La Fiscalía General y la „Neue Rheinische Zeitung“

Friedrich Engels
La campaña por la Constitución del Reich alemán

Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.1, Januar 1850

La campaña por la Constitución del Reich.

¡Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum,
acabad con los príncipes alemanes!

En este estribillo, que la «Volkswehr» del sur de Alemania hacía resonar desde el Palatinado hasta la frontera suiza en todas las carreteras y en todas las tabernas, con la conocida melodía rodeada por el mar, mitad coral, mitad organillo — en este estribillo queda resumido todo el carácter de la «grandiosa insurrección por la Constitución del Reich». Aquí tenéis, en dos líneas, a sus grandes hombres, sus fines últimos, su valiente firmeza de convicciones, su noble odio a los «tiranos» y, al mismo tiempo, toda su comprensión de las relaciones sociales y políticas.

De entre todos los movimientos y convulsiones que la Revolución de Febrero y su desarrollo ulterior provocaron en Alemania, la campaña por la Constitución del Reich se distingue por su carácter clásicamente alemán. Su motivo, su aparición, su actitud, todo su curso fueron de principio a fin alemanes. Así como las jornadas de junio de 1848 marcan el grado de desarrollo social y político de Francia, la campaña por la Constitución del Reich señala el grado de desarrollo social y político de Alemania, y señaladamente del sur de Alemania. |

El alma de todo el movimiento era la clase de la pequeña burguesía, el llamado estamento burgués por excelencia, y esta clase es precisamente la predominante en Alemania, sobre todo en el sur. La pequeña burguesía fue la que, en las «asociaciones de marzo», en las asociaciones democrático-constitucionales, en las asociaciones patrióticas, en muchísimas de las llamadas asociaciones democráticas y en casi toda la prensa democrática, prestó a la Constitución del Reich juramentos tan masivos como inofensivos, a la manera del Grütli, y libró una lucha contra los príncipes «renitentes» cuyo único resultado inmediato fue, ciertamente, la propia y edificante conciencia del deber burgués cumplido. La pequeña burguesía fue la que, representada por la izquierda decidida y llamada extrema de la Asamblea de Fráncfort, esto es, especialmente por el Parlamento de Stuttgart y la «Regencia del Reich», proporcionó a todo el movimiento la cabeza oficial; finalmente, la pequeña burguesía dominó en los comités territoriales locales, en los comités de seguridad, en los gobiernos provisionales y en las asambleas constituyentes que, en Sajonia, en el Rin y en el sur de Alemania, adquirieron mayores o menores méritos en pro de la Constitución del Reich.

Si de ella hubiera dependido, la pequeña burguesía difícilmente habría abandonado el terreno jurídico de la lucha legal, pacífica y virtuosa, y en lugar de las llamadas armas del espíritu habría empuñado los fusiles y los adoquines. La historia de todos los movimientos políticos desde 1830 en Alemania, lo mismo que en Francia e Inglaterra, nos muestra a esta clase siempre fanfarrona, muy jactanciosa y, en ocasiones, incluso extrema en la frase, mientras no ve peligro alguno; miedosa, reservada y transigente así que se acerca el menor peligro; asombrada, inquieta, vacilante en cuanto el movimiento por ella iniciado es recogido por otras clases y tomado en serio; traicionando todo el movimiento para salvar su existencia pequeñoburguesa en cuanto se llega a la lucha con las armas en la mano; y, finalmente, a consecuencia de su irresolución, siempre y de manera señalada estafada y maltratada tan pronto como el partido reaccionario ha vencido. |

[38] Pero detrás de la pequeña burguesía se encuentran en todas partes otras clases que recogen el movimiento por ella provocado y en su interés, le dan un carácter más definido y más enérgico y, en lo posible, tratan de apoderarse de él: el proletariado y una gran parte de los campesinos, a los que además suele unirse durante algún tiempo la fracción más avanzada de la pequeña burguesía.

Estas clases, con el proletariado de las grandes ciudades a la cabeza, tomaron las altisonantes aseveraciones en interés de la Constitución del Reich más en serio de lo que convenía a los agitadores pequeñoburgueses. Si los pequeñoburgueses, como juraban a cada instante, querían «empeñar hacienda y sangre» por la Constitución del Reich, los obreros y, en muchas regiones, también los campesinos estaban dispuestos a hacer lo mismo; con la condición, tácita pero perfectamente conocida por todos los partidos, de que después de la victoria la pequeña burguesía tendría que defender esa misma Constitución del Reich precisamente contra esos mismos proletarios y campesinos. Estas clases empujaron a la pequeña burguesía hasta la ruptura abierta con el poder estatal existente. Si no pudieron impedir que sus mezquinos aliados los traicionaran aún durante la lucha, al menos tuvieron la satisfacción de que esa traición, tras la victoria de la contrarrevolución, fuera castigada por los propios contrarrevolucionarios.

Por otra parte, al comienzo del movimiento, la fracción más decidida de la gran y mediana burguesía se unió asimismo a la pequeña burguesía, exactamente como lo encontramos en todos los anteriores movimientos pequeñoburgueses en Inglaterra y Francia. La burguesía nunca gobierna en su totalidad; prescindiendo de los restos del feudalismo que aún conservan una parte del poder político, la misma gran burguesía, en cuanto ha vencido al feudalismo, se escinde en un partido gobernante y otro de oposición, representados por lo general, de un lado, por la banca, y, del otro, por los fabricantes. La fracción opositora y progresista | de la gran y mediana burguesía tiene entonces, frente a la fracción dominante, intereses comunes con la pequeña burguesía y se une con ella para la lucha común. En Alemania, donde la contrarrevolución armada ha restablecido el dominio casi exclusivo del ejército, la burocracia y la nobleza feudal, donde la burguesía, a pesar de las formas constitucionales aún existentes, desempeña un papel muy subordinado y modesto, existen muchos más motivos para esta alianza. Pero, en cambio, la burguesía alemana es también infinitamente más tímida que la inglesa y la francesa, y tan pronto como se presenta la menor posibilidad de la anarquía que retorna, es decir, de la verdadera lucha decisiva, se retira del escenario estremeciéndose. Así también esta vez.

Por lo demás, el momento no era en modo alguno desfavorable para la lucha. En Francia se avecinaban las elecciones; tanto si daban la mayoría a los monárquicos como a los rojos, tenían que desplazar los centros de la Constituyente, reforzar los partidos extremos y provocar una rápida decisión de la lucha parlamentaria, cada vez más aguda, mediante un movimiento popular; en una palabra, tenían que acarrear una «journée». En Italia se combatía bajo los muros de Roma, y la República romana resistía frente al ejército invasor francés. En Hungría, los magiares avanzaban incontenibles; los imperiales habían sido arrojados más allá del Waag y del Leitha; en Viena, donde se creía oír diariamente el estruendo del cañón, se esperaba de un momento a otro al ejército revolucionario húngaro; en Galitzia era inminente la llegada de Dembinski con un ejército polaco-magiar, y la intervención rusa, lejos de ser peligrosa para los magiares, parecía más bien convertir la lucha húngara en una lucha europea. Alemania, finalmente, se hallaba en la máxima agitación; los avances de la contrarrevolución, la creciente insolencia de la soldadesca, la burocracia y la nobleza, las traiciones siempre renovadas de los viejos liberales en los ministerios, las palabras quebrantadas de los príncipes, que se sucedían rápidamente una tras otra, arrojaban a los brazos del partido del movimiento clases enteras de hombres hasta entonces partidarios del orden.

En estas circunstancias estalló la lucha que describiremos en los siguientes fragmentos.

Lo incompleto y la confusión que aún reinan en los materiales, la absoluta falta de fiabilidad de casi todas las noticias recogidas oralmente, el fin puramente personal que sirve de base a todos los escritos publicados hasta ahora sobre esta lucha, hacen imposible una exposición crítica de todo su curso. En estas circunstancias no nos queda más remedio que limitarnos pura y simplemente a relatar lo que nosotros mismos hemos visto y oído. Afortunadamente, esto basta por completo para hacer resaltar el carácter de toda la campaña; y si, además de la visión directa del movimiento sajón, nos falta también la de la campaña de Mieroslawski en el Neckar, la Neue Rheinische Zeitung quizá tenga pronto ocasión de dar, al menos sobre esta última, las aclaraciones necesarias. |

[40] De los participantes en la campaña por la Constitución del Reich, muchos se hallan aún en prisión. Otros han encontrado ocasión de regresar a casa; otros, todavía en el extranjero, la esperan de un día para otro — y entre ellos no están los peores. Se comprenderán las consideraciones que debemos a estos compañeros de lucha, y se encontrará natural que callemos muchas cosas; y más de uno, que ahora está de nuevo tranquilamente en su patria, no nos lo tomará a mal si no queremos comprometerlo relatando aquellos episodios en los que realmente ha demostrado un valor brillante.

I. 
Prusia renana.

Se recuerda cómo la insurrección armada en favor de la Constitución del Reich estalló primero en Dresde, a principios de mayo. Se sabe cómo los combatientes de las barricadas de Dresde, apoyados por la población rural, traicionados por los filisteos de Leipzig, |
[40] sucumbieron a la superioridad numérica tras seis días de lucha. Nunca tuvieron más de 2.500 combatientes, con armas muy heterogéneas, y como artillería entera dos o tres pequeños morteretes. Las tropas reales se componían, además de los batallones sajones, de dos regimientos prusianos. Disponían de caballería, artillería, tiradores con rifle y un batallón con fusiles de aguja. Las tropas reales parecen haberse comportado en Dresde todavía con más cobardía que en otras partes; pero al mismo tiempo está fuera de duda que los combatientes de Dresde lucharon contra esta superioridad numérica con más valentía de lo que por lo común ocurrió en la campaña por la Constitución del Reich. Pero, ciertamente, un combate callejero es también algo muy distinto de un encuentro en campo abierto.

Berlín permaneció tranquilo bajo el estado de sitio y el desarme. Ni siquiera se levantó la vía del ferrocarril para detener ya cerca de Berlín los refuerzos prusianos. Breslau intentó un débil combate de barricadas, para el cual el gobierno estaba preparado desde mucho antes, y con ello no hizo sino caer más seguramente bajo la dictadura del sable. El resto del norte de Alemania, sin centros revolucionarios, estaba paralizado. Sólo en Prusia renana y en el sur de Alemania se podía contar aún, y en el sur de Alemania el Palatinado acababa precisamente de ponerse en movimiento.

Prusia renana ha sido considerada, desde 1815, como una de las provincias más avanzadas de Alemania, y con razón. Reúne dos ventajas que no se encuentran reunidas en ninguna otra parte de Alemania.

La campaña por la Constitución del Imperio alemán
I. Prusia renana

Prusia renana comparte con Luxemburgo, Hesse renano y el Palatinado la ventaja de haber vivido, desde 1795, la Revolución Francesa y la consolidación social, administrativa y legislativa de sus resultados bajo Napoleón. Cuando el partido revolucionario sucumbió en París, los ejércitos llevaron la revolución más allá de las fronteras. Ante aquellos hijos de campesinos apenas liberados se desvanecieron no sólo los ejércitos del Sacro Imperio Romano, sino también el dominio feudal de la nobleza y de los curas. Desde hace dos generaciones, la orilla izquierda del Rin no conoce ya el feudalismo; el noble está despojado de sus privilegios, la propiedad territorial ha pasado de sus manos y de las de la Iglesia a las del campesino; el suelo está parcelado, el campesino es un libre propietario de la tierra, como en Francia. En las ciudades desaparecieron los gremios y el patriarcal dominio del patriciado diez años antes que en cualquier otro lugar de Alemania, ante la libre concurrencia, y el Código de Napoleón sancionó finalmente todo aquel estado de cosas transformado, resumiendo el conjunto de las instituciones revolucionarias.

Prusia renana posee, en segundo lugar —y en esto reside su principal ventaja frente a los restantes países de la orilla izquierda del Rin— la industria más desarrollada y diversificada de toda Alemania. En los tres distritos gubernativos de Aquisgrán, Colonia y Düsseldorf están representadas casi todas las ramas industriales: industria del algodón, de la lana y de la seda de todas clases, junto con los ramos de ella dependientes del blanqueo, el estampado y la tintorería, la fundición de hierro y la construcción de maquinaria, además de la minería, la forja de armas y otras industrias metalúrgicas, se encuentran aquí concentradas en un espacio de pocas millas cuadradas y ocupan a una población de una densidad inaudita en Alemania. Inmediatamente lindante con la Provincia renana, suministrándole una parte de las materias primas y perteneciendo industrialmente a ella, se halla el distrito siderúrgico y carbonífero de la Marca. La mejor vía fluvial de Alemania, la proximidad del mar, la riqueza mineral de la comarca favorecen a la industria, la cual ha engendrado, además, numerosos ferrocarriles y completa a diario su red ferroviaria. En interacción con la industria existe un comercio de exportación e importación muy extenso para Alemania, con todas las partes del mundo, un importante tráfico directo con todos los grandes centros de depósito del mercado mundial y una relativa especulación en productos primarios y en acciones ferroviarias. En suma, el estadio de desarrollo industrial y comercial de la Provincia renana es, aunque en el mercado mundial bastante insignificante, único en Alemania.

La consecuencia de esta industria —florecida asimismo bajo el dominio revolucionario francés— y del comercio con ella relacionado en Prusia renana es la generación de una poderosa gran burguesía industrial y comercial y, en contraposición a ella, de un numeroso proletariado fabril; dos clases que en el resto de Alemania sólo existen de manera muy localizada y embrionaria, pero que dominan casi de forma exclusiva el desarrollo político peculiar de la Provincia renana.

Sobre los restantes países alemanes revolucionados por los franceses, Prusia renana posee de más la industria; sobre los demás distritos industriales alemanes (Sajonia y Silesia), la Revolución Francesa. Es la única parte de Alemania cuyo desarrollo social ha alcanzado casi por entero el nivel de la moderna sociedad burguesa: industria desarrollada, comercio extenso, acumulación de capitales, libertad de la propiedad territorial; fuerte burguesía y proletariado masivo en las ciudades; en el campo predominan los campesinos parcelarios, numerosos y endeudados; dominio de la burguesía sobre el proletariado mediante la relación salarial, sobre el campesino mediante la hipoteca, sobre el pequeño burgués mediante la concurrencia, y, por último, sanción del dominio burgués mediante los tribunales de comercio, los tribunales fabriles, el jurado burgués y toda la legislación material.

¿Se comprende ahora el odio del renano hacia todo cuanto se llama prusiano? Prusia había incorporado, con la Provincia renana, la Revolución Francesa en sus Estados, y trataba a los renanos no sólo como a subyugados y extranjeros, sino incluso como a rebeldes vencidos. Lejos de desarrollar la legislación renana en el sentido de la moderna sociedad burguesa, en continuo progreso, pretendía cargar sobre las espaldas de los renanos la pedantesca, feudal y pequeñoburguesa mezcolanza del Derecho territorial prusiano, que apenas sirve ya ni para Pomerania Ulterior.

El vuelco subsiguiente a febrero de 1848 mostró con claridad la posición excepcional de la Provincia renana. Ella proporcionó no sólo a la burguesía prusiana, sino a la burguesía alemana en general sus representantes clásicos: Camphausen y Hansemann; ella proporcionó al proletariado alemán el único órgano en el que éste estaba representado no meramente según la frase o la buena voluntad, sino de acuerdo con sus intereses reales: la Neue Rheinische Zeitung.

¿Cómo se explica, empero, que Prusia renana, a pesar de todo ello, haya participado tan poco en los movimientos revolucionarios de Alemania?

No se olvide que el movimiento de 1830, en interés del constitucionalismo de frase y de abogados, no podía ofrecer atractivo alguno a la burguesía renana de Alemania, ocupada en empresas industriales mucho más reales; que, mientras en los pequeños Estados alemanes se soñaba aún con un imperio alemán, en Prusia renana el proletariado empezaba ya a enfrentarse abiertamente contra la burguesía; que, de 1840 a 1847, en la época del movimiento burgués realmente constitucional, la burguesía renana se situó a la cabeza, y que en marzo de 1848 echó en la balanza de Berlín un peso decisivo. Pero por qué Prusia renana no consiguió nunca imponer nada mediante una insurrección abierta, por qué no fue capaz siquiera de lograr una insurrección general de toda la provincia, es cosa que pondrá de manifiesto del mejor modo la simple exposición de la campaña renana por la Constitución imperial. —

La lucha en Dresde acababa de estallar; en el Palatinado podía desencadenarse en cualquier momento. En Baden, en Wurtemberg, en Franconia se convocaban monstruo-asambleas y apenas se disimulaba ya la resolución de dejar que las armas decidieran. En todo el sur de Alemania las tropas vacilaban. Prusia no estaba menos agitada. El proletariado sólo aguardaba una ocasión para vengarse del escamoteo de las ventajas que creía haber conquistado en marzo de 1848. La pequeña burguesía desarrollaba por doquier su actividad para condensar todos los elementos descontentos en un gran partido de la Constitución imperial, cuya dirección esperaba conservar en sus manos. Los juramentos de mantenerse y caer con la Asamblea de Francfort, de empeñar bienes y sangre por la Constitución del Imperio, llenaban todos los periódicos y resonaban en todas las salas de clubes y cervecerías.

Entonces el gobierno prusiano abrió las hostilidades llamando a filas a una gran parte de la Landwehr, sobre todo en Westfalia y en el Rin. La orden de llamamiento era ilegal en plena paz, y no sólo la pequeña, sino también la gran burguesía se levantó contra ella.

El consejo municipal de Colonia convocó un congreso de diputados de los consejos municipales renanos. El gobierno lo prohibió; se prescindió de la forma y el congreso se celebró a pesar de la prohibición. Los consejos municipales, representantes de la gran y mediana burguesía, declararon su reconocimiento de la Constitución del Imperio, exigieron su aceptación por el gobierno prusiano y la destitución del ministerio, así como la revocación del llamamiento de la Landwehr, y amenazaron, en caso de negativa, de manera bastante clara con la secesión de las provincias renanas respecto de Prusia.

«Toda vez que el gobierno prusiano ha disuelto la segunda Cámara después de haberse pronunciado ésta por la aceptación incondicional de la Constitución alemana del 28 de marzo del corriente año, despojando con ello al pueblo de su representación y de su voz en el actual momento decisivo, los abajo firmantes, diputados de las ciudades y municipios de la Provincia renana, se han reunido para deliberar sobre lo que la patria necesita.

La asamblea, bajo la presidencia de los diputados municipales Zell, de Tréveris, y Werner, de Coblenza, y con la asistencia de los secretarios de actas, los diputados municipales Boecker, de Colonia, y Bloem II, de Düsseldorf, ha acordado lo siguiente:

1) Declara que reconoce como ley definitiva la Constitución del Imperio alemán, tal como fue promulgada el 28 de marzo del corriente año por la Asamblea imperial, y que, en el conflicto planteado por el gobierno prusiano, se sitúa al lado de la Asamblea imperial alemana.

2) La asamblea exhorta a todo el pueblo de la Renania, y en especial a todos los hombres aptos para las armas, a manifestar, mediante declaraciones colectivas en círculos menores y mayores, su obligación y su voluntad inquebrantable de mantenerse firmes en la Constitución imperial alemana y de acatar las disposiciones de la Constitución imperial.

3) La asamblea exhorta a la Asamblea imperial alemana a realizar ahora, con la mayor urgencia, esfuerzos más enérgicos a fin de imprimir a la resistencia del pueblo en los diferentes Estados alemanes, y muy particularmente en la Provincia renana, la unidad y la fuerza que, por sí solas, son capaces de desbaratar la bien organizada contrarrevolución.

4) Exhorta al poder imperial a hacer prestar cuanto antes juramento a las tropas imperiales sobre la Constitución y a ordenar su concentración.

5) Los abajo firmantes se comprometen a dar vigencia a la Constitución imperial, mediante todos los medios a su alcance, en el ámbito de sus respectivos municipios.

6) La asamblea considera incondicionalmente necesaria la destitución del ministerio Brandenburg-Manteuffel y la convocatoria de las Cámaras sin modificación del modo de elección vigente.

7) Ve, en particular, en la reciente llamada parcial a filas de la Landwehr una medida innecesaria, que pone en grave peligro la paz interior, y espera su inmediata revocación.

8) Los abajo firmantes expresan, por último, su convicción de que, de no atenderse el contenido de esta declaración, amenazan a la patria los mayores peligros, por los cuales puede incluso ponerse en riesgo la existencia de Prusia en su composición actual.

Acordado el 8 de mayo de 1849 en Colonia.»

(Siguen las firmas.)

Sólo añadimos que ese mismo señor Zell, que presidió esta asamblea, marchó pocas semanas más tarde, como comisario imperial del ministerio imperial de Francfort, a Baden, no sólo para contemporizar, sino también para concertar con los reaccionarios de allí aquellos golpes contrarrevolucionarios que estallaron más tarde en Mannheim y en Karlsruhe. Que, al propio tiempo, prestó también servicios al general del Imperio Peucker como espía militar es, por lo menos, probable.

Ponemos empeño en dejar bien constatado este hecho. La gran burguesía, la flor del liberalismo renano de antes de marzo, intentó ponerse en Prusia renana, desde el primer momento, a la cabeza del movimiento en favor de la Constitución imperial. Sus discursos, sus acuerdos, toda su actuación hizo

Se solidarizaron de antemano para los acontecimientos posteriores. Había bastante gente que tomaba en serio las frases de los señores concejales comunales, especialmente la amenaza de la secesión de la provincia del Rin. Si la gran burguesía se sumaba, el asunto estaba, de entrada, casi ganado; se tenía entonces a todas las clases de la población de parte de uno, y ya se podía arriesgar algo. Así calculaba el pequeño burgués y se apresuraba a adoptar una postura heroica. Se comprende que su supuesto asociado, el gran burgués, no se dejara en modo alguno disuadir de traicionarlo a la primera ocasión y, más tarde, cuando todo el asunto había terminado de la manera más lamentable, de burlarse de él a posteriori por su estupidez.

La agitación, entre tanto, crecía sin cesar; las noticias de todas las regiones de Alemania sonaban sumamente guerreras. Por fin se debía proceder a la uniformación de la Landwehr. Los batallones se congregaron y declararon categóricamente que no se dejarían uniformar. Los comandantes, sin suficiente apoyo militar, no podían hacer nada y se alegraban de salir del paso sin amenazas ni agresiones físicas. Licenciaron a la tropa y fijaron una nueva fecha para la uniformación.

El gobierno, que fácilmente podía haber proporcionado el apoyo necesario a los oficiales de la Landwehr, dejó intencionadamente que las cosas llegaran a ese punto. Ahora recurrió de inmediato a la fuerza.

Friedrich Engels

Las Landwehren insubordinadas pertenecían principalmente al distrito industrial de Berg y la Marca. Elberfeld e Iserlohn, Solingen y la Enneper Straße eran los centros de la resistencia. De inmediato se destacaron tropas hacia las dos primeras ciudades.

A Elberfeld se dirigió un batallón del 16.º Regimiento, un escuadrón de ulanos y dos cañones. La ciudad estaba sumida en la mayor confusión. La Landwehr, después de madura reflexión, había llegado a la conclusión de que estaba jugando un juego arriesgado. Muchos campesinos y obreros eran políticamente indiferentes y simplemente no habían tenido ganas de ausentarse de sus hogares por tiempo indefinido para complacer caprichos gubernamentales. Las consecuencias de la insubordinación pesaban gravemente sobre su ánimo: species facti, jurisdicción militar, pena de cadena y, tal vez, hasta pólvora y plomo. En resumen, el número de soldados de la Landwehr que permanecía en armas —pues sus armas las tenían— se reducía cada vez más, hasta quedar por último unos cuarenta. Habían establecido su cuartel general en un local público a las afueras de la ciudad y esperaban allí a los prusianos. En torno al Ayuntamiento se apostaba la milicia cívica y dos cuerpos de tiradores ciudadanos, vacilantes, parlamentando con la Landwehr y, en todo caso, decididos a proteger su propiedad. Por las calles bullía la población: pequeños burgueses que en el club político habían jurado fidelidad a la Constitución del Reich, proletarios de todos los grados, desde el obrero revolucionario decidido hasta el carretero ebrio de aguardiente. Nadie sabía qué hacer, nadie sabía qué iba a pasar.

El consejo municipal quiso parlamentar con las tropas. El comandante lo rechazó todo y marchó hacia la ciudad. Las tropas desfilaron por las calles y se situaron frente al Ayuntamiento, enfrente de la milicia cívica. Se parlamenta. De la multitud parten pedradas contra los soldados. La Landwehr, como se ha dicho, con unos cuarenta hombres, avanza desde el otro lado de la ciudad, tras larga deliberación, también en dirección a los militares.

De repente, en el pueblo se grita pidiendo la liberación de los presos. En la casa de detención, situada junto al Ayuntamiento, se encontraban encerrados desde hacía un año sesenta y nueve obreros de Solingen, detenidos por la demolición de la fábrica de fundición de acero de Burg. Su proceso iba a ser tratado en pocos días. Para liberarlos, el pueblo se precipita hacia la prisión. Las puertas ceden, el pueblo irrumpe, los presos quedan libres. Pero al mismo tiempo avanza la tropa, suena una descarga y el último preso que sale corriendo por la puerta cae con el cráneo destrozado.

El pueblo retrocede, pero al grito de ¡a las barricadas! En un instante, los accesos a la ciudad interior quedan atrincherados. Abundan los obreros desarmados; los armados tras las barricadas son a lo sumo cincuenta.

La campaña alemana por la Constitución del Reich • I. Renania prusiana

La artillería avanza. Lo mismo que antes la infantería, dispara también demasiado alto, probablemente a propósito. Ambos cuerpos de tropa se componían de renanos y westfalianos, y eran buenos soldados. Por fin, el capitán von Uttenhoven avanza al frente de la 8.ª compañía del 16.º Regimiento. Había tres hombres armados detrás de la primera barricada. «¡No disparéis contra nosotros —gritan—, nosotros solo disparamos contra los oficiales!» El capitán ordena: «¡Alto!». «¡Si ordenas "preparen", caerás muerto!», le grita un tirador desde detrás de la barricada. — «¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!» — La descarga retumba, pero en ese mismo instante se desploma el capitán. La bala lo había alcanzado en pleno corazón.

El pelotón se retira precipitadamente; ni siquiera se llevan el cadáver del capitán. Aún suenan algunos disparos, algunos soldados resultan heridos, y el oficial al mando, que no quiere pasar la noche en la ciudad sublevada, vuelve a salir para vivaquear con sus tropas a una hora de la ciudad. Tras los soldados se levantan inmediatamente barricadas por todas partes.

Aquel mismo atardecer llegó a Düsseldorf la noticia de la retirada de los prusianos. Se formaron numerosos grupos en las calles; la pequeña burguesía y los obreros estaban en la mayor agitación. Allí, el rumor de que se iban a enviar nuevas tropas a Elberfeld dio la señal para el estallido. Sin tener en cuenta la falta de armas —la milicia cívica había sido desarmada desde noviembre de 1848—, ni la guarnición, relativamente fuerte, ni las desfavorables calles anchas y rectas de la pequeña antigua residencia, algunos obreros llamaron a las barricadas. En la Neustraße, en la Bolkerstraße, se levantaron algunos atrincheramientos; las demás partes de la ciudad se mantuvieron libres, en parte por las tropas ya de antemano consignadas, y en parte por el miedo de la gran y pequeña burguesía.

Hacia el atardecer se entabló el combate. Los combatientes de las barricadas eran, aquí como en todas partes, poco numerosos. ¿De dónde iban a sacar armas y municiones? En fin, ofrecieron a la superioridad enemiga una larga y valerosa resistencia, y solo tras un amplio empleo de la artillería, hacia la mañana, la media docena de barricadas que podían defenderse cayó en manos de los prusianos. Se sabe que estos cautelosos héroes se tomaron al día siguiente una sangrienta revancha en criadas, ancianos y gentes pacíficas en general.

El mismo día en que los prusianos fueron rechazados en Elberfeld, debía entrar en Iserlohn un batallón, si no nos equivocamos, del 13.º Regimiento, para hacer entrar en razón a la Landwehr de allí. Pero también aquí se frustró ese plan; tan pronto como se conoció la noticia de la aproximación de las tropas, la Landwehr y el pueblo atrincheraron todos los accesos de la ciudad y esperaron al enemigo con el fusil cargado. El batallón no se atrevió a atacar y se retiró de nuevo.

El combate en Elberfeld y Düsseldorf y el levantamiento de barricadas en Iserlohn dieron la señal para la insurrección de la mayor parte de la comarca industrial de Berg y la Marca. Los solingenses asaltaron el arsenal de Gräfrath y se armaron con los fusiles y cartuchos que allí encontraron; los de Hagen se sumaron en masa al movimiento, se armaron, ocuparon los accesos del Ruhr y enviaron patrullas de reconocimiento. Solingen, Ronsdorf, Remscheid, Barmen, etc., enviaron sus contingentes a Elberfeld. En los demás puntos de la comarca, la Landwehr se declaró por el movimiento y se puso a disposición de la Asamblea de Fráncfort. Elberfeld, Solingen, Hagen e Iserlohn pusieron comités de seguridad en lugar de las autoridades locales y de distrito expulsadas.

