Anuncio de la "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue"

Neue Deutsche Zeitung.
Nr. 14, 16 de enero de 1850

En enero de 1850 aparece:

Neue Rheinische Zeitung

Revista político-económica

redactada por

Karl Marx.

La revista lleva el título del periódico como cuya continuación ha de ser considerada. Una de sus tareas consistirá en volver, en reseñas retrospectivas, sobre la época transcurrida desde la supresión de la "Neue Rheinische Zeitung".

El mayor interés de un periódico, su intervención diaria en el movimiento y su hablar inmediato desde el movimiento mismo, el reflejo de la historia cotidiana en toda su plenitud, la continua y apasionada interacción entre el pueblo y la prensa diaria del pueblo, este interés se pierde necesariamente en una revista. La revista ofrece, en cambio, la ventaja de captar los acontecimientos en sus contornos más amplios y de tener que detenerse sólo en lo más importante. Permite un examen detallado y científico de las relaciones económicas que constituyen la base de todo el movimiento político.

Una época de aparente estancamiento, como la actual, debe aprovecharse precisamente para esclarecer el período revolucionario vivido, el carácter de los partidos en lucha, las relaciones sociales que condicionan la existencia y la lucha de estos partidos.

La revista aparece en fascículos mensuales de al menos cinco pliegos, a un precio de suscripción de 25 Silbergroschen por trimestre, pagaderos al recibir el primer fascículo. Fascículos sueltos, 10 Silbergroschen. La distribución librera corre a cargo de los Sres. Schuberth y Comp., en Hamburgo.

Se ruega a los amigos de la "Neue Rheinische Zeitung" que hagan circular listas de suscripción en sus respectivas localidades y que las remitan cuanto antes al abajo firmante para su envío. Las contribuciones literarias, así como las novedades para su reseña en la revista, sólo se recibirán franco de porte.

Londres, 15 de diciembre de 1849.

C. Schramm,
Gerente de la N. Rhein. Ztg.
4, Andersonstreet, Kingsroad. Chelsea.

y así, mientras el rico que consume champán, clarete y borgoña selectos no paga casi nada, el trabajador paga al gobierno por su vino inferior un impuesto del 50, 100 y, en algunos casos, 500 o 1.000 por ciento sobre el valor originario. De la renta obtenida por este impuesto, 51 millones de francos son pagados por las clases más pobres, y solo 25 millones por los ciudadanos más acaudalados. En semejantes circunstancias, no puede caber la menor duda de que este impuesto es sumamente perjudicial para la producción de vino en Francia. Los principales mercados de este producto, las ciudades, son para el productor vitivinícola otros tantos países extranjeros en los que, antes de poner a la venta su producto, tiene que pagar un arancel regular de aduana de entre el 50 y el 1.000 por ciento *ad valorem*. La otra parte del mercado, el campo abierto, está sometida por lo menos a un derecho del 20 al 50 por ciento del valor originario. La consecuencia inevitable de esto es la ruina de las regiones vitivinícolas del país. Cierto es que la producción de vino ha ido aumentando a pesar del impuesto, pero la población ha superado ese aumento a un ritmo mucho mayor.

¿Por qué, entonces, ha sido posible mantener bajo el gobierno de la clase media un impuesto tan odioso como este? En Inglaterra, diríase, incluso Cobden y Bright lo habrían barrido hace ya mucho. Y así lo habrían hecho. Pero en Francia, los fabricantes nunca encontraron un Cobden ni un Bright que defendiera sus intereses con tenacidad invencible, ni un Peel que cediera a sus reivindicaciones. El sistema financiero francés, aunque tan cacareado por la mayoría de la Asamblea, es el *mixtum compositum* más confuso y artificioso que jamás se haya imaginado. Ninguna de las reformas llevadas a cabo en Inglaterra desde 1842 fue intentada en Francia bajo Luis Felipe. La reforma postal era considerada casi como una blasfemia en los benditos tiempos de Guizot. El arancel no era, ni es ahora, ni un arancel de libre comercio ni meramente de renta, ni proteccionista ni prohibitivo, sino que contiene algo de todo, excepto libre comercio. Antiguas prohibiciones y elevadas tarifas, que durante muchos años han carecido de propósito, más aún, que son decididamente perjudiciales para el comercio, se encuentran por todas partes del arancel. Con todo, nadie osaba tocarlas. La tributación local, en todas las ciudades de más de 1.000 habitantes, es indirecta y se recauda sobre los productos introducidos en la ciudad. De este modo, la libertad de comercio incluso en el interior se ve interrumpida cada diez o quince millas por una especie de aduana interior.

