Tres procesos de Estado contra la „Neue Rheinische Zeitung“

Karl Marx
Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850

Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue.
Cuaderno 1, enero de 1850

1848 a 1849.

Con excepción de algunos pocos capítulos, cada sección significativa de los anales de la revolución de 1848 a 1849 lleva el encabezado: ¡Derrota de la revolución!

Lo que sucumbió en estas derrotas no fue la revolución. Fueron los apéndices tradicionales prerrevolucionarios, resultados de relaciones sociales que aún no se habían agudizado en antítesis de clase tajantes: personas, ilusiones, representaciones, proyectos de los que el partido revolucionario no se había liberado antes de la Revolución de Febrero, y de los que no pudo liberarlo el triunfo de Febrero, sino sólo una serie de derrotas.

En una palabra: el progreso revolucionario no se abrió camino en sus conquistas trágico-cómicas inmediatas, sino, por el contrario, en la creación de una contrarrevolución potente y compacta; en la creación de un adversario en cuya lucha fue madurando el partido del derrocamiento hasta convertirse en un partido verdaderamente revolucionario.

Demostrar esto es la tarea de las páginas siguientes.

I. La derrota de junio de 1848.

Después de la revolución de Julio, cuando el banquero liberal Laffitte acompañaba en triunfo a su compadre, el duque de Orleans, al Hôtel de Ville, dejó caer estas palabras: De ahora en adelante, los banqueros gobernarán. Laffitte había traicionado el secreto de la revolución. No era la burguesía francesa la que gobernaba bajo Luis Felipe, sino una fracción de ella: banqueros, reyes de la bolsa, reyes de los ferrocarriles, propietarios de minas de carbón y de hierro y de bosques, una parte de la propiedad territorial aliada con ellos, la llamada aristocracia financiera. Ésta ocupaba el trono, dictaba las leyes en las cámaras, distribuía los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos de tabaco.

La burguesía propiamente industrial formaba parte de la oposición oficial, es decir, sólo estaba representada en las cámaras como una minoría. Su oposición se acentuaba tanto más decididamente cuanto más puramente se desarrollaba el dominio exclusivo de la aristocracia financiera y cuanto más segura se creía ella misma de su dominación sobre la clase obrera, tras los levantamientos de 1832, 1834 y 1839, ahogados en sangre. Grandin, fabricante de Rouen, el órgano más fanático de la reacción burguesa tanto en la Asamblea Nacional Constituyente como en la Legislativa, era en la Cámara de Diputados el más violento adversario de Guizot. Léon Faucher, más tarde conocido por sus impotentes esfuerzos por erigirse en el Guizot de la contrarrevolución francesa, sostenía en los últimos tiempos de Luis Felipe una guerra de pluma a favor de la industria contra la especulación y su séquito, el gobierno. Bastiat agitaba en nombre de Burdeos y de toda la Francia vitivinícola contra el sistema imperante.

La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, así como la clase campesina, estaban completamente excluidas del poder político. Se hallaban, por último, en la oposición oficial o completamente fuera del pays légal los representantes ideológicos y portavoces de las mencionadas clases, sus eruditos, abogados, médicos, etc., en una palabra, sus llamadas capacidades.

Por su penuria financiera, la monarquía de Julio dependía desde un principio de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía se convirtió en la fuente inagotable de una creciente penuria financiera. Era imposible subordinar la administración del Estado al interés de la producción nacional sin restablecer el equilibrio en el presupuesto, el equilibrio entre gastos e ingresos públicos. ¿Y cómo restablecer este equilibrio sin restringir los gastos del Estado, es decir, sin lesionar intereses que eran otros tantos puntales del sistema imperante, y sin regular de nuevo la distribución de los impuestos, esto es, sin echar una parte considerable de la carga tributaria sobre los hombros de la misma alta burguesía?

El endeudamiento del Estado era, más bien, el interés directo de la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de su especulación y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Al cabo de 4 o 5 años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito ofrecía a la aristocracia financiera una nueva oportunidad de estafar al Estado, mantenido artificialmente al borde de la bancarrota —pues tenía que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una segunda oportunidad de saquear al público que colocaba sus capitales en rentas del Estado mediante operaciones bursátiles, en cuyos secretos estaban iniciados el gobierno y la mayoría de la Cámara. En general, la fluctuante situación del crédito del Estado y la posesión de los secretos de Estado ofrecían a los banqueros, así como a sus afiliados en las cámaras y en el trono, la posibilidad de provocar alzas y bajas extraordinarias y repentinas en el curso de los títulos de la deuda pública, cuyo resultado constante tenía que ser la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento fabulosamente rápido de los grandes jugadores. Si el déficit del Estado era el interés directo de la fracción burguesa dominante, se explica cómo los gastos extraordinarios del Estado en los últimos años del gobierno de Luis Felipe excedían con mucho al doble de los gastos extraordinarios del Estado bajo Napoleón, alcanzando casi anualmente la suma de 400 millones de francos, mientras que la exportación anual total de Francia rara vez se elevaba, por término medio, a 750 millones de francos. Las sumas enormes que así fluían por las manos del Estado daban, por añadidura, ocasión a contratos de suministros fraudulentos, sobornos, malversaciones, bribonadas de todo género. La defraudación del Estado, tal como se practicaba en grande por medio de los empréstitos, se repetía en detalle en los trabajos públicos. La relación entre la Cámara y el gobierno se multiplicaba como relación entre las distintas administraciones y los distintos empresarios.

Así como los gastos del Estado en general y los empréstitos públicos, la clase dominante explotaba las construcciones de ferrocarriles. Las cámaras cargaban las principales cargas sobre el Estado y aseguraban los frutos dorados a la aristocracia financiera especulante. Se recuerdan los escándalos en la Cámara de Diputados cuando casualmente salía a relucir que todos los miembros de la mayoría, incluida una parte de los ministros, estaban interesados como accionistas en esas mismas construcciones de ferrocarriles que luego, como legisladores, hacían ejecutar a costa del Estado.

La reforma financiera más pequeña, por el contrario, fracasaba ante la influencia de los banqueros. Por ejemplo, la reforma postal. Rothschild protestó. ¿Debía el Estado mermar las fuentes de ingresos con las que había de pagar los intereses de su deuda siempre creciente?

La monarquía de Julio no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional francesa, cuyos dividendos se distribuían entre ministros, banqueros, 240.000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta compañía: Robert Macaire en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de la burguesía industrial tenían que verse constantemente amenazados y perjudicados bajo este sistema. Gobierno barato, gouvernement à bon marché, había escrito ella en su bandera durante las jornadas de Julio.

Al dictar las leyes la aristocracia financiera, al dirigir la administración del Estado, al disponer de todos los poderes públicos organizados, al dominar la opinión pública por medio de los hechos y por la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne, la misma prostitución, el mismo fraude desvergonzado, el mismo afán de enriquecerse no por la producción, sino por el escamoteo de la riqueza ajena ya existente; particularmente en las cumbres de la sociedad burguesa se imponía, colisionando a cada momento con las mismas leyes burguesas, la afirmación desenfrenada de los apetitos malsanos y depravados en los que la riqueza surgida del juego busca naturalmente su satisfacción, donde el goce se convierte en crapuloso, donde el dinero, el lodo y la sangre confluyen. La aristocracia financiera, en su modo de adquirir como en sus goces, no es sino el renacimiento del lumpenproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa.

Y las fracciones no gobernantes de la burguesía francesa gritaban: ¡Corrupción! El pueblo gritaba: ¡À bas les grands voleurs! ¡À bas les assassins! cuando en 1847, en los escenarios más elevados de la sociedad burguesa, se representaban públicamente las mismas escenas que al lumpenproletariado lo llevan regularmente a los burdeles, a los asilos de pobres y a los manicomios, ante el juez, a los presidios y al patíbulo. La burguesía industrial veía amenazados sus intereses, la pequeña burguesía se sentía moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba, París se inundaba de panfletos —«la dynastie Rothschild», «les juifs rois de l’époque», etc.— en los que se denunciaba y estigmatizaba con más o menos ingenio la dominación de la aristocracia financiera.

¡Rien pour la gloire! ¡La gloria no reporta nada! ¡La paix partout et toujours! ¡La guerra deprime el curso de los títulos al 3 y al 4 por ciento! había escrito en su bandera la Francia de los judíos de la bolsa. Su política exterior se perdía, por tanto, en una serie de vejámenes al sentimiento nacional francés, que se exacerbó tanto más vivamente cuanto que, con la incorporación de Cracovia a Austria, se consumó el despojo de Polonia, y Guizot tomó activamente partido por la Santa Alianza en la guerra suiza del Sonderbund. La victoria de los liberales suizos en esta guerra simulada realzó el sentimiento de sí misma de la oposición burguesa en Francia; la sangrienta insurrección del pueblo de Palermo actuó como una descarga eléctrica sobre la masa popular paralizada y despertó sus grandes recuerdos y pasiones revolucionarias.

El estallido del malestar general fue finalmente acelerado, y el descontento maduró hasta convertirse en revuelta, por dos acontecimientos económicos mundiales.

La enfermedad de la papa y las malas cosechas de 1845 y 1846 exacerbaron la fermentación general en el pueblo. La carestía de 1847 provocó en Francia, como en el resto del continente, conflictos sangrientos. ¡Frente a las desvergonzadas orgías de la aristocracia financiera, la lucha del pueblo por los medios de subsistencia más elementales! En Buzançais, los amotinados del hambre fueron ejecutados; en París, estafadores ahítos fueron arrebatados a los tribunales por la familia real.

El segundo gran acontecimiento económico que aceleró el estallido de la revolución fue una crisis general del comercio y la industria en Inglaterra; anunciada ya en el otoño de 1845 por la derrota masiva de los especuladores en acciones ferroviarias, contenida durante el año 1846 por una serie de incidentes, como la inminente abolición de los derechos sobre los cereales, hizo eclosión finalmente en el otoño de 1847 con las bancarrotas de los grandes comerciantes londinenses de productos coloniales, seguidas de cerca por las quiebras de los bancos rurales y el cierre de las fábricas en los distritos industriales ingleses. Aún no se habían agotado las repercusiones de esta crisis en el continente, cuando estalló la revolución de febrero.

La devastación del comercio y la industria por la epidemia económica hizo aún más insoportable el dominio exclusivo de la aristocracia financiera. En toda Francia, la burguesía opositora promovió la agitación de los banquetes por una reforma electoral que debía conquistarle la mayoría en las Cámaras y derribar el ministerio de la Bolsa. En París, la crisis industrial tuvo además la consecuencia específica de lanzar al mercado interior a una masa de fabricantes y grandes comerciantes que, en las circunstancias del momento, ya no podían hacer negocios en el mercado exterior. Montaron grandes establecimientos, cuya competencia arruinó en masa a *épiciers* y *boutiquiers*. De ahí un sinnúmero de quiebras en esta parte de la burguesía parisina, de ahí su actuación revolucionaria en ||11] Febrero. Es sabido cómo Guizot y las Cámaras respondieron a las propuestas de reforma con un desafío inequívoco, cómo Luis Felipe se decidió demasiado tarde por un ministerio Barrot, cómo se llegó a la lucha cuerpo a cuerpo entre el pueblo y el ejército, cómo el ejército fue desarmado por la actitud pasiva de la Guardia Nacional, cómo la monarquía de Julio tuvo que ceder el puesto a un gobierno provisional.

El gobierno provisional que surgió sobre las barricadas de Febrero reflejaba necesariamente, en su composición, los diferentes partidos entre los cuales se repartía la victoria. No podía ser más que un compromiso entre las distintas clases que habían derribado conjuntamente el trono de Julio, pero cuyos intereses se enfrentaban hostilmente. Su gran mayoría estaba formada por representantes de la burguesía. La pequeña burguesía republicana estaba representada en Ledru-Rollin y Flocon; la burguesía

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republicana, en las gentes del *National*; la oposición dinástica, en Crémieux, Dupont de l’Eure, etc. La clase obrera no poseía más que dos representantes: Louis Blanc y Albert. Lamartine, en fin, en el gobierno provisional, no era en principio ningún interés real, ninguna clase determinada: era la revolución de Febrero misma, la insurrección común con sus ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases. Por lo demás, el portavoz de la revolución de Febrero pertenecía, tanto por su posición como por sus opiniones, a la burguesía.

Si París, como consecuencia de la centralización política, domina a Francia, los obreros, en los momentos de terremotos revolucionarios, dominan París. El primer acto vital del gobierno provisional fue el intento de sustraerse a esta influencia arrolladora mediante una apelación del París ebrio a la Francia sobria. Lamartine negó a los combatientes de las barricadas el derecho a proclamar la república; para ello, decía, solo está facultada la mayoría de los franceses; había que esperar su votación; el proletariado parisino no debía manchar su victoria con una usurpación. La burguesía solo permite al proletariado *una* usurpación: la de la lucha.

 Hacia el mediodía del 25 de Febrero, la república aún no estaba proclamada, pero todos los ministerios estaban ya repartidos entre los elementos burgueses del gobierno provisional y entre los generales, banqueros y abogados del *National*. Pero los obreros estaban resueltos a no tolerar esta vez un escamoteo similar al de julio de 1830. Estaban dispuestos a reanudar la lucha e imponer la república por la fuerza de las armas. Con este mensaje se dirigió Raspail al Hôtel de Ville. En nombre del proletariado parisino, ordenó al gobierno provisional proclamar la república, y si esta orden del pueblo no se cumplía en el plazo de dos horas, regresaría al frente de 200.000 hombres. Aún no se habían enfriado los cadáveres de los caídos, las barricadas no estaban desmanteladas, los obreros no estaban desarmados, y la única fuerza que se les podía oponer era la Guardia Nacional. En estas circunstancias, desaparecieron de repente los reparos de prudencia política y los escrúpulos de conciencia jurídica del gobierno provisional. Aún no había expirado el plazo de dos horas, y ya brillaban en todos los muros de París las históricas palabras gigantescas:

*République française! Liberté, Égalité, Fraternité!*

Con la proclamación de la república sobre la base del sufragio universal, se borró hasta el recuerdo de los fines y motivos limitados que habían empujado a la burguesía a la revolución de Febrero. En lugar de unas pocas fracciones de la burguesía, todas las clases de la sociedad francesa fueron lanzadas de repente al círculo del poder

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político, obligadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería para actuar en persona sobre el escenario revolucionario. Con la monarquía constitucional desapareció también la apariencia de un poder estatal que se enfrentaba por sí mismo a la sociedad burguesa, ¡y toda la serie de luchas subordinadas que esta apariencia de poder provoca!

El proletariado, al dictar la república al gobierno provisional y, a través del gobierno provisional, a toda Francia, ||l3| pasó de inmediato al primer plano como partido independiente, pero al mismo tiempo desafió a enfrentarse contra sí a toda la Francia burguesa. Lo que conquistó fue el terreno para la lucha por su emancipación revolucionaria, no, en modo alguno, esta emancipación misma.

La república de Febrero tuvo que completar más bien, ante todo, el dominio de la burguesía, al hacer entrar en el círculo del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseyentes. La mayoría de los grandes terratenientes, los legitimistas, fueron emancipados de la nulidad política a que los había condenado la monarquía de Julio. No en vano la *Gazette de France* había hecho agitación en común con los periódicos de la oposición, no en vano Larochejaquelin había abrazado, en la sesión de la Cámara de Diputados del 24 de Febrero, el partido de la revolución. Mediante el sufragio universal, los propietarios nominales, que constituyen la gran mayoría de los franceses, los campesinos, fueron erigidos en árbitros del destino de Francia. La república de Febrero hizo aparecer, por fin, en toda su pureza el dominio de la burguesía, al hacer saltar la corona detrás de la que se mantenía oculto el capital.

Así como en las jornadas de Julio los obreros habían conquistado luchando la monarquía burguesa, en las jornadas de Febrero conquistaron luchando la república burguesa. Así como la monarquía de Julio se vio obligada a anunciarse como *una monarquía rodeada de instituciones republicanas*, la república de Febrero se vio obligada a anunciarse como *una república rodeada de instituciones sociales*. El proletariado parisino impuso también esta concesión.

Marche, un obrero, dictó el decreto por el cual el gobierno provisional, recién constituido, se obligaba a asegurar la existencia de los obreros por el trabajo, a proporcionar trabajo a todos los ciudadanos, etc. Y cuando, pocos días después, olvidó sus promesas y parecía haber perdido de vista al proletariado, una masa de 20.000 obreros marchó sobre el Hôtel de Ville al grito de: ¡Organización del trabajo! ¡Creación de un ministerio del Trabajo propio! A regañadientes y tras largos debates, el gobierno provisional nombró una comisión especial permanente, encargada de buscar los medios para mejorar la situación de las clases trabajadoras. Esta comisión se formó con

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delegados de las corporaciones artesanales de París y fue presidida por Louis Blanc y Albert. Se les asignó el Luxemburgo como sala de sesiones. Así quedaron expulsados los representantes de la clase obrera de la sede del gobierno provisional; el sector burgués de este retuvo en sus manos, con carácter exclusivo, el poder efectivo del Estado y las riendas de la administración, y *junto a* los ministerios de Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, *junto a* la Banca y la Bolsa, se alzó una sinagoga socialista, cuyos sumos sacerdotes, Louis Blanc y Albert, tenían la tarea de descubrir la tierra prometida, proclamar el nuevo Evangelio y dar ocupación al proletariado parisino. A diferencia de cualquier poder estatal profano, no disponían de presupuesto alguno, ni de ningún poder ejecutivo. Con la cabeza debían derribar los pilares de la sociedad burguesa. Mientras el Luxemburgo buscaba la piedra filosofal, en el Hôtel de Ville se acuñaba la moneda de curso corriente.

Y, sin embargo, las reivindicaciones del proletariado parisino, en la medida en que iban más allá de la república burguesa, no podían alcanzar otra existencia que la neblinosa del Luxemburgo.

Los obreros habían hecho la revolución de Febrero en común con la burguesía; *junto a* la burguesía intentaban imponer sus intereses, del mismo modo que *junto a* la mayoría burguesa habían instalado a un obrero en el gobierno provisional mismo. ¡Organización del trabajo! Pero el trabajo asalariado es la organización del trabajo existente, la burguesa. Sin él no hay capital, no hay burguesía, no hay sociedad burguesa. ¡Un ministerio del Trabajo propio! Pero los ministerios de Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, ¿no son los ministerios burgueses del trabajo? ¡Y *junto a* ellos, un ministerio del Trabajo proletario, no podía ser más que un ministerio de la impotencia, un ministerio de los piadosos deseos, una || 151 Comisión del Luxemburgo! Así como los obreros creían emanciparse al lado de la burguesía, así también creían poder llevar a cabo una revolución proletaria dentro de las murallas nacionales de Francia, junto a las demás naciones burguesas. Pero las relaciones de producción francesas están condicionadas por el comercio exterior de Francia, por su posición en el mercado mundial y por las leyes de este; ¿cómo iba Francia a romperlas sin una guerra revolucionaria europea que repercutiera sobre el déspota del mercado mundial, Inglaterra?

Una clase en la que se concentran los intereses revolucionarios de la sociedad, una vez que se ha alzado, encuentra inmediatamente en su propia situación el contenido y el material de su actividad revolucionaria: abatir enemigos, tomar las medidas que dicta la necesidad de la lucha; las consecuencias de sus propios actos la impulsan hacia adelante. No emprende investigaciones teóricas acerca de su propia tarea. La

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clase obrera francesa no se hallaba en este punto; era todavía incapaz de llevar a cabo su propia revolución.

El desarrollo del proletariado industrial está condicionado, en general, por el desarrollo de la burguesía industrial. Bajo su dominación es cuando adquiere esa existencia nacional extendida que puede elevar su revolución a revolución nacional, y crea él mismo los modernos medios de producción, que se convierten en otros tantos medios de su liberación revolucionaria. La dominación de la burguesía arranca las raíces materiales de la sociedad feudal y allana el terreno sobre el que únicamente es posible una revolución proletaria. La industria francesa está más desarrollada y la burguesía francesa ha alcanzado un desarrollo más revolucionario que la del resto del continente. Pero la revolución de Febrero, ¿no estaba dirigida inmediatamente contra la aristocracia financiera? Este hecho demostraba que la burguesía industrial no dominaba en Francia. La burguesía industrial sólo puede dominar allí donde la industria moderna ha configurado todas las relaciones de propiedad a su medida, y la industria sólo puede conquistar este poder allí donde ha conquistado el mercado mundial, pues las fronteras nacionales no bastan para su desarrollo. Pero la industria de Francia, en gran parte, sólo mantiene el propio mercado nacional gracias a un sistema prohibitivo más o menos modificado. Si, por consiguiente, el proletariado francés posee en París, en el momento de una revolución, un poder efectivo y una influencia que lo incitan a un avance por encima de sus medios, en el resto de Francia se halla concentrado en algunos centros industriales dispersos, casi desapareciendo bajo una abrumadora mayoría de campesinos y pequeñoburgueses. La lucha contra el capital en su forma moderna desarrollada, en su punto neurálgico, la lucha del obrero industrial asalariado contra el burgués industrial, es en Francia un hecho parcial que, después de las jornadas de febrero, tanto menos podía dar el contenido nacional de la revolución, cuanto que la lucha contra las formas subordinadas de explotación del capital, la lucha del campesino contra la usura y la hipoteca, del pequeñoburgués contra el gran comerciante, el banquero y el fabricante, en una palabra, contra la bancarrota, estaba aún envuelta en la insurrección general contra la aristocracia financiera. Nada más explicable, pues, que el proletariado parisino intentara hacer valer su interés junto al interés burgués, en vez de imponerlo como el interés revolucionario de la sociedad misma, y que dejara caer la bandera roja ante la tricolor. Los obreros franceses no podían dar un paso adelante ni tocar un solo cabello del orden burgués antes de que el curso de la revolución hubiera sublevado contra este orden, contra la dominación del capital, a la masa de la nación situada entre el proletariado y la burguesía, campesinos y pequeñoburgueses, y la hubiera obligado a unirse a los proletarios como sus paladines. Sólo mediante la enorme derrota de junio pudieron los obreros comprar esta victoria.

A la Comisión de Luxemburgo, criatura de los obreros parisinos, le corresponde el mérito de haber revelado desde una tribuna europea el secreto de la revolución del siglo XIX: la emancipación del proletariado. El Moniteur se ruborizó cuando tuvo que propagar oficialmente las «exaltaciones salvajes» que hasta entonces yacían sepultadas en los escritos apócrifos de los socialistas y que sólo de vez en cuando llegaban a oídos de la burguesía como leyendas lejanas, mitad terribles, mitad ridículas. Europa despertó sobresaltado de su modorra burguesa. En la idea de los proletarios, que confundían a la aristocracia financiera con la burguesía en general; en la ilusión de ingenuos republicanos que negaban la existencia misma de las clases o, a lo sumo, la admitían como fruto de la monarquía constitucional; en las frases hipócritas de las fracciones burguesas hasta entonces excluidas del poder, la dominación de la burguesía quedaba abolida con la instauración de la república. Todos los realistas se convirtieron entonces en republicanos y todos los millonarios de París en obreros. La frase que correspondía a esta supresión imaginaria de las relaciones de clase era la fraternité, la confraternización y hermandad generales. Esta abstracción bonachona de los antagonismos de clase, esta nivelación sentimental de los intereses de clase contradictorios, esta exaltación soñadora por encima de la lucha de clases, la fraternité, fue la verdadera consigna de la revolución de Febrero. Las clases estaban escindidas por un simple malentendido, y Lamartine bautizó al gobierno provisional el 24 de febrero como «un gouvernement qui suspende ce malentendu terrible qui existe entre les différentes classes.» El proletariado parisino se regodeó en esta generosa embriaguez de fraternidad.

El gobierno provisional, por su parte, obligado a proclamar la república, hizo todo lo posible para hacerla aceptable a la burguesía y a las provincias. Se desautorizaron los sangrientos horrores de la primera república francesa mediante la abolición de la pena de muerte para los delitos políticos; se dio libertad de prensa a todas las opiniones; el ejército, los tribunales y la administración permanecieron, salvo pocas excepciones, en manos de sus antiguos dignatarios; no se pidió cuentas a ninguno de los grandes culpables de la monarquía de Julio. Los republicanos burgueses del National se divertían en trocar los nombres y vestimentas monárquicos por los de la vieja república. Para ellos, la república no era más que un nuevo traje de gala para la vieja sociedad burguesa. La joven república buscaba su principal mérito en no atemorizar, en aparecer siempre constante y en ganar existencia y desarmar la resistencia mediante la blanda condescendencia y la falta de resistencia de su propia existencia. A las clases privilegiadas del interior y a las potencias despóticas del exterior se les proclamó en voz alta que la república era de naturaleza pacífica. Su lema era vivir y dejar vivir. A esto se añadió que, poco después de la revolución de Febrero, alemanes, polacos, austríacos, húngaros e italianos se sublevaron, cada pueblo según su situación inmediata. Rusia e Inglaterra no estaban preparadas: ésta, conmovida ella misma; la otra, amedrentada. La república no encontró, pues, enemigo nacional ante sí. Así que no hubo grandes complicaciones exteriores que pudieran encender la energía, acelerar el proceso revolucionario, empujar al gobierno provisional hacia adelante o echarlo por la borda. El proletariado parisino, que veía en la república su propia creación, aclamó naturalmente todos los actos del gobierno provisional que le permitían afianzarse más fácilmente en la sociedad burguesa. De Caussidiere se dejó emplear voluntariamente en servicios policiales para proteger la propiedad en París, del mismo modo que dejaba que Louis Blanc dirimiera las disputas salariales entre obreros y patronos. Era su punto de honor mantener intacto ante los ojos de Europa el honor burgués de la república.