Las noticias de estos acontecimientos fueron, naturalmente, todavía enormemente exageradas. Se pintaba toda la comarca del Wupper y del Ruhr como un gran campamento organizado de la insurrección; se hablaba de cincuenta mil hombres armados en Elberfeld, y otro tanto en Iserlohn y Hagen. El súbito pánico del gobierno, que paralizó de golpe toda su actividad frente a esta insurrección de los distritos más fieles, contribuyó no poco a hacer creíbles estas exageraciones.

Haciendo todos los justos descuentos por probables exageraciones, quedaba el hecho innegable de que las principales plazas del distrito industrial de Berg y la Marca se hallaban en abierto y hasta entonces victorioso levantamiento. Este hecho estaba ahí. A ello se sumaban las noticias de que Dresde aún resistía, de que Silesia fermentaba, de que el movimiento del Palatinado se consolidaba, de que en Baden había estallado un victorioso levantamiento militar y el Gran Duque había huido, de que los magyares se hallaban en el Jablunka y el Leitha. En resumen, de todas las oportunidades revolucionarias que se habían ofrecido al partido democrático y obrero desde marzo de 1848, esta era con mucho la más favorable, y, naturalmente, debía ser aprovechada. La orilla izquierda del Rin no podía abandonar a la derecha.

¿Qué hacer, pues?

Todas las ciudades grandes de la provincia del Rin están, o bien dominadas por poderosas ciudadelas y fuertes, como Colonia y Coblenza, o tienen guarniciones numerosas, como Aquisgrán, Düsseldorf y Tréveris. Además, la provincia es mantenida a raya por las fortalezas de Wesel, Jülich, Luxemburgo, Saarlouis e incluso por Maguncia y Minden. En estas fortalezas y guarniciones había por lo menos treinta mil hombres en conjunto. Colonia, Düsseldorf, Aquisgrán, Tréveris estaban, además, desarmadas desde hacía largo tiempo. Los centros revolucionarios de la provincia estaban, pues, paralizados. Cualquier intento de insurrección aquí debía terminar, como ya se había visto en Düsseldorf, con la victoria de las tropas; otra victoria tal, por ejemplo en Colonia, y el levantamiento de Berg y la Marca quedaba moralmente aniquilado, a pesar de las demás noticias favorables. En la orilla izquierda del Rin era posible un movimiento en el Mosela, en el Eifel y en el distrito industrial de Crefeld; pero esa zona estaba rodeada por seis fortalezas y tres ciudades con guarnición. La orilla derecha del Rin ofrecía, en cambio, en los distritos ya sublevados, un terreno densamente poblado, extenso, cubierto de bosques y montañas, como creado para una guerra de insurrección.

Si se quería, pues, apoyar a los distritos sublevados, solo cabía una cosa:

Ante todo, evitar en las fortalezas y ciudades con guarnición todo alboroto inútil,

En la orilla izquierda del Rin, hacer una diversión en las ciudades más pequeñas, en las localidades fabriles y en el campo, para mantener en jaque a las guarniciones renanas;

Por último, lanzar todas las fuerzas disponibles al distrito insurgente de la orilla derecha del Rin, propagar más la insurrección e intentar organizar allí, mediante la Landwehr, el núcleo de un ejército revolucionario.

Los nuevos héroes prusianos de las revelaciones no deben regocijarse demasiado pronto por el complot de alta traición aquí revelado. Por desgracia, no ha existido complot alguno. Las tres medidas arriba mencionadas no son un plan de conspiración, sino una simple propuesta que partió del autor de estas líneas, y precisamente en el momento en que él mismo partía para Elberfeld a fin de impulsar la ejecución del tercer punto. Gracias a la desorganización del partido democrático y del partido obrero, gracias a la indecisión y hábil reserva de la mayoría de los dirigentes locales surgidos de la pequeña burguesía, gracias, finalmente, a la falta de tiempo, no se llegó en absoluto a conspirar. Por eso, si bien en la orilla izquierda del Rin se produjo ciertamente el comienzo de una diversión, si estallaron disturbios en Kempen, Neuss y alrededores, y en Prüm se asaltó el arsenal, estos hechos no fueron en modo alguno consecuencia de un plan común, sino que fueron provocados únicamente por el instinto revolucionario de la población.

La pequeña burguesía había tomado en sus manos la dirección de los asuntos mediante el comité de seguridad formado en el primer momento. Apenas lo hubo conseguido, se asustó de su propio poder, por exiguo que fuera. Su primer acto fue hacerse legitimar por el concejo municipal, es decir, por la gran burguesía, y, en agradecimiento por la complacencia del concejo, admitir a cinco de sus miembros en el comité de seguridad. Este comité de seguridad, así reforzado, se deshizo de inmediato de toda actividad peligrosa, encomendando la preocupación por la seguridad exterior a una comisión militar, pero reservándose él mismo una supervisión moderadora y paralizante sobre dicha comisión. De este modo, a salvo de todo contacto con la insurrección, trasplantados por los propios padres de la ciudad al terreno del derecho, los temblorosos pequeñoburgueses del comité de seguridad podían limitarse a calmar los ánimos, a despachar los asuntos corrientes, a «esclarecer equívocos», a contemporizar, a alargar el asunto y a paralizar toda actividad enérgica con el pretexto de que era preciso esperar ante todo la respuesta a las diputaciones enviadas a Berlín y Fráncfort. El resto de la pequeña burguesía marchaba naturalmente de la mano con el comité de seguridad, contemporizaba por doquier, impedía en lo posible toda continuación de las medidas de defensa y del armamento, y vacilaba sin cesar acerca de los límites de su participación en la insurrección. Sólo una pequeña parte de esta clase estaba decidida a defenderse con las armas en la mano en caso de que la ciudad fuera atacada. La gran mayoría se engañaba a sí misma creyendo que sus meras amenazas y el temor al casi inevitable bombardeo de Elberfeld moverían al gobierno a hacer concesiones; por lo demás, se mantenía en todo caso las espaldas libres.

La gran burguesía quedó como fulminada en el primer instante después del combate. Veía surgir ante su fantasía espantada incendios, asesinatos, saqueos y sabe Dios qué horrores. La constitución del comité de seguridad, cuya mayoría —concejales, abogados, procuradores del Estado, personas de orden— le ofreció de repente una garantía para la vida y la propiedad, la llenó, por tanto, de un entusiasmo más que fanático. Aquellos mismos grandes comerciantes, tintoreros de rojo turco, fabricantes, que hasta entonces habían difamado a los señores Karl Hecker, Riotte, Höchster, etc., como terroristas sedientos de sangre, se precipitaron ahora en masa al ayuntamiento, abrazaron a esos mismos presuntos sanguinarios con la más febril ternura y depositaron miles de táleros sobre la mesa del comité de seguridad. De suyo se comprende que esos mismos entusiastas admiradores y sostenedores del comité de seguridad, después de terminado el movimiento, no sólo difundieron las mentiras más absurdas y más viles acerca del movimiento mismo, sino también acerca del comité de seguridad y de sus miembros, y agradecieron a los prusianos con la misma ternura que los hubiesen liberado de un terrorismo que jamás había existido. Inofensivos ciudadanos constitucionales, como los señores Hecker, Höchster y el procurador del Estado Heintzmann, eran presentados nuevamente como hombres del terror, como devoradores de hombres, en cuyo rostro llevaban escrito el parentesco con Robespierre y Danton. Consideramos un deber nuestro absolver por completo a dichos honrados varones de esta acusación. Por lo demás, la mayor parte de la alta burguesía se puso lo más rápidamente posible, con mujer e hijos, bajo la protección del estado de sitio de Düsseldorf, y sólo la parte menor, más animosa, permaneció para proteger su propiedad en todo caso. El alcalde mayor permaneció escondido durante la insurrección en una calesa volcada y cubierta de estiércol. El proletariado, unido en el momento de la lucha, se escindió tan pronto como se puso de manifiesto la vacilación del comité de seguridad y de la pequeña burguesía. Los artesanos, los verdaderos obreros fabriles, una parte de los tejedores de seda, estaban decididamente por el movimiento; pero ellos, que formaban el núcleo del proletariado, no tenían casi armas. Los tintoreros de rojo, una robusta y bien pagada clase obrera, tosca y por eso reaccionaria como todas las fracciones de trabajadores en cuyo oficio importa más la fuerza corporal que la habilidad, se habían vuelto ya completamente indiferentes en los primeros días. Ellos solos, de todos los obreros industriales, siguieron trabajando durante el tiempo de las barricadas sin dejarse estorbar. El lumpemproletariado, en fin, como en todas partes, desde el segundo día del movimiento, era venal; por la mañana pedía al comité de seguridad armas y soldada, y por la tarde se dejaba comprar por la gran burguesía para proteger sus edificios o para derribar por la noche las barricadas. En conjunto, estaba de parte de la burguesía, que le pagaba mejor y con cuyo dinero se daba la gran vida mientras duró el movimiento.

La negligencia y la cobardía del comité de seguridad, la desunión de la comisión militar, en la que el partido de la inactividad tuvo al principio la mayoría, impidieron desde un principio toda actuación decidida. Desde el segundo día se inició la reacción. Desde el comienzo se puso de manifiesto que en Elberfeld sólo se podía contar con éxito bajo la bandera de la Constitución del Reich y de acuerdo con la pequeña burguesía. Por una parte, el proletariado —precisamente aquí— llevaba demasiado poco tiempo arrancado del pantano del aguardiente y del pietismo como para que la menor idea acerca de las condiciones de su emancipación hubiera podido penetrar en las masas; por otra parte, sentía un odio demasiado instintivo contra la burguesía, le era demasiado indiferente la cuestión burguesa de la Constitución del Reich, como para que pudiera entusiasmarse por semejantes intereses tricolores. El partido decidido, el único que tomaba en serio la defensa, quedó así en una posición falsa. Se declaró partidario de la Constitución del Reich. Pero la pequeña burguesía desconfiaba de él, lo difamaba de todas maneras ante el pueblo y entorpecía todas sus medidas de armamento y fortificación. Cada orden que pudiera servir para poner realmente a la ciudad en estado de defensa era inmediatamente contramandada por el primer miembro del comité de seguridad que se presentaba. Cada filisteo ante cuya puerta se levantaba una barricada corría de inmediato al ayuntamiento y se procuraba una contraorden. Los medios pecuniarios para pagar a los trabajadores de las barricadas —y sólo exigían lo más indispensable para no morirse de hambre— tenían que ser arrancados con esfuerzo y en la medida más escasa al comité de seguridad. La soldada y el mantenimiento de los armados se atendían irregularmente y a menudo eran insuficientes. Durante cinco o seis días no se logró organizar ni una revista ni un toque de tambor de los armados, de suerte que nadie sabía con cuántos combatientes se podía contar para el caso de necesidad. Sólo al quinto día se intentó una división de los armados, que jamás llegó a realizarse y que se basaba en un total desconocimiento de las fuerzas disponibles. Cada miembro del comité de seguridad obraba por su propia cuenta. Las órdenes más contradictorias se entrecruzaban, y la mayoría de ellas sólo coincidían en que aumentaban la confusión bonachona e impedían todo paso enérgico. De este modo, el movimiento acabó por repugnar al proletariado, y al cabo de pocos días los grandes burgueses y los pequeñoburgueses consiguieron su objetivo de tornar a los obreros lo más indiferentes posible.

Cuando llegué a Elberfeld el 11 de mayo, había por lo menos de 2.500 a 3.000 armados. Pero de esos armados sólo eran de fiar los refuerzos forasteros y los pocos obreros armados de Elberfeld. La milicia provincial vacilaba; la mayoría sentía un enorme pavor a la pena de cadena. Al principio eran poco numerosos, pero se reforzaron con el ingreso de todos los indecisos y miedosos de los demás destacamentos. Finalmente, la milicia ciudadana, aquí reaccionaria desde el primer momento y erigida directamente para la represión de los obreros, se declaró neutral y sólo quería proteger su propiedad. Todo esto no se puso de manifiesto, sin embargo, hasta el transcurso de los días siguientes; entre tanto, una parte de los refuerzos forasteros y de los obreros se fue dispersando, la cifra de las fuerzas realmente combatientes se redujo a consecuencia del estancamiento del movimiento, mientras que la milicia ciudadana se mantenía cada vez más unida y daba a entender con menos disimulo, día tras día, sus apetitos reaccionarios. En las últimas noches ya derribó cierto número de barricadas. Los refuerzos armados, que al principio pasaban seguramente de 1.000 hombres, se habían reducido ya a la mitad el 12 o el 13, y cuando por fin se llegó a un toque general, se comprobó que toda la fuerza armada con que se podía contar ascendía a lo sumo a setecientos u ochocientos hombres. La milicia provincial y la ciudadana se negaron a presentarse a ese toque.

Y aún no es bastante. El Elberfeld insurrecto estaba rodeado de localidades supuestamente «neutrales». Barmen, Kronenberg, Lennep, Lüttringhausen, etc., no se habían sumado al movimiento. Los obreros revolucionarios de esos lugares, en la medida en que tenían armas, habían marchado a Elberfeld. La milicia ciudadana, en todas esas localidades puro instrumento en manos de los fabricantes para sojuzgar a los obreros, compuesta por los fabricantes, sus capataces de fábrica y los tenderos enteramente dependientes de los fabricantes, dominaba esos lugares en interés del «orden» y de los fabricantes. Los obreros mismos, mantenidos bastante extraños al movimiento político a causa de su dispersión más campestre, habían sido llevados en parte al lado de...

...llevado a los fabricantes; entre los campesinos, la calumnia surtía un efecto del todo infalible. A ello se añadía que el movimiento caía en un momento en que, tras quince meses de crisis comercial, los fabricantes volvían a tener por fin pedidos en abundancia y en que, como es sabido, con obreros bien empleados no hay revolución que hacer —circunstancia ésta que también influyó de manera muy considerable en Elberfeld. Salta a la vista que, en medio de todas estas circunstancias, los vecinos «neutrales» no eran sino otros tantos enemigos encubiertos.

Más aún. La comunicación con los demás distritos insurrectos no se había establecido de ningún modo. De vez en cuando llegaban de Hagen personas aisladas; de Iserlohn no se sabía casi nada. Algunos particulares se ofrecían como emisarios, pero en ninguno se podía confiar. Según se dice, varios mensajeros entre Elberfeld y Hagen fueron arrestados en Barmen y sus alrededores por la milicia ciudadana. El único lugar con el que se estaba en comunicación era Solingen, y allí las cosas tenían exactamente el mismo aspecto que en Elberfeld. Si allí no presentaban peor aspecto, era sólo gracias a la buena organización y a la resolución de los obreros de Solingen, que habían enviado de 400 a 500 hombres armados a Elberfeld y seguían siendo todavía lo bastante fuertes como para mantener en equilibrio en su localidad a su burguesía y a su milicia ciudadana. Si los obreros de Elberfeld hubiesen estado tan desarrollados y tan organizados como los de Solingen, las posibilidades habrían sido completamente distintas.

En estas circunstancias, sólo cabía ya una cosa: tomar algunas medidas rápidas y enérgicas que volviesen a infundir vida al movimiento, le aportasen nuevas fuerzas combativas, paralizasen a sus enemigos interiores y lo organizasen con la mayor energía posible en todo el distrito industrial de Berg y Mark.

El primer paso era el desarme de la milicia ciudadana de Elberfeld y el reparto de sus armas entre los obreros, así como la imposición de una

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contribución forzosa para el sustento de los obreros así armados. Este paso rompía decididamente con toda la flojedad mantenida hasta entonces por el Comité de Seguridad, daba nueva vida al proletariado y paralizaba la capacidad de resistencia de los distritos «neutrales». Lo que luego hubiera habido que hacer para obtener también armas de estos distritos, extender más la insurrección y organizar regularmente la defensa de todo el distrito, dependía del éxito de este primer paso. Con un acuerdo del Comité de Seguridad en la mano y con los cuatrocientos de Solingen como única fuerza, la milicia ciudadana de Elberfeld hubiera sido, por lo demás, desarmada en un abrir y cerrar de ojos. Su heroísmo no valía la pena de ser mencionado.

A la seguridad de los acusados de mayo de Elberfeld, que aún se hallan en prisión, les debo la declaración de que todas estas propuestas partieron única y exclusivamente de mí. El desarme de la milicia ciudadana lo defendí desde el primer instante en que los medios financieros del Comité de Seguridad empezaron a menguar.

Pero el loable Comité de Seguridad no se sintió de ningún modo obligado a entrar en semejantes «medidas terroristas». Lo único que conseguí imponer, o más bien que hice ejecutar por cuenta propia con algunos jefes de corps –que todos escaparon felizmente y en parte están ya en América–, fue la recogida de unos ochenta fusiles de la milicia ciudadana de Kronenberg, que se custodiban en el ayuntamiento de allí. Y estos fusiles, repartidos de la manera más irreflexiva, fueron a parar en su mayoría a manos de lumpenproletarios ávidos de aguardiente, que aquella misma noche los vendieron a los burgueses. Pues, en efecto, estos señores burgueses enviaron agentes entre el pueblo para comprar la mayor cantidad posible de fusiles y pagaron por ellos un precio bastante elevado. Así, el lumpenproletariado de Elberfeld entregó a los burgueses varios cientos de fusiles que habían caído en sus manos por la negligencia y el desorden de las autoridades improvisadas. Con estos fusiles se armó a los capataces de fábrica, a los tintoreros más leales, etc., etc., y las filas de la milicia ciudadana «bienintencionada» se reforzaron de día en día.

Los señores del Comité de Seguridad respondían a toda propuesta para la mejor defensa de la ciudad que todo eso era inútil, que los prusianos se guardarían muy bien de venir, que no se aventurarían en las montañas, etc., etc. Ellos mismos sabían muy bien que con ello difundían las fábulas más toscas, que la ciudad podía ser batida desde todas las alturas incluso con artillería de campaña, que no se había preparado absolutamente nada para una defensa siquiera medianamente seria y que, ante el estancamiento de la insurrección y la colosal superioridad prusiana, sólo acontecimientos del todo extraordinarios podían salvar la sublevación de Elberfeld.

La generalidad prusiana tampoco parecía tener, por lo demás, verdadero deseo

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La campaña por la constitución del Reich – I. Prusia renana

de adentrarse en un terreno que le era casi por completo desconocido, antes de haber concentrado una fuerza militar verdaderamente aplastante en todo caso. Las cuatro ciudades abiertas de Elberfeld, Hagen, Iserlohn y Solingen imponían tanto a estos cautos héroes de guerra, que hicieron venir de Wesel, Westfalia y las provincias orientales, en parte por ferrocarril, un ejército completo de veinte mil hombres con numerosa caballería y artillería y, sin osar un ataque, lo hicieron formar en orden de batalla regular tras el Ruhr. El mando supremo y el estado mayor, el ala derecha, el centro, todo estaba en el más hermoso orden, exactamente como si se tuviera enfrente un colosal ejército enemigo, como si se tratara de una batalla contra un Bern o un Dembinski, y no de una lucha desigual contra algunos cientos de obreros no organizados, mal armados, casi sin jefes y traicionados a sus espaldas por aquellos que les habían puesto las armas en la mano.

Se sabe cómo ha terminado la insurrección. Se sabe cómo los obreros, hastiados del eterno aplazamiento, de la cobardía vacilante y del traicionero adormecimiento de la pequeña burguesía, partieron por fin de Elberfeld para abrirse camino hacia el primer país que les ofreciera alguna protección bajo la constitución del Reich. Se sabe qué cacería se hizo contra ellos por medio de ulanos prusianos y de campesinos azuzados. Se sabe cómo, inmediatamente después de su partida, la gran burguesía volvió a salir a rastras, hizo desmontar las barricadas y erigió arcos de triunfo a los héroes prusianos que se acercaban. Se sabe cómo Hagen y Solingen fueron entregadas a los prusianos por traición directa de la burguesía, y cómo sólo Iserlohn libró un combate desigual de dos horas a los vencedores de Dresde, el 24.º regimiento, ya cargados de botín.

Una parte de los obreros de Elberfeld, Solingen y Mülheim llegó felizmente hasta el Palatinado. Allí encontraron a sus paisanos, los fugitivos del asalto al arsenal de Prüm. Junto con éstos formaron una compañía, compuesta casi exclusivamente de renanos, en el cuerpo franco de Willich. Todos sus camaradas deben darles el testimonio de que, dondequiera que entraron en fuego, y en particular en el último combate decisivo, en el Murg, se batieron muy bravamente. —

La insurrección de Elberfeld merecía ya una descripción más detallada porque precisamente aquí la posición de las distintas clases en el movimiento por la constitución del Reich se manifestó del modo más nítido y se desarrolló de la manera más plena. En las demás ciudades de Berg y Mark, el movimiento se asemejaba por completo al de Elberfeld, sólo que allí la participación o no par-

ticipación de las distintas clases en el movimiento se entremezclaba más, porque allí las clases mismas no están tan netamente separadas como en el

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centro industrial del distrito. En el Palatinado y en Baden, donde casi no existe la gran industria concentrada y, con ella, la gran burguesía desarrollada, donde las relaciones de clase se entremezclan de manera mucho más apacible y patriarcal, la mezcolanza de las clases que eran portadoras del movimiento resultaba aún mucho más confusa. Esto lo veremos más tarde, pero también veremos al mismo tiempo cómo todos estos elementos accesorios de la sublevación acaban finalmente por agruparse en torno a la pequeña burguesía como núcleo de cristalización de toda la magnificencia de la constitución del Reich.

Las tentativas de sublevación en la Prusia renana en mayo del año pasado ponen claramente de relieve qué posición puede ocupar esta parte de Alemania en un movimiento revolucionario. Cercada por siete fortalezas, de las cuales tres son de primer rango para Alemania, constantemente ocupada por casi la tercera parte de todo el ejército prusiano, surcada en todas direcciones por ferrocarriles, con toda una flota de transporte a vapor a disposición del poder militar, una insurrección renana sólo tiene alguna posibilidad de éxito bajo condiciones del todo extraordinarias. Sólo cuando las ciudadelas estén en manos del pueblo pueden los renanos conseguir algo con las armas en la mano. Y este caso sólo puede darse, bien cuando el poder militar es aterrorizado y privado de cabeza por formidables acontecimientos externos, bien cuando el ejército se pronuncia total o parcialmente por el movimiento. En cualquier otro caso, una sublevación en la provincia del Rin está de antemano perdida. Una marcha rápida de los badenses hacia Fráncfort y de los palatinos hacia Tréveris hubiera tenido probablemente el efecto de que la insurrección estallase de inmediato en el Mosela y en el Eifel, en Nassau y en las dos Hesse, de que las tropas de los estados del Rin medio, entonces todavía bien dispuestas, se hubiesen adherido al movimiento. No está sujeto a duda alguna que todas las tropas renanas, y en particular toda la 7.ª y 8.ª brigada de artillería, hubieran seguido su ejemplo, que al menos hubieran manifestado su actitud con suficiente estrépito como para hacer perder la cabeza a la generalidad prusiana. Probablemente varias fortalezas hubieran caído en manos del pueblo, y si no Elberfeld, sí en todo caso la mayor parte de la orilla izquierda del Rin hubiera sido salvada. Todo esto, y quizás mucho más, se ha perdido por la política sórdida, pequeñoburguesa y cobarde del sapientísimo Comité Regional badense.

Con la derrota de los obreros renanos se fue a pique también el periódico en el que ellos veían representados sus intereses de manera única, abierta y decidida: la Neue Rheinische Zeitung. El redactor jefe, aunque renano de nacimiento, fue expulsado de Prusia; a los otros redactores les esperaba a unos la detención directa y a otros la expulsión inmediata. La policía de Colonia

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La campaña por la constitución del Reich – II. Karlsruhe

declaró esto con la mayor ingenuidad y demostró de forma muy detallada que contra cada uno conocía hechos suficientes para poder proceder en uno u otro sentido. Así, el periódico, en el instante mismo en que su difusión, crecida con una rapidez inaudita, ponía su existencia más que segura, tuvo que dejar de aparecer. Los redactores se repartieron por los diversos países alemanes insurrectos o aún por insurreccionar; varios fueron a París, donde se avecinaba un nuevo viraje. No hay ninguno entre ellos que, durante o a consecuencia de los movimientos de este verano, no haya sido detenido o expulsado, alcanzando así el destino que la policía de Colonia tuvo la bondad de prepararle. Una parte de los cajistas fue al Palatinado y se incorporó al ejército.

También la insurrección renana tuvo que terminar trágicamente. Después de que tres cuartas partes de la provincia del Rin fueran puestas en estado de sitio, después de que cientos de personas fueran arrojadas a prisión, concluye con el fusilamiento de tres de los asaltantes del arsenal de Prüm en la víspera del cumpleaños de Federico Guillermo IV de Hohenzollern. ¡Vae victis!

II.
Karlsruhe.

El levantamiento en Baden se produjo en medio de las circunstancias más favorables
en que pueda hallarse una insurrección. Todo el pueblo estaba unido
en el odio contra un gobierno pérfido, servil a la delación y cruel en sus persecuciones
políticas. Las clases reaccionarias, la nobleza,
la burocracia y la gran burguesía, eran poco numerosas. Una gran
burguesía, en general, sólo existe en Baden en estado embrionario. Con excepción
de estos pocos nobles, funcionarios y burgueses, con excepción de
los tenderos que viven de la corte y de los forasteros ricos en Karlsruhe y Baden-Baden,
con excepción de algunos profesores de Heidelberg y de media
docena de pueblos de campesinos en los alrededores de Karlsruhe, todo el país estaba indivisiblemente a favor del
movimiento. El ejército, que en otros levantamientos tuvo que ser primero derrotado,
el ejército, vejado por sus oficiales nobles más que en ninguna otra parte,
trabajado desde hacía un año por el partido democrático, | mezclado desde poco antes,
mediante la introducción de una especie de servicio militar obligatorio universal, con aún más elementos
rebeldes, el ejército se puso aquí a la cabeza del
movimiento y lo impulsó incluso más allá de lo que querían los directores burgueses de la asamblea de
Offenburg. Justamente fue el ejército el que en Rastatt y
Karlsruhe transformó el “movimiento” en una insurrección.
El gobierno insurreccional encontró, pues, a su entrada en funciones, un ejército

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Friedrich Engels

ya preparado, arsenales abundantemente provistos, una maquinaria
estatal completamente organizada, un tesoro público repleto y una población prácticamente
unánime. Encontró además, en la margen izquierda del Rin, en el Palatinado, una
insurrección ya en marcha que le cubría el flanco izquierdo; en la Prusia renana
una insurrección que, si bien fuertemente amenazada, aún no estaba vencida;
en Wurtemberg, en Franconia, en ambos Hesse y en Nassau una agitación
general, incluso dentro del ejército, que sólo necesitaba una chispa para
repetir el levantamiento badense en toda Alemania meridional y central y
poner a disposición de la rebelión al menos 50.000—60.000 hombres de tropas regulares.

Lo que había que hacer en estas circunstancias es tan simple y palmario
que ahora, después de la represión del levantamiento, todo el mundo lo sabe, todo
el mundo afirma haberlo dicho desde el principio. Se trataba,
inmediatamente y sin vacilar un instante, de extender el levantamiento,
hacia Hesse, Darmstadt, Fráncfort, Nassau y Wurtemberg. Se trataba
de reunir de inmediato 8.000—10.000 hombres de entre las tropas regulares disponibles —con el ferrocarril podía hacerse en dos días—
y lanzarlos sobre Fráncfort —“para protección de la Asamblea Nacional”.
El asustado gobierno de Hesse estaba como paralizado por los avances
del levantamiento, que se sucedían golpe tras golpe; sus
tropas eran notoriamente favorables a los badenses; tan poco como el Senado de Fráncfort, podían
oponer la más mínima resistencia. Las
tropas de Hesse electoral, de Wurtemberg y de Darmstadt estacionadas en Fráncfort estaban a favor del movimiento; | los prusianos allí destacados—en su mayoría renanos—
vacilaban; los austríacos eran poco numerosos. La llegada
de los badenses, ya se intentase impedirla o no,
llevaría la insurrección hasta el corazón de ambos Hesse y de Nassau, forzaría
la retirada de los prusianos y austríacos hacia Maguncia y pondría a la
temblorosa así llamada Asamblea Nacional alemana bajo la influencia aterrorizadora de una
población insurgente y de un ejército insurgente.
Si el levantamiento en el Mosela, en el Eifel, en Wurtemberg y
Franconia no estallaba entonces por sí mismo, había medios suficientes para llevarlo también a estas
provincias.

Había que centralizar, además, el poder de la insurrección, poner a su disposición los
medios financieros necesarios e interesar en la insurrección a la gran mayoría agrícola de la población mediante la inmediata abolición de todas las
cargas feudales. El establecimiento de un poder central común para
la guerra y las finanzas, con la plenipotencia para emitir papel moneda*), primero
para Baden y el Palatinado, la supresión de todas las cargas feudales en Baden y en cada

*) Las cámaras badenses habían aprobado anteriormente una emisión de dos millones en papel moneda,
de los cuales no se había gastado ni un kreuzer.

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distrito ocupado por el ejército insurreccional habría bastado por de pronto
para dar al levantamiento un carácter completamente distinto y enérgico.