Este estado de cosas, vergonzoso incluso para un gobierno de la clase media, permaneció intacto por diversas causas. Con toda esta tributación opresiva, con recibos de 1.400 o 1.500 millones de francos, había un déficit al final de cada año, y un empréstito tras cada cuarto o quinto año. Los agiotistas de la Bolsa de París hallaban una fuente inagotable de lucro, agio y trapicheo en este estado depauperado de la Hacienda Pública. Ellos y sus socios formaban la mayoría en las dos Cámaras y eran así los verdaderos dominadores del Estado, exigiendo siempre nuevos suministros de dinero. La reforma financiera, además, no podía realizarse sin medidas radicales que habrían llevado el presupuesto a su equilibrio, cambiado la distribución de los impuestos y, además de gravar a estos mismos agiotistas, dado un mayor peso político a otras fracciones de las clases medias. Y cuáles habrían sido las consecuencias de semejante cambio bajo el carcomido gobierno de Luis Felipe se puede juzgar por el pretexto relativamente nimio que condujo a la revolución de febrero.

Esa revolución no llevó al poder a ningún hombre capaz de reformar el sistema financiero de Francia. Los señores del *National*, que se apoderaron de ese departamento, se sintieron abrumados por el peso del déficit. Se hicieron muchos intentos de reforma a retazos; todos resultaron abortivos, exceptuando la abolición del impuesto sobre la sal y la reforma postal. Al fin, en un arrebato de desesperación, la Asamblea Constituyente votó la derogación del impuesto sobre el vino, ¡y ahora los hombres “honrados” y “moderados” del orden en la presente preciosa Asamblea lo restablecen! Más aún: el ministro se propone restablecer el impuesto sobre la sal y volver a aumentar el franqueo postal; de modo que el viejo sistema financiero, con sus eternas deficiencias y dificultades, y el consiguiente dominio absoluto de la Bolsa de París, con su agio, trapicheo y lucro desmedidos, quedará muy pronto restablecido en Francia.

El pueblo, sin embargo, no parece dispuesto a someterse en silencio a una medida que restablece un pesado impuesto sobre un artículo de primera necesidad para los pobres, a la vez que casi exime a los ricos. La socialdemocracia se ha extendido maravillosamente por los distritos agrícolas de Francia; y esta medida convertirá al resto de los millones que, hace doce meses, votaron por ese ambicioso estúpido, Luis Napoleón. Una vez ganado el campo para la socialdemocracia, pasarán muy pocos meses, más aún, pocas semanas realmente, antes de que la Bandera Roja flote desde las Tullerías y el Elíseo Nacional. Solo entonces será posible derribar radicalmente el viejo y opresor sistema financiero, acabando de un solo golpe con la Deuda Nacional, introduciendo un sistema de tributación directa y progresiva, y con otras medidas de carácter igualmente enérgico.

Carta desde Alemania II  
Curiosas revelaciones acerca de los déspotas de Alemania —  
Guerra intencionada contra Francia — La revolución venidera  

Carta desde Alemania.  
(De nuestro propio corresponsal.)  

Curiosas revelaciones acerca de los déspotas de Alemania —  
Guerra intencionada contra Francia — La revolución venidera.  

Colonia, 20 de enero de 1850.  