La república no encontró resistencia alguna, ni exterior ni interior. Con eso quedó desarmada. Su tarea ya no consistía en transformar revolucionariamente el mundo, sino tan sólo en adaptarse a las relaciones de la sociedad burguesa. Con qué fanatismo se entregó el gobierno provisional a esta tarea es algo de lo cual no hay testimonios más elocuentes que sus medidas financieras.

El crédito público y el crédito privado estaban, naturalmente, conmocionados. El crédito público se basa en la confianza de que el Estado se deja explotar por los judíos de las finanzas. Pero el viejo Estado había desaparecido y la revolución estaba dirigida ante todo contra la aristocracia financiera. Las oscilaciones de la última crisis comercial europea no habían cesado aún. Todavía se sucedían las bancarrotas unas a otras. El crédito privado estaba, pues, paralizado, la circulación obstruida, la producción estancada, antes de que estallara la revolución de Febrero. La crisis revolucionaria agravó la comercial. Y si el crédito privado se basa en la confianza de que la producción burguesa, en toda la extensión de sus relaciones, y el orden burgués permanecen intactos e intangibles, ¿cómo no iba a actuar una revolución que ponía en entredicho la base de la producción burguesa, la esclavitud económica del proletariado, y que erigía frente a la Bolsa la esfinge del Luxemburgo? La insurrección del proletariado es la abolición del crédito burgués; pues es la abolición de la producción burguesa y de su orden. El crédito público y el crédito privado son el termómetro económico con que se puede medir la intensidad de una revolución. En la misma medida en que descienden, aumentan el ardor y la fuerza creadora de la revolución.

El gobierno provisional quería despojar a la república de su apariencia antiburguesa. Tenía, pues, que tratar de asegurar ante todo el valor de cambio de esta nueva forma estatal, su cotización en la Bolsa. Con el alza de la cotización de la república en la Bolsa, se reanimaría forzosamente el crédito privado. Para disipar incluso la sospecha de que no quisiera o no pudiera cumplir las obligaciones heredadas de la monarquía, para hacer creer en la moralidad burguesa y en la capacidad de pago de la república, el gobierno provisional recurrió a una fanfarronada tan indigna como pueril. Antes del vencimiento legal de los plazos, pagó a los acreedores del Estado los intereses de los títulos del 5%, del 4½% y del 4%. El aplomo burgués, el sentimiento de sí mismos de los capitalistas, despertó de pronto cuando vieron la angustiosa prisa con que se trataba de comprar su confianza.

Las dificultades monetarias del gobierno provisional no disminuyeron, naturalmente, con un golpe de teatro que lo despojó del dinero contante disponible. La penuria financiera ya no podía ocultarse por más tiempo, y los pequeñoburgueses, criados y obreros tuvieron que pagar la agradable sorpresa que se había deparado a los acreedores del Estado. Se declaró que las libretas de las cajas de ahorros por encima de 100 francos ya no eran canjeables en dinero. Las sumas depositadas en las cajas de ahorros fueron confiscadas y convertidas, mediante un decreto, en deuda estatal no reembolsable. Con eso se exasperó al pequeñoburgués, ya de por sí agobiado, contra la república. Al recibir, en lugar de sus libretas de ahorros, títulos de deuda estatal, se veía obligado a acudir a la Bolsa para venderlos, poniéndose así directamente en manos de los judíos de la Bolsa, contra quienes había hecho la revolución de Febrero.

La aristocracia financiera, que dominaba bajo la monarquía de Julio, tenía su iglesia principal en el Banco. Así como la Bolsa rige el crédito del Estado, el Banco rige el crédito comercial. Directamente amenazada por la revolución de Febrero, no sólo en su dominación, sino en su existencia, el Banco trató desde el primer momento de desacreditar a la república, generalizando la falta de crédito. De repente, canceló el crédito a banqueros, fabricantes y comerciantes. Esta maniobra, al no provocar de inmediato una contrarrevolución, repercutió necesariamente sobre el propio Banco. Los capitalistas retiraron el dinero que habían depositado en los sótanos del Banco. Los tenedores de billetes de banco se precipitaron a sus ventanillas para cambiarlos por oro y plata.

Sin intervención violenta, de manera legal, podía el gobierno provisional obligar al Banco a la bancarrota; no tenía más que mantenerse pasivo y abandonar el Banco a su suerte. La bancarrota del Banco —ése era el diluvio que barrería de un golpe del suelo francés a la aristocracia financiera, la enemiga más poderosa y peligrosa de la República, el dorado pedestal de la monarquía de Julio. Y una vez en bancarrota el Banco, la burguesía misma tendría que considerar como un último y desesperado intento de salvación el que el gobierno crease un Banco Nacional y sometiera el crédito nacional al control de la nación.

El gobierno provisional, por el contrario, dio a los billetes del Banco curso forzoso. Hizo más. Transformó todos los bancos provinciales en sucursales de la Banque de France y le permitió lanzar su red por toda Francia. Más tarde le empeñó los bosques del Estado como garantía de un empréstito que contrajo con ella. De este modo, la revolución de febrero consolidó y amplió directamente la bancocracia que debía derribar.

Entre tanto, el gobierno provisional se retorcía bajo la pesadilla de un déficit creciente. En vano mendigaba sacrificios patrióticos. Sólo los obreros le arrojaban limosnas. Había que recurrir a un medio heroico, al establecimiento de un nuevo impuesto. ¿Pero a quién gravar? ¿A los lobos de la Bolsa, a los reyes de los bancos, a los acreedores del Estado, a los rentistas, a los industriales? Ése no era medio de congraciar a la República con la burguesía. Eso significaba, por un lado, poner en peligro el crédito del Estado y el crédito comercial, mientras que por el otro se trataba de comprarlo con tan grandes sacrificios y humillaciones. Pero alguien tenía que pagar. ¿Quién fue sacrificado al crédito burgués? Jacques le bonhomme, el campesino.

El gobierno provisional decretó un impuesto adicional de 45 céntimos por franco sobre los cuatro impuestos directos. La prensa gubernamental hacía creer falazmente al proletariado parisino que este impuesto recaería principalmente sobre la gran propiedad territorial, sobre los poseedores del millardo concedido por la Restauración. En realidad, afectaba ante todo a la clase campesina, es decir, a la gran mayoría del pueblo francés. Ellos tenían que pagar los costos de la revolución de febrero, y en ellos encontró la contrarrevolución su material principal. El impuesto de los 45 céntimos era una cuestión vital para el campesino francés, y él la convirtió en cuestión vital para la República. La República para el campesino francés, desde ese instante, era el impuesto de los 45 céntimos, y en el proletariado parisino veía al derrochador que se daba buena vida a sus expensas.

Mientras la revolución de 1789 empezó por sacudir de los campesinos las cargas feudales, la revolución de 1848 se anunció, para no poner en peligro el capital y mantener en marcha su máquina estatal, con un nuevo impuesto sobre la población rural.

Sólo por un único medio podía el gobierno provisional eliminar todos estos inconvenientes y sacar al Estado de su vieja vía: mediante la declaración de la bancarrota del Estado. Se recuerda cómo Ledru-Rollin recitó más tarde en la Asamblea Nacional la virtuosa indignación con que rechazó de sí esa exigencia del judío de la Bolsa Fould, actual ministro de finanzas francés. Fould le había ofrecido la manzana del árbol de la ciencia.

Al reconocer el gobierno provisional las letras de cambio que la vieja sociedad burguesa había girado contra el Estado, se entregó a ella. Se convirtió en deudor acosado de la sociedad burguesa, en lugar de enfrentársele como acreedor amenazante que tenía que cobrar reclamaciones revolucionarias de deudas de muchos años. Tenía que consolidar las vacilantes relaciones burguesas para cumplir obligaciones que sólo dentro de esas relaciones podían cumplirse. El crédito se convirtió en condición vital para él, y las concesiones al proletariado, las promesas hechas, en otras tantas cadenas que debían ser rotas. La emancipación de los obreros, incluso como frase, se convirtió en un peligro insoportable para la nueva república, pues era una protesta constante contra el restablecimiento del crédito, que se basa en el reconocimiento tranquilo e inalterado de las relaciones económicas de clase existentes. Era, pues, necesario acabar con los obreros.

La revolución de febrero había arrojado al ejército fuera de París. La Guardia Nacional, es decir, la burguesía en sus distintos estratos, constituía la única fuerza. Pero, sola, no se sentía a la altura frente al proletariado. Además, se veía obligada, aunque tras la más tenaz resistencia, oponiendo cien obstáculos diferentes, a abrir gradualmente y por fracciones sus filas y dejar entrar en ellas a proletarios armados. Así pues, sólo quedaba una salida: enfrentar a una parte de los proletarios contra la otra.

Con este fin, el gobierno provisional organizó 24 batallones de Guardia Móvil, de mil hombres cada uno, con jóvenes de 15 a 20 años. Pertenecían en su mayor parte al lumpemproletariado, que en todas las grandes ciudades forma una masa claramente diferenciada del proletariado industrial, un vivero de ladrones y criminales de toda laya, que vive de los desechos de la sociedad, gente sin ramo determinado de trabajo, vagabundos, gens sans feu et sans aveu, diferentes según el grado de cultura de la nación a que pertenecen, sin desmentir nunca el carácter de lazzaroni; en la edad juvenil en que los reclutaba el gobierno provisional, perfectamente moldeables, capaces tanto de las mayores hazañas heroicas y del sacrificio más exaltado como de las más groseras fechorías de bandidos y de la más sucia venalidad. El gobierno provisional les pagaba 1 franco y 50 céntimos al día, es decir, los compraba. Les dio un uniforme propio, es decir, los distinguió exteriormente de la blusa. Como jefes, en parte se les asignaban oficiales del ejército permanente, y en parte ellos mismos elegían a jóvenes hijos de burgueses, a quienes seducían sus bravatas sobre la muerte por la patria y la devoción a la República.

Así, el proletariado parisino se veía enfrentado a un ejército de 24.000 hombres juveniles, fuertes y temerarios, sacados de su propio seno. El proletariado lanzaba vivas a la Guardia Móvil en sus marchas por París. Reconocía en ella a sus combatientes de vanguardia en las barricadas. La consideraba como la guardia proletaria, en oposición a la Guardia Nacional burguesa. Su error era perdonable.

Además de la Guardia Móvil, el gobierno decidió agrupar en torno suyo un ejército industrial de obreros. Cien mil obreros arrojados al arroyo por la crisis y la revolución fueron enrolados por el ministro Marie en los llamados Talleres Nacionales. Bajo este pomposo nombre no se ocultaba sino el empleo de los obreros en aburridos, monótonos e improductivos trabajos de tierra, por un salario de 23 sous. Workhouses inglesas al aire libre: eso, y nada más, eran estos Talleres Nacionales. El gobierno provisional creyó haber formado en ellos un segundo ejército proletario contra los propios obreros. Esta vez, la burguesía se equivocaba en cuanto a los Talleres Nacionales, como los obreros se equivocaban en cuanto a la Guardia Móvil. Había creado un ejército para la insurrección.

Pero un objetivo se había alcanzado.

Talleres Nacionales: tal era el nombre de los talleres populares que Louis Blanc predicaba en el Luxembourg. Los talleres de Marie, concebidos en directa oposición a los del Luxembourg, ofrecían, por la denominación común, ocasión para una intriga de equívocos, digna de la comedia de criados española. El gobierno provisional mismo difundía bajo mano el rumor de que esos Talleres Nacionales eran invención de Louis Blanc, y esto parecía tanto más creíble cuanto que Louis Blanc, el profeta de los Talleres Nacionales, era miembro del gobierno provisional. Y en la confusión medio ingenua, medio intencionada de la burguesía parisina, en la opinión artificialmente mantenida de Francia y de Europa, aquellas workhouses eran la primera realización del socialismo, que con ellas era puesto en la picota.

No por su contenido, sino por su título, los Talleres Nacionales eran la encarnada protesta del proletariado contra la industria burguesa, el crédito burgués y la república burguesa. Sobre ellos volcó, pues, todo su odio la burguesía. En ellos había encontrado al mismo tiempo el punto sobre el que podía dirigir el ataque, tan pronto como estuviera bastante fortalecida para romper abiertamente con las ilusiones de febrero. Todo el malestar, todo el descontento de los pequeños burgueses se dirigía simultáneamente contra estos Talleres Nacionales, blanco común. Con verdadera rabia calculaban las sumas que devoraban los holgazanes proletarios, mientras su propia situación se hacía cada día más insoportable. ¡Una pensión del Estado por un trabajo simulado, eso es el socialismo!, refunfuñaban para sus adentros. Los Talleres Nacionales, las declamaciones del Luxembourg, los desfiles de los obreros por París: en ellos buscaban la causa de su miseria. Y nadie se fanatizaba más contra las supuestas maquinaciones de los comunistas que el pequeño burgués, que, sin salvación posible, se asomaba al abismo de la bancarrota.

Así, en el inminente combate cuerpo a cuerpo entre burguesía y proletariado, todas las ventajas, todas las posiciones decisivas, todas las capas medias de la sociedad estaban en manos de la burguesía, en el mismo momento en que las olas de la revolución de febrero se encrespaban altas por todo el continente y cada nuevo correo traía un nuevo boletín revolucionario, ya de Italia, ya de Alemania, ya del más lejano sudeste de Europa, y mantenía el embriagamiento general del pueblo, trayéndole constantes testimonios de una victoria que ya había perdido.

El 17 de marzo y el 16 de abril fueron las primeras escaramuzas en la gran lucha de clases que la república burguesa ocultaba bajo sus alas.

El 17 de marzo reveló la situación equívoca, que no admitía ninguna acción decisiva, del proletariado. Su manifestación se proponía originalmente echar de nuevo al gobierno provisional por la vía de la revolución y, según las circunstancias, provocar la exclusión de sus miembros burgueses y forzar el aplazamiento de los días de elección para la Asamblea Nacional y la Guardia Nacional. Pero el 16 de marzo, la burguesía representada en la Guardia Nacional hizo una manifestación hostil al gobierno provisional. Al grito de «¡Abajo Ledru-Rollin!», irrumpió en el Hôtel de Ville. Y el pueblo se vio obligado a gritar el 17 de marzo: «¡Viva Ledru-Rollin! ¡Viva el gobierno provisional!» Se vio obligado a tomar partido contra la burguesía por la república burguesa, que le parecía puesta en cuestión. Fortaleció al gobierno provisional, en lugar de someterlo a sí. El 17 de marzo se desvaneció en una escena melodramática, y, aunque el proletariado parisino exhibió una vez más en ese día su cuerpo gigantesco, la burguesía dentro y fuera del gobierno provisional estaba tanto más decidida a quebrantarlo.

El 16 de abril fue un malentendido organizado por el gobierno provisional con la burguesía. Los obreros se habían reunido en gran número en el Campo de Marte y en el Hipódromo para proceder a sus elecciones para el estado mayor de la Guardia Nacional.

... estado mayor de la Guardia Nacional. De repente, se difundió por todo París, de un extremo a otro con la rapidez del rayo, el rumor de que los obreros se habían reunido armados en el Campo de Marte, bajo la dirección de L. Blanc, Blanqui, Cabet y Raspail, para marchar desde allí sobre el Hôtel de Ville, derrocar al gobierno provisional y proclamar un gobierno comunista. Se toca generala —Ledru-Rollin, Marrast, Lamartine se disputaron más tarde el honor de la iniciativa— y en una hora hay 100 000 hombres sobre las armas, el Hôtel de Ville está ocupado en todos los puntos por guardias nacionales, el grito: ¡Abajo los comunistas! ¡Abajo Louis Blanc, con Blanqui, con Raspail, con Cabet! retumba por todo París y el gobierno provisional es homenajeado por una multitud de diputaciones, todas dispuestas a salvar la patria y la sociedad. Cuando los obreros se presentan por fin ante el Hôtel de Ville para entregar al gobierno provisional una colecta patriótica que habían reunido en el Campo de Marte, se enteran, para su asombro, de que el París burgués, en un combate simulado, montado con la mayor precaución, ha batido a su sombra. El terrible atentado del 16 de abril dio el pretexto para hacer volver el ejército a París —el verdadero fin de la comedia, torpemente montada— y para las manifestaciones federalistas reaccionarias de las provincias.

El 4 de mayo se reunió la Asamblea Nacional surgida de las elecciones generales directas. El sufragio universal no poseía la fuerza mágica que le habían atribuido los republicanos de viejo cuño. En toda Francia, al menos en la mayoría de los franceses, ellos veían ciudadanos con los mismos intereses, la misma inteligencia, etc. Éste era su culto al pueblo. En lugar de su pueblo imaginado, las elecciones sacaron a la luz del día al pueblo real, es decir, a los representantes de las diferentes clases en que se descompone. Hemos visto por qué los campesinos y los pequeños burgueses debían votar bajo la dirección de la burguesía ávida de lucha y de los grandes terratenientes ansiosos de restauración. Pero si el sufragio universal no era la varita mágica de las maravillas por la cual lo habían tenido los ingenuos hombres republicanos, poseía el mérito incomparablemente superior de desencadenar la lucha de clases, de dejar que las diferentes capas medias de la sociedad burguesa vivieran rápidamente sus ilusiones y desengaños, de lanzar de un solo golpe a todas las fracciones de la clase explotadora a la cima del Estado y arrancarles así la máscara engañosa, mientras que la monarquía con su censo sólo dejaba comprometerse a determinadas fracciones de la burguesía, dejaba a las otras ocultas tras los bastidores y las rodeaba con la aureola de una oposición común.

En la Asamblea Nacional constituyente que se reunió el 4 de mayo, los republicanos burgueses, los republicanos del National, tenían la preponderancia. Incluso legitimistas y orleanistas sólo se atrevían a mostrarse al principio bajo la máscara del republicanismo burgués. Sólo en nombre de la República podía emprenderse la lucha contra el proletariado.

La República data del 4 de mayo, no del 25 de febrero, es decir, la República reconocida por el pueblo francés; no es la República que el proletariado de París impuso al gobierno provisional, no la República con instituciones sociales, no la imagen soñada que flotaba ante los combatientes de las barricadas. La República proclamada por la Asamblea Nacional, la única República legítima, es la República que no es un arma revolucionaria contra el orden burgués, sino más bien su reconstitución política, la reconsolidación política de la sociedad burguesa, en una palabra: la República burguesa. Desde la tribuna de la Asamblea Nacional resonó esta afirmación, y en toda la prensa burguesa republicana y antirrepublicana encontró eco.

Y hemos visto cómo la República de Febrero realmente no era ni podía ser otra cosa que una República burguesa, pero cómo el gobierno provisional, bajo la presión directa del proletariado, se vio obligado a anunciarla como una República con instituciones sociales, cómo el proletariado de París aún era incapaz de ir más allá de la República burguesa sino en la imaginación, en la fantasía, cómo actuaba por doquier a su servicio allí donde realmente pasaba a la acción, cómo las promesas que se le hicieron se convirtieron en un peligro insoportable para la nueva República, cómo todo el proceso vital del gobierno provisional se resumía en una lucha continua contra las reivindicaciones del proletariado.

En la Asamblea Nacional, toda Francia se sentaba a juzgar al proletariado de París. Rompió de inmediato con las ilusiones sociales de la Revolución de Febrero, proclamó sin rodeos la República burguesa, nada más que la República burguesa. Inmediatamente excluyó de la Comisión ejecutiva por ella nombrada a los representantes del proletariado: Louis Blanc y Albert; rechazó la propuesta de un Ministerio de Trabajo especial; recibió con tempestuosos gritos de aprobación la declaración del ministro Trélat: «ya sólo se trata de devolver el trabajo a sus antiguas condiciones».

Pero todo esto no bastaba. La República de Febrero había sido conquistada por los obreros, con la ayuda pasiva de la burguesía. Los proletarios se consideraban con razón como los vencedores de Febrero, y hacían las exigencias altaneras del vencedor. Tenían que ser vencidos en la calle, había que mostrarles que sucumbían tan pronto como luchaban no con la burguesía, sino contra la burguesía. Así como la República de Febrero, con sus concesiones socialistas, requirió una batalla del proletariado unido a la burguesía contra la monarquía, era necesaria una segunda batalla para separar la República de las concesiones socialistas, para hacer resaltar oficialmente a la República burguesa como la República dominante. Con las armas en la mano, la burguesía debía refutar las reivindicaciones del proletariado. Y la verdadera cuna de la República burguesa no es la victoria de Febrero, es la derrota de Junio.

El proletariado aceleró la decisión cuando el 15 de mayo irrumpió en la Asamblea Nacional, intentó reconquistar sin éxito su influencia revolucionaria y no hizo más que entregar a sus enérgicos dirigentes a los carceleros de la burguesía. ¡Il faut en finir! ¡Cette situation doit finir! En este grito exteriorizó la Asamblea Nacional su determinación de forzar al proletariado a la lucha decisiva. La Comisión ejecutiva emitió una serie de decretos provocadores, como la prohibición de las aglomeraciones populares, etc. Desde la tribuna de la Asamblea Nacional constituyente se provocó, se insultó y se escarneció directamente a los obreros. Pero el verdadero punto de ataque, como hemos visto, estaba dado en los Talleres Nacionales. Hacia ellos señaló imperiosamente la Asamblea constituyente a la Comisión ejecutiva, que sólo esperaba oír proclamar su propio plan como mandato de la Asamblea Nacional.

La Comisión ejecutiva comenzó por dificultar el acceso a los Talleres Nacionales, convertir el salario por día en salario a destajo, desterrar a los obreros no nacidos en París a la Sologne, supuestamente para efectuar trabajos de tierra. Estos trabajos de tierra no eran más que una fórmula retórica con que se disfrazaba su expulsión, según anunciaron a sus compañeros los obreros desengañados que regresaban. Por fin, el 21 de junio, apareció un decreto en el Moniteur que ordenaba la expulsión violenta de todos los obreros solteros de los Talleres Nacionales o su enrolamiento en el ejército.

A los obreros no les quedaba opción: morirse de hambre o lanzarse a la lucha. Respondieron el 22 de junio con la gigantesca insurrección en que se libró la primera gran batalla entre las dos clases que escinden la sociedad moderna. Era una lucha por la conservación o la destrucción del orden burgués. El velo que encubría la República se desgarró.

Es sabido cómo los obreros, con una valentía y una genialidad sin ejemplo, sin jefes, sin plan común, sin medios, careciendo en su mayor parte de armas, mantuvieron en jaque durante cinco días al ejército, a la guardia móvil, a la guardia nacional de París y a la guardia nacional afluida de las provincias. Es sabido cómo la burguesía se resarció del susto de muerte sufrido con una brutalidad inaudita y masacró a más de 3000 prisioneros.

Tan imbuidos estaban los representantes oficiales de la democracia francesa de la ideología republicana, que sólo algunas semanas más tarde comenzaron a vislumbrar el sentido de la lucha de Junio. Estaban como aturdidos por el humo de pólvora en que se disolvía su fantástica República.

La impresión inmediata que la noticia de la derrota de Junio produjo en nosotros, nos permitirá el lector describirla con las palabras de la N. Rh. Z.:

«El último resto oficial de la Revolución de Febrero, la Comisión ejecutiva, se ha disipado como una imagen nebulosa ante la gravedad de los acontecimientos. Las bengalas de Lamartine se han transformado en los cohetes incendiarios de Cavaignac. La fraternité, la fraternidad de las clases antagónicas, de las cuales la una explota a la otra, esa fraternité proclamada en Febrero, escrita con grandes letras sobre la frente de París, sobre cada prisión, sobre cada cuartel —su verdadera, su auténtica, su prosaica expresión, es la guerra civil, la guerra civil en su forma más espantosa, la guerra del trabajo y del capital. Esa fraternidad llameaba ante todas las ventanas de París en la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía iluminaba, mientras el París del proletariado ardía, se desangraba, gemía. La fraternidad duró justamente tanto tiempo como el interés de la burguesía estuvo hermanado con el interés del proletariado.— Pedantes de la vieja tradición revolucionaria de 1793, sistemáticos socialistas que mendigaban ante la burguesía para el pueblo y a quienes se permitía predicar largos sermones y comprometerse mientras el león proletario hubo de ser arrullado en el sueño, republicanos que querían todo el viejo orden burgués con la sola deducción de la cabeza coronada, oposicionistas dinásticos a quienes el azar sustituyó un cambio de ministerio con la caída de una dinastía, legitimistas que no querían echar fuera la librea, sino modificar su corte, ésos fueron los aliados con los cuales el pueblo hizo su Febrero.— La Revolución de Febrero fue la revolución bella, la revolución de la simpatía general, porque los antagonismos que en ella estallaron contra la monarquía dormitaban uno al lado del otro, sin desarrollarse, en concordia, porque la lucha social que constituía su trasfondo sólo había cobrado una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra. La revolución de Junio es la revolución fea, la revolución repulsiva, porque en lugar de la frase ha aparecido la cosa, porque la República ha puesto al desnudo la cabeza del monstruo mismo»

Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. I. La derrota de junio de 1848

...desnudó, al arrancarle la corona que la protegía y ocultaba.

«— ¡Orden! fue el grito de guerra de Guizot. ¡Orden! gritó Sébastiani, el guizotino, cuando Varsovia se hizo rusa. ¡Orden! grita Cavaignac, el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden! tronaron sus cartuchos de metralla al desgarrar el cuerpo del proletariado. Ninguna de las numerosas revoluciones de la burguesía francesa desde 1789 fue un atentado contra el orden, pues dejó subsistir la dominación de la clase, dejó subsistir la esclavitud de los obreros, dejó subsistir el orden burgués, por mucho que cambiara la forma política de esta dominación y de esta esclavitud. Junio ha atacado este orden. ¡Ay de junio!»