Todo esto, sin embargo, debía hacerse en el primer instante, para ejecutarlo con la
rapidez que era lo único que podía asegurar el éxito.
Ocho días después de la instauración del Comité Nacional ya era demasiado tarde.
La insurrección renana estaba reprimida, Wurtemberg y Hesse no se
movían, los cuerpos de tropas inicialmente favorables se volvieron inseguros,
y acabaron siguiendo otra vez por completo a sus oficiales reaccionarios. El
levantamiento había perdido su carácter general alemán, se había convertido en un

levantamiento local puramente badense o badense-palatino.

Según supe después de terminada la lucha, el antiguo
teniente segundo badense F. Sigel, que durante el levantamiento se granjeó como “coronel”
y más tarde como | “general en jefe” un laurel enano más o menos equívoco,
presentó desde el principio al Comité Nacional un plan
según el cual debía tomarse la ofensiva. Este plan tiene el
mérito de contener la idea correcta de que en todas las circunstancias
había que atacar; por lo demás, es el más aventurero que podía
proponerse. Sigel quería avanzar primero con un cuerpo badense a Hohenzollern y proclamar la república de Hohenzollern,
tomar luego Stuttgart y, desde allí, tras sublevar Wurtemberg, marchar sobre
Núremberg y levantar un gran campamento en el corazón de Franconia, igualmente insurgida.
Salta a la vista que este plan no tomaba en absoluto en consideración la importancia moral
de Fráncfort, cuya posesión daba por primera vez a la insurrección un carácter general
alemán, ni la importancia estratégica de la línea del Meno. Se ve que presuponía fuerzas completamente distintas
de las realmente disponibles, y que se perdía finalmente, tras una
incursión completamente quijotesca o a lo Schill, a la buena de Dios, para —
echarle al levantamiento en los talones al más fuerte de todos los ejércitos de Alemania meridional, el único
decididamente hostil, el bávaro, antes aún de que pudiera reforzarse con el paso
de las tropas de Hesse y Nassau.

El nuevo gobierno no emprendió ofensiva alguna, con el
pretexto de que los soldados, casi en su totalidad, se habían dispersado y marchado a casa.
Aparte de que esto sólo era el caso en unos pocos cuerpos de tropas,
particularmente en el regimiento de la Guardia, incluso estos
soldados dispersos volvieron casi todos a sus banderas en el plazo de tres días.

El gobierno tenía, dicho sea de paso, razones muy distintas para oponerse a toda ofensiva.

A la cabeza de toda la agitación por la Constitución del Reich en Baden estaba
el señor Brentano, un abogado que, con la ambición, siempre un tanto mezquina,

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Friedrich Engels

de un hombre del pueblo de un pequeño Estado alemán, y con la aparente
probidad de convicciones que en Alemania meridional es en general la primera condición de
toda popularidad, unía una cierta astucia diplomática que
bastaba para dominar completamente | todo su entorno, con excepción acaso de uno
solo. El señor Brentano —se ha vuelto trivial decirlo ahora,
pero es correcto— el señor Brentano y su partido, el más fuerte en el país,
no exigían en la asamblea de Offenburg otra cosa que cambios
en la política del Gran Duque que sólo eran posibles con un ministerio Brentano.
La respuesta del Gran Duque, la agitación general,
provocaron la revuelta militar de Rastatt —contra la voluntad y las intenciones
de Brentano. En el momento en que el señor Brentano fue puesto a la cabeza
del Comité Nacional, ya estaba superado por el movimiento,
ya tenía que intentar frenarlo. Vino a añadirse entonces el motín en Karlsruhe;
el Gran Duque huyó, y la misma circunstancia que llamó al señor Brentano
a la cabeza de la administración, que le dio, por así decirlo, el poder dictatorial,
frustró todos sus planes, lo llevó a emplear este poder contra el mismo
movimiento que le había procurado el poder. Mientras el pueblo
se regocijaba por la retirada del Gran Duque, el señor Brentano y
su fiel Comité Nacional estaban como sobre ascuas.

Este Comité Nacional, compuesto casi exclusivamente de probos ciudadanos badenses
de los más sólidos sentimientos y de las más confusas cabezas,
de “republicanos puros” que temblaban ante la proclamación de la República
y se santiguaban ante la más mínima medida enérgica —este auténtico
comité pequeñoburgués dependía naturalmente por completo de Brentano. El papel
que en Elberfeld había asumido el abogado Höchster, ese papel
lo asumió aquí, en un terreno algo más amplio, el abogado Brentano. De
los tres elementos exóticos que llegaron de la prisión al Comité Nacional,
Blind, Fickler y Struve, Blind se vio de tal manera envuelto por las intrigas
de Brentano que a él, que estaba completamente solo, no le quedó otra
salida que marchar al exilio a París en calidad de representante de Baden;
Fickler tuvo que asumir una peligrosa misión en Stuttgart;
Struve le pareció al señor Brentano tan poco peligroso que lo toleró tranquilamente
en el Comité Nacional, lo vigiló e intentó volverlo impopular, | cosa
que le salió a la perfección. Se sabe cómo Struve fundó
con otros varios un “Club del progreso decidido (o, mejor dicho, mesurado)”,
que fue disuelto tras una fallida manifestación. Pocos días después, Struve estaba en el Palatinado, más o menos
“fugitivo”, e intentaba de nuevo publicar allí su “Deutscher Zuschauer”.
Apenas había aparecido el número de muestra cuando entraron los prusianos.

El Comité Nacional, desde el principio un puro instrumento de Brentano,

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eligió un comité ejecutivo, a cuya cabeza estaba otra vez Brentano.
Muy pronto este comité ejecutivo sustituyó casi por completo al Comité Nacional, a lo sumo
le hacía confirmar los créditos y las medidas tomadas,
y alejaba a los miembros más o menos inseguros
del comité mayor mediante todo tipo de misiones subalternas en los distritos
o hacia el ejército. Finalmente, eliminó por completo al Comité Nacional mediante
la “Constituyente”, elegida enteramente bajo la influencia de Brentano, y se transformó
en un “gobierno provisional”, cuyo jefe era naturalmente, una vez más, el señor
Brentano. Él fue quien nombró a los ministros. ¡Y qué ministros
—Florian Mördes y Mayerhofer!

El señor Brentano era el representante más perfecto de la pequeña burguesía
badense. Se distinguía de la masa de los pequeños burgueses y de sus
demás representantes sólo en que era demasiado clarividente para compartir todas sus
ilusiones. El señor Brentano traicionó la insurrección badense desde
el primer instante, y precisamente por eso, porque comprendió la situación
de las cosas desde el primer instante más correctamente que cualquier otra
persona oficial en Baden, porque tomó las únicas medidas que
conservarían el dominio a la pequeña burguesía, pero que asimismo, por eso mismo,
tenían que conducir a la ruina a toda la insurrección. Este es el secreto
de la ilimitada popularidad de Brentano en aquel tiempo, y al mismo tiempo el secreto
de los insultos que sus antiguos adoradores acumulan sobre él desde julio.
Los pequeños burgueses badenses, por su número, eran la masa, | [68] traidores
tan consumados como Brentano; a la vez eran engañados, cosa que él no era.
Traicionaban por cobardía, se dejaban engañar por estupidez.

En Baden, como en general en el sur de Alemania, casi no existe una gran burguesía. La industria y el comercio del país son insignificantes. Por consiguiente, solo existe un proletariado muy poco numeroso, muy disperso y poco desarrollado. La masa de la población se divide en campesinos (la mayoría), pequeñoburgueses y oficiales artesanos. Estos últimos, los obreros urbanos, diseminados en pequeñas ciudades, sin ningún centro de mayor importancia donde pudiera formarse un partido obrero independiente, están o, al menos, han estado hasta ahora bajo la influencia social y política predominante de los pequeñoburgueses. Los campesinos, aún más dispersos por la superficie del país, sin medios de instrucción, tienen de todos modos con los pequeñoburgueses intereses en parte coincidentes, en parte, por así decirlo, paralelos, y por eso se hallaban también bajo su tutela política. Los pequeñoburgueses, representados por abogados, médicos, maestros de escuela, algunos comerciantes y libreros, dominaban, pues, en parte directamente, en parte por medio de sus representantes, todo el movimiento político en Baden desde marzo de 1848.

A esta ausencia del antagonismo entre burguesía y proletariado y al consiguiente predominio político de la pequeña burguesía se debe el que en Baden no haya existido nunca propiamente una agitación socialista. Los elementos socialistas que penetraron desde fuera, ya fuera por medio de obreros que habían estado en países más desarrollados, ya por el influjo de la literatura socialista y comunista francesa o alemana, no pudieron abrirse paso jamás. La corbata roja y la bandera roja no significaban en Baden otra cosa que la república burguesa, a lo sumo con alguna mezcla de terrorismo, y las «seis plagas de la humanidad» descubiertas por el señor Struve, por muy burguesamente inocentes que sean, eran lo más extremado que podía hallar eco en la masa. El ideal supremo del pequeñoburgués y del campesino badense siguió siendo siempre la pequeña república burguesa-campesina, tal como existe en Suiza desde 1830. Un pequeño campo de actividad para gentes pequeñas y modestas, el Estado una comunidad algo ampliada, un «cantón»; una industria pequeña, estable, basada en el trabajo manual, que determina un estado social igualmente estable y soñoliento; poca riqueza, poca pobreza, exclusivamente clase media y medianía; ningún príncipe, ninguna lista civil, ningún ejército permanente, casi ningún impuesto; ninguna participación activa en la historia, ninguna política exterior, nada más que chismorreo local y pequeñas querellas en famille; ninguna gran industria, ningún ferrocarril, ningún comercio mundial, ninguna colisión social entre millonarios y proletarios, sino una vida tranquila y apacible en toda piedad y respetabilidad, en la modesta pequeñez ahistórica de almas satisfechas: ésa es la plácida Arcadia que existe en la mayor parte de Suiza y por cuya implantación han suspirado durante años el pequeñoburgués y el campesino badenses. Y cuando, en momentos de entusiasmo más audaz, el pensamiento del pequeñoburgués badense y —digámoslo— del pequeñoburgués sudalemán en general se amplía hasta la idea de toda Alemania, el ideal del porvenir de Alemania que le ronda es la figura de una Suiza agrandada, la figura de la república federativa. Así también el señor Struve, en un folleto, ha dividido ya a Alemania en 24 cantones, con otros tantos Landammann y consejos grandes y pequeños, e incluso ha adjuntado al folleto el mapa con la división ya acabada. Si Alemania pudiera convertirse alguna vez en semejante Arcadia, habría llegado con ello a un grado de envilecimiento que ni siquiera en sus épocas más ignominiosas había sospechado hasta ahora.

Entre tanto, los pequeñoburgueses sudalemanes habían experimentado ya más de una vez que una revolución, aun llevando su propia bandera burguesa-republicana, muy fácilmente podía arrastrar su amada y tranquila Arcadia en el torbellino de conflictos mucho más colosales, de verdaderas luchas de clases. De ahí el miedo de los pequeñoburgueses, no sólo a toda sacudida revolucionaria, sino también a su propio ideal de la república federada del tabaco y de la cerveza. De ahí su entusiasmo por la Constitución del Reich, que al menos satisfacía sus intereses más inmediatos y les daba esperanzas de, con el mero veto suspensivo del emperador, implantar la república por vía legal en el momento oportuno. De ahí su sorpresa cuando los militares badenses les sirvieron en bandeja, sin preguntarles, una insurrección ya hecha; de ahí su miedo a extender la insurrección más allá de las fronteras del futuro cantón de Baden. ¡El incendio bien podría extenderse a regiones donde había grandes burgueses y un proletariado masivo, regiones donde pondría el poder en manos del proletariado, y entonces, ay de la propiedad!

¿Qué hizo, en estas circunstancias, el señor Brentano? Lo que la pequeña burguesía de la Prusia renana había hecho conscientemente, lo hizo él en Baden por la pequeña burguesía: traicionó la insurrección, pero salvó a la pequeña burguesía. De ningún modo con sus últimos actos, con su huida después de la derrota en el Murg, como se imaginaba el pequeñoburgués badense finalmente desengañado, sino desde el primer instante traicionó Brentano la insurrección. Precisamente las medidas que los filisteos badenses, y con ellos una parte de los campesinos e incluso los artesanos, más aclamaban, precisamente esas medidas entregaban el movimiento a Prusia. Precisamente porque Brentano traicionaba, se hizo tan popular, encadenó a sus talones el entusiasmo fanático del filisteo. El pequeño burgués pasaba por alto la traición al movimiento a cambio del rápido restablecimiento del orden y la seguridad, de la momentánea contención del movimiento mismo; y cuando fue demasiado tarde, cuando, comprometido en el movimiento, vio perdidos el movimiento y a sí mismo con él, clamó por la traición y se lanzó con toda la indignación del honrado hombre estafado contra su más fiel servidor.

Desde luego que también el señor Brentano fue estafado. Esperaba salir del movimiento como el gran hombre del partido «moderado», es decir, precisamente de la pequeña burguesía, y ha tenido que escapar vergonzosamente, a la noche y entre niebla, de su propio partido, de sus mejores amigos, a quienes de repente se les hizo una luz espantosa. Esperaba incluso poder mantenerse abierta la posibilidad de un puesto ministerial granducal, y en agradecimiento por su sagacidad recibe los puntapiés de todos los partidos, la imposibilidad de volver a desempeñar jamás ningún papel. ¡Pero claro, se puede ser más listo que todos los pequeñoburgueses de cualquier Estado rapiñesco alemán y, pese a ello, ver truncadas las más bellas esperanzas y arrojadas al fango las intenciones más nobles!

Desde el primer día de su gobierno, el señor Brentano hizo todo lo posible para encauzar el movimiento en el lecho filisteo que apenas había intentado desbordar. Bajo la protección de la milicia ciudadana de Karlsruhe, adicta al Gran Duque, la misma milicia que el día anterior aún había luchado contra el movimiento, entró en la Casa de los Estados para desde allí refrenar el movimiento. La revocación de los soldados desertores se hizo con la mayor morosidad posible; la reorganización de los batallones no se realizó con mayor rapidez. En cambio, se armó inmediatamente a los filisteos desarmados de Mannheim, de los que todos sabían que no combatirían y que en gran parte se unieron a la traición de Mannheim por un regimiento de dragones tras el combate de Waghäusel. No se habló para nada de una marcha sobre Frankfurt o Stuttgart, de una extensión de la insurrección a Nassau o Hesse. Si se hacía alguna propuesta de ese tipo, se desechaba inmediatamente, como la de Sigel. Hablar de emitir papel moneda hubiera sido considerado un crimen de Estado, algo comunista. El Palatinado envió delegado tras delegado: carecía de armas, no tenía fusiles, por no hablar de artillería, ni municiones; necesitaba todo lo necesario para llevar a cabo una insurrección y, en particular, para tomar las fortalezas de Landau y Germersheim; pero del señor Brentano no se obtuvo nada. Propuso el nombramiento inmediato de un mando militar conjunto, incluso la unificación de ambos países bajo un solo gobierno común. Todo fue postergado y demorado. Un pequeño subsidio en metálico fue, creo, lo único que pudo obtener el Palatinado; más tarde, cuando ya era demasiado tarde, llegaron ocho cañones con algo de munición, sin dotación ni tren de transporte, y por fin, por orden directa de Mierosławski, un batallón badense y dos morteros, de los cuales, si mal no recuerdo, uno hizo un disparo.

Con este aplazamiento y eliminación de las medidas más necesarias que hubieran podido hacer avanzar la insurrección, ya estaba traicionado todo el movimiento. En el interior se procedió con la misma desidia. De la abolición de las cargas feudales no se habló siquiera; el señor Brentano sabía muy bien que en los campesinos, sobre todo en la región montañosa, había más elementos revolucionarios de los que le convenía, y que por tanto debía frenarlos en vez de empujarlos aún más hondo en el movimiento. Los nuevos funcionarios eran en su mayoría criaturas de Brentano o totalmente incapaces; los viejos funcionarios, con excepción de los que estaban demasiado directamente comprometidos en la reacción de los últimos doce meses y por ello habían desertado por su propia cuenta, conservaron todos sus puestos, para gran júbilo de todos los ciudadanos tranquilos. Incluso el señor Struve encontraba aún, en los últimos días de mayo, motivo de alabanza en la «Revolución» por lo bien y tranquilamente que todo había transcurrido y por que casi todos los funcionarios hubieran podido permanecer en sus puestos. — Por lo demás, el señor Brentano y sus agentes obraban en el sentido de que todo, en la medida de lo posible, volviese a los viejos raíles, de que reinase el menor desasosiego y agitación posibles y de que la apariencia revolucionaria del país desapareciese cuanto antes.

En la organización militar reinaba la misma rutina. No se hacía más de lo que era imposible dejar de hacer. Las tropas eran dejadas sin jefes, sin ocupación, sin orden; el incapaz «ministro de la Guerra» Eichfeld y su sucesor, el traidor Mayerhofer, no sabían ni siquiera dislocarlas de manera tolerable. Los convoyes de tropas se cruzaban en el ferrocarril, sin objeto, sin resultado. Los batallones eran conducidos hoy aquí, mañana de vuelta, sin que nadie pudiera comprender por qué. En las guarniciones iban de una taberna a otra, porque no tenían otra cosa que hacer. Parecía como si se las quisiera desmoralizar adrede, como si el gobierno quisiera expulsarles directamente el último resto de disciplina. La organización del primer llamamiento de las llamadas

La milicia popular, es decir, todos los hombres aptos para las armas hasta los 30 años, fue confiada al conocido Joh. Ph. Becker, suizo naturalizado y oficial del ejército federal. Ignoro hasta qué punto Becker fue obstaculizado por Brentano en el cumplimiento de su misión. Pero sé que Brentano, tras la retirada del ejército del Palatinado a territorio badense, cuando las imperiosas exigencias de los palatinos, mal vestidos y mal armados, ya no pudieron ser rechazadas por más tiempo — sé que Brentano se lavó entonces las manos en inocencia con estas palabras: «Por mí, dadles lo que queráis; pero cuando vuelva el Gran Duque, ¡que sepa al menos quién le ha malgastado así sus provisiones!». Si, pues, la milicia popular badense estaba en parte mal organizada y en parte ni siquiera organizada, no cabe duda de que la culpa principal recae también aquí sobre Brentano y sobre la mala voluntad o la torpeza de sus comisarios en los distintos distritos.

Cuando Marx y yo, tras la supresión de la Neue Rheinische Zeitung, llegamos por primera vez a territorio badense — sería el 20 o el 21 de mayo, más de ocho días después de la huida del Gran Duque —, nos quedamos asombrados de la enorme negligencia con que se vigilaba, o mejor dicho no se vigilaba, la frontera. De Fráncfort a Heppenheim, toda la vía férrea ocupada por tropas del Reich de Wurtemberg y Hesse; Fráncfort y Darmstadt mismos, llenos de militares; todas las estaciones, todas las localidades, ocupadas por fuertes destacamentos; avanzadas regulares desplazadas hasta la frontera. En cambio, de la frontera a Weinheim no se veía ni un solo hombre; en Weinheim, lo mismo. La única medida de precaución era la demolición de un corto tramo de la vía férrea entre Heppenheim y Weinheim. Sólo durante nuestra presencia llegó a Weinheim un débil destacamento del regimiento de la guardia personal, a lo sumo 25 hombres. De Weinheim a Mannheim reinaba de nuevo la paz más profunda; a lo sumo, aquí y allá, algún miliciano popular suelto y demasiado alegre, que más parecía disperso o desertor que de servicio. De control fronterizo, naturalmente, ni hablar. Se entraba y salía como se quería.

En Mannheim, ciertamente, el aspecto era ya algo más marcial. Montones de soldados estaban de pie en la calle o sentados en las tabernas. La milicia popular y la guardia ciudadana hacían ejercicios en el parque, la mayoría, claro está, aún muy torpes y con malos instructores. En la casa consistorial había gran cantidad de comités, oficiales viejos y nuevos, uniformes y blusas. El pueblo se mezclaba con los soldados y los cuerpos francos; se bebía, se reía y se prodigaban caricias. Pero se veía enseguida que el primer impulso ya había pasado, que muchos estaban desagradablemente decepcionados. Los soldados estaban malcontentos; ¡nosotros hemos hecho la insurrección, decían, y ahora que toca el turno a los burgueses y deberían asumir la dirección, ahora lo dejan todo estancarse y echarse a perder! Los soldados tampoco estaban muy contentos con sus nuevos oficiales; los nuevos oficiales estaban en tensión con los antiguos partidarios del Gran Duque, de los que aún había muchos entonces, aunque diariamente desertara alguno; los viejos oficiales se veían, contra su voluntad, colocados en una situación fatal de la que no sabían cómo salir. Finalmente, por doquier se quejaban de la falta de una dirección enérgica y capaz.

En la otra orilla del Rin, en Ludwigshafen, el movimiento se nos presentó bajo un aspecto mucho más alegre. Mientras que en Mannheim una masa de jóvenes, que evidentemente pertenecían al primer llamamiento, seguían tranquilamente sus ocupaciones como si nada hubiera sucedido, aquí todo el mundo estaba armado. Cierto es que no era así en todo el Palatinado, como más tarde se vio. En Ludwigshafen reinaba la mayor unanimidad entre los cuerpos francos y la tropa. En las tabernas, que naturalmente también aquí estaban atestadas, resonaban La Marsellesa y otras canciones por el estilo. No había quejas ni murmullos; se reía, se estaba en cuerpo y alma con el movimiento y, por aquel entonces, sobre todo entre los fusileros y los cuerpos francos, se forjaban ilusiones muy disculpables e inocentes acerca de la propia invencibilidad.

En Karlsruhe la cosa adquiría ya un aire de mayor solemnidad. En el Pariser Hof se anunciaba table d’hôte a la una, pero no se empezaba hasta que habían llegado «los señores del comité del país». Semejantes pequeños obsequios daban ya al movimiento un agradable tinte burocrático.

Expusimos a varios señores del comité del país la opinión arriba desarrollada: que desde el primer momento habría que haber marchado sobre Fráncfort, extendiendo así la insurrección; que ahora, con la mayor probabilidad, ya era demasiado tarde y que, sin golpes decisivos en Hungría o sin una nueva revolución en París, todo el movimiento estaba ya irremediablemente perdido. No es posible imaginar la indignación que estalló entre aquellos burgueses del comité del país ante semejantes afirmaciones heréticas. Sólo Blind y Gögg estaban de nuestra parte. Ahora, después que los acontecimientos nos han dado la razón, esos mismos señores, naturalmente, afirman haber insistido siempre en la ofensiva.

En Karlsruhe se encontraban ya entonces los primeros comienzos de aquella grandiosa caza de puestos, que se pavoneaba, bajo el título no menos grandioso de «concentración de todas las fuerzas democráticas de Alemania», como salvación de la patria. Quienquiera que hubiese declamado de forma más o menos confusa en algún club, o hubiera, en el más remoto periodicucho democrático de provincias, incitado al odio contra los tiranos, se apresuraba a acudir a Karlsruhe o a Kaiserslautern para convertirse allí de inmediato en un gran hombre. Que los resultados correspondían plenamente a las fuerzas aquí concentradas es algo que, por cierto, no necesita ser asegurado expresamente. — Así, se hallaba aquí en Karlsruhe un conocido y presunto Atta-Troll filosófico, ex diputado de la Asamblea de Fráncfort y ex redactor de un periodicucho pretendidamente democrático que Manteuffel, a pesar de los ofrecimientos de nuestro Atta-Troll, había suprimido. Atta-Troll pescaba con gran diligencia el puestecito de enviado badense en París, para el cual se consideraba especialmente llamado porque en su día había estado dos años en París y no había aprendido allí ni palabra de francés. Tuvo incluso la suerte de sonsacarle a Brentano las cartas credenciales, y estaba haciendo las maletas cuando Brentano lo mandó llamar de repente y le quitó otra vez de la faltriquera el pliego de acreditación. Se comprende que Atta-Troll, a pesar de Brentano, viajó entonces a París con mayor motivo. — Otro ciudadano ávido de convicciones, que desde hacía ya algunos años venía amenazando a Alemania con revolucionarla y republicanizarla, el señor Heinzen, se hallaba asimismo en Karlsruhe. Este buen hombre, como es sabido, antes de la revolución de febrero había llamado siempre y en todas partes a «echar el guante», pero después de esta revolución había estimado más aconsejable contemplar las diversas insurrecciones alemanas desde las altas montañas neutrales de Suiza. Ahora, por fin, parecía venirle el gusto de arremeter también de una vez contra los «opresores». Según su anterior sentencia: «Kossuth es un gran hombre, pero Kossuth se ha olvidado del fulminato de plata», era de esperar que organizase de inmediato las más colosales y hasta entonces insospechadas fuerzas destructivas contra los prusianos. De ninguna manera. Como parecían inviables planes de más alto vuelo, nuestro odiador de tiranos, según se dice, se contentó con formar un cuerpo de elite republicano, escribió entretanto artículos en favor de Brentano en la Karlsruher Zeitung y visitó el Klub des entschiedenen Fortschritts. El club fue disuelto, la elite republicana no apareció, y el señor Heinzen se percató por fin de que ni siquiera él podía seguir defendiendo la política de Brentano. Incomprendido, gastado, malhumorado, se fue primero a la Alta Baden y de allí a Suiza, sin haber matado a un solo «opresor». Ahora se venga de ellos guillotinándolos en efigie, por millones, desde Londres.

Abandonamos Karlsruhe a la mañana siguiente para visitar el Palatinado.

Sobre el desarrollo ulterior de la insurrección badense, en lo tocante a la dirección de la política general y de la administración civil, apenas necesito añadir ya gran cosa. Cuando Brentano se sintió lo bastante fuerte, aplastó de un solo golpe la dócil oposición que le hacía el Klub des entschiedenen Fortschritts. La «asamblea constituyente», elegida bajo la influencia de la inmensa popularidad de Brentano y de la pequeña burguesía que todo lo gobernaba, dio su sí y amén a todas sus disposiciones. El «gobierno provisional con poder dictatorial» (¡una dictadura bajo una supuesta Convención!) estaba por entero bajo su dirección. Así siguió gobernando, obstaculizó el desarrollo revolucionario y militar de la insurrección, dejó que los asuntos corrientes se despacharan así como así y vigiló celosamente las provisiones y la propiedad privada del Gran Duque, a quien continuó tratando como a su legítimo soberano por la gracia de Dios. En la Karlsruher Zeitung declaraba que el Gran Duque podía regresar en cualquier momento, y en realidad el palacio permaneció cerrado todo aquel tiempo, como si su morador estuviera meramente de viaje. A los delegados del Palatinado los entretenía de un día para otro con respuestas imprecisas; lo máximo que se pudo alcanzar fue el mando militar único bajo Mieroslawski y… un convenio sobre la supresión del peaje del puente entre Mannheim y Ludwigshafen, que, sin embargo, no impidió a Brentano seguir cobrando ese peaje en la orilla de Mannheim.

Cuando, por fin, Mieroslawski, después del combate de Waghäusel y Ubstadt, tuvo que retirar los restos de su ejército a través de la montaña hasta detrás del Murg, cuando hubo que abandonar Karlsruhe con una gran cantidad de provisiones, cuando la derrota en el Murg decidió la suerte del movimiento, entonces se disiparon las ilusiones de los burgueses, campesinos y soldados badenses, y se alzó un clamor general de que Brentano había traicionado. De un solo golpe quedó destruido todo el edificio de popularidad de Brentano, mantenido en pie por la cobardía de los pequeños burgueses, por la falta de independencia de los campesinos y por la carencia de concentración de los obreros.

Brentano huyó entre gallos y medianoche a Suiza, perseguido por la acusación de traición al pueblo con que su propia «constituyente» lo estigmatizó, y se escondió en Feuerthalen, en el cantón de Zúrich.

Podría uno consolarse con que el señor Brentano ya ha sido suficientemente castigado con la ruina total de su posición política y con el desprecio universal de todos los partidos por su traición. La pérdida del movimiento badense no es de gran importancia. El 13 de junio en París y la negativa de Gorgey a marchar sobre Viena aniquilaron todas las posibilidades que aún tenían Baden y el Palatinado, aun cuando se hubiera logrado trasplantar el movimiento a Hesse, Wurtemberg y Franconia. Se habría caído con más honor, pero se habría caído. Pero lo que el partido revolucionario no olvidará nunca al señor Brentano, lo que no olvidará nunca a los cobardes pequeños burgueses badenses que lo sostuvieron, es que son directamente culpables de la muerte de los fusilados en Karlsruhe, en Friburgo y en Rastatt, y de las incontables e innominadas víctimas que los prusianos, por medio del tifus, han ajusticiado silenciosamente en las casamatas de Rastatt.

En el segundo cuaderno de esta revista describiré la situación en el Palatinado y, para terminar, la campaña badense-palatinada.

Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.2, Februar 1850

III. El Palatinado.

Friedrich Engels

De Karlsruhe fuimos al Palatinado, y concretamente primero a Speyer, donde se suponía que estaban D’Ester y el gobierno provisional. Sin embargo, ya habían partido hacia Kaiserslautern, donde el gobierno había establecido finalmente su sede como el «punto estratégicamente mejor situado del Palatinado». En Speyer encontramos en cambio a Willich con sus cuerpos francos. Con un cuerpo de unos cientos de hombres, tenía en jaque a las guarniciones de Landau y Germersheim, en total más de 4.000 hombres, les cortaba los suministros y las hostigaba de todas las formas posibles. Ese mismo día había atacado con unos 80 tiradores a dos compañías de la guarnición de Germersheim y, sin disparar un solo tiro, las había hecho huir de vuelta a la fortaleza. A la mañana siguiente fuimos con Willich a Kaiserslautern, donde encontramos a D’Ester, al gobierno provisional y a la flor y nata de la democracia alemana en general. De una participación oficial en el movimiento, que era completamente ajeno a nuestro partido, no podía hablarse, naturalmente, tampoco aquí. Así que a los pocos días regresamos a Bingen, y en el camino, en compañía de varios amigos, fuimos detenidos por las tropas hessianas, bajo sospecha de participación en el levantamiento, trasladados a Darmstadt y de allí a Frankfurt, y aquí finalmente liberados de nuevo.

Poco después dejamos Bingen y Marx partió con un mandato del comité central democrático hacia París, donde un acontecimiento decisivo estaba próximo, para representar al partido revolucionario alemán ante los socialdemócratas franceses. Yo regresé a Kaiserslautern, para vivir allí por el momento como simple refugiado político y quizá más tarde, si se presentaba una ocasión propicia, ocupar, al estallar la lucha, el único puesto que la «Neue Rheinische Zeitung» podía ocupar en este movimiento: el de soldado.

Quien haya visto el Palatinado una sola vez comprende que un movimiento en esta tierra rica en vino y ebria de vino debía adoptar un carácter sumamente alegre. Por fin se habían quitado de encima a las pesadas, pedantes y bávaras almas cerveceras, y en su lugar se había nombrado funcionarios a los alegres bebedores de vino del Palatinado. Por fin se había acabado aquella chicana policial bávara, que con tanta gravedad se parodiaba en las por lo demás tan ramplonas «hojas volantes», y que oprimía el corazón del desenvuelto palatino más que ninguna otra cosa. La restauración de la libertad tabernaria fue el primer acto revolucionario del pueblo palatino: todo el Palatinado se transformó en una gran taberna, y las masas de bebidas espirituales que se consumieron «en nombre del pueblo palatino» durante esas seis semanas superan todo cálculo. Aunque la participación activa en el movimiento en el Palatinado no fue ni de lejos tan grande como en Baden, aunque hubo allí muchos distritos reaccionarios, toda la población fue unánime en ese general beber vino, y hasta el más reaccionario filisteo y campesino se vio arrastrado a la alegría general.

No hacía falta grande perspicacia para reconocer qué desagradable desilusión traería el ejército prusiano a esos alegres palatinos en pocas semanas. Y sin embargo, se contaban con los dedos de la mano las personas en el Palatinado que no se entregaban con la mayor seguridad a la buena vida. Pocos eran los que creían que los prusianos vendrían; pero en lo que todo el mundo estaba firmemente convencido era de que, si venían, serían rechazados con la mayor facilidad. Aquella tenebrosidad llena de sentimiento, cuyo lema: «El hombre es serio», estaba escrito en la frente de todos los oficiales de la milicia popular badense y que, sin embargo, no impidió en absoluto todas aquellas maravillas de las que tendré que hablar más tarde, aquella honesta solemnidad que el carácter pequeñoburgués del movimiento había imprimido a la mayoría de sus participantes en Baden, aquí ciertamente no existía. En el Palatinado, el hombre sólo era «serio» de paso. El «entusiasmo» y la «seriedad» servían aquí únicamente para disfrazar la alegría general. Pero siempre se era lo bastante «serio» y «entusiasta» para creerse invencible frente a todos los poderes del mundo, y particularmente frente al ejército prusiano; y cuando en horas tranquilas de recogimiento surgía alguna leve duda, se la eliminaba con el argumento irrefutable: aunque así fuera, eso no se podía decir. Cuanto más se prolongaba el movimiento, cuanto más innegable y masiva era la concentración de los batallones prusianos desde Saarbrücken hasta Kreuznach, tanto más frecuentes se volvían naturalmente esas dudas, y tanto más violento se hacía, precisamente entre los que dudaban y los temerosos, el alarde de la invencibilidad de un «pueblo entusiasmado por su libertad», como se llamaba a los palatinos. Ese alarde se convirtió pronto en un completo sistema de adormecimiento que, favorecido en exceso por el gobierno, relajó toda actividad en las medidas defensivas y expuso a cualquiera que se opusiera a ello al peligro de ser detenido como reaccionario.

Esta seguridad, este alarde del «entusiasmo» y de su omnipotencia, combinada con sus minúsculos medios materiales y con el pequeño rincón del terreno en que se hacía valer, proporcionaba el lado cómico del «levantamiento» palatino y ofrecía a las pocas personas cuyas opiniones avanzadas y posición independiente les permitían un juicio libre, materia suficiente para la hilaridad.

Toda la apariencia exterior del movimiento palatino tenía un carácter alegre, despreocupado y sin inhibiciones. Mientras en Baden cada subteniente recién nombrado, de línea y de la milicia popular, se ceñía un pesado uniforme y desfilaba con charreteras de plata que más tarde, el día del combate, desaparecían enseguida en los bolsillos, en el Palatinado se era mucho más razonable. Apenas se dejó sentir el gran calor de los primeros días de junio, desaparecieron todas las levitas, chalecos y corbatas, para dejar paso a una ligera blusa. Con la vieja burocracia parecía haberse desecho también toda la antigua coerción insociable. Uno se vestía con toda despreocupación, sólo según la comodidad y la estación; y con la diferencia en la vestimenta desaparecía momentáneamente cualquier otra distinción en el trato social. Todas las clases de la sociedad se reunían en los mismos locales públicos, y un entusiasta socialista habría podido ver en ese trato desenfadado la aurora de la fraternidad universal.

Tal el Palatinado, tal su gobierno provisional. Se componía casi exclusivamente de bonachones bebedores de vino, a quienes nada asombraba más que el hecho de tener que representar de repente al gobierno provisional de su amada patria de Baco. Y sin embargo, no se puede negar que estos regentes risueños se comportaron mejor y, proporcionalmente, hicieron más que sus vecinos badenses, bajo la dirección del «sentimental» Brentano. Al menos tenían buena voluntad y, a pesar de la bebida de vino, más sano entendimiento que los señores serios-pequeñoburgueses de Karlsruhe, y los menos de entre ellos se indignaban si se hacía burla de su cómoda manera de revolucionar y de sus pequeñas medidas impotentes.

El gobierno provisional del Palatinado no podía hacer nada mientras fuera abandonado por el gobierno badense. Y en lo que respecta a Baden, cumplió plenamente con su deber. Envió un emisario tras otro, hizo una concesión tras otra, sólo para llegar a un entendimiento: en vano, el señor Brentano no quiso saber nada de una vez por todas.

Mientras el gobierno badense lo encontraba todo ya preparado, el palatino no encontró nada. No tenía dinero, ni armas, una multitud de distritos reaccionarios y dos fortalezas enemigas en el país. Francia prohibió inmediatamente la exportación de armas a Baden y al Palatinado; Prusia y Hesse hicieron confiscar todas las armas enviadas hacia allí. El gobierno palatino despachó en seguida agentes a Francia y a Bélgica para comprar armas y hacerlas llegar de contrabando; las armas se compraron, pero no llegaron. Se le puede reprochar al gobierno no haber actuado con suficiente energía en esto, sobre todo no haber organizado un contrabando de fusiles con la gran cantidad de contrabandistas en la frontera; pero la mayor culpa recae sobre sus agentes, que procedieron con gran negligencia y en parte se dejaron entretener con promesas vacías, en lugar de llevar al menos las armas francesas a Saargemünd y Lauterburg.

En cuanto a los recursos financieros, en el pequeño Palatinado poco se podía hacer con papel moneda. Cuando el gobierno se vio en apuros pecuniarios, tuvo al menos el valor de recurrir a un empréstito forzoso con tipos progresivos, aunque débilmente ascendentes.

Los reproches que se le pueden hacer al gobierno palatino se limitan a esto: que, sintiéndose impotente, se dejó contagiar demasiado por la despreocupación general y las ilusiones sobre su propia seguridad que aquélla llevaba consigo; que, por lo tanto, en vez de poner en movimiento enérgicamente los medios, ciertamente limitados, para la defensa del país, prefirió confiarse a la victoria de la Montaña en París, a la toma de Viena por los húngaros o incluso a verdaderos milagros que debían producirse en algún lugar para la salvación del Palatinado: levantamientos en el ejército prusiano, etc. De ahí la negligencia en la obtención de armas en un país donde 1.000 mosquetes utilizables más o menos significaban una diferencia infinita y donde, el día en que los prusianos entraron, acabaron de llegar los primeros y últimos cuarenta fusiles del extranjero, concretamente de Suiza. De ahí la selección irreflexiva de los comisarios civiles y militares, compuestos en su mayoría por los más ineptos y confusos exaltados, y la conservación de tantos antiguos funcionarios y de todos los jueces. De ahí, finalmente, la negligencia de todos los medios, incluso los más inmediatos, para hostigar y quizás tomar Landau, sobre lo cual volveré más adelante.

Tras el gobierno provisional se encontraba D’Ester como una especie de secretario general secreto, o, como lo llamaba el señor Brentano, «la camarilla roja que rodeaba al moderado gobierno de Kaiserslautern». A esta «camarilla roja» pertenecían además otros demócratas alemanes, en particular refugiados de Dresde. En D’Ester encontraron los regentes palatinos aquella visión administrativa de conjunto que les faltaba, y al mismo tiempo un entendimiento revolucionario que les imponía porque se limitaba siempre a lo inmediato, lo innegablemente posible, y por eso nunca se quedaba sin medidas detalladas. D’Ester alcanzó así una influencia considerable y la confianza incondicional del gobierno. Si bien también él a veces tomaba el movimiento demasiado en serio y, por ejemplo, creía poder lograr algo importante introduciendo su reglamento municipal, totalmente inadecuado para aquel momento, es sin embargo cierto que D’Ester impulsó al gobierno provisional a dar todos los pasos que tenían alguna energía y, sobre todo en conflictos de detalle, siempre tenía a mano soluciones adecuadas.

Mientras en la Prusia renana se enfrentaron desde un principio clases reaccionarias y revolucionarias; mientras en Baden una clase que al principio se entusiasmó por el movimiento, la pequeña burguesía, se dejó llevar paulatinamente, al acercarse el peligro, primero a la indiferencia y más tarde a la hostilidad contra el movimiento por ella misma provocado; en el Palatinado fueron menos las clases particulares de la población que los distritos particulares los que, guiados por intereses locales, se declararon en contra del movimiento, unos desde el principio, otros poco a poco. Ciertamente, en Speyer fue reaccionaria desde el primer momento la burguesía, y con el tiempo llegó a serlo en Kaiserslautern, Neustadt, Zweibrücken, etc.; pero la fuerza principal del partido reaccionario se hallaba en los distritos agrícolas repartidos por todo el Palatinado. Esta confusa configuración de los partidos sólo habría podido ser eliminada por una medida: un ataque directo contra la propiedad privada invertida en hipotecas y en la usura hipotecaria en beneficio de los campesinos endeudados, esquilmados por los usureros. Esta única medida, que habría interesado inmediatamente a toda la población rural en la insurrección, presupone, empero, un terreno mucho más amplio y condiciones sociales mucho más desarrolladas en las ciudades de las que posee el Palatinado. Sólo era posible al comienzo de la insurrección, conjuntamente con una extensión del levantamiento hacia el Mosela y el Eifel, donde existen las mismas condiciones en el campo y encuentran su complemento en el desarrollo industrial de las ciudades renanas. Y tan poco como desde Baden se había impulsado el movimiento hacia el exterior desde el Palatinado.

El gobierno, en estas circunstancias, disponía sólo de pocos medios para combatir los distritos reaccionarios: expediciones militares aisladas a las localidades insumisas, detenciones, sobre todo de los párrocos católicos que se ponían al frente de la resistencia, etc.; nombramiento de comisarios civiles y militares activos y, finalmente, la propaganda. Las expediciones, la mayoría de naturaleza muy cómica, sólo tuvieron un efecto momentáneo; la propaganda no tuvo ninguno, y los comisarios, en su torpeza presuntuosa, cometían error tras error, o se limitaban a un grandioso consumo de vino palatino, junto con la inevitable fanfarronería de taberna.

Entre los propagandistas, los comisarios y los empleados de la administración central, ocupaban un lugar muy importante los demócratas congregados en el Palatinado, más aún que en Baden. No sólo se habían presentado aquí los fugitivos de Dresde y de la Prusia renana, sino también una multitud de «hombres del pueblo» más o menos entusiastas, para consagrarse aquí al servicio de la patria. El gobierno palatino, que a diferencia del de Karlsruhe tenía el instinto acertado de que las capacidades del Palatinado por sí solas no estaban a la altura de la carga de este mismo movimiento, los acogió con alegría. No se podía estar dos horas en el Palatinado sin que le ofrecieran a uno una docena de los cargos más diversos y, en general, muy honoríficos. Los señores demócratas, que en el movimiento palatino-badense no veían un levantamiento local, que se volvía cada día más local e insignificante, sino la gloriosa aurora del glorioso levantamiento de toda la democracia alemana; que, en general, veían en el movimiento dominante su tendencia más o menos pequeñoburguesa, se apresuraron a aceptar estos ofrecimientos. Pero al mismo tiempo, cada cual creía no deber aceptar sino una posición tal que no menoscabara sus pretensiones, naturalmente muy elevadas por lo general, en un movimiento alemán general. Al principio eso funcionaba. Quien se presentaba, al punto era nombrado jefe de oficina, comisario de gobierno, mayor o teniente coronel. Pero poco a poco aumentó el número de los concurrentes, las plazas se hicieron más raras, y se desarrolló una mezquina caza de puestos, pequeñoburguesa, que ofrecía un espectáculo sumamente divertido para el espectador no implicado. Que en esa rara mezcolanza de industrialismo y confusión, de impertinencia e incapacidad que la «Neue Rheinische Zeitung» había tenido ocasión de admirar tan a menudo en la democracia alemana, los funcionarios y propagandistas del Palatinado eran un fiel remedo de esa desagradable mescolanza, no necesito seguramente asegurarlo de manera expresa.

Se entiende que también a mí me fueron ofrecidos cargos civiles y militares en cantidad, cargos que no habría dudado un instante en aceptar en un movimiento proletario. En estas circunstancias, los rechacé todos. Lo único en lo que consentí fue en escribir algunos artículos excitantes para un pequeño periódico que el gobierno provisional hacía difundir en masa por el Palatinado. Sabía que tampoco esto funcionaría, pero acepté finalmente la propuesta a instancias urgentes de D'Ester y de varios miembros del gobierno, para demostrar al menos mi buena voluntad. Como, naturalmente, me reprimía poco, ya el segundo artículo encontró objeciones por ser demasiado «excitante»; no dije una palabra más, retiré el artículo, lo rompí en presencia de D'Ester, y con ello se acabó el asunto.

Entre los demócratas forasteros en el Palatinado, por lo demás, los mejores eran aquellos que acababan de salir de la lucha en su patria: los sajones y los prusianos renanos. Los pocos sajones estaban ocupados en su mayoría en las oficinas centrales, trabajaban con diligencia y se distinguían por sus conocimientos administrativos, su entendimiento claro y sereno y la ausencia de toda pretensión e ilusión. Los renanos, en su mayoría obreros, se alistaron en masa en el ejército; los pocos que al principio trabajaban en las oficinas, más tarde empuñaron igualmente el mosquete.

En las oficinas de la administración central, en la Fruchthalle de Kaiserslautern, reinaba un ambiente sumamente campechano. Con el general dejar hacer, con la total ausencia de toda intervención activa en el movimiento, con la enorme cantidad de funcionarios, en general había poco que hacer. Se trataba casi únicamente de los asuntos administrativos corrientes, y éstos eran despachados tal cual. A menos que llegase algún correo, que un patriótico ciudadano tuviera que hacer una profunda propuesta para la salvación de la patria, que un campesino se quejara o que una comunidad enviase una diputación, la mayoría de las oficinas no tenían nada que hacer. Se bostezaba, se charlaba, se contaban anécdotas, se hacían malos chistes o planes estratégicos, se iba de una oficina a otra y se procuraba matar el tiempo lo mejor posible. La conversación principal eran naturalmente los acontecimientos políticos del día, sobre los cuales circulaban los rumores más contradictorios. La obtención de noticias estaba descuidada en sumo grado. Los antiguos empleados de correos habían permanecido en sus puestos casi sin excepción y, naturalmente, eran muy poco fiables. Junto a ellos se había establecido un «correo de campaña», servido por los chevaliers légers palatinos que se habían pasado. Los comandantes y comisarios de los distritos fronterizos no se preocupaban lo más mínimo de lo que ocurría al otro lado de la frontera. En el gobierno sólo se tenían el Frankfurter Journal y la Karlsruher Zeitung, y todavía recuerdo con placer el asombro que se produjo cuando, en el casino, en un número de la Kölnische Zeitung que había llegado hacía ya varios días, descubrí la noticia de la concentración de 27 batallones prusianos, nueve baterías y nueve regimientos de caballería, junto con su exacta localización entre Saarbrücken y Kreuznach.

Llego por fin a lo principal, a la organización militar. Aproximadamente tres mil palatinos del ejército bávaro se habían pasado con armas y bagajes. Un número de voluntarios, palatinos y no palatinos, se habían alistado bajo las armas al mismo tiempo. Además, el gobierno provisional decretó la leva de la primera llamada, en un principio de todos los solteros de dieciocho a treinta años. Pero esta leva sólo se llevó a cabo sobre el papel, en parte por incapacidad y negligencia de los comisarios militares, en parte por falta de armas, en parte por la indolencia del propio gobierno. Donde, como en el Palatinado, la falta de armas era el principal obstáculo para toda defensa, debían emplearse todos los medios para procurarse armas. Puesto que no se podían traer del extranjero, había que sacar a relucir y poner en manos de los combatientes activos todo mosquete, toda carabina, toda escopeta de caza que se pudiera encontrar en el Palatinado. Pero no sólo existían muchísimas armas privadas, sino que también había por lo menos 1.500 a 2.000 fusiles, sin contar las carabinas, en manos de las diversas guardias cívicas. Se podía exigir por lo menos que se entregaran las armas privadas y los fusiles de aquellos milicianos que no estaban obligados a ingresar en la primera llamada o que no querían alistarse en ella como voluntarios. Pero no ocurrió nada de eso. Después de mucha insistencia, se tomó finalmente un acuerdo de ese tipo respecto a las armas de la guardia cívica, pero nunca se ejecutó; la guardia cívica de Kaiserslautern, que contaba con más de 300 filisteos, desfilaba a diario en uniforme y con armas como guardia en la Fruchthalle, y cuando entraron los prusianos, todavía tuvieron el placer de poder desarmar a esos señores. Y así ocurría en todas partes.

En el boletín oficial se publicó un llamamiento a los guardas forestales y guardabosques para que se presentaran en Kaiserslautern a fin de formar un cuerpo de tiradores; quienes no acudieron fueron los guardas forestales. Se hicieron forjar guadañas en todo el país, o al menos se llamó a hacerlo; algunas guadañas fueron efectivamente fabricadas. En el cuerpo de la Hesse renana en Kirchheimbolanden vi cargar varios barriles con hojas de guadaña y expedirlos a Kaiserslautern. La distancia es de unas 7 a 8 horas; cuatro días después, el gobierno tuvo que abandonar Kaiserslautern a los prusianos y las guadañas aún no habían llegado. Si se hubieran dado estas guadañas a la guardia cívica no movilizada, la llamada segunda llamada, como compensación por sus fusiles que debían ceder, la cosa habría estado bien; en vez de eso, los filisteos perezosos se quedaron con sus fusiles de percusión y los jóvenes reclutas debían marchar con guadañas contra los cañones prusianos y los mosquetes de aguja.

Mientras había una escasez general de fusiles, reinaba en cambio una abundancia igualmente notable de sables de arrastre. Quien no podía conseguir un fusil, se colgaba con tanto mayor afán un tintineante espadón de combate, cuanto que con ello ya se creía ascendido a oficial. En Kaiserslautern, sobre todo, estos oficiales autoproclamados eran sencillamente incontables; las calles resonaban día y noche con el estrépito de sus terribles armas. Eran especialmente los estudiantes quienes, con esta nueva manera de infundir terror al enemigo y con su pretensión de formar una legión académica compuesta enteramente de jinetes a pie, se ganaban raros méritos por la salvación de la patria.

Además, existía todavía una media escuadra de cheval-legers que se habían pasado, la cual, sin embargo, a causa de su dispersión en el servicio de correos de campaña, etc., nunca llegó a formar un cuerpo de combate propiamente dicho. La artillería, bajo el mando del «teniente coronel» Anneke, se componía de un par de cañones de a tres libras —cuyo tiro no recuerdo haber visto jamás— y de un cierto número de morteros. Delante de la lonja de frutas de Kaiserslautern se hallaba la más hermosa colección de viejos tubos de mortero de hierro que pudiera desearse. La mayoría, naturalmente, quedó sin utilizarse. Los dos más grandes se montaron sobre cureñas colosales, construidas expresamente, y se los llevaron consigo. El gobierno de Baden vendió por fin al Palatinado una batería de a seis libras, ya desgastada, junto con alguna munición; pero faltaban el tiro, los sirvientes y la munición suficiente. La munición se fabricó en la medida de lo posible; el tiro se procuró, mal que bien, mediante campesinos y caballos requisados; para los sirvientes se buscó a algunos viejos artilleros bávaros y se ejercitó a la gente con el pesado y complicado reglamento bávaro.

La dirección superior de los asuntos militares estaba en las peores manos. El señor Reichardt, que había asumido el departamento militar en el gobierno provisional, era activo, pero sin energía ni conocimientos técnicos. El primer comandante en jefe de las fuerzas armadas palatinas, el industrial Fenner von Fenneberg, fue pronto destituido a causa de su conducta equívoca; en su lugar pasó, por el momento, un oficial polaco, Raquüliet. Por fin se supo que Mierosławski asumiría el mando supremo de Baden y del Palatinado, y que el mando de las tropas palatinas se confiaba al «general» Sznayde, también polaco.

El general Sznayde llegó. Era un hombrecillo gordo, que más parecía un envejecido bon vivant que un «Menelao de potente grito de guerra». El general Sznayde asumió el mando con mucha dignidad, se hizo informar acerca del estado de los asuntos y emitió de inmediato una serie de órdenes del día. La mayoría de aquellas órdenes se extendían sobre la uniformización —la blusa— y las insignias para los oficiales —brazales o fajas tricolores—, sobre exhortaciones a los jinetes y tiradores que habían servido para que se presentaran voluntariamente —exhortaciones ya hechas diez veces sin fruto— y otras por el estilo. Él mismo predicaba con el ejemplo, pues se procuró de inmediato un attila con cordones tricolores, a fin de infundir respeto al ejército. Lo que en sus órdenes del día había de realmente práctico e importante se limitaba a repetir disposiciones dadas mucho antes y a proponer medidas que los pocos oficiales competentes presentes ya habían sugerido pero jamás logrado imponer, y que ahora debían imponerse por medio de la autoridad de un general comandante. Por lo demás, el «general» Sznayde confiaba en Dios y en Mierosławski y se entregaba a los placeres de la mesa, lo único razonable que podía hacer un individuo tan completamente incapaz.

Entre los demás oficiales que había en Kaiserslautern, el único competente era Techow, el mismo que, siendo teniente primero prusiano, junto con Natzmer, durante el asalto al arsenal de Berlín, había entregado el arsenal al pueblo y, condenado a quince años de fortaleza, se fugó de Magdeburgo. Techow, jefe del estado mayor general palatino, se mostró en todas partes instruido, circunspecto y sereno, acaso un poco demasiado sereno como para que pudiera atribuírsele la rapidez de decisión que con frecuencia lo decide todo en el campo de batalla. El «teniente coronel» Anneke se reveló incapaz e indolente en la organización de la artillería, aunque en el laboratorio prestó buenos servicios. En Ubstadt, como jefe militar, no cosechó laureles, y de Rastatt, donde Mierosławski le confió el mando del material para el asedio, escapó de manera extraña, abandonando sus caballos, todavía antes del cerco, cruzando el Rin.

Con los oficiales de cada uno de los distritos tampoco se podía contar gran cosa. Un cierto número de polacos había llegado, parte antes que Sznayde, parte con él. Como los mejores elementos de la emigración polaca se hallaban ya en Hungría, es fácil imaginar que aquellos oficiales polacos eran de calaña bastante mezclada. La mayoría se apresuró a procurarse un número suficiente de caballos de montar y a dar algunas órdenes, sin preocuparse demasiado de la ejecución. Se comportaban de manera bastante despótica, pretendiendo tratar a los campesinos palatinos como a siervos polacos serviles; no conocían el país, ni la lengua, ni el mando, y por eso, en calidad de comisarios militares, es decir, organizadores de batallones, lograron poco o nada. En el curso de la campaña no tardaron en dispersarse hacia el estado mayor de Sznayde y desaparecieron por completo poco después, cuando Sznayde fue atacado y maltratado por sus soldados. Los mejores de entre ellos llegaron demasiado tarde como para poder organizar algo todavía.

Entre los oficiales alemanes tampoco abundaban las cabezas útiles. El cuerpo renano-hesse, que contenía por lo demás ciertos elementos capaces de instrucción militar, estaba bajo el mando de un tal Häusner, persona por completo inútil, y bajo la influencia moral y política, aún mucho más miserable, de los dos héroes Zitz y Bamberger, quienes más tarde salieron de apuro de manera tan gloriosa en Karlsruhe. En el Palatinado posterior organizó un cuerpo un antiguo oficial prusiano, Schimmelpfennig.

Los dos únicos oficiales que se distinguieron en el servicio activo ya antes de la invasión de los prusianos fueron Willich y Blenker.

Willich se encargó, con un pequeño cuerpo franco, de la observación y más tarde del bloqueo de Landau y Germersheim. Una compañía de estudiantes, una compañía de obreros que habían vivido con él en Besançon, tres débiles compañías de gimnastas —de Landau, Neustadt y Kaiserslautern—, dos compañías formadas por voluntarios de las localidades vecinas y, finalmente, una compañía armada con guadañas compuesta de prusianos renanos, en su mayoría huidos de los levantamientos de Prüm y Elberfeld, se fueron reuniendo poco a poco bajo su mando. Al final sumaban entre setecientos y ochocientos hombres, sin duda los soldados más fiables de todo el Palatinado; los suboficiales, en su mayoría veteranos, en parte acostumbrados a la guerra de guerrillas en Argelia. Con esas escasas fuerzas, Willich se apostó en medio de Landau y Germersheim, organizó las milicias ciudadanas de los pueblos, las utilizó para vigilar las carreteras y para el servicio de avanzadas, rechazó todas las salidas de ambas fortalezas, pese a la superioridad —sobre todo de la guarnición de Germersheim—, bloqueó Landau de tal modo que casi todos los suministros quedaron cortados, cortó las conducciones de agua, represó el Queich de suerte que todos los sótanos de la fortaleza quedaron inundados y al mismo tiempo sobrevino la falta de agua potable, e inquietó cada noche a la guarnición mediante patrullas que no solo desvalijaban los abandonados fuertes exteriores y subastaban las estufas de los cuartos de guardia que allí hallaban a cinco florines por pieza, sino que también penetraban hasta los fosos mismos de la fortaleza, y con frecuencia provocaban que la guarnición abriese un fuego tan tremendo como inofensivo, con cañones de a veinticuatro libras, contra un cabo y dos hombres. Esta época fue, con mucho, la más brillante durante la existencia del cuerpo franco de Willich. De haber dispuesto entonces de tan solo unos cuantos obuses, aunque no hubiesen sido más que cañones de campaña, la fortaleza, según los informes de los espías que a diario entraban y salían de Landau, habría sido tomada en pocos días, dada su guarnición desmoralizada y débil y sus habitantes en rebeldía. Incluso sin artillería, la continuación del bloqueo habría forzado la capitulación en ocho días. En Kaiserslautern había dos obuses de a siete libras, bastante buenos para, durante la noche, incendiar algunas casas desde fuera. Si hubieran estado allí, habría sido probable lo inaudito: que una fortaleza como Landau se tomara con un par de cañones de campaña. Yo predicaba a diario al estado mayor de Kaiserslautern la necesidad de hacer por lo menos la tentativa. En vano. Un obús quedó en Kaiserslautern, el otro fue a parar a Homburg, donde casi cayó en manos de los prusianos. Ambos pasaron el Rin sin haber disparado un solo tiro.

