Italia
* Las tropas napolitanas que habían desembarcado a cierta distancia al sur de Mesina no han sido rechazadas, como afirmaban noticias de ayer llegadas de París, sino que han abierto el combate contra Mesina por todos lados. El 3 de septiembre, a las 6 de la mañana, se inició el bombardeo de la ciudad desde la Ciudadela y la escuadra. La ciudad respondió al fuego con energía. Los sicilianos habrían logrado silenciar una parte de la Ciudadela que estaba ocupada por 40 cañones. A la partida del vapor correo francés, el bombardeo continuaba. De Palermo habían llegado algunos centenares de hombres como refuerzo. Por otro lado, las tropas napolitanas reciben continuamente munición y refuerzos desde Regio. En Mesina participan todos en la lucha, jóvenes y viejos, mujeres y hombres. El gobierno siciliano ha emitido el 31 de agosto la siguiente proclama:
«¡Sicilianos! Hemos de anunciaros una buena nueva. Aquel que fue vuestro tirano, viéndose sin esperanza de ahogar nuestra libertad e independencia con sus lazos diplomáticos, hace un último intento. Prepara una nueva expedición contra este país, aún teñido con la sangre de sus mercenarios y que todavía resuena con los truenos de nuestra victoria. El gobierno está decidido a mostrarse, por su energía y prudencia, digno del pueblo al que preside. Está seguro de la asistencia de las Cámaras, de la Guardia Nacional, del ejército y, en fin, de todo el pueblo; de ese pueblo para el cual esta nueva es una alegría, porque anuncia nuevos peligros y ocasiones para nuevas victorias. ¡Sicilianos! Nuestro grito revolucionario ha encontrado eco en toda Europa. Ha despertado a los que dormían, ha desalentado a los malvados y ha hecho temblar a los tiranos. ¡Sicilianos! ¡Hombres del 1 de septiembre, del 12 de enero, del 22 de febrero! ¡A las armas! ¡A las armas! ¡Concordia, abnegación, sacrificio! Que cada casa se convierta en una fortaleza, cada hombre en un soldado, cada trozo de hierro en un arma. ¡Dejad que los cobardes se acerquen! La tormenta de la furia popular los derribará al instante.» Firman: Ruggiero Settimo y todos los ministros.

Una carta de Liorna del 4 de septiembre contiene el siguiente pasaje:
«Las barricadas aún no han sido retiradas. Al contrario, las de las dañadas o destruidas por las balas de cañón están siendo reconstruidas y reforzadas. Se ha interceptado un despacho de Cipriani al gran duque, en el que exige refuerzos inmediatos de infantería, caballería y cañones, así como la movilización de la Guardia Nacional. El gran duque debería ponerse él mismo al frente y avanzar contra Liorna.» Una proclama a todas las guardias nacionales las exhorta a reunirse rápidamente en torno a él y a marchar bajo su mando supremo contra la revolución republicana en Liorna. El conocido demócrata Guerrazzi (abogado) se ha dirigido a Liorna y allí ha arengado repetidamente al pueblo, aplacando en cierta medida su furia. Una diputación fue enviada a Florencia con las reivindicaciones del pueblo. Pero el gobierno no quiere negociar con la revolución. Ha dirigido a Francia la solicitud de que le preste por un año la legión extranjera de Argel, pues de lo contrario no podría acabar con los republicanos. El general Torres es el comandante de los insurrectos. El 5 de septiembre se ha llegado a un acuerdo con las autoridades militares del gran duque, según el cual los fuertes serán desalojados por las tropas y estas se retirarán a sus cuarteles. El gobierno ha declarado a los cónsules que ya no está en condiciones de proteger ni a las personas ni la propiedad en Liorna; exigía por tanto que los buques de guerra extranjeros intervinieran, hicieran desembarcar sus tripulaciones y las hicieran marchar contra la ciudad. Esta exigencia no ha sido atendida; pues en Liorna, a pesar de la insurrección, las personas y la propiedad están más seguras que antes.

En Turín se ha formado, bajo la presidencia de Gioberti, una sociedad que tiene por objeto: la erección de un Estado federal italiano. Ha emitido un programa compuesto por 9 artículos y firmado por 23 miembros del comité, entre ellos Pérez de Palermo, Malmusi de Módena, Sanvitale de Parma, etc., en el que se establecen la organización de la sociedad por toda Italia y los medios para alcanzar el objetivo.