Al día siguiente de enviarles mi última carta, llegó aquí la noticia del “arreglo de la cuestión” de quién había de gobernar sobre toda Alemania. El “Interin”, compuesto por dos delegados austriacos y dos prusianos, ha conseguido al fin que el viejo archiduque Juan se retire del negocio. Han tomado consecuentemente en sus manos las riendas de un poder que, sin embargo, no será de larga duración. Expira en el mes de mayo próximo, y hay buenas razones para esperar que incluso antes de ese término ciertos “acontecimientos adversos” barrerán a estos cuatro gobernantes provisionales de Alemania. Los nombres de estos cuatro satélites del despotismo militar son bien significativos. Austria ha enviado al señor Kubeck, ministro de finanzas bajo Metternich, y al general Schönhals, la mano derecha del carnicero Radetzki. Prusia está representada por el general Radowitz, miembro de la orden de los jesuitas, favorito del rey y principal inventor de todas esas tramas mediante las cuales Prusia ha logrado, por el momento, sofocar la revolución alemana; y por el señor Bötticher, gobernador, antes de la revolución, de la provincia de Prusia Oriental, donde es recordado con “cariño” (?) como “reprimidor” de reuniones públicas y organizador del sistema de espionaje. Lo que serán las andanzas de semejante pandilla de bellacos no necesito contárselo. Mencionaré solo un caso. El gobierno de Wurtemberg, forzado por la revolución, había contratado con el príncipe de Thurn y Taxis —quien, como saben, posee el monopolio del traslado de cartas por correo y del transporte de viajeros en una gran parte de Alemania, excluyendo a los gobiernos—, el gobierno de Wurtemberg, digo, había contratado con este ladrón a escala nacional para ceder, mediante una suma considerable, su monopolio a favor de dicho gobierno. Habiendo mejorado los tiempos para quienes viven del saqueo nacional, el príncipe de Thurn y Taxis valúa su monopolio en más que la suma contratada y no quiere desprenderse de él. El gobierno de Wurtemberg, liberado de la presión desde fuera, encuentra este cambio de opinión muy razonable; y ambas partes recurren —el príncipe públicamente, el gobierno antes mencionado en secreto— al “Interin”, el cual, tomando como pretexto un artículo del viejo acta de 1815, declara nulo e ilegal el contrato. Todo está en regla. Mucho mejor que el señor Thurn y Taxis conserve su privilegio unos cuantos meses más; el pueblo, cuando acabe con toda la partida de privilegios, no solo se lo quitará sin darle nada, sino que, por el contrario, le hará entregar incluso el dinero que hasta ahora les ha robado.

El despotismo militar en Austria se vuelve cada día más intolerable. La prensa casi reducida a la aniquilación, todas las libertades públicas destruidas, el país entero plagado de espías —encarcelamientos, consejos de guerra, flagelaciones en cada rincón del país—: he ahí el significado práctico de esas constituciones provinciales que el gobierno publica de vez en cuando y que no se cuida en quebrantar en el mismo momento de su publicación. Sin embargo, hay un final para todo, incluso para los estados de sitio y el gobierno de la espada. Los ejércitos cuestan dinero, y el dinero es una cosa que ni siquiera el emperador más poderoso puede crear a su antojo. El gobierno austriaco ha logrado hasta ahora mantener a flote sus finanzas mediante emisiones colosales de papel moneda. Pero también esto tiene un fin; y, a pesar de aquel teniente prusiano que una vez quiso batirse conmigo en duelo porque le dije que un rey o un emperador no podía hacer tantos dólares en papel como quisiera —a pesar de ese profundo economista político, el emperador de Austria ve su papel moneda, aunque inconvertible, con un descuento de entre veinte y treinta por ciento frente a la plata, y casi el cincuenta por ciento frente al oro. El empréstito extranjero que se proponía se ha venido abajo gracias a los esfuerzos del señor Cobden. Los capitalistas extranjeros han suscrito solo por un monto de 500.000 libras esterlinas, y él necesita quince veces esa suma; en tanto que su país exhausto no puede permitirse prestarle nada. El déficit, de quince millones y medio a finales de septiembre último, habrá alcanzado ya de veinte a veinticuatro millones —la mayor parte de los gastos de la guerra húngara siendo pagaderos en el último trimestre de 1849—. No queda, pues, a Austria sino una alternativa: la bancarrota, o una guerra exterior para hacer que el ejército se pague a sí mismo y reconquistar crédito comercial mediante batallas ganadas, provincias conquistadas y contribuciones de guerra impuestas. Así, el señor Cobden, al oponerse a los empréstitos austriaco y ruso con el pretexto de la preservación de la paz, ha contribuido más que ningún otro —pues Rusia se halla en el mismo estado embarazoso que Austria— a precipitar esa campaña coaligada contra la República Francesa, que no puede, bajo ninguna circunstancia, demorarse por mucho tiempo.