Pero más que Willich se distinguió aún el «coronel» Blenker. El «coronel» Blenker, antiguo viajante de vinos que había estado en Grecia como filoheleno y que más tarde se estableció como comerciante de vinos en Worms, es sin duda una de las personalidades militares más descollantes de toda esta gloriosa campaña. Siempre a caballo, rodeado de un numeroso estado mayor, alto, fuerte, de fiero semblante, imponente barba a lo Hecker, voz todopoderosa y dotado de todas las demás cualidades que distinguen al «hombre del pueblo» suralemán —entre las que, como se sabe, no se cuenta precisamente el entendimiento—, el «coronel» Blenker causaba la impresión de un hombre ante cuya mera vista tendría que esconderse Napoleón, y que era digno de figurar en aquel estribillo con el que iniciamos estas descripciones. El «coronel» Blenker sentía la madera necesaria para derribar a los príncipes alemanes aun sin «Hecker, Struve, Zitz y Blum», y de inmediato se puso manos a la obra. Su intención era llevar la guerra no como soldado, sino como viajante de vinos, y a tal fin se propuso conquistar Landau. Willich aún no había llegado entonces. Reunió todo lo disponible en el Palatinado, tropas de línea y milicia, organizó tropas que andaban desperdigadas, caballería y artillería, y marchó sobre Landau. Ante la fortaleza se celebró consejo de guerra, se formaron las columnas de ataque, se determinó la posición de la artillería. Pero la artillería constaba de algunos morteros, cuyos calibres variaban de media libra a libra y media, y se la transportaba sobre un carro de heno que al mismo tiempo hacía las veces de carro de munición. Y la munición de aquellos distintos morteros consistía en una, he dicho una, bala de veinticuatro libras; de pólvora, ni hablar. Una vez dispuesto todo, se avanzó con desprecio de la muerte. Se llegó hasta el glacis sin hallar resistencia; se siguió marchando hasta llegar a la puerta. A la cabeza, los soldados que se habían pasado desde Landau. En los muros aparecieron algunos soldados como parlamentarios. Se les gritó que abrieran la puerta. Ya se entablaba un diálogo bastante ameno, y todo parecía marchar a pedir de boca. De repente, suena desde el muro un cañonazo; la metralla silba sobre las cabezas de los atacantes, y en un instante se disuelve todo el heroico ejército, junto con su príncipe Eugenio palatino, en una fuga desenfrenada. Todo huye, huye, huye con un ímpetu tan irresistible que las pocas balas de cañón disparadas poco después por los de Willich ya no silbaban sobre las cabezas de los huidizos, sino tan solo sobre los fusiles, las cartucheras y las mochilas que habían arrojado. A unas horas de Landau se hizo por fin alto, se reagrupó al ejército y el señor «coronel» Blenker, sin las llaves de Landau, pero no por ello menos orgulloso, lo condujo de nuevo a casa. Fue aquella la conquista de Landau, jamás vista, con tres morteros y una bala de veinticuatro libras.

La campaña por la Constitución del Reich alemán — III. El Palatinado

... de la ejecución. Se comportaban de manera bastante despótica, pretendiendo tratar a los campesinos palatinos como a siervos polacos serviles; no conocían el país, ni la lengua, ni el mando, y por eso, en calidad de comisarios militares, es decir, organizadores de batallones, lograron poco o nada. En el curso de la campaña no tardaron en dispersarse hacia el estado mayor de Sznayde y desaparecieron por completo poco después, cuando Sznayde fue atacado y maltratado por sus soldados. Los mejores de entre ellos llegaron demasiado tarde como para poder organizar algo todavía.

Entre los oficiales alemanes tampoco abundaban las cabezas útiles. El cuerpo renano-hesse, que contenía por lo demás ciertos elementos capaces de instrucción militar, estaba bajo el mando de un tal Häusner, persona por completo inútil, y bajo la influencia moral y política, aún mucho más miserable, de los dos héroes Zitz y Bamberger, quienes más tarde salieron de apuro de manera tan gloriosa en Karlsruhe. En el Palatinado posterior organizó un cuerpo un antiguo oficial prusiano, Schimmelpfennig.

Los dos únicos oficiales que se distinguieron en el servicio activo ya antes de la invasión de los prusianos fueron Willich y Blenker.

Willich se encargó, con un pequeño cuerpo franco, de la observación y más tarde del bloqueo de Landau y Germersheim. Una compañía de estudiantes, una compañía de obreros que habían vivido con él en Besançon, tres débiles compañías de gimnastas —de Landau, Neustadt y Kaiserslautern—, dos compañías formadas por voluntarios de las localidades vecinas y, finalmente, una compañía armada con guadañas compuesta de prusianos renanos, en su mayoría huidos de los levantamientos de Prüm y Elberfeld, se fueron reuniendo poco a poco bajo su mando. Al final sumaban entre setecientos y ochocientos hombres, sin duda los soldados más fiables de todo el Palatinado; los suboficiales, en su mayoría veteranos, en parte acostumbrados a la guerra de guerrillas en Argelia. Con esas escasas fuerzas, Willich se apostó en medio de Landau y Germersheim, organizó las milicias ciudadanas de los pueblos, las utilizó para vigilar las carreteras y para el servicio de avanzadas, rechazó todas las salidas de ambas fortalezas, pese a la superioridad —sobre todo de la guarnición de Germersheim—, bloqueó Landau de tal modo que casi todos los suministros quedaron cortados, cortó las conducciones de agua, represó el Queich de suerte que todos los sótanos de la fortaleza quedaron inundados y al mismo tiempo sobrevino la falta de agua potable, e inquietó cada noche a la guarnición mediante patrullas que no solo desvalijaban los abandonados fuertes exteriores y subastaban las estufas de los cuartos de guardia que allí hallaban a cinco florines por pieza, sino que también penetraban hasta los fosos mismos de la fortaleza, y con frecuencia provocaban que la guarnición abriese un fuego tan tremendo como inofensivo, con cañones de a veinticuatro libras, contra un cabo y dos hombres. Esta época fue, con mucho, la más brillante durante la existencia del cuerpo franco de Willich. De haber dispuesto entonces de tan solo unos cuantos obuses, aunque no hubiesen sido más que cañones de campaña, la fortaleza, según los informes de los espías que a diario entraban y salían de Landau, habría sido tomada en pocos días, dada su guarnición desmoralizada y débil y sus habitantes en rebeldía. Incluso sin artillería, la continuación del bloqueo habría forzado la capitulación en ocho días. En Kaiserslautern había dos obuses de a siete libras, bastante buenos para, durante la noche, incendiar algunas casas desde fuera. Si hubieran estado allí, habría sido probable lo inaudito: que una fortaleza como Landau se tomara con un par de cañones de campaña. Yo predicaba a diario al estado mayor de Kaiserslautern la necesidad de hacer por lo menos la tentativa. En vano. Un obús quedó en Kaiserslautern, el otro fue a parar a Homburg, donde casi cayó en manos de los prusianos. Ambos pasaron el Rin sin haber disparado un solo tiro.

Pero más que Willich se distinguió aún el «coronel» Blenker. El «coronel» Blenker, antiguo viajante de vinos que había estado en Grecia como filoheleno y que más tarde se estableció como comerciante de vinos en Worms, es sin duda una de las personalidades militares más descollantes de toda esta gloriosa campaña. Siempre a caballo, rodeado de un numeroso estado mayor, alto, fuerte, de fiero semblante, imponente barba a lo Hecker, voz todopoderosa y dotado de todas las demás cualidades que distinguen al «hombre del pueblo» suralemán —entre las que, como se sabe, no se cuenta precisamente el entendimiento—, el «coronel» Blenker causaba la impresión de un hombre ante cuya mera vista tendría que esconderse Napoleón, y que era digno de figurar en aquel estribillo con el que iniciamos estas descripciones. El «coronel» Blenker sentía la madera necesaria para derribar a los príncipes alemanes aun sin «Hecker, Struve, Zitz y Blum», y de inmediato se puso manos a la obra. Su intención era llevar la guerra no como soldado, sino como viajante de vinos, y a tal fin se propuso conquistar Landau. Willich aún no había llegado entonces. Reunió todo lo disponible en el Palatinado, tropas de línea y milicia, organizó tropas que andaban desperdigadas, caballería y artillería, y marchó sobre Landau. Ante la fortaleza se celebró consejo de guerra, se formaron las columnas de ataque, se determinó la posición de la artillería. Pero la artillería constaba de algunos morteros, cuyos calibres variaban de media libra a libra y media, y se la transportaba sobre un carro de heno que al mismo tiempo hacía las veces de carro de munición. Y la munición de aquellos distintos morteros consistía en una, he dicho una, bala de veinticuatro libras; de pólvora, ni hablar. Una vez dispuesto todo, se avanzó con desprecio de la muerte. Se llegó hasta el glacis sin hallar resistencia; se siguió marchando hasta llegar a la puerta. A la cabeza, los soldados que se habían pasado desde Landau. En los muros aparecieron algunos soldados como parlamentarios. Se les gritó que abrieran la puerta. Ya se entablaba un diálogo bastante ameno, y todo parecía marchar a pedir de boca. De repente, suena desde el muro un cañonazo; la metralla silba sobre las cabezas de los atacantes, y en un instante se disuelve todo el heroico ejército, junto con su príncipe Eugenio palatino, en una fuga desenfrenada. Todo huye, huye, huye con un ímpetu tan irresistible que las pocas balas de cañón disparadas poco después por los de Willich ya no silbaban sobre las cabezas de los huidizos, sino tan solo sobre los fusiles, las cartucheras y las mochilas que habían arrojado. A unas horas de Landau se hizo por fin alto, se reagrupó al ejército y el señor «coronel» Blenker, sin las llaves de Landau, pero no por ello menos orgulloso, lo condujo de nuevo a casa. Fue aquella la conquista de Landau, jamás vista, con tres morteros y una bala de veinticuatro libras.

El disparo de metralla había sido efectuado apresuradamente por algunos oficiales bávaros al ver que sus soldados tenían ganas de abrir la puerta. El cañón fue desviado de su dirección por los propios soldados, y de ahí que no alcanzara a nadie. Pero cuando la guarnición de Landau vio el efecto que surtió ese disparo al aire, ya no se habló naturalmente de rendición.

Pero el héroe Blenker no era hombre de no tomarse la revancha por semejante contratiempo. Decidió, pues, conquistar Worms. Avanzó desde Frankenthal, donde mandaba un batallón. Los pocos soldados hessianos que se encontraban en Worms se pusieron en fuga, y el héroe Blenker entró con música marcial en su ciudad natal. Después de celebrar la liberación de Worms con un solemne desayuno, se pasó a la ceremonia principal, a saber, la juramentación de veinte soldados hessianos rezagados por enfermedad sobre la Constitución del Reich. Pero en la noche después de esos grandiosos resultados, las tropas del Reich de Peucker emplazaron artillería en la orilla derecha del Rin, y despertaron a los victoriosos conquistadores de manera muy desagradable con el estruendo matutino de los cañones. No había ningún malentendido: las tropas del Reich disparaban balas macizas y granadas. Sin decir palabra, el héroe Blenker reunió a sus valientes y se retiró en completo silencio de Worms de vuelta a Frankenthal. De sus posteriores hazañas heroicas la musa informará más en el lugar apropiado.

Mientras que en los distritos los más diversos caracteres se desahogaban cada cual a su manera, mientras que los soldados y milicianos, en lugar de hacer ejercicios, se sentaban en las tabernas a cantar, en Kaiserslautern los señores oficiales se ocupaban de la invención de los más profundos | planes estratégicos. Se trataba nada menos que de la posibilidad de defender una pequeña provincia como el Palatinado, accesible por varios lados, con una fuerza militar casi completamente imaginaria, contra un ejército sumamente real de más de 30.000 hombres y 60 cañones. Precisamente porque cada proyecto era allí igualmente inútil, igualmente absurdo, precisamente porque faltaban allí todas las condiciones para cualquier plan estratégico, por eso mismo los profundos guerreros, las cabezas pensantes del ejército palatino, se propusieron realmente urdir un milagro estratégico que cerrara a los prusianos el camino hacia el Palatinado. Cada teniente recién ascendido, cada arrastrasables de la legión académica que había llegado a formarse bajo los auspicios del señor Sznayde, al fin con el rango de teniente para cada miembro, cada oficinista se quedaba mirando fijamente el mapa del Palatinado con la esperanza de encontrar la piedra filosofal de la estrategia. Es fácil imaginarse las cosas tan divertidas que resultaron de ello. En particular, el método húngaro de guerra gozaba de gran popularidad. Desde el “general” Sznayde hasta el más ignorado Napoleón del ejército, se podía oír a cada hora la frase: «Tenemos que hacer como Kossuth, tenemos que abandonar una parte de nuestro terreno y retirarnos — aquí o allá, a las montañas o al llano, según el caso.» «Hemos de hacer como Kossuth», se decía en todas las posadas. «Hemos de hacer como Kossuth», repetía cada cabo, cada soldado, cada chico de la calle. «Hemos de hacer como Kossuth», repetía bonachonamente el gobierno provisional, que mejor que nadie sabía que no tenía que mezclarse en esos asuntos, y a quien al fin y al cabo le era indiferente cómo se hiciera. «Hemos de hacer como Kossuth, si no estamos perdidos.» — ¡El Palatinado y Kossuth!

Antes de pasar a la descripción de la campaña misma, debo mencionar brevemente un asunto que ha sido tocado en varios periódicos: mi momentánea detención en Kirchheim. Pocos días antes de la entrada de los prusianos, acompañé a mi amigo Moll en una misión que él había asumido hasta la frontera, hasta Kirchheimbolanden. Allí estaba destacada una parte del cuerpo de Hesse Renano, donde teníamos conocidos. Por la tarde estábamos sentados con éstos | y varios otros voluntarios del cuerpo en la posada. Entre los voluntarios había algunos de esos serios, entusiastas «hombres de acción», de los que ya se ha hablado repetidas veces, y que no veían dificultad alguna en derrotar a cualquier ejército del mundo con pocas armas y mucho entusiasmo. Son personas que del ejército han visto a lo sumo la parada de guardia, que nunca se preocupan en absoluto por los medios materiales para alcanzar cualquier fin, y que por eso en la mayoría de los casos, como luego tuve ocasión de observar repetidas veces, experimentan en el primer combate una decepción tan aplastante que se apresuran a ponerse en fuga. Pregunté a uno de estos héroes si realmente pensaba derrotar a los prusianos con los treinta mil arrastrasables y las tres y media escopetas existentes en el Palatinado, entre ellas varias carabinas oxidadas, y estaba en general en la mejor disposición de divertirme con la santa indignación del hombre de acción herido en su más noble entusiasmo, cuando entró la guardia y me declaró detenido. Al mismo tiempo vi detrás de mí a dos personas que, bufando de furia, se abalanzaban sobre mí. — El uno se dio a conocer como el comisario civil Müller, el otro era el señor Greiner, el único miembro del gobierno con el que, debido a sus frecuentes ausencias de Kaiserslautern — el hombre movilizaba en secreto su fortuna — y a su aspecto sospechoso, sombrío y plañidero, no había entrado en contacto más estrecho. Al mismo tiempo se levantó un antiguo conocido mío, capitán del cuerpo de Hesse Renano, y declaró que si yo era detenido, él y un número considerable de los mejores hombres abandonarían inmediatamente el cuerpo. Moll y otros querían protegerme de inmediato por la fuerza. Los presentes se dividieron en dos partidos, la escena amenazaba con ponerse interesante y yo declaré que, naturalmente, me dejaría detener con gusto: al fin se vería de qué color era el movimiento palatino. Me fui con la guardia.

A la mañana siguiente, después de un interrogatorio cómico a que me sometió el señor Zitz, fui entregado al comisario civil y por éste a un gendarme. El gendarme, a quien se había inculcado que me tratara como espía, me ató ambas manos y me condujo a pie | a Kaiserslautern, acusado de rebajar el levantamiento del pueblo palatino y de incitar contra el gobierno, del que, de paso, no había dicho una palabra. De camino conseguí que se me proporcionara un coche. En Kaiserslautern, adonde Moll se me había adelantado, encontré naturalmente al gobierno sumamente consternado por la necedad del valeroso Greiner, y aún más consternado por el trato que se me había dado. Se comprende que, en presencia del gendarme, monté una linda escena a los señores. Como aún no había llegado ningún informe del señor Greiner, se me ofreció dejarme en libertad bajo palabra de honor. Rechacé la palabra de honor y fui a la cárcel cantonal — sin escolta, lo que se aceptó a propuesta de D'Ester. D'Ester declaró que, después del trato que había recibido un camarada de partido, no podía permanecer más tiempo. Tzschirner, que llegó precisamente entonces, se manifestó también con gran energía. Aquella misma tarde el asunto se hizo público en la ciudad, y todos los que pertenecían a la tendencia resuelta tomaron inmediatamente mi partido. A ello se sumó que llegó la noticia de que en el cuerpo de Hesse Renano habían estallado disturbios por este asunto y que una gran parte del cuerpo quería disolverse. Menos que eso hubiera bastado para mostrar a los regentes provisionales, con los que había estado a diario, la necesidad de darme satisfacción. Después de haberme divertido muy bien 24 horas en la cárcel, vinieron a verme D'Ester y Schmitt; Schmitt me declaró que estaba libre sin condición alguna y que el gobierno esperaba que no me dejara impedir de seguir participando en el movimiento. Además, se había dado la orden de que en adelante ningún preso político fuera conducido atado, y que la investigación contra el autor del trato infame, así como sobre la detención y sus causas, continuaba. Con lo cual, habiéndome dado el gobierno, puesto que el señor Greiner aún no había enviado ningún informe, toda la satisfacción que momentáneamente le era posible, depusimos por ambas partes los semblantes solemnes y nos bebimos juntos unos cuartillos en el Donnersberg. Tzschirner partió a la mañana siguiente hacia el cuerpo de Hesse Renano para calmarlo, y yo le di unas líneas para llevar. El señor Greiner, cuando regresó, se presentó de modo tan terriblemente plañidero, que sus colegas le lavaron la cabeza doblemente. | Desde Homburg entraban al mismo tiempo los prusianos, y como con esto el asunto tomaba un giro interesante, como yo no quería desaprovechar la oportunidad de pasar un trecho de escuela de guerra, y como finalmente la «Neue Rheinische Zeitung» honoris causa también debía estar representada en el ejército palatino-badense, me ceñí igualmente una espada de combate y me fui con Willich. |

Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.3, März 1850

IV.
¡Morir por la república!

«Sólo con la caída de treinta y seis tronos
Puede prosperar la república alemana;
Por tanto, hermanos, derribadlos sin miramientos,
Empeñad bienes y sangre y vida.
Morir por la república
Es una suerte sublime y grande, ¡es la meta de nuestra audacia!»

Así cantaban los voluntarios en el ferrocarril cuando fui a Neustadt para indagar el cuartel general momentáneo de Willich.
Morir por la república era, pues, de ahora en adelante la meta de mi audacia, o al menos debía serlo. Me sentí extraño con esta nueva meta. Observé a los voluntarios, jóvenes muchachos guapos, garbosos. No tenían en absoluto aspecto de que la muerte por la república fuera por el momento la meta de su audacia.

Desde Neustadt viajé en un carro de campesino requisado hacia Offenbach, entre Landau y Germersheim, donde aún se encontraba Willich. Justo detrás de Edenkoben encontré los primeros puestos de guardia apostados por los campesinos por orden suya, que a partir de entonces se repetían a la entrada y salida de cada pueblo y en todos los cruces de caminos, y no dejaban pasar a nadie sin una legitimación escrita de las autoridades insurreccionales. Se veía que uno se aproximaba algo al estado de guerra. A altas horas de la noche llegué a Offenbach y asumí de inmediato servicios de ayudante con Willich.

Durante ese día — era el 13 de junio — una pequeña parte del

El cuerpo de Willich sostuvo un brillante combate. Willich había recibido, como refuerzo para su cuerpo franco, algunos días antes, un batallón de la milicia popular badense, el | batallón Dreher-Obermüller, y de este batallón había adelantado unos 50 hombres hacia Germersheim, en dirección a Bellheim. Detrás de ellos, en Knittelsheim, se hallaba aún una compañía del cuerpo franco junto con algunos hombres armados de guadañas. Un batallón bávaro con dos piezas de artillería y un escuadrón de caballería ligera efectuó una salida. Los badenses huyeron sin ofrecer resistencia; sólo uno de ellos, alcanzado por tres gendarmes a caballo, se defendió con furia hasta que, finalmente, completamente acribillado a sablazos, cayó al suelo y fue rematado por los atacantes. Cuando los fugitivos llegaron a Knittelsheim, el capitán allí estacionado partió con no del todo 50 hombres, algunos de los cuales todavía portaban guadañas, al encuentro de los bávaros. Distribuyó hábilmente a su gente en varios destacamentos y avanzó en línea de tiradores con tal decisión que los bávaros, superiores en más del décuplo, fueron rechazados, tras un combate de dos horas, hacia la aldea abandonada por los badenses y, finalmente, cuando llegaron más refuerzos del cuerpo de Willich, expulsados de nuevo de la aldea. Con una pérdida de unos veinte muertos y heridos, se retiraron hacia Germersheim. Lamento no poder mencionar el nombre de este joven oficial, tan bravo como talentoso, porque es probable que aún no se encuentre a salvo. Su gente solo tuvo cinco heridos, ninguno de ellos de gravedad. Uno de estos cinco, un voluntario francés, había recibido un disparo en el brazo antes de poder hacer fuego él mismo. A pesar de ello, disparó aún todas sus dieciséis cartuchas, y cuando su herida le impedía cargar, hizo que un hombre de la guadaña le cargase el fusil, solo para poder seguir haciendo fuego. Al día siguiente fuimos a Bellheim para inspeccionar el campo de lucha y tomar nuevas disposiciones.

Los bávaros habían disparado con balas macizas y metralla contra nuestros tiradores, pero no habían acertado más que a las ramas de los árboles, con las que estaba sembrada toda la calle, y al árbol detrás del cual se hallaba el capitán.

El batallón Dreher-Obermüller se presentó hoy al completo, para apostarse de manera fija en Bellheim y sus alrededores. Era un batallón hermoso, bien armado, | y especialmente los oficiales, con sus bigotes retorcidos y rostros morenos, llenos de seriedad y entusiasmo, tenían todo el aspecto de auténticos ogros pensantes. Por suerte, no eran tan peligrosos como cada vez veríamos más.

Para mi asombro, supe que casi no había munición alguna, que la mayoría de los hombres solo poseían cinco o seis cartuchos, unos pocos veinte, y que las existencias no alcanzaban siquiera para llenar las cartucheras completamente vacías de la tropa que había estado bajo el fuego el día anterior. Me ofrecí en el acto a ir a Kaiserslautern a buscar munición, y me puse en camino esa misma tarde.

Los carros de labradores andan mal; la necesidad de requisar nuevos carros por etapas, el desconocimiento de los caminos, etc., también hacen perder tiempo. Amanecía cuando llegué a Maikammer, aproximadamente a medio camino de Neustadt. Allí topé con un destacamento de la milicia popular de Pirmasens, junto con los cuatro cañones enviados a Homburg, que en Kaiserslautern se daban ya por perdidos. A través de Zweibrücken y Pirmasens, desde allí por los más pésimos caminos de montaña, habían logrado llegar hasta aquí, donde finalmente irrumpían en terreno llano. Los señores prusianos no se dieron tanta prisa en la persecución, aunque nuestros pirmasenses, excitados por las fatigas, las marchas nocturnas y el vino, ya los creían pisándoles los talones.

Algunas horas después —era el 15 de junio— llegué a Neustadt. Toda la población estaba en las calles, entreverada de soldados y francotiradores, como en el Palatinado se llamaba indistintamente a todos los milicianos de blusa. Carros, cañones y caballos obstruían los accesos. En resumen, había caído de lleno en medio de la retirada de todo el ejército palatino. El gobierno provisional, el general Sznayde, el Estado Mayor, las oficinas, todo estaba allí. Kaiserslautern estaba abandonado, la Fruchthalle, el “Donnersberg”, los cervecerías, el “punto estratégicamente más situado del Palatinado”, y, por el momento, Neustadt era el centro de la confusión palatina, la cual alcanzaba su punto culminante precisamente ahora, cuando se llegaba al combate. Me informé, en fin, de todo, tomé conmigo cuantos toneles de pólvora, plomo y cartuchos fabricados me fue posible —pues ¿de qué habría de servir también la munición a este ejército disuelto en añicos sin dar batalla?—, logré por fin procurarme, tras innumerables e infructuosos intentos, un carro con escaleras en una aldea vecina, y emprendí de nuevo la marcha por la tarde con mi botín y algunos hombres de escolta.

Antes había ido a ver al señor Sznayde y le había preguntado si tenía algo que encargar para Willich. El viejo gourmand me dio unas respuestas insignificantes y añadió con un gesto de importancia: “Vea usted, ahora lo hacemos exactamente igual que Kossuth”.

Pero a lo de que los palatinos llegaran a obrar exactamente igual que Kossuth se debió a lo que sigue. El Palatinado poseía, en su época más floreciente del “levantamiento”, es decir, el día antes de la entrada de los prusianos, unos 5.600 hombres, armados con toda clase de fusiles, y entre 1.000 y 1.500 hombres de la guadaña. Estos 5.000 a 6.000 posibles combatientes se componían, en primer lugar, del cuerpo franco de Willich y del de Hesse renana, y en segundo lugar de la llamada milicia popular. En cada distrito de comisaría territorial se había nombrado un comisario militar con la misión de organizar un batallón. Como núcleo e instructores servían los soldados pasados al levantamiento pertenecientes al distrito. Este sistema de mezclar las tropas de línea con los reclutas recién reclutados, el cual, durante una campaña activa con disciplina severa y ejercicio constante de las armas, habría conducido a los mejores resultados, lo echó todo a perder aquí. Los batallones no llegaron a formarse por falta de armas; los soldados, que no tenían nada que hacer, echaron a perder toda disciplina y porte marcial y en gran parte se dispersaron. Finalmente, en algunos distritos llegó a reunirse una suerte de batallón, mientras en otros solo existían algunas partidas armadas. Con los hombres de la guadaña no había absolutamente nada que hacer; estorbando en todas partes, sin podérseles emplear nunca de verdad, se les había dejado en parte como apéndice provisional en sus respectivos batallones, hasta que se obtuvieran fusiles para ellos, y en parte se les había reunido en un cuerpo especial bajo el mando del medio loco capitán Zinn. El ciudadano Zinn, el más consumado Pistol shakespeariano que se pueda ver, que al huir de Landau al mando del héroe Blenker había tropezado con la vaina de su sable hasta quebrarla, pero que después juró con gran | patetismo que una “bomba incendiaria de veinticuatro libras” se la había partido en dos; este mismo invencible Pistol había sido empleado hasta ahora para ejecuciones contra aldeas reaccionarias. Se entregó a esta tarea con tal celo que los campesinos, si bien le tenían mucho respeto a él y a su cuerpo, también le propinaban cumplidas palizas cada vez que lograban cogerlo a solas. A su regreso de tales incursiones, los hombres de la guadaña tenían luego que mellarse y astillar sus guadañas, y cuando llegaba a Kaiserslautern, contaba monstruosas patrañas falstaffianas de sus combates con los campesinos. —Como naturalmente con tales fuerzas poco se podía conseguir, Mieroslawsky, que llegó al cuartel general badense el día 10, ordenó que los palatinos se retirasen combatiendo hacia el Rin, asegurasen de ser posible el paso del Rin cerca de Mannheim y, en caso contrario, cruzasen a la orilla derecha del Rin por Espira o Knielingen, y que, desde Baden, defendiesen luego los pasos del Rin.

Simultáneamente con esta orden llegó la noticia de que los prusianos habían penetrado desde Saarbrücken en el Palatinado y habían rechazado, tras unos cuantos disparos de fusil hacia Kaiserslautern, a nuestros escasos hombres apostados en la frontera. Al mismo tiempo, se concentraron casi todas las unidades de tropa más o menos organizadas en dirección a Kaiserslautern y Neustadt; se produjo una confusión sin límites y gran parte de los reclutas se dispersaron. Un joven oficial de los cuerpos francos de Schleswig-Holstein de 1848, Rakow, salió con 30 hombres para recoger a los desertores y en dos veces veinticuatro horas reunió 1.400 de ellos, con los cuales formó un “batallón Kaiserslautern” y lo condujo hasta el fin de la campaña.

El Palatinado es, en relación estratégica, un terreno tan simple que ni siquiera los prusianos podían cometer aquí torpezas. A lo largo del Rin se extiende un valle de cuatro a cinco horas de anchura, sin accidentes del terreno que ofrezcan obstáculos; en tres cómodas marchas diarias llegaron los prusianos de Kreuznach y Worms a Landau y Germersheim. Sobre la montañosa parte posterior del Palatinado conduce la “calzada imperial” de Saargemünd a Maguncia, casi siempre por la cresta de la montaña o a través de un ancho valle de arroyo. También aquí hay tan pocos accidentes del terreno detrás de los cuales un ejército numéricamente débil y tácticamente inculto pudiera sostenerse siquiera de algún modo. De la calzada imperial, finalmente, se separa, justo en la frontera prusiana, cerca de Homburg, una excelente carretera que, en parte por valles fluviales y en parte por la cresta de los Vosgos, sobre Zweibrücken y Pirmasens, conduce directamente a Landau. Esta carretera ofrece ciertamente mayores dificultades, pero tampoco puede ser obstruida con pocas tropas y sin artillería, especialmente si un cuerpo enemigo maniobra en la llanura y puede cortar la retirada sobre Landau y Bergzabern.