(*N. Rh. Z.*, 29 de junio de 1848.)

¡Ay de junio! resuena el eco europeo.

La burguesía obligó al proletariado de París a la insurrección de junio. Ya en ello residía su sentencia de condena. Ni su inmediata y confesada necesidad lo impulsaba a querer conquistar violentamente el derrocamiento de la burguesía, ni estaba a la altura de esa tarea. El *Moniteur* tuvo que comunicarle oficialmente que había pasado el tiempo en que la república se veía obligada a rendir honores a sus ilusiones, y sólo su derrota lo convenció de la verdad de que la más mínima mejora de su situación sigue siendo una utopía dentro de la república burguesa, una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere realizarse. En lugar de sus exigencias, exaltadas en la forma, mezquinas e incluso aún burguesas en el contenido, concesiones que quería arrancar a la república de febrero, apareció la audaz consigna revolucionaria de combate: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!

Al hacer de su sepultura el lugar de nacimiento de la república burguesa, el proletariado la obligó a salir de inmediato en su forma pura, como el Estado cuyo confesado fin es perpetuar la dominación del capital, la esclavitud del trabajo. Con la mirada constantemente puesta en el enemigo lleno de cicatrices, irreconciliable, invencible —invencible porque su existencia es la condición de la propia vida de la burguesía—, la dominación burguesa, liberada de todas las trabas, tenía que transformarse inmediatamente en terrorismo burgués. Una vez eliminado provisionalmente el proletariado de la escena y oficialmente reconocida la dictadura burguesa, las capas medias de la sociedad burguesa, la pequeña burguesía y la clase campesina, tenían que adherirse cada vez más al proletariado a medida que su situación se hacía más insoportable y su antagonismo con la burguesía se volvía más tajante. Así como antes, en su ascenso, ahora, en su derrota, tenían que encontrar la causa de su miseria.

Si la insurrección de junio elevó en todo el continente la autoestima de la burguesía y la hizo entrar abiertamente en una alianza con la monarquía feudal contra el pueblo, ¿cuál fue la primera víctima de esta alianza? La propia burguesía continental. La derrota de junio le impidió consolidar su dominación y detener al pueblo en el escalón más subordinado de la revolución burguesa, medio satisfecho, medio descontento.

Finalmente, la derrota de junio reveló a las potencias despóticas de Europa el secreto de que Francia, bajo todas las condiciones, tiene que mantener la paz hacia fuera para poder hacer la guerra civil hacia dentro. Así, los pueblos que habían empezado la lucha por su independencia nacional fueron entregados a la prepotencia de Rusia, Austria y Prusia, pero al mismo tiempo la suerte de estas revoluciones nacionales fue sometida a la suerte de la revolución proletaria, despojada de su aparente autonomía, de su independencia respecto a la gran subversión social. ¡El húngaro no debe ser libre, ni el polaco, ni el italiano, mientras el obrero siga siendo esclavo!

Finalmente, a raíz de las victorias de la Santa Alianza, Europa adoptó una configuración que hace coincidir inmediatamente toda nueva insurrección proletaria en Francia con una guerra mundial. La nueva revolución francesa se ve obligada a abandonar de inmediato el suelo nacional y a conquistar el terreno europeo, el único en que la revolución social del siglo XIX puede realizarse.

Sólo mediante la derrota de junio, pues, se crearon todas las condiciones dentro de las cuales Francia puede tomar la iniciativa de la revolución europea. ¡Sólo sumergida en la sangre de los insurrectos de junio se convirtió la tricolor en la bandera de la revolución europea..., en la bandera roja!

Y nosotros gritamos: ¡La revolución ha muerto! — ¡Viva la revolución!

*Neue Rheinische Zeitung*.
Revista político-económica.
Cuaderno 2, febrero de 1850

II. El 13 de junio de 1849

El 25 de febrero de 1848 había otorgado a Francia la república; el 25 de junio le impuso la revolución. Y revolución, después de junio, significaba: subversión de la sociedad burguesa, mientras que antes de febrero había significado: subversión de la forma del Estado.

La lucha de junio fue dirigida por la fracción republicana de la burguesía; con la victoria recayó necesariamente en ella el poder del Estado. El estado de sitio puso a sus pies, sin resistencia, a París amordazado, y en las provincias reinaba un estado de sitio moral, la arrogancia brutal y amenazante de los burgueses por la victoria y el fanatismo de la propiedad desencadenado de los campesinos. ¡Por abajo, pues, ningún peligro!

Con la fuerza revolucionaria de los obreros se quebró al mismo tiempo la influencia política de los republicanos democráticos, es decir, de los republicanos en el sentido de la pequeña burguesía, representados en la Comisión Ejecutiva por Ledru-Rollin, en la Asamblea Nacional Constituyente por el partido de la Montaña y en la prensa por la *Réforme*. Junto con los republicanos burgueses habían conspirado el 16 de abril contra el proletariado, y en las jornadas de junio lo combatieron junto con ellos. De este modo hicieron saltar ellos mismos el fondo sobre el cual su partido se destacaba como una potencia, pues la pequeña burguesía sólo puede mantener una posición revolucionaria frente a la burguesía mientras el proletariado está detrás de ella. Fueron destituidos. La alianza aparente, contraída con ellos a regañadientes y con doblez durante la época del gobierno provisional y de la Comisión Ejecutiva, fue rota abiertamente por los republicanos burgueses. Despreciados y rechazados como aliados, descendieron a la categoría de satélites subordinados de los tricolores, a los que no podían arrancar ninguna concesión, pero cuya dominación tenían que apoyar cada vez que ésta, y con ella la república, parecía puesta en entredicho por las fracciones burguesas antirrepublicanas. Estas fracciones, por último, orleanistas y legitimistas, se encontraban desde un principio en minoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de las jornadas de junio, sólo osaban reaccionar bajo la máscara del republicanismo burgués; la victoria de junio hizo que por un instante toda la Francia burguesa saludase en Cavaignac a su salvador, y cuando, poco después de las jornadas de junio, el partido antirrepublicano volvió a independizarse, la dictadura militar y el estado de sitio de París sólo le permitieron extender muy tímida y cautelosamente sus antenas.

Desde 1830, la fracción republicana burguesa se había agrupado, con sus escritores, sus portavoces, sus capacidades, sus ambiciones, sus diputados, generales, banqueros y abogados, en torno a un periódico parisino, *Le National*. En provincias poseía sus periódicos filiales. La camarilla del *National* era la dinastía de la república tricolor. Inmediatamente se apoderó de todas las dignidades del Estado, de los ministerios, de la prefectura de policía, de la dirección de correos, de los puestos de prefecto, de los cargos superiores de oficial del ejército que habían quedado vacantes. A la cabeza del poder ejecutivo estaba su general, Cavaignac; su redactor jefe, Marrast, se convirtió en presidente permanente de la Asamblea Nacional Constituyente. En sus salones hacía, como maestro de ceremonias, al mismo tiempo los honores de la república honesta.

Incluso escritores revolucionarios franceses han corroborado el error, por una especie de respeto a la tradición republicana, de que los realistas habían dominado en la Asamblea Nacional Constituyente. La Asamblea Constituyente, por el contrario, fue desde las jornadas de junio la representante exclusiva del republicanismo burgués, y tanto más decididamente destacó este aspecto cuanto más se derrumbaba la influencia de los republicanos tricolores fuera de la Asamblea. Cuando se trataba de mantener la forma de la república burguesa, disponía de los votos de los republicanos democráticos; cuando se trataba del contenido, ni siquiera la manera de hablar la separaba ya de las fracciones burguesas realistas, pues los intereses de la burguesía, las condiciones materiales de su dominación de clase y de su explotación de clase constituyen precisamente el contenido de la república burguesa.

No fue, pues, el realismo, sino el republicanismo burgués el que se realizó en la vida y en los hechos de esta Asamblea Constituyente, que al final no murió, ni fue asesinada, sino que se pudrió.

Durante toda la duración de su dominación, mientras representaba en el proscenio la acción principal y de Estado, se celebraba en el fondo una fiesta sacrificial ininterrumpida: las continuas condenas sumarísimas de los insurrectos de junio hechos prisioneros, o su deportación sin juicio. La Asamblea Constituyente tuvo el tacto de confesar que no juzgaba en los insurrectos de junio a criminales, sino que aplastaba a enemigos.

El primer acto de la Asamblea Nacional Constituyente fue la creación de una comisión de investigación sobre los acontecimientos de junio y del 15 de mayo y sobre la participación de los jefes de los partidos socialista y democrático en esas jornadas. La investigación iba directamente dirigida contra Louis Blanc, Ledru-Rollin y Caussidière. Los republicanos burgueses ardían en impaciencia por deshacerse de estos rivales. No podían confiar la ejecución de su rencor a sujeto más adecuado que al señor Odilon Barrot, antiguo jefe de la oposición dinástica, el liberalismo hecho carne, la *nullité grave*, la profunda superficialidad, que no sólo tenía que vengar a una dinastía, sino también pedir cuentas a los revolucionarios por una presidencia del consejo de ministros frustrada. Segura garantía de su inexorabilidad.

Este Barrot fue, pues, nombrado presidente de la comisión de investigación, e instruyó un completo proceso contra la revolución de febrero, que se resume así: 17 de marzo: manifestación; 16 de abril: complot; 15 de mayo: atentado; 23 de junio: ¡guerra civil! ¿Por qué no extendió sus doctas investigaciones criminalísticas hasta el 24 de febrero? El *Journal des Débats* respondía: el 24 de febrero es la fundación de Roma. El origen de los Estados se pierde en un mito en el que se debe creer, pero que no está permitido discutir. Louis Blanc y Caussidière fueron entregados a los tribunales. La Asamblea Nacional completó la obra de su propia depuración, comenzada el 15 de mayo.

El plan de un impuesto sobre el capital —en forma de un impuesto hipotecario—, concebido por el gobierno provisional y retomado por Goudchaux, fue rechazado por la Asamblea Constituyente; la ley que limitaba la jornada de trabajo a 10 horas, fue derogada.

[...] restableció la prisión por deudas, excluyó del acceso al jurado a la gran parte de la población francesa que no sabe leer ni escribir. ¿Por qué no también excluirla del derecho de sufragio? Se restableció la caución para los periódicos, se restringió el derecho de asociación. —

Pero, en su afán por devolver a las viejas relaciones burguesas sus viejas garantías y por borrar toda huella que las olas revolucionarias hubiesen dejado, los republicanos burgueses chocaron con una resistencia que amenazaba con un peligro inesperado.

¡Nadie había luchado más fanáticamente en las jornadas de junio por la salvación de la propiedad y el restablecimiento del crédito que los pequeños burgueses parisinos! — dueños de cafés, restauradores, vinateros, pequeños comerciantes, tenderos, artesanos, etc. La tienda se había erguido y marchado contra la barricada, para restablecer la circulación que conduce de la calle a la tienda. Pero detrás de la barricada estaban los clientes y los deudores, delante de ella los acreedores de la tienda. Y cuando las barricadas fueron derribadas y los obreros aplastados, y los tenderos, ebrios de victoria, se precipitaron de vuelta a sus tiendas, encontraron la entrada cerrada con barricadas por un salvador de la propiedad, un agente oficial del crédito, que les esgrimía amenazadoramente los papeles: ¡Letra vencida! ¡Alquiler de casa vencido! ¡Pagaré vencido! ¡Tienda vencida! ¡Tendero vencido!

¡Salvación de la propiedad! Pero la casa que habitaban no era su propiedad; la tienda que guardaban no era su propiedad; las mercancías que vendían no eran su propiedad. Ni su negocio, ni el plato en que comían, ni la cama en que dormían les pertenecía ya. Frente a ellos, se trataba precisamente de salvar esa propiedad para el casero que había alquilado la casa, para el banquero que había descontado la letra, para el capitalista que había hecho los anticipos en efectivo, para el fabricante que había confiado las mercancías a estos tenderos para su venta, para el mayorista que había dado crédito de las materias primas a estos artesanos. ¡Restablecimiento del crédito! Pero el crédito, fortalecido de nuevo, se acreditó precisamente como un dios vivo y celoso, al expulsar al deudor insolvente de sus cuatro paredes, con mujer e hijos, al entregar su aparente haber al capital y al arrojarlo a la torre de la deuda, que se había erguido amenazante sobre los cadáveres de los insurgentes de junio.

Los pequeños burgueses reconocieron con terror que, al aplastar a los obreros, se habían entregado sin resistencia a sus acreedores. Su bancarrota, que desde febrero se venía arrastrando crónicamente y en apariencia ignorada, fue declarada abiertamente después de junio.

Se había dejado incontestada su propiedad nominal mientras se trató de empujarlos a la palestra en nombre de la propiedad. Ahora, después de arreglado el gran asunto con el proletariado, podía arreglarse también el pequeño asunto con el tendero. En París, la masa de papeles en mora ascendía a más de 21 millones de francos, en las provincias a más de 11 millones. Los titulares de negocios de más de 7.000 casas parisinas no habían pagado su alquiler desde febrero.

Si la Asamblea Nacional había abierto una encuesta sobre la culpa política hasta los límites de febrero, los pequeños burgueses reclamaban ahora por su parte una encuesta sobre las deudas civiles hasta el 24 de febrero. Se reunieron masivamente en la Bolsa y exigieron, en tono amenazante, que a todo comerciante que pudiera demostrar que había quebrado únicamente por el estancamiento provocado por la revolución y que su negocio marchaba bien el 24 de febrero, se le concediera una prórroga del plazo de pago mediante sentencia del tribunal de comercio y se obligara al acreedor a liquidar su crédito por un porcentaje módico. Esta cuestión se debatió en la Asamblea Nacional como proyecto de ley bajo la forma de los «concordats à l’amiable». La Asamblea vacilaba; de pronto supo que, al mismo tiempo, en la Puerta de Saint-Denis, miles de mujeres e hijos de los insurgentes preparaban una petición de amnistía.

Ante el resucitado espectro de junio, los pequeños burgueses se estremecieron y la Asamblea recuperó su inexorabilidad. Los concordats à l’amiable, el entendimiento amistoso entre acreedor y deudor, fueron rechazados en sus puntos esenciales.

Así, pues, después de que en el seno de la Asamblea Nacional los representantes democráticos de los pequeños burgueses fueron rechazados mucho antes por los representantes republicanos de la burguesía, esta ruptura parlamentaria adquirió su significado burgués, real y económico, al ser entregados los pequeños burgueses como deudores a los burgueses como acreedores. Una gran parte de los primeros quedó completamente arruinada, y al resto solo se le permitió continuar su negocio bajo condiciones que lo convertían en siervo incondicional del capital. El 22 de agosto de 1848 la Asamblea Nacional rechazó los concordats à l’amiable; el 19 de septiembre de 1848, en pleno estado de sitio, el príncipe Luis Bonaparte y el prisionero de Vincennes, el comunista Raspail, fueron elegidos representantes de París. Pero la burguesía eligió al cambista judío y orleanista Fould. Así, por todos los lados, y de golpe, una declaración de guerra abierta contra la Asamblea Nacional constituyente, contra el republicanismo burgués, contra Cavaignac.

No hace falta explayarse sobre cómo la bancarrota masiva de los pequeños burgueses de París debía propagar sus repercusiones mucho más allá de los directamente afectados y conmocionar de nuevo el tráfico burgués, mientras el déficit estatal volvía a hincharse con los costes de la insurrección de junio, y los ingresos del Estado disminuían sin cesar a causa de la producción paralizada, el consumo restringido y la importación en declive. Cavaignac y la Asamblea Nacional no pudieron recurrir a otro medio que a un nuevo empréstito, que los ciñó aún más apretadamente al yugo de la aristocracia financiera.

Si los pequeños burgueses habían cosechado como fruto de la victoria de junio la bancarrota y la liquidación judicial, los jenízaros de Cavaignac, las guardias móviles, hallaron en cambio su recompensa en los mullidos brazos de las lorettes y recibieron, «los jóvenes salvadores» de la sociedad, homenajes de todo género en los salones de Marrast, el gentilhombre de la tricolor, que hacía a la vez de anfitrión y trovador de la república honesta. Entretanto, esta preferencia social y la paga incomparablemente más alta de las guardias móviles irritaban al ejército, al tiempo que se desvanecían todas las ilusiones nacionales con que el republicanismo burgués, mediante su diario, el National, había sabido atraerse a una parte del ejército y de la clase campesina bajo Luis Felipe. El papel mediador que Cavaignac y la Asamblea Nacional desempeñaron en Italia septentrional para traicionarla, junto con Inglaterra, a Austria… Un solo día de gobierno destruyó dieciocho años de oposición del National. Ningún gobierno menos nacional que el del National, ninguno más dependiente de Inglaterra; y bajo Luis Felipe, él vivía de la paráfrasis cotidiana del catoniano Carthaginem esse delendam; ninguno más servil frente a la Santa Alianza, mientras había exigido de un Guizot el desgarramiento de los tratados de Viena. La ironía histórica hizo a Bastide, ex redactor de asuntos exteriores del National, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, para que desmintiera cada uno de sus artículos con cada uno de sus despachos.

Por un momento, el ejército y la clase campesina habían creído que, con la dictadura militar, la guerra exterior y la «gloire» quedaban a la orden del día de Francia. Pero Cavaignac no era la dictadura del sable sobre la sociedad burguesa, era la dictadura de la burguesía mediante el sable. Y ahora del soldado solo necesitaban al gendarme. Cavaignac ocultaba bajo los severos rasgos de una resignación antirrepublicana la insípida sumisión a las humillantes condiciones de su cargo burgués. ¡L’argent n’a pas de maître! ¡El dinero no tiene amo! Este viejo lema del tercer estado lo idealizó él, al igual que la Asamblea constituyente, al traducirlo al lenguaje político: La burguesía no tiene rey, la verdadera forma de su dominación es la república.

Y elaborar esta forma, confeccionar una Constitución republicana, en eso consistía la «gran obra orgánica» de la Asamblea Nacional constituyente. El rebautizo del calendario cristiano en republicano, de San Bartolomé en San Robespierre, no altera el tiempo ni el viento más de lo que esta Constitución alteró o debía alterar la sociedad burguesa. Allí donde fue más allá del cambio de vestimenta, tomó a protocolo hechos existentes. Así registró solemnemente el hecho de la república, el hecho del sufragio universal, el hecho de una sola Asamblea Nacional soberana en lugar de las dos cámaras constitucionales limitadas. Así registró y reglamentó el hecho de la dictadura de Cavaignac, al sustituir la monarquía hereditaria estacionaria e irresponsable por una monarquía electiva, ambulante y responsable, por una presidencia de cuatro años. Asimismo, elevó a ley constitucional el hecho del poder extraordinario que la Asamblea Nacional, después de los terrores del 15 de mayo y del 25 de junio, había otorgado precautoriamente a su presidente en interés de la propia seguridad. El resto de la Constitución fue obra de terminología. Al engranaje de la vieja monarquía se le arrancaron las etiquetas realistas y se le pegaron etiquetas republicanas. Marrast, antiguo redactor en jefe del National, convertido en redactor en jefe de la Constitución, se desembarazó de esta tarea académica no sin talento.

La Asamblea constituyente se asemejaba a aquel funcionario chileno que quería regular más firmemente las relaciones de propiedad territorial mediante una medición catastral, en el preciso instante en que el trueno subterráneo anunciaba ya la erupción volcánica que debía arrojar la tierra misma bajo sus pies. Mientras en teoría delineaba las formas en que se expresaba republicánamente la dominación de la burguesía, en la realidad solo se mantenía mediante la supresión de toda fórmula, mediante la violencia sans phrase, mediante el estado de sitio. Dos días antes de comenzar su obra constitucional, proclamó su continuación. Antaño, las constituciones se hacían y aprobaban cuando el proceso de transformación social había llegado a un punto de reposo, las relaciones de clase recién formadas se habían consolidado y las fracciones en pugna de la clase dominante se refugiaban en un compromiso que les permitía continuar la lucha entre sí y, al mismo tiempo, excluir de ella a la masa popular agotada. Esta Constitución, por el contrario, no sancionó ninguna revolución social, sancionó la victoria momentánea de la vieja sociedad sobre la revolución.

En el primer proyecto de Constitución, redactado antes de las jornadas de junio, se encontraba todavía el «droit au travail», el derecho al trabajo, primera fórmula torpe en que se resumían las reivindicaciones revolucionarias del proletariado. Fue transformado en el droit à l’assistance, en el derecho a

asistencia pública, ¿y qué Estado moderno no alimenta, en una u otra forma, a sus propios pobres? El derecho al trabajo es, en el sentido burgués, un contrasentido, un deseo piadoso y mezquino, pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por tanto la abolición del trabajo asalariado, del capital y de su relación recíproca. Detrás del "derecho al trabajo" estaba la insurrección de junio. La Asamblea Constituyente, que de hecho puso al proletariado revolucionario hors de la loi, fuera de la ley, tenía que arrojar por principio su fórmula de la Constitución, de la ley de las leyes, y fulminar su anatema contra el "derecho al trabajo". Pero no se detuvo ahí. Como Platón expulsó a los poetas de su república, ella desterró de la suya por todos los tiempos... el impuesto progresivo. Y el impuesto progresivo no es sólo una medida burguesa, realizable dentro de las relaciones de producción existentes en mayor o menor escala; era el único medio de atar a la "honesta" república a las capas medias de la sociedad burguesa, de reducir la deuda del Estado y de poner en jaque a la mayoría antirrepublicana de la burguesía. Con ocasión de los concordats à l'amiable, los republicanos tricolores sacrificaron de hecho a la pequeña burguesía en aras de la grande.

Este hecho aislado lo erigieron en principio mediante la interdicción legal del impuesto progresivo. Pusieron la reforma burguesa al mismo nivel que la revolución proletaria. Pero entonces, ¿qué clase quedó como sostén de su república? La gran burguesía. Y su masa era antirrepublicana. Si explotó a los republicanos del National para volver a afianzar las viejas condiciones económicas de vida, pensó, por otra parte, explotar las condiciones sociales reafianzadas para restaurar las formas políticas correspondientes a ellas. Ya a comienzos de octubre se vio Cavaignac obligado a nombrar ministros de la república a Dufaure y Vivien, antiguos ministros de Luis Felipe, por mucho que gruñeran y tronaran los puritanos descerebrados de su propio partido.

Mientras la Constitución tricolor rechazaba todo compromiso con la pequeña burguesía y no sabía atar ningún elemento nuevo de la sociedad a la nueva forma de Estado, se apresuraba, en cambio, a devolver la intangibilidad tradicional a un cuerpo en el que el viejo Estado encontraba a sus defensores más enconados y fanáticos. Elevó a ley constitucional la inamovilidad de los jueces, puesta en entredicho por el gobierno provisional. El único rey que había depuesto resucitó por docenas en esos inquisidores inamovibles de la legalidad.

La prensa francesa ha analizado prolijamente las contradicciones de la Constitución del señor Marrast, por ejemplo, la coexistencia de dos soberanos, la Asamblea Nacional y el presidente, etc., etc.

Pero la contradicción fundamental de esta Constitución consiste en lo siguiente: Las clases cuya esclavitud social ella ha de eternizar —proletariado, campesinos, pequeño burgueses— son puestas, mediante el sufragio universal, en posesión del poder político. Y a la clase cuya vieja potestad social ella sanciona, la burguesía, le retira las garantías políticas de este poder. Constriñe su dominación política a condiciones democráticas que a cada instante facilitan el triunfo de las clases enemigas y ponen en entredicho las bases mismas de la sociedad burguesa. Exige a los unos que no pasen de la emancipación política a la social, y a los otros que no retrocedan de la restauración social a la política.

Poco les importaban estas contradicciones a los republicanos burgueses. En la medida en que dejaban de ser indispensables —y sólo lo fueron como paladines de la vieja sociedad contra el proletariado revolucionario—, pocas semanas después de su victoria se hundieron de la posición de un partido a la de una camarilla. Y la Constitución, la trataron como una gran intriga. Lo que en ella debía constituirse era, ante todo, la dominación de la camarilla. El presidente debía ser la prolongación de Cavaignac, la asamblea legislativa, una Constituyente prolongada. Esperaban reducir el poder político de las masas populares a un poder aparente y poder jugar suficientemente con este mismo poder aparente para mantener suspendido sobre la mayoría de la burguesía el dilema de las jornadas de junio: el reino del National o el reino de la anarquía.

La obra constitucional, comenzada el 4 de septiembre, fue terminada el 23 de octubre. El 2 de septiembre había decidido la Constituyente no disolverse hasta estar promulgadas las leyes orgánicas complementarias de la Constitución. Sin embargo, decidió ahora poner en vida a su criatura más propia, el presidente, ya el 10 de diciembre, mucho antes de cerrar el ciclo de su propia actividad. Tan segura estaba de saludar en el homunculus de la Constitución al hijo de su madre. Por precaución, se había tomado la disposición de que, si ningún candidato reunía dos millones de votos, la elección pasase de la nación a la Constituyente.

¡Vanas precauciones! El primer día de la realización de la Constitución fue el último día de la dominación de la Constituyente. En el abismo de la urna electoral yacía su sentencia de muerte. Buscaba al "hijo de su madre" y encontró al "sobrino de su tío". Saulus Cavaignac, un millón de votos; pero David Napoleón, seis millones. Seis veces derrotado quedaba Saulus Cavaignac.

