El Gran Consejo del Valais

Berna, 26 de noviembre.  
Núm. 157, 1 de diciembre de 1848.  
Suplemento de la Neue Rheinische Zeitung.

En la sesión de ayer, el Consejo Nacional despachó los dos puntos del orden del día (la moción de Emil Frei sobre la ley de responsabilidad ministerial y la de Ochsenbein sobre la universidad federal) remitiéndolos al Consejo Federal. Durante el debate sobre la universidad se hicieron varias declaraciones curiosas. Lusser, de Uri, vio en el proyecto la ruina de las finanzas de su cantón. Hungerbühler, de Berna, se opuso igualmente a la universidad con todas sus fuerzas: era un gasto de lujo y ya había bastante gente con demasiados estudios. Incluso el Alcibíades de la Atenas suiza, el señor Escher de Zúrich, opinó que primero había que esperar a tener fondos. Alcibíades tenía buenas razones para insistir en el orden del día simple; sabía muy bien que los berneses se proponen apoderarse de la sede federal y luego endosar a Lucerna el Tribunal Federal y a Zúrich la “universidad federal”. Pero la ambición de los atenienses de Suiza va mucho más lejos, y todos ellos menos dos votaron, aunque en vano, por pasar al orden del día simple.

En el Consejo de los Estados, la ley sobre la sede federal fue adoptada en la versión propuesta por el Consejo Nacional, y sólo se le añadió un aditamento de Rüttimann, relativo a la seguridad de las autoridades federales. Así pues, se ha decidido que la sede federal será determinada por separado por las dos cámaras, y además no por elección sino por votación ordinaria. Ya veremos lo que sale de ello.

Hace unos días se había producido una gran confusión en el cantón de Neuchâtel. Llegó aquí la noticia de que todos los consejeros de Estado, con excepción de uno (el señor Steck), habían presentado sus dimisiones. En la mayor consternación, todos los consejeros nacionales y de los Estados de la república emprendieron inmediatamente viaje de regreso desde aquí. Según oímos, la diferencia, provocada por un violento arrebato del señor Steck, fue zanjada de nuevo por una comisión del Gran Consejo nombrada al efecto, y en la sesión de hace dos días los consejeros de Estado retiraron sus dimisiones, lo que fue acogido por el Gran Consejo con fuertes gritos de vive la république.

El Papa ha protestado contra las resoluciones de los cinco cantones de la diócesis de Friburgo, que apartan al obispo Marilley de las funciones episcopales y ordenan medidas para la administración provisional del obispado. Amenaza, si estas medidas no son revocadas, con “otras disposiciones a las que su conciencia, ante el mundo católico, le obligaría”. El “Schweizerische Beobachter”, el periódico reaccionario local, se consoló anteanoche con la esperanza: ¡ahora que se había proclamado la república en Roma (el pobre periódico fue engañado para creerlo), el papado había terminado y el mundo católico había sido restituido a su libertad, con lo que también se resolverían los disturbios de Friburgo!

Los informes procedentes de la frontera alemana sobre si el bloqueo del trigo ha surtido ya efecto o no son contradictorios. Lo que sí es seguro es que, a lo sumo, ya ha surtido efecto en el lago de Constanza; pues el 24, anteayer, acudieron al mercado de Zúrich tantos agricultores de trigo suabos como siempre.

El Gran Consejo del Valais ha resuelto imponer el impuesto de guerra del Sonderbund, no como se ha hecho en otras partes, a los enormemente ricos monasterios, sino a las comunas. La parte que el Valais tiene que pagar asciende a 1.600.000 francos suizos. Así, en lugar de los verdaderos instigadores de toda la insurrección, los monjes, la pobre gente del cantón ha de pagar este impuesto. Entretanto, los venerables padres se afanan tanto más en trasladar sus bienes al Piamonte, como ya han hecho los padres del Gran San Bernardo. Estos clérigos pequeños, tan celebrados en los libros escolares y en los cuentos sentimentales a causa de sus perros y de su supuesto sacrificio por los caminantes helados, pero en realidad enormemente ricos y que se cuidan muy bien a sí mismos, se han llevado todas sus riquezas, su ganado, su dinero, sus aperos a Aosta, donde también se alojan y hacen honrosa justicia al vino piamontés. Cuando Radetzky entró en Milán, estos amigos de la humanidad celebraron el alegre acontecimiento con banquetes y cañonazos, y por ello fueron procesados por los tribunales piamonteses. En su invernal monasterio, esta ecclesia pressa no ha dejado más que un poco de pan y tocino, con lo que unos pocos criados agasajan a los viajeros. El “Suisse”, por lo demás, duda de que la decisión anterior sea correcta, aunque está impresa en el Journal du Valais.