Italien.
* Con la misma rapidez con que los austríacos fueron expulsados de Lombardía en marzo, han regresado ahora triunfantes y ya han entrado en Milán.
El pueblo italiano no ha escatimado sacrificios. Con bienes y sangre estaba dispuesto a llevar a término la obra comenzada y conquistar su independencia nacional.
Pero al valor, al entusiasmo, a la capacidad de sacrificio no correspondieron en modo alguno quienes estaban al timón. Abierta o secretamente hicieron todo, no para emplear los medios puestos en sus manos para la liberación de la brutal tiranía de Austria, sino para paralizar la fuerza popular y restablecer lo antes posible, en lo esencial, las antiguas condiciones.
El Papa, trabajado y ganado cada día más por la política austro-jesuítica, puso al ministerio Mamiani todos los obstáculos que, en combinación con los “negros” y los “negro-amarillos”, estaban a su disposición. El ministerio mismo pronunció discursos muy patrióticos ante ambas cámaras, pero no tuvo la energía necesaria para convertir su buena voluntad en hechos.
En Toscana, el gobierno se presentó con bellas palabras, pero con aún menos hechos. Sin embargo, el principal enemigo de la libertad italiana entre los príncipes indígenas fue y es Carlos Alberto. Los italianos debieran haber repetido y observado a cada hora el dicho: “¡El cielo nos proteja de nuestros amigos, de nuestros enemigos ya nos protegeremos nosotros mismos!” Del Borbón Fernando poco tenían que temer; estaba desenmascarado desde hace tiempo. En cambio, Carlos Alberto se hacía cantar por todas partes loas como “la spada d’Italia” (la espada de Italia) y ensalzar como el héroe cuya punta de la espada ofrecía la más segura garantía para la libertad e independencia de Italia.
Sus emisarios recorrieron todos los lugares de la Alta Italia y lo pintaron como el único hombre que podía y sabría salvar la patria. Para que él pudiera hacerlo, era por supuesto necesaria la formación de un reino de la Alta Italia. Sólo así se pondrían en sus manos los poderes necesarios no sólo para resistir a Austria, sino para arrojarla de Italia. La ambición que anteriormente lo había llevado a unirse a los carbonarios, a los que más tarde traicionó; esa ambición se había despertado con más fuerza que nunca y le hacía soñar con una plenitud de poder y un esplendor ante los cuales el brillo de todos los demás príncipes de Italia palidecería muy pronto. Creía poder confiscar todo el movimiento popular del año 1848 en beneficio de su lamentable persona. Lleno de odio y desconfianza hacia todos los hombres verdaderamente liberales, se rodeó de gente más o menos adicta al absolutismo e inclinada a fomentar la ambición real. Puso al frente del ejército a generales cuyo superioridad intelectual o cuyas opiniones políticas no tenía que temer, pero que no poseían ni la confianza de los soldados ni el talento necesario para dirigir la guerra con éxito. Pomposamente se titulaba el “libertador” de Italia, mientras imponía su yugo como condición a los que habían de ser liberados. Las circunstancias le fueron favorables como rara vez a un hombre. Su avidez por obtener mucho y, si era posible, todo, le hizo perder finalmente también lo que ya había ganado. Mientras la anexión de Lombardía al Piamonte no estaba completamente decidida, mientras existía aún la posibilidad de una forma de gobierno republicana, permaneció inmóvil en sus atrincheramientos frente a los austríacos, por débiles que fueran relativamente en aquel momento. Dejó que Radetzky, d’Aspre, Welden, etc. conquistaran una ciudad y fortaleza tras otra en las provincias venecianas: no se movió. Venecia sólo le pareció digna de ayuda cuando se refugió bajo su corona. Igual con Parma y Módena. Mientras tanto, Radetzky se había reforzado y tomado todas las medidas para el ataque y, frente a la incapacidad y ceguera de Carlos Alberto y sus generales, para la victoria decisiva. El desenlace es conocido. De ahora en adelante, los italianos pueden y deberán dejar de poner su liberación en manos de un príncipe o rey; para su salvación, más bien deben deshacerse lo más rápidamente posible de esa “spada d’Italia” por inútil. Si lo hubieran hecho antes, jubilado al rey y a su sistema con todos sus partidarios y establecido una unión democrática entre ellos: ahora probablemente no habría ningún austríaco en Italia. En lugar de ello, no sólo han sufrido en vano todos los padecimientos de una guerra furiosamente conducida por sus enemigos...