El 10 de diciembre de 1848 fue el día de la insurrección de los campesinos. Sólo a partir de este día data el febrero para los campesinos franceses. El símbolo que expresó su entrada en el movimiento revolucionario, torpe y ladino, pícaro y cándido, tontiloco y sublime, superstición calculada, farsa patética, anacronismo genialmente necio, trapisonda bufonesca de alcance histórico universal, jeroglífico indescifrable para el entendimiento de los civilizados: este símbolo llevaba inequívocamente la fisonomía de la clase que representa la barbarie dentro de la civilización. La república se les había anunciado con el ejecutor de contribuciones, ellos se anunciaron a la república con el emperador. Napoleón era el único hombre que había representado exhaustivamente los intereses y la fantasía de la clase campesina, recién creada en 1789. Al escribir su nombre en el frontispicio de la república, declararon la guerra hacia fuera, y hacia dentro, la reivindicación de sus intereses de clase. Napoleón no era para los campesinos una persona, sino un programa. Con banderas, con músicas marciales avanzaron hacia los lugares de elección al grito de: plus d'impôts, à bas les riches, à bas la république, vive l'Empereur! ¡Abajo los impuestos, abajo los ricos, abajo la república, viva el emperador! Detrás del emperador se ocultaba la guerra campesina. La república que ellos votaron abajo era la república de los ricos.

El 10 de diciembre fue el coup d'état de los campesinos, que derribó el gobierno existente. Y a partir de este día, en que quitaron a Francia un gobierno y le dieron otro, sus ojos estuvieron fijos en París sin desviarse. Héroes activos por un momento del drama revolucionario, ya no pudieron ser relegados a la pasiva y desvalida función del coro.

Las demás clases contribuyeron a completar la victoria electoral de los campesinos. La elección de Napoleón era para el proletariado la deposición de Cavaignac, el derrocamiento de la Constituyente, la abdicación del republicanismo burgués, la condena de la victoria de junio. Para la pequeña burguesía, Napoleón era la dominación del deudor sobre el acreedor. Para la mayoría de la gran burguesía, la elección de Napoleón era la ruptura abierta con la fracción de la que por un momento había tenido que servirse contra la revolución y que la agitaba tan pronto como trataba de consolidar su posición de momento como constitucional. Napoleón en lugar de Cavaignac era para ella la monarquía en lugar de la república, el comienzo de la restauración monárquica... Para el ejército, Napoleón en lugar de Cavaignac era el lugar del pequeño cabo en lugar del general. Así sucedió que la clase más numerosa de Francia, los campesinos parcelarios, coincidió en su insurrección momentánea con las demás clases del pueblo, y mientras el proletariado cumplía a medias la lucha de clases revolucionaria y a medias la guerra nacional de los pueblos, se decretó la destitución de Napoleón y la liberación de Francia. Así fue cómo el hombre más simple adquirió la significación más compleja.

encontró al «sobrino de su tío». Saulo Cavaignac obtuvo un millón de votos, pero David Napoleón obtuvo seis millones. Seis veces fue derrotado Saulo Cavaignac.

El 10 de diciembre de 1848 fue el día de la insurrección campesina. Sólo desde ese día data el febrero para los campesinos franceses. El símbolo que expresó su entrada en el movimiento revolucionario, torpe-astuto, pícaro-ingenuo, neciamente sublime, una superstición calculada, una burla patética, un anacronismo genialmente estúpido, una travesura a lo Eulenspiegel de alcance histórico-universal —jeroglífico indescifrable para el entendimiento de los civilizados—, llevaba este símbolo de manera inconfundible la fisonomía de la clase que, dentro de la civilización, representa la barbarie. La república se le había anunciado a ella con el ejecutor de impuestos, ella se anunció ante la república con el emperador. Napoleón era el único hombre que había representado exhaustivamente los intereses y la fantasía de la clase campesina nuevamente creada en 1789. Al escribir su nombre en el frontispicio de la república, declaraba la guerra hacia fuera, y hacia dentro, la reivindicación de su interés de clase. Napoleón no era para los campesinos una persona, sino un programa. Con banderas, con música, se dirigieron al lugar de la votación al grito de: *plus d’impôts, à bas les riches, à bas la république, vive l’Empereur*. ¡Nada de impuestos, abajo los ricos, abajo la república, viva el emperador! Detrás del emperador se ocultaba la guerra campesina. La república que ellos derribaban con su voto, era la república de los ricos.

El 10 de diciembre fue el golpe de Estado de los campesinos, que derribó al gobierno existente. Y desde ese día, en que le habían quitado a Francia un gobierno y le habían dado otro, su mirada se dirigió fija e inamovible a París. Héroes activos por un instante del drama revolucionario, ya no podían ser empujados de nuevo al papel pasivo y sin voluntad del coro.

Las demás clases contribuyeron a redondear la victoria electoral de los campesinos. La elección de Napoleón era para el proletariado la destitución de Cavaignac, el derrocamiento de la Constituante, la abdicación del republicanismo burgués, la casación de la victoria de junio. Para la pequeña burguesía, Napoleón era el dominio del deudor sobre el acreedor. Para la mayoría de la gran burguesía, la elección de Napoleón era la ruptura abierta con la fracción de la que había tenido que servirse por un momento contra la revolución, pero que le resultó insoportable tan pronto como ésta intentó consolidar la posición del momento como posición constitucional. Napoleón en lugar de Cavaignac significaba para ella la monarquía en lugar de la república, el comienzo de la restauración monárquica, Orleans tímidamente insinuado, la flor de lis escondida bajo violetas. El ejército, por último, votó por Napoleón contra la guardia móvil, contra el idilio de paz, por la guerra.

Así sucedió, como dijo la *Neue Rheinische Zeitung*, que el hombre más simple de Francia recibió la significación más variada. Precisamente porque no era nada, podía significarlo todo, excepto a sí mismo. Por muy diverso que fuera el sentido del nombre de Napoleón en boca de las distintas clases, cada una escribía con este nombre en su boletín: abajo el partido del *National*, abajo Cavaignac, abajo la Constituante, abajo la república burguesa. El ministro Dufaure lo declaró públicamente en la asamblea constituyente: el 10 de diciembre es un segundo 24 de febrero.

Pequeña burguesía y proletariado habían votado en bloque por Napoleón, para votar contra Cavaignac y, mediante la concentración de los votos, arrebatar a la Constituante la decisión final. Sin embargo, la parte más avanzada de ambas clases presentó sus propios candidatos. Napoleón era el nombre colectivo de todos los partidos coaligados contra la república burguesa; Ledru-Rollin y Raspail eran los nombres propios: aquél, de la pequeña burguesía democrática; éste, del proletariado revolucionario. Los votos por Raspail —proclamaron en voz alta los proletarios y sus portavoces socialistas— debían ser una mera demostración, otras tantas protestas contra toda presidencia, es decir, contra la constitución misma, otros tantos votos contra Ledru-Rollin; el primer acto por el cual el proletariado se desligaba del partido democrático como partido político independiente. Este partido, por el contrario —la pequeña burguesía democrática y su representante parlamentario, la Montaña— trataron la candidatura de Ledru-Rollin con toda la seriedad con la que, por solemne costumbre, se engañan a sí mismos. Era ésta, por lo demás, su último intento de erguirse como partido independiente frente al proletariado. No sólo el partido republicano burgués, sino también la pequeña burguesía democrática y su Montaña fueron derrotados el 10 de diciembre.

Francia poseía ahora, junto a una Montaña, un Napoleón, prueba de que ambos no eran más que las caricaturas sin vida de las grandes realidades cuyos nombres llevaban. Luis Napoleón con el sombrero imperial y el águila no parodiaba más miserablemente al viejo Napoleón, de lo que la Montaña parodiaba a la vieja Montaña con sus frases tomadas de 1793 y sus poses demagógicas. La superstición tradicional por 1793 se despojó así al mismo tiempo que la superstición tradicional por Napoleón. La revolución sólo llegó a sí misma cuando hubo conquistado su propio nombre, original, y eso sólo pudo hacerlo cuando la clase revolucionaria moderna, el proletariado industrial, pasó a ocupar el primer plano de modo dominante. Puede decirse que el 10 de diciembre dejó ya a la Montaña estupefacta y la hizo dudar de su propio entendimiento, porque interrumpió burlonamente la analogía clásica con la vieja revolución mediante una vil broma campesina.

El 20 de diciembre, Cavaignac depuso su cargo y la asamblea constituyente proclamó a Luis Napoleón presidente de la república. El 19 de diciembre, último día de su poder exclusivo, rechazó la moción de amnistía para los insurgentes de junio. Revocar el decreto del 27 de junio, por el cual condenaba a la deportación a 15.000 insurgentes eludiendo la sentencia judicial, ¿no equivalía a revocar la batalla de junio misma?

Odilon Barrot, el último ministro de Luis Felipe, se convirtió en el primer ministro de Luis Napoleón. Así como Luis Napoleón no fechó el día de su poder a partir del 10 de diciembre, sino de un *senatusconsultum* de 1804, así encontró un presidente del consejo que no fechaba su ministerio a partir del 20 de diciembre, sino de un decreto real del 24 de febrero. Como heredero legítimo de Luis Felipe, Luis Napoleón suavizó el cambio de gobierno manteniendo el viejo ministerio, que además no había tenido tiempo de desgastarse, porque no había encontrado tiempo para entrar en funciones.

Los jefes de las fracciones burguesas monárquicas le aconsejaron esta elección. El jefe de la vieja oposición dinástica, que había formado inconscientemente la transición hacia los republicanos del *National*, era aún más adecuado para formar, con plena conciencia, la transición de la república burguesa a la monarquía.

Odilon Barrot era el jefe del único viejo partido de oposición que, luchando siempre en vano por la cartera ministerial, no se había desgastado aún. En rápida sucesión, la revolución lanzó a las cimas del Estado a todos los viejos partidos de oposición, para que tuvieran que renegar de sus viejas frases no sólo de hecho, sino con la frase misma, retractarse, y finalmente, reunidos todos en un cuerpo mixto repugnante, fueran arrojados por el pueblo al basurero de la historia. Y ninguna apostasía le fue ahorrada a este Barrot, esta incorporación del liberalismo burgués, que durante dieciocho años había ocultado la ruin vacuidad de su espíritu bajo una actitud afectadamente seria de su cuerpo. Cuando en algunos momentos el punzante contraste entre los cardos del presente y los laureles del pasado lo sobresaltaba a él mismo, una mirada al espejo le devolvía la compostura ministerial y la autoadmiración humana. Lo que le devolvía la mirada desde el espejo era Guizot, al que siempre había envidiado, que siempre lo había dominado, Guizot mismo, pero Guizot con la frente olímpica de Odilon. Lo que pasaba por alto eran las orejas de Midas.

El Barrot del 24 de febrero no se reveló por entero hasta el Barrot del 20 de diciembre. A él, orleanista y voltairiano, se le asoció como ministro de Cultos el legitimista y jesuita Falloux.

Pocos días después, el ministerio del Interior fue confiado a Léon Faucher, el maltusiano. ¡El derecho, la religión, la economía política! El ministerio Barrot contenía todo esto y, además, una unión de legitimistas y orleanistas. Sólo faltaba el bonapartista. Aún ocultaba Bonaparte el anhelo de representar a Napoleón, pues Soulouque aún no representaba a Toussaint l’Ouverture.

De inmediato, el partido del *National* fue desalojado de todos los puestos elevados en los que se había incrustado. Prefectura de policía, dirección de correos, procuraduría general, alcaldía de París, todo fue ocupado por viejas criaturas de la monarquía. Changarnier, el legitimista, recibió el mando superior unificado de la guardia nacional del departamento del Sena, de la guardia móvil y de las tropas de línea de la primera división militar; Bugeaud, el orleanista, fue nombrado comandante en jefe del ejército de los Alpes. Este cambio de funcionarios continuó ininterrumpidamente bajo el gobierno Barrot. El primer acto de su ministerio fue la restauración de la vieja administración monárquica. En un abrir y cerrar de ojos se transformó la escena oficial: bastidores, vestuario, lenguaje, actores, figurantes, comparsas, apuntadores, posición de los partidos, motivos del drama, contenido de la colisión, toda la situación. Sólo la asamblea constituyente, antediluviana, se encontraba aún en su puesto. Pero desde el momento en que la asamblea nacional había instalado a Bonaparte, Bonaparte a Barrot, Barrot a Changarnier, Francia salió del período de la constitución republicana y entró en el período de la república constituida. Y en la república constituida, ¿qué pinta una asamblea constituyente? Después de creada la tierra, a su creador no le quedó más remedio que huir al cielo. La asamblea constituyente estaba decidida a no seguir su ejemplo; la asamblea nacional era el último asilo del partido de los republicanos burgueses. Si se le habían arrebatado todos los resortes del poder ejecutivo, ¿no le quedaba la omnipotencia constituyente? Mantener a toda costa la posición soberana que ocupaba y reconquistar desde allí el terreno perdido: ése fue su primer pensamiento. Desalojar al ministerio Barrot mediante un ministerio del *National*, y el personal monárquico tendría que abandonar de inmediato los palacios de la administración, y el personal tricolor haría de nuevo su entrada triunfal. La asamblea nacional decretó el derrocamiento del ministerio, y el propio ministerio ofreció una ocasión de ataque que la Constituante no habría podido inventar más a propósito.

Se recuerda que Luis Bonaparte significaba para los campesinos: ¡nada de impuestos! Seis días llevaba sentado en el sillón presidencial, y al séptimo...

El 27 de diciembre, su ministerio propuso el mantenimiento del impuesto sobre la sal, cuya abolición había decretado el gobierno provisional. El impuesto sobre la sal comparte con el del vino el privilegio de ser el chivo expiatorio del viejo sistema financiero francés, sobre todo a los ojos de la población rural. En boca del elegido de los campesinos, el ministerio Barrot no podía poner una pulla más mordaz contra sus electores que las palabras: ¡restablecimiento del impuesto sobre la sal! Con el impuesto sobre la sal, Bonaparte perdió su sal revolucionaria —el Napoleón de la insurrección campesina se desvaneció como una imagen vaporosa, y no quedó nada más que el gran desconocido de la intriga burguesa realista. Y no sin intención hizo el ministerio Barrot de este acto de grosero desengaño, falto de tacto, el primer acto de gobierno del presidente.

La Constituyente, por su parte, aprovechó ávidamente la doble ocasión para derribar al ministerio y, frente al elegido de los campesinos, erigirse en representante de los intereses campesinos. Rechazó la propuesta

del ministro de Hacienda, redujo el impuesto sobre la sal a un tercio de su importe anterior, aumentando así en 60 millones un déficit estatal de 560 millones y, tras este voto de desconfianza, esperó tranquilamente la dimisión del ministerio. Tan poco comprendía ella el nuevo mundo que la rodeaba y su propia posición transformada. Detrás del ministerio estaba el presidente, y detrás del presidente había seis millones que habían depositado en la urna electoral otros tantos votos de desconfianza contra la Constituyente. La Constituyente devolvió a la nación su voto de desconfianza. ¡Ridículo intercambio! Olvidó que sus votos habían perdido el curso forzoso. El rechazo del impuesto sobre la sal no hizo sino madurar la decisión de Bonaparte y de su ministerio de «acabar» con la Asamblea Constituyente. Comenzó aquel largo duelo que llena toda la última | mitad de vida de la Constituyente. El 29 de enero, el 21 de marzo, el 8 de mayo son las journées, las grandes jornadas de esta crisis, otros tantos precursores del 13 de junio.

Los franceses, por ejemplo Louis Blanc, han entendido el 29 de enero como la manifestación de una contradicción constitucional, la contradicción entre una Asamblea Nacional soberana, indisoluble, surgida del sufragio universal

y un presidente que, según la letra, le es responsable, pero que en realidad está no solo sancionado igualmente por el sufragio universal, y que en su persona reúne todos los votos que se distribuyen y se multiplican cien veces entre los miembros particulares de la Asamblea Nacional, sino que posee, además, en plenitud todo el poder ejecutivo, por encima del cual la Asamblea Nacional solo flota como poder moral. Esta interpretación del 29 de enero confunde el lenguaje de la lucha en la tribuna, en la prensa y en los clubs con su contenido real. Louis Bonaparte frente a la Asamblea Nacional Constituyente no era un poder constitucional unilateral frente a otro, no era el poder ejecutivo frente al legislativo, era la propia república burguesa ya constituida frente a los instrumentos de su constitución, frente a las intrigas ambiciosas y las exigencias ideológicas de la fracción revolucionaria de la burguesía que la había fundado y que ahora, extrañada, encontraba que su república constituida se parecía a una monarquía restaurada, y pretendía retener por la fuerza el período constituyente con sus condiciones, sus ilusiones, su lenguaje y sus personas, e impedir que la república burguesa madura se manifestase en su forma completa y propia. Así como la Asamblea Nacional Constituyente representaba a un Cavaignac que había recaído en ella, Bonaparte representaba la Asamblea Nacional Legislativa que aún no se había separado de él, esto es, la Asamblea Nacional de la república burguesa constituida.

La elección de Bonaparte no pudo interpretarse hasta que en lugar del nombre único puso sus múltiples significados, hasta que se repitió en la elección de la nueva Asamblea Nacional. El 10 de diciembre había casado el mandato | de la vieja. Lo que, pues, se enfrentó el 29 de enero no fueron el presidente y la Asamblea Nacional de la misma república, sino la Asamblea Nacional de la república que estaba naciendo y el presidente de la república ya nacida, dos poderes que encarnaban períodos completamente distintos del proceso vital de la república: por un lado, la pequeña fracción republicana de la burguesía, que era la única que podía proclamar la república, arrebatársela al proletariado revolucionario mediante la lucha callejera y el régimen de terror y diseñar en la Constitución sus rasgos ideales fundamentales, y por otro lado, toda la masa realista de la burguesía, que era la única que podía dominar en esta república burguesa ya constituida, despojar a la Constitución de sus añadidos ideológicos y realizar, mediante su legislación y su administración, las condiciones ineludibles para el sojuzgamiento del proletariado.

La tempestad que estalló el 29 de enero había ido acumulando sus elementos

durante todo el mes de enero. La Constituyente quería, con su voto de desconfianza, empujar al ministerio Barrot a la dimisión. El ministerio Barrot, por el contrario, propuso a la Constituyente que se diera a sí misma un voto de desconfianza definitivo, que decretara su suicidio, que resolviera su propia disolución. Rateau, uno de los diputados más oscuros, presentó, por orden del ministerio, el 6 de enero esta proposición a aquella misma Constituyente que ya en agosto había decidido no disolverse hasta haber promulgado toda una serie de leyes orgánicas complementarias de la Constitución. El ministerial Fould le declaró lisa y llanamente que su disolución era necesaria «para restablecer el crédito perturbado». ¿Y no perturbaba ella el crédito al prolongar la situación provisional y poner de nuevo en entredicho, con Barrot, a Bonaparte, y con Bonaparte, a la república constituida? Barrot, el olímpico, convertido en un Roland furioso ante la perspectiva de que le arrebataran de nuevo, apenas después de un goce de dos semanas, la presidencia del consejo de ministros, que había conseguido por fin, y que una vez se le había aplazado por un decenio, es decir, por diez meses, Barrot tiranizaba a esta miserable asamblea peor que | un tirano. La más suave de sus palabras fue: «Con ella no es posible ningún porvenir». Y ciertamente, ella no representaba ya más que el pasado. «Es incapaz —añadió con ironía— de rodear a la república de las instituciones necesarias para su consolidación.» Y ¡en verdad! Con la oposición exclusiva al proletariado se había quebrado a la vez su energía burguesa, y con la oposición a los realistas había revivido su exaltación republicana. Así, era doblemente incapaz para consolidar, mediante las instituciones correspondientes, la república burguesa que ya no comprendía.

Con la proposición de Rateau, el ministerio provocó al mismo tiempo una tempestad de peticiones en todo el país, y diariamente, desde todos los rincones de Francia, caían sobre la cabeza de la Constituyente fardos de billets doux en los que

se le rogaba, de manera más o menos categórica, que se disolviera y testara. La Constituyente, a su vez, provocó contrapeticiones en las que se la exhortaba a permanecer con vida. La lucha electoral entre Bonaparte y Cavaignac se renovó como lucha de peticiones en pro y en contra de la disolución de la Asamblea Nacional. Las peticiones debían ser los comentarios posteriores del 10 de diciembre. Esta agitación prosiguió durante todo el mes de enero.

En el conflicto entre la Constituyente y el presidente, aquella no podía remitirse a la elección general como su origen, pues se apelaba de ella al sufragio universal. No podía apoyarse en ningún

poder regular, pues se trataba de la lucha contra el poder legal. No podía derribar al ministerio mediante votos de desconfianza, como lo intentó de nuevo el 6 y el 26 de enero, pues el ministerio no pedía su confianza. Solo le quedaba una posibilidad: la de la insurrección. Las fuerzas combativas de la insurrección eran la parte republicana de la Guardia Nacional, la Guardia Móvil y los centros del proletariado revolucionario, los clubs. La Guardia Móvil, aquellos héroes de las jornadas de junio, constituían en diciembre la fuerza organizada de combate de la fracción burguesa republicana, del mismo modo que antes de junio los Talleres Nacionales habían constituido la fuerza organizada de combate del proletariado revolucionario. Así como la || Comisión ejecutiva de la Constituyente dirigió su brutal ataque contra los Talleres Nacionales cuando tuvo que acabar con las pretensiones, ya insoportables, del proletariado, así el ministerio de Bonaparte lo dirigió contra la Guardia Móvil cuando tuvo que acabar con las pretensiones, ya insoportables, de la fracción burguesa republicana. Decretó la disolución de la Guardia Móvil. Una mitad fue licenciada y arrojada al arroyo, la otra recibió, en lugar de la organización democrática, una organización monárquica, y su soldada fue reducida a la soldada ordinaria de las tropas de línea. La Guardia Móvil se encontró en la situación de los insurrectos de junio, y diariamente la prensa publicaba confesiones públicas en las que reconocía su culpa de junio e imploraba el perdón del proletariado.

¿Y los clubs? Desde el momento en que la Asamblea Constituyente puso en entredicho, en Barrot, al presidente, y en el presidente, a la república burguesa constituida, y en la república burguesa constituida, a la república burguesa en general, necesariamente se agruparon en torno a ella todos los elementos constituyentes de la república de febrero, todos los partidos que querían derribar la república existente y transformarla, mediante un violento proceso de retroceso, en la república de sus intereses de clase y de sus principios. Lo hecho quedaba deshecho, las cristalizaciones del movimiento revolucionario se habían vuelto de nuevo fluidas, la república por la que se luchaba era otra vez la república indefinida de los días de febrero, cuya determinación se reservaba cada partido. Por un instante, los partidos volvieron a ocupar sus antiguas posiciones de febrero sin compartir, empero, las ilusiones de febrero. Los republicanos tricolores del National se apoyaron de nuevo en los republicanos democráticos de la Réforme y los empujaron al primer plano de la lucha parlamentaria como paladines. Los republicanos democráticos se apoyaron de nuevo en los republicanos socialistas —el 27 de enero un manifiesto público anunció su reconciliación y unión— y se prepararon en los clubs su retaguardia insurreccional. La prensa ministerial trataba, con razón, a los republicanos tricolores del National como | los insurrectos de junio resucitados. Para mantenerse a la cabeza de la república burguesa, pusieron en entredicho a la república burguesa misma. El

El 26 de enero, el ministro Faucher propuso una ley sobre el derecho de asociación, cuyo primer artículo decía: «Se prohíben los clubes.» Presentó la moción de que este proyecto de ley fuera sometido inmediatamente a discusión con carácter de urgencia. La Asamblea Constituyente rechazó la moción de urgencia y, el 27 de enero, Ledru-Rollin depositó una moción, firmada por 230 diputados, para poner al ministerio en estado de acusación por violación de la Constitución. Poner al ministerio en estado de acusación en momentos en que semejante acto era la revelación torpe de la impotencia del juez, es decir, de la mayoría de la Cámara, o bien una protesta impotente del acusador contra esa misma mayoría, tal era el gran triunfo revolucionario que, de aquí en adelante, la Montaña póstuma jugó en cada punto álgido de la crisis. ¡Pobre Montaña, aplastada por el peso de su propio nombre!

Blanqui, Barbès, Raspail, etc., habían intentado el 15 de mayo hacer saltar la Asamblea Constituyente, penetrando al frente del proletariado parisino en su sala de sesiones. Barrot preparaba a esa misma Asamblea un 15 de mayo moral, queriendo dictarle su autodisolución y cerrar su sala de sesiones. Esa misma Asamblea había encargado a Barrot la investigación contra los acusados de mayo, y ahora, en este momento en que él aparecía frente a ella como un Blanqui realista, en que ella buscaba frente a él a sus aliados en los clubes, entre los proletarios revolucionarios, en el partido de Blanqui, en este momento el inexorable Barrot la torturaba con la moción de sustraer a los prisioneros de mayo al tribunal del jurado y entregarlos al tribunal supremo inventado por el partido de Le National, la *haute cour*. ¡Era curioso cómo la angustia exacerbada por una cartera ministerial podía hacer brotar de la cabeza de un Barrot agudezas dignas de un Beaumarchais! Después de muchas vacilaciones, la Asamblea Nacional adoptó su moción. Frente a los atacantes de mayo, volvió a asumir su carácter normal.