Según esto, el ataque de los prusianos fue muy sencillo. La primera incursión se produjo desde Saarbrücken contra Homburg; desde aquí marchó una columna directamente sobre Kaiserslautern, la otra sobre Pirmasens hacia Landau. A renglón seguido atacó un segundo cuerpo en el valle del Rin. Este cuerpo encontró en Kirchheim-Bolanden la primera resistencia encarnizada en el contingente de Hesse renana allí acantonado. Los tiradores de Maguncia defendieron el jardín del castillo con gran tenacidad y a pesar de pérdidas considerables. Fueron finalmente flanqueados y se retiraron. Diecisiete de ellos cayeron en manos de los prusianos. Fueron puestos en el acto contra los árboles y fusilados sin más por los héroes ebrios de aguardiente del “magnífico ejército”. Con esta infamia comenzaron los prusianos su “corta pero gloriosa campaña” en el Palatinado.

Con esto quedó ganada toda la mitad septentrional del Palatinado y restablecida la comunicación de las dos columnas principales. Ahora solo tenían que avanzar en la llanura y desbloquear Landau y Germersheim para asegurarse todo el resto del Palatinado y capturar a todos los cuerpos que aún pudieran mantenerse en la montaña.

Había unos 30.000 prusianos en el Palatinado, provistos de numerosa caballería y artillería. En la llanura, donde el príncipe de Prusia y Hirschfeld avanzaban con el cuerpo más fuerte, no se interponía entre ellos y Neustadt más que un par de destacamentos de la milicia popular, incapaces de resistir y ya medio disueltos, y una parte de los de Hesse renana. Una marcha rápida sobre Espira y Germersheim, y los 4.000 a 5.000 palatinos concentrados, o más bien confusamente trajinando entreverados, en Neustadt y Landau, estaban perdidos, dispersados, disueltos y capturados. Pero los señores prusianos, tan activos cuando se trataba de fusilar prisioneros inermes, se mostraron sumamente reservados en el combate, sumamente soñolientos en la persecución.

Si a lo largo de toda la campaña he de volver con frecuencia sobre esta extrañísima tibieza de los prusianos y de las demás tropas del Reich, tanto en el ataque como en la persecución, frente a un ejército casi siempre seis veces inferior, por lo menos tres veces inferior, mal organizado y a trechos pésimamente mandado;

si he de insistir en esta circunstancia repetidamente, claro está que no la atribuyo a una cobardía especial de los soldados prusianos, tanto más cuanto que ya se habrá visto que no me hago ilusión alguna sobre la particular valentía de nuestras tropas.

Tampoco lo atribuyo, como hacen los reaccionarios, a una suerte de magnanimidad o al deseo de no cargar con demasiados prisioneros. La burocracia civil y militar prusiana ha buscado siempre su gloria en cosechar triunfos resonantes sobre enemigos débiles y en vengarse de los indefensos con toda la voluptuosidad de la sed de sangre. También lo ha hecho en Baden y el Palatinado; prueba de ello son los fusilamientos de Kirchheim, los fusilamientos nocturnos en la Fasanerie de Karlsruhe, las innumerables matanzas de heridos y de quienes se rendían en todos los campos de batalla, los malos tratos infligidos a los pocos que fueron hechos prisioneros, los asesinatos en consejo de guerra de Friburgo y Rastatt y, por último, la lenta, secreta y por eso tanto más cruel muerte de los prisioneros de Rastatt a causa de los maltratos, del hambre, del hacinamiento en agujeros húmedos y sofocantes y del tifus que todo ello provocó.

La tibia conducción de la guerra por parte de los prusianos tenía su causa, ciertamente, en la cobardía, y precisamente en la cobardía de los mandos. Aparte de la lentitud, de la angustiosa precisión de nuestros héroes prusianos de polaina y de maniobra, que por sí sola hace imposible todo golpe audaz, toda decisión rápida, aparte de los minuciosos reglamentos de servicio que pretenden conjurar por caminos indirectos la repetición de tantas derrotas ignominiosas, ¿dónde habrían aplicado jamás los prusianos esa conducción de la guerra tan insoportablemente aburrida para nosotros, tan sumamente bochornosa para ellos, si hubieran estado seguros de sus propios hombres?

Pero ahí residía la causa. Los señores generales sabían que un tercio de su ejército se componía de regimientos de Landwehr insubordinados, los cuales, tras la primera victoria del ejército insurrecto, se pasarían a él y muy pronto arrastrarían consigo la defección de la mitad también de la tropa de línea y, sobre todo, de toda la artillería. Y huelga decir cuál habría sido entonces la suerte de la casa Hohenzollern y de la corona incólume.

Friedrich Engels

La campaña por la Constitución del Reich alemán + IV. ¡Morir por la república!

En Maikammer, donde tuve que esperar hasta la mañana del 16 nuevos carros y escolta, me alcanzó de nuevo el ejército, que había partido muy de mañana de Neustadt. El día anterior se había hablado aún de una marcha sobre Speyer; así pues, se había abandonado ese plan y se marchaba directamente hacia el puente de Knielingen. Con quince hombres de Pirmasens, mozos campesinos semisalvajes de las selvas vírgenes del Palatinado interior, me puse en marcha. Solo cerca de Offenbach supe que Willich había marchado con todas sus tropas a Frankweiler, localidad situada al noroeste de Landau. Di media vuelta, pues, y hacia mediodía llegué a Frankweiler. Aquí no solo encontré a Willich, sino de nuevo a toda la vanguardia de los palatinos, que, para no marchar entre Landau y Germersheim, habían tomado el camino al oeste de Landau. En la fonda estaban sentados el gobierno provisional con sus funcionarios, el Estado Mayor y los numerosos vagos demócratas que se habían adherido a ambos. El general Sznayde desayunaba. Todo andaba revuelto: en la posada, los regentes, comandantes y vagos; en la calle, los soldados. Poco a poco fue entrando el grueso del ejército; el señor Blenker, el señor Trocinski, el señor Straßer y todos los demás, montados en briosos caballos, a la cabeza de sus valientes. La confusión era cada vez mayor. Poco a poco se logró despachar por delante a algunos cuerpos, en dirección a Impflingen y Kandel.

No se le notaba a este ejército que estuviera en retirada. El desorden estaba en su casa desde el principio, y si bien los jóvenes guerreros empezaban ya a quejarse 46) de las marchas desacostumbradas, ello no les impedía beber a placer en las fondas, armar bulla y amenazar a los prusianos con un aniquilamiento inmediato. A pesar de esta certeza de victoria, habría bastado un regimiento de caballería con algunas piezas de artillería volante para dispersar a toda aquella alegre compañía en las cuatro direcciones y disolver por completo el «ejército de la libertad renano-palatino». No se necesitaba nada más que una decisión rápida y un poco de temeridad; pero de una y otra cosa no había ni asomo en el campamento prusiano.

A la mañana siguiente nos pusimos en marcha. Mientras el grueso de los fugitivos se dirigía hacia el puente de Knielingen, Willich marchó con su cuerpo y el batallón Dreher hacia la montaña, contra los prusianos. Una de nuestras compañías, unos cincuenta gimnastas de Landau, había avanzado hasta lo más alto de la montaña, a Johanniskreuz. Schimmelpfennig se hallaba aún con su cuerpo en la carretera de Pirmasens a Landau. Se trataba de detener a los prusianos y cortarles en Hinterweidenthal los caminos hacia Bergzabern y hacia el valle del Lauter.

Schimmelpfennig, entre tanto, ya había evacuado Hinterweidenthal y se encontraba en Rinnthal y Annweiler. La carretera traza aquí un recodo, y precisamente en ese recodo las montañas que encierran el valle del Queich forman una especie de desfiladero, tras el cual se halla el pueblo de Rinnthal. Este desfiladero estaba ocupado por una especie de guardia avanzada. Durante la noche, sus patrullas habían informado de que se les había disparado; muy de mañana, el ex comisario civil Weiß, de Zweibrücken, y un joven renano, M. J. Becker, trajeron la noticia de que los prusianos avanzaban y pidieron que se enviaran patrullas de reconocimiento. Pero no se emprendió reconocimiento alguno, ni se ocuparon las alturas a ambos lados del desfiladero, de modo que Weiß y Becker decidieron ir a reconocer por su cuenta. Cuando menudearon los informes sobre la aproximación del enemigo, los hombres de Schimmelpfennig empezaron a levantar barricadas en el desfiladero; Willich llegó, reconoció la posición, dio algunas órdenes para ocupar las alturas e hizo retirar de nuevo la barricada, completamente inútil. Luego cabalgó rápidamente de vuelta a Annweiler y trajo a sus tropas.

Cuando marchábamos a través de Rinnthal, oímos los primeros disparos. Nos apresuramos por el pueblo y vimos a los hombres de Schimmelpfennig formados en la carretera, muchos hombres con guadañas, pocos fusiles, algunos ya adelantados hacia el combate. Los prusianos avanzaban en orden de tiradores por las alturas; Schimmelpfennig los había dejado llegar tranquilamente a la posición que él mismo debía ocupar. Aún no caía ninguna bala en nuestras columnas; todas pasaban muy por encima de nosotros. Cuando una bala silbaba sobre los hombres de las guadañas, toda la línea vacilaba, todos gritaban en desorden.

Con dificultad logramos pasar junto a estas tropas, que obstruían casi toda la carretera, sembraban el desorden por todas partes y, con sus guadañas, resultaban del todo inútiles. Los jefes de compañía y los tenientes estaban tan desconcertados y confusos como los propios soldados. Nuestros tiradores fueron destacados hacia adelante, unos a la derecha, otros a la izquierda, hacia las alturas, y además, a la izquierda, dos compañías para reforzar a los tiradores y envolver a los prusianos. La columna principal permaneció en el valle. Algunos tiradores se apostaron detrás de los restos de la barricada en el recodo del camino y dispararon contra la columna prusiana, que se encontraba unos cientos de pasos más atrás. Yo subí por la izquierda con algunos hombres montaña arriba.

Apenas habíamos trepado por la ladera cubierta de matorrales, cuando tropezamos con un campo abierto, desde cuyo borde opuesto, boscoso, los tiradores prusianos nos enviaban sus balas puntiagudas. Hice subir todavía a algunos francotiradores que trepaban desconcertados y un tanto medrosos por la ladera, los situé lo más a cubierto que pude y examiné más de cerca el terreno. No podía avanzar con aquellos pocos hombres a través de un campo completamente abierto, de 200 a 250 pasos de ancho, mientras el destacamento de envolvimiento, enviado más a la izquierda, no hubiera alcanzado el flanco de los prusianos; a lo sumo podíamos mantenernos, tanto más cuanto que apenas estábamos mal cubiertos. Por lo demás, los prusianos, a pesar de sus fusiles de bala puntiaguda, tiraban rematadamente mal; permanecimos casi sin cobertura más de media hora bajo el más violento fuego de tiradores, y los certeros tiradores enemigos solo alcanzaron a un cañón de fusil y a un faldón de blusa.

Tuve que ir por fin a ver dónde estaba Willich. Mis hombres prometieron mantenerse; yo bajé de nuevo por la ladera. Allá abajo todo estaba en orden. La columna principal de los prusianos, batida por nuestros tiradores en la carretera y a la derecha de ella, tuvo que retirarse algo más atrás. De repente, a la izquierda, donde yo había estado, nuestros francotiradores se precipitaron ladera abajo y abandonaron su posición. Las compañías que habían avanzado por el extremo ala izquierda, debilitadas por haber dejado atrás numerosos tiradores, encontraron demasiado largo el camino a través de un bosquecillo más alejado; con el capitán que se había ganado el combate de Bellheim a la cabeza, avanzaron atravesando los campos. Un fuego violento los recibió; el capitán y varios otros cayeron, y el resto, sin jefe, cedió a la superioridad numérica. Los prusianos avanzaron entonces, flanquearon a nuestros tiradores, les dispararon desde arriba y los obligaron así a retirarse. Pronto toda la montaña estuvo en manos de los prusianos. Disparaban desde arriba contra nuestras columnas; ya no había nada que hacer y emprendimos la retirada. La carretera estaba obstruida por las tropas de Schimmelpfennig y por el batallón Dreher-Obermüller, el cual, según la loable costumbre badense, no marchaba en secciones de 4 a 6 hombres, sino en medias secciones de 12 a 15 de frente, ocupando toda la anchura de la calzada. Nuestros hombres tuvieron que marchar a través de prados cenagosos para llegar al pueblo. Yo me quedé con los tiradores que cubrían la retirada.

El combate estaba perdido, en parte porque Schimmelpfennig, contra la orden de Willich, no había hecho ocupar las alturas, que con las pocas tropas utilizables no pudimos arrebatar de nuevo a los prusianos; en parte por la total inutilidad de los hombres de Schimmelpfennig y del batallón Dreher; y en parte, finalmente, por la impaciencia del capitán destacado para envolver a los prusianos, impaciencia que casi le costó la vida y dejó al descubierto nuestra ala izquierda. Por lo demás, fue una suerte que fuéramos derrotados; una columna prusiana se hallaba ya en camino hacia Bergzabern, Landau estaba desembarazada, y así habríamos sido rodeados por todas partes en Hinterweidenthal.

En la retirada perdimos más gente que en el combate. De cuando en cuando, las balas de fusil prusianas se incrustaban en la densa columna, que en su mayor parte se desplazaba en edificante desorden, entre gritos y alboroto. Tuvimos cerca de quince heridos, entre ellos Schimmelpfennig, que casi al comienzo del combate había recibido un balazo en la rodilla. Los prusianos nos persiguieron de nuevo con mucha tibieza y pronto dejaron de disparar. Sólo unos cuantos tiradores en las laderas de la montaña nos seguían. En Annweiler, a media hora del campo de batalla, tomamos algunos refrigerios muy tranquilamente y luego marchamos hacia Albersweiler. Lo principal lo teníamos: 3.000 florines en concepto de ingresos por el empréstito forzoso, que habían estado dispuestos en Annweiler. Los prusianos llamaron después a eso robo de caudales. En su embriaguez de victoria afirmaron también haber matado, en Rinnthal, al capitán Manteuffel, de nuestro cuerpo, primo del honorable Manteuffel en Berlín y suboficial prusiano pasado a nosotros. El señor Manteuffel está tan poco muerto que desde entonces ha vuelto a ganar un premio de gimnasia en Zúrich.

En Albersweiler se nos unieron dos cañones badenses, parte del refuerzo enviado por Mieroslawski. Quisimos aprovecharlos para volver a presentar batalla en las cercanías; pero entonces nos trajeron la noticia de que los prusianos estaban ya en Landau, con lo cual no nos quedó otra cosa que marchar directamente a Langenkandel.

En Albersweiler nos libramos afortunadamente de las tropas inservibles que marchaban con nosotros. El cuerpo de Schimmelpfennig, tras la pérdida de su jefe, se había disuelto ya en parte y marchaba por su cuenta, de lado, hacia Kandel. A cada momento dejaba rezagados en las posadas, merodeadores y toda clase de retrasados. El batallón Dreher empezó a amotinarse en Albersweiler. Willich y yo fuimos allí y preguntamos qué querían. Silencio general. Por fin, un franco tirador ya bastante entrado en años gritó: «¡Se nos quiere llevar al matadero!». Esta exclamación resultaba sumamente cómica en un cuerpo que ni siquiera había entrado en combate y que en la retirada había tenido dos, a lo sumo tres heridos leves. Willich mandó al hombre dar un paso al frente y entregar su fusil; el barbicano, algo bebido, lo hizo, montó una escena tragicómica y sollozó un largo discurso cuyo breve sentido era que jamás le había sucedido algo semejante. Esto provocó una indignación general entre aquellos combatientes muy cordiales, pero mal disciplinados, de modo que Willich ordenó a toda la compañía que partiera de inmediato, que él estaba harto de chácharas y murmuraciones y que no quería seguir conduciendo ni un momento más a semejantes soldados. La compañía no se lo dejó decir dos veces, giró a la derecha y se puso en marcha. Cinco minutos después la siguió el resto del batallón, al que Willich agregó dos cañones más. ¡Eso les pareció demasiado, que se les quisiera «llevar al matadero» y que tuvieran que guardar disciplina! Los dejamos marchar con gusto.

Nos echamos a la derecha, hacia las montañas en dirección a Impflingen. Pronto estuvimos cerca de los prusianos; nuestros tiradores cambiaron algunas balas con ellos. Por lo demás, durante toda la tarde se disparó de cuando en cuando. En el primer pueblo me quedé rezagado para enviar noticias por medio de mensajeros a nuestra compañía de gimnastas de Landau; ignoro si las recibió, pero llegó felizmente a Francia y de allí a Baden. A causa de esta demora perdí al cuerpo y tuve que buscar yo mismo el camino hacia Kandel. Los caminos estaban cubiertos de rezagados del ejército; todas las posadas llenas; toda aquella gloria parecía disuelta en el bienestar general. Oficiales sin soldados aquí, soldados sin oficiales allá, francos tiradores de todos los cuerpos revueltos unos con otros, se apresuraban a pie y en carro hacia Kandel. ¡Y los prusianos no pensaban en absoluto en una persecución seria! Impflingen está a sólo una hora de Landau, Wörth (ante el puente de Knielingen) a sólo cuatro o cinco horas de Germersheim; y los prusianos no enviaron rápidamente tropas ni a uno ni a otro punto, las cuales habrían podido cortar aquí a los rezagados y allí a todo el ejército. ¡En verdad que los laureles del Príncipe de Prusia se han conquistado de un modo singular!

En Kandel encontré a Willich, pero no al cuerpo, que estaba acantonado más atrás. En cambio, volví a encontrar al gobierno provisional, al estado mayor y al numeroso séquito de holgazanes. La misma aglomeración de tropas, sólo que un desorden y una confusión mucho mayores que ayer en Frankweiler. A cada momento llegaban oficiales que preguntaban por sus cuerpos, soldados por sus jefes. Nadie sabía darles razón. La disolución era completa.

A la mañana siguiente, 18 de junio, toda la compañía desfiló por Wörth y por el puente de Knielingen. A pesar de los numerosos dispersos y de los que se habían marchado a casa, el ejército, incluidos los refuerzos llegados de Baden, contaba aún con unos cinco o seis mil hombres. Marchaban tan orgullosos por Wörth como si acabaran de conquistar el pueblo y fueran al encuentro de nuevos triunfos. Seguían haciéndolo como Kossuth. Un batallón de línea badense era, por lo demás, el único que conservaba porte militar y que podía pasar marchando ante una taberna sin que algunos de sus hombres se metieran adentro de un salto. Por fin llegó nuestro cuerpo. Nosotros permanecimos como cobertura hasta que el puente pudo ser retirado; cuando todo estuvo en orden, marchamos hacia Baden y ayudamos a retirar los tramos.

El gobierno badense, para ahorrar disgustos a los buenos filisteos de Karlsruhe, que el 6 de junio se habían batido tan valientemente contra los republicanos, acantonó a toda la sociedad palatina en los alrededores. Nosotros habíamos insistido en ir a Karlsruhe con nuestro cuerpo; necesitábamos gran cantidad de reparaciones y artículos de vestuario y considerábamos además muy deseable la presencia en Karlsruhe de un cuerpo revolucionario seguro. Pero el señor Brentano había velado por nosotros. Nos dirigió a Daxlanden, un pueblo a hora y media de Karlsruhe, que se nos pintó como un verdadero Eldorado. Marchamos allá y encontramos el nido más reaccionario de toda la comarca. Nada que comer, nada que beber, apenas algo de paja; la mitad del cuerpo tuvo que dormir en el duro suelo. Y encima, caras agrias en todas las puertas y ventanas. Procedimos sumariamente. El señor Brentano fue advertido: si no se nos asignaba de antemano otro alojamiento mejor, estaríamos en Karlsruhe a la mañana siguiente, el 19 de junio. Dicho y hecho. A las nueve de la mañana se emprende la marcha. Aún no a un tiro de fusil del pueblo, nos sale al encuentro el señor Brentano con un oficial de estado mayor y despliega todas las zalamerías, todas las artes de la elocuencia, para mantenernos alejados de Karlsruhe. La ciudad alberga ya a cinco mil hombres, la clase más rica ha partido de viaje, la clase media está sobrecargada de acuartelamientos; él no tolerará que el valiente cuerpo de Willich, cuyas alabanzas están en todas las bocas, sea mal alojado, etc. De nada sirvió. Willich exigió algunos palacios vacíos de aristócratas que se habían ido de viaje, y como Brentano no quiso darlos, nos instalamos en Karlsruhe en acuartelamientos.

En Karlsruhe recibimos fusiles para nuestra compañía de guadañas y algo de paño para capotes. Hicimos reparar calzado y vestidos tan rápido como fuera posible. También vinieron a nosotros nuevas gentes, varios obreros a quienes conocía de la insurrección de Elberfeld, además Kinkel, que ingresó como mosquetero en la compañía obrera de Besançon, y Zychlinski, ayudante del alto mando en el levantamiento de Dresde y jefe de la retaguardia en la retirada de los insurgentes. Éste entró como tirador en la compañía de estudiantes.

Al lado de la completación del equipo, no se descuidó la instrucción táctica. Se ejercitó con celo y al segundo día de nuestra presencia se emprendió un asalto simulado a Karlsruhe desde la plaza del Palacio. Los filisteos demostraron con su general y profundamente sentida indignación ante tal maniobra, que habían comprendido perfectamente la amenaza.

Se tomó al fin la audaz decisión de poner en requisa la colección de armas del Gran Duque, que hasta entonces había permanecido intacta como un santuario. Nos hallábamos precisamente a punto de mandar pistonear veinte fusiles procedentes de allí, cuando llegó la noticia de que los prusianos habían pasado el Rin por Germersheim y se encontraban en Graben y Bruchsal.

Partimos en el acto —el 20 de junio por la noche— junto con dos cañones palatinos. Cuando llegamos a Blankenloch, a hora y media de Karlsruhe en dirección a Bruchsal, encontramos allí al señor Clement con su batallón y supimos que los puestos avanzados prusianos se hallaban adelantados hasta aproximadamente una hora de Blankenloch. Mientras nuestra gente cenaba con el fusil al brazo, celebramos consejo de guerra. Willich propuso atacar de inmediato a los prusianos. El señor Clement declaró que, con sus tropas no ejercitadas, no podía realizar un ataque nocturno. Se acordó, pues, que avanzáramos enseguida sobre Karlsdorf, atacásemos poco antes del amanecer e intentásemos romper la línea prusiana. Si lo lográbamos, marcharíamos sobre Bruchsal y, en lo posible, nos arrojaríamos dentro. El señor Clement debía atacar luego, al amanecer, por Friedrichsthal, apoyando nuestro flanco izquierdo.

Era cerca de medianoche cuando emprendimos la marcha. Nuestra empresa era notablemente temeraria. No éramos ni setecientos hombres con dos cañones; nuestras tropas estaban mejor ejercitadas y eran más seguras que el resto de las tropas palatinas, además bastante habituadas al fuego. Con ellas queríamos atacar un cuerpo enemigo que, en todo caso, estaba mucho más entrenado y provisto de oficiales subalternos instruidos que nosotros, entre los cuales algunos capitanes apenas habían servido en la milicia ciudadana; un cuerpo cuya fuerza no conocíamos con exactitud, pero que no contaba con menos de cuatro mil hombres. Nuestro cuerpo, empero, ya había librado combates más desiguales, y, en general, en esta campaña no se podía contar con adversidades numéricas menores.

Enviamos a diez estudiantes como vanguardia a cien pasos por delante; luego seguía la primera columna, a la cabeza media docena de dragones badenses que nos habían sido asignados para el servicio de estafeta, y detrás tres compañías. Los cañones, junto con las otras tres compañías, se mantuvieron algo más atrás; los tiradores formaban la retaguardia. Se había dado la orden de no disparar bajo condición alguna, de marchar con el mayor silencio y, tan pronto como apareciese el enemigo, arrojarse sobre él a la bayoneta.

Pronto vimos a lo lejos el resplandor de las hogueras de guardia prusianas. Llegamos sin ser hostigados hasta Spöck. El grueso se detiene; sólo la vanguardia sigue marchando. De repente suenan disparos; en la calle, a la entrada del pueblo, llamea una brillante hoguera de paja, la campana toca a rebato. A derecha e izquierda, nuestros hostigadores rodean el pueblo, y la columna marcha adentro. Dentro arden también grandes fogatas; en cada esquina esperamos una descarga. Pero todo está en silencio, y sólo una especie de puesto de guardia de campesinos acampa delante del ayuntamiento. El puesto prusiano ya se había puesto en fuga.

Los señores prusianos —eso pudimos ver aquí— se consideraban, pese a su colosal…

...la mayoría numérica no se consideraba segura si no habían cumplido sus pedantescos reglamentos para el servicio de avanzada hasta el más prolijo y aburridor detalle. Este puesto más avanzado distaba una hora entera de su campamento. Si nosotros hubiéramos querido fatigar a nuestra gente, no acostumbrada a las fatigas de la guerra, de la misma manera con el servicio de avanzada, habríamos tenido innumerables rezagados. Confiábamos en la pusilanimidad prusiana y opinábamos que ellos nos tendrían más respeto que nosotros a ellos. Y con razón. Nuestras avanzadas jamás fueron atacadas hasta la frontera suiza, ni nuestros acuartelamientos cayeron nunca por sorpresa.

En todo caso, los prusianos estaban ahora advertidos. ¿Debíamos dar media vuelta? No éramos de esa opinión; seguimos marchando de frente.

En Neuthard, de nuevo la campana a rebato; pero esta vez ni hogueras de señal ni disparos. Marchamos también aquí, en orden algo más cerrado, a través del pueblo y ascendiendo la altura hacia Karlsdorf. Nuestra vanguardia, ahora

tan solo a treinta pasos por delante, apenas ha llegado a la altura cuando ve ante sí, muy cerca, a la guardia de campo prusiana y es requerida por esta. Oigo el «¡quién vive!» y salto adelante. Uno de mis camaradas dijo: ese está perdido, a ese no lo volveremos a ver. Pero justamente mi avance fue mi salvación.

En ese mismo instante, en efecto, la guardia de campo enemiga lanza una descarga, y nuestra vanguardia, en vez de arrollarla a bayoneta, responde al fuego. Los dragones, junto a los cuales yo había marchado, con su habitual cobardía vuelven grupas de inmediato, se lanzan al galope contra la columna, atropellan a un buen número de hombres, desbaratan por completo las primeras cuatro a seis secciones y se van al galope. Al mismo tiempo, los vigías enemigos apostados en los sembrados a derecha e izquierda nos hacen fuego, y, para que la confusión sea total, en medio de nuestra columna algunos majaderos empiezan a disparar contra su propia cabeza, y otros majaderos los imitan. En un santiamén la primera mitad de la columna queda deshecha, dispersada en parte por los sembrados, en parte en fuga, en parte aglomerada en revuelto ovillo sobre el camino. Heridos, mochilas, sombreros, fusiles yacen entremezclados en el trigo tierno. En medio de ello, salvaje y confuso griterío, disparos y silbidos de balas en todas las direcciones imaginables. Y cuando el estruendo amaina un poco, oigo muy atrás cómo nuestros cañones |

huyen a toda prisa, rodando. Habían prestado a la segunda mitad de la columna el mismo servicio que los dragones a la primera.

Por furioso que yo estuviera en ese momento contra el infantil pánico que se había apoderado de nuestros soldados, no menos lamentables me parecieron los prusianos, quienes, advertidos como estaban de nuestra llegada, cesaron el fuego tras unos cuantos

disparos y también ellos se dieron a la fuga a toda prisa. Nuestra vanguardia seguía en su antiguo puesto, y del todo intacta. Un escuadrón

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de caballería, o un fuego de tiradores medianamente nutrido, nos habría disuelto en la más salvaje
desbandada.

Willich llegó corriendo a toda prisa desde la vanguardia. La compañía de Besanzón fue la primera en formarse de nuevo; las demás, más o menos avergonzadas, se le unieron. Justo entonces se hizo de día. Nuestra pérdida ascendía a seis 5
heridos, entre ellos uno de nuestros oficiales de estado mayor, que en esa misma posición había sido pisoteado y derribado por un caballo de dragón, abandonándola yo justo un instante antes para correr hacia la vanguardia. Varios otros
habían sido alcanzados de modo manifiesto por las balas de nuestra propia gente. Recogimos
cuidadosamente todas las piezas de armamento arrojadas, para que a los prusianos no les tocara 10
ni siquiera el más mínimo trofeo, y luego nos retiramos lentamente hacia
Neuthard. Los tiradores se apostaron a cubierto tras las primeras
casas. Pero ningún prusiano apareció; y cuando Zychlinski volvió a hacer un reconocimiento, los encontró todavía tras la altura, desde donde le enviaron un par
de balas sin acertar nada. 15

Los campesinos del Palatinado que conducían nuestras piezas habían llevado un
cañón hasta pasado el pueblo; el otro había volcado, y los
conductores se habían alejado a caballo con cinco caballos, cuyos tirantes cortaron de un tajo. Tuvimos
que volver a enderezar la pieza y sacarla adelante con el solo caballo de varas. 20

Llegados a Spöck, oímos a la derecha, hacia Friedrichsthal, una
fusilería que se iba haciendo poco a poco más viva. El señor Clement, una hora
más tarde de lo acordado, había atacado por fin. Propuse apoyarlo con
un ataque de flanco, para limpiar la mancha recibida.
Willich fue de la misma opinión y ordenó tomar el primer camino a la derecha. 25
Una parte de nuestro cuerpo ya había doblado, | cuando un oficial
de ordenanza de Clement anunció que este se estaba replegando. Así que fuimos
hacia Blankenloch. Pronto nos salió al encuentro el señor Beust, del estado mayor,
y se mostró sumamente asombrado de vernos con vida y al cuerpo en el mejor orden.
Los canallas dragones, en su huida que llegó hasta Karlsruhe, 30
habían contado por todas partes que Willich estaba muerto, que todos los oficiales estaban muertos, y que el cuerpo
había sido desbaratado y aniquilado a los cuatro vientos. Que nos habían tirado con metralla y
«ardientes bolas de bomba».