En Prusia asistimos a otro acto de "escrupulosidad real". Sabéis que Federico Guillermo IV, el hombre que nunca faltó a su palabra, dispersó por la fuerza, en noviembre de 1848, la representación nacional e impuso | a su pueblo una constitución hecha a su entera medida; que consintió en que esta hermosa obra fuese revisada por el primer parlamento que se reuniera; que en este parlamento la Segunda Cámara (Cámara de los Comunes) fue disuelta incluso antes de abordar la tarea de revisión, imponiéndose por la fuerza al pueblo otra reforma electoral mediante la cual se suprimió muy pulcramente el sufragio universal y se aseguró una mayoría de la nobleza terrateniente, de funcionarios gubernamentales y de burgueses. Esta Cámara, para cuya elección todo demócrata se negó a votar, de modo que ha sido elegida por una quinta o una sexta parte del número total de electores —esta Cámara, en unión con la antigua Primera Cámara, emprendió la revisión de la Constitución y la hizo, desde luego, aún más grata al rey de lo que él mismo la había hecho originalmente. Ahora casi han terminado con ella. Ahora bien, ¿pensáis que Su Majestad se dignará aceptar esta Constitución enmendada y prestar el juramento prescrito en ella? Ni por asomo. Envía a su fiel parlamento un mensaje real en el que declara que está muy complacido con lo que sus dos Cámaras han hecho de su Constitución, pero que, antes de que su "escrupulosidad real" le permita prestar el susodicho juramento, su propia Constitución debe ser modificada en alrededor de una docena de puntos. ¿Y cuáles son esos puntos? Pues bien, Su Majestad es lo bastante modesto como para no exigir más que las siguientes bagatelas. 1. La Primera Cámara, ahora elegida por los grandes terratenientes y capitalistas, se convierta en una completa Cámara de los Lores, que contenga a los príncipes reales, alrededor de cien pares hereditarios escogidos por Su Majestad, sesenta pares elegidos por los grandes terratenientes, treinta por los grandes intereses monetarios y seis por las universidades.

2. Los ministros serán responsables ante el rey y el país, no ante el parlamento.
3. Todos los impuestos que figuran actualmente en el presupuesto se recaudarán a perpetuidad, sin que el parlamento tenga facultad para rechazarlos.
4. Una "Cámara Estrellada", o Alto Tribunal de Justicia, para juzgar los delitos políticos —sin mencionarse para nada los jurados.
5. Una ley especial para definir y restringir los poderes de la Segunda Cámara del parlamento, etc. Ahora bien, ¿qué opináis de esto? Su Majestad impone a los buenos prusianos una nueva Constitución, para ser enmendada por el parlamento. Su parlamento la enmienda suprimiendo todo lo que se asemeje a un resto de derechos populares. Y el rey, no contento con eso, declara que su "escrupulosidad real" le prohíbe aceptar su propia Constitución, enmendada en su propio interés, sin las modificaciones adicionales arriba mencionadas. ¡Verdaderamente, ésta es una especie de escrupulosidad verdaderamente "real"! Hay pocas probabilidades de que incluso este simulacro de parlamento actual