Cuando la Asamblea Constituyente, frente al presidente y a los ministros, era empujada a la insurrección, el presidente y el ministerio, frente a la Asamblea Constituyente, eran empujados al golpe de Estado, pues no poseían ningún medio legal para disolverla. Pero la Asamblea Constituyente era la madre de la Constitución, y la Constitución era la madre del presidente. Con el golpe de Estado, el presidente desgarraba la Constitución y borraba su título jurídico republicano. Se veía entonces forzado a sacar a relucir el título jurídico imperialista; pero el título jurídico imperialista despertaba al orleanista, y ambos palidecían ante el título jurídico legitimista. La caída de la república legal sólo podía hacer saltar a su polo más opuesto, la monarquía legitimista, en un momento en que el partido orleanista no era más que el vencido de febrero y Bonaparte no era más que el vencedor del 10 de diciembre, en que ambos ya no podían oponer a la usurpación republicana más que sus títulos monárquicos, también usurpados. Los legitimistas eran conscientes del favor del momento; conspiraban a plena luz del día. En el general Changarnier podían esperar encontrar a su Monk. La proximidad de la monarquía blanca se proclamaba en sus clubes tan abiertamente como en los proletarios la de la república roja.

Gracias a una asonada felizmente sofocada, el ministerio se habría librado de todas las dificultades. «La legalidad nos mata», exclamaba Odilon Barrot. Una asonada habría permitido disolver la Asamblea Constituyente bajo el pretexto de la *salud pública* y violar la Constitución en interés de la Constitución misma. El proceder brutal de Odilon Barrot en la Asamblea Nacional, la moción de disolución de los clubes, la destitución ruidosa de 50 prefectos tricolores y su sustitución por realistas, la disolución de la Guardia Móvil, el maltrato a sus jefes por Changarnier, la reposición de Lerminier, el profesor ya imposible bajo Guizot, la tolerancia de las fanfarronadas legitimistas: todo ello eran otras tantas provocaciones a la asonada. Pero la asonada permaneció muda. Esperaba su señal de la Asamblea Constituyente y no del ministerio.

Por fin llegó el 29 de enero, el día en que debía decidirse la moción de Mathieu (de la Drôme) sobre el rechazo incondicional de la proposición Rateau. Legitimistas, orleanistas, bonapartistas, la Guardia Móvil, la Montaña, los clubes, todos conspiraban ese día, cada cual tanto contra el supuesto enemigo como contra el supuesto aliado. Bonaparte, montado a caballo, pasaba revista a una parte de las tropas en la plaza de la Concordia; Changarnier hacía teatro con un despliegue de maniobras estratégicas; la Asamblea Constituyente encontró militarmente ocupado su palacio de sesiones. Ella, el centro de todas las esperanzas, temores, expectativas, efervescencias, tensiones y conspiraciones que se entrecruzaban, la asamblea de corazón de león no vaciló un instante cuando se acercó más que nunca al espíritu del mundo. Se asemejaba a aquel luchador que no sólo temía el uso de su propia arma, sino que también se sentía obligado a conservar intactas las armas de su adversario. Con desprecio de la muerte, firmó su propia sentencia de muerte y rechazó el rechazo incondicional de la proposición Rateau. Estando ella misma en estado de sitio, puso límites a una actividad constituyente cuyo marco necesario había sido el estado de sitio de París. Se vengó de una manera digna de ella, decretando al día siguiente una investigación sobre el terror que el ministerio le había infundido el 29 de enero. La Montaña demostró su falta de energía revolucionaria y de entendimiento político, dejándose consumir por el partido de Le National como vocero en esta gran comedia de intrigas. El partido de Le National había hecho la última tentativa para seguir manteniendo en la república constituida el monopolio del poder que había poseído durante el período de génesis de la república burguesa. Había fracasado.

Si en la crisis de enero se trataba de la existencia de la Asamblea Constituyente, en la crisis del 21 de marzo se trataba de la existencia de la Constitución; allí, del personal del partido de Le National; aquí, de su ideal. No hace falta indicar que los republicanos honestos entregaron el sublime sentimiento de su ideología a un precio más barato que el goce mundano del poder gubernamental.

El 21 de marzo figuraba en el orden del día de la Asamblea Nacional el proyecto de ley de Faucher contra el derecho de asociación: la supresión de los clubes. El artículo 8 de la Constitución garantiza a todos los franceses el derecho de asociarse. La prohibición de los clubes era, pues, una violación inequívoca de la Constitución, y la propia Asamblea Constituyente debía canonizar la profanación de sus objetos sagrados. Pero los clubes eran los puntos de reunión, las sedes de conspiración del proletariado revolucionario. La Asamblea Nacional misma había prohibido la coalición de los obreros contra sus burgueses. Y los clubes, ¿qué eran sino una coalición de toda la clase obrera contra toda la clase burguesa, la formación de un Estado obrero contra el Estado burgués? ¿No eran otras tantas asambleas constituyentes del proletariado y otras tantas divisiones de ejército de la revuelta, listas para el combate? Lo que la Constitución debía constituir ante todo era la dominación de la burguesía. Bajo el derecho de asociación, la Constitución sólo podía entender, evidentemente, las asociaciones compatibles con la dominación de la burguesía, es decir, con el orden burgués. Si, por decoro teórico, se expresaba en términos generales, ¿no estaban ahí el gobierno y la Asamblea Nacional para interpretarla y aplicarla en el caso particular? Y si en la época prehistórica de la república los clubes habían sido de hecho prohibidos mediante el estado de sitio, ¿no debían serlo en la república ordenada y constituida mediante la ley? Los republicanos tricolores no tenían nada que oponer a esta interpretación prosaica de la Constitución, fuera de la frase hiperbólica de la Constitución. Una parte de ellos, Pagnerre, Duclerc, etc., votó a favor del ministerio y le proporcionó así la mayoría. La otra parte, con el arcángel Cavaignac y el padre de la Iglesia Marrast a la cabeza, después de aprobado el artículo sobre la prohibición de los clubes, se retiró, junto con Ledru-Rollin y la Montaña, a una sala de oficinas especial —«y celebraron consejo». La Asamblea Nacional estaba paralizada; ya no contaba con el número de votos requerido para tomar acuerdos. A tiempo recordó el señor Crémieux, en aquella sala de oficinas, que de allí el camino conducía directamente a la calle y que ya no se estaba en febrero de 1848, sino en marzo de 1849. El partido de Le National, súbitamente iluminado, volvió a la sala de sesiones de la Asamblea Nacional, y tras ella la Montaña, otra vez burlada, que, constantemente atormentada por apetencias revolucionarias, acosaba no menos constantemente las posibilidades constitucionales, y se sentía siempre todavía más en su lugar detrás de los republicanos burgueses que delante del proletariado revolucionario. Así se representó la comedia. Y la Asamblea Constituyente misma había decretado que la violación de la letra de la Constitución era la única realización adecuada de su sentido literal.

Sólo quedaba un punto por regular: la relación de la república constituida con la revolución europea, su política exterior. El 8 de mayo de 1849 reinaba una agitación inusitada en la Asamblea Constituyente, cuyo plazo de vida debía expirar en pocos días. El ataque del ejército francés contra Roma, su rechazo por los romanos, su infamia política y su deshonra militar, el asesinato alevoso de la república romana por la república francesa, la primera campaña de Italia del segundo Bonaparte, figuraban en el orden del día. La Montaña había vuelto a jugar su gran triunfo; Ledru-Rollin había depositado sobre la mesa del presidente el inevitable acta de acusación contra el ministerio y, esta vez, también contra Bonaparte, por violación de la Constitución.

El motivo del 8 de mayo se repitió más tarde como motivo del 13 de junio. Entendámonos acerca de la expedición a Roma.

Cavaignac había enviado ya a mediados de noviembre de 1848 una flota de guerra a Civitavecchia para proteger al Papa, embarcarlo y trasladarlo a Francia. El Papa debía bendecir a la república honesta y asegurar la elección de Cavaignac para presidente. Con el Papa quería Cavaignac pescar a los curas; con los curas, a los campesinos; y con los campesinos, la presidencia. La expedición de Cavaignac, reclamo electoral en su fin inmediato, era a la vez una protesta y una amenaza contra la revolución romana. Contenía en germen la intervención de Francia en favor del Papa.

Esta intervención en favor del Papa, con Austria y Nápoles, contra la república romana, fue decidida en la primera sesión del consejo de ministros de Bonaparte, el 23 de diciembre. Falloux en el ministerio, eso era el Papa en Roma, y en la Roma del Papa. Bonaparte ya no necesitaba al Papa para convertirse en el presidente de los campesinos, pero necesitaba la conservación del Papa para conservar a los campesinos del presidente. Su credulidad lo había hecho presidente. Con la fe perderían la credulidad, y con el Papa, la fe.

¡los orleanistas y legitimistas coaligados que gobernaban en nombre de Bonaparte! Antes de que se restaurara al rey, había que restaurar el poder que santifica a los reyes. Prescindiendo de su realismo: sin la vieja Roma, sometida a su dominio mundano, no hay Papa; sin el Papa, no hay catolicismo; sin el catolicismo, no hay religión francesa, y sin religión ¿qué sería de la vieja sociedad francesa? La hipoteca que el campesino posee sobre los bienes celestiales garantiza la hipoteca que el burgués posee sobre los bienes campesinos. La revolución romana era, pues, un atentado contra la propiedad, contra el orden burgués, tan terrible como la revolución de Junio. La restauración del dominio burgués en Francia exigía la restauración del dominio papal en Roma. Por último, al batir a los revolucionarios romanos se batía a los aliados de los revolucionarios franceses, y la alianza de las clases contrarrevolucionarias en la república francesa constituida se completaba necesariamente con la alianza de la república francesa con la Santa Alianza, con Nápoles y con Austria. El acuerdo del Consejo de Ministros del 23 de diciembre no era ningún secreto para la Constituyente. Ya el 8 de enero, Ledru-Rollin había interpelado al ministerio sobre él; el ministerio lo negó y la Asamblea Nacional pasó al orden del día. ¿Es que confiaba en las palabras del ministerio? Sabemos que pasó todo el mes de enero otorgándole votos de censura. Pero si estaba en su papel mentir, estaba en el de la Constituyente fingir que creía en su mentira y salvar así las apariencias republicanas.

Entretanto, el Piamonte había sido derrotado; Carlos Alberto abdicó; el ejército austríaco llamaba a las puertas de Francia. Ledru-Rollin interpeló con vehemencia. El ministerio demostró que en el norte de Italia no había hecho más que proseguir la política de Cavaignac, y que Cavaignac no había hecho más que proseguir la política del Gobierno Provisional, es decir, de Ledru-Rollin. Esta vez cosechó incluso un voto de confianza de la Asamblea Nacional y fue autorizado a ocupar temporalmente un punto estratégico de la Alta Italia, a fin de brindar una cobertura a las negociaciones pacíficas con Austria sobre la integridad del territorio sardo y la cuestión romana. Como se sabe, el destino de Italia se decide en los campos de batalla del norte de Italia. Con la Lombardía y el Piamonte, Roma caería también, o bien Francia debía declarar la guerra a Austria y, con ello, a la contrarrevolución europea. ¿Creía de repente la Asamblea Nacional que el ministerio Barrot era el antiguo Comité de Salvación Pública? ¿O se creía ella misma la Convención? ¿A qué venía, pues, la ocupación militar de un punto de la Alta Italia? Bajo ese velo diáfano se ocultaba la expedición contra Roma.

El 14 de abril, 14.000 hombres zarparon al mando de Oudinot rumbo a Civita Vecchia; el 16 de abril, la Asamblea Nacional concedió al ministerio un crédito

de 1.200.000 francos para el mantenimiento durante tres meses de una flota de intervención en el Mediterráneo. De este modo, le daba al ministerio todos los medios para intervenir contra Roma, mientras fingía que lo dejaba intervenir contra Austria. No veía lo que hacía el ministerio, solo oía lo que decía. Semejante fe no se halló en Israel; la Constituyente había caído en la situación de no poder saber lo que la república constituida debía hacer.

Finalmente, el 8 de mayo se representó la última escena de la comedia: la Constituyente exhortó al ministerio a tomar medidas rápidas para reconducir la expedición italiana a la meta que se le había fijado. Bonaparte insertó esa misma noche una carta en el *Moniteur*, en la que prodigaba a Oudinot el mayor reconocimiento. El 11 de mayo, la Asamblea Nacional rechazó el acta de acusación contra ese mismo Bonaparte y su ministerio. Y la Montaña, que en lugar de desgarrar ese tejido de engaños se toma trágicamente la comedia parlamentaria para representar en ella el papel de Fouquier-Tinville, ¿no dejaba ver, bajo la prestada piel de león del convencional, su innata piel de becerro pequeñoburgués?

La última mitad de la vida de la Constituyente se resume así: confiesa, el 29 de enero, que las fracciones realistas de la burguesía son los superiores naturales de la república por ella constituida; el 21 de marzo, que la violación de la Constitución es la realización de la misma, y el 11 de mayo, que la bombásticamente anunciada alianza pasiva de la república francesa con los pueblos en lucha significa su alianza activa con la contrarrevolución europea.

Esta miserable asamblea abandonó la escena después de haberse dado la satisfacción, dos días antes del aniversario de su natalicio, el 4 de mayo, de rechazar la solicitud de amnistía de los insurgentes de Junio. Con su poder quebrantado, odiada a muerte por el pueblo, rechazada, maltratada, arrojada con desprecio a un lado por la burguesía, de la cual era instrumento, forzada en la segunda mitad de su vida a desautorizar la primera, despojada de sus ilusiones republicanas, sin grandes creaciones en el pasado, sin esperanza en el porvenir, muriéndose en vida a pedazos, sólo sabía galvanizar su propio cadáver rememorando sin cesar la victoria de Junio y reviviéndola con retraso, afirmándose a sí misma mediante la condena repetida sin pausa de los condenados. ¡Vampiro que vivía de la sangre de los insurgentes de Junio!

Dejó tras de sí el déficit del Estado, acrecentado por los costos de la insurrección de Junio, por la supresión del impuesto de la sal, por las indemnizaciones que asignó a los propietarios de plantaciones por la abolición de la esclavitud de los negros, por los costos de la expedición romana, por la supresión del impuesto

sobre el vino, cuya abolición decretó aún, en sus últimos estertores, viejo malicioso, dichoso de cargar a su risueño heredero con una deuda de honor comprometedora.

Desde comienzos de marzo había empezado la agitación electoral para la Asamblea Nacional Legislativa. Dos grupos principales se enfrentaban: el partido del orden y el partido democrático-socialista o rojo; entre ambos se situaban los Amigos de la Constitución, bajo cuyo nombre pretendían presentarse como partido los republicanos tricolores del *National*. El partido del orden se formó directamente después de las jornadas de Junio; sólo cuando el 10 de diciembre le permitió sacudirse a la camarilla del *National*, a los republicanos burgueses, se reveló el secreto de su existencia, la coalición de orleanistas y legitimistas en un solo partido. La clase burguesa se descomponía en dos grandes fracciones que, alternadamente, habían afirmado el monopolio del poder: la gran propiedad territorial bajo la monarquía restaurada, la aristocracia

financiera y la burguesía industrial bajo la Monarquía de Julio. Borbón era el nombre real para la influencia preponderante de los intereses de una fracción; Orleans, el nombre real para la influencia preponderante de los intereses de la otra; el reino sin nombre de la república era el único en el que ambas fracciones podían afirmar el interés común de clase con un dominio igual, sin abandonar su recíproca rivalidad. Si la república burguesa no podía ser otra cosa que el dominio perfeccionado y netamente resaltado de toda la clase burguesa, ¿podía ser otra cosa que el dominio de los orleanistas completados por los legitimistas y de los legitimistas completados por los orleanistas, la síntesis de la Restauración y de la Monarquía de Julio? Los republicanos burgueses del *National* no representaban a ninguna gran fracción de su clase fundada sobre bases económicas. Sólo tenían el significado y el título histórico de haber hecho valer, frente a las dos fracciones burguesas bajo la monarquía, que solo comprendían su respectivo régimen particular, el régimen general de la clase burguesa, el reino sin nombre de la república; república que ellos idealizaban y adornaban con arabescos antiguos, pero en la que saludaban ante todo el dominio de su camarilla. Si el partido del *National* se confundió en su propio entendimiento al divisar, en la cúspide de la república por él fundada, a los realistas coaligados, estos no se engañaban menos sobre el hecho de su poder unificado. No comprendían que si cada una de sus fracciones, considerada por separado, era realista, el producto de su combinación química había de ser necesariamente republicano; que la monarquía blanca y la monarquía azul tenían que neutralizarse en la república tricolor. Obligadas, por la contraposición al

proletariado revolucionario y por las clases de transición, que se agolpaban cada vez más en torno a este como centro, a poner en juego toda su fuerza unida y a conservar la organización de esa fuerza unida, cada una de las fracciones del partido del orden tenía que hacer valer, frente a las aspiraciones de restauración y de supremacia de la otra, el dominio común, es decir, la forma republicana del dominio burgués. Así vemos a estos realistas creer al principio en una restauración inmediata; después, conservar la forma republicana con espuma de rabia en los labios y con invectivas mortales contra ella, y, finalmente, confesar que solo en la república pueden tolerarse mutuamente y posponer la restauración por tiempo indefinido. El disfrute del poder unificado fortaleció a cada una de las dos fracciones y las hizo aún más incapaces e indispuestas a subordinarse a la otra, es decir, a restaurar la monarquía.

El partido del orden proclamó directamente en su programa electoral el dominio de la clase burguesa, es decir, el mantenimiento de las condiciones de vida de su dominio, la propiedad, la familia, la religión, ¡el orden! Presentaba su dominio de clase y las condiciones de su dominio de clase, naturalmente, como el dominio de la civilización y como las condiciones necesarias de la producción material y de las relaciones sociales de intercambio que de ella se derivan. El partido del orden disponía de enormes recursos financieros, organizó sus sucursales por toda Francia, tenía a sueldo a todos los ideólogos de la vieja sociedad, disponía de la influencia del poder gubernamental existente, poseía un ejército de vasallos no retribuidos en toda la masa de la pequeña burguesía y del campesinado, que, aún alejados del movimiento revolucionario, veían en los grandes potentados de la propiedad a los representantes naturales de su pequeña propiedad y de sus pequeños prejuicios; él, representado en todo el país por una infinidad de pequeños reyezuelos, podía castigar como insurrección el rechazo de sus candidatos, despedir a los obreros rebeldes, a los mozos de labranza, sirvientes, dependientes, empleados ferroviarios, escribientes, a todos los funcionarios civilmente subordinados a él. Podía, finalmente, mantener en algunos lugares el engaño de que la Constituyente republicana había impedido al Bonaparte del 10 de diciembre revelar sus fuerzas milagrosas. No hemos mencionado a los bonapartistas cuando hablamos del partido del orden. No constituían una fracción seria de la clase burguesa, sino una recolección de viejos inválidos supersticiosos y de jóvenes aventureros descreídos. — El partido del orden triunfó en las elecciones, envió la gran mayoría a la Asamblea Legislativa.

Frente a la clase burguesa contrarrevolucionaria coaligada, los sectores ya revolucionarios de la pequeña burguesía y

...unir a la clase campesina con el gran portador de los intereses revolucionarios, el proletariado revolucionario. Hemos visto cómo los portavoces democráticos de la pequeña burguesía en el parlamento, es decir, la Montaña, fueron empujados, por las derrotas parlamentarias, hacia los portavoces socialistas del proletariado, y cómo la pequeña burguesía real, fuera del parlamento, fue empujada hacia los proletarios reales por los concordats à l’amiable, por la brutal imposición de los intereses burgueses, por la bancarrota. El 27 de enero la Montaña y los socialistas habían celebrado su reconciliación; en el gran banquete de febrero de 1849 repitieron su acto de unión. El partido social y el democrático, el partido de los obreros y el de los pequeños burgueses, se unieron en el partido socialdemócrata, es decir, en el partido rojo.

Paralizada por un momento a causa de la agonía que siguió a las jornadas de junio, la república francesa, desde el levantamiento del estado de sitio, desde el 14 de octubre, había vivido una serie continua de excitaciones febriles. Primero la lucha por la presidencia, luego la lucha del presidente con la Constituyente, la lucha por los clubs, el proceso de Bourges —que, frente a las pequeñas figuras del presidente, de los realistas coaligados, de los republicanos honestos, de la democrática Montaña, de los doctrinarios socialistas [33] del proletariado, hizo aparecer a sus verdaderos revolucionarios como monstruos antediluvianos, como sólo un diluvio deja tras de sí sobre la superficie de la sociedad o como sólo pueden preceder a un diluvio social—, la agitación electoral, la ejecución de los asesinos de Brea, los incesantes procesos de prensa, las violentas intromisiones policiales del gobierno en los banquetes, las insolentes provocaciones realistas, la exhibición en la picota de los retratos de Louis Blanc y Caussidière, la lucha ininterrumpida entre la república constituida y la Constituyente, que a cada momento hacía retroceder la revolución a su punto de partida, que a cada momento convertía al vencedor en vencido y al vencido en vencedor y en un instante invertía la posición de los partidos y las clases, sus separaciones y sus vínculos; la marcha rápida de la contrarrevolución europea, la gloriosa lucha húngara, las insurrecciones alemanas, la expedición romana, la vergonzosa derrota del ejército francés ante Roma... En este torbellino del movimiento, en esta agonía de la inquietud histórica, en este dramático flujo y reflujo de pasiones, esperanzas, desengaños revolucionarios, las distintas clases de la sociedad francesa tuvieron que contar sus épocas de desarrollo por semanas, como antes las habían contado por medios siglos. Una parte considerable de los campesinos y de las provincias se había revolucionizado. No sólo estaban desengañados de Napoleón; el partido rojo les ofrecía, en lugar del

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Karl Marx

nombre, el contenido; en lugar de la ilusoria exención de impuestos, la devolución de los mil millones pagados a los legitimistas, la regulación de la hipoteca y la abolición de la usura.

Incluso el ejército mismo estaba contagiado por la fiebre revolucionaria. Había votado por Bonaparte para obtener la victoria, y él le dio la derrota. Había votado por el pequeño cabo detrás del cual se oculta el gran caudillo revolucionario, y él le devolvió a los grandes generales detrás de los cuales se esconde el cabo justiciero de las polainas. No cabía duda de que el partido rojo, es decir, el partido democrático coaligado, debía celebrar, si no la victoria, sí grandes triunfos; de que París, el ejército, una gran parte de las provincias votarían por él. Ledru Rollin, el [ jefe de la Montaña, fue elegido por cinco departamentos; ningún jefe del partido del orden obtuvo una victoria semejante, ningún nombre del partido propiamente proletario. Esta elección nos revela el secreto del partido democrático-socialista. Si, de una parte, la Montaña, campeón parlamentario de la pequeña burguesía democrática, se veía forzada a unirse con los doctrinarios socialistas del proletariado —el proletariado, obligado por la terrible derrota material de junio a levantarse de nuevo mediante victorias intelectuales y aún no capacitado por el desarrollo de las demás clases para empuñar la dictadura revolucionaria, tenía que arrojarse en brazos de los doctrinarios de su emancipación, de los fundadores de sectas socialistas—, de otra parte, los campesinos revolucionarios, el ejército, las provincias se colocaban detrás de la Montaña, que de este modo se convertía en dueña del campo revolucionario y, mediante la inteligencia con los socialistas, había eliminado todo antagonismo en el partido revolucionario. En la última mitad de la Constituyente representó ella el pathos republicano de la misma e hizo olvidar sus pecados durante el gobierno provisional, durante la Comisión ejecutiva, durante las jornadas de junio. En la misma medida en que el partido del National, conforme a su naturaleza a medias, se dejó oprimir por el ministerio realista, ascendió el partido de la Montaña, eliminado durante la omnipotencia del National, y se impuso como representante parlamentario de la revolución. En efecto, el partido del National no tenía nada que objetar contra las otras fracciones realistas, salvo personalidades ambiciosas y quimeras idealistas. El partido de la Montaña, en cambio, representaba a una masa que flotaba entre la burguesía y el proletariado, cuyos intereses materiales exigían instituciones democráticas. Frente a los Cavaignacs y los Marrasts, Ledru Rollin y la Montaña se hallaban, por tanto, en la verdad de la revolución, y de la conciencia de esta situación grave extraían tanto mayor valor cuanto más se limitaba la manifestación de la energía revolucionaria a salidas parlamentarias,

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Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. II. El 13 de junio de 1849

a la presentación de acusaciones, amenazas, elevación de la voz, discursos tonantes y extremos que sólo se llevaban hasta la frase. Los campesinos se encontraban aproximadamente en la misma situación que los pequeños burgueses, tenían que plantear aproximadamente las mismas reivindicaciones sociales. Todas las capas medias de la sociedad, en la medida en que se veían empujadas al movimiento revolucionario, tenían que encontrar por tanto en Ledru Rollin a su héroe. Ledru Rollin era la personificación de la pequeña burguesía democrática. Frente al partido del orden, los reformadores de este orden, medio conservadores, medio revolucionarios y enteramente utopistas, tenían que ser empujados en primer término a la cabeza.

El partido del National, los «amigos de la Constitución quand même», los républicains purs et simples, fueron completamente derrotados en las elecciones. Una exigua minoría de ellos fue enviada a la cámara legislativa; sus jefes más notorios desaparecieron de la escena,

incluso Marrast, el rédacteur en chef y el Orfeo de la república honesta.

El 28 de mayo se reunió la asamblea legislativa; el 11 de junio se reprodujo la colisión del 8 de mayo. Ledru Rollin presentó, en nombre de la Montaña, una acusación contra el presidente y el ministerio por violación de la Constitución, a causa del bombardeo de Roma. El 12 de junio, la asamblea legislativa rechazó la acusación, como la asamblea constituyente la había rechazado el 11 de mayo; pero esta vez el proletariado empujó a la Montaña a la calle, aunque no a la lucha callejera, sino sólo a una procesión callejera. Basta decir que la Montaña estaba a la cabeza de este movimiento para saber que el movimiento fue derrotado y que junio de 1849 fue una caricatura tan ridícula como despreciable de junio de 1848. La gran retirada del 13 de junio sólo fue oscurecida por el aún mayor parte de batalla de Changarnier, el gran hombre que el partido del orden improvisó. Toda época social necesita sus grandes hombres, y cuando no los encuentra, los inventa, como dice Helvetius.