Ante Blankenloch nos salieron al paso tropas palatinas y badenses,
y por fin el señor Sznayde con su estado mayor. El viejo memo, que probablemente había pasado la noche 35
muy tranquilo en la cama, tuvo la desfachatez
de gritarnos: «¡Señores míos, adónde van! ¡Allí está el enemigo!».
Le respondimos, como es natural, de la manera que merecía, seguimos marchando de largo y
procuramos un poco de descanso y refrigerio en Blankenloch. Dos horas después
regresó el señor Sznayde con su tropa, por supuesto sin haber visto al enemigo, 40
y desayunó.

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El señor Sznayde tenía ahora, con los refuerzos recibidos de Karlsruhe y sus alrededores,
unos 8-9000 hombres bajo su mando, entre ellos tres
batallones badenses de línea y dos baterías badenses. En total podía contar con unas
25 piezas de artillería. A consecuencia de las órdenes algo imprecisas de
Mieroslawski, y aún más de la total incapacidad del señor Sznayde,
todo el ejército palatino se quedó parado en la comarca de Karlsruhe, hasta que los
prusianos cruzaron el Rin al amparo de la cabeza de puente de Germersheim.
Mieroslawski (véanse sus informes sobre la campaña de Baden)
había dado la orden general de defender, tras la retirada del Palatinado, los
pasos del Rin desde Espira hasta Knielingen, y la especial
de cubrir Karlsruhe y hacer del puente de Knielingen el punto de reunión de
todo el cuerpo de ejército. El señor Sznayde interpretó esto en el sentido de que
debía quedarse donde estaba, en las cercanías de Karlsruhe y Knielingen, hasta nueva orden. Si él, como
implicaban las órdenes generales de Mieroslawski, hubiera enviado un fuerte cuerpo con
artillería contra la cabeza de puente de Germersheim, no
habría ocurrido el disparate de dar al mayor Mniewski, con 450 reclutas y sin
artillería, la orden de tomar la cabeza de puente, no |
 habrían pasado 30 000 prusianos sin ser molestados por el Rin, no
se habría cortado la comunicación con Mieroslawski, y el
ejército palatino habría podido presentarse a tiempo en el campo de batalla de Waghäusel.
En lugar de ello, el día del combate de Waghäusel, el
21 de junio, anduvo vagando desorientado entre Friedrichsthal, Weingarten y Bruchsal,
perdió de vista al enemigo y malgastó el tiempo en marchas y contramarchas
sin ton ni son.

Recibimos la orden de ponernos en marcha hacia el ala derecha y avanzar
por Weingarten al borde de la montaña. Partimos, pues, ese mismo mediodía
—el 21 de junio— de Blankenloch, y por la tarde, hacia las cinco, de Weingarten.
Las tropas palatinas empezaban por fin a inquietarse; notaban
la superioridad numérica que se les enfrentaba, y perdieron la jactanciosa seguridad

que hasta entonces habían tenido, al menos antes del combate. De ahora
en adelante comenzó en las milicias palatinas y badenses, y gradualmente también
en las tropas de línea y de artillería, aquella manía de oler prusianos por todas partes, aquella cotidiana repetición
de alarmas ciegas, que todo lo sumía en confusión y daba pie a las más regocijantes
escenas. Ya en la primera altura tras Weingarten, hacia nosotros se precipitaron
patrullas y campesinos al grito de: ¡vienen los prusianos!
Nuestro cuerpo se formó en orden de batalla y avanzó. Yo regresé
a la pequeña villa para hacer tocar a rebato allí, y de este modo perdí
al cuerpo. Todo el alboroto era, como es natural, infundado. Los prusianos se habían replegado
hacia Waghäusel, y Willich entraba esa misma tarde
en Bruchsal.
Yo pasé la noche con el señor Oßwald y su batallón palatino en

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Friedrich Engels

Obergrombach, y marché con él a la mañana siguiente hacia
Bruchsal. Ante la ciudad nos salen al encuentro carros con rezagados: ¡Vienen
los prusianos! Al punto vaciló todo el batallón,
y solo a duras penas pudo hacérsele avanzar. Por supuesto, otra vez alarma ciega;
en Bruchsal estaban Willich y el resto de la vanguardia palatina; los demás
iban entrando por turno, y de los prusianos ni rastro. Junto al ejército y sus jefes estaban allí
d'Ester, el ex-gobierno palatino y
Goegg, quien, además, desde que la dictadura de Brentano se había vuelto indiscutible, casi exclusivamente |
 permanecía en el ejército y ayudaba a despachar los
asuntos civiles corrientes. El avituallamiento era malo, la confusión,
grande. Solo en el cuartel general se vivía bien, como siempre.

Recibimos otra vez una considerable cantidad de cartuchos de los depósitos de Karlsruhe
y partimos al anochecer, con nosotros toda la vanguardia.
Mientras esta acampaba en Ubstadt, nosotros nos desviamos a la derecha, hacia Unter-
Oewisheim, para cubrir el flanco en la zona montuosa.

Éramos ahora, a juzgar por las apariencias, una fuerza del todo respetable. Nuestro
cuerpo se había reforzado con dos nuevos destacamentos. Primero, con el
batallón Langenkandel, que se había desperdigado en el camino desde su lugar de origen hasta
el puente de Knielingen, y cuyos beaux restes se nos habían
unido; consistían en un capitán, un
teniente, un abanderado, un sargento primero, un suboficial y
dos soldados. Segundo, con la «Columna Robert Blum», con una bandera roja,
un cuerpo de unos sesenta hombres, que parecían caníbales y
habían realizado considerables hazañas en el arte de requisar. Además, se nos habían
asignado todavía cuatro piezas badenses y un batallón de milicias badenses,
el batallón Kniery, Knüry o Knierim (la correcta grafía del
nombre era imposible de descubrir). El batallón Knierim era digno de su jefe,
y el señor Knierim era digno de su batallón. Ambos eran de firmísimas convicciones,
espantosos fanfarrones y alborotadores, y siempre estaban borrachos.
El conocido «entusiasmo» ardía en sus corazones, como habremos de ver,
para las más grandes hazañas.

En la mañana del 23, Willich recibió una nota de Anneke, que comandaba la vanguardia
palatina en Ubstadt, con el siguiente contenido: el enemigo se acerca,
se ha celebrado consejo de guerra y se ha decidido retirarse. Willich,
sumamente asombrado por esta extraña noticia, cabalgó al punto
hacia allá, persuadió a Anneke y a sus oficiales de aceptar el combate en Ubstadt,
reconoció personalmente la posición e indicó el emplazamiento de los
cañones. Luego regresó e hizo tomar las armas a su gente.
Mientras nuestras tropas se desplegaban, recibimos la siguiente
orden del cuartel general de Bruchsal, firmada por Techow: el
grueso del ejército avanzaría por la carretera hacia Heidelberg |

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Osmscner Bundes**,

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y esperaba ese mismo día llegar hasta Mingolzheim; nosotros debíamos
marchar simultáneamente por Udenheim hacia Waldangelloch, para pernoctar allí.
Noticias ulteriores sobre los resultados del cuerpo principal, y
órdenes para nuestra conducta futura, nos serían remitidas a ese lugar.

El señor Struve ha publicado en su aventurera «Historia de las tres insurrecciones populares en Baden», págs. 311-317, un informe sobre las operaciones del ejército palatino del 20 al 26 de junio, que no es más que una apología del incapaz Sznayde y que rebosa de inexactitudes y tergiversaciones. Ya de lo narrado se desprende: 1) que Sznayde de ningún modo «unas horas después de su entrada en Bruchsal (el 22) recibió noticias seguras sobre el combate de Waghäusel y su desenlace»; 2) que, por tanto, de ningún modo «su plan se modificó con ello, y que, en vez de marchar hacia Mingolzheim, como había sido la intención inicial», de ninguna manera ya el día 22 «decidió quedarse con el grueso de su división en Bruchsal»; (la citada esquela de Techow fue escrita en la noche del 22 al 23); 3) que de ninguna manera «en la mañana del 23 debía llevarse a cabo un gran reconocimiento», sino por el contrario la marcha hacia Mingolzheim. Que 4) «todos los destacamentos recibieron la orden de marchar en dirección del fuego en cuanto oyesen disparos», y 5) «el destacamento del ala derecha (Willich) disculpó su incomparecencia en el combate de Ubstadt aduciendo que no había oído los disparos», son, como se mostrará, burdas mentiras.

Nos pusimos en marcha de inmediato. En Odenheim debía hacerse un alto para desayunar. Unos chevauxlegers bávaros, que nos habían sido asignados para el servicio de estafetas, cabalgaron a la izquierda del pueblo para reconocer posibles cuerpos enemigos. Húsares prusianos habían estado en el pueblo y requisado forraje que pensaban recoger más tarde. Mientras nosotros confiscábamos ese forraje y a nuestra gente se le distribuía vino y víveres bajo las armas, llegó al galope uno de los chevauxlegers gritando: ¡los prusianos están aquí! En un instante, el batallón Knieriem, que se hallaba más cerca, se deshizo de las filas y se revolvió en un caótico tumulto, gritando, maldiciendo y atropellándose en todas direcciones, mientras el señor mayor, sobre su caballo asustado, tenía que desentenderse de sus hombres. Willich acudió a caballo, restableció el orden y reanudamos la marcha. Los prusianos, naturalmente, no estaban allí.

En la altura detrás de Odenheim oímos el trueno de los cañones que venía de Ubstadt. Pronto se hizo más intenso el cañoneo. Oídos más avezados ya podían distinguir los disparos de bala de los de metralla. Celebramos consejo sobre si debíamos proseguir la marcha o tomar la dirección del fuego. Puesto que nuestra orden era terminante y el fuego parecía desplazarse hacia Mingolzheim, lo que indicaba un avance de los nuestros, nos decidimos por la marcha más peligrosa, la de Waldangelloch. Si los palatinos eran derrotados en Ubstadt, allí arriba, en la sierra, quedaríamos prácticamente aislados y en una posición bastante crítica.

El señor Struve afirma que el combate de Ubstadt «habría podido tener resultados brillantes si los destacamentos laterales hubiesen intervenido en el momento oportuno» (pág. 314). El cañoneo duró menos de una hora, y nosotros habríamos necesitado de 2 a 2 ½ horas para poder hacer acto de presencia en el campo de lucha entre Stettfeld y Ubstadt, es decir, hora y media después de que éste hubiera sido abandonado. Así escribe el señor Struve la «historia».

En las inmediaciones de Tiefenbach se hizo un alto. Mientras nuestras tropas se reanimaban, Willich despachó algunos partes. El batallón Knierim descubrió en Tiefenbach una especie de bodega comunal, la confiscó, sacó los toneles de vino, y en el curso de una hora todo el mundo estaba embriagado. La rabia por el susto prusiano de la mañana, el cañoneo de Ubstadt, la escasa confianza que estos héroes se tenían unos a otros y a sus oficiales, todo ello, exacerbado por el vino, estalló de pronto en abierta rebelión. Exigían retroceder de inmediato; el eterno marchar por las montañas delante del enemigo no les gustaba. Como de ello, naturalmente, ni se hablaba, dieron media vuelta y se marcharon por su cuenta. La antropófaga «Columna Robert Blum» se les unió. Los dejamos ir y marchamos hacia Waldangelloch.

Aquí, en una profunda hondonada, era imposible pernoctar con alguna seguridad. Así pues, se hizo un alto y se recabaron noticias sobre las condiciones del terreno en los alrededores y la posición del enemigo. Mientras tanto, por medio de los campesinos habían circulado algunos vagos rumores sobre la retirada del ejército del Neckar. Se decía que por Sinsheim y Eppingen marchaban considerables cuerpos badenses hacia Bretten, que el propio Mieroslawski había pasado en el más riguroso incógnito y que se le había querido detener en Sinsheim. La artillería se puso nerviosa, e incluso nuestros estudiantes comenzaron a murmurar. Así pues, la artillería fue enviada de vuelta y marchamos hacia Hilsbach. Aquí supimos más detalles sobre la retirada del ejército del Neckar, efectuada en las últimas 48 horas, y sobre los bávaros que se encontraban a hora y media de nosotros, en Sinsheim. Su número se estimaba en 7.000, pero, como supimos después, eran cerca de 10.000. Nosotros éramos como máximo 700 hombres. Nuestra gente no podía seguir marchando. Los acuartelamos, pues, en graneros, como siempre que necesitábamos mantenerlos lo más reunidos posible, apostamos fuertes puestos de campo y nos echamos a dormir. Cuando a la mañana siguiente, el día 24, reanudamos la marcha, oímos con toda claridad los tambores bávaros marchando al paso. Un buen cuarto de hora después de nuestra partida, los bávaros entraban en Hilsbach.

Mieroslawski había pernoctado dos días antes, el 22, en Sinsheim, y ya se encontraba con sus tropas en Bretten cuando nosotros entramos en Hilsbach. Becker, que mandaba la retaguardia, también había pasado ya. Por tanto, no puede, como afirma el señor Struve en la pág. 308, haber pasado la noche del 23 al 24 en Sinsheim, pues allí, a las 8 de la tarde, y probablemente ya antes, estaban los bávaros, que ya la tarde anterior habían librado un pequeño combate a Mieroslawski. La retirada de Mieroslawski desde Waghäusel, pasando por Heidelberg, hasta Bretten, es presentada por los partícipes como una maniobra de lo más peligroso. Las operaciones de Mieroslawski del 20 al 24 de junio, la rápida concentración de un cuerpo en Heidelberg con el que se lanzó sobre los prusianos, y su veloz retirada tras la pérdida del combate de Waghäusel, constituyen ciertamente la parte más brillante de toda su actuación en Baden; pero que frente a un enemigo tan soñoliento esta maniobra no fue en modo alguno tan peligrosa, lo demuestra nuestra retirada, efectuada 24 horas más tarde desde Hilsbach con un pequeño cuerpo y sin ser molestados en absoluto. Incluso por el desfiladero de Flehingen, donde ya Mieroslawski el 23 había esperado un ataque, pasamos sin ser atacados y marchamos hacia Büchig. Allí queríamos quedarnos para cubrir el campamento que Mieroslawski había establecido cerca de Bretten ante un primer ataque.

En todas partes durante nuestra marcha, que pasó por Eppingen, Zaisenhausen y Flehingen, causábamos asombro, pues ya todos los cuerpos del ejército del Neckar, incluida la retaguardia, habían pasado. Cuando entramos en Büchig y nuestro trompeta tocó, provocamos allí un susto prusiano. Un destacamento de la milicia ciudadana de Bretten, que requisaba víveres para el campamento de Mieroslawski, nos tomó por prusianos y ofreció el más hermoso ejemplo de confusión, hasta que doblamos la esquina y la vista de nuestras blusas los tranquilizó. Confiscamos de inmediato los víveres, y apenas los habíamos consumido cuando la noticia de que Mieroslawski había partido de Bretten con todas las tropas nos movió a marchar hacia Bretten.

En Bretten permanecimos durante la noche, mientras la milicia ciudadana colocaba avanzadas. Para la mañana siguiente se habían requisado carros para transportar a todo el cuerpo a Ettlingen. Dado que Bruchsal había sido tomada por los prusianos ya el día 24, y que, en caso de que el camino de Diedelsheim a Durlach estuviera ocupado por el enemigo (cosa que, según supimos después, era efectivamente el caso), no podíamos empeñarnos en combate alguno, no quedaba otra ruta hacia el ejército principal.

En Bretten se nos presentó una diputación de los estudiantes declarando que el eterno marchar delante del enemigo no les gustaba y que pedían su licenciamiento. Recibieron, como es natural, la respuesta de que ante el enemigo no se licencia a nadie; pero que si querían desertar, quedaban en libertad de hacerlo. Aproximadamente la mitad de la compañía se marchó seguidamente; el resto se fue reduciendo por deserciones individuales tan aprisa que al final sólo quedaron los tiradores. En general, los estudiantes se mostraron durante toda la campaña como señoritos descontentadizos y medrosos, que siempre querían estar al tanto de todos los planes de operaciones, se quejaban de los pies doloridos y refunfuñaban cuando la campaña no ofrecía todas las comodidades de un viaje de vacaciones. Entre estos «representantes de la inteligencia» sólo unos pocos, por su carácter realmente revolucionario y su brillante valor, constituían una excepción.

Según se nos informó después, media hora después de nuestra partida, el enemigo entró en Bretten. Llegamos a Ettlingen, donde el señor Corvin-Wiersbitzki nos pidió que marcháramos a Durlach, donde Becker debía contener al enemigo hasta que Karlsruhe hubiera sido evacuada. Willich envió a un chevauxleger con una esquela a Becker para averiguar si quería mantenerse todavía algún tiempo; el hombre regresó al cuarto de hora con la noticia de que las tropas de Becker ya le habían salido al paso en plena retirada. Así pues, marchamos hacia Rastatt, donde todo se concentraba.

El camino a Rastatt ofrecía un cuadro de la más bella desorganización. Un sinnúmero de los más diversos cuerpos marchaban o acampaban mezclados de cualquier manera, y sólo con gran esfuerzo lográbamos mantener unida a nuestra gente bajo el calor sofocante y en medio de la confusión general. En el glacis de Rastatt acampaban las tropas palatinas y algunos batallones badenses. Los palatinos se habían reducido muchísimo. El mejor cuerpo, el de Hesse renano, había sido convocado en Karlsruhe antes del combate de Ubstadt por los señores Zitz y Bamberger. Estos valientes luchadores por la libertad comunicaron al cuerpo que todo estaba perdido, que la superioridad enemiga era demasiado grande y que todavía podían regresar todos sanos y salvos a casa; que ellos, el camorrista parlamentario Zitz y el intrépido Bamberger, querían mantener su conciencia libre de sangre inocente derramada y otras desgracias, y con ello declararon disuelto el cuerpo. Los de Hesse renano se indignaron, naturalmente, de tal modo ante esta infame pretensión, que quisieron detener y fusilar a los dos traidores; también D'Ester y el gobierno palatino los persiguieron para detenerlos. Pero los honorables ciudadanos ya habían huido, y el valiente Zitz ya contemplaba desde la segura Basilea el curso ulterior de la campaña por la constitución del Reich. Así como en septiembre de 1848 con su «escrito de fractura», también en mayo de 1849 el señor Zitz había pertenecido a esos fanfarrones parlamentarios que más habían incitado al pueblo a la insurrección,

La campaña de la Constitución del Imperio. IV. ¡Morir por la república!

...y en ambas ocasiones ocupó un lugar honroso entre aquellos que fueron los primeros en abandonar la insurrección. También en Kirchheim-Bollanden figuró el señor Zitz entre los primeros desertores, mientras sus tiradores combatían y eran fusilados. — El cuerpo renano-hessiano, ya muy debilitado como todos los cuerpos por la deserción y desmoralizado por la retirada hacia Baden, perdió momentáneamente toda cohesión. Una parte se disolvió y se fue a casa; el resto se reorganizó y combatió hasta el final de la campaña. Los demás palatinos fueron desmoralizados en Rastatt por la noticia de que todos los que regresaran a casa antes del 5 de julio obtendrían amnistía. Más de la mitad se dispersó, los batallones se redujeron a compañías, los oficiales subalternos habían desaparecido en gran parte, y los aproximadamente 1.200 hombres que aún permanecían juntos ya no valían casi nada. También nuestro cuerpo, aunque en modo alguno desmoralizado, se había reducido a poco más de 500 hombres por las pérdidas, las enfermedades y la deserción de los estudiantes.

Llegamos a Kuppenheim, donde ya se encontraban otras tropas, a acantonarnos. A la mañana siguiente fui con Willich a Rastatt y allí volví a encontrarme con Moll.

A las víctimas más o menos cultas de la insurrección badense se les han erigido por todas partes monumentos en la prensa, en las asociaciones democráticas, en verso y en prosa. De los cientos y miles de obreros que libraron los combates, que cayeron en los campos de batalla, que se pudrieron en vida en las casamatas de Rastatt o que ahora, en el extranjero, únicos entre todos los emigrados, han de apurar el exilio hasta las heces de la miseria, de ésos no habla nadie. La explotación de los obreros es algo tan tradicional, tan acostumbrado, que nuestros «demócratas» oficiales no pueden ver a los obreros más que como materia prima agitable, explotable y explosible, como pura carne de cañón. Para comprender la posición revolucionaria del proletariado, el futuro de la clase obrera, nuestros «demócratas» son demasiado ignorantes y burgueses. Por eso odian también esos caracteres auténticamente proletarios, demasiado orgullosos para adularles, demasiado perspicaces para dejarse utilizar por ellos, y que, sin embargo, cada vez que se trata de derrocar un poder existente, aparecen con las armas en la mano, representando directamente en cada movimiento revolucionario al partido del proletariado. Pero si no está en el interés de los llamados demócratas reconocer a tales obreros, sí es deber del partido del proletariado honrarlos como merecen. Y entre los mejores de esos obreros figuraba Joseph Moll, de Colonia.

Moll era relojero. Desde hacía años había abandonado Alemania y tomado parte en Francia, Bélgica e Inglaterra en todas las sociedades revolucionarias, públicas y secretas. Había contribuido a fundar en 1840 la Asociación Obrera Alemana de Londres. Después de la Revolución de Febrero regresó a Alemania y pronto se hizo cargo, junto con su amigo Schapper, de la dirección de la Asociación Obrera de Colonia. Refugiado en Londres desde los disturbios de Colonia de septiembre de 1848, volvió pronto a Alemania con nombre falso, hizo agitación en las más diversas regiones y aceptó misiones cuyo peligro habría hecho retroceder a cualquier otro. En Kaiserslautern volví a verlo. También allí aceptó misiones hacia Prusia que, de haber sido descubierto, le habrían valido el indulto inmediato a la pólvora y al plomo. Al regreso de su segunda misión, atravesó felizmente todos los ejércitos enemigos hasta Rastatt, donde entró inmediatamente en la compañía obrera de Besançon, de nuestro cuerpo. Tres días después caía. Perdí en él a un viejo amigo; el partido, a uno de sus más incansables, intrépidos y seguros adalides.

El partido del proletariado estaba bastante fuertemente representado en el ejército badense-palatino, especialmente en los cuerpos francos, como en el nuestro, en la Legión de Emigrados, etc., y puede desafiar tranquilamente a todos los demás partidos a que lancen el más mínimo reproche a uno solo de sus miembros. Los comunistas más resueltos eran los soldados más valerosos.

Al día siguiente, el 27, nos trasladaron algo más hacia la montaña, a Rothenfels. La organización del ejército y el despliegue de los diversos cuerpos se establecieron paulatinamente. Pertenecíamos a la división del ala derecha, que mandaba el coronel Thome, el mismo a quien Mieroslawski había querido detener en Meckesheim, y a quien puerilmente se le había dejado el mando, y que a partir del 27 estuvo al mando de Mersy. Willich, que había rechazado el mando de los palatinos que le ofreciera Sigel, actuaba como jefe del estado mayor de la división. La división se extendía desde Gernsbach y la frontera de Wurtemberg hasta más allá de Rothenfels, y se apoyaba por la izquierda en la división Oborski, concentrada en torno a Kuppenheim. La vanguardia estaba adelantada hasta la frontera, así como hacia Sulzbach, Michelbach y Winkel. El aprovisionamiento, irregular y malo al principio, fue mejorando a partir del 27. Nuestra división constaba de varios batallones de línea badenses, el resto de los palatinos a las órdenes de Held Blenker, nuestro cuerpo y una batería o batería y media de artillería. Los palatinos estaban acantonados en Gernsbach y sus alrededores; la línea y nosotros, en Rothenfels y sus alrededores. El cuartel general se encontraba en el Hotel zur Elisabethenquelle, situado frente a Rothenfels.

Estábamos — el estado mayor de la división y el de nuestro cuerpo, junto con Moll, Kinkel y otros francos — en ese hotel el día 28, después de comer, tomando café, cuando llegó la noticia de que nuestra vanguardia en Michelbach había sido atacada por los prusianos. Partimos enseguida, aunque teníamos todos los motivos para suponer que el enemigo solo pretendía efectuar un reconocimiento. En efecto, no fue nada más. El pueblo de Michelbach, situado abajo en el valle, que los prusianos habían conquistado momentáneamente, ya les había sido arrebatado de nuevo a nuestra llegada. Se disparaba de una ladera a otra por encima del valle, malgastando inútilmente mucha munición. Solo vi un muerto y un herido. Mientras la línea desperdiciaba inútilmente sus cartuchos a distancias de 600 a 800 pasos, Willich hizo que nuestros hombres apilaran tranquilamente los fusiles y descansaran junto a los supuestos combatientes y en medio del supuesto fuego. Solo los tiradores bajaron por la ladera boscosa y, apoyados por algunas tropas de línea, expulsaron a los prusianos de la altura opuesta. Uno de nuestros tiradores, con su enorme cañón de soporte, una verdadera culebrina portátil, derribó del caballo a un oficial prusiano a unos 900 pasos; toda su compañía dio inmediatamente media vuelta a la derecha y marchó de vuelta al bosque. Cayó en nuestras manos un número de muertos y heridos prusianos, así como dos prisioneros.

Al día siguiente tuvo lugar el ataque general en toda la línea. Esta vez los señores prusianos nos molestaron durante la comida. El primer ataque que se nos comunicó fue contra Bischweier, es decir, contra el punto de enlace entre la división Oborski y la nuestra. Willich insistió en que nuestras tropas de Rothenfels se mantuvieran lo más disponibles posible, ya que el ataque principal era de esperar en todo caso en la dirección opuesta, en Gernsbach. Pero Mersy respondió que ya se sabía cómo iba eso: si atacaban a uno de nuestros batallones y los demás no acudían inmediatamente en masa en su ayuda, se gritaría traición y todo el mundo echaría a correr. De modo que se marchó hacia Bischweier.

Willich y yo avanzamos con la compañía de tiradores por el camino hacia Bischweier, por la margen derecha del Murg. A media hora de Rothenfels tropezamos con el enemigo. Los tiradores se desplegaron en línea de tiradores y Willich regresó al galope para incorporar al cuerpo, que se había quedado algo rezagado, a la línea. Durante algún tiempo, nuestros tiradores, guarecidos detrás de frutales y viñedos, soportaron un fuego bastante vivo, que respondieron con igual viveza. Pero cuando una fuerte columna enemiga avanzó por el camino para apoyar a sus tiradores, el ala izquierda de nuestros tiradores cedió y, a pesar de todas las exhortaciones, no fue posible hacerla mantener la posición. El ala derecha había avanzado más hacia las alturas y más tarde fue recogida por nuestro cuerpo.

Cuando vi que no había nada que hacer con los tiradores, los abandoné a su suerte y me dirigí hacia las alturas, donde vi las banderas de nuestro cuerpo. Una compañía se había quedado rezagada; su capitán, un sastre, por lo demás un valiente muchacho, no sabía qué hacer. La llevé con los demás y encontré a Willich precisamente cuando enviaba la compañía de Besançon a la línea de tiradores y formaba a los demás detrás en dos líneas, más una compañía enviada al flanco derecho hacia la montaña para cubrirlo.

Nuestros tiradores fueron recibidos con un fuego intenso. Frente a ellos había tiradores prusianos, y nuestros obreros no podían oponer a los rifles de bala puntiaguda más que mosquetes. Pero, apoyados por el ala derecha de nuestros tiradores, que se les unió, avanzaron con tal resolución que la corta distancia, sobre todo en el ala derecha, compensó muy pronto la peor calidad del arma y los prusianos fueron rechazados. Las dos líneas permanecieron bastante cerca detrás de la línea de tiradores. Entretanto, también se habían colocado dos cañones badenses a nuestra izquierda, en el valle del Murg, y habían abierto fuego contra la infantería y la artillería prusianas apostadas en el camino.

El combate se había prolongado aquí quizás una hora, bajo el más vivo fuego de fusiles y carabinas y con el continuo retroceso de los prusianos —algunos de nuestros tiradores habían penetrado ya hasta Bischweier—, cuando los prusianos recibieron refuerzos y adelantaron sus batallones. Nuestros tiradores se replegaron; la primera línea hizo fuego de pelotón; la segunda se retiró un trecho a la izquierda, a un camino hondo, y también hizo fuego. Pero los prusianos avanzaban en masas compactas a lo largo de toda la línea; los dos cañones badenses que cubrían nuestro flanco izquierdo ya se habían retirado, por el flanco derecho los prusianos bajaban de la montaña, y tuvimos que retroceder.

