El lunes partimos; pasaremos por Leipzig, donde me detendré un poco y veré a Wilhelm, rumbo a Hamburgo. Ya sabes que soy muy perezoso para escribir; pero esta vez no ha sido ésa la razón de mi pertinaz silencio. Las tres primeras semanas las he pasado casi sin dormir; esto, junto con los esfuerzos de aquí, te lo explicará todo.

Aunque solo se bebe por la mañana (por la noche, antes de acostarse, se manda traer a casa un vaso frío de un manantial especial), uno se encuentra durante todo el día en una especie de máquina que casi no le deja un momento libre.

Por la mañana, levantarse a las 5 o las 5 y media. Luego, tomar 6 vasos seguidos en diferentes fuentes. Entre un vaso y el siguiente deben transcurrir al menos 15 minutos.

Luego se prepara el desayuno, empezando por la compra del panecillo de régimen. Después, una marcha de por lo menos una hora, y finalmente el café, que aquí es excelente, en uno de los cafés a las afueras de la ciudad. Sigue una caminata por las montañas de los alrededores; hacia las 12 se llega a casa, pero un día sí y otro no se toma además un baño, lo que quita otra hora. Viene el cambio de vestimenta; luego, el almuerzo en una fonda cualquiera.

Dormir después de la comida (antes de ella está permitido) está terminantemente prohibido, y con razón, como me he convencido en un intento. Así pues, se emprende otra excursión, alternando con paseos en coche. Regreso a Karlsbad entre las 6 y las 8 de la tarde, una cena ligera y... a la cama. Esto varía con el teatro (que siempre cierra a las 9, como todas las demás diversiones), el concierto, el gabinete de lectura.