El 20 de diciembre sólo existía aún la mitad de la república burguesa constituida, el presidente; el 29 de mayo fue completada por la otra mitad, por |[36]| la asamblea legislativa. Junio de 1848 había inscrito la república burguesa en constitución, mediante una batalla indecible contra el proletariado, en el registro de nacimiento de la historia; junio de 1849 inscribió la república burguesa constituida, mediante una innombrable comedia con la pequeña burguesía. Junio de 1849 fue la Némesis de junio de 1848. En junio de 1849 no fueron derrotados los obreros, sino abatidos los pequeños burgueses que se interponían entre ellos y la revolución. Junio de 1849 no fue la tragedia sangrienta entre el trabajo asalariado y el capital, sino el

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Karl Marx

espectáculo carcelario y lamentable entre el deudor y el acreedor. El partido del orden había vencido, era omnipotente, tenía que demostrar ahora lo que era. |

Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.3, März 1850

III. Consecuencias del 13 de junio de 1849.

El 20 de diciembre, la cabeza de Jano de la república constitucional sólo había mostrado aún un rostro, el rostro ejecutivo con las facciones difusamente planas de L. Bonaparte; el 28 de mayo de 1849 mostró su segundo rostro, el legislativo, sembrado de las cicatrices que habían dejado las orgías de la Restauración y de la Monarquía de Julio. Con la asamblea nacional legislativa, la apariencia de la república constitucional quedó completa, es decir, la forma de Estado republicana en la que está constituida la dominación de la clase burguesa, por tanto, la dominación colectiva de las dos grandes fracciones realistas que forman la burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas coaligados, el partido del orden. Mientras, de este modo, la república francesa caía como propiedad en manos de la coalición de los partidos realistas, al mismo tiempo la coalición europea de las potencias contrarrevolucionarias emprendía una cruzada general contra los últimos refugios de las revoluciones de marzo. Rusia invadía Hungría, Prusia marchaba contra el ejército de la Constitución del Reich y Oudinot bombardeaba Roma. La crisis europea se encaminaba evidentemente a un punto de viraje decisivo, los ojos de toda Europa se volvían hacia París y los ojos de todo París hacia la asamblea legislativa. |

12 [ El 11 de junio, Ledru Rollin subió a su tribuna. No pronunció un discurso, formuló un requisitorio contra los ministros, desnudo, sin adornos, factual, concentrado, violento.

El ataque a Roma es un ataque a la Constitución, el ataque a la república romana un ataque a la república francesa. El artículo V de la Constitución reza: «La república francesa no emplea jamás sus fuerzas armadas contra la libertad de ningún pueblo» —y el presidente emplea el ejército francés contra la libertad romana. El artículo 54 de la Constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar guerra alguna sin la aprobación de la asamblea nacional. El decreto de la Constituyente del 8 de mayo ordena expresamente a los ministros que adapten cuanto antes la expedición romana a su destino originario,

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Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. III. Consecuencias del 13 de junio de 1849

prohíbe, pues, de manera igualmente expresa la guerra contra Roma – y Oudinot bombardea Roma. Así, Ledru-Rollin invocó a la propia Constitución como testigo de cargo contra Bonaparte y sus ministros. A la mayoría realista de la Asamblea Nacional le lanzó, él, el tribuno de la Constitución, la amenazadora declaración: “¡Los republicanos sabrán hacer respetar la Constitución por todos los medios, incluso por la fuerza de las armas!” “¡Por la fuerza de las armas!” repitió el eco centuplicado de la Montaña. La mayoría respondió con un tumulto terrible, el presidente de la Asamblea Nacional llamó al orden a Ledru-Rollin, Ledru-Rollin repitió la desafiante declaración y depositó al fin sobre la mesa del presidente la moción para que se pusiera en estado de acusación a Bonaparte y a sus ministros. La Asamblea Nacional decidió, por 361 votos contra 203, pasar al orden del día simple sobre el bombardeo de Roma.

¿Creyó Ledru-Rollin que podía golpear a la Asamblea Nacional mediante la Constitución, y al presidente mediante la Asamblea Nacional?

Ciertamente, la Constitución prohibía todo ataque a la libertad de los pueblos extranjeros, pero lo que el ejército francés atacaba en Roma no era, según el ministerio, la “libertad”, sino el “despotismo de la anarquía”. ¿Acaso la Montaña, a despecho de todas las experiencias en la Asamblea constituyente, no había comprendido aún que la interpretación de la Constitución no pertenecía a quienes la habían hecho, sino únicamente a quienes la habían aceptado? ¿Que la letra de la Constitución debía interpretarse en su sentido vivible, y que el sentido burgués era su único sentido vivible? ¿Que Bonaparte y la mayoría realista de la Asamblea Nacional eran los intérpretes auténticos de la Constitución, como el cura es el intérprete auténtico de la Biblia y el juez el intérprete auténtico de la ley? ¿Debía la Asamblea Nacional, recién salida del seno de las elecciones generales, sentirse atada por la disposición testamentaria de la difunta Constituyente, cuya voluntad viva había quebrado un Odilon Barrot? Al remitirse Ledru-Rollin al decreto de la Constituyente del 8 de mayo, había olvidado que esa misma Constituyente, el 11 de mayo, había rechazado su primera moción de poner en estado de acusación a Bonaparte y a los ministros, que había absuelto al presidente y a los ministros, que de ese modo había sancionado el ataque a Roma como “constitucional”, que él no hacía más que apelar contra una sentencia ya dictada, que, por último, apelaba de la Constituyente republicana a la Legislativa realista. La Constitución misma llama a la insurrección en su ayuda, al invocar en un artículo especial a todos los ciudadanos para su protección. Ledru-Rollin se apoyaba en este artículo. Pero, ¿acaso al mismo tiempo están organizados los poderes públicos para la protección de la Constitución, y la violación de la Constitución no comienza precisamente en el momento en que uno de los poderes constitucionales públicos se rebela contra el otro? Y el presidente de la República, los ministros de la República, la Asamblea Nacional de la República se hallaban en el más armonioso entendimiento.

Lo que la Montaña intentó el 11 de junio fue “una insurrección dentro de los límites de la razón pura”, es decir, una insurrección puramente parlamentaria. La mayoría de la Asamblea debía, atemorizada por la perspectiva de un levantamiento armado de las masas populares, quebrantar su propio poder y la significación de su propia elección en Bonaparte y los ministros. ¿Acaso no había intentado la Constituyente, de manera semejante, casar la elección de Bonaparte cuando insistió tan tenazmente en la dimisión del ministerio Barrot-Falloux?

No faltaban, desde los tiempos de la Convención, modelos de insurrecciones parlamentarias que habían transformado de raíz, súbitamente, la relación entre mayoría y minoría, y ¿acaso la joven Montaña no habría de lograr lo que la vieja había logrado? Las circunstancias momentáneas no parecían siquiera desfavorables para semejante empresa. La agitación popular había alcanzado en París un nivel alarmante; el ejército, según sus votaciones electorales, no parecía favorable al gobierno; la propia mayoría legislativa era aún demasiado joven para haberse consolidado y, además, estaba compuesta de señores ancianos. Si la Montaña lograba una insurrección parlamentaria, el timón del Estado caería directamente en sus manos. La pequeña burguesía democrática, por su parte, no deseaba, como siempre, nada con más anhelo que ver dirimir el combate por encima de sus cabezas, en las nubes, entre los espíritus apartados del Parlamento. Por fin, ambas, la pequeña burguesía democrática y sus representantes, la Montaña, alcanzarían mediante una insurrección parlamentaria su gran propósito: quebrar el poder de la burguesía sin desencadenar al proletariado, o sin dejarlo aparecer sino en perspectiva; el proletariado habría sido utilizado sin llegar a ser peligroso.

Después de la votación de la Asamblea Nacional del 11 de junio, tuvo lugar una reunión entre algunos miembros de la Montaña y delegados de las sociedades obreras secretas. Estos últimos insistieron en desencadenar la acción esa misma noche. La Montaña rechazó decididamente ese plan. No quería, a ningún precio, soltar la dirección de las manos; sus aliados le resultaban tan sospechosos como sus adversarios, y con razón. El recuerdo de junio de 1848 recorría, más vivo que nunca, las filas del proletariado parisino. Sin embargo, este estaba encadenado a la alianza con la Montaña. Representaba esta a la mayor parte de los departamentos, exageraba su influencia en el ejército, disponía de la parte democrática de la Guardia Nacional y tenía tras de sí el poder moral del pequeño comercio. Iniciar la insurrección en ese momento contra su voluntad significaba para el proletariado, diezmado además por el cólera y expulsado en masa considerable de París por la falta de trabajo, repetir inútilmente las jornadas de junio de 1848, sin la situación que había empujado a aquella lucha desesperada. Los delegados proletarios hicieron lo único racional. Obligaron a la Montaña a comprometerse, es decir, a salirse de los límites de la lucha parlamentaria para el caso de que su acta de acusación fuera rechazada. Durante todo el 13 de junio, el proletariado mantuvo esa misma actitud de observación escéptica y esperó un entrevero seriamente trabado, irrevocable, entre la Guardia Nacional democrática y el ejército, para lanzarse entonces a la lucha y a la revolución más allá del objetivo pequeñoburgués que le habían fijado. Para el caso de una victoria, ya estaba formada la comuna proletaria que debía actuar junto al gobierno oficial. Los obreros de París habían aprendido en la sangrienta escuela de junio de 1848.

El 12 de junio, el propio ministro Lacrosse presentó en la Asamblea Legislativa la moción de pasar inmediatamente a la discusión del acta de acusación. El gobierno, durante la noche, había tomado todas las medidas para la defensa y el ataque; la mayoría de la Asamblea Nacional estaba resuelta a empujar a la minoría rebelde a la calle, la minoría misma ya no podía retroceder, la suerte estaba echada. 377 votos contra 8 rechazaron el acta de acusación; la Montaña, que se había abstenido en la votación, salió en tropel, enfurecida, hacia los locales de propaganda de la “democracia pacífica”, hacia las redacciones de la *Démocratie pacifique*.

La salida del recinto parlamentario quebró su fuerza, como la separación de la tierra quebró la fuerza de Anteo, su hijo gigante. Sansones en los espacios de la Asamblea Legislativa, ya no eran más que filisteos en los espacios de la “democracia pacífica”. Se entabló un debate largo, ruidoso, vacilante. La Montaña estaba decidida a hacer respetar la Constitución por todos los medios, “sólo que no por la fuerza de las armas”. En esta decisión fue apoyada por un manifiesto y por una diputación de los “Amigos de la Constitución”. “Amigos de la Constitución”, así se llamaban los restos de la camarilla del *National*, del partido burgués republicano. Mientras que de sus representantes parlamentarios remanentes, 6 habían votado en contra y el resto, en conjunto, a favor del rechazo del acta de acusación, mientras Cavaignac ponía su sable a disposición del Partido del Orden, la parte extraparlamentaria más numerosa de la camarilla aprovechó ávidamente el pretexto para salir de su situación de paria política y meterse en las filas del partido democrático. ¿No aparecían acaso como los escuderos naturales de ese partido, que se ocultaba bajo su escudo, bajo su principio, bajo la Constitución?

Hasta el amanecer estuvo de parto la “Montaña”. Parió “una proclama al pueblo”, que en la mañana del 13 de junio ocupó, en dos periódicos socialistas, un lugar más o menos vergonzante. Declaraba al presidente, a los ministros, a la mayoría de la Asamblea Legislativa “fuera de la Constitución (*hors de la constitution*)” y llamaba a la Guardia Nacional, al ejército y, por último, también al pueblo a “levantarse”. “¡Viva la Constitución!” era la consigna que repartía, consigna que no significaba otra cosa que “¡abajo la revolución!”.

A la proclama constitucional de la Montaña correspondió, el 13 de junio, una llamada manifestación pacífica de los pequeño-burgueses, es decir, una procesión callejera desde el Château d’Eau a lo largo de los bulevares, 30.000 hombres, en su mayoría guardias nacionales, desarmados, mezclados con miembros de las secciones obreras secretas, que se deslizaban al grito de: “¡Viva la Constitución!”, grito lanzado de manera mecánica, helada, con mala conciencia por los propios integrantes del cortejo, devuelto irónicamente por el eco del pueblo que bullía en las aceras, en lugar de hincharse como un trueno. Al canto a múltiples voces le faltaba la voz del pecho. Y cuando el cortejo pasó bamboleante ante el edificio de sesiones de los “Amigos de la Constitución” y apareció en el frontispicio de la casa un heraldo constitucional alquilado que hendía poderosamente los aires con su sombrero clac y arrojaba a granizo la consigna “¡viva la Constitución!” sobre las cabezas de los peregrinos, estos parecieron, por un instante, súbitamente presa de la comicidad de la situación. Es sabido cómo el cortejo, llegado a la desembocadura de la rue de la Paix en los bulevares, recibido de manera enteramente extraparlamentaria por los dragones y cazadores de Changarnier, se dispersó en un instante hacia todos los lados y apenas arrojó ya tras de sí el escaso grito de “¡a las armas!”, para que se cumpliera así el llamamiento parlamentario a las armas del 11 de junio.

La mayoría de la Montaña reunida en la rue du Hazard se desbandó cuando esa violenta dispersión de la pacífica procesión, cuando los rumores sordos de asesinato de ciudadanos desarmados en los bulevares, cuando el creciente tumulto callejero parecieron anunciar la inminencia de un motín. Ledru-Rollin, al frente de un pequeño grupo de diputados, salvó el honor de la Montaña. Bajo la protección de la artillería de París, que se había reunido en el Palais National, se dirigieron al Conservatoire des Arts et Métiers, donde debían presentarse las legiones 5.ª y 6.ª de la Guardia Nacional. Pero los montañeses esperaron en vano a las legiones 5.ª y 6.ª; esas guardias nacionales precavidas abandonaron a sus representantes en la estacada; la propia artillería de París impidió al pueblo levantar barricadas; un caos enloquecedor hizo imposible toda decisión; las tropas de línea avanzaron con la bayoneta calada, una parte de los diputados fue apresada, otra huyó. Así terminó el 13 de junio.

En París, la propia artillería impidió que el pueblo levantara barricadas; un confuso desorden hizo imposible toda decisión; las tropas de línea avanzaron a la bayoneta calada, una parte de los representantes fue hecha prisionera, otra logró escapar. Así terminó el 13 de junio.

Si el 23 de junio de 1848 fue la insurrección del proletariado revolucionario, el 13 de junio de 1849 fue la insurrección de los pequeños burgueses democráticos; cada una de estas dos insurrecciones es la expresión clásicamente pura de la clase que la sostuvo.

Únicamente en Lyon se llegó a un conflicto tenaz y sangriento. Allí, donde la burguesía industrial y el proletariado industrial se enfrentan sin mediaciones, donde el movimiento obrero no está, como en París, enmarcado y condicionado por el movimiento general, el 13 de junio perdió, en la repercusión, su carácter originario. En los demás lugares de provincia donde alcanzó a prender, no encendió nada: fue un rayo frío.

El 13 de junio cierra el primer período de vida de la república constitucional, que el 29 de mayo de 1849, con la reunión de la Asamblea Legislativa, había alcanzado su existencia normal. Toda la duración de este prólogo está colmada por la ruidosa lucha entre el partido del orden y la Montaña, entre la burguesía y la pequeña burguesía, que en vano se resiste a la consolidación de la república burguesa, por la cual ella misma había conspirado ininterrumpidamente en el gobierno provisional, en la comisión ejecutiva, y contra la cual había combatido fanáticamente durante las jornadas de junio. El 13 de junio quebranta su resistencia y convierte en *fait accompli* la dictadura legislativa de los realistas unidos. A partir de este instante, la Asamblea Nacional no es ya más que un Comité de Salvación Pública del partido del orden.

París había puesto al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea Nacional en «estado de acusación»; ellos pusieron a París en «estado de sitio». La Montaña había declarado a la mayoría de la Asamblea Nacional «fuera de la Constitución»; por violación de la Constitución, la mayoría entregó a la Montaña a la *haute-cour* y proscribió todo lo que en ella aún conservaba fuerza vital. Fue diezmada hasta quedar reducida a un tronco sin cabeza ni corazón. La minoría había llegado hasta el intento de una insurrección parlamentaria; la mayoría elevó su despotismo parlamentario a ley. Decretó un nuevo reglamento que aniquilaba la libertad de la tribuna y facultaba al presidente de la Asamblea Nacional para castigar a los representantes, por quebrantamiento del orden, con la censura, con multas, con la privación de las dietas de indemnización, con la expulsión temporal y con la cárcel. Sobre el tronco de la Montaña suspendió la vara en lugar de la espada.

Los diputados restantes de la Montaña habrían cumplido con su honor saliendo en masa. Semejante acto habría acelerado la disolución del partido del orden. Este habría tenido que descomponerse en sus elementos originarios desde el instante en que ya ni siquiera la apariencia de un antagonismo lo mantenían unido.

Al mismo tiempo que de su fuerza parlamentaria, los pequeños burgueses demócratas fueron despojados de su poder armado mediante la disolución de la artillería de París, así como de las legiones 8.ª, 9.ª y 12.ª de la Guardia Nacional. En cambio, la legión de la alta finanza, que el 13 de junio había asaltado las imprentas de Boule y Roux, destrozado las prensas, devastado las oficinas de los periódicos republicanos y detenido arbitrariamente a redactores, cajistas, impresores, expedidores y mozos de recados, recibió desde la tribuna de la Asamblea Nacional palabras de aliento. En toda la superficie de Francia se repitió la disolución de las guardias nacionales sospechosas de republicanismo.

Nueva ley de prensa, nueva ley de asociación, nueva ley del estado de sitio, las cárceles de París abarrotadas, los refugiados políticos expulsados, suspendidos todos los periódicos que traspasan los límites de lo «nacional», Lyon y los cinco departamentos circundantes entregados a las brutales chicanas del despotismo militar, los fiscales omnipresentes, el ejército de funcionarios tantas veces purgado, purgado una vez más: estos fueron los inevitables y recurrentes lugares comunes de la reacción triunfante, que, después de las matanzas y las deportaciones de junio, solo merecen mencionarse porque esta vez estaban dirigidos no solo contra París, sino también contra los departamentos; no solo contra el proletariado, sino, ante todo, contra las clases medias.

Las leyes represivas, por las cuales se dejaba al arbitrio del gobierno la declaración del estado de sitio, se amordazaba aún más a la prensa y se aniquilaba el derecho de asociación, absorbieron toda la actividad legislativa de la Asamblea Nacional durante los meses de junio, julio y agosto.

Sin embargo, esta época no se caracteriza por la explotación efectiva de la victoria, sino por su explotación principista; no por los acuerdos de la Asamblea Nacional, sino por la motivación de estos acuerdos; no por la cosa, sino por la frase; no por la frase, sino por el acento y el gesto que animan la frase. La expresión desvergonzada y sin miramientos de los sentimientos monárquicos, el insulto despectivo y altanero contra la República, el proclamar con frívola coquetería los propósitos de restauración, en una palabra, la violación jactanciosa de la decencia republicana, dan a este período un tono y un colorido peculiares. «¡Viva la Constitución!» era el grito de guerra de los vencidos del 13 de junio. Los vencedores quedaban así liberados de la hipocresía del lenguaje constitucional, es decir, republicano.

La contrarrevolución sometió a Hungría, a Italia, a Alemania, y ellos creían que la restauración se hallaba ya a las puertas de Francia. Se entabló una verdadera competencia entre los corifeos de las fracciones del orden por documentar su realismo en el *Moniteur* y por confesar, arrepentirse y pedir perdón a Dios y a los hombres de los eventuales pecados liberales cometidos bajo la monarquía. No pasaba un día sin que en la tribuna de la Asamblea Nacional se declarase la revolución de febrero como una desgracia pública; sin que cualquier hidalgüelo legitimista de provincias constatase solemnemente no haber reconocido nunca la República; sin que uno de los cobardes desertores y traidores de la monarquía de julio relatase hazañas póstumas, cuya realización solo la filantropía de Luis Felipe u otros malentendidos le habían impedido. Lo que había que admirar en las jornadas de febrero no era la magnanimidad del pueblo vencedor, sino la abnegación y la moderación de los realistas, que le habían permitido vencer. Un representante del pueblo propuso destinar una parte de los fondos de socorro para los heridos de febrero a las guardias municipales, que eran los únicos que en aquellos días habían merecido bien de la patria. Otro quería que se decretase una estatua ecuestre al duque de Orleans en la plaza del Carrousel. Thiers llamaba a la Constitución un pedazo de papel sucio. Por turno comparecían en la tribuna orleanistas para arrepentirse de su conspiración contra la realeza legítima; legitimistas que se acusaban de haber acelerado, con su rebelión contra la realeza ilegítima, la caída de la realeza en general; Thiers, que se arrepentía de haber intrigado contra Molé; Molé, de haber intrigado contra Guizot; Barrot, de haber intrigado contra los tres. El grito de «¡Viva la República social y democrática!» fue declarado inconstitucional; el grito de «¡Viva la República!» fue perseguido como socialdemócrata. En el aniversario de la batalla de Waterloo, un representante declaró: «Temo menos la invasión de los prusianos que la entrada de los refugiados revolucionarios en Francia.» A las quejas sobre el terrorismo organizado en Lyon y en los departamentos vecinos, Baraguay d'Hilliers contestó: «Prefiero el terror pálido al terror rojo» (J'aime mieux la terreur blanche que la terreur rouge). Y la Asamblea prorrumpía en frenéticos aplausos cada vez que de los labios de sus oradores caía un epigrama contra la República, contra la Revolución, contra la Constitución, a favor de la monarquía, a favor de la Santa Alianza. Cualquier violación de las más pequeñas formalidades republicanas, por ejemplo, la del tratamiento de «ciudadanos» a los representantes, entusiasmaba a los caballeros del orden.

Las elecciones complementarias de París del 8 de julio, celebradas bajo el influjo del estado de sitio y con la abstención de una gran parte del proletariado de las urnas, la toma de Roma por el ejército francés, la entrada de las eminencias rojas y, en su séquito, la Inquisición y el terrorismo monacal en Roma, añadieron nuevas victorias a la victoria de junio y exaltaron la embriaguez del partido del orden.

Por fin, a mediados de agosto, en parte con la intención de asistir a los consejos departamentales recién reunidos, en parte fatigados por la larga orgía de tendencias de varios meses, los realistas decretaron una prórroga de dos meses de la Asamblea Nacional. Dejaron tras de sí, con transparente ironía, una comisión de veinticinco representantes, la flor y nata de los legitimistas y orleanistas —un Molé, un Changarnier—, como suplentes de la Asamblea Nacional y guardianes de la República. La ironía era más profunda de lo que ellos sospechaban. Ellos, condenados por la historia a ayudar a derrocar la monarquía que amaban, estaban destinados a conservar la república que odiaban.

Con la prórroga de la Asamblea Legislativa se cierra el segundo período de vida de la república constitucional, su período de desenfreno monárquico.

El estado de sitio de París había sido nuevamente levantado, la acción de la prensa había vuelto a comenzar. Mientras duró la suspensión de los periódicos socialdemócratas, durante el período de la legislación represiva y de las bravatas realistas, el «Siècle», antiguo representante literario de los pequeños burgueses monárquico-constitucionales, se republicanizó; la «Presse», antigua expresión literaria de los reformadores burgueses, se democratizó; el «National», antiguo órgano clásico de la burguesía republicana, se socializó.

Las sociedades secretas crecieron en extensión e intensidad a medida que los clubes públicos se hacían imposibles. Las asociaciones obreras industriales, toleradas como puras compañías mercantiles, económicamente nulas, se convirtieron políticamente en otros tantos vínculos del proletariado. El 13 de junio había cortado las cabezas oficiales de los diversos partidos semirrevolucionarios; las masas restantes se ganaron una cabeza propia. Los caballeros del orden habían amedrentado con los terroríficos vaticinios de la república roja; pero las vulgares atrocidades, los horrores hiperbóreos de la contrarrevolución triunfante en Hungría, en Baden, en Roma, blanquearon a la «república roja». Y las clases intermedias descontentas de la sociedad francesa empezaron a preferir las promesas de la república roja, con sus terrores problemáticos, a los terrores de la monarquía roja, con su desesperanza real. Ningún socialista hacía en Francia más propaganda revolucionaria que Haynau. ¡A chaque capacité selon ses oeuvres!

Entretanto, Luis Bonaparte explotó las vacaciones de la Asamblea Nacional para hacer viajes principescos por las provincias, que los acalorados...

Los legitimistas peregrinaban a Ems hacia el nieto del santo Luis, y la masa de los representantes del pueblo amigos del orden intrigaba en los consejos departamentales, que acababan de reunirse. Se trataba de hacerles pronunciar lo que la mayoría de la Asamblea Nacional aún no se atrevía a formular: la moción de urgencia para la revisión inmediata de la Constitución. Con arreglo a la Constitución, ésta sólo podía ser revisada en 1852 por una Asamblea Nacional convocada ex profeso para ese fin. Pero si la mayoría de los consejos departamentales se pronunciaba en este sentido, ¿no debía la Asamblea Nacional sacrificar la virginidad de la Constitución a la voz de Francia? La Asamblea Nacional abrigaba, respecto a estas asambleas provinciales, las mismas esperanzas que las monjas, en la *Henriada* de Voltaire, abrigaban respecto a los panduros. Pero las Potifares de la Asamblea Nacional, salvo algunas excepciones, tuvieron que habérselas con otros tantos Josés de las provincias. La inmensa mayoría no quiso entender la insinuación impertinente. La revisión de la Constitución fue frustrada por los instrumentos mismos con que se la quería llamar a la vida, por las votaciones de los consejos departamentales. La voz de Francia, y precisamente de la Francia burguesa, había hablado, y había hablado contra la revisión.

