Carta desde Francia

Signos de los tiempos: la revolución anticipada

The Democratic Review.
Marzo de 1850

Carta desde Francia.

(De nuestro propio corresponsal.)
Signos de los tiempos: la revolución anticipada.

París, 19 de febrero de 1850.

He de limitar un tanto el espacio de esta carta, pero los hechos ocurridos en el curso de este mes son tan sorprendentes que hablarán por sí mismos. La revolución avanza tan deprisa que todo el mundo ha de ver su proximidad. En todas las esferas de la sociedad se habla de ella como inminente; y todos los periódicos extranjeros, aun los opuestos a la democracia, la declaran inevitable. Más aún, se puede prever casi con certeza que, si ningún acontecimiento inesperado da un giro a los asuntos públicos, la gran contienda entre los unidos partidarios del orden y la inmensa mayoría del pueblo difícilmente podrá aplazarse más allá de finales de esta primavera. Y cuál sea el resultado de esa contienda es cosa que no admite duda. El pueblo de París está tan seguro de tener en muy breve el más espléndido motivo para una revolución que jamás haya tenido, que entre ellos corre una consigna general: «Evitad toda riña mezquina, someteos a cualquier cosa que no os plantee una cuestión vital». Así, pese a todos sus esfuerzos, el otro día, cuando se cortaron los árboles de la libertad, el gobierno no pudo incitar a los obreros ni siquiera a una trifulca callejera, y los individuos que bailaban alrededor del árbol en la Porte Saint-Martin, que vuestro London Illustrated News describió de manera tan terrorífica, eran un grupo de espías de la policía que perdieron todo el trabajo de su jornada gracias a la sangre fría del pueblo. Así, a pesar de lo que digan en contrario los periódicos gubernamentales, el día 24 de este mes transcurrirá muy tranquilamente. El gobierno daría casi cualquier cosa por tener un alboroto en París, con algunas conspiraciones fingidas y estallidos en los departamentos, a fin de imponer el estado de sitio sobre la capital y sobre aquellos departamentos que, el 10 de marzo, habrán de elegir nuevos diputados en lugar de los condenados de Versalles.

Una palabra sobre el nuevo sistema de despotismo militar. Para mantener a las provincias en la servidumbre, el gobierno ha inventado el nuevo sistema de comandantes en jefe. Han reunido varias de las diecisiete divisiones militares de Francia en cuatro grandes distritos, cada uno de los cuales estará bajo el mando de un general que, de este modo, posee casi el poder arbitrario de un sátrapa oriental o un procónsul romano. Estos cuatro distritos militares están dispuestos de manera que rodean París y todo el centro de Francia, por así decirlo, con un círculo de hierro, con el fin de mantenerlo sojuzgado. Esta medida, por ilegal que sea, ha sido adoptada sin embargo no solo por causa del pueblo, sino también por la oposición burguesa. Los partidos legitimista y orleanista ven ahora con suficiente claridad que Luis Napoleón les está sirviendo muy mal. Lo querían como medio para el restablecimiento de la monarquía, como instrumento que se apartaría cuando estuviera gastado, y ahora lo ven aspirando a un trono para sí mismo, y yendo mucho más deprisa de lo que ellos quieren. Saben muy bien que en este momento no hay oportunidad alguna para la monarquía, y que han de esperar; y, sin embargo, Luis Napoleón hace todo cuanto está en su poder por llegar a un arreglo, y por arriesgar una revolución que puede costarle la cabeza, en vez de esperar su momento. Saben también que ninguno de los dos partidos, legitimista u orleanista, ha ganado tanto terreno sobre el otro como para hacer inevitable la victoria de uno de ellos; y, como antes del 10 de diciembre de 1848, quieren otro hombre neutral que, mientras aguardan el curso de los acontecimientos, gobierne según los intereses comunes de ambos. De este modo, estos dos partidos, las únicas fracciones importantes de los partidarios del orden, se oponen ahora a la prolongación de la presidencia de Luis Napoleón, aunque hace cuatro meses habrían hecho cualquier cosa por conseguirla; están de nuevo, por una vez, por el terreno neutral de la república, con el general Changarnier como presidente. Changarnier parece estar en la conspiración; y Napoleón, que no confía en él pero no se atreve a destituirlo de su proconsulado en París, ha puesto los cuatro distritos militares como un grillete en torno a él. Esto puede explicar por qué el discurso del Sr. Pascal Duprat (un traidor de junio del 48, que ahora corteja de nuevo la popularidad) contra el nuevo sistema militar y contra el propio Luis Napoleón, fue escuchado con gran tolerancia por la mayoría. En esta ocasión ocurrieron dos incidentes curiosos. Cuando el Sr. Duprat dijo, según un periódico, que Luis Napoleón había de elegir entre la posición de su tío o la de Washington, una voz de la izquierda gritó: «¡o la del emperador Soulouque de Haití!». Una carcajada general acogió esta comparación del aspirante a emperador francés con un personaje que ninguno ofrece más motivo de ridículo a todos los Charivaris de París; y, sin embargo, ni siquiera el Presidente de la Asamblea intervino. ¡Ya veis lo que hasta esta preciosa mayoría piensa de Luis Napoleón! El ministro de la Guerra se levantó entonces y, volviéndose hacia la izquierda, concluyó un violentísimo discurso con estas palabras: «¡Y ahora, señores, si queréis empezar, estamos listos!». Esta expresión del ministro os mostrará más que nada cuán generalmente se espera una lucha violenta.

Entretanto, el partido socialdemócrata se prepara activamente para las elecciones. Aunque hay una oportunidad para los «honrados y moderados» de elegir uno o dos de sus candidatos en París, donde unos sesenta mil obreros han sido, bajo diversos pretextos, eliminados del censo electoral, no cabe duda de que los socialistas obtendrán un triunfo señalado en los departamentos. El propio gobierno lo espera. Por eso han preparado una medida para acabar con lo que ahora se llama abiertamente la conspiración del «sufragio universal». Pretenden hacer indirecto el sufragio: que los votantes elijan un número limitado de electores, quienes a su vez nombren al representante. En esto el gobierno cuenta con el apoyo de la mayoría. Pero como esto equivale a una subversión abierta de la constitución, que no puede ser revisada antes de 1851 y por una asamblea elegida a tal efecto, esperan una resistencia violenta por parte del pueblo. A éstos, por tanto, se los ha de intimidar con la aparición de ejércitos extranjeros en el Rin en el momento en que esta medida sea presentada a la Cámara. Si esto realmente ocurre —y Luis Napoleón parece lo bastante necio como para arriesgar tal cosa—, entonces podréis esperar oír algo así como el trueno de una revolución. ¡Y entonces, que el Señor tenga misericordia de las almas de todos los Napoleones, Changarniers y partidarios del orden!