueses y proletarios, con sus resultados ilusorios, sus ilusiones, su poesía y sus grandes palabras. Por su posición y sus opiniones pertenecía a la burguesía, cuyos representantes, por tanto, formaban la gran mayoría del nuevo gobierno.

Si, como consecuencia de la centralización política, París gobierna Francia, la clase obrera, en los momentos de terremotos revolucionarios, gobierna París. El primer acto del gobierno provisional se dirigió contra esa influencia avasalladora; fue una apelación del «París ebrio de revolución» a la «Francia sobria». Lamartine negó a los combatientes el derecho de proclamar la república; «sólo la mayoría del pueblo francés era competente para hacerlo; los obreros harían mejor en no manchar su victoria con una usurpación», etc. La burguesía sólo permitió a los obreros una usurpación: la del combate.

Los proletarios obligaron al gobierno a proclamar la república. Raspail actuó como su portavoz. Declaró que, si no se hacía en dos horas, volvería a presentarse al frente de 200.000 obreros armados. Antes de que expirara el plazo, la república fue proclamada.

La clase obrera, al dictar la república al gobierno y a Francia, se situó de golpe en el primer plano como partido independiente, pero provocó al mismo tiempo contra sí todos los intereses burgueses de Francia. Lo que los proletarios habían conquistado no era su emancipación, sino el campo de batalla en el cual podían luchar por su emancipación. La república de febrero, al principio, no pudo hacer otra cosa que completar el gobierno de las clases medias, abriendo el círculo de la acción política a todas las clases propietarias de Francia. La mayoría de los grandes terratenientes, los legitimistas, fueron emancipados de la nulidad política a la que los había condenado la revolución de 1830. Mediante el sufragio universal, aquella vasta clase de meros propietarios nominales de tierras (los propietarios reales son los capitalistas, a quienes la propiedad está hipotecada), aquella clase que constituye la gran mayoría de los franceses —el campesinado— fue llamada a decidir sobre los destinos de Francia. Y, por último, la república de febrero hizo manifiesto abiertamente el dominio de la burguesía al eliminar la corona tras la cual, hasta entonces, se había ocultado el capital. Los obreros habían establecido, en julio de 1830, la monarquía burguesa; en febrero de 1848, establecieron la república burguesa. Pero así como la monarquía de 1830 se vio obligada a anunciarse como una «monarquía rodeada de instituciones republicanas», la república de 1848 se anunció como «una república rodeada de instituciones sociales». También esta concesión fue arrancada a la república por los obreros parisinos.

El «derecho al trabajo» y la Comisión del Luxemburgo (mediante la cual Louis Blanc y Albert quedaron prácticamente excluidos del gobierno, cuya mayoría burguesa retuvo el poder efectivo) fueron las más conspicuas de esas instituciones sociales. Los obreros se vieron reducidos a labrar su salvación, no contra la burguesía, sino al margen de ella y a su lado. La Bolsa y el banco continuaron existiendo; sólo se erigió la iglesia socialista del Luxemburgo al lado de esas dos grandes iglesias burguesas; y, así como los obreros creían poder emanciparse sin atentar contra los intereses de la burguesía, creían también poder hacerlo sin perjudicar a las demás naciones burguesas de Europa.

El desarrollo de la clase obrera industrial depende por entero del desarrollo de la clase capitalista industrial. Sólo bajo el gobierno de esta última alcanzan los proletarios industriales aquella importancia que es la única que puede hacer de su revolución una revolución nacional; sólo bajo él crean aquellas inmensas fuerzas productivas de la industria moderna que se convertirán en los medios para su emancipación revolucionaria; sólo bajo él son arrancadas las últimas raíces del feudalismo, quedando así preparado el terreno sobre el cual únicamente es posible una revolución proletaria. Ahora bien, la industria manufacturera en Francia se halla más desarrollada que en cualquier otro país del continente. Pero el hecho de que la revolución de febrero se dirigiera, ante todo, contra la aristocracia financiera demuestra con claridad que la burguesía industrial no gobernaba Francia antes de febrero. En efecto, la burguesía industrial sólo puede gobernar en un país cuya industria manufacturera domine, para sus productos, el mercado universal; los límites del mercado interior son demasiado estrechos para su desarrollo. Sin embargo, la industria manufacturera de Francia domina, en gran medida, incluso los mercados interiores, únicamente gracias a los aranceles protectores. Por tanto, si en París los proletarios, en el momento de una revolución, poseen un poder real y una influencia que les lleva a rebasar con creces sus medios de acción últimos, en el resto de Francia están concentrados en unos pocos centros industriales, como Lyon, Lille, Mulhouse, Rouen, y casi desaparecen bajo la inmensa mayoría de los campesinos y pequeños comerciantes que los rodean. Por consiguiente, la lucha contra el capital en su forma más desarrollada y decisiva, la lucha del obrero industrial asalariado contra el capitalista industrial, no es en Francia más que un hecho local que, después de febrero, no podía constituir el rasgo nacional prominente de la revolución. Y tanto menos podía serlo cuanto que la lucha contra las modalidades más subordinadas de acción del capital, la lucha del campesino contra la usura y el sistema hipotecario, la del pequeño comerciante contra el comerciante al por mayor, el banquero y el fabricante —en una palabra, contra la quiebra— se hallaban todavía envueltas en el levantamiento general contra la aristocracia financiera. Los proletarios franceses no podían dar un solo paso adelante, no podían destruir ni un átomo de las instituciones burguesas existentes, hasta que la marcha de la revolución hubiera levantado contra el dominio del capital, hubiera obligado a unirse a los proletarios, a todas aquellas clases intermedias, los campesinos y los pequeños comerciantes, que no son ni burgueses ni proletarios y que, en Francia, constituyen la gran masa de la nación. Entonces, y sólo entonces, los proletarios, en lugar de perseguir sus intereses sin perjudicar los de la burguesía, podían proclamar los intereses proletarios como los intereses revolucionarios de la nación y hacerlos valer en directa oposición a los de la burguesía. Y sólo por su inmensa derrota en junio del 48 pudieron los proletarios aproximarse a esa victoria.

Así, el gobierno de la burguesía fue abolido por el establecimiento de la república; fue abolido, no en la realidad, sino en la imaginación de los obreros, que tomaban a la aristocracia financiera por la totalidad de la burguesía; en la imaginación de los próceres republicanos que negaban la existencia de clases hostiles o que, a lo sumo, la admitían como consecuencia de la monarquía. Así, todo monárquico se llamó de repente republicano, y todo millonario, trabajador. La palabra que correspondía a esta abolición imaginaria de las clases y de los intereses de clase era la palabra Fraternidad, la hermandad universal. Esta amabilísima abstracción de todo antagonismo de clases realmente existente, este ajuste sentimental de intereses de clase contrapuestos, esta elevación entusiasta a aquellas regiones sublimes donde no existen luchas terrenales de clases, esta fraternidad fue la gran palabra de la revolución de febrero. Las clases en lucha estaban divididas por un simple error, y Lamartine, el 24 de febrero, pidió un gobierno que pusiera fin a aquel «terrible malentendido» que había surgido entre las distintas clases de la sociedad.

Continuaremos estos extractos en el próximo número. Pasarán entonces revista los actos del gobierno provisional, la convocatoria de la Asamblea Nacional y la insurrección de junio.