A comienzos de octubre, la Asamblea Nacional legislativa volvió a reunirse —*tantum mutatus ab illo*—. Su fisonomía había cambiado por completo. El rechazo inesperado de la revisión por parte de los consejos departamentales la había remitido a los límites de la Constitución y le había señalado los límites de su duración. Los orleanistas se habían vuelto desconfiados a causa de las peregrinaciones de los legitimistas a Ems; los legitimistas habían cobrado sospechas por las negociaciones de los orleanistas con Londres; los periódicos de ambas fracciones habían atizado el fuego y sopesado las pretensiones recíprocas de sus pretendientes. Orleanistas y legitimistas, unidos, refunfuñaban contra las maquinaciones de los bonapartistas, que se ponían de manifiesto en los viajes principescos, en los intentos de emancipación más o menos transparentes del presidente, en el lenguaje pretencioso de los periódicos bonapartistas; Louis Bonaparte refunfuñaba contra una Asamblea Nacional que sólo reputaba legítima la conspiración legitimista-orleanista, contra un ministerio que le traicionaba constantemente ante esa Asamblea Nacional. El ministerio, por último, estaba dividido en sí mismo a causa de la política romana y del impuesto sobre la renta propuesto por el ministro Passy y tachado de socialista por los conservadores.

Uno de los primeros proyectos de ley del ministerio Barrot ante la legislativa nuevamente reunida fue una demanda de crédito de 300.000 francos para pagar la pensión de viudedad de la duquesa de Orleans. La Asamblea Nacional la concedió y añadió al registro de deudas de la nación francesa una

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suma de siete millones de francos. Mientras que Louis Philippe seguía representando así con éxito el papel del *«pauvre honteux»*, del mendigo vergonzante, el ministerio ni se atrevía a solicitar un aumento de sueldo para Bonaparte, ni la Asamblea parecía dispuesta a concederlo. Y Louis Bonaparte vacilaba, como de costumbre, en el dilema: ¡*Aut Cæsar aut Clichy*!

La segunda demanda de crédito del ministro, de nueve millones de francos para los gastos de la expedición romana, aumentó la tensión entre Bonaparte, por un lado, y los ministros y la Asamblea Nacional, por el otro. Louis Bonaparte había hecho insertar en el *Moniteur* una carta a su oficial de ordenanza Edgar Ney, en la que vinculaba el gobierno papal a garantías constitucionales. El papa, por su parte, había publicado una alocución *«motu proprio»*, en la que rechazaba toda limitación del poder restaurado. La carta de Bonaparte descorría, con indiscreción deliberada, la cortina de su gabinete, para exponerse a las miradas de la galería como un genio benévolo, pero desconocido y encadenado en su propia casa. No era la primera vez que coqueteaba con los «aleteos furtivos de un alma libre». Thiers, el ponente de la comisión, ignoró por completo el aleteo de Bonaparte y se contentó con traducir al francés la alocución papal. No fue el ministerio, sino Victor Hugo quien intentó salvar al presidente mediante una orden del día en la que la Asamblea Nacional debía expresar su conformidad con la carta de Napoleón. *¡Allons donc! ¡Allons donc!* Con esta interjección irrespetuosa y ligera, la mayoría sepultó la proposición de Hugo. ¿La política del presidente? ¿La carta del presidente? ¿El presidente mismo? *¡Allons donc! ¡Allons donc!* ¿Quién diablos toma en serio a *Monsieur* Bonaparte? ¿Cree usted, *Monsieur* Victor Hugo, que nosotros creemos que usted cree en el presidente? *¡Allons donc! ¡Allons donc!*

Por último, la ruptura entre Bonaparte y la Asamblea Nacional fue acelerada por la discusión sobre el retorno de los Orleans y los Borbones. | A falta del ministerio, el primo del presidente, el hijo del ex rey de Westfalia, había presentado esta proposición, que no perseguía otra cosa que rebajar a los pretendientes legitimistas y orleanistas al mismo nivel, o más bien por debajo del pretendiente bonapartista, el cual, al menos de hecho, se hallaba en la cúspide del Estado.

Napoleón Bonaparte fue lo bastante irreverente como para hacer del retorno de las familias reales expulsadas y de la amnistía de los insurrectos de junio artículos de una misma proposición. La indignación de la mayoría le obligó inmediatamente a pedir disculpas por este sacrílego encadenamiento de lo sagrado y lo execrable, de las razas reales y de la prole proletaria, de las estrellas fijas de la sociedad y de sus fuegos fatuos, y a asignar a cada una de las dos proposiciones el rango que le correspondía. La Asamblea rechazó enérgicamente el retorno de la familia real, y Berryer, el Demóstenes de los legitimistas, no dejó duda alguna sobre el sentido de este voto. ¡La degradación burguesa de los pretendientes, eso es lo que se persigue! ¡Se les quiere despojar del halo de santidad, de la última majestad que les ha quedado, la majestad del exilio! ¡Qué —exclamó Berryer— se pensaría de aquel entre los pretendientes que, olvidando su ilustre origen, viniera aquí a vivir como simple particular! No podía decirse más claramente a Louis Bonaparte que no había ganado nada con su presencia, que, si los realistas coaligados le utilizaban aquí, en Francia, como hombre neutral en el sillón presidencial, los pretendientes serios a la corona debían permanecer sustraídos a las miradas profanas por las nieblas del exilio.

El 1 de noviembre, Louis Bonaparte respondió a la Asamblea legislativa con un mensaje que, en palabras bastante ásperas, anunciaba la destitución del ministerio Barrot y la formación de un nuevo ministerio. El ministerio Barrot-Falloux era el ministerio de la coalición realista; el ministerio d'Hautpoul era el ministerio de Bonaparte, el órgano del presidente frente a la Asamblea legislativa, el ministerio de los *commis*.

 Bonaparte ya no era meramente el hombre neutral del 10 de diciembre de 1848. La posesión del poder ejecutivo había agrupado en torno a él una serie de intereses; la lucha contra la anarquía obligaba al partido del orden mismo a aumentar su influencia, y aunque él ya no era popular, aquél era impopular. ¿No podía esperar que los orleanistas y los legitimistas, por su rivalidad así como por la necesidad de una restauración monárquica cualquiera, se vieran forzados a reconocer al pretendiente neutral?

Del 1 de noviembre de 1849 data el tercer período de vida de la república constitucional, período que se cierra con el 10 de marzo de 1850. No sólo comienza el juego regular de las instituciones constitucionales, que tanto admira Guizot, la rencilla entre el poder ejecutivo y el poder legislativo. Frente a las ansias de restauración de los orleanistas y legitimistas unidos, Bonaparte defiende el título de su poder efectivo, la república; frente a las ansias de restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende el título de su dominación común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas defienden el *statu quo*, la república; frente a los legitimistas, los orleanistas defienden el *statu quo*, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene *in petto* su propio rey y su propia restauración, hacen valer recíprocamente, frente a las ansias de usurpación y engrandecimiento de sus rivales, la dominación común de la

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burguesía, la forma en que las aspiraciones particulares quedan neutralizadas y reservadas: la república.

Así como Kant hace de la república, como única forma estatal racional, un postulado de la razón práctica, cuya realización nunca se alcanza, pero cuyo logro debe ser constantemente aspirado como meta y mantenido en el ánimo, así estos realistas hacen con la monarquía.

Así, la república constitucional, surgida de las manos de los republicanos burgueses como hueca fórmula ideológica, se convirtió en manos de los realistas coaligados en una forma viva y llena de contenido. Y Thiers decía una verdad más profunda de lo que él mismo sospechaba, cuando afirmó: «Nosotros, los realistas, somos los verdaderos puntales de la república constitucional».

 La caída del ministerio de coalición, la aparición del ministerio de los *commis*, tiene un segundo significado. Su ministro de Hacienda se llamaba Fould. Fould ministro de Hacienda es la entrega oficial de la riqueza nacional de Francia a la Bolsa, la administración del patrimonio del Estado por la Bolsa y en interés de la Bolsa. Con el nombramiento de Fould, la aristocracia financiera anunciaba su restauración en el *Moniteur*. Esta restauración completaba necesariamente las demás restauraciones, que son otros tantos eslabones de la cadena de la república constitucional.

Louis Philippe jamás se había atrevido a hacer ministro de Hacienda a un auténtico *loup-cervier*. Así como su monarquía era el nombre ideal para la dominación de la alta burguesía, en sus ministerios los intereses privilegiados tenían que llevar nombres ideológicamente desinteresados. La república burguesa puso en primer plano por doquier lo que las diferentes monarquías, tanto la legitimista como la orleanista, mantenían oculto en segundo plano. Terrenalizó lo que aquéllas habían divinizado. En lugar de los nombres de santos, puso los nombres propios burgueses de los intereses de clase dominantes.

Toda nuestra exposición ha mostrado cómo la república, desde el primer día de su existencia, no derribó a la aristocracia financiera, sino que la consolidó. Pero las concesiones que se le hicieron fueron una fatalidad a la que se sometieron sin haberla provocado. Con Fould, la iniciativa gubernamental volvió a recaer en la aristocracia financiera.

Se preguntará cómo la burguesía coaligada pudo soportar y tolerar la dominación de la financiera, que bajo Louis Philippe descansaba en la exclusión o subordinación de las otras fracciones de la burguesía.

La respuesta es sencilla.

Ante todo, la aristocracia financiera misma constituye una parte de peso determinante de la coalición realista, cuyo poder gubernamental común se llama república. ¿No son los portavoces y las capacidades de los orleanistas los viejos aliados y cómplices de la aristocracia financiera? ¿No es ella

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misma la falange de oro del orleanismo? En cuanto a los legitimistas, ya bajo Louis Philippe habían participado prácticamente en todas las orgías de las especulaciones bursátiles, mineras y ferroviarias. En general, la alianza entre

es la conexión de la gran propiedad territorial con las altas finanzas un hecho normal. Prueba: Inglaterra, prueba: incluso Austria.

En un país como Francia, donde la magnitud de la producción nacional se halla en una proporción desmesuradamente subordinada respecto a la magnitud de la deuda nacional, donde la renta del Estado constituye el objeto más importante de la especulación y la Bolsa el mercado principal para la inversión del capital que quiere valorizarse de un modo improductivo, en un país semejante una masa innumerable de gentes de todas las clases burguesas o semiburguesas tiene que participar en la deuda pública, en el juego de la Bolsa, en las finanzas. Todos estos partícipes subalternos, ¿no encuentran sus apoyos y jefes naturales en la fracción que representa ese interés en los contornos más colosales, que lo representa en grande y en conjunto?

¿Por qué está condicionada la entrega de la fortuna del Estado a las altas finanzas? Por el endeudamiento constantemente creciente del Estado. ¿Y el endeudamiento del Estado? Por el constante excedente de sus gastos sobre sus ingresos, desproporción que es a la vez la causa y el efecto del sistema de empréstitos públicos.

Para escapar a este endeudamiento, el Estado tiene que restringir sus gastos, es decir, simplificar el organismo de gobierno, reducirlo, gobernar lo menos posible, emplear el menor personal posible, entrar lo menos posible en relación con la sociedad burguesa. Este camino era imposible para el partido del orden, cuyos medios de represión, cuya injerencia oficial por vía estatal, cuya omnipresencia mediante órganos del Estado tenían que aumentar en la misma medida en que su dominación y las condiciones de vida de su clase se veían amenazadas por muchos lados. No se puede disminuir la gendarmería en la misma medida en que aumentan los atentados contra las personas y la propiedad.

O bien el Estado tiene que procurar eludir las deudas y producir un equilibrio momentáneo pero pasajero en el presupuesto, haciendo recaer contribuciones extraordinarias sobre las espaldas de las clases más ricas. Para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la Bolsa, ¿debía el partido del orden sacrificar su propia riqueza en el altar de la patria? ¡Pas si bête!

Por tanto, sin una subversión total del Estado francés, no hay subversión del presupuesto estatal francés. Con este presupuesto estatal, necesariamente la deuda pública, y con la deuda pública, necesariamente la dominación del comercio de deudas del Estado, de los acreedores del Estado, de los banqueros, de los traficantes de dinero, de los lobos de la Bolsa. Una sola fracción del partido del orden estaba directamente interesada en la caída de la aristocracia financiera: los fabricantes. No hablamos de los industriales medianos, de los pequeños; hablamos de los regentes del interés fabril que bajo Luis Felipe habían constituido la amplia base de la oposición dinástica. Su interés es, indudablemente, la disminución de los costos de producción, o sea, la disminución de los impuestos que gravan la producción; por tanto, la disminución de las deudas del Estado, cuyos intereses entran en los impuestos; por tanto, la caída de la aristocracia financiera.

En Inglaterra —y los mayores fabricantes franceses son pequeños burgueses comparados con sus rivales ingleses— encontramos efectivamente a los fabricantes, a un Cobden, a un Bright, al frente de la cruzada contra la aristocracia del Banco y de la Bolsa. ¿Por qué no en Francia? En Inglaterra predomina la industria; en Francia, la agricultura. En Inglaterra, la industria necesita el free trade; en Francia, el arancel proteccionista, el monopolio nacional al lado de los demás monopolios. La industria francesa no domina la producción francesa; por tanto, los industriales franceses no dominan a la burguesía francesa. Para imponer su interés frente a las demás fracciones de la burguesía, no pueden, como los ingleses, ponerse al frente del movimiento y llevar al mismo tiempo su interés de clase a la cima; tienen que marchar en el séquito de la revolución y servir a intereses que se contraponen a los intereses colectivos de su clase. En febrero habían desconocido su posición; febrero les escarmentó. ¿Y quién se ve más directamente amenazado por los obreros que el patrono, el capitalista industrial? El fabricante se convirtió, por ello, necesariamente, en el miembro más fanático del partido del orden en Francia. La merma de su ganancia por las finanzas, ¿qué es frente a la abolición de la ganancia por el proletariado?

En Francia, el pequeño burgués hace lo que normalmente tendría que hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que normalmente sería la tarea del pequeño burgués, y la tarea del obrero, ¿quién la resuelve? Nadie. No se resuelve en Francia, se proclama en Francia. No se resuelve en ninguna parte dentro de los muros nacionales; la guerra de clases en el seno de la sociedad francesa se convierte en una guerra mundial, en la que las naciones se enfrentan unas a otras. La solución no comienza sino en el momento en que, mediante la guerra mundial, el proletariado es empujado a la cabeza del pueblo que domina el mercado mundial, a la cabeza de Inglaterra. La revolución, que no halla aquí su fin, sino su comienzo organizador, no es una revolución de corto aliento. La generación actual se parece a los judíos que Moisés conduce por el desierto. No solo tiene que conquistar un mundo nuevo, tiene que sucumbir para hacer sitio a los hombres que estén a la altura de un mundo nuevo. Volvamos a Fould.

Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. III. Consecuencias del 13 de junio de 1849

El 14 de noviembre de 1849, Fould subió a la tribuna de la Asamblea Nacional y expuso su sistema financiero: ¡apología del viejo sistema impositivo! ¡Mantenimiento del impuesto sobre el vino! ¡Retirada del impuesto sobre la renta de Passy!

Passy tampoco era un revolucionario; era un antiguo ministro de Luis Felipe. Perteneció a los puritanos de la fuerza de Dufaure y a los confidentes más íntimos de Teste, el chivo expiatorio de la Monarquía de Julio. También Passy había elogiado el viejo sistema impositivo, había recomendado el mantenimiento del impuesto sobre el vino, pero al mismo tiempo había desgarrado el velo que cubría el déficit del Estado. Había declarado la necesidad de un nuevo impuesto, el impuesto sobre la renta, si no se quería la bancarrota del Estado. Fould, que recomendaba a Ledru-Rollin la bancarrota del Estado, recomendaba a la Asamblea Legislativa el déficit del Estado. Prometió economías cuyo secreto se reveló más tarde en que, por ejemplo, los gastos disminuían en 60 millones y la deuda flotante aumentaba en 200 millones: juegos de manos en la agrupación de las cifras, en la presentación de las cuentas, que desembocaban todos, en último término, en nuevos empréstitos.

Bajo Fould, al lado de las demás fracciones burguesas celosas entre sí, la aristocracia financiera no se presentó, naturalmente, de un modo tan desvergonzadamente corrupto como bajo Luis Felipe. Pero, de una parte, el sistema era el mismo: acrecentamiento constante de las deudas, disfraz del déficit. Y, poco a poco, la vieja estafa bursátil volvió a mostrarse cada vez más al descubierto. Prueba: la ley sobre el ferrocarril de Aviñón, las misteriosas fluctuaciones de los títulos del Estado, que por un momento fueron la comidilla de todo París, y, finalmente, las especulaciones fracasadas de Fould y Bonaparte en las elecciones del 10 de marzo.

Con la restauración oficial de la aristocracia financiera, el pueblo francés tenía que encontrarse pronto otra vez ante un 24 de febrero.

La Constituyente, en un arrebato de misantropía hacia su heredera, había abolido el impuesto sobre el vino para el año del Señor de 1850. Con la abolición de viejos impuestos no podían pagarse nuevas deudas. Creton, un cretino del partido del orden, había propuesto el mantenimiento del impuesto sobre el vino ya antes de la suspensión de la Asamblea Legislativa. Fould asumió esta propuesta en nombre del ministerio bonapartista, y el 20 de diciembre de 1849, en el aniversario de la proclamación de Bonaparte como presidente, la Asamblea Nacional decretó la restauración del impuesto sobre el vino.

El portavoz de esta restauración no fue un financiero, sino el jefe de los jesuitas, Montalembert. Su deducción era contundentemente sencilla: El impuesto, ese es el pecho materno del que se amamanta el gobierno. El gobierno, esos son los instrumentos de la represión, esos son los órganos de la autoridad, ese es el ejército, esa es la policía, esos son los funcionarios, los jueces, los ministros, esos son los sacerdotes. El ataque al impuesto, ese es el ataque de los anarquistas a las centinelas del orden, que protegen la producción material y espiritual de la sociedad burguesa contra las incursiones de los vándalos proletarios. El impuesto, ese es el quinto dios, junto a la propiedad, la familia, el orden y la religión. Y el impuesto sobre el vino es indiscutiblemente un impuesto, y además no un impuesto vulgar, sino un impuesto de antigua tradición, de sentimientos monárquicos, un impuesto respetable. ¡Vive l'impôt des boissons! Three cheers and one more.

El campesino francés, cuando se pinta el diablo en la pared, lo pinta bajo la figura del ejecutor de contribuciones. Desde el momento en que Montalembert elevó el impuesto a la categoría de dios, el campesino se volvió impío, ateo, y se arrojó en brazos del diablo, del socialisant. La religión del orden lo había enajenado, los jesuitas lo habían enajenado, Bonaparte lo había enajenado. El 20 de diciembre de 1849 había comprometido irrevocablemente el 20 de diciembre de 1848. El «sobrino de su tío» no era el primero de su familia a quien abatía el impuesto sobre el vino, ese impuesto que, según la expresión de Montalembert, «huele la tormenta revolucionaria». El verdadero, el gran Napoleón, declaró en Santa Elena que la reintroducción del impuesto sobre el vino había contribuido a su caída más que ninguna otra cosa, al enajenarle a los campesinos del sur de Francia. Ya bajo Luis XIV fue el favorito del odio popular (véanse los escritos de Boisguillebert y Vauban) —abolido por la primera Revolución, Napoleón lo reintrodujo en 1808 bajo una forma modificada. Cuando la Restauración entró en Francia, no solo la precedieron los cosacos, sino también las promesas de la abolición del impuesto sobre el vino. La gentilhommerie no necesitaba, naturalmente, cumplir su palabra con los gens taillable à merci et miséricorde. 1830 prometió la abolición del impuesto sobre el vino. No era su manera hacer lo que decía ni decir lo que hacía. 1848 prometió la abolición del impuesto sobre el vino, como prometió todo. La Constituyente, en fin, que nada prometió, hizo, como se ha mencionado, una disposición testamentaria según la cual el impuesto sobre el vino debía desaparecer el 1.º de enero de 1850. Y precisamente diez días antes del 1.º de enero de 1850, la Legislativa lo reintrodujo, de suerte que el pueblo francés lo perseguía constantemente y, cuando lo había echado por la puerta, lo veía volver a entrar por la ventana.

El odio popular contra el impuesto sobre el vino se explica porque reúne en sí todas las odiosidades del sistema impositivo francés. El modo de su recaudación es odioso, el modo de su distribución es aristocrático, pues los porcentajes impositivos son los mismos para los vinos más ordinarios que para los más costosos. Aumenta, pues, en progresión geométrica a medida que disminuye la fortuna de los consumidores, una progresividad invertida.

Impuesto. Provoca, por tanto, directamente el envenenamiento de las clases trabajadoras como prima a los vinos adulterados e imitados. Disminuye el consumo al establecer octrois en las puertas de todas las ciudades de más de 4.000 habitantes y convertir cada ciudad en un país extranjero con aranceles protectores contra el vino francés. Los grandes comerciantes de vino, pero aún más los pequeños, los marchands de vins, los taberneros, cuya ganancia depende inmediatamente del consumo del vino, son otros tantos adversarios declarados del impuesto al vino. Y, por último, al disminuir el consumo, el impuesto al vino corta a la producción su mercado de salida. Mientras incapacita a los obreros urbanos para pagar el vino, incapacita a los viticultores para venderlo. Y Francia cuenta con una población viticultora de aproximadamente 12 millones. Se comprende, pues, el odio del pueblo en general, se comprende especialmente el fanatismo de los campesinos contra el impuesto al vino. Y además, no veían en su restauración un hecho aislado, más o menos casual. Los campesinos tienen una manera propia de tradición histórica, que se hereda de padres a hijos, y en esa escuela histórica se murmuraba que todo gobierno, mientras quiere engañar a los campesinos, promete la abolición del impuesto al vino y, tan pronto como los ha engañado, mantiene el impuesto al vino o lo reintroduce. En el impuesto al vino prueba el campesino el bouquet del gobierno, su tendencia. La restauración del impuesto al vino el 20 de diciembre significaba: Luis Bonaparte es como los demás; pero no era como los demás, era un invento campesino, y en las peticiones contra el impuesto al vino, que contaban con millones de firmas, retiraban los votos que un año antes habían dado "al sobrino de su tío".

La población rural, más de dos tercios de la población total francesa, se compone en su mayor parte de los llamados propietarios libres de tierras. La primera generación, liberada gratuitamente de las cargas feudales por la revolución de 1789, no había pagado | ningún precio por la tierra. Pero las generaciones siguientes pagaron, bajo la forma del precio de la tierra, lo que sus antepasados semisiervos habían pagado bajo la forma de renta, diezmos, corveas, etc. Cuanto más crecía, por una parte, la población, y cuanto más aumentaba, por otra, la división de la tierra — tanto más caro se volvía el precio de la parcela, pues con su pequeñez aumentaba el volumen de la demanda de ella. Pero en la misma proporción en que subía el precio que el campesino pagaba por la parcela, ya sea que la comprara directamente, o que se la hiciera contar como capital por sus coherederos, en esa misma proporción aumentaba necesariamente el endeudamiento del campesino, es decir, la hipoteca. El título de deuda que grava la tierra se llama precisamente hipoteca, cédula prendaria sobre la tierra. Como sobre la finca medieval los privilegios, sobre la parcela moderna se acumulan las

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hipotecas. Por otra parte: en el régimen de la parcelación, la tierra es para su propietario un puro instrumento de producción. Ahora bien, en la misma medida en que se divide la tierra, disminuye su fertilidad. La aplicación de la maquinaria a la tierra, la división del trabajo, los grandes medios de mejoramiento del suelo, como la construcción de canales de desagüe y de riego, etc., se vuelven cada vez más imposibles, mientras que los falsos costos del cultivo crecen en la misma proporción que la división del instrumento de producción mismo. Todo esto, aparte de si el poseedor de la parcela posee capital o no. Pero cuanto más aumenta la división, tanto más constituye la finca con el más miserable inventario todo el capital del parcelero, tanto más desaparece la inversión de capital en la tierra, tanto más faltan al coterráneo tierra, dinero y formación para aplicar los progresos de la agronomía, tanto más retrocede el cultivo del suelo. Finalmente, el producto neto disminuye en la misma proporción en que crece el consumo bruto, en que toda la familia del campesino se ve retenida por su posesión de otras ocupaciones y, sin embargo, no está capacitada para vivir de ella.

En la misma medida, pues, en que aumentan la población y, con ella, la división de la tierra, en |]25| esa misma medida se encarece el instrumento de producción, la tierra, y disminuye su fertilidad, en esa misma medida decae la agricultura y se endeuda el campesino. Y lo que era efecto se convierte, a su vez, en causa. Cada generación deja a la otra más endeudada, cada nueva generación comienza bajo condiciones más desfavorables y agravadas, la hipotecación engendra la hipotecación, y cuando al campesino le resulta imposible ofrecer su parcela como prenda para nuevas deudas, es decir, cargarla con nuevas hipotecas, cae directamente en la usura, y tanto más enormes se vuelven los intereses usurarios.