Tan pronto como salimos del fuego cruzado enemigo, tomamos nueva posición al borde de la montaña. Mientras hasta entonces habíamos hecho frente a la llanura del Rin, hacia Bischweier y Niederweier, ahora hacíamos frente a la montaña, que los prusianos habían ocupado desde Oberweier. Por fin llegaron también los batallones de línea a la línea de batalla y reanudaron el combate, junto con dos compañías de nuestro cuerpo, que de nuevo se enviaron en guerrilla.

Hemos tenido fuertes pérdidas. Faltaban unos treinta, entre ellos Kinkel y Moll, sin contar los tiradores dispersados. Los dos nombrados habían avanzado demasiado con el ala derecha de su compañía y algunos tiradores. El capitán de tiradores, el guardabosques mayor Emmermann, de Thronecken, en la Prusia renana, que marchaba contra los prusianos como si fuera a la caza de liebres, los había llevado a un lugar desde donde dispararon contra una sección de artillería prusiana, poniéndola en precipitada retirada. Pero al instante desembocó una compañía prusiana de...

desde una hondonada dispararon contra ellos. Kinkel cayó, alcanzado en la cabeza, y fue arrastrado consigo durante un trecho, hasta que pudo volver a caminar solo; | [109] Friedrich Engels | pero pronto cayeron en un fuego cruzado y tuvieron que ver cómo salir de allí. Kinkel no pudo seguir y entró en una granja, donde fue hecho prisionero por los prusianos y maltratado; Moll recibió un balazo en el vientre, fue también hecho prisionero y murió después a consecuencia de su herida. También Zychlinski había recibido un balazo de rebote en la nuca, que sin embargo no le impidió permanecer con el cuerpo.

Mientras el grueso se detenía y Willich cabalgaba hacia otro sector del campo de batalla, yo me dirigí apresuradamente al puente del Murg, más abajo de Rothenfels, que formaba una especie de punto de reunión. Quería obtener noticias de Gernsbach. Pero antes de llegar, vi elevarse el humo de Gernsbach en llamas, y en el mismo puente supe que se había oído el cañoneo procedente de allí. Luego fui todavía algunas veces a este puente; cada vez, peores noticias de Gernsbach, cada vez más tropas de línea badenses reunidas detrás del puente, las cuales, apenas entradas en fuego, ya estaban desmoralizadas. Supe, por último, que el enemigo se hallaba ya en Gaggenau. Era hora ya de oponérsele allí. Willich marchó con el cuerpo al otro lado del Murg para tomar posición frente a Rothenfels, llevando consigo cuatro piezas de artillería que le cayeron justo a mano. Yo fui a buscar a nuestras dos compañías de tiradores, que entretanto habían avanzado mucho. Por todas partes me salían al paso tropas de línea, en gran parte sin oficiales. Un destacamento era conducido por un médico, que aprovechó la ocasión para presentarse ante mí con estas palabras: «Usted me conocerá; soy Neuhaus, el jefe del movimiento turingio». Aquellos buenos hombres habían derrotado a los prusianos por doquier y ahora volvían porque ya no veían enemigo. Por ninguna parte encontré a nuestras compañías —se habían retirado por Rothenfels por el mismo motivo— y regresé al puente. Allí me encontré con Mersy, su estado mayor y sus tropas. Le pedí que me diera por lo menos un par de compañías para apoyar a Willich. «Tome toda la división, si aún puede hacer algo con esa gente», fue la respuesta. Los mismos soldados que habían hecho retroceder al enemigo en todos los puntos, que apenas llevaban cinco horas en pie, yacían ahora deshechos, desmoralizados, inservibles para nada sobre los prados. La noticia, | [110] Die deutsche Reichsverfassungskampagne + IV. Für Republik zu sterben! | de que habían sido envueltos por Gernsbach los había aniquilado. Seguí mi camino. Una compañía que regresaba de Michelbach y que me salió al encuentro tampoco fue posible moverla a nada. Cuando volví a encontrar al cuerpo en nuestro antiguo cuartel general, llegaban apresuradamente desde Gaggenau los fugitivos palatinos —Pistol Zinn con su banda, que ahora, por lo demás, llevaba mosquetes—. Mientras Willich había buscado y

[109] Friedrich Engels

encontrado una posición para la artillería, una posición que dominaba el valle del Murg y ofrecía considerables ventajas para un combate simultáneo de tiradores, los artilleros se habían dado a la fuga con los cañones, sin que el capitán pudiera retenerlos. Ya estaban de nuevo donde Mersy, en el puente. Al mismo tiempo, Willich me mostró un billete de Mersy en el que éste le comunicaba que todo estaba perdido y que se retiraría a Oos. No nos quedó más remedio que hacer lo mismo, y emprendimos la marcha de inmediato hacia la montaña. Eran aproximadamente las siete.

En Gernsbach habían ocurrido las cosas del siguiente modo. Las tropas del Reich de Peucker, que nuestras patrullas ya habían visto la víspera cerca de Herrenalb en territorio wurtembergiano, se llevaron consigo a los wurtembergianos apostados en la frontera y atacaron Gernsbach en la tarde del 29, tras haber hecho ceder a nuestros puestos avanzados mediante traición: se les acercaron gritándoles que no dispararan, que eran hermanos, y luego, a ochenta pasos, les soltaron una descarga. Después incendiaron Gernsbach con granadas, y cuando ya no fue posible contener las llamas, el señor Sigel —a quien Mieroslawski había enviado para mantener el puesto a toda costa—, el señor Sigel mismo dio la orden de que el señor Blenker se retirara combatiendo con sus tropas. El señor Sigel no negará esto, como no lo negó en Berna cuando un ayudante del señor Blenker relató esta curiosidad en presencia de él, del señor Sigel, y de Willich. Con esta orden de abandonar «combatiendo» (!) la llave de toda la posición del Murg, naturalmente quedó perdido el encuentro en toda la línea, quedó perdida la última posición del ejército badense.

Los prusianos, por lo demás, no se han cubierto de gloria especial con la batalla ganada de Rastadt. Nosotros teníamos 13 000 hombres, en su mayor parte desmoralizados y, salvo pocas excepciones, pésimamente mandados; su ejército contaba | [111] Friedrich Engels | con las tropas del Reich que avanzaron sobre Gernsbach, al menos 60 000 hombres. A pesar de esta colosal superioridad numérica, no se atrevieron a un ataque frontal serio, sino que nos batieron por vil traición, al violar el territorio neutral wurtembergiano, que nos estaba vedado. Y esta misma traición no les habría servido de mucho, al menos por el momento, y al final no les habría ahorrado un ataque frontal decisivo, si Gernsbach no hubiera estado ocupado de modo tan inconcebiblemente malo y si el señor Sigel no hubiera dado la edificante orden arriba mencionada. La posición, que de por sí no era tan formidable, nos habría sido arrebatada al día siguiente, no cabe duda; pero la victoria les habría costado a los prusianos sacrificios muy distintos, habría dañado infinitamente su reputación militar. Y por eso prefirieron violar la neutralidad de Wurtemberg, y Wurtemberg lo permitió tranquilamente.

Nos retiramos, apenas ya 450 hombres fuertes, por la montaña hacia Oos. Aquí el camino estaba cubierto de tropas en la más salvaje disolución, de carros, piezas de artillería, etc., en la mayor confusión. Atravesamos y descansamos en Sinzheim. A la mañana siguiente, reunimos detrás de Bühl a un número de los fugitivos y pernoctamos en Oberachern. Este día tuvo lugar el último combate; la legión germano-polaca, junto con algunas otras tropas de la división de Becker, rechazó en Oos a las tropas del Reich y les tomó un obús (de Mecklemburgo), que efectivamente llegó a ser llevado hasta Suiza.

El ejército estaba completamente disuelto. Mieroslawski y los demás polacos depusieron sus mandos; el coronel Oborski ya había abandonado su puesto en el campo de batalla, en la tarde del 29. Pero esta disolución momentánea no tenía mucho que significar. Los palatinos habían estado disueltos tres o cuatro veces y cada vez se habían reorganizado, mal que bien. Una retirada lo más lenta posible, incorporando todos los contingentes de los territorios que se abandonaban, y una rápida concentración de los contingentes del Oberland en Friburgo y Donaueschingen: éstos eran dos medios que aún se podían intentar. Habrían devuelto pronto el orden y la disciplina a un punto tolerable, y habrían hecho posible una última batalla, sin esperanza pero honrosa, en el Kaiserstuhl ante Friburgo o en Donau| [112] Die deutsche Reichsverfassungskampagne + IV. Für Republik zu sterben! | eschingen. Pero los jefes, tanto de la administración civil como de la militar, estaban más desmoralizados que los soldados. Abandonaron el ejército y todo el movimiento a su suerte y se retiraron cada vez más, abatidos, sin consejo, aniquilados.

Desde el ataque a Gernsbach, el temor a ser envueltos a través del territorio wurtembergiano se había generalizado y contribuyó mucho a la desmoralización general. El cuerpo de Willich, para cubrir la frontera wurtembergiana, se dirigió entonces a la montaña por el valle de Kappel, con dos obuses de montaña —varias otras piezas que nos habían sido asignadas no quisieron seguir más allá de Kappel—. Nuestra marcha por la Selva Negra, en la que no llegamos a ver enemigo, fue una auténtica excursión de placer. Pasando por Allerheiligen, llegamos el 1 de julio a Oppenau, y por el Hundskopf, el 2 a Wolfach. Aquí supimos, el 3 de julio, que el gobierno se encontraba en Friburgo y que se pensaba en abandonar también esta ciudad. Esto nos indujo a ponernos en marcha hacia allá de inmediato. Queríamos obligar a los señores regentes y al alto mando, que entonces dirigía el héroe Sigel, a no entregar Friburgo sin combate. Ya era tarde cuando partimos de Wolfach, de modo que no llegamos a Waldkirch hasta bien entrada la noche. Allí nos enteramos de que Friburgo ya había sido abandonada y que el gobierno y el cuartel general se habían trasladado a Donaueschingen. Al mismo tiempo, recibimos la orden terminante de ocupar y fortificar el valle de Simonswald y de establecer nuestro cuartel general en Furtwangen. Así pues, tuvimos que regresar a Bleibach.

El señor Sigel había apostado ahora a sus tropas detrás de la cresta de la Selva Negra. La línea defensiva debía ir de Lörrach, pasando por Todtnau y Furtwangen, hasta la frontera wurtembergiana, en dirección a Schramberg. El ala izquierda la formaban Mersy y Blenker, que se dirigían por el valle del Rin hacia Lörrach; luego seguía el señor Doli, antiguo viajante de comercio, que en su calidad de general heckeriano había sido nombrado jefe de división y se encontraba en la zona del Höllenthal; después, nuestro cuerpo en Furtwangen y el valle de Simonswald, y, por último, en el ala derecha, Becker en Sankt Georgen y Tryberg. Detrás de la montaña, el señor Sigel estaba con la reserva en Donaueschingen. ||73] Las fuerzas, considerablemente debilitadas por la deserción y sin haber recibido refuerzo alguno de los contingentes movilizados, ascendían aún a unos 9 000 hombres con 40 cañones.

Las órdenes que nos llegaron sucesivamente del cuartel general, de Friburgo, Neustadt en el Wutach y Donaueschingen, respiraban la más resuelta determinación de despreciar la muerte. Aunque se esperaba que el enemigo volviera a caer sobre nuestra retaguardia a través de Wurtemberg, por Rottweil y Villingen, se estaba decidido a batirlo y a mantener la cresta de la Selva Negra a toda costa, y, como se decía en una de estas órdenes, «casi sin la menor consideración a los movimientos del enemigo». Es decir, el señor Sigel se había asegurado, desde Donaueschingen, una gloriosa retirada a territorio suizo, realizable en cuatro horas; lo que hubiera sido de nosotros, los cercados en la montaña, podría esperarlo él entonces en Schaffhausen con toda tranquilidad de ánimo. El risueño final que tuvo este desprecio de la muerte se verá en seguida.

El día 4 llegamos a Furtwangen con 2 compañías (160 hombres); el resto se había empleado en ocupar el valle de Simonswald y los pasos de Gütenbach y St. Märgen. Por este último punto estábamos en comunicación con el cuerpo de Doll, y por Schönwald con Becker. Todos los pasos fueron bloqueados con barricadas. — Permanecimos en Furtwangen el día 5. El 6 llegó noticia de Becker de que los prusianos avanzaban sobre Villingen, junto con la exhortación de atacarlos por Vöhrenbach para apoyar la operación de Sigel. Al mismo tiempo nos comunicó que su grueso se hallaba debidamente atrincherado en Tryberg, adonde él mismo se dirigiría tan pronto como Villingen estuviera ocupada por Sigel.

No se podía ni pensar en un ataque por nuestra parte. Con menos de 450 hombres teníamos que mantener ocupadas tres millas cuadradas, y no podíamos prescindir de un solo hombre. Teníamos que quedarnos donde estábamos, e informamos de ello a Becker. Poco después llegó un despacho del cuartel general: Willich debía dirigirse de inmediato a Donaueschingen y asumir el mando de toda la artillería. Estábamos precisamente preparándonos,

…rápidamente a la otra orilla, cuando una columna de la milicia popular, seguida de artillería y de varios otros batallones de la milicia popular, llegó entrando en Furtwangen. Era Becker con su cuerpo. Se decía que la tropa se había vuelto rebelde. Me informé con un oficial de Estado Mayor, «Mayor» Neringer, amigo mío, y supe lo siguiente: él, Neringer, tenía la posición de Tryberg bajo su mando y estaba haciendo levantar las trincheras cuando el cuerpo de oficiales le entregó una declaración escrita, firmada por todos ellos: la tropa se había vuelto rebelde, y si no se daba de inmediato la orden de marchar, se marcharían con todas las tropas. Miré las firmas: ¡era otra vez el valiente batallón Dreher-Obermüller! Neringer no pudo hacer otra cosa que poner a Becker en conocimiento de esto y marchar hacia Furtwangen. Becker partió de inmediato para alcanzarlos, y así llegó con toda su tropa a Furtwangen, donde los medrosos oficiales y soldados fueron recibidos con inmensas risotadas por nuestros cuerpos francos. Se avergonzaron, y al anochecer Becker pudo conducirlos de vuelta a su posición.

Nosotros, en tanto, seguidos de la compañía de Besançon, viajamos hacia Donaueschingen. Los prusianos ya merodeaban hasta el borde mismo de la carretera; Villingen estaba ocupado por ellos. Pero pasamos sin ser hostigados, y hacia las diez de la noche llegaron también los de Besançon. En Donaueschingen encontré a d’Ester y supe por él que el señor Struve había exigido en la Constituyente de Friburgo que se marchara de inmediato a Suiza, que todo estaba perdido, y que Held Blenker había seguido este consejo y que ya esta mañana había pasado a territorio suizo por Basilea. Ambas cosas eran completamente ciertas. Held Blenker había ido a Basilea el 6 de julio, aunque era justamente el que estaba más lejos del enemigo. Se había tomado apenas el tiempo para, finalmente, llevar a cabo una serie de requisiciones de su propia cosecha, las cuales causaron algún mal olor entre él y el señor Sigel, y más tarde con las autoridades suizas. ¡Y Held Struve, el mismo que el 29 de junio aún declaraba traidor del pueblo al señor Brentano y a todo aquel que quisiera negociar con el enemigo, tres días después, el 2 de julio, estaba tan aniquilado que no se avergonzó de presentar, en una sesión confidencial de la Constituyente badense, la moción de que, para que la región alta no sintiera, al igual que la baja, los horrores de la guerra y no se derramara mucha sangre valiosa, y puesto que había que salvar lo que aún se pudiera salvar (!), ¡se pagara, tanto a la asamblea del país como a cada participante en la revolución, su sueldo o soldada hasta el 10 de julio, junto con el correspondiente dinero para el viaje, y que todos se retiraran con cajas, provisiones, armas, etc., a territorio suizo! Esta pulcra moción la presentó el valiente Struve el 2 de julio, cuando nosotros estábamos en Wolfach, arriba en la Selva Negra, a diez

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Friedrich Engels

horas de Friburgo, ¡y a veinte horas de la frontera suiza! El señor Struve es lo bastante cándido para relatar él mismo este incidente en su «Historia», pág. 237 y ss., y jactarse aún de él. La única consecuencia que podía tener la aceptación de semejante moción era que los prusianos nos presionaran cuanto pudieran, para «salvar lo que aún se pudiera salvar», es decir, para arrebatarnos cajas, cañones y provisiones, puesto que la falta de peligro de una persecución enérgica era cosa firme tras esta resolución; y luego, que nuestras tropas desertaran en masa de inmediato y cuerpos enteros se escaparan por su cuenta a Suiza, como realmente sucedió. Nuestro cuerpo habría sido el que peor parado saliera de ello; estuvo en territorio badense hasta el 12 y recibió su soldada hasta el 17.

El señor Sigel, en lugar de retomar Villingen, decidió al principio tomar posición detrás de Donaueschingen, en Hüfingen, y esperar al enemigo. Pero aquella misma noche se decidió marchar hacia Stühlingen, pegada a la frontera suiza. Enviamos mensajeros a caballo a toda prisa a Furtwangen para advertir a nuestro cuerpo y al de Becker. Ambos debían ir también a Stühlingen, vía Neustadt y Bonndorf. Willich fue a Neustadt al encuentro del cuerpo, yo me quedé con la compañía de Besançon. Pernoctamos en Riedböhringen y llegamos a la tarde siguiente, 7 de julio, a Stühlingen. El 8, el señor Sigel pasó revista a su ejército, a medio desbandarse, le recomendó que en el futuro no viajara en carro, sino que marchara (¡en la frontera!), y se retiró. A nosotros nos dejó media batería y una orden para Willich.

Entre tanto, desde Furtwangen se había enviado la noticia de la retirada general primero a Becker y luego a nuestras compañías estacionadas más adelante. Nuestro cuerpo se concentró primero en Furtwangen y encontró a Willich en Neustadt. Becker, que estaba más cerca de Furtwangen |[76| que nuestros cuerpos adelantados, llegó no obstante allí más tarde y siguió por el mismo camino. Topó con atrincheramientos que detuvieron su marcha, y de los que más tarde se dijo en periódicos suizos que habían sido levantados por nuestro cuerpo. Esto es erróneo; nuestro cuerpo solo bloqueó los caminos del otro lado de la cresta de la Selva Negra, y no precisamente en la carretera de Tryberg a Furtwangen, que no ocupaba en absoluto. Además, nuestros cuerpos francos no marcharon desde Furtwangen hasta que la vanguardia de Becker hubo llegado allí.

En Donaueschingen se había acordado que los restos de todo el ejército se reunieran tras el Wutach, desde Eggingen hasta Thiengen, y esperaran allí la aproximación del enemigo. Aquí, apoyados los flancos en territorio suizo, podíamos intentar aún un último combate con nuestra considerable artillería. Se podía incluso esperar a ver si los prusianos violaban el territorio suizo y arrastraban así a Suiza a la

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La campaña por la Constitución del Reich * IV. ¡Morir por la República!

guerra. Pero cuál no sería nuestro asombro cuando, al llegar Willich, leímos en la orden del bravo Sigel: «El grueso va hacia Thiengen y Waldshut y toma allí una posición firme (!!). Procure usted mantener la posición (en Stühlingen y Eggingen) tanto tiempo como sea posible». — ¡«Posición firme» en Thiengen y Waldshut, con el Rin a la espalda y alturas accesibles al enemigo frente al frente! Eso no significaba otra cosa sino: queremos pasar a Suiza por el puente de Säckingen. Y, sin embargo, el héroe Sigel había dicho con ocasión de la moción Struve: si esta es aceptada, él, Sigel, será el primero en rebelarse.

Ocupamos ahora la posición tras el Wutach mismo y distribuimos nuestras tropas desde Eggingen hasta Wutöschingen, donde estaba nuestro cuartel general. Aquí recibimos el siguiente documento del señor Sigel, aún más edificante: «Orden. Cuartel general Thiengen, 8 de julio de 1849. — Al coronel Willich en Eggingen. Puesto que el cantón de Schaffhausen se comporta ya ahora de manera hostil contra mí, me es imposible ocupar la posición que habíamos discutido. En consecuencia, dirigirá usted sus movimientos hacia Griessen, Lauchringen y Thiengen. Yo marcho mañana desde aquí para ir o bien a Waldshut o bien tras el Alb (es decir, hacia Säckingen). — El General en Jefe, Sigel». Esto superaba todo. Al anochecer fuimos Willich y yo en carro a Thiengen, donde el «Cuartelmaestre General» Schlinke nos confesó que efectivamente el plan era ir hacia Säckingen y pasar allí el Rin. Sigel quiso al principio hacerse un poco el «General en Jefe», pero Willich no se prestó a ello, y lo llevó finalmente a que se diera la orden de dar media vuelta y marchar hacia Griessen. El pretexto para la marcha hacia Säckingen era la unión con Doll, de quien se decía que marchaba hacia allí, y una posición supuestamente fuerte. La posición, evidentemente la misma desde la cual Moreau libró allí un combate en 1800, solo tenía la desventaja de que presentaba el frente hacia un lado completamente distinto de aquel por donde nos venía el enemigo; y en cuanto al noble Doll, este no tardó en demostrar que también podía irse a Suiza sin el señor Sigel.

Entre los cantones de Zúrich y Schaffhausen se extiende una pequeña franja de territorio badense con las localidades de Jestetten y Lottstetten, que, salvo por un estrecho acceso en Baltersweil, está completamente rodeada por Suiza.

Aquí debía ocuparse la última posición. Las alturas detrás de Baltersweil, a ambos lados de la carretera, ofrecían emplazamientos excelentes para nuestros cañones, y nuestra infantería era aún bastante numerosa para cubrirlos hasta que, en caso necesario, hubieran alcanzado el territorio suizo. Aquí, se acordó, debíamos esperar a ver si los prusianos nos atacaban o nos rendían por hambre. El grueso, al que se había unido Becker, levantó aquí un campamento. Willich había elegido la posición para los cañones (más tarde encontramos

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allí sus parques, donde debía estar su posición de combate). Nosotros mismos formábamos la retaguardia y avanzábamos lentamente tras el grueso. El 9 por la noche fuimos a Erzingen, el 10 a Riedern. Aquel día se celebró en el campamento un consejo de guerra general. Solo Willich habló en favor de continuar la defensa. Sigel, Becker y otros, en favor de la retirada a territorio suizo. Un comisario suizo, creo que el coronel Kurz, había estado allí y había declarado que, si aún se aceptaba un combate, Suiza no daría asilo. En la votación, Willich quedó solo con dos o tres oficiales. De nuestro cuerpo, nadie más que él estuvo presente.

Aún cuando Willich estaba en el campamento, la media batería que estaba con nosotros recibió orden de marcha, y se alejó sin que se nos hiciera el menor aviso. Todas las demás tropas, excepto nosotros, recibieron también orden de acudir al campamento. Por la noche fui otra vez con Willich al cuartel general en Lottstetten; cuando regresábamos al amanecer, nos encontramos en el camino con toda la compañía, que había salido del campamento y se dirigía en la más salvaje confusión hacia la frontera. El mismo día, el 11, a primera hora de la mañana, el señor Sigel pasó con su gente a territorio suizo por Rafz, y el señor Becker con los suyos por Rheinau. Nosotros concentramos nuestro cuerpo, los seguimos al campamento y de allí a Jestetten. Aquí recibimos hacia el mediodía, por medio de un oficial de ordenanza, una carta de Sigel desde Eglisau, comunicando que ya se encontraba felizmente en Suiza, que los oficiales conservaban sus sables y que nosotros debíamos seguirlos lo antes posible. ¡Se acordaron de nosotros cuando ya estaban en suelo neutral!

Marchamos a través de Lottstetten hasta la frontera, vivaqueamos la noche aún en suelo alemán, disparamos nuestros fusiles al alba del 12 y pusimos luego pie, los últimos del ejército badense-palatino, en territorio suizo. El mismo día, simultáneamente con nosotros, Constanza fue abandonada por el cuerpo allí destacado. Una semana más tarde caía Rastatt por traición, y la contrarrevolución había, por el momento, conquistado de nuevo Alemania hasta el último rincón.

La Campaña por la Constitución del Reich se fue a pique debido a su propia mediocridad y a su miseria interna. Desde la derrota de junio de 1848, la cuestión para la parte civilizada del continente europeo se plantea así: o bien dominación del proletariado revolucionario, o bien dominación de las clases que gobernaban antes de febrero. Un término medio ya no es posible. En Alemania, particularmente, la burguesía se ha mostrado incapaz de gobernar; solo pudo mantener su dominación frente al pueblo entregándosela al

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La campaña por la Constitución del Reich * IV. ¡Morir por la República!

la nobleza y la burocracia volvieron a ceder. En la Constitución imperial, la pequeña burguesía, aliada con la ideología alemana, intentó una conciliación imposible, destinada a aplazar la lucha decisiva. La tentativa debía fracasar: para quienes tomaban en serio el movimiento, no les era seria la Constitución imperial, y para quienes tomaban en serio la Constitución imperial, no les era serio el movimiento.

Pero no por ello la campaña por la Constitución imperial ha tenido resultados menos significativos. Ha simplificado, ante todo, la situación. Ha cortado una serie interminable de tentativas de mediación: una vez perdida, solo puede triunfar la monarquía feudal-burocrática algo constitucionalizada, o la revolución real. Y la revolución en Alemania no puede ya consumarse sino con la dominación completa del proletariado.

La campaña por la Constitución imperial ha contribuido además, en los territorios alemanes donde los antagonismos de clase no estaban aún desarrollados de manera nítida, de modo significativo a su desarrollo. Particularmente en Baden. En Baden, como vemos, antes de la insurrección casi no existían antagonismos de clase. De ahí la reconocida dominación de los pequeño-burgueses sobre todas las clases de oposición, de ahí la aparente unanimidad de la población, de ahí la rapidez con que los badenses, al igual que los vieneses, pasan de la oposición a la insurrección, intentan un levantamiento a cada oportunidad y no rehúyen siquiera la lucha en campo abierto contra un ejército regular. Pero tan pronto como estalló la insurrección, las clases se destacaron nítidamente, los pequeño-burgueses se separaron de los obreros y los campesinos. En su representante Brentano se cubrieron de oprobio para siempre. Ellos mismos han sido empujados por el régimen del sable prusiano a tal desesperación, que ahora prefieren cualquier régimen, incluso el de los obreros, a la opresión actual; tomarán una parte mucho más activa en el próximo movimiento que en todos los anteriores; pero, afortunadamente, no podrán volver a desempeñar jamás el papel autónomo y dominante que tuvieron bajo la dictadura de Brentano. Los obreros y los campesinos, que bajo el actual régimen del sable sufren tanto como los pequeño-burgueses, no han hecho en vano la experiencia del último levantamiento; ellos, que además tienen que vengar a sus hermanos caídos y asesinados, ya se cuidarán de que en la próxima insurrección tomen el timón ellos y no los pequeño-burgueses. Y aunque ninguna experiencia insurreccional pueda sustituir el desarrollo de las clases, que solo se alcanza mediante un funcionamiento prolongado de la gran industria, Baden, por su último levantamiento y sus consecuencias, ha entrado en la serie de las provincias alemanas que en la revolución venidera ocuparán uno de los puestos más importantes.

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Políticamente considerada, la campaña por la Constitución imperial fue un error desde el principio. Militarmente considerada, lo fue también. La única posibilidad de que triunfara residía fuera de Alemania, en la victoria de los republicanos en París el 13 de junio —y el 13 de junio fracasó. Después de este acontecimiento, la campaña ya no podía ser más que una farsa más o menos sangrienta. No fue otra cosa. La estupidez y la traición la arruinaron por completo. Con excepción de unos pocos, los jefes militares eran traidores o cazadores de puestos incompetentes, ignorantes y cobardes, y las pocas excepciones fueron abandonadas en todas partes por los demás, así como por el gobierno de Brentano. Quien en la próxima conmoción no tenga otros títulos que hacer valer que el de haber sido general de Hecker u oficial de la Constitución imperial, merece que se le muestre la puerta de inmediato. Tal como los jefes, así los soldados. El pueblo badense alberga en su seno los mejores elementos guerreros; en la insurrección estos elementos fueron desde el principio tan corrompidos y descuidados, que de ahí surgió la miseria que hemos descrito ampliamente. Toda la «revolución» se disolvió en una verdadera comedia, y el único consuelo era que el adversario, seis veces más fuerte, tenía seis veces menos valor aún.

Pero esta comedia ha tenido un final trágico, gracias a la sed de sangre de la contrarrevolución. Los mismos guerreros que en la marcha o en el campo de batalla fueron presa más de una vez de pánico terror, murieron en las trincheras de Rastatt como héroes. Ni uno solo imploró clemencia, ni uno solo tembló. El pueblo alemán no olvidará los fusilamientos ni las casamatas de Rastatt; no olvidará a los grandes señores que ordenaron estas infamias, pero tampoco a los traidores que, con su cobardía, las causaron: los Brentano de Karlsruhe y de Fráncfort.

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