se incline ante tal desvergüenza. La consecuencia será la disolución y el fin de todos los parlamentos por el momento en Prusia. El secreto de todo esto es la anticipación de la gran guerra de coalición, mencionada más arriba. El "escrupuloso" caballero que ocupa el trono de Prusia espera que su rebelde país esté invadido, hacia el mes de marzo o abril, por un millón de bárbaros asiáticos, para marchar, junto con "su propio y glorioso ejército", sobre París, para conquistar ese hermoso país que produce su tan preciado champán. Y una vez liquidada la República y restaurado en el trono de Francia el vástago de San Luis, ¿de qué servirían entonces las constituciones y

los parlamentos en casa?

Mientras tanto, el espíritu revolucionario revive rápidamente en toda Alemania. El más empedernido ex liberal que, después de marzo de 1848, se unió al rey para combatir al pueblo, ve ahora que —como se dice en Alemania— aunque sólo entregó al diablo la punta de su dedo meñique, ese caballero le ha agarrado desde entonces la mano entera. Las incesantes absoluciones por parte de los jurados en los procesos políticos son las mejores pruebas de ello. Cada día trae un hecho nuevo en este sentido. Así, hace unos días, los obreros de Mülheim —que en mayo de 1849 arrancaron la vía férrea para impedir el envío de tropas a la insurgente | Elberfeld— han sido absueltos aquí en Colonia. En el sur de Alemania, las dificultades financieras y el aumento de los impuestos muestran a todo burgués que este estado actual no puede durar. En Baden, los mismísimos burgueses que traicionaron la última insurrección y saludaron la llegada de los prusianos son castigados y llevados a la locura por esos mismos prusianos y por el gobierno, que bajo su protección los conduce a la ruina y a la desesperación. Y los obreros y los campesinos están en todas partes en estado de alerta, esperando la señal de una insurrección que, esta vez, no se aplacará hasta que el dominio político y el progreso social de los proletarios hayan sido asegurados. Y esta revolución

se acerca.

Friedrich Engels
Carta de Francia II
Pruebas sorprendentes del glorioso progreso
del ¡republicanismo rojo!

Carta de Francia.

(De nuestro propio corresponsal.)

¡Pruebas sorprendentes del glorioso progreso
del republicanismo rojo!

París, 21 de enero de 1850.

Desde mi última carta han ocurrido muchísimos acontecimientos importantes, pero como la generalidad de los lectores habrá sido informada de ellos por los diarios y semanarios, me abstendré de recorrer el mismo terreno de principio a fin y, en su lugar, limitaré esta carta a algunas observaciones generales sobre el estado del país.

Durante los últimos doce o quince meses, el espíritu revolucionario ha hecho inmensos progresos en toda Francia. Una clase que, por su posición social, se mantenía apartada, en la medida de lo posible en la sociedad civilizada, de tomar parte en los asuntos públicos, que por la vieja legislación monárquica estaba excluida de todos los derechos políticos, que jamás leía un periódico y que, sin embargo, forma la inmensa mayoría de los franceses —esta clase, por fin, está recobrando rápidamente el sentido. Esta clase es el pequeño campesinado, que cuenta con alrededor de veintiocho millones de hombres, mujeres y niños, y en cuyas filas se cuentan de ocho a nueve millones de pequeños propietarios territoriales que poseen, en forma de propiedad libre, al menos cuatro quintas partes del suelo de Francia. Esta clase ha sido oprimida por todos los gobiernos desde 1815, sin exceptuar el gobierno provisional, que le impuso el impuesto de 45 céntimos adicionales por cada franco de la contribución territorial, que en Francia es muy elevada. Esta clase, agobiada también por una banda de usureros a quienes su propiedad está hipotecada casi sin excepción a un interés extraordinariamente alto, está