Así ocurrió que el campesino francés, bajo la forma de intereses por las hipotecas que gravan la tierra, bajo la forma de intereses por los anticipos no hipotecarios de la usura, no sólo cedió al capitalista una renta de la tierra, no sólo la ganancia industrial, en una palabra, no sólo la ganancia neta íntegra, sino incluso una parte del salario, que descendió, pues, al nivel del arrendatario irlandés — y todo bajo el pretexto de ser propietario privado.

Este proceso se aceleró en Francia por la carga fiscal siempre creciente y por las costas judiciales, provocadas en parte directamente por las formalidades mismas con que la legislación francesa rodea la propiedad territorial, en parte por los innumerables conflictos de las parcelas que se limitan y se entrecruzan por todas partes, en parte por la

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litigiosidad de los campesinos, cuyo goce de la propiedad se limita a la reivindicación fanática de la propiedad representada, del derecho de propiedad.

Según una estadística de 1840, el producto bruto del suelo francés ascendía a 5.237.178.000 francos. De esta suma se deducen 3.552.000.000 francos para costos de cultivo, incluido el consumo de los hombres que trabajan. Queda un producto neto de 1.685.178.000 francos, de los cuales hay que descontar 550 millones para intereses de hipotecas, 100 millones para funcionarios judiciales, 350 millones para impuestos y 107 millones para derechos de inscripción, timbre, honorarios de hipotecación, etc. Queda la tercera parte del producto bruto, 578.178.000; distribuida por cabeza de la población, | aún no llega a 25 francos de producto neto. En este cálculo no figuran, naturalmente, ni la usura extrahipotecaria ni los costos de abogados, etc.

Se comprende la situación de los campesinos franceses cuando la república había añadido a sus viejas cargas otras nuevas. Se ve que su explotación sólo se distingue de la explotación del proletariado industrial por la forma. El explotador es el mismo: el capital. Los capitalistas individuales explotan a los campesinos individuales mediante la hipoteca y la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina mediante el impuesto estatal. El título de propiedad de los campesinos es el talismán con que el capital lo había mantenido hasta ahora bajo su hechizo, el pretexto bajo el cual lo azuzaba contra el proletariado industrial. Sólo la caída del capital puede hacer que el campesino se eleve, sólo un gobierno anticapitalista, un gobierno proletario, puede quebrar su miseria económica, su degradación social. La república constitucional es la dictadura de sus explotadores unidos; la república socialdemócrata, la república roja, es la dictadura de sus aliados. Y la balanza sube o baja según los votos que el campesino deposita en la urna electoral. Él mismo ha de decidir sobre su destino. — Así hablaban los socialistas en panfletos, en almanaques, en calendarios, en hojas volantes de todo tipo. Este lenguaje se le volvía más comprensible por los escritos de réplica del partido del orden, que, por su parte, se dirigía a él y, mediante la grosera exageración, la brutal interpretación y exposición de las intenciones e ideas de los socialistas, daba con el verdadero tono campesino y sobreexcitaba su avidez por el fruto prohibido. Pero el lenguaje más comprensible lo hablaron las experiencias mismas que la clase campesina había hecho con el uso del derecho de sufragio, y las desilusiones que, con prisa revolucionaria, golpe sobre golpe, se le venían encima. Las revoluciones son las locomotoras de la historia.

La transformación paulatina de los campesinos se manifestó en diversos síntomas. Se mostró ya en las elecciones a la asamblea legislativa,

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se mostró en el estado de sitio de los cinco departamentos limítrofes de Lyon, se mostró algunos meses después del 13 de junio en la elección de un montagnard en lugar del antiguo presidente de la chambre introuvable por el departamento de la Gironda, se mostró el 20 de diciembre de 1849 en la elección de un Rojo en lugar de un diputado legitimista fallecido en el departamento de Gard, esa tierra prometida de los legitimistas, el escenario de las más horribles atrocidades contra los republicanos en 1794 y 1795, la sede central del terreur blanche de 1815, donde liberales y protestantes fueron asesinados públicamente. Esta revolucionarización de la clase más estacionaria se hace más patente tras la reintroducción del impuesto al vino. Las medidas de gobierno y las leyes de enero y febrero de 1850 están dirigidas casi exclusivamente contra los departamentos y los campesinos. Prueba más contundente de su progreso.

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La circular de Hautpoul, por la que el gendarme fue nombrado inquisidor del prefecto, del subprefecto y, sobre todo, del maire, por la que se organizó el espionaje hasta en los escondrijos de la más remota aldea; la ley contra los maestros de escuela, por la cual ellos, las capacidades, los portavoces, los educadores y los intérpretes de la clase campesina, fueron sometidos a la arbitrariedad de los prefectos, ellos, los proletarios de la clase docta, cazados como fieras perseguidas de una comuna a otra; la propuesta de ley contra los maires, por la que se suspendía sobre sus cabezas la espada de Damocles de la destitución y ellos, los presidentes de las comunas campesinas, se veían enfrentados en todo momento al presidente de la república y al partido del orden; la ordenanza que transformó las 17 divisiones militares de Francia en cuatro pashalikatos y otorgó a los franceses el cuartel y el vivac como salón nacional; la ley de enseñanza, por la que el partido del orden proclamaba la inconsciencia y el embrutecimiento violento de Francia como su condición de vida bajo el régimen del sufragio universal — ¿qué eran todas estas leyes y medidas? Intentos desesperados de reconquistar los departamentos y a los campesinos de los departamentos para el partido del orden.

Consideradas como represión, medios miserables que retorcían el cuello a su propio fin. Las grandes medidas, como el mantenimiento del impuesto al vino, del impuesto de los 45 cénti]28|mos, la rechazante denegación de las peticiones campesinas de devolución de los mil millones, etc., todos esos rayos legislativos golpeaban a la clase campesina sólo una vez, en grande, desde el centro; las leyes y medidas mencionadas convertían el ataque y la resistencia en algo general, en tema de conversación cotidiana en cada choza, inoculaban la revolución en cada aldea, localizaban y ruralizaban la revolución.

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Por otra parte, ¿no demuestran estas propuestas de Bonaparte, su aceptación por la Asamblea Nacional, la unidad de los dos poderes de la república constitucional en lo tocante a la represión de la anarquía, es decir, de todas las clases que se alzan contra la dictadura de la burguesía? ¿Acaso Soulouque, inmediatamente después de su brusco mensaje, no había asegurado a la legislativa su devoción por el orden mediante el subsiguiente mensaje de Carlier, esa sórdidamente vulgar caricatura de Fouché, así como el propio Luis Bonaparte era la caricatura aplastada de Napoleón?

La ley de enseñanza nos muestra la alianza de los jóvenes católicos y los viejos volterianos. La dominación de los burgueses unidos, ¿podía ser otra cosa que el despotismo coaligado de la restauración amiga de los jesuitas y de la monarquía de julio que se las daba de librepensadora? Las armas que una fracción burguesa había distribuido entre el pueblo contra la otra, en su lucha recíproca por la supremacía, ¿no debían serle arrebatadas de nuevo al pueblo desde el momento en que éste se enfrentaba a su dictadura unida? Nada ha indignado más al tendero parisino que esta coqueta ostentación de jesuitismo, ni siquiera el rechazo de los concordats à l'amiable.

Entretanto proseguían las colisiones entre las diversas fracciones del partido del orden, así como entre la Asamblea Nacional y Bonaparte. Poco agradaba a la Asamblea Nacional que Bonaparte, inmediatamente después de su golpe de Estado, tras procurarse un ministerio bonapartista propio, convocara ante sí a los inválidos de la monarquía recién nombrados prefectos, y les impusiera como condición para su cargo su agitación anticonstitucional en pro de su reelección como presidente; que Carlier celebrara su inauguración disolviendo un club legitimista; | que Bonaparte fundara un periódico propio, "Le Napoléon", que revelaba al público los secretos anhelos del presidente, mientras sus ministros se veían obligados a desmentirlos en la tribuna de la legislativa; poco le agradaba la desafiante permanencia del ministerio a pesar de sus diversos votos de desconfianza; poco, el intento de ganarse el favor de los suboficiales mediante un sobresueldo diario de cuatro sous, y el favor del proletariado mediante un plagio de los Misterios de Eugène Sue, a través de un banco honorario de préstamos; poco, en fin, la insolencia con que se hacía solicitar por los ministros la deportación a Argel de los insurrectos de junio aún restantes, a fin de cargar en grueso la impopularidad sobre la legislativa, mientras el presidente se reservaba la popularidad al por menor mediante actos aislados de indulto. Thiers dejó caer palabras amenazantes de "coups d'état" y "coups de tête", y la legislativa se vengó de Bonaparte rechazando toda propuesta de ley que él presentaba para sí mismo, y examinando toda la que proponía en interés común con ruidosa y desconfiada

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investigación, para ver si, acrecentando el poder ejecutivo, no aspiraba a sacar provecho para el poder personal de Bonaparte. En una palabra, se vengó mediante la conspiración del desprecio.

El partido legitimista, por su parte, veía con disgusto cómo los orleanistas más capaces volvían a apoderarse de casi todos los puestos y cómo crecía la centralización, mientras que ellos buscaban por principio su salvación en la descentralización. Y en efecto. La contrarrevolución centralizaba por la fuerza, es decir, preparaba el mecanismo de la revolución. Centralizó incluso, mediante el curso forzoso de los billetes de banco, el oro y la plata de Francia en el Banco de París, creando así el ya listo tesoro de guerra de la revolución.

Los orleanistas, en fin, veían con disgusto cómo al principio de legitimidad que emergía se le oponía su principio bastardo, y cómo ellos mismos eran relegados y maltratados a cada instante, cual mesalliance burguesa, por el noble consorte.

Poco a poco fuimos viendo a los campesinos, a los pequeños burgueses, a las capas medias en general, colocarse junto al proletariado, empujados a un abierto antagonismo contra la república oficial, tratados como adversarios de ella. Sublevación contra la dictadura de la burguesía, necesidad de una transformación de la sociedad, apego a las instituciones democrático-republicanas como órganos de su movimiento, agrupación en torno al proletariado como potencia revolucionaria decisiva: tales son los rasgos comunes del llamado partido de la socialdemocracia, del partido de la república roja. Este partido de la anarquía, como lo bautizan sus adversarios, no es menos una coalición de intereses diversos que el partido del orden. Desde la más pequeña reforma del viejo desorden social hasta la subversión del viejo orden social, desde el liberalismo burgués hasta el terrorismo revolucionario: tan lejos se hallan los extremos que constituyen el punto de partida y el punto final del partido de la anarquía.

¡Abolición de los aranceles protectores! Socialismo, pues ataca el monopolio de la fracción industrial del partido del orden. ¡Regulación del presupuesto estatal! Socialismo, pues ataca el monopolio de la fracción financiera del partido del orden. ¡Libre importación de carne y cereales extranjeros! Socialismo, pues ataca el monopolio de la tercera fracción del partido del orden, la gran propiedad territorial. Las reivindicaciones del partido librecambista, es decir, del partido burgués inglés más avanzado, aparecen en Francia como otras tantas reivindicaciones socialistas. ¡Volterianismo! Socialismo, pues ataca a una cuarta fracción del partido del orden, la católica. ¡Libertad de prensa, derecho de asociación, instrucción popular general! ¡Socialismo, socialismo! Atacan el monopolio global del partido del orden.

Tan rápidamente había madurado el curso de la revolución las condiciones, que

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los amigos de las reformas de todos los matices, que las más modestas exigencias de las clases medias se vieron forzadas a agruparse en torno a la bandera del partido más extremo de la subversión, en torno a la bandera roja.

Por múltiple que fuese, empero, el socialismo de los diversos grandes componentes del partido de la anarquía, según las condiciones económicas y las necesidades revolucionarias globales de su clase o fracción de clase, que de ellas se desprenden, coincide en un punto: en proclamarse como medio de la emancipación del proletariado, | y la emancipación de éste, como su fin. Engaño deliberado de unos, autoengaño de otros, que presentan el mundo transformado según sus necesidades como el mejor mundo para todos, como la realización de todas las reivindicaciones revolucionarias y la superación de todas las colisiones revolucionarias.

Bajo las frases socialistas generales, bastante parecidas, del partido de la anarquía, se oculta el socialismo del National, de la Presse y del Siècle, que de manera más o menos consecuente quiere derrocar la dominación de la aristocracia financiera y liberar a la industria y al comercio de sus trabas anteriores. Es éste el socialismo de la industria, del comercio y de la agricultura, cuyos rectores en el partido del orden reniegan de estos intereses en la medida en que ya no coinciden con sus monopolios privados. De este socialismo burgués, que, naturalmente, como cada una de las variantes del socialismo, agrupa a una parte de los obreros y de los pequeños burgueses, se deslinda el socialismo propiamente dicho, el socialismo pequeñoburgués, el socialismo par excellence. El capital hostiga a esta clase principalmente como acreedor: ella exige institutos de crédito; la aplasta por medio de la competencia: ella exige asociaciones apoyadas por el Estado; la abruma mediante la concentración: ella exige impuestos progresivos, restricciones a la herencia, asunción de las grandes obras por el Estado y otras medidas que frenan por la fuerza el crecimiento del capital. Como ella sueña con la realización pacífica de su socialismo —descontando acaso una breve segunda revolución de febrero—, el proceso histórico venidero se le aparece naturalmente como la aplicación de sistemas que los pensadores de la sociedad, sea en compañía, sea como inventores individuales, idean o han ideado. Así se convierten en los eclécticos o adeptos de los sistemas socialistas existentes, del socialismo doctrinario, que sólo fue la expresión teórica del proletariado mientras éste aún no se había desarrollado lo suficiente para un libre automovimiento histórico propio.

Mientras que así la utopía, el socialismo doctrinario, que subordina el movimiento global | a uno de sus momentos, que sustituye la producción común, social, por la actividad cerebral de un pedante individual y, sobre todo, fantasea para eliminar la lucha revolucionaria de las clases con sus necesidades, mediante pequeños trucos o grandes sentimentalidades;

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mientras que este socialismo doctrinario, que en el fondo no hace más que idealizar la sociedad actual, tomar de ella una imagen sin sombras y querer imponer su ideal contra la realidad de aquélla; mientras que este socialismo es cedido por el proletariado a la pequeña burguesía; mientras que la lucha de los diversos jefes socialistas entre sí pone de relieve cada uno de los llamados sistemas como la aferramiento pretencioso a uno de los puntos de tránsito de la subversión social contra el otro: el proletariado se agrupa cada vez más en torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo, para el cual la propia burguesía ha inventado el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración de la permanencia de la revolución, la dictadura de clase del proletariado como punto de tránsito necesario hacia la abolición de las diferencias de clase en general, hacia la abolición de todas las relaciones de producción sobre las que éstas descansan, hacia la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, hacia la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales.

El espacio de esta exposición no permite desarrollar más este tema.

Hemos visto: así como en el partido del orden la aristocracia financiera se puso necesariamente a la cabeza, así en el partido de la anarquía lo hizo el proletariado. Mientras las diversas clases ligadas en una liga revolucionaria se agrupaban en torno al proletariado, mientras los departamentos se volvían cada vez más inseguros y la propia asamblea legislativa cada vez más hosca frente a las pretensiones del Soulouque francés, se aproximaban las elecciones complementarias, largo tiempo aplazadas y diferidas, para suplir a los montañeses proscritos del 13 de junio.

El gobierno, despreciado por sus enemigos, maltratado y humillado a diario por sus presuntos amigos, veía un solo medio para salir de la situación repulsiva e insostenible[:] la insurrección[.] Una insurrección en París habría permitido decretar el estado de sitio en París y en los departamentos y, de este modo, comandar las elecciones. Por otra parte, los amigos del orden, frente a un gobierno que había obtenido la victoria sobre la anarquía, estaban forzados a hacer concesiones si no querían aparecer ellos mismos como anarquistas.

El gobierno se puso a la obra. A comienzos de febrero de 1850, provocaciones al pueblo mediante la tala de los árboles de la libertad. En vano. Si los árboles de la libertad perdieron su lugar, ella misma perdió la cabeza y retrocedió espantada ante su propia provocación. Pero la Asamblea Nacional acogió esta torpe tentativa de emancipación de Bonaparte con una desconfianza glacial. No más exitosa fue la retirada de las coronas de siemprevivas de la columna de julio. Ello dio a una parte del ejército ocasión para

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Las diversas manifestaciones del gobierno dieron motivo a la Asamblea Nacional para un voto de censura más o menos velado contra el ministerio. En vano la amenaza de la prensa gubernamental con la abolición del sufragio universal, con la invasión de los cosacos. En vano la incitación directa de d’Hautpoul, en plena Legislativa, a la izquierda para que se lanzara a la calle, y su declaración de que el gobierno estaba dispuesto a recibirla. Hautpoul no recibió más que una llamada al orden del presidente, y el partido del orden, con callada alegría maliciosa, dejó que un diputado de la izquierda se burlara de las ambiciones usurpadoras de Bonaparte. En vano, por último, la profecía de una revolución para el 24 de febrero. El gobierno consiguió que el 24 de febrero fuera ignorado por el pueblo.

El proletariado no se dejó provocar a ningún motín, porque estaba a punto de hacer una revolución.

Sin dejarse perturbar por las provocaciones del gobierno, que no hacían sino acrecentar la irritación general contra el estado de cosas existente, el comité electoral, bajo la influencia directa de los obreros, presentó tres candidatos por París: Deflotte, Vidal y Carnot. Deflotte era un deportado de junio, amnistiado por uno de aquellos caprichos populacheros de Bonaparte; era amigo de Blanqui y había participado en el atentado del 15 de mayo. Vidal, conocido como escritor comunista por su libro «Sobre la distribución de la riqueza», | antiguo secretario de Louis Blanc en la Comisión del Luxemburgo; Carnot, hijo del convencional que había organizado la victoria, el miembro menos comprometido del partido nacional, ministro de Instrucción Pública en el gobierno provisional y en la comisión ejecutiva, y que, con su proyecto de ley democrática sobre la instrucción popular, era una protesta viviente contra la ley de enseñanza de los jesuitas. Estos tres candidatos representaban a las tres clases aliadas: a la cabeza, el insurrecto de junio, el representante del proletariado revolucionario; a su lado, el socialista doctrinario, representante de la pequeña burguesía socialista; el tercero, en fin, representante del partido burgués republicano, cuyas fórmulas democráticas habían adquirido, frente al partido del orden, un sentido socialista y que ya hacía mucho habían perdido su propio sentido. Era una coalición general contra la burguesía y el gobierno, como en febrero. Pero esta vez el proletariado era la cabeza de la liga revolucionaria.

A despecho de todos los esfuerzos, triunfaron los candidatos socialistas. El ejército mismo votó por el insurrecto de junio contra su propio ministro de la Guerra, Lahitte. El partido del orden quedó como fulminado. Las elecciones departamentales no lo consolaron. Arrojaron una mayoría de montagnards.

¡La elección del 10 de marzo de 1850! Era la revocación del junio de 1848. Los asesinos y deportadores de los insurrectos de junio volvieron a la Asamblea Nacional, pero humillados, a la zaga de los deportados y con sus principios en los labios. Era la revocación del 13 de junio de 1849. La Montaña, proscrita por la Asamblea Nacional, volvía a la Asamblea Nacional, pero como trompeteros adelantados de la revolución, no ya como sus comandantes. Era la revocación del 10 de diciembre. Napoleón había fracasado con su ministro Lahitte. La historia parlamentaria de Francia solo conoce un caso análogo: el fracaso de d’Haussez, ministro de Carlos X, en 1830. La elección del 10 de marzo de 1850 fue, por último, la casación de la elección del 13 de mayo, que había dado la mayoría al partido del orden. La elección del 10 de marzo protestaba contra la mayoría del | 13 de mayo. El 10 de marzo fue una revolución. Detrás de las papeletas electorales están los adoquines.

«El voto del 10 de marzo es la guerra», exclamó Segur d’Aguesseau, uno de los miembros más avanzados del partido del orden.

Con el 10 de marzo de 1850, la república constitucional entra en una nueva fase, en la fase de su disolución. Las distintas fracciones de la mayoría están de nuevo unidas entre sí y con Bonaparte; vuelven a ser los salvadores del orden, y él vuelve a ser su hombre neutral. Si recuerdan que son realistas, solo lo hacen por desesperación ante la imposibilidad de la república burguesa; si él recuerda que es pretendiente, solo lo hace porque desespera de seguir siendo presidente.

A la elección de Deflotte, el insurrecto de junio, responde Bonaparte, a la orden del partido del orden, con el nombramiento de Baroche como ministro del Interior —Baroche, el acusador de Blanqui y Barbès, de Ledru-Rollin y Guinard—. A la elección de Carnot responde la Legislativa aprobando la ley de enseñanza; a la elección de Vidal, suprimiendo la prensa socialista. Mediante el toque de clarín de su prensa, el partido del orden intenta disipar su propio miedo. «La espada es sagrada», exclama uno de sus órganos; «los defensores del orden deben tomar la ofensiva contra el partido rojo»; otro: «entre el socialismo y la sociedad existe un duelo a muerte, una guerra implacable e incesante; en este duelo desesperado uno u otro tiene que sucumbir; si la sociedad no aniquila al socialismo, el socialismo aniquilará a la sociedad», grazna un tercer gallo del orden. ¡Levantad las barricadas del orden, las barricadas de la religión, las barricadas de la familia! ¡Hay que acabar con los 127.000 electores de París! ¡Matanza de San Bartolomé de los socialistas! Y el partido del orden cree, por un instante, en su propia certeza de victoria.

Con el mayor fanatismo se ensañan sus órganos contra los «tenderos de París». ¡El insurrecto de junio de París elegido representante por los tenderos de París! es decir, un segundo junio de 1848 es imposible; es decir, un segundo 13 de junio de 1849 es imposible; es decir, la influencia moral del capital está quebrada; | es decir, la asamblea burguesa ya no representa más que a la burguesía; es decir, la gran propiedad está perdida, porque su feudatario, la pequeña, busca su salvación en el campo de los desposeídos.

El partido del orden vuelve, naturalmente, a su inevitable lugar común. «¡Más represión!», grita, «¡diez veces más represión!»; pero su fuerza represiva se ha reducido diez veces, en tanto que la resistencia se ha centuplicado. ¿El principal instrumento de la represión, el ejército, no debe, a su vez, ser reprimido? Y el partido del orden pronuncia su última palabra: «el anillo de hierro de una legalidad asfixiante debe romperse. La república constitucional es imposible. ¡Debemos luchar con nuestras verdaderas armas; desde febrero de 1848 hemos combatido la revolución con sus propias armas y en su propio terreno, hemos aceptado sus instituciones; la Constitución es una fortaleza que solo protege a los sitiadores, no a los sitiados! Al introducirnos furtivamente en el sagrado Ilión en el vientre del caballo troyano, nosotros, a diferencia de nuestros antepasados los griegos, no hemos conquistado la ciudad enemiga, sino que nos hemos hecho prisioneros de nosotros mismos.»

Pero la base de la Constitución es el sufragio universal. La destrucción del sufragio universal: tal es la última palabra del partido del orden, de la dictadura burguesa.

El sufragio universal les dio la razón el 4 de mayo de 1848, el 20 de diciembre de 1848, el 13 de mayo de 1849, el 8 de julio de 1849. El sufragio universal se ha desmentido a sí mismo el 10 de marzo de 1850. La dominación burguesa como emanación y resultado del sufragio universal, como acto expreso de la voluntad soberana del pueblo: tal es el sentido de la constitución burguesa. Pero desde el momento en que el contenido de este sufragio, de esta voluntad soberana, no es ya la dominación burguesa, ¿tiene aún sentido la constitución? ¿No es deber de la burguesía regular el sufragio de modo que quiera lo razonable, es decir, su dominación? El sufragio universal, al abolir constantemente el poder estatal existente y volver a crearlo de nuevo a partir de sí mismo, ¿no suprime toda estabilidad, no pone | en tela de juicio a cada instante todos los poderes constituidos, no aniquila la autoridad, no amenaza con elevar a la anarquía misma a la calidad de autoridad? Después del 10 de marzo de 1850, ¿quién podría dudarlo ya?

La burguesía, al rechazar el sufragio universal, con el que hasta ahora se había revestido, del que extraía su omnipotencia, confiesa sin ambages: «Nuestra dictadura ha existido hasta ahora por la voluntad popular; ahora debe consolidarse contra la voluntad popular.» Y, consecuentemente, ya no busca sus apoyos en Francia, sino fuera, en el extranjero, en la invasión.

Con la invasión, ella, una segunda Coblenza que ha establecido su sede en la propia Francia, despierta contra sí todas las pasiones nacionales. Al atacar el sufragio universal, brinda a la nueva revolución un pretexto general, y la revolución necesita tal pretexto. Todo pretexto particular separaría a las fracciones de la liga revolucionaria y haría resaltar sus diferencias. El pretexto general, en cambio, aturde a las clases semirrevolucionarias, les permite engañarse a sí mismas sobre el carácter determinado de la revolución venidera, sobre las consecuencias de su propio acto. Toda revolución necesita una cuestión de banquete. El sufragio universal: tal es la cuestión de banquete de la nueva revolución.

Pero las fracciones burguesas coaligadas están ya condenadas, al refugiarse de la única forma posible de su poder unido, de la forma más poderosa y más completa de su dominación de clase, la república constitucional, en la forma subordinada, incompleta, más débil de la monarquía. Semejan a aquel anciano que, para recobrar su fuerza juvenil, sacaba sus vestidos de niño y trataba de enfundar en ellos sus miembros marchitos. Su república solo tenía un mérito: ser el invernadero de la revolución.

El 10 de marzo de 1850 lleva la inscripción:

Après moi le déluge.
Karl Marx. I