Italia. 24 de julio de 1848
Italia.
Milán, 17 de julio. El gobierno provisional hace por fin lo que hace tiempo
debería haber hecho: separa de sus puestos a los funcionarios conocidos por sus tendencias
burocráticas y por sus sentimientos reaccionarios y los sustituye por personas de confianza.
A esos funcionarios inhábiles se les envía a casa una comunicación en la que se les
notifica que, hasta nueva orden, no han de comparecer en las oficinas; si quisieran
conocer los motivos, ¿por qué? no tendrían más que pedirlos; el gobierno provisional está
dispuesto a dárselos. Sólo que hasta ahora ninguno de los funcionarios suspendidos
o destituidos ha querido pedir explicación alguna.
* Roma, 13 de julio. En la sesión de ayer de la Cámara de Diputados,
el ministro Mamiani declaró que la dimisión presentada por ellos tiempo atrás
no había sido ni aceptada ni rechazada. Y añadió:
«Mientras permanezcamos en nuestro puesto, cumpliremos, como hasta ahora,
con nuestro deber y velaremos por que no pase un día sin que les presentemos
un proyecto de ley. Ya seamos ministros o diputados,
ya personas públicas o privadas, nos mantendremos siempre firmes en la causa
pública y contribuiremos con todas nuestras fuerzas al triunfo
de la libertad. Si dejamos el ministerio, nos llevaremos con nosotros
nuestros honor y nuestros principios intactos.» Un estruendoso
aplauso, tanto de los diputados como de las galerías, sigue a estas palabras,
a modo de réplica a lo que el Papa expresó al recibir la
contestación. – Se decía estos días que el diputado Farini había sido encargado
de formar un nuevo ministerio; pero se ignora
si ha aceptado esta difícil tarea. Tarea tanto más difícil
cuanto que la contestación dada por el Papa al mensaje de los diputados
ha aumentado el malestar. El partido reaccionario

Italia. 24 de julio de 1848
triunfa viendo que el Papa secunda tan dócilmente sus planes.
Esperamos aquí de un momento a otro un golpe o
un golpe de Estado. El partido liberal está decidido a perseverar en el camino
emprendido, cueste lo que cueste.
= Roma, 12 de julio. Que no cabe dudar de la autenticidad de la carta
emitida por el cardenal Soglia en nombre del Papa, se desprende con toda
claridad de la respuesta del Papa al discurso del Consejo de los Diputados.
Esta respuesta demuestra cuán en radical contradicción
está el Papa con el ministerio actual y con la mayoría de los diputados,
y cuán estrechamente se halla ya envuelto por el partido reaccionario.
El día 10 del corriente le fue entregado el mensaje, y
respondió lo siguiente:
«Aceptamos las expresiones de gratitud que el Consejo (Consiglio,
la Cámara de Diputados; pero este nombre es ya demasiado revolucionario para la Roma eclesiástico-oficial)
nos dirige y la respuesta al discurso de apertura leído en nuestro nombre
por el cardenal expresamente autorizado para ello, con la declaración de que solo las admitimos
en la medida en que no se aparten de las disposiciones del Estatuto fundamental.
Si el Pontífice ora, bendice y perdona,
por otra parte tiene el deber de atar y desatar. Y cuando,
como príncipe, para salvaguardar y fortalecer mejor la causa pública, llama
a los dos Consejos (Senado y Cámara de Diputados) a colaborar,
necesita como príncipe espiritual aquella libertad que le deje sin trabas en todos los intereses
de la religión y del Estado. Esta libertad le queda
intacta mientras el Estatuto y la ley sobre el Consejo de Ministros,
que hemos otorgado voluntariamente, permanezcan inviolados.
Si se multiplican los grandes deseos en pro de la grandeza de la nación
italiana, es preciso que el mundo entero conozca de nuevo
que el medio para alcanzarlos, por nuestra parte, no puede ser
la guerra. Nuestro nombre ha sido bendecido en toda la tierra
por las primeras palabras de paz
que brotaron de nuestros labios. Ciertamente no sería ese el caso
si salieran de nuestros labios palabras de guerra. Y grande fue nuestra sorpresa
al ver la atención del Consejo (la 2ª Cámara) dirigida hacia ese objeto,
en contradicción con nuestras declaraciones públicas y en un momento
en que hemos entablado negociaciones de paz.
Sólo la unidad entre los príncipes y la buena armonía entre los
pueblos de la península pueden conducir a la anhelada felicidad.
Aquella concordia exige que abracemos por igual
a los príncipes de Italia, porque de este abrazo paternal puede surgir aquella armonía
que conduce al cumplimiento de los deseos públicos.»