por fin empezando a ver que ningún gobierno, excepto uno que actúe en interés de los obreros de las ciudades, la liberará de la miseria y el hambre en los que, a pesar de sus parcelas de tierra, cae cada día más y más profundamente. Esta clase, que en gran medida forzó la revolución de 1789 y que formó la base sobre la que se alzó el vasto imperio de Napoleón, se ha unido ahora, en su inmensa mayoría, al partido revolucionario y a los obreros de París, Lyon, Rouen y las otras grandes ciudades de Francia. Los cultivadores del suelo ven ahora con bastante claridad cómo han sido estafados por Luis Napoleón, para cuya mayoría presidencial aportaron al menos seis millones de votos, y que les ha pagado con la reimposición del impuesto sobre el vino y el aguardiente. Y así, la inmensa mayoría del pueblo francés está ahora unida para derrocar, tan pronto como se presente una ocasión propicia, el insolente dominio de la clase capitalista, la cual, derribada por la tormenta de febrero, ha vuelto a empuñar el timón del gobierno y ejerce su dominación de manera mucho más arrogante que nunca bajo su bienamado Luis Felipe.

La historia de los últimos meses ofrece innumerables pruebas de este importantísimo hecho. Tomad la circular del ministro D'Hautpoul a la gendarmería, mediante la cual el espionaje es llevado al corazón mismo de la aldea más oscura;

tomad la ley contra los maestros de escuela, que, en las aldeas francesas, son generalmente

la mejor expresión de la opinión pública de sus localidades, y que ahora han de quedar a merced del gobierno, porque casi todos profesan ahora opiniones socialdemócratas; y muchos otros hechos. Pero una de las pruebas más sorprendentes se encuentra en la elección que acaba de tener lugar en el departamento del Gard. Este departamento es conocido como el más antiguo bastión de los "blancos" —los legitimistas. Fue el escenario de los más horribles ultrajes contra los republicanos en 1794 y 95, después de la | caída de Robespierre; fue el centro de asiento del "terrorismo blanco" en 1815, cuando protestantes y liberales fueron asesinados públicamente, y se cometieron ultrajes de la naturaleza más horrible contra las esposas, hijas y hermanas de aquellas víctimas por turbas legitimistas, encabezadas por el renombrado Trestaillon y protegidas por el gobierno del legítimo Luis XVIII. Pues bien, este departamento tuvo que elegir un diputado, en sustitución de un legitimista fallecido; y el resultado fue una gran mayoría para un candidato enteramente rojo, mientras que los dos candidatos legitimistas quedaron en señalada minoría.

Otra prueba del rápido progreso de esta alianza de los obreros de las ciudades y el campesinado del campo es la nueva ley de educación pública. Los más empedernidos volterianos de la burguesía, incluso el señor Thiers, ven que no queda otro camino para oponerse a ese progreso que rendir

sus viejas teorías y principios, y postrar la educación pública a los pies del clero.

Otra más. Hay ahora una avalancha general de todos los periódicos y personajes públicos que no son exactamente reaccionarios, para reclamar el otrora despreciado título de "socialistas". Los más viejos enemigos del socialismo se proclaman ahora socialistas. Le National, incluso Le Siècle, monárquico bajo Luis Felipe, declaran que son socialistas. Incluso Marrast, el infame traidor de 1848, espera ahora, aunque en vano, ser elegido proclamándose socialista. El pueblo, sin embargo, no se deja engañar así, y la cuerda para colgar a ese vagabundo está lista y sólo espera la ocasión.

Hoy se discute en la Asamblea Nacional la ley para matar a los 468 prisioneros que quedan de la insurrección de junio, transportándolos a las partes más insalubres de Argelia y poniéndolos a trabajar allí. Sin duda la ley será aprobada por una inmensa mayoría. Pero antes de que los desdichados héroes de esa gran batalla del trabajo puedan alcanzar la costa destinada a enterrarlos, hay pocas dudas de que otra tormenta popular habrá barrido a los votantes de esta ley de asesinato y llevará, tal vez, a esa tierra de destierro, a aquellos de la mayoría actual que hayan escapado a una venganza más pronta, más radical y más justa por parte del pueblo.