Italia. 30 de julio de 1848
Italia.
Milán, 19 de julio. Garibaldi ha recibido el encargo de trasladarse a la zona comprendida entre el lago Maggiore y el lago de Garda y vigilar allí los pasos tiroleses. Al mismo tiempo, en su calidad de experimentado capitán de navío, se le confían las embarcaciones de aquellos lagos para frustrar allí toda expedición enemiga.
* Génova, 20 de julio. Desde hace algún tiempo se ha traído aquí tal cantidad de oficiales austríacos prisioneros, a los que se permite andar libremente bajo palabra de honor, que el pueblo se ha sentido inquieto. Pues el partido reaccionario, apoyado por los cuantiosos recursos pecuniarios de los jesuitas y por sus hábiles intrigas, actúa sin cesar para soliviantar a una parte de los obreros del puerto y de otros sectores de la ciudad y provocar una asonada. En semejantes circunstancias, los oficiales austríacos constituyen, como es natural, un elemento muy sospechoso. Los periódicos de esta plaza vienen tratando el asunto desde hace algunos días e insistían en que se trasladara a los oficiales a una fortaleza de la frontera francesa. Anoche tuvo lugar, por parte del pueblo, una gran manifestación. Reunido ante la casa del gobernador, el pueblo exigió la expulsión de los susodichos oficiales y expresó su indignación, concretamente, por el hecho de que aquellos señores se pavoneen por las calles vestidos de paisano, con el águila bicéfala en el pecho –que acaso obtuvieran en las matanzas de Galitzia– y con la escarapela negra y amarilla. Que se los trate humanamente, pero que se los aleje de Génova; el pueblo no quiere tener contacto alguno con los carniceros galitzianos ni con los asesinos de sus hermanos y parientes. El gobernador prometió informar de inmediato al ministerio y recabar órdenes. Ante esta promesa, el pueblo se disolvió.